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jueves, agosto 03, 2017

"Dunkerque", de Christopher Nolan

La verdad es que ni franceses ni británicos tenían ninguna gana de entrar en guerra con Alemania por mucha barrabasada que estuviera cometiendo Hitler en el centro de Europa. ¿Sudetes? ¿Dónde están los Sudetes esos? Pero cuando el ejército alemán invadió Polonia, no hubo manera de evitar el conflicto bélico: 'Cuando escucho a Wagner durante más de media hora me entran ganas de invadir Polonia', sostiene Woody Allen en "Misterioso asesinato en Manhattan". Y a Hitler le pirraba Wagner. La coalición anglo-francesa no es rival para la moderna maquinaria de guerra alemana y la Wehrmacht barre en la primavera de 1940 el frente defensivo que los aliados habían dispuesto en Bélgica, forzando la retirada de las tropas hacia los puertos del Canal de la Mancha. Francia se ve derrotada y está considerando las condiciones de un armisticio, pero Gran Bretaña lo que tiene en mente es salvar la mayor parte posible del ejército desplegado en el continente: se pone en marcha la Operación Dynamo. Las guerras no las ganan las evacuaciones, advierte Churchill, pero Alemania va a lamentar no haberse esforzado más en acabar con los 400.000 soldados embolsados en el puerto francés de Dunkerque.
Blood, toil, tears and sweat. Sangre, esfuerzo, sudor y lágrimas, eso también lo dijo Churchill, y contemplando la magnífica cinta bélica que ha entregado el director inglés Christopher Nolan, el espectador puede hacerse una buena idea de lo que prometió el primer ministro británico cuando accedió al cargo. Nolan demuestra, de nuevo, su enorme capacidad para afrontar retos cinematográficos por caminos poco convencionales. Una de las características de su cine es que utiliza buena parte del comienzo del metraje en proporcionarle al espectador un manual de uso, unas instrucciones para que sepa componer el puzzle al que está invitado a participar. En esta ocasión la guía será breve: en la playa una semana, en el mar un día y en el aire una hora: tres líneas argumentales donde desarrollar el drama, tres espacios y tres tiempos para que la acción salte de uno a otro y se forme una perspectiva amplia de lo que sucedió en ese terreno desesperado. Para que la acción no deje un respiro y la tensión logre hacernos coger un fusil y ponernos un traje caqui, la banda sonora firmada por Hans Zimmer nos asfixiará en una incesante escala de Shephard, un efecto musical que sólo parará con los reclutas sentados en el vagón de un bien afinado tren inglés. Y Nolan, seguro, mostrará cierta vena patriótica, inevitable, en esta cinta repleta de conocidos actores británicos (Kenneth Branagh, Cillian Murphy, Mark Rylance, Tom Hardy, y un montón de jóvenes debutantes cuyo nombre desconozco), pero la contiene, alcanzando un equilibrio entre el factor heroico y el, más común, sálvese el que pueda.
Las guerras las declaran hombres maduros, pero las combaten adolescentes imberbes, niños recién estirados que engrosan masas uniformes de carne de cañón. Dunkerque también es recordada por ser una de las ocasiones señaladas en la que los padres acudieron al rescate de sus hijos: cientos de pequeñas embarcaciones, de poco calaje, partieron de los puertos del sur de Inglaterra y, bajo el acoso aéreo de la Luftwaffe, alcanzaron la playa: aquello que también dijo Churchill, lo de que nunca tantos debieron tanto a tan pocos, aunque en realidad esa frase se la dedicó a los pilotos de la RAF que defendieron su nación de las incursiones de la aviación alemana: los legendarios cazas Spitfire combatiendo sin tregua a los Stuka y Heinkel alemanes en el Canal, una leyenda que, cuenta Nolan, empezó en Dunkerque. 

domingo, noviembre 23, 2014

"Interstellar", de Christopher Nolan

En los días en los que el módulo de aterrizaje Philae ha alcanzado la superficie de un cometa (módulo enviado desde la sonda Rosetta, una misión iniciada hace diez años y que lleva la firma de la Agencia Espacial Europea: ¡chúpate esa, NASA!) y lo espacial vuelve a tomar protagonismo en los telediarios, llega "Interstellar" a los cines. Con el fin de la Guerra Fría (el 25 aniversario de la caída del muro de Berlín también se celebra este noviembre: remember, remember: como para olvidarlo) la carrera espacial comenzó a ralentizar su ritmo, entrando en el estado de crionización de un viajero... interestelar. El interés político cedió paso exclusivamente al científico y, desgraciadamente, al económico: si no hay guerra de las galaxias no hay pasta para viajar a otros mundos.

Nos queda el cine, siempre nos quedarán guionistas que miren hacia el cielo nocturno. Christopher Nolan firma el guión de "Interstellar" (junto a su hermano Jonathan) y vuelve a dejar patente su afición por los puzles: miren ese tatuaje del brazo y recuerden "Memento", fijen su mirada en esa peonza y "Origen" volverá a la memoria. En el caso de "Interstellar" habrá que echar mano de los recursos argumentales que las teorías de Albert Einstein, en forma de paradojas insensatas, posó en la sabiduría popular para hacer algo más comprensible el tremendo bagaje matemático de sus estudios. Todo está permitido más allá de las fronteras del conocimiento establecidas por las leyes físicas: el horizonte de sucesos es la última tierra de los sueños: aventura y ciencia: gravedad y relatividad. Los agujeros de gusano como túneles que necesariamente han de llevar a alguna parte, un lugar que además debe ser extraordinario. Nolan también ha recorrido un montón de agujeros de gusano: los que conectan la herencia del celuloide sci-fi de sus antecesores. La primera que apareció viendo "Interstellar" fue "Encuentros en la tercera fase" de Steven Spielberg, o cómo llegar al lugar donde uno lleva toda la vida destinado a estar. O "Armageddon" de Michael Bay, padres que deben salvar el mundo dejando a sus hijas atrás; además el tono chulesco y sobrado de la actuación de Matthew McConaughey no queda muy alejado del de un tal Bruce Willis. Por supuesto "Contact" de Robert Zemeckis (o mejor, de Carl Sagan, aunque la muerte precoz del astrónomo impidió que pudiera ver en el cine la adaptación cinematográfica de su novela: igual así se evitó un disgusto) donde el propio McConaughey tenía un papel protagonista: McConaughey entonces que no es el McConaughey de ahora: esa sí que es una buena paradoja de los gemelos, ese sí que es Lazarus.
Y para ahondar en la lista de películas "Prometheus" de Ridley Scott, "Planeta rojo" de Antony Hoffman, "Moon" de Duncan Jones, "Gravity" de Alfonso Cuarón, etc.

Claro, también voy a mencionarla, cómo no: "2001: Una odisea del espacio" de Stanley Kubrick. ¿Acaso el robot TARS, que tiene en sus circuitos la impronta de aquel HAL, esquizofrenia campando a sus anchas por chips de memoria, no es un "monolito con patas"? Entes cibernéticos rebelados contra las leyes de Asimov, otro recurso muy utilizado en el género. En "Interstellar" se mueve la entrada a otros mundos desde Júpiter a Saturno, y se dan muchas explicaciones frente a la sutilidad desnuda de "2001", pero la guía turística empleada en el viaje será la misma o al menos parecida. La suite despojada en la que reposaba el astronauta Dave no es la biblioteca mensajera de Cooper pero el punto del mapa con la equis encima varía poco. En cuanto a personajes, el Dave de Kubrick era un hombre sin pasado, sin ataduras sentimentales, frío en su temperamento: él mismo podría haber sido un androide, un replicante, y no se hubiera notado la diferencia: un hombre con una misión programada. Cooper es todo lo contrario de Dave: pasional y con fuertes anclas terrestres: más interesado por el pasado que por descubrir el siguiente escalón de la evolución humana. Y dotado de la mirada un tanto alucinada e inquietante del McConaughey actual, ese que viajó al pasado y se asesinó a sí mismo, esa mirada que no se sabe bien si es fruto de la actuación o si hay un punto de locura asomando tras la pupila... El hombre que mató a McConaughey.

La nave Endurance se aleja de Spielberg y se adentra en la alargada sombra de Kubrick, sombra que en vez de oscurecer ilumina y lleva a la película a sus mejores momentos: menos sentimentalismo, más trascendencia. Que nadie espere ver un documental de ciencia, a pesar de que el prestigioso físico Kip Thorne ha sido asesor científico de la aventura y se nota en la producción cierto esfuerzo por mantenerse dentro de los cauces académicos (me comentaba mi amigo Guillermo que eso de que la lanzadera necesitara de unos cohetes Saturno V para escapar de la gravedad terrestre y que en el resto de planetas visitados entrara y saliera de su atmósfera como si tal cosa, era algo realmente prodigioso...). "Interstellar" es una película sometida a los códigos cinematográficos de tantos otros filmes de ficción científica anteriores. Drama y épica: la Tierra en peligro y, cómo no, un yanki dispuesto al sacrificio supremo para salvar el mundo, ay: no preguntes lo que tu país puede hacer por ti y todo ese rollo patriótico, un vicio argumental facilón para que el espectador (sobre todo el estadounidense) se identifique rápidamente con los propósitos de la empresa: una treta que Kubrick y Tarkovsky (¿he mencionado "Solaris"? Pues no y no me parece) nunca hubieran consentido. Los motores a toda potencia para escapar de la atracción irresistible que ejerce el agujero negro de la comercialidad y poner rumbo hacia lo mejor que tiene la película, a lo que en realidad se debe valorar dentro de sus casi tres horas de proyección, lapso de tiempo que se pasa en un suspiro: será que el tiempo es relativo y se pliega sobre sí mismo, sobre todo cuando se pasa bien.
Volver a mirar hacia las estrellas en una época en que la mediocridad de la codicia que domina el mundo produce una náusea insoportable.


viernes, agosto 13, 2010

"Origen", de Christopher Nolan

Este director (y guionista: cine de autor para reventar taquillas) seguro que era de los que se hacían el cubo de Rubik con los ojos cerrados: le van los puzles. Puzles mentales y juegos de cámara. En su primer largometraje, la magnífica "Memento", dio rienda suelta a un genial montaje rewind que desvelaba el suspense adentrándose en el pasado del desmemoriado protagonista. El espectador tenía que descubrir las reglas del juego para acertar a comprender el sistema narrativo que se ponía ante sus ojos. Para "Origen" el folleto que acompaña el rompecabezas es necesariamente denso, de lectura farragosa, dado que el juego se desarrolla a muchos niveles y son varios los jugadores, piezas a su vez de un onírico tablero. Así, la primera parte de la película será un manual de usuario, el universo explicado por su creador omnipotente (no sé si el film está basado en alguna novela o relato de otro escritor, lo he buscado pero no lo he encontrado; si alguien sabe ese dato, que me llame). Instrucciones de uso.
Adentrarse en la mente de otro mientras duerme para arrebatarle secretos recónditos, confesiones que resisten cualquier tortura. O, dándole la vuelta al procedimiento, implantarle una idea en el subconsciente. Técnicas que harían las delicias de John Le Carre y que, ahora, sin espías que surjan del frío, se ponen en manos de las grandes corporaciones, los protagonistas de la auténtica guerra fría que está destruyendo el mundo, provocando guerras y sumiendo naciones en la ruina. Cine de espías, al fin y al cabo: espectacularidad y tensión inducida en las mentes de un grupo de personas que duermen a pierna suelta en la misma habitación: el espectador de la platea es el segundo nivel de la fábrica de sueños: alegoría cinéfila.
Sin embargo el mundo de los sueños en esta película resulta estar sometido a leyes físicas muy newtonianas. No sé que pensaría Freud de esto, pero resulta que si vuelas en sueños no se debe a un deseo sexual no recompensado, sino que está provocado porque duermes en el interior de una furgoneta que se cae de un puente. No importa. La película tendrá su parte de misterios de la mente, un capítulo cualquiera del programa "Redes" de Eduard Punset, que generará legiones de seguidores deslumbrados por la filosofía la vida es sueño que emana de la cinta (esos fenómenos paracinematográficos ya se daban con "Matrix" de Larry y Andy Wachowski y su la vida es realidad virtual o, también y mucho antes, con la fuerza de los caballeros Jedi, que incluso tienen secta religiosa propia: hace poco he visto "Los hombres que miraban fijamente a las cabras" de Grant Heslov, que es algo mala pero que lo mismo le hago una entrada por ser tan "yedi" y haberme hecho reír) pero donde realmente la cinta arrasa es en el apartado visual, por supuesto. Alucinante. Bueno, realmente lo alucinante es que la película esté colocada en el número 3 del ranking de IMDB. La película está bien pero no me parece para tanto: fotogramas subliminales que lanzan al público a votar una vez finalizados los créditos, fijo.
"Non, je ne regrette rien", suena de fondo mientras el surrealismo digital se desmorona en pantalla y la mirada de Marion Cotillard, Édith Piaf de celuloide, devora la cámara de un modo más efectivo que cualquier efecto especial. Leonardo DiCaprio vuelve a ser un personaje atormentado por tragedias familiares, como su Teddy Daniels en "Shutter Island" de Martin Scorsese: si unimos estos dos a su interpretación del pirado Howard Hughes de "El aviador", va en camino de convertirse en actor especializado en esquizofrenia: piloto avezado de mentes enfermas. Ken Watanabe mejor en otras películas, Michael Caine de cameo y, ¡anda!, ¡la chica de "Juno" esperando a dar el estirón! El reparto no está nada mal y la película se resuelve con soltura aunque en algún momento amenaza con perderse, sí, en el limbo. Pero Christopher Nolan es un gran director, no cabe duda. Buen final: todos mirando a la peonza a ver si se para o no se para.
¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción, y el mayor bien es pequeño; que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son.