Jeanne Moraeu está ciega y Max Von Sydow intenta combatir esa ceguera mediante una máquina que captura visiones ajenas para poder ser inyectadas en el cerebro de otra persona. Más allá aún, pues una evolución de la máquina permitiría registrar los sueños, rodaje del subconsciente dormido, para poder visualizarlos posteriormente. Pocas veces recordamos lo que soñamos: la fábrica de sueños genera muchas imágenes que se pierden irremediablemente, como esas películas que no se estrenan nunca, enlatadas hasta pudrirse. Ver esa parte prohibida, abrir una carta que no recordábamos haber escrito y que acabó perdida en un cajón, se revela una tarea adictiva para el usuario de la máquina. Ver más, seguir mirando. No es extraño. ¿No son las drogas alucinógenas un hábito irresistible? ¿No lo ha de ser también la alucinación de uno mismo? ¿No es el cine una adicción?
Esa parte de "Hasta el fin de mundo" sería suficiente para salvar una película que resulta prescindible en la mayoría de su metraje (excesivo, además). Una gran producción para los años de la caída del Muro (estrenada en 1991), con vocación internacional, director de prestigio y reparto de estrellas, que mueve la trama por todo el planeta apoyada en la ilusión de libertad de la demolición del sistema comunista soviético, pero que sigue teniendo los mismos temores de destrucción total, representados ahora por un satélite nuclear indio: la bomba no era sólo cosa de dos. Ese recorrido se sitúa en el futuro, en el año 1999, fin de milenio, y la acción pasa por múltiples puntos del globo (15 ciudades de siete países de cuatro continentes) como buscando algo que merezca la pena salvar. Finaliza en mitad del desierto australiano, con los aborígenes y su Tiempo del Sueño: a principios de los noventa el New Age pegaba fuerte. La trama llega, por fin, a Australia, hasta Jeanne Moreau y Max Von Sydow, y también llega el cine y su metáfora vital. Aparece la película que debe ser y se deja atrás toda la morralla intrascendente.
Porque la mezcla de cine negro con la ciencia ficción funciona bastante mal en esta película, sobre todo por tener un guión deslavazado y unas interpretaciones poco convincentes (el detective privado que aparece en ella es el más patético que yo haya visto nunca, aunque tiene un gran acierto, una intuición vidente como pocas: el ordenador para buscar personas: las compras electrónicas, las cámaras CCTV: el detective trabaja sin salir de su despacho en los tiempos que anteceden a Internet). Aún así, la película tiene momentos de gran cine, como el referido al comienzo de esta entrada: película de destellos, como los tenían incluso las peores películas de Nicholas Ray, el director amado por Wim Wenders ("Hasta el fin del mundo" se titula así por las palabras finales de "Rey de reyes" de Nicholas Ray: la relación Ray-Wenders merecerá pronto gran atención por mi parte). Y también posee una buena banda sonora, con la inclusión de temas de muchos de los mejores grupos de la época.
Solveig Dommartin enganchada a sus sueños. En realidad, a una pantalla a pilas que sujeta en su mano y de la que no puede apartar la vista. Eso sí que fue una buena premonición. En la actualidad el pulgar se desliza hacia arriba y hacia abajo por la pantalla del teléfono móvil, desgranando las cuentas de un rosario tecnológico: el chip es el dios único. Reuniones de personas en las que ninguna habla, atareados en recibir mensajes de remotos desconocidos, gilipolleces de menos de un par de frases, cuanto más corta la tontería mejor, encorvados sobre la palma de su mano, mirando al suelo en vez de al que tiene enfrente, que con suerte estará haciendo la misma imbecilidad que su compañero de mesa, porque como intente entablar una charla amigable, la decepción y la incredulidad serán su única compañía. ¿Adictos a qué? A la mediocridad más absurda, a la frase banal.
"París, Texas", "El amigo americano", "El cielo sobre Berlín",...
¡Ojo! Que nadie se meta con Wenders, ¡que no me lo toque nadie!
Entonces no quedará sino batirnos... Liarnos a escopetazos, en fin.
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domingo, mayo 05, 2013
sábado, abril 05, 2008
"París, Texas", de Wim Wenders

El loco
Un hombre vestido con traje y corbata camina por el desierto. Cuerpo famélico apresurado de mirada ausente. El desierto como lugar bíblico de expiación, de transformación y de aprendizaje: penitencia autoinflingida. Mudo e insomne: quizás si no hablo, si no duermo, si me comporto como un loco, el pasado no sabrá encontrarme, mis actos caerán en el olvido y ella volverá. O nunca se fue. Cierra cuidadosamente una garrafa de agua vacía antes de abandonarla en la arena y ese gesto leve anticipa que hay una chispa de lucidez en su mente.
El hermano
Cuando no queda nadie, te queda un hermano. Responsabilidad originada en la cuna, obligación de nacimiento. Me acordaba de "Rainman", el hermano cuerdo tirando del brazo del hermano loco. Irá a buscarte al otro lado del mundo: no necesita un buen motivo: afeitará tu cara, quemará tus harapos y te dará la cena. El rescate.
El padre
Veinticuatro horas al día: ser padre no cierra nunca. El niño abandonado pierde todas sus referencias, las construye de nuevo (infinita capacidad de adaptación) y entierra sus recuerdos. La función padre no se puede poner en pause. El reinicio no puede ser fácil.
El amante
Metáfora inmejorable de la ausencia, de la imposibilidad. Habitación de interrogatorios, sala de visitas del presidio, diván del psiquiatra: el peep-show de Houston transformado en confesionario. Imagen parlante al otro lado del espejo: tan cerca, tan lejos. Esta película es/será Historia en el cine por esas escenas.
El héroe
La renuncia o el sacrificio para poner orden en el mundo.
La guitarra de Ry Cooder, implacable, desgarra los fotogramas y araña las entrañas.
¿Cuál es tu ciudad invisible, Travis?
París, Texas.
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