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viernes, julio 26, 2013

"Abraham Lincoln: cazador de vampiros", de Timur Bekmambetov

Pues lo que anuncia el título, ni más ni menos: el insigne mandatario, ejemplo inigualable para generaciones venideras, es en realidad un shaolin del hachazo bañado en plata. Cuando escribí sobre "Lincoln", de Steven Spielberg, y "La conspiración", de Robert Redford, películas grandilocuentes (¿qué querrá decir grandilocuente?) y panegíricas (eso sí sé lo que quiere decir: algo sobre el proceso de amasado en la industria panificadora postmoderna) como pocas en cuanto a ensalzar la figura del occiso presidente de Estados Unidos, intuí la posibilidad de que "Abraham Lincoln: cazador de vampiros" fuera el vistazo certero y necesario a la cara oculta de tanta bondad y virtud: no hay yin sin yang.

Y la película no ha decepcionado en absoluto: expresa de modo claro y contundente las verdaderas motivaciones del antiguo presidente, ese liberador de una raza que pasó siglos oprimida por otra: la codicia sin límites de unos monstruos sedientos de sangre, de sanguijuelas humanas que, al parecer, no se extinguieron durante los feroces combates de la Guerra Civil estadounidense. La película no decepciona porque es completamente honesta: enseña lo que pone en el cartel, y el que la vea esperando otra cosa, el que no piense que se mete en un mashup cinematográfico sin prejuicios de ningún tipo, se perderá una película de acción (llamar terror a lo que muestra esta cinta no viene a cuento) estupendamente realizada (combates que recuerdan a "Matrix" de los hermanos Wachowski o a "300" de Zack Snyder) y con la feria del efecto especial generado por ordenador funcionando a todo trapo (excepto en la nariz postiza que le han colocado al protagonista: el empaste se ve a la legua). Sí, Lincoln era eso. No tengo duda alguna.