Mostrando entradas con la etiqueta Charles Chaplin. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Charles Chaplin. Mostrar todas las entradas

miércoles, octubre 12, 2011

"Tiempos modernos", de Charles Chaplin

Charles Chaplin creó el primer personaje cinematográfico que sería conocido en todo el mundo, un icono universal: hasta en el último confín del planeta será identificable la figura blanquinegra del sagaz vagabundo ácrata (decía John Lennon que The Beatles eran más famosos que Jesucristo: puede ser, aunque la certeza de esa comparación resultará sin duda más probable en el caso de Charlot). Su talento como actor era indiscutible: rey del slapstick, de la comedía muda, dotado de una expresividad y una facilidad de movimientos que lo convertían en un vehículo infalible para transportar sentimientos y generar emociones: hacer reír a cualquiera, ya sea chino, salmantino o esquimal: se reía mi abuelo, se partían de risa esta tarde los niños y, algún día, quizás, se reirán mis nietos. Pero su enorme figura cinematográfica no se limitaba a ponerse delante de la cámara, si bien esa faceta es tan poderosa que ante el gran público puede parecer que no hay nada más. Fue director y guionista de la mayoría de las películas en las que aparece y productor y compositor de casi todas las que realizó a partir de los años 20. Un cineasta completo, por tanto, cine de autor, cuyo nombre se debe colocar junto al de otros gigantes contemporáneos como Ernst Lubitsch o Fritz Lang.
"Tiempos modernos" es su primera película sonora: en realidad es una mixtura entre mudo y sonoro (como sucedía en "Vampyr" de Dreyer: tiempos modernos para todos, para el cine también): se mantienen los carteles con los diálogos y el sonido sólo está presente en la música, en algunas voces que salen de radios o de altavoces de las fábricas (y de una pantalla: la videoconferencia, presente en fotogramas de los años 30) y, sobre todo, en una canción que canta Charlot (porque esta película es una de Charlot, del mítico y clásico, con su bombín y su bastón, por supuesto) hacía el final de la cinta: la conocida melodía de Je cherche après Titine pero con letra chapliniana: un pasaje que es una lección absoluta de vodevil, el género en el que despuntó el joven Chaplin, en Londres, antes de saltar, años después, al celuloide. Saltar el charco y asaltar la Historia del cine (y, practicamente, fundarla: recuerdos primordiales de la memoria cinematográfica común).
"Tiempos modernos" se puede tomar como la cara divertida de "Metrópolis" de Fritz Lang, que era mucho más dramática, colosal, trascendente. Pero la sátira del capitalismo de producción que se desarrolla en "Tiempos modernos" es igualmente implacable y desgarradora, con la virtud añadida de que el mensaje se trasmite por la carcajada, una línea al pie de un placer al alcance de todos: no lo pienses ahora pero te ríes cuando en realidad deberías echarte a llorar, ay. Bittersweet. El trabajador esclavo de los índices de productividad, del miedo a perder el empleo, de la tarea monótona y de la jornada eterna anclado a la cadena de montaje: huelga y represión: estrés y depresión. Las taras congénitas de un sistema esquizofrénico que permanecen aún sin cura, tantas décadas después. El director británico sería posteriormente acusado de comunismo, una acusación que, atendiendo a su filmografía y a su postura pública, le preocupó más bien poco. O nada. En 1952 salió de Estados Unidos y las autoridades de aquel país le prohibieron el regreso (tenía poderosos enemigos: Hoover, McCarthy: seguro que estos también se troncharon en el cine alguna vez -o muchas- viendo una de Charlot). Que les den, debió pensar. Chaplin murió en Suiza en 1977.
Pero no sólo hay humor y denuncia en "Tiempos modernos". En el caminar horizontal y saltarín del enamoradizo mimo se cruza, como en tantas otras ocasiones, una chica: la mirada intensa de Paulette Goddard (como después sucedería en "El gran dictador"). Una huerfanita desvalida: su mayor debilidad.
Y si hay que cantar se canta.