La película del fracking: todo lo que usted siempre quiso saber sobre el fracking y nunca se atrevió a preguntar. ¿Qué es el fracking? Una definición tan sucinta como rotunda es la que una vez escribió mi amigo Pablo: el fracking es caca. Algún otro pensará, y defenderá, que se trata de una fuente de energía que hay que explotar y aprovechar, un recurso natural en el subsuelo de países que, hace tiempo, esquilmaron las reservas de cualquier cosa al alcance de la mano que se pudiera vender. Y ahí se puede encontrar el principal problema: la voracidad: maximizar el beneficio a base de reducir costes y relajar a la vez las mínimas precauciones y márgenes de seguridad que cualquier explotación industrial debe respetar sí o sí: en ocasiones es no. La economía mundial está al servicio de un grupo de ancianos residentes en el perpetuo verano de Miami, bronceados jubilados que exigen el mayor rédito a sus milmillonarias cuentas y a sus laberínticos entramados financieros: si la gráfica no sube hasta perforar el techo, te vas a la calle: búscate la vida y haz lo que tengas que hacer, que yo me voy a echar otros nueve hoyos.
Matt Damon y Frances McDormand interpretan a una pareja de representantes de una compañía gasística estadounidense. Su trabajo es convencer a granjeros del interior del país de que les vendan sus tierras, a sabiendas de que perforando debajo de ellas e inyectando agua a presión mezclada con diversos componentes químicos, se obtendrá el preciado gas natural atrapado entre las rocas: el prado del abuelo es una mina, quién lo iba a decir. Más allá de los imprescindibles dilemas entre ecologismo y capitalismo, entre conservar la heredad o canjear el billete de lotería, la cinta aborda el retorno al origen, a la sociedad primitiva del buen salvaje dedicado al trabajo agrícola y ganadero: el yuppie despierta de la pesadilla alucinada del capitalismo de ficción y queda atrapado entre la virtud del arado y las nobles camisas de franela. De la oficina al granero. Y que cante el gallo.
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miércoles, junio 10, 2015
sábado, marzo 09, 2013
"Restless", de Gus Van Sant
Después de dirigir en el año 2000 "Descubriendo a Forrester" (una película de temática parecida a "El indomable Will Hunting": talentos ocultos), la trayectoria de Gus Van Sant se ha instalado en la muerte: en la muerte y la juventud, realmente. "Gerry", "Elephant", "Last Days", "Paranoid Park", "Mi nombre es Harvey Milk" (Milk no era tan joven cuando lo asesinaron, pero no por eso voy a quitar la película de la lista: la quitaría porque no llega a la altura de las otras del listado) y, por último, "Restless" (último que yo haya visto: hay otra película posterior pendiente de estreno en España, "Promised land": no sé si en esa muere gente). La parca se pasea, implacable, por los fotogramas de este director y, de paso, arroja en el camino los despojos de alguna que otra película formidable: la tetralogía magistral, arriesgada y sorprendente que forman "Gerry", "Elephant", "Last Days" y "Paranoid Park".
"Restless" se queda (quizá anunciando un cambio de ciclo) a medio camino entre las dos facetas que la carrera de Gus Van Sant aparentemente ha mostrado: una con la que parece querer alcanzar a un público más amplio ("El indomable Will Hunting" sería el ejemplo más claro) y otra más preocupada por mostrar su visión cinematográfica más personal (y aquí habría que mencionar "Elephant", esa merecida Palma de Oro de Cannes). En cualquier caso un cineasta coherente que se aleja lo necesario de una línea artística fundamental, de un imaginario propio, recordando a otros autores que lo lograron en el pasado como Luis Buñuel.
La pareja de jóvenes enamorados de "Restless" en vez de carabina llevan rondando cerca a un encapuchado con una guadaña: un trauma infantil y un futuro corto. Una historia de amor con fecha de caducidad, un imposible que palidece ante la construcción del romance juvenil (como la de la reciente "Amor bajo el espino blanco" de Zhang Yimou) más puro y desafectado. Dos adolescentes fuera de juego (ser raro para no ser mediocre) y una tragedia tranquila, para desapacibles tardes hogareñas de invierno, que no invita a la lágrima fácil, no, si no a la aceptación y al carpe diem.
"Restless" se queda (quizá anunciando un cambio de ciclo) a medio camino entre las dos facetas que la carrera de Gus Van Sant aparentemente ha mostrado: una con la que parece querer alcanzar a un público más amplio ("El indomable Will Hunting" sería el ejemplo más claro) y otra más preocupada por mostrar su visión cinematográfica más personal (y aquí habría que mencionar "Elephant", esa merecida Palma de Oro de Cannes). En cualquier caso un cineasta coherente que se aleja lo necesario de una línea artística fundamental, de un imaginario propio, recordando a otros autores que lo lograron en el pasado como Luis Buñuel.
La pareja de jóvenes enamorados de "Restless" en vez de carabina llevan rondando cerca a un encapuchado con una guadaña: un trauma infantil y un futuro corto. Una historia de amor con fecha de caducidad, un imposible que palidece ante la construcción del romance juvenil (como la de la reciente "Amor bajo el espino blanco" de Zhang Yimou) más puro y desafectado. Dos adolescentes fuera de juego (ser raro para no ser mediocre) y una tragedia tranquila, para desapacibles tardes hogareñas de invierno, que no invita a la lágrima fácil, no, si no a la aceptación y al carpe diem.
sábado, junio 14, 2008
"Gerry", de Gus Van Sant
Dos jóvenes excursionistas se pierden. Están visitando uno de esos parajes semidesérticos que tanto vemos en las películas fronterizas (parece ser Death Valley: nada casual). Páramos desolados que se extienden hasta el infinito. Perderse en compañía de un amigo es un suceso que inicialmente se toma como una anécdota que contar a la vuelta. Paciencia, ya encontráremos el camino. Caminad, caminad. El paso del tiempo, largo y estéril, conduce a la angustia. La sed, el cansancio. Aparece el terror de la certidumbre de la muerte cuando ya no es una posibilidad remota. Y a partir de ahí, vagar como espectros alucinados, zombies en busca del último manantial.¿Cuánto duraríamos en medio de un desierto, de un monte? Sociedad de estómagos colmados. Basta la amenaza del desabastecimiento, de la escasez, para que acudamos raudos a llenar nuestros depósitos, nuestras despensas, cegados con la avidez de la paranoia: el terror de las posibilidades se asienta en nuestra vidas con la certeza de un navajazo en los riñones.
Gus Van Sant dirige a dos Gerrys: Matt Damon y, al fin, un Affleck (Casey, recientemente nominado al Oscar por "El asesinato de Jesse James... etc.") con dotes para la actuación. Película arriesgada, de largas secuencias monótonas, despojada de argumento y sobrada de belleza paisajística, pero que puede llegar a conectar con el espectador dispuesto a la empatía. Esta semana tuve que dejar de leer "La carretera", el reciente premio Pulitzer de Cormac McCarthy y postergarlo para épocas más tranquilas: el relato más aterrador que haya leído nunca: la pesadilla más terrible a la distancia de la pulsación de un botón por un loco elegido en las urnas: el mono y la ballesta. Últimamente mi nivel de empatía está próximo a desbordarse.
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