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martes, agosto 07, 2018

"Blackwood", de Rodrigo Cortés

Cinco adolescentes problemáticas, futura carne de frenopático, o de presidio, ingresan en un lúgubre internado, un antiguo edificio apartado de todo, principalmente de los peligros de la sociedad moderna, una institución salvífica, más aún, milagrosa, donde se espera que las pobres ovejas descarriadas regresen al redil aséptico y confortable de la mediocre existencia cotidiana. Al contemplar la llegada de la protagonista de la historia, la joven Kit, a las puertas del instituto Blackwood, uno, que a pesar de los pocos días trascurridos desde el estreno de la película, no ha oído hablar muy bien de ella, se anima pensando que la sinopsis leída del filme le trae a la memoria otras películas de terror adolescente con mansión encantada, producciones sin demasiadas ambiciones artísticas pero que funcionaban a la perfección para lograr escapar, durante una hora y media, del agobiante calor veraniego en una bien refrigerada sala de cine.
Pero fue cruzar el solemne umbral de Blackwood, presentarse al espectador el resto del reparto de la historia, incluida, nada menos, la espléndida, en otras, Uma Thurman, ataviada como la señorita Rottenmeier de nuestra infancia, y empezar a desplomarse las expectativas traídas desde el bochorno exterior, que a pesar de no ser expectativas altas, tampoco eran inexistentes. Debo reconocer cierto orgullo provinciano en esas esperanzas, ya que tanto Rodrigo Cortés como el compositor Víctor Reyes, que ha realizado la música para la película, han salido de este alto soto de torres unamuniano que es mi Salamanca, algo que tiene tanto mérito, el lugar de nacimiento, como que se ponga a llover, un suceso accidental por tanto, pero saber que hay talento en el vecindario anima un montón. Y si es talento cinematográfico, ni te cuento.
Rodrigo Cortés inició su carrera como director de largometrajes con "Concursante", notable ópera prima que se vio afianzada con la sobresaliente "Buried" y su ataúd digno del mismísimo Hitchcock: pareció que a las pantallas de los cines había llegado una firma a tener muy en cuenta en el futuro. Y lo sigue siendo: Cortés va por su cuarta película y le queda mucho que rodar. Sin embargo su anterior película "Luces rojas", al igual que "Blackwood" (sobre todo ésta) han enfriado el entusiasmo cinéfilo que este director alentaba.
"Blackwood" exagera la caricatura de sus personajes, empachados de clichés vistos en demasiadas ocasiones, haciendo que el interés por las vicisitudes que los martirizarán durante el resto del metraje se desconecte de inmediato. A esto se une que a la postre la cinta se desboca con un tramo final que puede resultar emocionante para muchos espectadores, no puedo asegurar lo contrario, pero que a mí me resultó una secuencia inconexa de estériles, embarulladas y mareantes escenas de terror y de destrucción, un tren de la bruja acelerado que amenazaba con descarrilar en la siguiente curva. Y así fue: siniestro total. Pero más total que siniestro, me temo.

sábado, marzo 03, 2012

"Luces rojas", de Rodrigo Cortés

Pocas ocasiones como la de ayer, la ocasión de acudir a ver una película el día de su estreno, que además es la película de un paisano, de un vecino de tu misma ciudad. Aún más, vamos al cine deslumbrados todavía por aquella fantástica película de hace dos años, "Buried", la realización anterior de Rodrigo Cortés: un listón muy alto que no sabemos si el director será capaz de superar. Aquel gran éxito parece que le ha abierto las puertas a mayores presupuestos y grandes nombres en el reparto. La actuación más destacada es la de Cillian Murphy, cara que sonará de "Origen" de Christopher Nolan o de sus apariciones como el Espantapájaros en los dos Batman del propio Nolan, "Batman begins" o "El caballero oscuro". Sin embargo su nombre en el cartel quedará a la sombra de dos entradas destacadas de la enciclopedia universal del cine: Sigourney Weaver y Robert De Niro: no está nada mal para un director criado a este lado del rio Tormes. La estrella de ambos se ha apagado un tanto durante el siglo XXI, si bien parece que la veta actoral de De Niro está más agotada que la de Sigourney Weaver, cuya actuación resulta más convincente que la de su compañero de reparto (son de la misma generación de actores, más o menos, pero, por lo que pobremente recuerdo, me parece que es la primera vez que coinciden en una película: el que conozca lo contrario que me ilumine, por favor). A mí el aspecto de Robert De Niro en "Luces rojas", me recuerda a Ángel González Quesada, poeta salmantino muy ligado a la primera trayectoria artística de Rodrigo Cortés, cuando ambos actuaban en el "Café Teatro de La Vega". De hecho el poeta hace el personaje del presentador en "Concursante", el primer largometraje de Rodrigo Cortés, cinta protagonizada por Leonardo Sbaraglia, que también aparece en "Luces rojas". Resumiendo, "Luces rojas" me recuerda más a "Concursante" que a "Buried", sin duda alguna. Y si Ángel González Quesada hubiera hecho el papel del mentalista Simon Silver en "Luces rojas", nadie hubiera notada la diferencia salvo al mirar el D.N.I.

Cuando un escultor esculpe, por ejemplo, un conejo a partir de un bloque de piedra, el artista puede resumir su tarea argumentando que él sólo se ha dedicado a quitar de la piedra todo aquello que no se parece a un conejo, en concreto a la imagen de un conejo en particular, aquella que habita en su cabeza: el conejo siempre ha estado dentro de la piedra, diría el escultor, únicamente me he limitado a apartar estorbos de la mirada para que los demás también pudierais verlo. Por tanto el escultor juega con ventaja porque sabe qué figura surgirá al final mientras que el resto le vemos aporrear un pedrusco con una maza y un cincel. Si es un mal escultor, quizás en vez de un conejo aparezca una vaca y el escultor diga que eso era lo que él quería obtener, una vaca, y se quede tan tranquilo. Pero este no es el caso: el conejo siempre estuvo dentro de la chistera: ¿cómo esconder un mirlo blanco en una bandada de mirlos comunes? Pintándolo de negro, claro.

Película de detectives desarmados, de francotiradores de la lógica, de cazafantasmas (Sigourney Weaver aparecía, long time ago, en "Los cazafantasmas" de Ivan Reitman, aunque del otro lado de la línea de sal: las fuerzas oscuras), de fantasmas de los que arrastran cadenas por las noches y también de los otros, de los que pretenden ser más de lo que son. Destapar fraudes y engañabobos y entronizar a la diosa razón. El escultor juega con ventaja, decíamos. Rodrigo Cortés, guionista y director, coloca delante del espectador multitud de acertijos, de triquiñuelas, de juegos de manos, planteando constantemente la misma pregunta: ¿hay truco? ¿es verdad o es mentira? ¿dónde está la bolita? Imposible contestar: múltiples respuestas. El director se guarda el as en la manga pero eso tampoco se puede saber: no se ve la baraja, no se ve la manga. Película tramposa y no se entienda como peyorativo el adjetivo: las trampas son parte del juego planteado en esta cinta: la parapsicología es la ciencia del embuste. Dejarse llevar y que los cabos se aten solos o no, porque tampoco está tan mal salir del cine sin todas las respuestas.

lunes, octubre 11, 2010

"Buried", de Rodrigo Cortés

Un hombre enterrado vivo: una historia rodada por completo en el interior de un ataúd. La sinopsis conocida antes de ver esta película hace que la primera pregunta en aparecer sea si la película logrará mantenerse a flote durante la hora y media de duración anunciada. Mantener la cámara en un espacio tan reducido, rodando el previsible sufrimiento de la víctima, su angustia y su desesperación, se antoja un intervalo de posibilidades dramáticas tan estrecho como la caja en la que está confinado el protagonista. Por suerte hace un par de décadas que se inventaron los teléfonos móviles: canal de comunicación inmediata con el fuera de campo, con el resto de nombres de los créditos: el actor Ryan Reynolds (una actuación meritoria más allá del esfuerzo físico que debe haber realizado al pasar tantas horas encajonado: el chico debe estar el forma: al menos marcaba musculito en la otra película en la que recuerdo haber visto esa cara, "Blade: Trinity" de David S. Goyer) acompañado de una docena de voces, además de la breve aparición de una chica en un vídeo recibido en un móvil. Cobertura, batería, llamadas perdidas, número oculto: vocabulario tecnológico de principio de milenio que, bien administrado, puede ser ingrediente de primer orden para el mejor suspense cinematográfico: la trama apura hasta la hez los recursos disponibles para arrastrar al espectador en un ritmo vertiginoso. Claustrofóbicos abstenerse: es imposible no ponerse en la piel del personaje en ciertos momentos de la cinta: hiperventilación y palpitaciones.
Voces al otro lado de la línea, soledad a este lado. Solo, el hombre solo, metáfora del hombre en crisis abandonado a su suerte por gobiernos y empresas. Hombres solos que devoran a otros hombres solos mientras los líderes evalúan los costes y minimizan las perdidas. El director Rodrigo Cortés (al parecer es gallego de nacimiento, aunque yo le conozco como paisano salmantino: actuaba en un trío humorístico, absurdo e irreverente, llamado "Las tres gracias" que hacían sus apariciones en el mítico "Café teatro de la Vega": noches de reír hasta llorar en un teatro de variedades cabaretero y genial) y el guionista Chris Sparling aprovechan la ocasión para mandar mensajes nada subliminales a un mundo convulsionado a escala global. La película es compleja a nivel técnico, complicada de rodar, pero eso no ha sido excusa para descuidar la historia, todo lo contrario, una trama impecable. Merecerá la pena verla en versión original aunque el doblaje realizado es muy bueno. Y del final mejor no avanzar nada: suenan aplausos al final de la proyección: será que el director juega en casa. Será que es una buena película.
El miedo a ser enterrado vivo, un terror muy común en siglos pasados en los que para la medicina era complicado determinar, en algunos casos, la muerte cierta del finado. Por si acaso incluyan en sus últimas voluntades llevar el teléfono móvil (total, ya no lo sacamos del bolsillo nunca: lo más probable es que en la funeraria se olviden de sacarlo) en el postrer viaje en vez de las monedas para pagar al barquero. Y que la batería esté bien cargada, claro.