¿Qué fue primero, la música o la tristeza?
La gente se preocupa porque los niños jueguen con armas, o vean vídeos violentos, pensando que ese tipo de cultura de la violencia les afectará demasiado. Pero nadie se preocupa por niños que escuchan miles, literalmente miles de canciones sobre corazones rotos, rechazo, dolor, tristeza y pérdida.
¿Escuchaba yo música pop porque estaba triste?
¿O estaba triste porque escuchaba música pop?
Rob Gordon, "Alta fidelidad"
Aquel monólogo que pronunciaba John Cusack en la película de Stephen Frears, aquella cuestión existencial que se planteaba al espectador, que seguro que había consumido también mucha música pop, era realmente inquietante. ¿Hubiera sido, entonces, un mozalbete feliz en vez de un chaval introvertido y airado si hubiera sintonizado más AM y menos FM? ¿Habría habitado una sonrisa permanente en mi cara si no hubiera escuchado constantemente las canciones, títulos a rotulador en las cintas TDK, de una interminable lista de grupos que ni siquiera voy a intentar enumerar? ¿Por qué aquella melancolía? ¿Y por qué la del joven Lorenzo (Jacopo Olmo Antinori), un niño bien amado por sus padres pero al que le resulta complicado conectar con algo que no sea su portátil y su mp3? La música, fijo: Rob tenía toda la razón. "Boys don't cry" de The Cure, la canción que Lorenzo enchufa en sus auriculares al comienzo de la película, seguro que tiene gran parte de culpa: las míticas melodías del grupo de Robert Smith sumergían en aguas cenagosas, ofreciendo a cambio, contradicción irresoluble, la redención del espíritu.
Pero los motivos de la tristeza de Lorenzo, de su deseo de aislamiento (son los auriculares tapones, que no altavoces), que le llevan a realizar su plan de esconderse en el sótano familiar, intrépido anacoreta adolescente (los ojos de Lorenzo son fieros, voraces), no son importantes para la historia de "Tú y yo", traducción educada para el "Io e te" del título original: mantener el orden italiano de los pronombres hubiera dado lugar a un cartel más impactante ("Tú y yo" además ya estaba cogido: el romántico encuentro en el Empire State entre Cary Grant y Deborah Kerr, dirigido por Leo McCarey, y que inspiraría, décadas después, el de Tom Hanks y Meg Ryan en "Algo para recordar" de Nora Ephron). A Lorenzo, ese aprendiz de Scrooge, misántropo y asqueado, prematuramente de vuelta de todo, le va a visitar una noche el fantasma de las navidades futuras, su hermanastra Olivia (Tea Falco). Olivia es un cruce de caminos perdido en medio de ninguna parte, entre las drogas y el arte, agotada por la notable aspiración de apurar todos los placeres que ofrece la vida. Olivia es la advertencia (despierta, Ebenezer) y también el amor prohibido: el sexo está en la mente freudiana del espectador, no en el celuloide. ¿Qué se llevaría un chico de 14 años a una isla desierta? A Olivia, naturalmente, lo único que no tiene, lo que en verdad necesita. Y, cerca del final, un lento mecido por la versión italianizada de los acordes del "Space Oddity" de David Bowie (titulada "Ragazzo solo, ragazza sola", soledades interferidas, una letra distinta pero cantada por el propio Bowie en 1969), más que suficiente para que los condenados del dilema de Rob Gordon salgamos de la sala silbando sonrientes, redimidos de nuevo por la música y, por supuesto, por los magistrales fotogramas de Bertolucci.

