Esta noche o la de mañana (noche de difuntos) muchos buscarán una película de terror con la que celebrar su particular Halloween: celuloide eviscerado que consiga meternos el susto en el cuerpo. El catálogo del género es inmenso y no habrá grandes problemas para encontrar un título que produzca desasosiego en nuestro sueño nocturno.
Y si de eso se trata, de desvelo y angustia (dice Bécquer en "El monte de las animas": Después de una noche de insomnio y de terrores, ¡es tan hermosa la luz clara y blanca del día!: lectura corta muy recomendable para la noche del 31 de Octubre), "Margin call", sin emplear ni una gota de ketchup, ni un grito desgarrador, ni una puerta chirriante, ni una amenaza en la sombra, será una opción nada desdeñable. "Margin call" es el instante que sumió a millones de personas en la desesperanza y la ruina, instante que se prolonga hasta la actualidad.
Un analista de una poderosa compañía estadounidense de inversiones (no aparece el nombre de esa compañía en la cinta, no se menciona en ningún momento; habrá que adivinar cuál, pero no parece muy complicado hallar ese homónimo en el mundo real) descubre una noche que los modelos numéricos en los que se basa su "inteligencia" contable tienen un pequeño error, de modo que la valoración de los activos de la empresa es, en fin, no todo lo veraz que debería ser. Traducción: las hipotecas subprime son una mierda y estamos al borde de la bancarrota. De madrugada, con la debida nocturnidad y alevosía, los altos ejecutivos de la empresa se reúnen mientras el resto del mundo duerme, acuden raudos en sus helicópteros y limusinas a la llamada que anuncia la tormenta, el fin del baile: la fiesta terminó. Dos opciones: intentar amortiguar las consecuencias para que el problema no se extienda a escala global o poner en consideración únicamente el propio interés, salvar los muebles en la medida de lo posible, colarle a las demás compañías los activos "tóxicos" y provocar eso que se llama una "crisis de confianza": la economía mundial en el arroyo. La solución al dilema será muy sencilla: que os den a todos: aún nos siguen dando y no dejarán de hacerlo. Lo más alarmante es que esta decisión última parece proceder de una única persona dotada de un poder absoluto, un individuo que no está dotado de conciencia y sí de una voracidad sin límites: el vampiro o, en este caso, el bankiro (magistral Jeremy Irons, el punto exacto para el mal disfrazado de gentleman). 24 horas que estremecieron al mundo, parafraseando el título de la novela de John Reed aunque, a diferencia de aquella, no se encontrará en esta trama ni una pizca de épica o de romanticismo (se puede ver "Reds" de Warren Beatty para saber más acerca de John Reed, perseguidor de revoluciones).
La película describe muy bien (al director novel J. C. Chandor convendrá no perderle de vista en sus siguientes obras) el ecosistema de la empresa moderna, selva de depredadores, un entorno donde abunda la traición y escasea la lealtad (en eso me recordó bastante a "El método" de Marcelo Piñeyro: con qué facilidad cambiamos el honor y la honestidad por la esclavitud de la nómina). La deshumanización absoluta en pos de un incremento de la gráfica de beneficios, de un porcentaje en las ganancias, de un aumento de sueldo: dinero a gastar en un cúmulo de lujos estúpidos y vacuos. Cambiar valores por valores (los morales por los bursátiles) dejando bien claro que no hay elección: ¡enséñame la pasta!, como se decía en "Jerry Maguire" de Cameron Crowe. Las reglas del juego no admiten variación y el casino no cierra nunca. Hagan sus apuestas.
Mucho miedo, ya te digo.
lunes, octubre 31, 2011
jueves, octubre 27, 2011
Clint Eastwood y Antònia Font
No, no es el nombre de una nueva (o antigua) novia del californiano.
Ni tampoco es ese que sale en la foto detrás de él, no, que ese es Morgan Freeman, el que sale en "Sin perdón" o en "Invictus" o en "Million Dollar Baby".
Do you know? Maybe.
Dentro del disco "Lamparetes", el último trabajo del grupo Antònia Font, se encuentra este tema (melocotonazo, como diría Ángel Carmona, el presentador de “Hoy empieza todo” en Radio 3, donde descubrí esta canción: programa matutino imprescindible, sí, como la película de Bertrand Tavernier del mismo título).
Pop cinéfilo.
Qui dubta d´en Clint Eastwood
mirant el Gran Canyon del Colorado,
niguls allargassats i vermellosos
i al cel se penja una estrella i se fa de nit.
I en Clint només il·luminat per sa foganya
s´encen es puret i guarda un secret,
i guisa un conillet a la llauna.
S´adorm, somia trens i mercaderia,
en indis Cheyennes damunt una colina
a sa llum de sa lluna.
Se desvetlla, s´aixeca, orina i no té son,
i pensa... va quedar de western, cabrons,
ja voreu quan s´inventin es cinema!
És pura peresa i tira per sa carretera cap a Denver.
I un home tot sol no sempre se basta,
qui dubta avui en dia d´en Clint Eastwood.
I un home tot sol se tuda i se cansa,
qui dubta avui en dia d´en Clint Eastwood.
Arriba, dos homes se li atraquen i l´investiguen.
Volen saber on és en Morgan Freeman,
que és es negre de Million Dollar Baby:
Do you know? Maybe.
Dissimula, se´ls mira,
desenfunda com un llamp i els liquida.
Escup i se caga en sa seva vida,
sempre en es punt de mira d´es sèptim de cavalleria,
o de gringos foragidos, o de xèrifs corruptes
a cases de putes, o de xinos drogaditos a Gran Torino.
I Clint, què vols? Encara ets en el segle denou.
Fa un any que no te dutxes,
i això només són quatre casutxes de mort.
I un home tot sol no sempre se basta,
qui dubta avui en dia d´en Clint Eastwood.
I un home tot sol se tuda i se cansa,
qui dubta avui en dia d´en Clint Eastwood.
Ni tampoco es ese que sale en la foto detrás de él, no, que ese es Morgan Freeman, el que sale en "Sin perdón" o en "Invictus" o en "Million Dollar Baby".
Do you know? Maybe.
Dentro del disco "Lamparetes", el último trabajo del grupo Antònia Font, se encuentra este tema (melocotonazo, como diría Ángel Carmona, el presentador de “Hoy empieza todo” en Radio 3, donde descubrí esta canción: programa matutino imprescindible, sí, como la película de Bertrand Tavernier del mismo título).
Pop cinéfilo.
Qui dubta d´en Clint Eastwood
mirant el Gran Canyon del Colorado,
niguls allargassats i vermellosos
i al cel se penja una estrella i se fa de nit.
I en Clint només il·luminat per sa foganya
s´encen es puret i guarda un secret,
i guisa un conillet a la llauna.
S´adorm, somia trens i mercaderia,
en indis Cheyennes damunt una colina
a sa llum de sa lluna.
Se desvetlla, s´aixeca, orina i no té son,
i pensa... va quedar de western, cabrons,
ja voreu quan s´inventin es cinema!
És pura peresa i tira per sa carretera cap a Denver.
I un home tot sol no sempre se basta,
qui dubta avui en dia d´en Clint Eastwood.
I un home tot sol se tuda i se cansa,
qui dubta avui en dia d´en Clint Eastwood.
Arriba, dos homes se li atraquen i l´investiguen.
Volen saber on és en Morgan Freeman,
que és es negre de Million Dollar Baby:
Do you know? Maybe.
Dissimula, se´ls mira,
desenfunda com un llamp i els liquida.
Escup i se caga en sa seva vida,
sempre en es punt de mira d´es sèptim de cavalleria,
o de gringos foragidos, o de xèrifs corruptes
a cases de putes, o de xinos drogaditos a Gran Torino.
I Clint, què vols? Encara ets en el segle denou.
Fa un any que no te dutxes,
i això només són quatre casutxes de mort.
I un home tot sol no sempre se basta,
qui dubta avui en dia d´en Clint Eastwood.
I un home tot sol se tuda i se cansa,
qui dubta avui en dia d´en Clint Eastwood.
lunes, octubre 24, 2011
"Bird", de Clint Eastwood
Un recital de jazz: una reunión de bailarines de San Vito, de adictos al mal de Parkinson, enfermos imaginarios que con sus pies, con sus manos, con el tembleque de todo su cuerpo sentado frente a un escenario, acompañan un temblor rítmico del que es imposible escapar. Garitos en penumbra, fábricas de humo, oscuras cuevas de nigromantes que convocan dioses ancestrales mediante notas sincopadas. El magnetismo que desprenden los clubes nocturnos con música en directo debe estar anclada en algún recuerdo genético de la cueva prehistórica: todos escuchando al brujo: el aquelarre, la misa, el templo, el ritual, el vudú. Un Birdland en la calle 52 en honor del saxofonista: un Birdland en cada ciudad de Estados Unidos, soñaba él (hasta en Salamanca hay uno, local ya histórico que lleva casi tres décadas abierto).
Charlie "Bird" Parker es el conjurador del encantamiento, ese hechizo implacable: el bebop. Encorvado sobre su saxofón como si quisiera esconderlo, protegerlo con su corpachón sudoroso, inmóvil, una máquina de soplar que parece impulsar el movimiento vertiginoso e inverosímil de los dedos. Un negro, un gordinflón, un alcohólico, una pesadilla para la puntualidad, un yonqui lunático, carne de manicomio: un tipo capaz de cambiar la historia de la música popular (Miles Davis presumía de haberlo hecho: tres veces): un saxofón que dejó de sonar con sólo 34 años. Una vida desgraciada, un colmo de infortunios salpicado por noches de genialidad (como se ve en la película, ni siquiera la policía le dejaba tranquilo; contaba William S. Burroughs en "Yonqui" que en los años cuarenta la pasma acosaba constantemente a los drogadictos, el último eslabón de la cadena del vicio, para no tener que ir hacia arriba, hacia la arandela que sujetaba la cadena al techo: un suculento sobre a fin de mes en la taquilla del piesplanos). Las drogas y el jazz: Chet Baker, Billie Holiday, otros de los más famosos, de los más geniales. Pero muchos otros, en mayor o menor medida, con mejor o peor suerte. Quién fue el abstemio, quién pasó de meterse nada. Trabajo nocturno en locales rebosantes de oferta. Quién no probó nunca.
Después de dirigir y protagonizar "El sargento de hierro" y de haber encarnado por última vez al inspector Harry Callahan en "La lista negra" de Buddy Van Horn, Clint Eastwood deja su fusil para rodar un alarde de sensibilidad artística: el melómano que se esconde detrás de la Magnum 44. Como se menciona en la biografía del cineasta escrita por Patrick McGilligan, esta sería su producción más elegante, más arriesgada y menos comercial. Aún así Eastwood (famoso tacaño) desecharía previsiones de beneficios y sería consecuente con sus pasiones, prestando sus fotogramas a desertores del swing y de este modo lograr enfocar una de sus mejores películas, la vida privada de Charlie Parker, un papel que parece hecho a medida del actor principal, Forest Whitaker, y donde serán protagonistas (junto al ineludible acompañamiento musical) las adicciones del artista y su tumultuosa relación con su esposa Chan (Diane Venora). La noche y el hogar, que se llevan de pena.
La noche mágica del jazz.
Charlie "Bird" Parker es el conjurador del encantamiento, ese hechizo implacable: el bebop. Encorvado sobre su saxofón como si quisiera esconderlo, protegerlo con su corpachón sudoroso, inmóvil, una máquina de soplar que parece impulsar el movimiento vertiginoso e inverosímil de los dedos. Un negro, un gordinflón, un alcohólico, una pesadilla para la puntualidad, un yonqui lunático, carne de manicomio: un tipo capaz de cambiar la historia de la música popular (Miles Davis presumía de haberlo hecho: tres veces): un saxofón que dejó de sonar con sólo 34 años. Una vida desgraciada, un colmo de infortunios salpicado por noches de genialidad (como se ve en la película, ni siquiera la policía le dejaba tranquilo; contaba William S. Burroughs en "Yonqui" que en los años cuarenta la pasma acosaba constantemente a los drogadictos, el último eslabón de la cadena del vicio, para no tener que ir hacia arriba, hacia la arandela que sujetaba la cadena al techo: un suculento sobre a fin de mes en la taquilla del piesplanos). Las drogas y el jazz: Chet Baker, Billie Holiday, otros de los más famosos, de los más geniales. Pero muchos otros, en mayor o menor medida, con mejor o peor suerte. Quién fue el abstemio, quién pasó de meterse nada. Trabajo nocturno en locales rebosantes de oferta. Quién no probó nunca.
Después de dirigir y protagonizar "El sargento de hierro" y de haber encarnado por última vez al inspector Harry Callahan en "La lista negra" de Buddy Van Horn, Clint Eastwood deja su fusil para rodar un alarde de sensibilidad artística: el melómano que se esconde detrás de la Magnum 44. Como se menciona en la biografía del cineasta escrita por Patrick McGilligan, esta sería su producción más elegante, más arriesgada y menos comercial. Aún así Eastwood (famoso tacaño) desecharía previsiones de beneficios y sería consecuente con sus pasiones, prestando sus fotogramas a desertores del swing y de este modo lograr enfocar una de sus mejores películas, la vida privada de Charlie Parker, un papel que parece hecho a medida del actor principal, Forest Whitaker, y donde serán protagonistas (junto al ineludible acompañamiento musical) las adicciones del artista y su tumultuosa relación con su esposa Chan (Diane Venora). La noche y el hogar, que se llevan de pena.
La noche mágica del jazz.
lunes, octubre 17, 2011
Homines.com
Ampliación del campo de batalla.
Desde el portal web de arte y cultura Homines.com tuvieron la gran amabilidad y la feliz idea de enviarme una invitación para colaborar con ellos. Feliz idea porque, por supuesto, estas cosas le hacen a uno feliz: espero que les haya gustado el artículo que les he mandado: Abbas Kiarostami y su "Copia certificada". Y así debe haber sido, debe haberles gustado, porque lo han publicado hoy. Muchas gracias.
Aunque ahora quede un poco mal decirlo (auto-publicidad) realmente merece la pena darse una vuelta por Homines.com, una web llena de contenidos interesantes: literatura, cómic, fotografía, historia del arte, arte contemporáneo, exposiciones, etc. Y cine, claro.
sábado, octubre 15, 2011
"El hombre leopardo", de Jacques Tourneur
Hace un momento le comentaba a Kinezoe que Andréi Tarkovski, el magistral director ruso (un día tengo que dedicarle una entrada a alguna de sus películas pero cómo describir en palabras la belleza inmensa de sus fotogramas sin caer en la blasfemia y ser castigado por ello: como en "La vida de Brian" de Monty Python: lapidado por pronunciar el nombre del dios supremo), sostenía que en el día a día apenas nos damos cuenta del color del que son las cosas: el color es un artificio prescindible, un adorno, y lo que realmente cuenta es la luz o la ausencia de ella. Al blanco y negro volvemos, entonces, por necesidad. Una y otra vez, a revisar clásicos, apuntes primordiales, y entre todos los maestros de las sombras Jacques Tourneur era uno de los mejores.
"La mujer pantera", "Yo anduve con un zombie" y "El hombre leopardo". En dos años realizó tres obras maestras del cine fantástico y de terror para el sello RKO. Las dos primeras más mágicas: la brujería y el mito. La tercera más mundana: el asesino en serie, pero también buscando lo exótico (y lo tópico: bueno, más bien topicazos: de los hispanos o mexicanos, como se prefiera: castañuelas y procesiones), la raíz ancestral y chamánica. Además, si "La mujer pantera" rondaba de noche por las piscinas, ahora "El hombre leopardo" se oculta en los cementerios: más terrorífico aún si cabe, aunque la escena aquella de la piscina era de las que te quitaban las ganas de volver a darte un chapuzón para el resto de tus días...
Asesino por imitación (que será cazado -nunca mejor dicho- con indirectas: como Gila a Jack el Destripador). El intelectual interioriza su fascinación por el objeto de su estudio, por la bestia salvaje, asimilando su esencia animal: la pureza de la violencia desnuda, pero confundiendo la lucha por la vida, la muerte por necesidad, con la satisfacción del impulso asesino.
¿Cuáles son las fuerzas que condicionan el comportamiento humano sumiéndolo en la locura del psicopata social?
En 1979 Brenda Ann Spencer, una chica de 16 años, se puso a disparar con un rifle, desde su casa de San Diego, contra un colegio cercano: dos muertos y nueve heridos. Después de ser apresada, cuando le preguntaron que por qué había cometido esa barbaridad, ella contestó: I don't like Mondays. Bob Geldof se enteró de la tremenda "coartada" de la muchacha y compuso la canción por la que The Boomtown Rats, su banda, será siempre recordada (y si no, vean "The Commitments" de Alan Parker: ya tendrían que haberla visto).
Tell me why...
"La mujer pantera", "Yo anduve con un zombie" y "El hombre leopardo". En dos años realizó tres obras maestras del cine fantástico y de terror para el sello RKO. Las dos primeras más mágicas: la brujería y el mito. La tercera más mundana: el asesino en serie, pero también buscando lo exótico (y lo tópico: bueno, más bien topicazos: de los hispanos o mexicanos, como se prefiera: castañuelas y procesiones), la raíz ancestral y chamánica. Además, si "La mujer pantera" rondaba de noche por las piscinas, ahora "El hombre leopardo" se oculta en los cementerios: más terrorífico aún si cabe, aunque la escena aquella de la piscina era de las que te quitaban las ganas de volver a darte un chapuzón para el resto de tus días...
Asesino por imitación (que será cazado -nunca mejor dicho- con indirectas: como Gila a Jack el Destripador). El intelectual interioriza su fascinación por el objeto de su estudio, por la bestia salvaje, asimilando su esencia animal: la pureza de la violencia desnuda, pero confundiendo la lucha por la vida, la muerte por necesidad, con la satisfacción del impulso asesino.
¿Cuáles son las fuerzas que condicionan el comportamiento humano sumiéndolo en la locura del psicopata social?
En 1979 Brenda Ann Spencer, una chica de 16 años, se puso a disparar con un rifle, desde su casa de San Diego, contra un colegio cercano: dos muertos y nueve heridos. Después de ser apresada, cuando le preguntaron que por qué había cometido esa barbaridad, ella contestó: I don't like Mondays. Bob Geldof se enteró de la tremenda "coartada" de la muchacha y compuso la canción por la que The Boomtown Rats, su banda, será siempre recordada (y si no, vean "The Commitments" de Alan Parker: ya tendrían que haberla visto).
All the playing's stopped in the playground nowA mí me gusta una versión lenta (lentísima: una canción de cuna prácticamente, aunque la original ya era una balada en sí misma; o casi) del tema, que hizo Tori Amos, versión que aparecía en uno de los capítulos (no recuerdo cuál) de "El ala oeste de la Casa Blanca", una de mis series favoritas (Martin Sheen for president!).
She wants to play with her toys awhile
And school's out early and soon we'll be learning
That the lesson today is how to die
And then the bullhorn crackles
And the captain tackles
With the problems and the how's and why's
And he can see no reasons
Cos there are no reasons
What reasons do you need to die
Tell me why...
miércoles, octubre 12, 2011
"Tiempos modernos", de Charles Chaplin
Charles Chaplin creó el primer personaje cinematográfico que sería conocido en todo el mundo, un icono universal: hasta en el último confín del planeta será identificable la figura blanquinegra del sagaz vagabundo ácrata (decía John Lennon que The Beatles eran más famosos que Jesucristo: puede ser, aunque la certeza de esa comparación resultará sin duda más probable en el caso de Charlot). Su talento como actor era indiscutible: rey del slapstick, de la comedía muda, dotado de una expresividad y una facilidad de movimientos que lo convertían en un vehículo infalible para transportar sentimientos y generar emociones: hacer reír a cualquiera, ya sea chino, salmantino o esquimal: se reía mi abuelo, se partían de risa esta tarde los niños y, algún día, quizás, se reirán mis nietos. Pero su enorme figura cinematográfica no se limitaba a ponerse delante de la cámara, si bien esa faceta es tan poderosa que ante el gran público puede parecer que no hay nada más. Fue director y guionista de la mayoría de las películas en las que aparece y productor y compositor de casi todas las que realizó a partir de los años 20. Un cineasta completo, por tanto, cine de autor, cuyo nombre se debe colocar junto al de otros gigantes contemporáneos como Ernst Lubitsch o Fritz Lang.
"Tiempos modernos" es su primera película sonora: en realidad es una mixtura entre mudo y sonoro (como sucedía en "Vampyr" de Dreyer: tiempos modernos para todos, para el cine también): se mantienen los carteles con los diálogos y el sonido sólo está presente en la música, en algunas voces que salen de radios o de altavoces de las fábricas (y de una pantalla: la videoconferencia, presente en fotogramas de los años 30) y, sobre todo, en una canción que canta Charlot (porque esta película es una de Charlot, del mítico y clásico, con su bombín y su bastón, por supuesto) hacía el final de la cinta: la conocida melodía de Je cherche après Titine pero con letra chapliniana: un pasaje que es una lección absoluta de vodevil, el género en el que despuntó el joven Chaplin, en Londres, antes de saltar, años después, al celuloide. Saltar el charco y asaltar la Historia del cine (y, practicamente, fundarla: recuerdos primordiales de la memoria cinematográfica común).
"Tiempos modernos" se puede tomar como la cara divertida de "Metrópolis" de Fritz Lang, que era mucho más dramática, colosal, trascendente. Pero la sátira del capitalismo de producción que se desarrolla en "Tiempos modernos" es igualmente implacable y desgarradora, con la virtud añadida de que el mensaje se trasmite por la carcajada, una línea al pie de un placer al alcance de todos: no lo pienses ahora pero te ríes cuando en realidad deberías echarte a llorar, ay. Bittersweet. El trabajador esclavo de los índices de productividad, del miedo a perder el empleo, de la tarea monótona y de la jornada eterna anclado a la cadena de montaje: huelga y represión: estrés y depresión. Las taras congénitas de un sistema esquizofrénico que permanecen aún sin cura, tantas décadas después. El director británico sería posteriormente acusado de comunismo, una acusación que, atendiendo a su filmografía y a su postura pública, le preocupó más bien poco. O nada. En 1952 salió de Estados Unidos y las autoridades de aquel país le prohibieron el regreso (tenía poderosos enemigos: Hoover, McCarthy: seguro que estos también se troncharon en el cine alguna vez -o muchas- viendo una de Charlot). Que les den, debió pensar. Chaplin murió en Suiza en 1977.
Pero no sólo hay humor y denuncia en "Tiempos modernos". En el caminar horizontal y saltarín del enamoradizo mimo se cruza, como en tantas otras ocasiones, una chica: la mirada intensa de Paulette Goddard (como después sucedería en "El gran dictador"). Una huerfanita desvalida: su mayor debilidad.
Y si hay que cantar se canta.
"Tiempos modernos" es su primera película sonora: en realidad es una mixtura entre mudo y sonoro (como sucedía en "Vampyr" de Dreyer: tiempos modernos para todos, para el cine también): se mantienen los carteles con los diálogos y el sonido sólo está presente en la música, en algunas voces que salen de radios o de altavoces de las fábricas (y de una pantalla: la videoconferencia, presente en fotogramas de los años 30) y, sobre todo, en una canción que canta Charlot (porque esta película es una de Charlot, del mítico y clásico, con su bombín y su bastón, por supuesto) hacía el final de la cinta: la conocida melodía de Je cherche après Titine pero con letra chapliniana: un pasaje que es una lección absoluta de vodevil, el género en el que despuntó el joven Chaplin, en Londres, antes de saltar, años después, al celuloide. Saltar el charco y asaltar la Historia del cine (y, practicamente, fundarla: recuerdos primordiales de la memoria cinematográfica común).
"Tiempos modernos" se puede tomar como la cara divertida de "Metrópolis" de Fritz Lang, que era mucho más dramática, colosal, trascendente. Pero la sátira del capitalismo de producción que se desarrolla en "Tiempos modernos" es igualmente implacable y desgarradora, con la virtud añadida de que el mensaje se trasmite por la carcajada, una línea al pie de un placer al alcance de todos: no lo pienses ahora pero te ríes cuando en realidad deberías echarte a llorar, ay. Bittersweet. El trabajador esclavo de los índices de productividad, del miedo a perder el empleo, de la tarea monótona y de la jornada eterna anclado a la cadena de montaje: huelga y represión: estrés y depresión. Las taras congénitas de un sistema esquizofrénico que permanecen aún sin cura, tantas décadas después. El director británico sería posteriormente acusado de comunismo, una acusación que, atendiendo a su filmografía y a su postura pública, le preocupó más bien poco. O nada. En 1952 salió de Estados Unidos y las autoridades de aquel país le prohibieron el regreso (tenía poderosos enemigos: Hoover, McCarthy: seguro que estos también se troncharon en el cine alguna vez -o muchas- viendo una de Charlot). Que les den, debió pensar. Chaplin murió en Suiza en 1977.
Pero no sólo hay humor y denuncia en "Tiempos modernos". En el caminar horizontal y saltarín del enamoradizo mimo se cruza, como en tantas otras ocasiones, una chica: la mirada intensa de Paulette Goddard (como después sucedería en "El gran dictador"). Una huerfanita desvalida: su mayor debilidad.
Y si hay que cantar se canta.
martes, octubre 04, 2011
"El niño", de Jean-Pierre y Luc Dardenne
Una pareja de jóvenes, Bruno (Jérémie Renier, excelente actor, un habitual de la filmografía de los hermanos Dardenne) y Sonia (Déborah François; junto a Renier logra una actuación magnífica en esta película) han tenido a su primer hijo. Él es un maleante, el cabecilla de un pequeño grupo de delincuentes (toque Oliver Twist) juveniles, que malvive con las ganancias de vender objetos robados o, si la ocasión lo requiere, mendigando por las calles. Obtener dinero como sea y derrocharlo en la satisfacción inmediata del deseo consumista, tal y como marca una sociedad con una escala de valores descabellada: un buga molón, una chupa guay. La ilusión de alcanzar una vida distinta, un nivel establecido sobre estereotipos vacuos de felicidad publicitaria. Y también sobre la falsa idea de obtenerlo sin dar un palo al agua ya que, como se observa en la película, el trapicheo es una actividad en la que no se para en todo el día. En "Rosetta", la primera Palma de Oro de Cannes de estos cineastas, conseguida en 1999 ("El niño" es la segunda, ganada en 2005), la protagonista pretendía salir del arroyo trabajando duro. En "El niño", no: cualquier chisme es válido como moneda de cambio, cualquier negocio es bueno si aporta un beneficio económico. Cualquier cosa vale y mejor no pararse ante barreras éticas (así será también en su siguiente obra, "El silencio de Lorna": el de los Dardenne es el cine de los desposeídos, de los marginados, la basura blanca, los que no pueden escapar de su destino, habitando eternamente los arcenes del próspero mundo occidental).
Bruno empuja el carrito del bebé, con decisión y ceguera, contando el dinero como la lechera del cuento. Pero el ascensor está estropeado. Hay que coger al niño, el pequeño Jimmy, recién nacido de nueve días, para subir por las escaleras de un edificio. Las caras de los bebés se borran, rostro en mutación semanal, y el furor de su llanto también desaparece, pero lo que permanece siempre anclado en la memoria es el recuerdo de su peso en tus brazos. Tus manos en sus axilas, toda tu atención en la punta de los dedos, calibrando con exactitud la tensión necesaria para sujetar sin apretar, para recoger y no dejar caer. Esos pocos kilos de carne tibia y relajada, esos dedos arrugados que se aferran a los tuyos con una fuerza inesperada. Coger a un niño en brazos es la firma de un pacto que dura hasta la muerte, una promesa leal de protección y sacrificio, de cariño sin límite. Ya nada será igual.
Decía Federico Luppi en "Martín (Hache)" de Adolfo Aristarain:
El final me ha recordado intensamente al de "Pickpocket" de Robert Bresson, una referencia exacta para la trama que se desarrolla en "El niño": la redención. Con referencias así, el resultado tiene que ser extraordinario.
Bruno empuja el carrito del bebé, con decisión y ceguera, contando el dinero como la lechera del cuento. Pero el ascensor está estropeado. Hay que coger al niño, el pequeño Jimmy, recién nacido de nueve días, para subir por las escaleras de un edificio. Las caras de los bebés se borran, rostro en mutación semanal, y el furor de su llanto también desaparece, pero lo que permanece siempre anclado en la memoria es el recuerdo de su peso en tus brazos. Tus manos en sus axilas, toda tu atención en la punta de los dedos, calibrando con exactitud la tensión necesaria para sujetar sin apretar, para recoger y no dejar caer. Esos pocos kilos de carne tibia y relajada, esos dedos arrugados que se aferran a los tuyos con una fuerza inesperada. Coger a un niño en brazos es la firma de un pacto que dura hasta la muerte, una promesa leal de protección y sacrificio, de cariño sin límite. Ya nada será igual.
Decía Federico Luppi en "Martín (Hache)" de Adolfo Aristarain:
No es quererlo, es peor. Es mucho más fuerte. Si tuvieras hijos no haría falta decírtelo. No es joda cuando uno dice que es capaz de dar la vida por su hijo. Tenés miedo, no se puede controlar, tenés miedo a que le pase algo, querés estar siempre con él para cuidarlo. Pero vos sabés que no puede ser. No es miedo a que se muera, es miedo a que le pase algo, a que sufra. No podés ni pensar en que se puede morir, te duele pensarlo, te da pánico porque sabés que si... Sabés que si eso llega a pasar... no vas a sufrir ni te va a doler. Te va a destruir. Vas a dejar de existir aunque sigas viviendo. Si se muere te morís con él. Así de sencillo.Rectificar es de sabios aunque puede ser demasiado tarde. Se han desencadenado consecuencias indeseadas, acciones que no tienen vuelta de hoja: los sabios también terminan entre rejas: giros inesperados: otra marca de la casa. Y no creo que la película sea moralista, pues hay juicios que van más allá de lo social, de lo que la sociedad espera de cada uno, para adentrarse en el terreno de la condición inherente del ser humano, de su esencia. Cine existencialismo.
El final me ha recordado intensamente al de "Pickpocket" de Robert Bresson, una referencia exacta para la trama que se desarrolla en "El niño": la redención. Con referencias así, el resultado tiene que ser extraordinario.
jueves, septiembre 29, 2011
Teatro. "Wishful drinking", de Carrie Fisher
Teatro televisado, teatro a fin de cuentas: un monólogo imperdible para cualquier seguidor de la Fuerza.
En Urban Dictionary, aventuran la siguiente definición para el término:
En "I'm still here" el director Casey Affleck fantaseaba con la posibilidad de convertir al actor Joaquin Phoenix en un juguete roto, una víctima de la fama, una deslumbrante estrella de cine sumida en el descontrol de las drogas y la paranoia angustiosa de la búsqueda de la propia identidad artística, una pesadilla para sus amigos y familiares: o sea, Joaquin Phoenix hacía de Carrie Fisher: vamos con otra entrega de vidas de santos y personas ejemplares.
Trastorno bipolar, carácter maníaco depresivo, alcoholismo, drogadicción. Rehab y electroshock. ¿Lo traía puesto de casa o todos esos estupendos regalos se los debe a la princesa Leia Organa?
Culpar a Debbie Reynolds y Eddie Fisher, sus padres, actriz y cantante, máximas figuras del show business de los años 50, más preocupados por el escenario y por sus sucesivos matrimonios (y divorcios: cada uno los suyos) que por la educación de sus hijos: perdonados: su sangre es la que corre por tus venas.
Culpar a Paul Simon y Bryan Lourd, marido primero y marido segundo, aunque más parece que en aquel entonces ellos ya eran las víctimas de ella y no lo contrario.
Culpar a George Lucas y, éste sí, sin posibilidad de indulto. El ansia feroz de exprimir hasta la última gota la teta de "Star Wars", su impresionante éxito, poniendo en marcha, como nunca antes (y probablemente nunca después), una enorme línea de merchandising: seguro que puedes alimentarte, vestirte o realizar la mayoría de actividades de tu vida cotidiana empleando unicamente productos que en alguna parte tengan impresos personajes de "La guerra de las galaxias" y, al lado del dibujo, lleven inscritas las palabras © Lucasfilm Ltd. & TM. Y como George Lucas fue pionero en este campo, los abogados de actores de la época no debían estar tan preocupados por el asunto como para incluir clausulas que protegieran escrupulosamente los derechos de imagen de sus clientes: dice Carrie Fisher que cada vez que se mira al espejo tiene que mandarle un par de dolares al cineasta (cineasta, sí, sobre todo como productor; su lista de títulos, de largometrajes, en los que firme como director y que no tengan escenas con espadas láser, se reduce a dos: "THX 1138" y "American Graffiti", ambas de principios de los 70).
Carrie Fisher ya publicó una novela de carácter autobiográfico en el año 1987, "Postales desde el filo", que luego fue llevada al cine, con éxito, por Mike Nichols, con Meryl Streep y Shirley MacLaine (Carrie y su madre) en los papeles protagonistas. "Wishful drinking", de nuevo, otra autobiografía, publicada en el 2008, que ahora es representada por herself en una función teatral muy divertida: bufón de su propia desgracia (o el bufón que se comió a Carrie Fisher: problemas de peso -otro más- que hacen que sea difícil reconocer a la joven chica de las ensaimadas en la cabeza). El sentido del espectáculo estadounidense, la idea de que el show debe continuar y se alimenta de lo que sea necesario, es inigualable. Dicen que para resolver problemas muchas veces lo mejor es airearlos. Pues que no se diga.
En Urban Dictionary, aventuran la siguiente definición para el término:
wishful drinking : the mistaken belief that by drinking until your liver turns to crumbly chalk, things will be better.
En "I'm still here" el director Casey Affleck fantaseaba con la posibilidad de convertir al actor Joaquin Phoenix en un juguete roto, una víctima de la fama, una deslumbrante estrella de cine sumida en el descontrol de las drogas y la paranoia angustiosa de la búsqueda de la propia identidad artística, una pesadilla para sus amigos y familiares: o sea, Joaquin Phoenix hacía de Carrie Fisher: vamos con otra entrega de vidas de santos y personas ejemplares.
Trastorno bipolar, carácter maníaco depresivo, alcoholismo, drogadicción. Rehab y electroshock. ¿Lo traía puesto de casa o todos esos estupendos regalos se los debe a la princesa Leia Organa?
Culpar a Debbie Reynolds y Eddie Fisher, sus padres, actriz y cantante, máximas figuras del show business de los años 50, más preocupados por el escenario y por sus sucesivos matrimonios (y divorcios: cada uno los suyos) que por la educación de sus hijos: perdonados: su sangre es la que corre por tus venas.
Culpar a Paul Simon y Bryan Lourd, marido primero y marido segundo, aunque más parece que en aquel entonces ellos ya eran las víctimas de ella y no lo contrario.
Culpar a George Lucas y, éste sí, sin posibilidad de indulto. El ansia feroz de exprimir hasta la última gota la teta de "Star Wars", su impresionante éxito, poniendo en marcha, como nunca antes (y probablemente nunca después), una enorme línea de merchandising: seguro que puedes alimentarte, vestirte o realizar la mayoría de actividades de tu vida cotidiana empleando unicamente productos que en alguna parte tengan impresos personajes de "La guerra de las galaxias" y, al lado del dibujo, lleven inscritas las palabras © Lucasfilm Ltd. & TM. Y como George Lucas fue pionero en este campo, los abogados de actores de la época no debían estar tan preocupados por el asunto como para incluir clausulas que protegieran escrupulosamente los derechos de imagen de sus clientes: dice Carrie Fisher que cada vez que se mira al espejo tiene que mandarle un par de dolares al cineasta (cineasta, sí, sobre todo como productor; su lista de títulos, de largometrajes, en los que firme como director y que no tengan escenas con espadas láser, se reduce a dos: "THX 1138" y "American Graffiti", ambas de principios de los 70).
Carrie Fisher ya publicó una novela de carácter autobiográfico en el año 1987, "Postales desde el filo", que luego fue llevada al cine, con éxito, por Mike Nichols, con Meryl Streep y Shirley MacLaine (Carrie y su madre) en los papeles protagonistas. "Wishful drinking", de nuevo, otra autobiografía, publicada en el 2008, que ahora es representada por herself en una función teatral muy divertida: bufón de su propia desgracia (o el bufón que se comió a Carrie Fisher: problemas de peso -otro más- que hacen que sea difícil reconocer a la joven chica de las ensaimadas en la cabeza). El sentido del espectáculo estadounidense, la idea de que el show debe continuar y se alimenta de lo que sea necesario, es inigualable. Dicen que para resolver problemas muchas veces lo mejor es airearlos. Pues que no se diga.
lunes, septiembre 26, 2011
"I'm still here", de Casey Affleck
Del "I'm not there" de Todd Haynes al "I'm still here" de Casey Affleck (hubiera sido un título esplendido para una segunda parte de la película de Haynes). De un músico imprescindible, Bob Dylan, que hizo sus pinitos en el cine arrastrado por su popularidad, a un notable actor, Joaquin Phoenix, metido a rapero tristón, a rebufo, también, de la fama conseguida por otros medios. Pero ambas películas tienen poco que ver, no sólo en su calidad y propósitos, biografías noveladas frente a tergiversadas, sino también en que la opera prima en la dirección de Casey Affleck no pasa de ser un reality-celebrity-cutre al estilo de los seriales de la MTV dedicados a Ozzy Osbourne o a Alaska y su nancy anoréxica (no es un insulto, ojo, así se hace llamar el marido en su grupo Nancys Rubias), y pasajes a lo Jack Ass, adornados con brochazos del mundo del hip-hop: estética de televisión para imbéciles, o sea, para todos nosotros. Para el que lo quiera.
Joaquin Phoenix se harta, se cansa de la vida regalada de un actor de éxito, se hastía de la atención permanente de los medios, se avergüenza se las mentiras que adornan sus facultades y de la falta de creatividad a la que obliga tener que representar personajes creados por otros, películas ajenas: el artista mercenario. Hasta aquí hemos llegado. Una decisión trascendente, sin vuelta de hoja: me voy a dedicar a rapear, brother. Si la elección hubiera sido el country, no hubiera sido tan raro: hizo un buen papel como Johnny Cash en "Walk the line" de James Mangold. Y no sería la primera vez, ni mucho menos, que una estrella de cine prueba suerte en la música: promoción automática, ventas aseguradas: una bicoca para cualquier compañía discográfica. Pero no, nada de guitarra y botas de vaquero, a poner poses de tipo chungo, cara de amargado perdona-vidas y a componer rimas de esas que cuando las oyes te dan ganas de romper escaparates y quemar cajeros (¿cómo era aquella teoría de que el rap lo inventó la CIA para que los negros se mataran entre ellos?). A falta de melanina, camuflaje: lupas oscuras, melena greñosa, larga barba vagabunda: el rap de un ZZ Top desaliñado. Parecer otro y por tanto menos creíble aún.
No sé si Joaquin Phoenix será cretense, supongo que no, pero en cualquier caso el dilema que plantea, si lo que aparece en la pantalla es todo verdad o es una gran broma, no parece ser de los que hagan cavilar a futuras generaciones de filósofos. Si un actor declara que no quiere rodar más películas y para dejar constancia de ello una cámara filma todos sus movimientos durante meses, registrando su pretendida caída en la molicie y el descrédito, entonces ya está: quod erat demonstrandum, que decía (en realidad escribía q.e.d.) mi profesor de álgebra después de colmar una pizarra entera con un teorema. Con todo, durante la época del rodaje de "I'm still here" se la pegaron a la mayoría del público: what's up with Joaquin Phoenix?
Casey Affleck y Joaquin Phoenix (por lo que cuenta "I´m still here" son cuñados: pues deben ser como aquellos que llevaba Jesús Quintero a su programa: unos cachondos, en fin) son buenos actores y ojalá sigan haciendo las buenas películas a las que nos tienen acostumbrados. Para chorradas prefabricadas acerca de vidas de famosos, ya tenemos Tele 5. Para el que lo quiera, también.
Ya sabes, Casey: zapatero a tus zapatos. La frase del año...
Joaquin Phoenix se harta, se cansa de la vida regalada de un actor de éxito, se hastía de la atención permanente de los medios, se avergüenza se las mentiras que adornan sus facultades y de la falta de creatividad a la que obliga tener que representar personajes creados por otros, películas ajenas: el artista mercenario. Hasta aquí hemos llegado. Una decisión trascendente, sin vuelta de hoja: me voy a dedicar a rapear, brother. Si la elección hubiera sido el country, no hubiera sido tan raro: hizo un buen papel como Johnny Cash en "Walk the line" de James Mangold. Y no sería la primera vez, ni mucho menos, que una estrella de cine prueba suerte en la música: promoción automática, ventas aseguradas: una bicoca para cualquier compañía discográfica. Pero no, nada de guitarra y botas de vaquero, a poner poses de tipo chungo, cara de amargado perdona-vidas y a componer rimas de esas que cuando las oyes te dan ganas de romper escaparates y quemar cajeros (¿cómo era aquella teoría de que el rap lo inventó la CIA para que los negros se mataran entre ellos?). A falta de melanina, camuflaje: lupas oscuras, melena greñosa, larga barba vagabunda: el rap de un ZZ Top desaliñado. Parecer otro y por tanto menos creíble aún.
No sé si Joaquin Phoenix será cretense, supongo que no, pero en cualquier caso el dilema que plantea, si lo que aparece en la pantalla es todo verdad o es una gran broma, no parece ser de los que hagan cavilar a futuras generaciones de filósofos. Si un actor declara que no quiere rodar más películas y para dejar constancia de ello una cámara filma todos sus movimientos durante meses, registrando su pretendida caída en la molicie y el descrédito, entonces ya está: quod erat demonstrandum, que decía (en realidad escribía q.e.d.) mi profesor de álgebra después de colmar una pizarra entera con un teorema. Con todo, durante la época del rodaje de "I'm still here" se la pegaron a la mayoría del público: what's up with Joaquin Phoenix?
Casey Affleck y Joaquin Phoenix (por lo que cuenta "I´m still here" son cuñados: pues deben ser como aquellos que llevaba Jesús Quintero a su programa: unos cachondos, en fin) son buenos actores y ojalá sigan haciendo las buenas películas a las que nos tienen acostumbrados. Para chorradas prefabricadas acerca de vidas de famosos, ya tenemos Tele 5. Para el que lo quiera, también.
Ya sabes, Casey: zapatero a tus zapatos. La frase del año...
martes, septiembre 20, 2011
"Jules y Jim", de François Truffaut
Si en el final de "Viridiana" de Luis Buñuel, Jorge (Francisco Rabal), Viridiana (Silvia Pinal) y la criada Ramona (Margarita Lozano) se ponen a echar una partida de naipes (No me lo vas a creer, pero la primera vez que la vi me dije: "Mi prima acabará jugando a tute conmigo"), en "Jules y Jim" el dominó será el protagonista: juegos para embaír el rato en compañía y, como tantos otros, para dos o más jugadores.
Tercera película del beligerante crítico de Cahiers du Cinéma, joven turco airado nacido en París. La primera, "Los cuatrocientos golpes", fue un éxito rotundo para el director novel (y esta mañana debatía acerca de las intenciones morales en "Kids" de Larry Clark y me doy cuenta de sus similitudes -que nadie me pegue- con "Los cuatrocientos golpes", cada una en su época generando debate y controversia; pero me voy del tema, estamos con otra de Truffaut, el que quiera leer sobre "Kids" que acuda al número 2 de "La caja de Pandora": publicidad nada subliminal) y la segunda "Disparad al pianista", un completo fracaso: el público esperaba más Antoine Doinel y por el contrario se encontró una de gangsters, un giro inesperado protagonizado por Charles Aznavour. Polemizar, sorprender, hacer lo que nadie ha hecho antes, dejar una impronta indeleble de cineasta apoyándose en otros (en gigantes: Hitchcock, Renoir, Ray, Rossellini, Cocteau, Fuller, etc.) pero innovando a su vez. El perfecto autor.
"Jules y Jim" retoma la senda de llevar gente a la sala contando la historia de dos amigos, uno francés, Jim (Henri Serre), y otro alemán, Jules (Oskar Werner; Truffaut le hará protagonista de otro de sus títulos señeros, "Fahrenheit 451"), dos bon vivant que se lo pasan en grande en plena Belle Époque francesa. En su amistad se cruza Catherine (Jeanne Moreau) y, como decía Aute en su canción "Una de dos": o me llevo a esa mujer o entre los tres nos organizamos, si puede ser. Esta relación inusual (y Truffaut ya puso en pantalla algo parecido en "Disparad al pianista", un tratamiento cinematográfico de las relaciones sentimentales que se aparta de la "normalidad" para adentrarse en sus ramificaciones y que será marca de la causa: más adelante en "La piel suave" o en "La sirena del Mississippi", por poner un par de ejemplos), un tema escabroso para la época (para cualquier época, en realidad), está planteado de forma absolutamente natural: las cosas son como son y no pueden ser de otra manera: aceptación.
Drama tierno, nada cursi, en el que parece que se quiere demostrar que la amistad es un afán más importante y duradero que el amor, un sentimiento menos exigente que la pasión desbordada y ciega, que se agota y lo arrasa todo a su paso. El personaje de Jeanne Moreau posee el magnetismo de la mujer libre, poco dada al compromiso férreo, cualidad ésta que se convierte en un lastre cuando el amante ocasional se enamora de la bella Catherine. Jules y Jim seguirán siendo amigos a pesar de la Gran Guerra, que los coloca en bandos opuestos, a pesar de los celos, de la insatisfacción constante, de idas y venidas. Un lio que vuelve loco a cualquiera, ya te puedes suponer. Y el final, sorprendente.
Jeanne Moreau cantando "Le Tourbillon" en "Jules y Jim" y parando el tiempo
Tercera película del beligerante crítico de Cahiers du Cinéma, joven turco airado nacido en París. La primera, "Los cuatrocientos golpes", fue un éxito rotundo para el director novel (y esta mañana debatía acerca de las intenciones morales en "Kids" de Larry Clark y me doy cuenta de sus similitudes -que nadie me pegue- con "Los cuatrocientos golpes", cada una en su época generando debate y controversia; pero me voy del tema, estamos con otra de Truffaut, el que quiera leer sobre "Kids" que acuda al número 2 de "La caja de Pandora": publicidad nada subliminal) y la segunda "Disparad al pianista", un completo fracaso: el público esperaba más Antoine Doinel y por el contrario se encontró una de gangsters, un giro inesperado protagonizado por Charles Aznavour. Polemizar, sorprender, hacer lo que nadie ha hecho antes, dejar una impronta indeleble de cineasta apoyándose en otros (en gigantes: Hitchcock, Renoir, Ray, Rossellini, Cocteau, Fuller, etc.) pero innovando a su vez. El perfecto autor.
"Jules y Jim" retoma la senda de llevar gente a la sala contando la historia de dos amigos, uno francés, Jim (Henri Serre), y otro alemán, Jules (Oskar Werner; Truffaut le hará protagonista de otro de sus títulos señeros, "Fahrenheit 451"), dos bon vivant que se lo pasan en grande en plena Belle Époque francesa. En su amistad se cruza Catherine (Jeanne Moreau) y, como decía Aute en su canción "Una de dos": o me llevo a esa mujer o entre los tres nos organizamos, si puede ser. Esta relación inusual (y Truffaut ya puso en pantalla algo parecido en "Disparad al pianista", un tratamiento cinematográfico de las relaciones sentimentales que se aparta de la "normalidad" para adentrarse en sus ramificaciones y que será marca de la causa: más adelante en "La piel suave" o en "La sirena del Mississippi", por poner un par de ejemplos), un tema escabroso para la época (para cualquier época, en realidad), está planteado de forma absolutamente natural: las cosas son como son y no pueden ser de otra manera: aceptación.
Drama tierno, nada cursi, en el que parece que se quiere demostrar que la amistad es un afán más importante y duradero que el amor, un sentimiento menos exigente que la pasión desbordada y ciega, que se agota y lo arrasa todo a su paso. El personaje de Jeanne Moreau posee el magnetismo de la mujer libre, poco dada al compromiso férreo, cualidad ésta que se convierte en un lastre cuando el amante ocasional se enamora de la bella Catherine. Jules y Jim seguirán siendo amigos a pesar de la Gran Guerra, que los coloca en bandos opuestos, a pesar de los celos, de la insatisfacción constante, de idas y venidas. Un lio que vuelve loco a cualquiera, ya te puedes suponer. Y el final, sorprendente.
Jeanne Moreau cantando "Le Tourbillon" en "Jules y Jim" y parando el tiempo
domingo, septiembre 11, 2011
Revista. La Caja de Pandora nº 2 "Especial Drogas"
Segundo número de "La Caja de Pandora", dedicado en esta ocasión a las drogas, el peligroso mundo de los narcóticos, aunque más acertado sería decir que el leitmotiv son las adicciones: las de los que colaboran (colaboramos; felicitaciones a todos los camaradas de la "tripulación" por su excelente trabajo) en la revista: literatura, música, cómic, cine: una publicación de adictos para adictos, para aquellos que se colocan con chutes de celuloide y papel impreso.
Enhorabuena a Crowley, el peor "yonki" de todos ellos, que ha realizado una tarea titánica con el montaje de este segundo número, que duplica la cantidad de páginas del primero, y al que le doy las gracias por haberme permitido meter un par de artículos en esa caja.
Sólo me queda recomendar su lectura (sí, sí, muy bonita pero, hombre, hay que leerla ¿no?) y esperar críticas, palos de todo tipo, para que cada número llegue a ser mejor que el anterior.
La revista se puede descargar desde aquí.
Enhorabuena a Crowley, el peor "yonki" de todos ellos, que ha realizado una tarea titánica con el montaje de este segundo número, que duplica la cantidad de páginas del primero, y al que le doy las gracias por haberme permitido meter un par de artículos en esa caja.
Sólo me queda recomendar su lectura (sí, sí, muy bonita pero, hombre, hay que leerla ¿no?) y esperar críticas, palos de todo tipo, para que cada número llegue a ser mejor que el anterior.
La revista se puede descargar desde aquí.
domingo, septiembre 04, 2011
Teatro. "A Ópera dos Tres Reás", de Bertolt Brecht y Kurt Weill
Luis Tosar me recuerda a un Mr. Potato: un cráneo desnudo al que le puedes poner y quitar rasgos a tu antojo (ahora le coloco bigote y patillas, ahora se lo quito; ahora un sombrero borsalino, ahora una barba cuidada; le afeito el escaso pelo o se lo dejo, bien moreno para que parezca más malvado; las cejas pobladas no se las toquéis, que potencian la mirada como pocas cosas) para componer un personaje u otro, para dotarle de un carácter distinto en cada ocasión: no, el aspecto exterior se le cambia, pero la genialidad en la actuación, la expresividad y la voz, unicamente las puede poner él: no hay atrezzo que lo potencie porque sería completamente redundante, inútil. Uno de los mejores actores del panorama nacional, sin duda alguna.
El Centro Dramático Galego recupera la famosa obra de teatro "La ópera de tres peniques" (Die Dreigroschenoper) escrita por Bertolt Brecht, con música de Kurt Weill, y que fue estrenada en Alemania en el periodo de entreguerras, obteniendo un éxito inesperado. Una historia agridulce de lumpen, de criminales, mendigos, putas y policías corruptos, que en aquella dura época de la república alemana que, poco más tarde, elevaría a Hitler al poder, suponía una crítica feroz del sistema capitalista, de sus injusticias y contradicciones. Mackie "el Navaja", el propio Tosar, protagonista inmortal de este drama, despiadado asesino convertido en víctima del sistema y finalmente perdonado en el patíbulo: No seas tan severo en el castigo. Hace suficiente frío, no hace falta más. Fíjate bien, pues en este mundo antiguo el dolor no acabará jamás.
La compañía de teatro dirigida por Quico Cadaval, además de traducir el libreto al gallego, transporta la acción desde el Londres victoriano escogido por Brecht a un lugar llamado Central City (cualquier gran capital occidental, pero, por supuesto, Nueva York) y en vez de situar en el telón de fondo la coronación de la reina, se monta una visita papal: un acto mucho más frecuente y familiar en los tiempos que corren, pero que casi sin querer aumenta el tono transgresor aún más si cabe. Para su representación en el resto del país han pasado los diálogos a castellano y han mantenido las letras de las canciones en gallego: en el Teatro Liceo colocaron un marcador de subtítulos (los que se suelen poner en cualquier ópera) en lo alto del escenario para realizar traducción simultanea y favorecer el entendimiento interregional: bastante superfluo para la mayoría del texto: la afinidad lingüística que no se hubiera producido en la lengua original del drama: imposible el alemán (¿o era impasible el ademán?).
Una puesta en escena excelente que huye de la espectacularidad, pues sobrio debe ser el ambiente de esta historia. Un ritmo sosegado que no impide momentos álgidos de emoción, donde la gran interpretación musical de la orquesta y del reparto será sin duda un punto fuerte de esta obra. Dos horas y media que pasan volando.
El tema más famoso de esta ópera es el primero de todos, Die Moritat von Mackier Messer
A mí, en su día, en aquellos tiempos en los que el gran Ivá dibujaba las aventuras de "Makinavaja" en "El Jueves", me gustaba una versión de este tema, de los "Tijuana in blue", que recogía el espíritu de los ripios de Bertol Bretch. Pero claro, la música ya es otro rollo.
¡Cagontó!¡Cuánto tiempo ha pasado! Madre mía...
El Centro Dramático Galego recupera la famosa obra de teatro "La ópera de tres peniques" (Die Dreigroschenoper) escrita por Bertolt Brecht, con música de Kurt Weill, y que fue estrenada en Alemania en el periodo de entreguerras, obteniendo un éxito inesperado. Una historia agridulce de lumpen, de criminales, mendigos, putas y policías corruptos, que en aquella dura época de la república alemana que, poco más tarde, elevaría a Hitler al poder, suponía una crítica feroz del sistema capitalista, de sus injusticias y contradicciones. Mackie "el Navaja", el propio Tosar, protagonista inmortal de este drama, despiadado asesino convertido en víctima del sistema y finalmente perdonado en el patíbulo: No seas tan severo en el castigo. Hace suficiente frío, no hace falta más. Fíjate bien, pues en este mundo antiguo el dolor no acabará jamás.
La compañía de teatro dirigida por Quico Cadaval, además de traducir el libreto al gallego, transporta la acción desde el Londres victoriano escogido por Brecht a un lugar llamado Central City (cualquier gran capital occidental, pero, por supuesto, Nueva York) y en vez de situar en el telón de fondo la coronación de la reina, se monta una visita papal: un acto mucho más frecuente y familiar en los tiempos que corren, pero que casi sin querer aumenta el tono transgresor aún más si cabe. Para su representación en el resto del país han pasado los diálogos a castellano y han mantenido las letras de las canciones en gallego: en el Teatro Liceo colocaron un marcador de subtítulos (los que se suelen poner en cualquier ópera) en lo alto del escenario para realizar traducción simultanea y favorecer el entendimiento interregional: bastante superfluo para la mayoría del texto: la afinidad lingüística que no se hubiera producido en la lengua original del drama: imposible el alemán (¿o era impasible el ademán?).
Una puesta en escena excelente que huye de la espectacularidad, pues sobrio debe ser el ambiente de esta historia. Un ritmo sosegado que no impide momentos álgidos de emoción, donde la gran interpretación musical de la orquesta y del reparto será sin duda un punto fuerte de esta obra. Dos horas y media que pasan volando.
El tema más famoso de esta ópera es el primero de todos, Die Moritat von Mackier Messer
A mí, en su día, en aquellos tiempos en los que el gran Ivá dibujaba las aventuras de "Makinavaja" en "El Jueves", me gustaba una versión de este tema, de los "Tijuana in blue", que recogía el espíritu de los ripios de Bertol Bretch. Pero claro, la música ya es otro rollo.
¡Cagontó!¡Cuánto tiempo ha pasado! Madre mía...
domingo, agosto 28, 2011
"Super 8", de J. J. Abrams
El toque Spielberg.
Sin quitarle ningún mérito al que figura como director de esta película, J. J. Abrams, que creo que ha hecho un gran trabajo y del que seguro que sus losties encuentran múltiples referencias en esta cinta (yo de "Perdidos" sólo vi hasta que encuentran una alcantarilla -¡escotilla, atontado!- en medio de la selva: me pareció que la historia era demasiado tramposa, que en el guión se iba a meter lo que se quisiera cuando se quisiera y uno no se lo puede poner tan fácil), a mi entender la lista de referentes debe componerse con lo que lleva el sello del productor de "Super 8", Steven Spielberg. Las más evidentes serán "Encuentros en la tercera fase", "E.T. el extraterrestre", "Los Goonies" o "La guerra de los mundos". Pero también "El imperio del Sol". O también "Indiana Jones y el Templo Maldito". O, claramente, "Parque Jurásico". Y después, por supuesto, añadir las películas de zombis de George A. Romero como "La noche de los muertos vivientes" o "El amanecer de los muertos", inspiración fija del cortometraje que se está rodando dentro de "Super 8" (un dato mencionado al principio de la película permite situar con certeza la época reproducida en pantalla: el accidente de la central nuclear de Three Mile Island del año 1979, fecha posterior a los títulos apuntados de Romero: a Romero además se le hace una mención nítida durante los créditos del final: no se levanten del asiento hasta que se encienda la luz de la sala). Porque aquí abunda el metacine: una película dentro de otra película, un homenaje a los modestos inicios de cualquier cineasta moderno que, empuñando una cámara casera de vídeo y con toneladas de ilusión, dedicación e imaginación (y amigos entregados), realiza sus primeros trabajos: inocentes pero totalmente necesarios. Y una película lleva a otra película: el pequeño rodaje de una de terror encadena con una superproducción de ciencia ficción: así se empieza pero así puede que termines. "Super 8" resume a un cineasta que siempre dejó entrever influencias del cine de género, de serie B, de aventuras, de marcianos, la formación de una conciencia cinematográfica que eclosionó en una de las carreras más intensas y lucrativas del séptimo arte. El rey Midas de Hollywood busca sucesor, mejor dicho, Hollywood lo busca, y J. J. Abrams se postula como candidato. Si el primero miraba al cine de treinta años antes, el segundo también lo hace: sólo hay que fijarse en algunos de sus títulos como "Star Trek", "Misión Imposible 3" o "Monstruoso", ese Godzilla postmoderno. O ahora "Super 8". Pero el toque no se hereda, se tiene o no se tiene y me temo que no se lo dan a cualquiera.
Los niños en el cine de Spielberg. Niños disfuncionales, niños con problemas, niños que no encuentran su lugar, niños solitarios, enamoradizos, imaginativos, niños a los que ha visitado la muerte en su familia, niños que encuentran la salvación en salas de cine de sesión continua, fábrica de sueños. Pero niños que valoran la amistad y la lealtad por encima de todo, con una infinita capacidad de adaptación: niños que pueden establecer contacto con lo extraño, que no sucumben al pánico porque la infelicidad es un hecho cotidiano. Cuando eramos niños veíamos a esos niños y nos gustaba lo que veíamos, nos emocionaba y nos alentaba, ya que ante la peor situación emergía lo mejor de cada cual y todo era posible. Hasta salvar a esa chica y que se enamorara de ti (salva a la animadora, salva al mundo). Y las tramas eran un tanto simples, melodramáticas, maniqueas, pero con mucho sentido del humor, épica, emoción y un ritmo trepidante: dar un respingo en el asiento y aplaudir al final de la proyección con la adrenalina por las nubes. La Aventura. Un cine repetible porque "Super 8", collage impresionante y maravilloso, es precisamente eso, un collage, y todo lo que aparece en la pantalla evoca a otra parte. No se está construyendo un cine nuevo, no se está haciendo historia, sino que la historia se repite en sus contenidos y en sus formas. Y funciona.
Ves esas bicicletas corriendo a toda pastilla en "Super 8" y estás deseando que echen a volar.
El disfrute del espectáculo del cine, sin más: ese es el toque. "Super 8" lo tiene.
Sin quitarle ningún mérito al que figura como director de esta película, J. J. Abrams, que creo que ha hecho un gran trabajo y del que seguro que sus losties encuentran múltiples referencias en esta cinta (yo de "Perdidos" sólo vi hasta que encuentran una alcantarilla -¡escotilla, atontado!- en medio de la selva: me pareció que la historia era demasiado tramposa, que en el guión se iba a meter lo que se quisiera cuando se quisiera y uno no se lo puede poner tan fácil), a mi entender la lista de referentes debe componerse con lo que lleva el sello del productor de "Super 8", Steven Spielberg. Las más evidentes serán "Encuentros en la tercera fase", "E.T. el extraterrestre", "Los Goonies" o "La guerra de los mundos". Pero también "El imperio del Sol". O también "Indiana Jones y el Templo Maldito". O, claramente, "Parque Jurásico". Y después, por supuesto, añadir las películas de zombis de George A. Romero como "La noche de los muertos vivientes" o "El amanecer de los muertos", inspiración fija del cortometraje que se está rodando dentro de "Super 8" (un dato mencionado al principio de la película permite situar con certeza la época reproducida en pantalla: el accidente de la central nuclear de Three Mile Island del año 1979, fecha posterior a los títulos apuntados de Romero: a Romero además se le hace una mención nítida durante los créditos del final: no se levanten del asiento hasta que se encienda la luz de la sala). Porque aquí abunda el metacine: una película dentro de otra película, un homenaje a los modestos inicios de cualquier cineasta moderno que, empuñando una cámara casera de vídeo y con toneladas de ilusión, dedicación e imaginación (y amigos entregados), realiza sus primeros trabajos: inocentes pero totalmente necesarios. Y una película lleva a otra película: el pequeño rodaje de una de terror encadena con una superproducción de ciencia ficción: así se empieza pero así puede que termines. "Super 8" resume a un cineasta que siempre dejó entrever influencias del cine de género, de serie B, de aventuras, de marcianos, la formación de una conciencia cinematográfica que eclosionó en una de las carreras más intensas y lucrativas del séptimo arte. El rey Midas de Hollywood busca sucesor, mejor dicho, Hollywood lo busca, y J. J. Abrams se postula como candidato. Si el primero miraba al cine de treinta años antes, el segundo también lo hace: sólo hay que fijarse en algunos de sus títulos como "Star Trek", "Misión Imposible 3" o "Monstruoso", ese Godzilla postmoderno. O ahora "Super 8". Pero el toque no se hereda, se tiene o no se tiene y me temo que no se lo dan a cualquiera.
Los niños en el cine de Spielberg. Niños disfuncionales, niños con problemas, niños que no encuentran su lugar, niños solitarios, enamoradizos, imaginativos, niños a los que ha visitado la muerte en su familia, niños que encuentran la salvación en salas de cine de sesión continua, fábrica de sueños. Pero niños que valoran la amistad y la lealtad por encima de todo, con una infinita capacidad de adaptación: niños que pueden establecer contacto con lo extraño, que no sucumben al pánico porque la infelicidad es un hecho cotidiano. Cuando eramos niños veíamos a esos niños y nos gustaba lo que veíamos, nos emocionaba y nos alentaba, ya que ante la peor situación emergía lo mejor de cada cual y todo era posible. Hasta salvar a esa chica y que se enamorara de ti (salva a la animadora, salva al mundo). Y las tramas eran un tanto simples, melodramáticas, maniqueas, pero con mucho sentido del humor, épica, emoción y un ritmo trepidante: dar un respingo en el asiento y aplaudir al final de la proyección con la adrenalina por las nubes. La Aventura. Un cine repetible porque "Super 8", collage impresionante y maravilloso, es precisamente eso, un collage, y todo lo que aparece en la pantalla evoca a otra parte. No se está construyendo un cine nuevo, no se está haciendo historia, sino que la historia se repite en sus contenidos y en sus formas. Y funciona.
Ves esas bicicletas corriendo a toda pastilla en "Super 8" y estás deseando que echen a volar.
El disfrute del espectáculo del cine, sin más: ese es el toque. "Super 8" lo tiene.
martes, agosto 23, 2011
"I'm not there", de Todd Haynes
No está allí. No está en Heath Ledger, Christian Bale, Richard Gere, Cate Blanchett, Marcus Carl Franklin o Ben Whishaw, distintos trasuntos más o menos sorprendentes y acertados que interpretan al cantante de Minnesota en esta cinta. No está en la estupenda caricatura que dibujó Tomás Serrano y que encabeza esta entrada. Tampoco está en sus canciones o en las películas en las que ha aparecido. Ni en sus conciertos multitudinarios, ni en sus ruedas de prensa bordes, ni en los telediarios de las tres, ni en Internet. Todo eso sólo es la forma en la que Bob Dylan ocupa la mente del espectador a través de sus oídos y su retina. Es la imagen que proyecta, una interpretación que cada cual posee del personaje y que, necesariamente, será incompleta y por ello falsa. O no cierta del todo.
Todd Haynes emplea alegorías para exponer las distintas facetas de Robert Allen Zimmerman, retazos de su vida y de su personalidad. Cada alegoría encarnada por un actor distinto: personajes paralelos interconectados: Bob Dylan poeta, compositor genial, cantante folk, cristiano converso, estrella del rock, esposo infiel y padre de familia poco dedicado, idólatra imitador de Woody Guthrie o actor en películas de Sam Peckinpah. Pero si no se conocen previamente algunos detalles de su biografía será difícil comprender algunas escenas de la película: su relación con Joan Baez y Allan Ginsbeg, sus inicios en el Village neoyorquino, su ascendencia judía, el accidente de moto o, su pecado más imperdonable para sus primeros fans, su electrificación: enchufar su guitarra y formar un grupo fue una de las traiciones más sonadas de la historia del Rock y uno de los puntos de inflexión vitales destacados en la película: I ain't gonna work on Maggie's farm no more, toda una declaración de intenciones, y Pete Seeger intentando cortar el cable con un hacha en el festival folk de Newport del año 1965. También este salto artístico era clave en "No direction home" de Martin Scorsese, biopic documental sobre Dylan que abarca desde su nacimiento hasta finales de los años 60 y que es muy recomendable para lo que indicaba antes: conocer de forma fehaciente mucho de lo que en "I'm not there" son sólo metáforas (en "No direction home" aparece, entre otros, Joan Baez despachándose a gusto con su colega: ¡vaya repaso!).
Dylan no estaba allí y a uno le puede dar la impresión de que salió huyendo: himnos trascendentes que se asientan en masas ansiosas del encuentro con conciencias mesiánicas, de lideres espirituales, de autenticidad desinteresada. Y para el compositor de los temas no eran más que canciones, rimas improvisadas en una máquina de escribir. El resto, su escucha e interpretación subjetiva, lo aporta el subconsciente del auditorio: embelesado y cautivo: flotando en el viento. No es extraño entonces que la metamorfosis hacía un volumen mayor, un giro tachado por muchos de puramente comercial, trajera consigo el abucheo constante durante la posterior gira británica: ¡Judas traidor! Pero la fiera acosada se revuelve y le pide a sus músicos que le den más caña: os jodéis, público desagradecido, que esto es lo que va a haber a partir de ahora: Like a rolling stone, así quiero ser, salvaje como Mick y Keith, enrollado como John y Paul, empastillado y pasota y no un corderito manso de canciones de misa como Peter, Paul and Mary (un trío inquietante en cualquier caso). Quiero ser cool, babe, quiero ser Cate Blanchett travestida y no Christian Bale circunspecto.
Quizá la alegoría más acertada sea la de Richard Gere revisando a Billy "el Niño", antiguo pistolero ahora oculto, avejentado y con gafitas: soliviantar al pueblo contra Pat Garrett, convertido éste en pérfido terrateniente (por cierto, el narrador en "I'm not there" es Kris Kristofferson, otro cantante metido a actor pero con muchas mejores dotes para fabricar fotogramas: "Pat Garrett y Billy the Kid" de Sam Peckinpah, mítica, frente a James Coburn, con participación del propio Dylan y Knockin' on Heaven's Door en la banda sonora: pocas películas como esta), para luego escapar en un vagón de ganado sin haber rematado la faena disparando al malvado entre ceja y ceja. No. Ser la inspiración pero no la solución.
¿Dónde está Bob Dylan?
Pues a esta hora suele ir a echar la partida al café de debajo de su casa con unos jubilados. Eso o se ha ido a tocar a algún lado, que a la fama y a la pasta aún no les dice que no, qué va. Genio y figura. Así que según. Por ahí andará.
Todd Haynes emplea alegorías para exponer las distintas facetas de Robert Allen Zimmerman, retazos de su vida y de su personalidad. Cada alegoría encarnada por un actor distinto: personajes paralelos interconectados: Bob Dylan poeta, compositor genial, cantante folk, cristiano converso, estrella del rock, esposo infiel y padre de familia poco dedicado, idólatra imitador de Woody Guthrie o actor en películas de Sam Peckinpah. Pero si no se conocen previamente algunos detalles de su biografía será difícil comprender algunas escenas de la película: su relación con Joan Baez y Allan Ginsbeg, sus inicios en el Village neoyorquino, su ascendencia judía, el accidente de moto o, su pecado más imperdonable para sus primeros fans, su electrificación: enchufar su guitarra y formar un grupo fue una de las traiciones más sonadas de la historia del Rock y uno de los puntos de inflexión vitales destacados en la película: I ain't gonna work on Maggie's farm no more, toda una declaración de intenciones, y Pete Seeger intentando cortar el cable con un hacha en el festival folk de Newport del año 1965. También este salto artístico era clave en "No direction home" de Martin Scorsese, biopic documental sobre Dylan que abarca desde su nacimiento hasta finales de los años 60 y que es muy recomendable para lo que indicaba antes: conocer de forma fehaciente mucho de lo que en "I'm not there" son sólo metáforas (en "No direction home" aparece, entre otros, Joan Baez despachándose a gusto con su colega: ¡vaya repaso!).
Dylan no estaba allí y a uno le puede dar la impresión de que salió huyendo: himnos trascendentes que se asientan en masas ansiosas del encuentro con conciencias mesiánicas, de lideres espirituales, de autenticidad desinteresada. Y para el compositor de los temas no eran más que canciones, rimas improvisadas en una máquina de escribir. El resto, su escucha e interpretación subjetiva, lo aporta el subconsciente del auditorio: embelesado y cautivo: flotando en el viento. No es extraño entonces que la metamorfosis hacía un volumen mayor, un giro tachado por muchos de puramente comercial, trajera consigo el abucheo constante durante la posterior gira británica: ¡Judas traidor! Pero la fiera acosada se revuelve y le pide a sus músicos que le den más caña: os jodéis, público desagradecido, que esto es lo que va a haber a partir de ahora: Like a rolling stone, así quiero ser, salvaje como Mick y Keith, enrollado como John y Paul, empastillado y pasota y no un corderito manso de canciones de misa como Peter, Paul and Mary (un trío inquietante en cualquier caso). Quiero ser cool, babe, quiero ser Cate Blanchett travestida y no Christian Bale circunspecto.
Quizá la alegoría más acertada sea la de Richard Gere revisando a Billy "el Niño", antiguo pistolero ahora oculto, avejentado y con gafitas: soliviantar al pueblo contra Pat Garrett, convertido éste en pérfido terrateniente (por cierto, el narrador en "I'm not there" es Kris Kristofferson, otro cantante metido a actor pero con muchas mejores dotes para fabricar fotogramas: "Pat Garrett y Billy the Kid" de Sam Peckinpah, mítica, frente a James Coburn, con participación del propio Dylan y Knockin' on Heaven's Door en la banda sonora: pocas películas como esta), para luego escapar en un vagón de ganado sin haber rematado la faena disparando al malvado entre ceja y ceja. No. Ser la inspiración pero no la solución.
¿Dónde está Bob Dylan?
Pues a esta hora suele ir a echar la partida al café de debajo de su casa con unos jubilados. Eso o se ha ido a tocar a algún lado, que a la fama y a la pasta aún no les dice que no, qué va. Genio y figura. Así que según. Por ahí andará.
martes, agosto 16, 2011
"Cars 2", de John Lasseter y Brad Lewis
Pinchazo.
Durante varios años la cita estival con las producciones animadas de la compañía del flexo saltarín, Pixar, (casada desde hace ya un lustro: señora de Disney), suponían una alegría dentro de la magra cartelera veraniega, la perfecta excusa para llevar a los niños al cine y, de paso, ver una de las que casi seguro sería mejor película no sólo del verano sino también una de las mejores del año cinematográfico. "Ratatouille", "Wall-E", "Up" y "Toy Story 3": una lista que engordaba poco a poco pero con seguridad, puntualidad y mérito: una lista extraordinaria. Pues ya se fastidió la cosa: este año no.
Si uno de los puntos fuertes en cada uno de los títulos de la lista apuntada (más allá de que la habilidad de los animadores en cuanto a que el preciosismo de detalles y el diseño de personajes te deje boquiabierto, algo que ya empieza a darse por descontado) era el guión, en "Cars 2" es todo lo contrario: del acero y la fibra de carbono a la carrocería de plomo: un plomazo. Se toman los tópicos de las películas de James Bond y se construye un remedo de historia de conspiración, con cierta intención ecológica en el fondo en cuanto a cuestionar el uso de combustibles fósiles (para unas películas protagonizadas por un vehículo de carreras, donde todos los personajes se alimentan de gasolina y cualquier fotograma es una sublimación de la industria del automóvil y sus iconos de cualquier época, el mensaje medioambiental no pega ni con cola), un cuento que de puro simple queda mal explicado. Para rematar la faena el protagonismo se desplaza a Mate, la grúa oxidada, el amigo inocentón y paleto de Rayo McQueen, convertido en héroe por accidente, improvisado agente secreto paródico pero con bastante poca gracia: lecciones de humildad para pequeños espectadores: todos somos valiosos si somos gentes de bien: honesto y modesto.
Así que la balanza se inclina peligrosamente hacía el lado de la imagen abandonando el del guión, potenciando una espectacularidad demasiado ruidosa y monótona ("Cars", siendo en mi opinión de las más flojas del catálogo, funcionaba por originalidad, pero esa característica sólo es eficaz la primera vez, por supuesto), localizando a los cochecitos en distintas ciudades del mundo pero agotando a su vez más tópicos (geográficos ahora) y, lo peor, provocando bostezos en los pequeños de la platea, los mismos que en el 2006 se lo habían pasado en grande con el bólido rojo. Bostezos en los pequeños y en los grandes, claro. En mi caso no me dormí, no, cómo puedes pensar eso. Sólo cerré los ojos un momentín de nada.
Durante varios años la cita estival con las producciones animadas de la compañía del flexo saltarín, Pixar, (casada desde hace ya un lustro: señora de Disney), suponían una alegría dentro de la magra cartelera veraniega, la perfecta excusa para llevar a los niños al cine y, de paso, ver una de las que casi seguro sería mejor película no sólo del verano sino también una de las mejores del año cinematográfico. "Ratatouille", "Wall-E", "Up" y "Toy Story 3": una lista que engordaba poco a poco pero con seguridad, puntualidad y mérito: una lista extraordinaria. Pues ya se fastidió la cosa: este año no.
Si uno de los puntos fuertes en cada uno de los títulos de la lista apuntada (más allá de que la habilidad de los animadores en cuanto a que el preciosismo de detalles y el diseño de personajes te deje boquiabierto, algo que ya empieza a darse por descontado) era el guión, en "Cars 2" es todo lo contrario: del acero y la fibra de carbono a la carrocería de plomo: un plomazo. Se toman los tópicos de las películas de James Bond y se construye un remedo de historia de conspiración, con cierta intención ecológica en el fondo en cuanto a cuestionar el uso de combustibles fósiles (para unas películas protagonizadas por un vehículo de carreras, donde todos los personajes se alimentan de gasolina y cualquier fotograma es una sublimación de la industria del automóvil y sus iconos de cualquier época, el mensaje medioambiental no pega ni con cola), un cuento que de puro simple queda mal explicado. Para rematar la faena el protagonismo se desplaza a Mate, la grúa oxidada, el amigo inocentón y paleto de Rayo McQueen, convertido en héroe por accidente, improvisado agente secreto paródico pero con bastante poca gracia: lecciones de humildad para pequeños espectadores: todos somos valiosos si somos gentes de bien: honesto y modesto.
Así que la balanza se inclina peligrosamente hacía el lado de la imagen abandonando el del guión, potenciando una espectacularidad demasiado ruidosa y monótona ("Cars", siendo en mi opinión de las más flojas del catálogo, funcionaba por originalidad, pero esa característica sólo es eficaz la primera vez, por supuesto), localizando a los cochecitos en distintas ciudades del mundo pero agotando a su vez más tópicos (geográficos ahora) y, lo peor, provocando bostezos en los pequeños de la platea, los mismos que en el 2006 se lo habían pasado en grande con el bólido rojo. Bostezos en los pequeños y en los grandes, claro. En mi caso no me dormí, no, cómo puedes pensar eso. Sólo cerré los ojos un momentín de nada.
viernes, agosto 05, 2011
Viñetas desde o Atlántico
No sé si pasar por el festival es mi excusa para ir a Galicia o viceversa. Da igual. Cualquiera de los dos motivos estaría plenamente justificado.
Nos vemos por allí.
O cerca.
jueves, agosto 04, 2011
"Los Pitufos", de Raja Gosnell
Hace poco vi por televisión un documental dedicado a la mítica banda de rock llamada "The Doors" y, sobre todo, a su no menos mítico (o más aún) cantante Jim Morrison. Al final aparecía un texto en la pantalla que aseguraba que ninguna canción del grupo había sido utilizada jamás en un anuncio publicitario, como si eso fuera un hito, una hazaña, una demostración increíble de que el legado de aquellos músicos, uno de los más extraordinarios e influyentes que nunca haya habido, ha sido conservado de forma cuidadosa. Los testamentos traicionados en el mundo de la publicidad tienen ejemplos de lo más sangrante: Julio Cortazar, Steve McQueen, uno reciente con Igor Stravinsky, etc.: todos vendiendo coches después de muertos. ¡Para lo que hemos quedado!
El dibujante belga Peyo (Bélgica es una mina de la tira ilustrada: "Tintín" de Hergé, "Lucky Luke" de Morris, "Spirou" de Franquin), ya fallecido, fue el padre de esta raza de duendecillos azules que vivían durante la Edad Media en un pueblo de pequeñas casas en forma de seta, escondidos en un recóndito bosque, y que sufrían el acoso permanente del malvado brujo Gargamel y su infernal gato Azrael. Sus aventuras llegaron a España en los años 80, con los álbumes de la colección Olé! publicada por Bruguera (en alguna caja debo tener varios de ellos; la editorial Planeta DeAgostini los reeditó no hace mucho tiempo en tapa dura) y como serie de dibujos animados para televisión producida por la compañía estadounidense Hanna-Barbera.
-¿Por qué sois de tono azul? -Porque no hay viento del Sur -¿Tocáis alguna tonada? -Sí, con una flauta encantada. Recuerdos de páginas cientos de veces leídas. Conocidos en todo el mundo, en España lograron ser también personajes muy populares: bautizaron como género a la policía municipal de cualquier ciudad española.
Las tramas que yo recuerdo de "Los Pitufos", tanto en el tebeo como en la tele, estaban muy bien: cada pitufo con una idiosincrasia diferenciada en carácter, nombre y rasgos que permitía distinguir a los personajes, sus fortalezas y debilidades, y así formar historias de enredos y aventuras de las que sólo salían triunfantes por una sólida conciencia de grupo, de tribu: la unión hace la fuerza, aunque midas un palmo o precisamente por eso. Se añade a las viñetas sentido del humor y un dialecto propio (el más simple nunca visto: algunos sustantivos son "pitufo", para los verbos "pitufar", los adjetivos "pitufado" y así) que es sencillo de entender en el contexto general de la frase. Ahora vuelven como una película hollywoodiense en 3D y a alguna ¿mente?¿pensante? le debió parecer una idea genial que viajaran en el tiempo, a la época actual, y fueran a parar a Nueva York. Y como ese ¿creativo? seguro que concibe los gustos infantiles por las nefastas teleseries que emite Disney Channel y sus estereotipos de chavales consumistas y medio imbéciles, les hace caer en manos de un publicista ñoño (yo habría elegido a Don Drapper el de "Mad Men": hubiera sido la bomba una película infantil con un pitufo fumándose un Lucky Strike) de una empresa de cosméticos y su mujer embarazada con pinta de lela, de modo que los pitufos terminan jugando a Guitar Hero, cantando rap y yendo a unos grandes almacenes: ¡qué se vean bien esos nombres de marcas! A los pitufos tridimensionales en vez de piel se les proporciona una textura de felpa y se les coloca unos ojos vidriosos de muñeco, para que padres e hijos tengan claro el peluche que tienen que comprar al salir del cine. Mención aparte para el lamentable Gargamel de carne y hueso que se han sacado de la manga para la ocasión y que resulta ser de lo peor que se puede contemplar en la cinta. Echo un vistazo a lo que ha dirigido Raja Gosnell hasta el momento y aparece "Solo en casa 3", "Scooby-Doo", "Esta abuela es un peligro" y "Un chihuahua en Beverly Hills": este tipo debe ser de los directores más ricos de Hollywood y lo digo en serio.
Esperemos al menos que sirva para que algún niño le eche un vistazo a la obra original, la de Peyo, y descubra lo que es en realidad pitufante.
El dibujante belga Peyo (Bélgica es una mina de la tira ilustrada: "Tintín" de Hergé, "Lucky Luke" de Morris, "Spirou" de Franquin), ya fallecido, fue el padre de esta raza de duendecillos azules que vivían durante la Edad Media en un pueblo de pequeñas casas en forma de seta, escondidos en un recóndito bosque, y que sufrían el acoso permanente del malvado brujo Gargamel y su infernal gato Azrael. Sus aventuras llegaron a España en los años 80, con los álbumes de la colección Olé! publicada por Bruguera (en alguna caja debo tener varios de ellos; la editorial Planeta DeAgostini los reeditó no hace mucho tiempo en tapa dura) y como serie de dibujos animados para televisión producida por la compañía estadounidense Hanna-Barbera.
-¿Por qué sois de tono azul? -Porque no hay viento del Sur -¿Tocáis alguna tonada? -Sí, con una flauta encantada. Recuerdos de páginas cientos de veces leídas. Conocidos en todo el mundo, en España lograron ser también personajes muy populares: bautizaron como género a la policía municipal de cualquier ciudad española.
Las tramas que yo recuerdo de "Los Pitufos", tanto en el tebeo como en la tele, estaban muy bien: cada pitufo con una idiosincrasia diferenciada en carácter, nombre y rasgos que permitía distinguir a los personajes, sus fortalezas y debilidades, y así formar historias de enredos y aventuras de las que sólo salían triunfantes por una sólida conciencia de grupo, de tribu: la unión hace la fuerza, aunque midas un palmo o precisamente por eso. Se añade a las viñetas sentido del humor y un dialecto propio (el más simple nunca visto: algunos sustantivos son "pitufo", para los verbos "pitufar", los adjetivos "pitufado" y así) que es sencillo de entender en el contexto general de la frase. Ahora vuelven como una película hollywoodiense en 3D y a alguna ¿mente?¿pensante? le debió parecer una idea genial que viajaran en el tiempo, a la época actual, y fueran a parar a Nueva York. Y como ese ¿creativo? seguro que concibe los gustos infantiles por las nefastas teleseries que emite Disney Channel y sus estereotipos de chavales consumistas y medio imbéciles, les hace caer en manos de un publicista ñoño (yo habría elegido a Don Drapper el de "Mad Men": hubiera sido la bomba una película infantil con un pitufo fumándose un Lucky Strike) de una empresa de cosméticos y su mujer embarazada con pinta de lela, de modo que los pitufos terminan jugando a Guitar Hero, cantando rap y yendo a unos grandes almacenes: ¡qué se vean bien esos nombres de marcas! A los pitufos tridimensionales en vez de piel se les proporciona una textura de felpa y se les coloca unos ojos vidriosos de muñeco, para que padres e hijos tengan claro el peluche que tienen que comprar al salir del cine. Mención aparte para el lamentable Gargamel de carne y hueso que se han sacado de la manga para la ocasión y que resulta ser de lo peor que se puede contemplar en la cinta. Echo un vistazo a lo que ha dirigido Raja Gosnell hasta el momento y aparece "Solo en casa 3", "Scooby-Doo", "Esta abuela es un peligro" y "Un chihuahua en Beverly Hills": este tipo debe ser de los directores más ricos de Hollywood y lo digo en serio.
Esperemos al menos que sirva para que algún niño le eche un vistazo a la obra original, la de Peyo, y descubra lo que es en realidad pitufante.
domingo, julio 24, 2011
Teatro. "Mujeres de Shakespeare", de Rafael Álvarez "El Brujo"
La primera vez que vi actuar sobre un escenario a Rafael Álvarez "El Brujo" debió ser en 1986 o 1987 (tres amigos consultados que asistieron al evento no saben concretar el año, al igual que yo: alzheimer temprano: no somos nada). En números redondos, hace veinticinco años: toma ya. La función de aquella noche en el teatro Liceo de Salamanca era "La taberna fantástica" de Alfonso Sastre, una obra que estuvo censurada durante el régimen de Franco (claro, ¿cuándo si no?) y que no fue estrenada hasta los años ochenta, una década después de la muerte del dictador: transición tranquila, que no se me enfade nadie, unos desembarcan en la democracia sin culpa ni remordimientos, en fantásticas lanchas de salvamento, y otros llegaron como pudieron, tras la cárcel y el exilio (palabras de Andrés Trapiello en "Los amigos del crimen perfecto"). Para los alumnos de 2º de B.U.P del instituto "Mateo Hernández" de Salamanca (gracias Rosa Ramajo, inolvidable profesora de literatura, por atreverte a provocar a tus chicos y chicas más allá del horario de clases, una meta más lejana que la consabida de unos magros exámenes por aprobar: gracias por llevarnos), vecinos en su mayoría del barrio Garrido y por tanto, en su mayoría también, hijos de obreros, de padres que apenas han tenido oportunidad de formarse, desertores del arado, exiliados del campo, emigrantes en Alemania y currantes en España. Ir al teatro en aquella ocasión, al de verdad, fue un rito iniciático: la primera vez para muchos de nosotros. Y el recuerdo de ese par de horas sentado en el patio de butacas, transportado en vivo a un mundo de lumpen y conciencia de clase, es el rescoldo inextinguible de amor por el teatro: un flechazo, una pasión que debo compartir con el cine que, por razones evidentes de oportunidad, es una puerta más veces abierta: pasión enlatada siempre lista para consumir. El Liceo, el Bretón, el Juan del Enzina (uno de los que más veces frecuenté: memoria sentimental, además) o las noches del Fonseca. Algunos ya no existen (teatros en extinción, voraz especulación urbana, aunque por suerte se suelen sustituir por espacios nuevos como el CAEM, hacia la periferia: terreno más barato. Mucho más preocupante es la desaparición de espacios de cine sustituidos por multisalas en centros comerciales que todos tienen la misma programación de mierda: una semana entera con tiempo para ir al cine y no encontrar nada bueno en la cartelera: habrá que esperar a septiembre) y otros remodelados como el Liceo o aún con una larga vida como el ciclo estival del Fonseca: todo vendido. Ahí acudimos, con su frio congénito y su aire ensordecedor: "El Brujo" fue previsor y se colocó un micrófono aunque no fue capaz de eludir al viento, otro protagonista en la obra: papeles volando.
"Mujeres de Shakespeare" es un genial monólogo acompañado de un violinista que casi no participa: unas pocas notas, de cuando en cuando (hour on hour, nos recuerdan, tan cerca en su pronunciación a whore on whore: la obra está llena de juegos de palabras -comedia en inglés es play- de traducciones imposibles, desconcertantes e ingeniosas). Jugar con el espectador es lo que hace este bufón, este comediante que sabe buscar complicidad en la platea desde el primer minuto en escena, interpelando directamente a su atención, a su entendimiento. Y si el nivel intelectual de Shakespeare es demasiado áspero para el común de los mortales (las referencias constantes al entendido Harold Bloom, luminaria del tema), mediante una puesta en escena cabaretera y picante logrará que todos nos acerquemos, atendamos, y sintamos el teatro como debió sentirse en el siglo XVI, un espectáculo mundano en el que los actores tenían que disputarse la atención del público con los vendedores de fruta, las prostitutas y los charlatanes de feria. A "El Brujo" le queda tiempo para cortar el hilo, meter un par de anécdotas propias o de otros o un par de puyas a la clase política, preferentemente a la que cae del lado derecho: el término titiritero, usado con desprecio por tertulianos mercenarios, cuando en realidad es un símbolo certero de talento artístico, de creación de historias a través de figuras inanimadas para después pasar la gorra, y, en fin, de humildad: pues bien, "El Brujo" sin duda es un titiritero de sí mismo y así lo sabe realizar, gesticulando y parloteando, con pases de mago más que de brujo, hipnotizando al respetable.
Las mujeres que Shakespeare pone en sus obras, Catalina, Rosalinda, Julieta, Beatriz, no son más que un enigma, otro misterio de la condición humana: el genio creador se proyecta en cada personaje que el inglés despliega en escena, puntualizando su propia personalidad y su experiencia: obra y autor intercalados sin remedio. Nos dice "El Brujo" que durante un tiempo Shakespeare se perdió, no se sabe dónde estuvo. Quizá estuvo con una troupe de gitanos en el bosque, durante años, depurando el estilo teatral hasta su esencia, hasta que la experiencia de repetir una y otra vez en cada función se destila en parar el tiempo: la contemplación y la sabiduría.
Como dije al principio, cuidado con "El Brujo". Si se le presta atención, es capaz de llegarte muy dentro. Y a ver luego cómo lo sacas.
"Mujeres de Shakespeare" es un genial monólogo acompañado de un violinista que casi no participa: unas pocas notas, de cuando en cuando (hour on hour, nos recuerdan, tan cerca en su pronunciación a whore on whore: la obra está llena de juegos de palabras -comedia en inglés es play- de traducciones imposibles, desconcertantes e ingeniosas). Jugar con el espectador es lo que hace este bufón, este comediante que sabe buscar complicidad en la platea desde el primer minuto en escena, interpelando directamente a su atención, a su entendimiento. Y si el nivel intelectual de Shakespeare es demasiado áspero para el común de los mortales (las referencias constantes al entendido Harold Bloom, luminaria del tema), mediante una puesta en escena cabaretera y picante logrará que todos nos acerquemos, atendamos, y sintamos el teatro como debió sentirse en el siglo XVI, un espectáculo mundano en el que los actores tenían que disputarse la atención del público con los vendedores de fruta, las prostitutas y los charlatanes de feria. A "El Brujo" le queda tiempo para cortar el hilo, meter un par de anécdotas propias o de otros o un par de puyas a la clase política, preferentemente a la que cae del lado derecho: el término titiritero, usado con desprecio por tertulianos mercenarios, cuando en realidad es un símbolo certero de talento artístico, de creación de historias a través de figuras inanimadas para después pasar la gorra, y, en fin, de humildad: pues bien, "El Brujo" sin duda es un titiritero de sí mismo y así lo sabe realizar, gesticulando y parloteando, con pases de mago más que de brujo, hipnotizando al respetable.
Las mujeres que Shakespeare pone en sus obras, Catalina, Rosalinda, Julieta, Beatriz, no son más que un enigma, otro misterio de la condición humana: el genio creador se proyecta en cada personaje que el inglés despliega en escena, puntualizando su propia personalidad y su experiencia: obra y autor intercalados sin remedio. Nos dice "El Brujo" que durante un tiempo Shakespeare se perdió, no se sabe dónde estuvo. Quizá estuvo con una troupe de gitanos en el bosque, durante años, depurando el estilo teatral hasta su esencia, hasta que la experiencia de repetir una y otra vez en cada función se destila en parar el tiempo: la contemplación y la sabiduría.
Como dije al principio, cuidado con "El Brujo". Si se le presta atención, es capaz de llegarte muy dentro. Y a ver luego cómo lo sacas.
viernes, julio 22, 2011
"La vida en tiempos de guerra", de Todd Solondz
La última película de Todd Solondz (esta semana me dijeron que ya casi nunca ponía películas recientes en el blog: esta de hoy no es muy reciente tampoco -año 2009-, pero al menos es la última de alguien: ¿has visto la última de Todd Solondz?. Pues eso. Teniendo en cuenta lo que veo normalmente, se trata prácticamente de un estreno, el colmo de la modernidad) es un anexo, un epílogo, la segunda parte de aquella fantástica "Happiness" que el director estadounidense realizó en 1998.
Estereotipos de clase media-alta: psiquiatras finolis, escritoras de éxito, jubilados de Florida: la búsqueda de la felicidad topándose siempre con la infelicidad más inmisericorde, con la insatisfacción inherente a la condición humana. Podría ser una de Woody Allen (incluso los créditos de presentación de las películas de Allen y Solondz se parecen: sencillas letras blancas sobre fondo negro), pero el tono de Todd Solondz está poblado por muchas más transgresiones que las que se permite su correligionario y casi paisano (Solondz es de New Jersey y el que no sepa de dónde es Woody Allen... bueno, pues tampoco pasaría nada pero es una fe de nacimiento muy asociada al cine del neoyorquino ¡ups!, ya lo dije). Deseo sórdido, lenguaje áspero y pocas concesiones a lo políticamente correcto: lo real, en definitiva. Sin embargo sabe darle a sus fotogramas una pátina de candor inocente poblándolos de personajes inadaptados, frikis sentimentales (algunos de sus personajes también lo son por fuera, por ejemplo en "Palindromes", una de sus mejores películas) que no son capaces de alcanzar la imagen del amor que ha protagonizado sus sueños. Y da igual que sea o no una imagen aceptada socialmente.
Padre pedófilo encarcelado, tía materna perseguida por el fantasma de un antiguo pretendiente, madre obsesionada con las apariencias que intenta ordenar su vida. Y los hijos. En "Happiness" esa cuota de protagonismo la tenía Billy, adolescente en pleno despertar sexual, confuso hasta la médula, como le sucedía a otro de los personajes típicos de Solondz, la pequeña Dawn Wiener de "Bienvenido a la casa de muñecas", quizá la película que más me gusta de este autor. En "La vida en tiempos de guerra" en vez de Billy será Timmy, su hermano menor (Billy ahora está en la universidad, pero igualmente confuso: trauma imperecedero), el que asuma ese rol, tan importante en las películas de Solondz, de portador de preguntas incomodas: el encargado de decirle al emperador que está desnudo: la fachada del adulto se desmorona ante los ojos de un niño. Ninguno de la extensa nómina de actores (excelentes) que desfilaba en "Happiness" aparece ahora en "La vida en tiempos de guerra" (de repente, en la barra de un bar, Charlotte Rampling, tan seductora como se la recuerda) y lo que sí se pone de manifiesto en esta entrega es cierta denuncia antibélíca (de ahí lo de "tiempos de guerra" del título) y sobre todo un ingrediente judaico en la trama totalmente inexistente en "Happiness".
"La vida en tiempos de guerra" es una película que no está mal, con un guión y algunas secuencias de un buen nivel. Se puede ver como un acto aislado de la tragedia de la familia de las tres hermanas Jordan, sin nexo con la historia de "Happiness", pero si, aprovechando las vacaciones, las noches largas, se prepara un programa doble con ambas películas, pues mejor que mejor. Primero "Happiness" y asistir después al salto temporal y a la transformación de actores, que no de personajes, o, por qué no, invertir el orden del reloj, de las películas, y viajar al pasado para realizar descubrimientos esclarecedores, atar cabos. De menos a más, en mi opinión.
Lo que sí puedo afirmar con rotundidad es que el cartel de "Happiness" me gusta más.
Dibujado por Daniel Clowes.
Será por eso que me gusta más.
Estereotipos de clase media-alta: psiquiatras finolis, escritoras de éxito, jubilados de Florida: la búsqueda de la felicidad topándose siempre con la infelicidad más inmisericorde, con la insatisfacción inherente a la condición humana. Podría ser una de Woody Allen (incluso los créditos de presentación de las películas de Allen y Solondz se parecen: sencillas letras blancas sobre fondo negro), pero el tono de Todd Solondz está poblado por muchas más transgresiones que las que se permite su correligionario y casi paisano (Solondz es de New Jersey y el que no sepa de dónde es Woody Allen... bueno, pues tampoco pasaría nada pero es una fe de nacimiento muy asociada al cine del neoyorquino ¡ups!, ya lo dije). Deseo sórdido, lenguaje áspero y pocas concesiones a lo políticamente correcto: lo real, en definitiva. Sin embargo sabe darle a sus fotogramas una pátina de candor inocente poblándolos de personajes inadaptados, frikis sentimentales (algunos de sus personajes también lo son por fuera, por ejemplo en "Palindromes", una de sus mejores películas) que no son capaces de alcanzar la imagen del amor que ha protagonizado sus sueños. Y da igual que sea o no una imagen aceptada socialmente.
Padre pedófilo encarcelado, tía materna perseguida por el fantasma de un antiguo pretendiente, madre obsesionada con las apariencias que intenta ordenar su vida. Y los hijos. En "Happiness" esa cuota de protagonismo la tenía Billy, adolescente en pleno despertar sexual, confuso hasta la médula, como le sucedía a otro de los personajes típicos de Solondz, la pequeña Dawn Wiener de "Bienvenido a la casa de muñecas", quizá la película que más me gusta de este autor. En "La vida en tiempos de guerra" en vez de Billy será Timmy, su hermano menor (Billy ahora está en la universidad, pero igualmente confuso: trauma imperecedero), el que asuma ese rol, tan importante en las películas de Solondz, de portador de preguntas incomodas: el encargado de decirle al emperador que está desnudo: la fachada del adulto se desmorona ante los ojos de un niño. Ninguno de la extensa nómina de actores (excelentes) que desfilaba en "Happiness" aparece ahora en "La vida en tiempos de guerra" (de repente, en la barra de un bar, Charlotte Rampling, tan seductora como se la recuerda) y lo que sí se pone de manifiesto en esta entrega es cierta denuncia antibélíca (de ahí lo de "tiempos de guerra" del título) y sobre todo un ingrediente judaico en la trama totalmente inexistente en "Happiness".
"La vida en tiempos de guerra" es una película que no está mal, con un guión y algunas secuencias de un buen nivel. Se puede ver como un acto aislado de la tragedia de la familia de las tres hermanas Jordan, sin nexo con la historia de "Happiness", pero si, aprovechando las vacaciones, las noches largas, se prepara un programa doble con ambas películas, pues mejor que mejor. Primero "Happiness" y asistir después al salto temporal y a la transformación de actores, que no de personajes, o, por qué no, invertir el orden del reloj, de las películas, y viajar al pasado para realizar descubrimientos esclarecedores, atar cabos. De menos a más, en mi opinión.
Lo que sí puedo afirmar con rotundidad es que el cartel de "Happiness" me gusta más.
Dibujado por Daniel Clowes.
Será por eso que me gusta más.
sábado, julio 16, 2011
"La Strada", de Federico Fellini
Gelsomina es una loca, una niña descalza que envuelta en su capa corretea por la arena de la playa. Gelsonima es una hobbit: ¿realmente eres una mujer?, le pregunta Il Matto, otro loco. Gelsomina atrapada entre dos amores, dos hombres opuestos: el carnal Zampanó y el espiritual Il Matto: Giulietta Massina compartiendo cartel protagonista con Anthony Quinn y Richard Basehart. La princesa del cuento, de un poema circense de artistas vagabundos y venganzas terribles.
Giulietta Massina, esposa de los dos caracteres de Fellini. De un lado el director, que hace poesía en fotogramas y que llevó su melancolía por el pasado (su infancia y su juventud en su ciudad natal, Rimini, tantas veces presente en su obra aunque allí no rodara nunca ni una sola toma) a las cotas más altas del arte cinematográfico, y de otro lado el carácter mediterráneo, latino, de macho viril con fama de mujeriego y con predilección por retratar en sus películas a damas rotundas, diosas de la lujuria como Anita Ekberg en "La Dolce Vita", por ejemplo. El director italiano se confesaría genialmente en "8½", una introspección honda en sus motivaciones artísticas y humanas.
El papel que Fellini escribió para su mujer en "La Strada", en 1954, consiguió que ella fuera una actriz mundialmente conocida: una actuación portentosa, inolvidable, llena de ingenuidad y de inocencia apenas desmentida por unos ojos vivaces: expresividad inusitada para una cara de alcachofa. Sin embargo, como si se tratara de un encantamiento, la decisión de Gelsomina de seguir a Zampanó también acompañó a Giulietta Masina hasta el fin de sus días: se quedó con Fellini hasta el día de su muerte. La de él. Ella moriría poco después.
Giulietta Massina, esposa de los dos caracteres de Fellini. De un lado el director, que hace poesía en fotogramas y que llevó su melancolía por el pasado (su infancia y su juventud en su ciudad natal, Rimini, tantas veces presente en su obra aunque allí no rodara nunca ni una sola toma) a las cotas más altas del arte cinematográfico, y de otro lado el carácter mediterráneo, latino, de macho viril con fama de mujeriego y con predilección por retratar en sus películas a damas rotundas, diosas de la lujuria como Anita Ekberg en "La Dolce Vita", por ejemplo. El director italiano se confesaría genialmente en "8½", una introspección honda en sus motivaciones artísticas y humanas.
El papel que Fellini escribió para su mujer en "La Strada", en 1954, consiguió que ella fuera una actriz mundialmente conocida: una actuación portentosa, inolvidable, llena de ingenuidad y de inocencia apenas desmentida por unos ojos vivaces: expresividad inusitada para una cara de alcachofa. Sin embargo, como si se tratara de un encantamiento, la decisión de Gelsomina de seguir a Zampanó también acompañó a Giulietta Masina hasta el fin de sus días: se quedó con Fellini hasta el día de su muerte. La de él. Ella moriría poco después.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


























