La coexistencia temporal de dos papas en la Iglesia Católica, es un suceso poco frecuente. Además, se trata de dos tipos cuya percepción pública resulta contrapuesta: Benedicto el malo, Francisco el bueno. Esta reducción maniquea de la interpretación eclesiástica que sendos cardenales pueden tener, particularmente, en cuanto a su objetivo como líderes al frente de millones de feligreses repartidos por todo el orbe (término papal como pocos), queda desmentida en el retrato amable que el director Fernando Meirelles realiza, sin embargo, de forma excelente.
El metraje pasa de puntillas por los escándalos (por ejemplo el manejo indulgente de los casos de abusos a menores o la gestión opaca de las cuentas vaticanas) que asediaron el pontificado de Benedicto XVI y se muestra mayor hincapié en cuestionar las responsabilidad de Jorge Bergolio como jerarca de los jesuitas argentinos durante la dictadura del general Videla. El díptico, así, se equilibra, y la trama se genera a partir de la reconstrucción de una serie de encuentros ficticios entre ambos personajes: largas conversaciones que se tornan en confesión mutua y que toman fuerza en las magníficas actuaciones de Anthony Hopkins y Jonathan Pryce. Además, el espectador tiene la oportunidad de disfrutar de la contemplación de emplazamientos de rodaje extraordinarios como la Capilla Sixtina: no, me temo que las cámaras del director brasileño nunca tuvieron permiso para situarse debajo de los inmortales frescos de Miguel Ángel, pero no se puede negar que el decorado y la iluminación mostrados en esta cinta son impresionantes.
Hannibal Lecter vs Don Quijote, si nos fijamos en algunas de las interpretaciones más icónicas de Hopkins y Pryce. En una esquina, con calzón blanco, Benedicto XVI, campeón del mundo de la categoría, y en el rincón contrario, de negro, el aspirante al título, Francisco. Dos virtuosos de su estilo, dos técnicas opuestas, tan reconocibles e irreconciliables como sus respectivos bandos de seguidores: la frialdad del intelectualismo teológico cara a cara con la cercanía cálida de la Iglesia de los pobres. Un duelo Alemania - Argentina de los que hacen época: el viejo y el nuevo mundo frente a frente, disputándose el ansiado Anillo del Pescador. El papado en el diván.



