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lunes, julio 02, 2018

"Todo el dinero del mundo", de Ridley Scott

Si por algo pasará esta película a la Historia del Cine, será por ser la primera cinta en la que, después de estar completamente rodada y a un mes de su estreno, se suprime del celuloide a uno de sus actores protagonistas (el nombre de mayor relumbrón del elenco, por cierto), reemplazando sus tomas, realizándolas de nuevo con un actor distinto. Sí, supongo que esta maniobra de sustitución ya debió llevarse a cabo en alguna ocasión anterior: por fallecimiento repentino, por problemas contractuales, por un resultado insatisfactorio, o whatever. Pero que esta cirugía extrema, dispendio innecesario además, que consumió la quinta parte del presupuesto de la producción, sea provocada porque el sujeto tachado del plano se haya distinguido por sus pésimas maneras en el día a día laboral y por desarrollar una voracidad sexual indisimulada y procaz, bueno, sin duda corren malos tiempos para los abusos de poder. Por lo que a mí me toca, que corresponde únicamente a los fotogramas vistos, no a los que han resultado invisibles y sus circunstancias, quizás Kevin Spacey, ese cadáver cinematográfico insepulto, estuviera bien o incluso muy bien en el papel del magnate Jean Paul Getty, pero la encarnación del mismo por Christopher Plummer me parece insuperable. 
Hubo un tiempo, previo a los récords inauditos en subastas de cuadros de Sotheby's o Christie's (así, con sus apóstrofos chic), en el que la oreja mutilada más famosa del mundo no fue la del pintor Van Gogh, sino la de John Paul Getty III, nieto del hombre más rico del planeta a principios de los setenta: el vampiro, el avaro, solitario tío Gilito zambulléndose en una piscina de dinero, Ebenezer Scrooge espantando fantasmas en su lóbrega mansión victoriana. Christopher Plummer convence como también lo hace la puesta en escena de abarrotadas calles romanas y agrestes pasajes calabreses: a Ridley Scott es difícil pillarle en esas.
John Paul Getty III secuestrado y liberado: la película aporta un final feliz, redención de los que sufren, ahorrándole así al espectador la penosa existencia que le esperaría al joven Getty después de su odisea italiana. Terminaría tetrapléjico, medio ciego y mudo debido a un infarto provocado por el abuso de drogas cuando sólo tenía 24 años y se pasaría tres décadas secuestrado en una silla de ruedas, hasta su fallecimiento, sin síndrome de Estocolmo que le aliviase la pena. El abuelo murió tres años después del fin del secuestro, aunque la película intenta que el espectador piense que ambos sucesos fueron simultáneos, falseando cierta justicia poética. En cualquier caso desheredó al nieto: no tuvo mucha suerte en la vida John Paul Getty III, anclado a una estirpe maldita, infectada de codicia y dolor ajeno, el abono propicio para panteones podridos de dinero.

domingo, noviembre 15, 2015

"Marte (The Martian)", de Ridley Scott

 Salvad al soldado Ryan... otra vez. La pregunta que falta formular en "The Martian" es si el astronauta Mark, interpretado por Matt Damon, que fue aquel Ryan de Spielberg, está dispuesto a que otros pongan en peligro sus vidas, una muerte mucho más allá de lo probable, en un azaroso intento de rescate. Ya quedó claro en "Europa One" de Sebastián Cordero, que en este tipo de aventuras la supervivencia del individuo es deseable pero no imprescindible. Para la NASA la misión es lo primero, sin duda alguna, y el que se apunta al viaje lo tiene claro. Quizás en "The Martian", para rematar la americanada en la que se convierte la película en su tramo final, hay que dejar muy claro el espíritu inspirado por el lema "Leave no man behind" del ejército estadounidense: Ridley Scott ya lo había escrito con letras de oro en la estupenda "Black Hawk Down".
Pero aquella cinta bélica se convertía en un reportaje periodístico, con los soldados del Tío Sam recibiendo una zurra considerable en las calles de Mogadiscio, mientras que "The Martian", reflejo de la novela homónima de Andy Weir, es pura ficción. Ficción científica, sí, pero ficción (para saber cuánto hay de ajustado en la parte científica del metraje, merece la pena darse un paseo por este artículo de Naukas, web de referencia para interesados por escritos de divulgación amenos pero realizados con rigor). No dejamos nadie atrás: las sagas "Rambo", protagonizada por Sylvester Stallone, o "Desaparecido en combate", con Chuck Norris, ya habían dejado patente en plena era Reagan que aquella frase era una gran mentira.
¿Dije americanada? Más aún, una parodia, un guión alimentado de tópicos que desemboca en improbable catarsis global: esas multitudes contemplando pantallas gigantes de televisión en las capitales más importantes del mundo, conteniendo el aliento, escenas vistas tantas veces en el cine menos trabajado: en "Independence Day" de Roland Emmerich, en "Armageddon" de Michael Bay, o, por supuesto en "Mars Attacks" de Tim Burton, parodia genial que sabía que lo era, mientras que las otras del grupo pretendían no saber que lo eran. Esa catarsis inducida es la demostración de que se intenta infiltrar emociones en una película fría, falta de conflicto. Así, la epopeya del ingenioso Robinsón espacial, no alcanza el grado de emoción de otras películas astronómicas recientes, de gran éxito, a la estela de las cuales se sitúa, como son "Interstellar" de Christopher Nolan o "Gravity" de Alfonso Cuarón. Ante esas tiene poco que hacer. Aunque se pinche un guante.