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sábado, julio 27, 2013

"El ansia", de Tony Scott

Por la senda de hemoglobina bélica y feroz de "Abraham Lincoln: cazador de vampiros", hacia otra historia vampírica, mucho más estilizada y sensual, en esta ocasión: poco tienen que ver una con otra, aparte de la implacable sed de sangre. Tres décadas separan ambas producciones y si "Abraham Lincoln: cazador de vampiros" resulta convencional para la época actual, incluida la transgresión del mito nacional de Lincoln (ya no se respeta nada, es cierto, pero Mel Brooks o Monty Python ya daban abundantes muestras de ello long time ago), "El ansia" (1983) resultó más impactante en su día, tanto como incomprendida: fracaso en taquilla y rechazo de la crítica. A principios de los años ochenta el noir se vuelve blue. Las películas se llenan de atmósferas oníricas ambientadas en grandes estancias atravesadas por largas cortinas blancas mecidas por el viento, en penumbras azuladas espantadas por el vuelo intruso de unas cuantas palomas urbanas, mientras llueve en la calle iluminada de neón y una tenue música electrónica se inserta suavemente en la acción. Cuero negro y gafas de sol para apagar las estrellas de la noche. Ridley Scott, Michael Mann, Adrian Lyne, Alan Parker. La estética cinematográfica que se establece en aquella década para el cine comercial de prestigio es muy reconocible: la new wave lo invade todo: la música, la publicidad, la imagen. Nuevos románticos engullidos por la máquina del tiempo.

Catherine Deneuve, David Bowie y Susan Sarandon. El erotismo que desprende este ménage à trois vampírico es incuestionable, arrebatador, más aún, claro, cuando la ambigüedad de Ziggy Stardust desaparece de escena y las dos actrices, que nunca se han distinguido por su pudor frente a la cámara, prenden fuego a los fotogramas con tanta pasión como elegancia. La vampira Miriam (Catherine Deneuve) busca compañía para mitigar su soledad milenaria. Compañía a cualquier precio, amistad a la fuerza, el amor a las cadenas para una relación de sumisión absoluta: el ansia y la opción de aplacarlo establecen una alegoría directa con los años de la eclosión del SIDA y la adicción a la heroína dominando las calles. El vampiro es un drogadicto y Sarah (Susan Sarandon) escenifica a la perfección el mono del dependiente, el terror compulsivo de la abstinencia. El drogadicto es un esclavo. Miriam y Sarah: Lakmé y Mallika: Catherine Deneuve toca al piano el pasaje del "Dúo de las flores" de la ópera "Lakmé" de Leo Delibes (Tony Scott volvería a utilizar esa melodía, esa canción, en otra escena inolvidable: el duelo verbal entre Dennis Hopper y Christopher Walken en "Amor a quemarropa") y ese momento de sensualidad contenida es suficiente aval para disfrutar de la primera película de Tony Scott, fallecido recientemente, un director que, aunque irregular en los recursos que ponía en escena ("El ansia" tiene un final..., eso, irregular), solía contar con buenos repartos y no tenía por costumbre aburrir al espectador con sus películas. No es poca cosa.