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domingo, abril 08, 2018

"El sacrificio de un ciervo sagrado", de Yorgos Lanthimos

La razón y la superstición enfrentadas en duro combate mortal. En tiempos arcanos se realizaban sacrificios humanos para contentar a temibles deidades vengativas: detén tu mano, Abraham. La finalidad de la violencia era congraciarse con el destino, restituir el equilibrio en el mundo (el karma, el talión), y cuanto más profundo fuera el significado del holocausto, cuanto más querida fuera la víctima, mayor era el efecto de la sangre derramada sobre la fortuna esperada. O así se creía.
El cine de Yorgos Lanthimos ha sabido apuntar con precisión de francotirador hacia las paranoias existenciales del hombre moderno, un pretencioso sabelotodo que piensa que tener acceso a la información equivale a dominarla. La negación de las convenciones establecidas por las generaciones anteriores conduce a abismos de locura, a realizar saltos de fe que terminan con un cretino precipitándose al vacío. La filmografía del director ateniense supone una brillante colección de ejemplos de experimentación con las emociones de la raza humana, ratoncillos de laboratorio que son llevados a extremos vitales donde no queda otra cosa que pesimismo y desconcierto. La educación social, las relaciones afectivas, el miedo al compromiso, la muerte, la desconfianza en la justicia, temas que apuntalan títulos rotundos como "Canino", "Alps", "Langosta" o "El sacrificio de un ciervo sagrado". Cine extraordinariamente bien realizado: la cámara se coloca en ángulos desacostumbrados para a su vez descolocar el foco del espectador, llevar su mente a otra parte y hacerle obviar molestos prejuicios y reconfortantes certidumbres.
Con "Langosta" Lanthimos asumió el tránsito hacia repartos internacionales, fuera del localismo actoral griego que tan buenos frutos le proporcionó, éxito construido sobre actuaciones memorables como las de la actriz Aggeliki Papoulia, y que ahora se manifiesta en cierta perdida de naturalidad a la hora del desarrollo de sus demoledores personajes. De esa internacionalización repite el irlandés Colin Farrell y no está de más admitir que nunca le había visto mayor convicción en la pantalla que trabajando a las ordenes del director griego: notable actuación a la que se une la del joven Barry Keoghan interpretando a Martin, ese inquietante chaval. Hace poco leí que Colin Farrell volvía a ingresar en una clínica de rehabilitación buscando desintoxicarse de sus demonios interiores: quizá fuera mejor que se buscase un ciervo sagrado al que sacrificar y que ese acto terrible le alejase del vicio para siempre. Eso o un exorcista.

domingo, diciembre 23, 2012

"Alps", de Yorgos Lanthimos

Afectos de remplazo. ¿Qué no darías por recuperar lo que la muerte arrebata de modo implacable? La imposibilidad física del retorno (excepto el Lázaro aquel, al menos para los creyentes, aunque recuerdo una estupenda novela llamada "Descansa en paz", de John Ajvide Lindqvist, en la que la puerta de regreso se abría de par en par, produciendo un jaleo organizativo considerable. De la pluma de este escritor sueco también salió la historia que dio lugar a una de las mejores películas de los últimos años: "Déjame entrar", de Tomas Alfredson), el que se va ya no vuelve, pero habrá una posibilidad psicológica, una disparatada opción que sirva para llenar el desolador vacío. Y encima hacer negocio.

En "After life", de Hirokazu Koreeda, a los recién fallecidos se les prepara un escenario, un set de rodaje a la entrada del túnel (¡No vayas a la luz!, como le decían a la niña de "Poltergeist", de Tobe Hopper), escala obligatoria de parada y fonda, donde reconstruirles el que consideren como mejor recuerdo de su vida para que ese momento les acompañe durante su viaje a la eternidad: felicidad al instante. En "Alps" sucederá algo parecido pero de este lado, mundo de vivos: la impronta que dejamos a nuestro paso puede resultar trivial hasta que de repente esa nadería falta. Una presencia cercana en el sofá, los acompasados ronquidos nocturnos o que, siempre igual y se lo he dicho ya cien veces, dejara abierto el tubo de la pasta de dientes: todo se echa de menos, lo molesto también.

Cine efectista (que no quiere decir que esté lleno de efectos especiales, claro, la puesta en escena es más bien minimalista) en cuanto a que sorprende e impresiona, como ya pasaba en otra película vista de este director, la demoledora "Canino" ( en "Alps" y "Canino" será fundamental la actuación de la actriz Aggeliki Papoulia: convincente hasta la médula), y que conduce al espectador a reflexiones profundas sobre temas inherentes a la esencia del ser humano, ese bicho tan raro.