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viernes, agosto 03, 2018

"Happy End", de Michael Haneke

Si parpadean se lo pierden.
Esa frase se hizo famosa en su día, pronunciada por un periodista deportivo justo antes de comenzar la transmisión televisiva de las carreras de Fórmula 1. Para alguien ajeno al cine de Michael Haneke, para los que ese nombre les suene a películas de esas de cineclub, de las que seguro que te aburres a los cinco minutos de empezar la proyección, les parecerá que la frase no puede encajar en la obra cinematográfica del director austríaco, y que sería más propia de las producciones de Georges Pan Cosmatos, John McTiernan o, más modernos, Michael Bay o J. J. Abrams. Pero no, resulta ser Michael Haneke el que logra condensar, sin piedad, tu atención en un plano fijo en el que tendrás que demostrar paciencia de francotirador hasta que la pieza se ponga a tiro, hasta que repentinamente tus cejas se eleven hacia el techo de la sala, sobresaltadas por un suceso inesperado.
Haneke, la dureza. A este cineasta perturbador se le ha calificado con frecuencia de frío y distante, de colmar sus fotogramas geniales de un espíritu pesimista desolador, incapaz de aventar resquicios de esperanza para una especie humana, en concreto su variedad europea, que se muestra sórdida y violenta, carente de cualquier virtud. Captado el mensaje crítico, Michael Haneke emprende intenciones de humilde enmienda y se propone finiquitar su última película con un final feliz. Y así es. O no. Porque el mensaje postrero que manda la cinta al surgir sus títulos de crédito en la pantalla negra, es que los finales felices son opciones morales sujetas a la impresión única de cada espectador.
"Happy End" retrata a una familia rica, poseedora de una empresa constructora, habitante de la ciudad de Calais en el norte de Francia. Una vez más se contemplará una historia que dejará bien claro que la abundancia de dinero cubre los gastos pero no alcanza para comprar la felicidad. Los diversos componentes del clan familiar, tres generaciones unidas por la depresión vital, dejarán patentes las angustias emocionales de los desagradecidos estómagos colmados occidentales. La trama funcionará como cierta continuación de la anterior película de Haneke, la magistral "Amor", de nuevo con Jean-Louis Trintignant en un reparto excelente, y de nuevo otra gran musa del director,  Isabelle Huppert. Junto a estos dos gigantes consagrados del cine francés, destaca la joven Fantine Harduin, patético ángel de la muerte abandonado a su suerte en un mundo inquietante de adultos neuróticos. Haneke aprieta pero no ahoga. O sí.

domingo, enero 20, 2013

"Amor", de Michael Haneke

En "Anatomía de un asesinato", de Otto Preminger, un teniente del ejército (Ben Gazzara) mata a balazos al presunto violador de su esposa (Lee Remick). En la película, obra maestra del género cinematográfico judicial, no aparecerá la escena del asesinato, ni habrá ningún flashback temporal que ayude a esclarecer las circunstancias del día de los hechos. Se asistirá a un duelo interpretativo de alto voltaje entre el abogado defensor, James Stewart, y el fiscal, George C. Scott, ambos empleándose a fondo para meterse en el bolsillo al jurado. El resultado del litigio se cimentará en la condición del "impulso irresistible": una persona afronta una situación límite y ésta puede terminar de un modo cruento pero inevitable, más allá de la capacidad para discernir si lo que el sujeto hace está bien o mal: el conocido estado de "enajenación mental transitoria": el demente no es culpable y el juez no puede determinar la responsabilidad de sus actos (el que quiera saber qué sentencia asume el bueno de Gazzara, que vea "Anatomía de un asesinato": ya tenías que haberla visto).
Como indica el título, "Amor" es una historia de eso. Una más, una de tantas, la cotidianidad de la relación entre dos personas: el sacrificio, la empatía, el afecto, lo bueno y lo malo, todo lo que llega años después de la locura química y urgente del enamoramiento desesperado. La costumbre del cuerpo próximo que no se quiere perder bajo ningún concepto, ante cualquier adversidad: dos frente al mundo.

Al cine de Haneke se le califica de sórdido, duro, frío, sin embargo eso es una aproximación superficial a la intención de esta obra. Sí es una cinta implacable, en cuanto a que carece de eufemismos, esforzándose en representar la realidad pero sin caer en el abuso sensacionalista. Y si es implacable entonces quizá deba ser violenta, sello de autor: apenas dos breves instantes que rompen la dinámica de la historia y que sacuden vivamente al espectador y a su conciencia. El impulso irresistible, como se ha indicado, difícil de juzgar, que debe ser sopesado por la platea, convertida en tribunal y en víctima (el sepulcral silencio de los créditos finales conduce hacia la salida a un público vapuleado, puede que también aterrorizado), un público que aporta el bagaje moral que se tenía antes de comprar la entrada y que se cuestiona o reafirma con lo visto en la pantalla: Haneke no juzga, solo expone con una maestría extraordinaria y el nada velado propósito de implicar al observador: derribar la cuarta pared.
Ya lo ha logrado muchas veces, ésta es una más.