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domingo, junio 26, 2022

"Septiembre", de Woody Allen


Dentro de la amplísima filmografía de Woody Allen, tengo la satisfacción enorme de seguir descubriendo películas magníficas, tesoros que aún me quedaban por descubrir y, ante todo, metrajes que disfrutar de principio a fin. Éste ha sido el caso de "Septiembre", filme que casi no alcanza la hora y media de proyección y que sin embargo condensa una trama formidable: un drama intimista, familiar, de relaciones cruzadas que no encuentran su desenlace, situado en una casa de campo y en un breve espacio de tiempo (recuerda en ese sentido a otra obra anterior del autor, "La comedia sexual de una noche de verano", aunque en "Septiembre" no se dará cábida a la menor esperanza de un desenlace feliz: también la recuerda por la indudable influencia de Ingmar Bergman en la historia que se cuenta), donde la cámara no sale ni por un instante al exterior, detalle que creo que no sucede en ninguna otra película de Allen, dotando a la puesta en escena de un decidido tono teatral y conviertiendo la esplendida finca de Vermont en un escenario opresor: el fin del verano y las esperanzas sentimentales derruidas devuelven a su extraordinario plantel de personajes (interpretados con brillantez por Mia Farrow, Dianne Wiest, Sam Waterston, Denholm Elliott, Elaine Stritch y Jack Warden) a sus callejones vitales sin salida. Gran Woody.

sábado, octubre 02, 2021

"Otra mujer", de Woody Allen

Pasados ya los cincuenta años desde la fecha de su nacimiento, dirige Woody Allen la cinta "Otra mujer". Se habla mucho de la "crisis de los cuarenta", un efecto de la edad más tópico que cierto, que quizás se caracterice por percibir, por primera vez en una vida, la decadencia de la juventud: la pérdida de aquellos tiempos de plenitud física, de libertad de acción, de apuntarse a bombardeos: Nowhere, fast!: los cuarenta son una época en la que el mayor riesgo es el del adocenamiento. La cincuentena, sin embargo, apunta una mirada al pasado, un ejercicio vacuo de melancolía (el pasado no hay forma de cambiarlo), un inquietante balance vital que forzosamente ha de dejar apuntes en el debe y en el haber. Y los del debe son los fastidiados, por supuesto: a qué narices ha dedicado la vida uno y cuánto tiempo queda para procurar enmendarlo.

Influido poderosamente por el cine de Ingmar Bergman (o, para ser preciso, por el teatro de Ingmar Bergman y, en ocasiones, por el teatro registrado en celuloide de Ingmar Bergman), el director de Brooklyn se deja de chistes y rueda un drama vital impecable. "Fresas salvajes" parece ser la referencia directa y los fotogramas iluminan su halo sobre la bruma nórdica del genio de Upsala gracias a la gran actuación de la inconmensurable Gena Rowlands. Una vez más en la filmografía de Allen el reparto de caracteres recae en los acaudalados poseedores de profesiones liberales que residen en la isla de Manhattan, esa carne de psicoanalista que puebla de principio a fin la película, una historia atribulada de la que surge, de nuevo, un mensaje de socorro: la penuria existencial del que lo tiene todo pero nunca lo que más cuenta: y una moraleja: las segundas oportunidades están disponibles para el que se atreva a aprovecharlas. Pero por tiempo limitado.

miércoles, marzo 31, 2021

"Vicky Cristina Barcelona", de Woody Allen

Polémica película para un director polémico: con él llegó el escándalo. Y ese escándalo, conocido por todo el mundo, complicó encontrar la financiación necesaria (a pesar de que las películas de Woody Allen se distinguen por su bajo presupuesto) para que el director de Brooklyn mantuviera su cadencia de una película por año. Llegó a un acuerdo con Mediapro, conocida por todo el mundo, al menos el de aquí, también, para que la compañía del no menos polémico Jaume Roures financiara tres rodajes, el primero de los cuales sería "Vicky Cristina Barcelona" (después vendrían "Conocerás al hombre de tus sueños" y "Midnight in Paris").

Cuentan las malas lenguas que el contrato, mefistofélico, obligaba a que ese primer componente del trío debía ser rodada en Barcelona, de modo que el prestigio artístico del cineasta quedara unido por siempre al nombre de la ciudad condal, más aún, ese nombre tenía que aparecer obligatoriamente en el título. Así, el nefasto rótulo de la película podía ser fruto del pataleo y posterior zanjado de la cuestión contractual por parte del director: el chantaje monetario se hace patente en que la cinta aparezca a ratos como un publirreportaje bastante cutre. También sale Oviedo, sí, pero si se hace caso a la reciente autobiografía de Woody Allen, "A propósito de nada", la escapada a Asturias parece justificada por el amor que Allen asegura tenerle al sitio.

Entonces, ¿es "Vicky Cristina Barcelona" algo más que un anuncio comercial bien pagado? Pues apartando la morralla tópica (que, por otro lado, produjo que la película fuera un éxito en Estados Unidos, y, en España, mucho criticar, pero fue la tercera película más taquillera del año 2008) y propagandística, sosteniéndose en las estupendas actuaciones de Penélope Cruz o Rebecca Hall (de nuevo Allen como enorme director de actrices) se asoma una de las películas más sensuales y provocadoras del gran genio del séptimo arte, un metraje en el que se desmontan los presupuestos argumentales de su mercenaria primera parte para volver a incidir en las contradicciones de la alta sociedad estadounidense, acostumbrada a obtener todo lo que desea firmando un cheque, todo excepto el talento y la sabiduría, bienes impagables que solo son otorgados por la inquietud y la constancia. La cultura, ese ansia.

miércoles, marzo 11, 2020

"Día de lluvia en Nueva York", de Woody Allen

La asombrosa cadencia anual de estrenos que presentaba el cineasta Woody Allen, se vio súbitamente interrumpida: aún teniendo un título listo para su presentación al público, el año 2018 se iba a quedar sin una película de Woody Allen. Esta irregularidad en su trayectoria de las últimas tres décadas, se debió a que en 2017 se lanzó al mundo, con una energía mediática tremenda, el movimiento conocido como "Me Too", que se distinguía por denunciar públicamente el acoso sexual que sufrían desde los inicios del cinematógrafo las actrices de Hollywood y, en general, cualquier comportamiento inapropiado que hubiera provocado que alguien se sintiera incómodo realizando su trabajo. De aquella ola surgieron, entre otros muchos escándalos, el juicio criminal contra el todopoderoso productor de Miramax Harvey Weinstein, el borrado de Kevin Spacey de los fotogramas de la cinta "Todo el dinero del mundo" de Ridley Scott o, llegando a lo más reciente, la condena al ostracismo del cantante de ópera Plácido Domingo. Para cineastas como Roman Polanski o Woody Allen, propicia carne de cañón del tema, la cosa se ponía fea: en Internet las sentencias se proclaman sin tribunal, jurado ni juez y pueden arrastrar con ellas pérdidas millonarias. Amazon era, a la sazón (rima libre), la productora de "Día de lluvia en Nueva York" y, en vista de cómo crecía la epidemia de denuncias en aquel tiempo, decidió poner la película en "cuarentena". Allen les demandó y mediante un acuerdo extrajudicial consiguió rescindir su contrato con la productora de comercio electrónico y hacerse con los derechos de la obra. Finalmente fue estrenada en salas en el verano de 2019: en Europa, claro, que yo sepa en Estados Unidos no ha pasado por los cines: el director de Brooklyn es un sempiterno exiliado del biempensante y anodino cine hollywoodiense.
¿Y la película qué tal? Pues se trata de una deliciosa comedia romántica que se disfruta de principio a fin y que cuenta en su reparto con algunos de los más brillantes jovenzuelos del panorama cinematográfico actual, como son Timothée Chalamet o Elle Fanning. Desenvuelve su trama, sello de autor, entre los ambientes más pijos e intelectualoides de la alta sociedad neoyorquina. Y de nuevo la firma de Vittorio Storaro en la fotografía, otorgando a los fotogramas una calidez formidable, un aura de melancólica bittersweet que reconforta el espíritu aunque en la calle no pare de llover. Como de costumbre, la cinta dejará para el recuerdo cinéfilo secuencias imborrables, momentos trascendentes que, en esta ocasión, se levantan sobre el lado oscuro de la riqueza y la ostentación, dejando patente que no es oro todo lo que reluce y que los ricos también lloran, válgame el recurso barato de las frases hechas.
Allen en el diván, otra vez, sometido de nuevo al linchamiento artístico. Tanto fue así que algunos de los millennials que actuaron en la película y que seguro que dieron saltos de alegría cuando recibieron la llamada de prestigio del cineasta para participar en el rodaje, donaron sus emolumentos a diversas causas relacionadas con el "Me Too", un ejercicio vacuo y propagandístico destinado a lavar sus hipócritas conciencias de "influencer instagramero". Cría cuervos, Woody.

jueves, enero 04, 2018

"Wonder Wheel", de Woody Allen

La colaboración del director de fotografía Vittorio Storaro con Woody Allen se inició en la anterior película del neoyorquino, "Café Society". Ahora, en este nuevo título de firma compartida, esa mirada cromática se apodera de la cinta, resulta omnipresente, coloreando con calidez las penumbras de las habitaciones, los rostros de los personajes, los clarososcuros de un rodaje melancólico, llevando así la emoción interpretativa a un plano superior: el color del fotograma se materializa, muta y actúa. El melodrama clásico que es "Wonder Wheel" se inspira, como se dice durante la propia proyección, en las obras trágicas del dramaturgo Eugene O'Neil, o más hacia atrás en el tiempo aún, en las piezas canónicas del antiguo teatro griego, pero esa recuperación del pasado no caerá en la tentación de recurrir a la escala de grises: una historia típica del cine de los años 50, ambientada en esa misma época pero sólo en el fondo, no en la forma: luz y color: la feria de la niñez.
Una pareja protagonista prodigiosa: Kate Winslet interpreta a uno de los personajes más amargos que haya contemplado en el cine en los últimos tiempos y James Belushi irrumpe en la pantalla como no recuerdo haber visto nunca antes a este inquilino habitual de comedias intrascendentes: de nuevo actores que trabajan a las órdenes de Woody Allen firman unas actuaciones que se instalarán en lo más alto de sus carreras, trabajos para la posteridad. El matrimonio formado por Ginny y Humpty despliega una desesperada lucha cotidiana para encontrar asideros vitales, excusas para afrontar un presente en el filo de la marginación y un futuro que se aventura desolador. El único soporte que parece robusto es el pasado, evocado con nostalgia, y como emblema poderoso de esos tiempos, que siempre fueron mejores, se sitúa el parque de atracciones de Coney Island, mítica instalación lúdica del imaginario norteamericano que entró en declive después de la Segunda Guerra Mundial y que ha aparecido en multitud de películas: icono pop. Wonder Wheel, el nombre de su gran noria, instalación simbólica de ésta y de cualquier feria, emerge como un ojo gigantesco que parece escrutar la vida real de sus vecinos, la desgracia diaria que se pone en marcha cuando se para el carrusel y se desconectan las luces de neón. La fiesta continua, fachada alegre de cartón piedra, da paso a un ambiente opresivo: la feria convertida en infierno personal, en migraña crónica.
Para su lección anual de cine, Woody Allen retrata los sueños rotos y los que se van a romper, las esperanzas defraudadas que buscan salvavidas en amantes ocasionales, en ilusiones redentoras que se desploman sin misericordia, sepultando a sus ocupantes varios metros por debajo de donde se encontraban antes del flechazo: pagar la entrada, montarse en la atracción y terminar el viaje poco después, mareado e insatisfecho: la alegría efímera de las montañas rusas.

sábado, septiembre 10, 2016

"Café Society", de Woody Allen

Al rato de estar viendo la película, estaba claro que algo había cambiado. Los ojos, acostumbrados a disfrutar del cine de Allen con cadencia anual, percibían algunas diferencias nítidas en los encuadres y en el tratamiento de la luz. La cámara se hacía patente, en mayor medida, de lo que había sido en las cintas dirigidas por el director neoyorquino en los últimos veinte años, más o menos. Después me enteré de que por primera vez abandonaba el celuloide para rodar en digital, algo a lo que se ven abocados, quieran o no, la mayoría de cineastas de la actualidad, pero además me enteré de que, por primera vez también, Vittorio Storaro, ya mítico director de fotografía, había perfilado los fotogramas de una película de Woody Allen con su característica paleta de colores cálidos. Con todo esto, lo que me pareció realmente es que la obra del octogenario autor nacido en Brooklyn tiene aún capacidad suficiente para sorprenderme.
En su nueva lección de cine Woody Allen establece una soterrada confrontación entre Nueva York y Los Ángeles, sin pudor en cuanto a dejar claras sus preferencias. Hollywood en los años 30 es una fábrica de películas dominada por los grandes estudios, un ecosistema feroz donde codicia y talento deben intentar acomodarse en el mismo hueco y que apenas deja resquicio para penetrar en él a los que no están dispuestos a aceptar las reglas del juego ("El último magnate" en novela inacabada de Fitzgerald o en la película de Kazan es la referencia habitual). Y sin embargo en la costa este sucede otro tanto: Café Society es un término referido a la Jet Set de entonces, aquella que cada noche acudía a lujosos clubes nocturnos a lucir su posición social junto al resto de la manada de potentados neoyorquinos. Y a escuchar música en directo, claro, la que nunca para de sonar en el cine de Allen.
Todos quieren trabajar para Woody. Debe haber bofetadas por trabajar a sus órdenes: raro es el actor o la actriz que repite. Repartos llenos de nombres conocidos dispuestos a rebajar sus sueldos al mínimo. Para esta historia de desamor (de religión, de muerte, de familia: los temas constantes, los dobles sentidos, los enredos, todo enriquecido por la sabiduría vital de sus diálogos geniales) la pareja protagonista la forman Kristen Stewart, que está muy bien (Allen es un estupendo director de actrices: en los últimos diez años dos premios Oscar para ellas) y Jesse Eisenberg, que no tanto: el protagonista masculino de sus películas ya sabe que tiene que hacer el papel que Woody Allen, por edad, ya no puede encarnar, pero Eisenberg sólo sabe hacer de Eisenberg, me temo. A ellos se une, a última hora, Steve Carell en un papel que iba a realizar Bruce Willis, pero que Carell defiende a la perfección, el papel del tercero en discordia. Gran actor, también surgido de la comedia, pero que a diferencia de Eisenberg sabe adaptarse sin problemas a las necesidades del libreto, una trama que en "Café Society" retrata la nostalgia de amores antiguos, los que a pesar de los años siguen unidos por un hilo invisible, rescoldos que en un ningún caso conviene remover y que es mejor dejarlos donde están, adornando días felices de un pasado inexistente.

martes, mayo 17, 2016

"Stardust Memories", de Woody Allen

El chico más gracioso del barrio. Pero basta de comedias, esas que le han dado fama mundial: reafirmar el poder creativo, la independencia del autor para elegir, un derecho que sigue ejerciendo tantos años después (la emoción de la búsqueda de la belleza, el ánimo de alcanzar un instante que detenga el tiempo, un segundo en el que parezca que todo tiene sentido). El enclenque vecino de Brooklyn arrasado por la fama: autógrafos, conferencias, seguidores, abogados, contables, periodistas y, claro, mujeres: el amor voluble, el constante estado de enamoramiento: trucos de magia. El nostálgico hotel Stardust de Atlantic City suplanta al balneario al que acudía Marcello Mastroiani con sus gafas oscuras: el artista y la crisis.
En 1980, con diez películas en su filmografía (será poca cosa en comparación con las más de cincuenta que lleva dirigidas), Woody Allen realiza una mirada temprana hacia su ombligo, hacia la profesión de cineasta, un esfuerzo introspectivo que otros directores han llevado a cabo en algún punto de su carrera: Federico Fellini en "8½" instaurando el arquetipo, pero también François Truffaut en "La noche americana", Takeshi Kitano en "Takeshis'", Pedro Almodóvar en "Los abrazos rotos", Charlie Kaufman en "Adaptation": los ejemplos de metacine, de cine dentro del cine, no escasean.
Ozymandias Melancholia. "Nada queda a su lado. Alrededor de la decadencia de estas colosales ruinas, infinitas y desnudas se extienden, a lo lejos, las solitarias y llanas arenas", resuena en la última estrofa del conocido soneto de Percy Shelley, una idea que en más de una ocasión ha aparecido en la trayectoria de Allen. El director es un dios, un creador que mueve a la adoración a legiones de seguidores, fanáticos ciegos entregados a ese tío tan divertido, acólitos que sin embargo serían capaces de matarle por atreverse a un cambio de registro. Pero ¿qué quedará después de su muerte? ¿Cuál será su legado artístico? ¿Algo banal como una película de risa? Pero no es hacer reír cosa trivial, una sonrisa muchas veces alcanzada mediante el doble sentido: el gag que ampara un sentimiento más profundo, trágico incluso. Comienza la película con un tren cargado de gente triste, rostros grotescos de estética felliniana que se dirigen a un destino incierto, que sin duda merecen ser salvados. Y, sin pretenderlo, otra comedia, cómo no, el autor en su remolino. Pero para el público, no por el público.

viernes, marzo 21, 2014

"Sombras y niebla", de Woody Allen

La noche y el misterio. La amenaza en la sombra. Adoquines abrillantados por la pátina aceitosa del aliento susurrante de la niebla. Las calles decrépitas de una vetusta ciudad europea, laberinto mortal por el que vagan los asediados de antiguas guerras, los pasados a cuchillo en cientos de saqueos, los cuerpos sin cabeza de las revoluciones defraudadas. Es la atmósfera, el ambiente, el escenario, el auténtico protagonista de esta película, claro homenaje a los vampiros homicidas de Fritz Lang, a los de Murnau, a la troupe vagabunda de "El rostro" de Ingmar Bergman e incluso a otro maestro de la ambientación, Roman Polanski (señal nítida: Donald Pleasence estrangulado bajo el cartel "Cul-de-sac"). Los claroscuros propios del expresionismo alemán difuminados por la presencia borrosa de la niebla, generando un espacio onírico donde cualquier cosa puede suceder, donde detrás de cada esquina puede surgir el terrible asesino: otro Jack apareciéndose en los callejones espectrales de Whitechapel.

Un reparto tan impresionante como irregular en su desempeño: del mencionado Donald Pleasence a John Malkovich, de Jodie Foster a Madonna, de John Cusack a Kathy Bates: de Woody Allen a Mia Farrow. Kleinman, el personaje interpretado por Woody Allen haciendo, como siempre, de Woody Allen, dando la nota cómica habitual de hombre apocado, pusilánime, empujado a la calle por sus vecinos para engrosar, pobremente, la partida de caza del estrangulador que aterroriza el barrio. Una noche de tensión y de angustia para el asustadizo Kleinman, que vagará por la ciudad insomne señalando paradas en el burdel, en la morgue, en la iglesia, hasta terminar en el circo (el sexo, la muerte, la religión, el espectáculo), y son tantas las referencias cinéfilas que acuden en cada uno de esos lugares, que mencionarlas sería enciclopédico. Suenan los acordes de "Mackie el navaja" de "La ópera de tres peniques" de Bertolt Bretch, y para adentrarse en la película no hay ni que abrir los ojos.


A propósito de ambientes sombríos pero circenses, hoy he visto esto.


jueves, enero 09, 2014

"Broadway Danny Rose", de Woody Allen

Durante décadas un par de nombres, que se hicieron familiares al espectador e indisociables al propio nombre del celebérrimo director neoyorquino, aparecían acompañando al de Woody Allen en los créditos de sus películas: letras blancas sobre fondo negro surgen en pantalla mientras suenan unos suaves acordes de jazz: tipografía Windsor como marca de fábrica, permitiendo la identificación inmediata del autor que mostrará su celuloide acto seguido. Charles H. Joffe y Jack Rollins fueron los representantes de Woody Allen desde los años cincuenta, y hasta la época actual (Joffe falleció en 2008 pero Rollins, a pesar de almacenar casi cien años, sigue figurando en el equipo de la obra más reciente de Allen, "Blue Jasmine"), aparecen, no sabría decir en qué película no, participando en la producción del universo alleniano.

Si en "Broadway Danny Rose" Woody Allen pretendió reflejar cómo era su relación con sus managers, qué tipo de personas eran las que se ocupaban de las facetas más mundanas de su ya (1984 es la añada de la cinta) por entonces exitosa carrera, si ésa era su intención, no cabe duda de que Allen estaba muy contento con ellos. Danny Rose (Woody Allen) es un agente de artistas de segunda (o bastante más allá) fila: instrumentistas de copas de agua, modeladores de globos hinchables, xilofonistas ciegos, hipnotizadores capaces de dormir pero no de sacar del trance a sus... víctimas. Danny Rose pierde más tiempo y dinero con su humilde troupe del que sería soportable para la supervivencia de su negocio. Pero su optimismo incombustible y su amor por el vodevil, superan cualquier inconveniente. Entre sus protegidos hay uno que parece que puede llegar a triunfar, el cantante Lou Canova (Nick Apollo Forte), un one-hit wonder de los años dorados del rocanrol (su mayor éxito es una canción sobre la indigestión de comida italiana, "Agita"), reconvertido a cantante melódico al estilo Tom Jones (el tigre sexual más hortera del escenario) al que se le presenta la oportunidad de un buen contrato. Pero Lou tiene una amante, Tina (Mia Farrow), rubia vampiresa suburbial, malhablada y malhumorada: la chica del gangster. En esta historia Woody Allen intentó acercarse a la comedia italiana y ese espíritu se traslada al entorno familiar del personaje de Mia Farrow, Tina Vitale (Mia Farrow está irreconocible, escondida tras unas enormes gafas negras y un carácter chulesco y distante: gran actriz), y al estilo mafioso de un antiguo pretendiente que, celoso y pasional, confunde a Danny con Lou: ¡vendetta! El enredo inevitable de las películas de Woody Allen está servido y ese error de identificación es la peligrosa anécdota acerca de Danny Rose, que un grupo de veteranos personajes del gremio de la actuación recuerdan muertos de risa en una mesa del restaurante Carnegie Deli de Nueva York: memorias de la profesión que introducen la película como una historia muchas veces contada, recuerdos en sepia que se vuelven leyenda y que arrojan la sensación de asistir a un homenaje crepuscular, la descripción de un negociante honesto y apasionado, un arquetipo extinto que se vuelve legendario: Danny Rose, ese ingenuo enamorado de las candilejas y de los aplausos.


miércoles, diciembre 18, 2013

"Misterioso asesinato en Manhattan", de Woody Allen


I can't listen to that much Wagner, ya know? 
I start to get the urge to conquer Poland.
Larry Lipton

Tú has visto demasiadas películas. Seguro que esa frase hecha se la hubiera soltado Larry (Woody Allen) a su mujer, Carol (Diane Keaton), para recriminarle sus descabelladas sospechas, si el guión no lo hubiera escrito Woody Allen, papeles que suelen estar llenos de citas para la posteridad como la que encabeza esta entrada. Tú sí que ha visto demasiadas películas, Woody, sólo hay que contabilizar las referencias a cintas de otros que incluyes en tus obras. En ésta, "Perdición" de Billy Wilder y su tórrido crimen pasional con fraude a compañía de seguros incluido, al que Edward G. Robinson plantará cara (y olfato). O el pimpampum a tiros en un laberinto de espejos del final de "La dama de Shanghai" de Orson Welles. O, afilada ironía, el recuerdo a los seis meses necesarios para comprender los flashbacks oníricos de "El año pasado en Marienbad" de Alain Resnais. Apuntalas tus películas en hombros de gigantes, Woody, mientras despliegas tu propio armamento y nos dejas boquiabiertos con la química poderosa que tu pareja en el celuloide, Diane Keaton, combinaba como ninguna otra. Veinte años después, se echa de menos un reencuentro: la última oportunidad se desvanece como la foto familiar de Marty McFly.

En "Misterioso asesinato en Manhattan" se percibe atrevimiento visual, Woody, la cámara en mano y la improvisación latente para trazar el ritmo alocado de una comedia viva que, como siempre y hasta la actualidad, construyes sobre el establecimiento de un hilo argumental sencillo al que se proporcionan múltiples matices, segundas lecturas, encrucijadas vitales. El asesinato verdadero que trasciende de la película es el de la vida de pareja. Larry capitula y aparta el rechazo que le producen las conjeturas de Carol (¡Guarda algo de locura para la menopausia!) porque en otro caso se produciría el fracaso de su relación, amenazada por un recién divorciado con piel de amigo (Alan Alda) al que le sobran motivos pasionales y empiezan a faltarle barreras morales. La trama de la investigación amateur, enredo ingenuo, se llena de clichés del género negro proclamando la banalidad de una parte de la historia: el conflicto está en la puerta de al lado, no detrás de aquella otra donde se ha producido un misterioso asesinato, en Manhattan, Woody, por supuesto, tu territorio mítico, isla tumultuosa donde se produce la paradoja moderna (aquí como allí) de desconocer al vecino, de ignorar la cara que ronca durante décadas a escasos metros de nuestro propio dormitorio.

La película es una vieja idea tuya para "Annie Hall" que entonces no tuvo cabida. ¿Dónde apuntas tus ideas Woody? ¿Cuántas te quedan aún? Ay, Woody, lo que te toca aguantar en los últimos tiempos, cada año enfrentando tus ganas de hacer cine con las opiniones impías de los apasionados por lo inmóvil. Algún día te encontrarás con un airado cinéfilo que sólo espera que corras menos que él. Y correr no se te da nada mal: hiciste alarde de ello: Take the money and run. ¡Turista! Te increpan por hacerte las europas. ¡Pesetero! Te califican confundiendo tu permanente estado cinematográfico, tu destino aparente de vivir rodando, con la codicia de la taquilla segura tras tu firma prestigiosa en los créditos. No se dan cuenta de que resta aún más cine en tu semicerrado ojo izquierdo que el que muchos tendrán no en una vida, sino en un ciento de ellas. Donde unos aprecian fórmulas agotadas, percibo intentos de renovación, de escapar del anquilosamiento. Donde otros bostezan su menosprecio, a mí me siguen encandilando tus fotogramas. Será que después de aspirar tanto vinagre crítico ajeno entro a la sala sumido en precauciones para terminar la proyección encantado, disuelta la preocupación, que ha resultado más estéril que el primer soplido del lobo feroz. Una vez más. Y que dure.
Feliz Navidad, Woody.


jueves, noviembre 28, 2013

"Blue Jasmine", de Woody Allen

Pretty Woman se cayó del pedestal, alguien le quitó la nube bajo los pies y ella aterrizó en el duro asfalto del fin de mes y el empleo precario: en el suelo se aprecia un cráter de un tamaño considerable. Los cuentos de hadas clásicos relatan la parte más interesante de la historia, la del encuentro mágico y el enamoramiento inmediato, un afán romántico entorpecido por los manejos viles de brujas y nigromantes. Terminan esos cuentos asegurando al lector que la pareja vivió feliz hasta el resto de sus días, extirpando cualquier inquietud pesimista de tedio y hartazgo, de odio cotidiano y deslealtades amatorias, un peaje que hasta el más consumado amor verdadero se puede encontrar con el paso de los años. Y ningún cuento de aquellos se atrevería a concluir con el príncipe azul colgando de una soga en la soledad aterradora de la celda de una cárcel (¿fue así el final de Bernard Madoff? Si no así, fue parecido) y con la princesa no menos azul deambulando sonada por las calles de la ciudad, balbuceando recuerdos dorados a los oídos muertos de las farolas.

Comedia amarga esta última de Woody Allen, dirigiendo de nuevo con maestría a una actriz y obteniendo de Cate Blanchett una actuación impresionante. Si en las películas de Woody Allen en las que no sale Woody Allen un actor recoge el testigo de interpretar el papel arquetípico del neurótico intratable, del psicoanalizado sin solución atrapado en multitud de angustias vitales, ahora ha sido la rubia actriz australiana la portadora del encargo. Y lo ha realizado a la perfección. La pija caída en desgracia que se ve obligada a trabajar para ganarse el pan y que se va a vivir con una hermana que habita varios peldaños por debajo en el escalafón estúpido que la sociedad establece en función del dinero que maneja cada cual, como si el único valor humano lo atestiguara la cuenta corriente. Y esa bajada de la escalera se retrata como un auténtico descenso a los infiernos para la pobre Jasmine: es imposible apretarse el cinturón cuando en la hebilla pone Chanel: para el resto nos es tan sencillo como coger un punzón y hacer otro agujero en el cuero. O en el plástico.

¿Cómo ser millonario/a? Cásese con uno/a. En "Las tres noches de Eva", aquella maravillosa screwball comedy dirigida por Preston Sturges, Barbara Stanwyck intentaba echarle el lazo a Henry Fonda aparentando ser una rica heredera: lo importante es que no piensen que los quieres por su dinero. Así, la fachada construida es una mentira que no tarda en desmoronarse y que deja en evidencia a la pretendiente, toda vez que el amor ya ha llegado y el vil metal había pasado a ser un interés inexistente. Una patraña es mal terreno para la confianza mutua. "Las tres noches de Eva" encontraba el camino (más bien el enredo característico del género) para que, también, los amantes vivieran felices hasta el resto de sus días. Porque lo importante es la esencia de la persona, el mono desnudo cubierto únicamente de sus bondades, si las tuviera. Eso nos decía Sturges entonces y lo muestra ahora Allen en otro de sus guiones magistrales. Otra de sus lecciones anuales de cine.


miércoles, junio 29, 2011

"Midnight in Paris" de Woody Allen

Por los pelos: último día en cartelera pero hubo cita con Woody, un encuentro que raramente defrauda. Allen se aplica el cuento que cuenta en "Midnight in Paris", mejor dicho, su moraleja, y no mira atrás, él mira siempre hacia el siguiente rodaje, enlaza uno con otro: con cadencia anual, su lección periódica y magistral de cine.
Viaje al pasado: mejor viajar al pasado que al futuro, un espacio incógnito este último que puede producir angustia, ansiedad ante el porvenir, miedo al mañana: para qué saber: ya vendrá. Sin embargo el pasado, el planteado en "Midnight in Paris", es un terreno explorado literariamente, fantasmas transitados, nombres legendarios, un espacio onírico que, de repente, se llena de verdades. Es el territorio mítico de la nostalgia, aunque se trate de melancolía del pasado de otros, de unas vidas que nos parecen plenas de talento, de creatividad, de experiencia y de autenticidad. Esos, los auténticos, los veraces: ídolos seguros.
Pero el pasado es una memoria incompleta, así nuestro propio pasado, porque, como decía Borges, la segunda vez que recordamos algo no recordamos el hecho que produjo la impronta sino que recordamos el recuerdo y por tanto ya es falso: toda anécdota es ajena: ¿quién puede decir que es el mismo de hace veinte años? O de ayer. Echamos la vista atrás y no nos reconocemos.
Woody Allen llena los fotogramas de clichés mascados, de tópicos fácilmente consumibles, casi caricaturas, que identifican a los personajes tan bien como su nombre o su inmortal obra. Colección de músicos, escritores, pintores que dejaron su huella en París en los años 20 del siglo 20 e hicieron historia, historia universal. Sí, ese también sale. Artistas para los que su obra es un salvavidas, un asidero imprescindible, el objetivo vital que en muchos casos será reconocido post mortem y en muchos otros casos, en muchísimos más, para los que no aparecen en la película y en casi ninguna parte, ni siquiera la muerte traerá la gloria. Su presente, el de todos ellos, no era tan maravilloso como nos lo parece desde el futuro. Pero, ¿qué más da? El cuadro pertenece al autor mientras está pintando en él, después es un artefacto para la contemplación de otros o, mejor aún, un soporte al que dar la vuelta para seguir pintando.
Corre. Tu edad de oro es hoy.

jueves, septiembre 02, 2010

"Conocerás al hombre de tus sueños", de Woody Allen

Una comedía de Woody Allen: un género cinematográfico propio. Una lista que se incrementa anualmente con una cadencia que parece infinita, al menos hasta que la barrera de la edad (o de la muerte que tarde mucho en llegar) se imponga. La lección anual de cine por parte del genial guionista y director.
Comedias de la alta sociedad (de nuevo Londres en vez de Nueva York pero es lo mismo) que por repetidas terminan siendo comedias costumbristas y, como de costumbre, llenas de tics reconocibles. Matrimonios pijos de ínfulas bohemias que asisten desolados al final del amor: el desencanto de la realidad se baja del escenario, emerge del cuadro o escapa del texto: de joven prometedor se pasa a ser una promesa falsa de 38 años. En lugar de psiquiatras, esta vez tenemos astrólogos, médiums, adivinadores, pero las mismas dudas existenciales que provocan el consabido humor de diván marca de la casa, aunque hoy los chistes no sean tan buenos como en otras ocasiones. Será que es una comedia de Woody Allen en la que no aparece Woody Allen: se echa de menos al comediante genuino. Y eso que se nota que el reparto que toque siempre intenta dar lo mejor de sí mismo cuando trabaja con el neoyorquino, pero el resultado es dispar: Josh Broslin no da el tipo ni siquiera cuando enseña la (gran) barriga que ha incorporado al papel: innecesaria transformación denironiana; Anthony Hopkins unicamente deja una buen fotograma cuando se pone amenazante (Clarisssss...) pero la función ya está terminando; Antonio Banderas sigue sin sacudirse del todo su anclada imagen de latin lover y Naomi Watts hace de Naomi Watts (creo que la única vez que la he visto acercarse a un rol cómico fue en "King Kong" de Peter Jackson: lo demás tiende a ser de carácter atormentado). La que está magistral es Gemma Jones en su papel de madre/esposa desnortada: el espíritu del autor se encarna en una divorciada sesentona adicta al esoterismo. Y al whisky, claro.
Destellos. Demasiadas veces escrita la palabra costumbre: se apaga la sorpresa, se mitiga el interés: se obtiene lo que se espera. Queda la sensación del agradable reencuentro con el cine del fiel clarinetista, que no es una sensación menor, pero si alguien ve por primera vez una película de Woody Allen y es esta, por favor, que corra al videoclub y coja, por ejemplo... un montón de ellas.

sábado, noviembre 10, 2007

"Scoop", de Woody Allen

Londres, alta sociedad inglesa, romance entre personas de distintas clases sociales, asesinatos, Scarlett Johansson, Woody Allen. ¿Has visto "Match point"? No, "Scoop", pero se parecen mucho, o a mí me lo parece. Dos películas tan iguales, tan distintas.
"Scoop" sería "Match point" si en "Match point" hubiera actuado Woody Allen. Como una de ellas se limitó a dirigirla, han salido dos películas diferentes. Y es que su actuación, sus gestos, sus chistes condicionan el carácter de sus filmes: comedias de Woody Allen: si sale él, el drama es imposible. A Scarlett Johansson le sucede lo contrario: no la veo graciosa, solamente agraciada (pero es buena actriz aunque sus registros, sus papeles, deban ser otros), que es algo muy distinto. Su actuación en "Scoop" me parece forzada, poco natural, como si estuviera nerviosa ante el examen de hacer reír al público. Sin embargo convierte el problema en adorable ingenuidad y así consigue salir del paso.
"Scoop" le ajusta las cuentas a "Match point" permitiendo que la asesinada venza al asesino en la siguiente película, cerrando el círculo, dándole a la anterior el final feliz que no tuvo.
Y todo lo demás que pasa en la película (las actuaciones del mago, los difuntos que acompañan a la muerte en el barco, las apariciones del fantasma del periodista, la sala de los instrumentos, las fiestas) son las delicias que hacen que no apartes la vista de la pantalla durante 90 minutos. Una comedia de Woody Allen. Otra gran comedia.

From Wikipedia:
  • Scoop (term), a news story, particularly connotating a new or developing story with aspects of importance and excitement, normally an exclusive for the journalist involved

domingo, mayo 20, 2007

"Hannah y sus hermanas", de Woody Allen

El cine de Woody Allen es un género fílmico por si mismo y esta película, sin duda, es un arquetipo de tal categoría. Comedias que surgen de las vivencias de la clase media-alta neoyorquina, grupos de economía pudiente con inquietudes culturales de vanguardia y que se consideran herederos de los beatnik de mediados del siglo XX, aunque solo sea por la estética. Arquitectos melómanos, economistas poetas, vestidos con jerseys de lana, recorren las galerias buscando cuadros de pintores malditos que queden bien colgados sobre la chimenea de la mansión (54 millones por un Rothko ¿y ese quién es? ¿Rothko Sifredi?). Opera y jazz: la música de los nobles y la música de los esclavos, fagocitadas por bohemios con pasta atrapados en sus contradicciones, eternamente insatisfechos: carne de psicoanalista (en "Match Point" terminarán liandose a tiros, culminando violentamente la necedad de sus ambiciones).
Hay dos películas: la de las tres hermanas y la del personaje interpretado por el director.
Tres hermanas. Mia Farrow, Hannah, ejerce de actriz triunfadora, casada feliz, mientras que sus hermanas han tenido distinta suerte. Las apariencias ocultan la envidia que la situación de Hannah produce en sus hermanas: una de ellas se liará con el marido de Hannah, mientras que la otra escribirá un libro donde desvelará detalles de su vida privada (además de enamorarse del primer marido de Hannah, el propio Woody). Mia Farrow se encontrará en la vida real con un argumento similar al de esta película, solo que el marido no se enamora de una hermana, sino de su propia hija: la realidad que supera todo lo que se te ocurra.
Woody Allen encarna el papel de un estresado productor de televisión (se ha estrenado la serie de televisión "Studio 60" en Canal +, donde se puede comprobar cómo se alcanza un nivel de estrés de grado superlativo trabajando en ese medio). Hipocondriaco y paranoico, iniciará la búsqueda del sentido de la vida (su transición al catolicismo dará lugar a los pasajes cómicos más logrados de la película). El personaje lo repetirá miles de veces pero siempre logrará sorprender (ha dirigido más de 40 películas en 40 años de carrera: vaya marca).
Obra maestra llena de diálogos inteligentes, una de este director de las que no se pueden dejar de ver. Y disfrutar.

sábado, enero 21, 2006

"Match Point", de Woody Allen


Una furtiva lágrima. La infinita insatisfacción humana, que le ha conducido a través de milenios de evolución, buscando un estado imposible de felicidad plena. El sino de la especie. Lo tienes todo y sigues mirando de reojo la posesión de tu vecino. Si te paras te mueres.
Woody Allen engaña al espectador en el primer acto, ofreciendole de nuevo un vistazo a la vida de las clases altas, como en tantas otras de sus películas: da igual Manhattan que el centro de Londres: muchas galerias de arte, restaurantes selectos, suena opera en esta ocasión. Infidelidades y neurosis, parece lo de siempre; pero de repente construye una tragedia violenta, brutal, a escopetazos, el desenlace que nadie se espera. Y casi sin darte cuenta, te acaba de dar su lección anual de cine.