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miércoles, octubre 18, 2017

"Blade Runner 2049", de Denis Villeneuve

"Blade Runner" de Ridley Scott, estrenada en 1982, es, probablemente, la película de culto con más idólatras de la historia del cine. Su primordial fracaso en taquilla no se ve justificado por la pasión posterior que han ejercido sus fotogramas en la cinefilia mundial, convertida en prestigioso hito del reproductor de vídeo doméstico. ¿Dónde estaba, entonces, el público cinematográfico en aquel verano del 82? Pues supongo que si no estaba viendo el campeonato mundial de fútbol, estaría en la salas donde se proyectaba "E.T., el extraterrestre" de Steven Spielberg o "Poltergeist" de Tobe Hooper: aquel verano del 82 está considerado uno de los más potentes en cuanto a los estrenos que tuvieron lugar.
Uno de los puntos fuertes de "Blade Runner" era su estética, muchas veces imitada, nunca replicada. En el futuro imaginado por Philip K. Dick en su novela "¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?", que fue publicada en 1968 y que situaba su trama en el año 1992, se presentaba a la Tierra como un territorio en decadencia irreversible y a los terrícolas convertidos en una especie invasora de otros planetas, colonias utópicas a las que todos querían escapar. Ridley Scott llevó la acción al año 2019 y cambió San Francisco por Los Angeles, convirtiendo a la megaurbe californiana en una ciudad espectral, oscura, sepultada por una lluvia negra incesante y por los acordes magistrales de la banda sonora de Vangelis. Y para la construcción de los escenarios y el diseño de los vestuarios, nada como aprovechar la imaginería fantástica del dibujante francés Jean Giraud, el gran Moebius.
Treinta años después, "Blade Runner 2049" deja entrar el sol, pero para mostrar paisajes desérticos que alientan aún más la desolación extinguidora de alguna catástrofe climática. "Blade Runner 2049", dirigida por Denis Villeneuve, una elección alentadora, contiene en realidad dos películas. Una sería la obvia, la continuación, la que daría respuesta al qué fue de Deckard y Rachel, una pregunta que, en realidad, no había demasiado interés en que fuera contestada. La otra, digna de mayor interés pero conseguidora de un menor metraje, ahonda en los factores que establecía el texto de Philip K. Dick. La relación entre 'K' y Joi, interpretados brillantemente por Ryan Gosling y Ana de Armas, remueve los dramas existencialistas que planteaba "Blade Runner": el replicante más humano que los humanos: lo irreal y lo falso: el sentimiento establecido como lo auténtico, como el configurador verdadero de la realidad: el libre albedrío frente a las leyes de Asimov: la consciencia independiente: los actos determinando al sujeto y no su naturaleza: "La existencia precede a la esencia", proclamaba Sartre. Todo justifica la rebelión de los replicantes, y las rebeliones, en nuestra sociedad de raíz judeo-cristiana, necesitan un mesías nacido milagrosamente. ¿Acaso Roy Batty, la actuación icónica de Rutger Hauer, no atravesó su palma con un largo clavo y pronunció unas palabras eternas antes de declarar que era la hora de morir? La cuarta revolución industrial busca líder carismático.
La actualización tecnológica constante puede dejar obsoleto cualquier relato de ciencia ficción a poco que pasen los años y ya no será el androide orgánico, sino el holograma surgido de las amistades virtuales de las redes sociales (como en otra película visionaria que realmente no es sino un reportaje de actualidad: "Her" de Spike Jonze), la promesa de la pareja perfecta. Y a propósito de obsolescencia, en la película sólo faltaba por comprobar quién vencería en el hipotético combate actoral Gosling vs. Ford. En mi humilde opinión Ryan Gosling supera a un Harrison Ford desganado, falto de pasión, encasillado últimamente en el eterno remake de sí mismo, de los éxitos que dejó atrás hace décadas, triunfos descomunales que quizá Harrifon Sord esté pensado, a estas alturas, que no sean más que un implante de recuerdos ajenos. Ser o no ser.

lunes, marzo 13, 2017

"La llegada", de Denis Villeneuve

¿Flashback o Flashforward? Películas puzzle, rompecabezas visuales en los que el espectador está invitado más a mirar que a participar, pues las preguntas que se formulan en la pantalla van a ser difíciles de resolver con las pistas que ofrece el celuloide. Y en este caso será tan complicado de descifrar como lo es el lenguaje de unos extraterrestres canónicos, dignos de aparecer en una de las portadas más bizarras de los antiguos Amazing Stories. ¿No dicen que los pulpos son los invertebrados más inteligentes? Y no me refiero a que sean capaces de acertar el equipo ganador de un encuentro de fútbol. Aunque, bien pensado...
Pero los alienígenas de esta historia, al menos en su aspecto, son lo de menos, esos heptápodos de Erasmus por el tercer planeta del Sistema Solar, lo que es importante es lo que han venido a decir: el contacto, otra vez. En "Encuentros en la tercera fase" de Steven Spielberg, cinco notas musicales insertadas para siempre en nuestro subconsciente cinéfilo, interpretadas por el mismísimo François Truffaut, rompían el hielo con un lenguaje, el de la música, que nos parecía tan adecuado como universal. Es éste un problema fundamental para "La llegada": cómo dialogar con el forastero en tierra extraña. Pocos años antes del estreno del clásico de Spielberg, en plena edad de oro de la ufología, se envió al espacio el famoso mensaje de Arecibo, desde el radiotelescopio del mismo nombre construido en Puerto Rico, tarjeta de visita de la civilización humana para posibles turistas intergalácticos y que se enmarcaba dentro del proyecto SETI (Search for ExtraTerrestrial Intelligence), un mensaje tan bonito en su forma como ilusionante en su propósito. Carl Sagan protagonizaba aquellas iniciativas, un científico que tuvo una popularidad enorme: su serie documental "Cosmos" se estrenó en RTVE en el año 1982 en horario de máxima audiencia, una cifra que, por entonces, país de dos canales, suponía muchos millones de espectadores.
Existen películas, no pocas, que invitan a profundizar en un tema: hincar los codos un poquito. Ya se sabe que incluir ecuaciones en un texto impreso merma considerablemente su éxito editorial. Es conocido el caso de "Breve historia del tiempo", escrita por el físico Stephen Hawking, bestseller del género de divulgación científica que incluía únicamente la icónica fórmula E=mc², ecuación cotidiana que se puede encontrar impresa en la camiseta de cualquier mercadillo: más fácil verla que resolverla. Así que la lectura de "La historia de tu vida", novela corta en la que se basa "La llegada" y escrita por el estadounidense Ted Chiang, y que ha recibido todos los premios posibles de la literatura de ciencia-ficción, será una lectura escasamente farragosa, pero que exigirá detenerse en el principio de Fermat.
Ese principio afirma que la trayectoria real que sigue un rayo de luz entre dos puntos es aquella en la que emplea un tiempo mínimo en recorrerla. ¿La línea recta? Como se ve en la imagen, cuando la luz alcanza el agua, que tiene un índice de refracción diferente al del aire, cambia su dirección, va por la vía negra en vez de por la gris. La luz viaja más lentamente por el agua que por el aire, así que parece buscar un camino más largo en longitud pero menor en el tiempo. El tiempo. Las paradojas de la ciencia son un maná para las fantasías meditadas que los escritores sci-fi vuelcan en sus novelas. El principio de Fermat permite esos resquicios teóricos que dan lustre a un argumento. De la causalidad newtoniana a una restauración del modelo teleológico de Aristóteles, aquel en el que todo componente de la naturaleza tenía una finalidad intrínseca, un objetivo definido a priori: la luz, según el principio de Fermat, toma el camino mínimo sin ninguna vacilación, cambia su rumbo como si supiera, antes de salir del punto A, que el punto B se encuentra debajo del agua: sea porque tiene un GPS o el Libro del tiempo que menciona Ted Chiang, es capaz de anticipar su destino.
Puestos a terminar con la vocación lúdica de este blog, habrá que mencionar otro término que se ha puesto de moda con la película de Villeneuve, la hipótesis de Sapir-Whorf. Para compensar, si el principio de Fermat es "de ciencias" la hipótesis de Sapir-Whorf es "de letras", y viene a decir que la percepción y conceptualización de la realidad depende en gran medida del idioma que utilizamos: el lenguaje afecta al modo de pensar. Esta hipótesis parecerá más acertada cuanto más nos alejemos de los idiomas hablados por culturas similares a la nuestra (el caso del idioma navajo, indescifrable para el enemigo en "Windtalkers" de John Woo), llegando a lenguajes en los que no hay relación entre signos escritos y fonemas, o el ejemplo del lenguaje matemático, cuyo dominio permite el enfoque del pensamiento hacia abstracciones de conocimiento absoluto, una exigencia que es llevada al extremo al tener que derrumbar esquemas mentales adquiridos para construir otros completamente nuevos y, por fin, entender ese inaprensible heptápodo B, ese regalo.

lunes, marzo 30, 2015

"Enemy", de Denis Villeneuve

Se dice que todos tenemos un gemelo en alguna parte. En quién sabe qué rincón del mundo, se está paseando un fulano con nuestro mismo aspecto, puede que en Pernambuco, o tal vez sea en Tombuctú. Un doppelgänger, una proyección astral, una casualidad genética o quizás un hermano separado en la cuna. Muchos santos, como San Francisco de Asís, tenían la facultad de la bilocación, es decir, estar en misa y repicando, una habilidad que a tantos nos gustaría poseer, pero que cuando pretendemos ejercerla solemos toparnos con aquello de nadar y guardar la ropa. Nunca estamos satisfechos, ay, esa cualidad de supervivencia de la especie convertida en terrible muestra de codicia a poco que uno se descuide.
Anthony (Jake Gyllenhaal) es un triste profesor universitario de Historia. No triste porque sea una triste profesión la de transmisor de conocimientos, sólo faltaba, sino porque se le ve más triste que Marco el día de la madre. El afán cotidiano de dar clase, de no predicar en el desierto, los mismos discursos año tras año, como una piedra de Sísifo que termina aplastándote sin remedio. Ser otro: nowhere, fast. Apurar hasta la última gota la poción de Jekyll, encontrar al príncipe y darle el cambiazo por el mendigo. A Anthony se le propone un viaje a través del espejo, caer por el hueco del árbol, y la llave de Alicia resulta que está dentro de una película. Cómo no. Ver cine es la oportunidad más sensata y factible de vivir otras vidas, de experimentar emociones que ni por asomo tendremos en nuestra mediocre existencia social. El Macguffin no puede ser más acertado.
Avanza el metraje, doblándose en las esquinas y obligando al espectador a que se doble a su vez, a que visite zonas de su cerebro que, en mi caso, un tal David Lynch ha logrado abrir en varias ocasiones. Sería Lynch si la estética de "Enemy" hubiera decidido calentarse unos grados más, pero bien podría ser un Lynch más oscuro y menos neón. Y pensando en Lynch (y en "Mulholland drive" y en cuánto se echa de menos un largometraje suyo, van para diez años desde el último) surge Isabella Rossellini en los fotogramas, como una bofetada de azar.
Junto a Lynch tanta arquitectura, Toronto entero, arroja a la retina a otro gran esteta del celuloide, Michelangelo Antonioni, sobre todo el de "El grito" o "El desierto rojo": edificios que acumulan formas geométricas extrañas, laberinto hostil de hormigón y cristal en el que es tan sencillo perderse como encontrarse, encontrar al otro. Al otro Gyllenhaal. Cuento las películas que he visto de este actor como quien enumera alegrías. Desde "Donnie Darko" de Richard Kelly, film de culto, hasta la última que había visto de él, "Prisioneros", también a las órdenes del canadiense Denis Villeneuve. Jake Gyllenhaal se sitúa dentro de los personajes que interpreta a la perfección, caracteres que por lo general se colman de desesperanza, se sitúan unas millas más allá de estar de vuelta de todo, y conducen la trama a pozos oscuros, donde se mezclan sueño y realidad. 
Referencias, referencias, una película que hace saltar todas las conexiones cerebrales (como suele suceder con las grandes películas: fábricas de preguntas, no de certezas) con lo visto, con lo leído, con tránsitos desabridos hacia el otro lado: Gregorio Samsa quiere ser un insecto, Peter Pank un licántropo, Renfield un vampiro, Don Quijote un caballero andante... "La posesión" de Andrzej Zulawski sobre todo, ese final de impacto para terminar de demoler las certidumbres del espectador, pero también "Inseparables" de David Cronenberg, la bipolaridad tomando cuerpo. Al final de la película, al iniciar los créditos, aparece la referencia real: "El hombre duplicado" de José Saramago. No figura esa obra entre la media docena de novelas que he devorado del genial escritor portugués. Habrá que arreglarlo.