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miércoles, noviembre 30, 2016

"Animales fantásticos y dónde encontrarlos", de David Yates

¿Qué es un muggle? Si usted no ha leído nunca un libro de la saga "Harry Potter" (como es mi caso), de la escritora J. K. Rowling, pero sí ha visto alguna de las adaptaciones al cine (como es mi caso) de las aventuras del joven mago, le sonará más escuchar la pronunciación "maguel" (¿eso no es el nombre de un pastel?). ¿Nada? Pues sepa usted que es uno de ellos (como es mi caso: ya paro), excepto si es usted estadounidense: entonces sería un nomaj, según se cuenta en "Animales fantásticos y dónde encontrarlos", que no en vano trascurre en el país con más nomaj por milla cuadrada.
Un muggle es, precisamente, lo que todo aquel que se haya sentido absorbido por el mundo mágico de Harry Potter le gustaría dejar de ser. En 2017 se cumplirán veinte años de la publicación del primer tomo, "Harry Potter y la piedra filosofal", y a pesar del tiempo pasado el fenómeno sigue vigente: muchos de los niños y niñas de ahora siguen esperando cada mes de septiembre la carta que les acepte, al fin, como integrantes del selecto Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería, aunque ni en broma formarían parte de la casa Slytherin del mismo centro: a rezar para que el sombrero proclame Gryffindor en el reparto.
El universo de Harry Potter no es más que otra vía de escape para evitar la mediocridad cotidiana. Desde la más temprana infancia ya se percibe con rotundidad que los mundos producidos por la imaginación son sin duda mejores que aquel en el que ha tocado vivir: hobbits de Tolkien, jedis de Lucas, los Vengadores de Stan Lee y Jack Kirbi: la cultura popular ha aportado durante décadas los iconos necesarios para seguir soñando.
El séptimo y último volumen se publicó en 2007 y la entrega final en celuloide se estrenó en 2011. ¿Quién es el valiente capaz de matar la gallina de los huevos de oro? J. K. Rowling ha publicado otros libros, empleando el subterfugio del seudónimo trapacero, pero el éxito cosechado ha sido inversamente proporcional a la distancia tomada respecto de su creación principal. Ahora se pasa al guión cinematográfico, basándose en un libro suyo publicado en 2001, una suerte de catálogo de bichos, e inicia una nueva serie que resulta ser una precuela: el viejo truco. "Animales fantásticos y dónde encontrarlos" cruza el charco y se sitúa en Nueva York en los años veinte, aunque en un espacio histórico alternativo que enfrenta a magos y a muggles (o nomajs): la desconfianza hacia el otro, al distinto, peor aún, al más poderoso, una idea muy explotada en los cómics que nos hablaban de mutantes con superpoderes. Toma protagonismo un animalario de hálito mitológico, zoología fantástica también dotada de habilidades extraordinarias, con lo que la película termina emparentada con el género de catástrofes: Godzilla surgiendo de las aguas. La lograda ambientación de época se diluye en un hilo argumental desordenado, prolongado en exceso, algo que ya era patente en muchas de las películas del ciclo Potter. Aún así, un triunfo entre los fans de la escritora, devotos dispuestos a atrapar cualquier mínima pista que les acerque al espíritu de aquel gafotas inadaptado que volaba libre cabalgando una escoba. Harry somos todos.

sábado, julio 30, 2016

"La leyenda de Tarzán", de David Yates

El rescoldo sentimental de aquellas películas protagonizadas por Johnny Weissmüller, es imposible removerlo con este último Tarzán y conseguir que se produzca el mínimo calor. En el año 1984, con "Greystoke", Hugh Hudson, el también director de "Carros de fuego", sí logró acercarse al personaje lanzado a la fama mundial por las películas de la Metro de los años 30, pero rompiendo con la estética clásica y alimentando la trama, por encima de todo, con la pasión romántica entre Tarzán y Jane. La celebérrima pareja, frase hecha de la cultura popular, fue encarnada entonces por Christopher Lambert y Andie MacDowell, estrellas del momento, y no funcionaba nada mal ese Tarzán sucio que entraba en conflicto con el Lord Greystoke de su herencia: el pequeño salvaje y todo eso.
Este Tarzán de ahora no pasa de su pretensión de videojuego: en otras ocasiones también se ha intentado adaptar iconos de antaño a la actualidad relatando sus aventuras como si se estuvieran pasando niveles a los mandos de una consola. Y la verdad es que el reparto no echaba para atrás en el cartel, con tarantinianos solventes como Christoph Waltz o Samuel L. Jackson figurando entre los nombres, o como protagonista Alexander Skarsgård, al que recuerdo como actor notable en la serie televisiva "Generation Kill" o defendiéndo su papel a la perfección, junto a su padre Stellan Skarsgård, para "Melancolía" de Lars Von Trier: talentos vendidos como ratas al 3D veraniego, me temo.
Todo falso: dudo que sea verdadero ninguno de los animales que aparecen en este celuloide inexistente: ni los pájaros del cielo: la informática ha producido la extinción de las especies en el cine de una forma más eficiente que el diluvio universal: que se lo digan a DiCaprio y su oso. Pero falsos eran todos los tarzanes de los monos de nuestra infancia, no nos engañemos: fotogramas aderezados con animales prestados por algún circo, que correteaban por junglas plantadas en Hollywood (¿puede ser que alguna secuencia de la saga original fuera rodada realmente en África?), con lianas aptas para trapecistas y aullantes nativos de casting estadounidense. ¡Angagua Chita, angagua! Las veíamos en blanco y negro, ni siquiera podíamos disfrutar de la exuberancia de cálidos verdes tropicales, pero nos daba igual, el fenómeno de inmersión era completo: concluía el programa de cine de los sábados por la tarde en el VHF y salíamos corriendo a la calle a buscar algo a lo que subirnos mientras gritábamos la pobre imitación de un alarido imposible: el rey de la selva, ¿dónde estará?
La aventura terminó.