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lunes, agosto 24, 2015

"Locke", de Steven Knight

La puesta en escena sería la mejor cualidad de "Locke", más por desacostumbrada que por sorprendente. De hecho, si a la película se le suprimieran los diálogos, sustituyéndolos por una banda sonora tenue y lánguida, se obtendría un anuncio de coches de hora y media de duración, similar a aquel del eslogan ¿Te gusta conducir? que, hace unos años, se resistía a mostrar el vehículo y su marca, intentando vender únicamente sensaciones. "Locke" sería, precisamente, un comercial de la misma fábrica de automóviles: supongo que esos avispados alemanes habrán subvencionado adecuadamente el emplazamiento del producto. Y ese emplazamiento bien delimitado es el valor de "Locke", el valor y el riesgo, pues se puede terminar por cansar al espectador si no se produce un grado de tensión dramática que alimente la curiosidad por el viaje existencial, nocturno y solitario de Ivan Locke, Tom Hardy como aislado objeto de enfoque, en una interpretación que no admite lucimientos. Locke y sus circunstancias.
Una caja, un hombre y un teléfono. Así era la magnífica "Buried" dirigida por Rodrigo Cortés, la claustrofóbica cinta que hace unos años llevó a buen fin el reto de rodar en un espacio reducido la desventura de un tipo secuestrado en Irak y enterrado vivo. El aroma hitchcockiano que desprendía la película, transmitía con suma eficacia la angustia del pobre Ryan Reynolds al espectador de su desgracia. "Locke" también intenta encontrar la empatía del patio de butacas mediante el pinchazo de las conversaciones telefónicas del angustiado chófer: problemas familiares y problemas laborales, unos enlazando con los otros, nudo gordiano imposible de resolver sin cortarlo por lo sano. Los primeros, los personales, me parece que dan poco empaque al guión, sea porque ya están muy vistos. En todo caso me puedo solidarizar con los segundos: la voraz absorción vital que ejerce la empresa moderna sobre sus trabajadores, chupóptero insaciable de tiempo, de atención, de pensamientos, de desvelos. A pesar de ello para Locke aún existe la pasión por el trabajo bien hecho, el orgullo insobornable que produce la obra acabada, un afán insomne que no se paga ni con todo el oro del mundo. Quizás sea esa, realmente, la publicidad subliminal de la película.