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domingo, agosto 18, 2013

"Guerra Mundial Z", de Marc Forster

La película resulta ser una pálida (o lívida, o tenue, o escuálida: adaptación por el título) aproximación a la novela de Max Brooks. El libro es un compendio de entrevistas a diversos supervivientes del conflicto, protagonistas a la fuerza, realizadas un tiempo después de que la Guerra Zombi haya concluido. Los testimonios son recogidos en distintos puntos del planeta, con lo que la impresión de problema global, de guerra realmente "mundial", es estremecedora (disfruté mucho con la lectura de "Guerra Mundial Z", hace ya unos años, y no tengo reparos en recomendarlo: no escribe nada mal el hijo de Mel Brooks y Anne Bancroft). El entrevistador compone un informe donde se exponen múltiples facetas de los años que estuvieron a punto de provocar la extinción de la raza humana, de modo que con un nivel de detalle bien afinado se tratan aspectos sociales, políticos, económicos y, por supuesto, bélicos: la batalla de Yonkers, un momento inolvidable para cualquier lector de la novela y que es excluido en la cinta. Hollywood es remiso a mostrar derrotas del ejército americano, mientras que Brooks pone en el alambre el sobreentendido liderazgo de Estados Unidos: pocos meses antes de la publicación del libro la capacidad de reacción de USA había quedado retratada cuando al gobierno le tocó afrontar la devastación causada por el huracán Katrina: los diques de Nueva Orleans llevaban tiempo avisando: Bush de vacaciones en su rancho: médicos cubanos en Luisiana.

Los zombis están de moda, quién puede negarlo, tanto en la pantalla grande como en la pequeña, fácilmente comprobable tras el gran éxito de "The walking dead", la serie firmada por Frank Darabont y basada en los cómics de Robert Kirkman y Tony Moore: las desdichadas aventuras de Rick Grimes y familia (hay otra pequeña joya televisiva del mundo Z, la británica "In the flesh", que en apenas tres capítulos se asoma al qué pasaría si los no-muertos volvieran a la vida cotidiana, como si todo aquello hubiera sido una gripe bizarra, un maloliente paseo por el lado salvaje: putrefacto vuelve a casa).

La sesión de cine que proporciona "Guerra Mundial Z" es entretenida, sin duda. La película tiene dos partes: la eclosión del problema primero, la búsqueda de la solución después. La primera parte respeta algo más a su padre de papel, si bien el foco de la plaga se traslada de China a Corea, no sea que la siguiente potencia hegemónica mundial se moleste. Se suceden secuencias espectaculares de la marabunta zombi extendiéndose como un tsunami por las capitales de todo el mundo, un torrente incontenible de dentaduras con patas (como esas que venden en las tiendas de objetos de broma y que hay que darles cuerda), pirañas humanoides de mordedura letal: al que le toque se la queda, cuenta hasta diez y el resto a correr para que no les pillen. El celuloide destila adrenalina en esa alocada carrera (los zombis demuestran unas capacidades atléticas a la altura de las de Usain Bolt, otra traición al libro), angustiosa lucha por la vida, arrastrando al espectador: las ferias emocionales son el motivo real de ver estas películas, para qué nos vamos a engañar.

La segunda parte es la de la idea feliz, la de la solución milagrosa, la de encumbrar a Brad Pitt como al gran héroe americano que salva a la humanidad con su intelecto superior, su inusitada capacidad de sacrificio y, por supuesto, su indiscutible belleza: toda esa parte en el texto (creo recordar), ni por asomo: hay que simplificar tanto rollo, que Max Brooks parece Anthony Beevor metido a historiador de distopías gore, y nunca perder de vista la loable meta de maximizar beneficios en taquilla. La moraleja del final debe ser a lo "Independence Day" de Roland Emmerich (¿o era en "Armageddon" de Michael Bay? Bueno, supongo que en las dos): un encadenado rápido de medio mundo dando botes agradecidos de alegría y Dios bendiga América. Aunque quizá no ha sido el final: puerta abierta a una continuación, que estas pelis son una mina de oro. Maximizar beneficios, como ya te decía.