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sábado, diciembre 17, 2011

"The Artist", de Michel Hazanavicius

Este semana viajé a Madrid y me encontré con Tom Cruise. Al emerger por la escalerilla de la estación de Callao (los túneles de Metro son como agujeros negros o túneles de gusano o huecos en el árbol en los que te adentras para teletransportarte y, en el caso de plaza de Callao y un transeúnte provinciano como yo, de repente aparecer en otra dimensión) me di de bruces por sorpresa con el bueno de Tom, que andaba por allí vendiendo coches: Tienes que ir a ver "Misión inverosímil nosecuantos" que es una película maravillosssssa, me susurraba al oído el actor, sonriente como un gato de Cheshire, estirándose en medio de la multitud que se agolpaba junto a él para secuestrarlo en píxeles o arrancarle un garabato: cantos de sirenas comedoras de placenta. El cine es promoción, es negocio. ¡Enséñame la pasta!, gritaba Cruise en "Jerry Maguire" de Cameron Crowe. El cine siempre se ha hecho para ganar dinero.
Así que si el cine se mide en recaudaciones y la mejor película es la que cuesta más pasta y más se vende (un millón de consumidores no pueden estar equivocados, sentenciaría Don Drapper) ¿por qué ir a ver "The Artist" en vez de "Misión imposible IV: Protocolo Fantasma"?
Como ya sabrá cualquier aficionado al cine que esté pendiente de las novedades cinematográficas, "The Artist" es una película muda y rodada en blanco y negro. En realidad ese es su mayor valor promocional, las dos características que parece que mejor la definen comercialmente, una rareza técnica en el panorama de estrenos de la cartelera: una excepción realizada con lo que hace un siglo era la norma. Ese valor, sin embargo, puede ser un lastre más que un reclamo para la taquilla, pues en la actualidad parece que la única excusa razonable para invertir dinero en una entrada es que la proyección sea en 3D: ¿muda y en blanco y negro? Me la descargo y ya te cuento, si eso... Pero ir a una sala de cine a ver "The Artist" tiene el valor añadido de realizar un viaje en el tiempo: sentarse en una butaca de la platea y experimentar los mismos estímulos sensoriales que percibía un espectador de cine de hace 100 años.
Los avances técnicos siempre se han llevado por delante profesiones y puestos de trabajo, transformados en el siguiente eslabón de la cadena evolutiva: Al Jolson en "El cantor de Jazz", de Alan Crosland, abrió sus labios pintados de blanco y el pianista de la sala de cine se convirtió en un par de bafles. La trama de "The Artist" podría ser la de "El crepúsculo de los dioses" de Billy Wilder si aquella obra maestra hubiera terminado con Gloria Swanson y William Holden bailando claqué en vez de con la policía sacando (bueno, en realidad así empieza) el cadáver de él de la piscina. El mensaje de "The Artist" es nítido: adaptarse o morir. Y no importa el medio, sino el mensaje. Esta cinta es cine sobre cine, un sueño sin fin.
La pareja de actores protagonistas es extraordinaria: Jean Dujardin y Bérénice Bejo realizan un remedo brillante de pantomima gestual (la pantomima en el cine: el Pierrot interpretado por Jean-Louis Barrault en "Los niños del paraíso" de Marcel Carné) que pone significado a lo que era la interpretación durante el periodo del cine mudo: menos es más y los diálogos son una verborrea innecesaria: el gesto, la expresión y los movimientos, en cambio, son fundamentales. El reparto se completa con caras muy conocidas como John Goodman, James Cronwell o Penelope Ann Miller. En cuanto a la historia, una de amor, esas que durante décadas han colmado las plateas de público. Y los pañuelos, de lágrimas.