La opera prima del director de "Pa negre", la triunfadora de los últimos premios Goya, es (fue: año 1987) un escándalo, entendido este término en sus dos posibles acepciones: alboroto para el qué, para el tema tratado, y admiración para el cómo, para un ojo de director que se apuntaba magnífico. Se puede pensar que es demasiado explicita para ser un primer largometraje: demasiado turbio el asunto, demasiado contundente la puesta en escena y, así, asegurarse titulares en todos los festivales y un aura de malditismo y de culto para el autor y su obra: "Joven director español provoca pesadillas al público de la Berlinale". Pero esa es una apuesta arriesgada, una moneda lanzada al aire que puede, como en tantas otras películas, volverse en contra del director: el emperador está desnudo: si rascas el fotograma puede que debajo no haya premio. Pues no es el caso. Menuda película.
Terror psicológico, género que en España ha dejado grandes frutos y en el cual "Tras el cristal" se puede situar entre las pioneras. Esta película, además, podía haber cubierto sin problemas el apartado cinematográfico hispano para el primer número de "La caja de Pandora". Un antiguo criminal nazi (Günter Meisner), vive con su mujer (Marisa Paredes demostrando una vez más que es una de las mejores actrices del cine español) y su hija (Gisela Echevarría) en las islas Baleares, oculto, camuflado. A ese exilio en el olvido del mundo se añade que está confinado dentro de un pulmón de acero, por el que sólo asoma su cabeza al exterior, después de haber sufrido un grave accidente: reclusión forzosa, como aquella en la que participó en el pasado. De verdugo a víctima y precisamente una de ellas aparece ahora, joven enfermero (David Sust, gran interpretación y sin embargo no tengo más referencias de su carrera como actor: flor de un día), cruel guardián, que se propone reconstruir las salvajadas cometidas por el viejo nazi: pedofilia, infanticidio y experimentos médicos como los que anunciaba Ingmar Begman en su magnífico retrato del Berlín de entreguerras que era "El huevo de la serpiente": hipnosis voyeurista que nos impide apartar la mirada de la pantalla, inundándonos de falsa incredulidad: sabemos que lo que vemos es cierto. Entre ellos dos se estable una especie de relación paterno filial enfermiza y sórdida, unidos en la fascinación por la maldad, un impulso erótico necrófilo, sádico hasta la hez. Cadena del mal que se transmite como un virus, como una herencia maldita: creación de un monstruo, de un frankenstein (con cicatriz y todo) que adora a su creador a la vez que lo odia a muerte.
La labor de ambientación es impresionante: la casona mallorquina se transforma lentamente en un campo de prisioneros, en un centro de exterminio, entre el alambre de espino y el humo, mallas metálicas para que nadie escape. Todo invadido por una luz azul rotunda, de noche y de misterio. De horror.
El hombre del saco merodea por el pueblo.
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martes, mayo 24, 2011
domingo, octubre 31, 2010
"Pa negre", de Agustí Villaronga
Se puede decir que el cine español en torno a la Guerra Civil conforma un género propio. Si a ese género le añadimos el con niño, aparece un subgénero con bastantes componentes. A vuela pluma me salen: "El año de las luces" de Fernando Trueba, "El espinazo del diablo" y "El laberinto del fauno" de Guillermo del Toro, "La lengua de las mariposas" de José Luis cuerda, "Las bicicletas son para el verano" de Jaime Chávarri, "El viaje de Carol" de Imanol Uribe", etc. La guerra siempre en el fuera de campo, siempre en el pasado o en el presente, siempre leitmotiv poderoso: las películas de la guerra civil española se caracterizan por ser un género que, aunque trata de una guerra, esa guerra, el conflicto bélico como tal, nunca aparece: las víctimas cinematográficas casi siempre pertenecen a la población civil, a los vencidos, a los represaliados sin piedad: no hay campos de batalla, no hay llanuras bélicas y sí algún páramo de asceta.
Niños que se acercan a la edad adulta y, por tanto, se obtienen películas de iniciación: el despertar sexual de muchachos que miran embobados a sus primas o a sus compañeras de pupitre, al que se le suma el despertar de la conciencia en respuesta al ejemplo de algún cercano idealista. Si bien la primera fase de la niñez es impermeable a todo lo que le pasa a los mayores, llegada cierta edad uno se empieza a dar cuenta de todo y la guerra (o la posguerra implacable: infinita sed de sangre) genera suficientes dramas familiares como para que un niño se vea afectado psicológicamente por ellos. La ignorancia y el desentendimiento infantil ceden paso a las ganas de saber y de comprender. En "Pa negre" Andreu, el joven protagonista, acabará sabiendo demasiado y el mundo de su infancia se desmoronará irremediablemente: "Pa negre" es la película de ese terrible descubrimiento.
El comienzo de la cinta presenta un violento asesinato y poco después un carromato despeñándose, arrastrando en su caída al caballo que tira de él y a un inesperado pasajero: la crudeza, el fotograma sucio, la bajeza moral que se hará presente durante toda la proyección (el pan negro es el destino de los condenados, de los derrotados) frente a algún vano intento de reflejar la vida amable, bucólica y tranquila de los payeses de una masía catalana: lo que es y lo que pudo haber sido. Ese asesinato y desvelar a quién se esconde detrás de su posible ejecutor (Pitorliua, nombre de fantasma o de bandido, de protagonista de cuento al amor de la lumbre), conducirán esta alegoría cinematográfica del vencido que, como de costumbre, mostrará las vilezas del vencedor. Los curas, los fascistas, los ricos: ninguno era bueno. Pero en esta ocasión se abandona cualquier animo maniqueo para mostrar que ni siquiera los buenos lo eran tanto, aunque esa deconstrucción de los personajes acabará pareciendo forzada, poco creíble: no es fácil convertir a seres sensibles en cabrones despiadados, sobre todo si durante toda la película se ha insistido vehementemente en su bondad.
Al final, ni siquiera el pobre Andreu era bueno.
Niños que se acercan a la edad adulta y, por tanto, se obtienen películas de iniciación: el despertar sexual de muchachos que miran embobados a sus primas o a sus compañeras de pupitre, al que se le suma el despertar de la conciencia en respuesta al ejemplo de algún cercano idealista. Si bien la primera fase de la niñez es impermeable a todo lo que le pasa a los mayores, llegada cierta edad uno se empieza a dar cuenta de todo y la guerra (o la posguerra implacable: infinita sed de sangre) genera suficientes dramas familiares como para que un niño se vea afectado psicológicamente por ellos. La ignorancia y el desentendimiento infantil ceden paso a las ganas de saber y de comprender. En "Pa negre" Andreu, el joven protagonista, acabará sabiendo demasiado y el mundo de su infancia se desmoronará irremediablemente: "Pa negre" es la película de ese terrible descubrimiento.
El comienzo de la cinta presenta un violento asesinato y poco después un carromato despeñándose, arrastrando en su caída al caballo que tira de él y a un inesperado pasajero: la crudeza, el fotograma sucio, la bajeza moral que se hará presente durante toda la proyección (el pan negro es el destino de los condenados, de los derrotados) frente a algún vano intento de reflejar la vida amable, bucólica y tranquila de los payeses de una masía catalana: lo que es y lo que pudo haber sido. Ese asesinato y desvelar a quién se esconde detrás de su posible ejecutor (Pitorliua, nombre de fantasma o de bandido, de protagonista de cuento al amor de la lumbre), conducirán esta alegoría cinematográfica del vencido que, como de costumbre, mostrará las vilezas del vencedor. Los curas, los fascistas, los ricos: ninguno era bueno. Pero en esta ocasión se abandona cualquier animo maniqueo para mostrar que ni siquiera los buenos lo eran tanto, aunque esa deconstrucción de los personajes acabará pareciendo forzada, poco creíble: no es fácil convertir a seres sensibles en cabrones despiadados, sobre todo si durante toda la película se ha insistido vehementemente en su bondad.
Al final, ni siquiera el pobre Andreu era bueno.
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