martes, julio 18, 2017

"Silencio", de Martin Scorsese

Acusar a esta película de proselitismo sería tan obvio como superfluo: el espectador común siempre manifestará sentimientos de compasión hacia las víctimas y de repulsa hacia los inquisidores, sea la religión que sea sobre la que se ponga el foco, pues la libertad de culto es uno de los derechos fundamentales del ser humano. Pero en este caso se trata de cristianismo: es la religión católica, su historia más doliente, la retratada, y el anticlericalismo moderno encontrará un hueso duro de roer en esta cinta, retrato de persecuciones y martirios: los malos son los otros. Y, sin embargo, ese no es el tema de la película.
Veo esta adaptación fiel que ha realizado Martin Scorsese de la novela homónima del escritor japonés Shūsaku Endō y lo que contemplo es la ilustración certera de la duda, de una manera mucho más evidente pero con el mismo cariz intelectual que ya se encontraba en "La última tentación de Cristo" del propio Scorsese (no hará falta tirar de psicoanálisis para descubrir motivaciones de pensamiento en algunas de las obras del cineasta neoyorquino) o, apuntando a la obra maestra en esto de describir la Duda, en "El Séptimo Sello" de Ingmar Bergman: la partida de ajedrez que todos jugaremos algún día, ateos incluidos. O sobre todo.
Iconos y reliquias. Los orígenes del cristianismo, sus fundamentos primigenios, fueron traicionados en los sucesivos concilios que han reformado la Iglesia a través de su historia ("La Iglesia católica" de  Hans Küng como referencia bibliográfica nada farragosa para entender una evolución, esa sí, realmente compleja), reformas que tuvieron en sus primeros tiempos el objetivo nada disimulado de aumentar la parroquia: una religión universal para el imperio mundial de entonces, el romano. Despejar dudas aproximando el mensaje de Jesucristo al paganismo de los amuletos, los ritos de fertilidad y la protección de una miríada de semidioses del santoral: santos y vírgenes a los que pedir y rogar, uno para cada día: Santa Bárbara para dominar el rayo, como si fuera el nórdico Thor, la Virgen del Carmen como trasunto de Poseidón o rezarle a San Antonio para buscar pareja (¿qué dios pagano se empleaba para esto? ¿Meetic?). Y si lo que se quería era alcanzar la contemplación divina por la vía rápida, nada mejor que el martirio: aquellos niños, Justo y Pastor, que, nos contaban en el colegio, fueron ejecutados por negarse a apostatar de sus creencias, tiernos infantes elevados a los altares durante las persecuciones del emperador romano Diocleciano, época sangrienta para los seguidores de la cruz.
Dos jóvenes jesuitas interpretados por Andrew Garfield y Adam Driver, desembarcan clandestinamente en Japón en el siglo XVII, últimos soldados de una batalla perdida, misioneros en tierra hostil. El peso de la película recae en Andrew Garfield, aquel chico que también protagonizara un ejemplo reciente de sacrificio en "Hasta el último hombre" de Mel Gibson, un actor expresivo dotado para el blockbuster. Pero quizás Adam Driver, ese "Paterson" de Jim Jarmusch, hubiera conseguido una interpretación más profunda, más sentida, menos pasional, entendiendo pasional como una pasión barroca de Semana Santa andaluza: el calvario y el dolor místico colmando vidrieras y retablos. El arte occidental se dedicó en su mayoría y durante muchos siglos a ilustrar el mensaje de la Iglesia de Roma para que una población analfabeta lo captara con el menor esfuerzo: cada catedral un cómic repleto de torturas y sufrimiento, un horror que parece lejano, remoto, ajeno. En la actualidad el cristianismo es una de las religiones más perseguidas en el mundo, creyentes que continúan a escondidas en sus propios países. Silencio.

lunes, junio 26, 2017

"Piratas del Caribe: la venganza de Salazar", de Joachim Rønning y Espen Sandberg

Lo que más me ha sorprendido de esta película, ha sido ver al insigne Sir Paul McCartney (ese ser al que mataron muchos años atrás sustituyéndolo por su abuela) haciendo un cameo. Ya estaba acostumbrado a la escena en la que, en alguna otra entrega, aparecía Keith Richards, estrambótica leyenda del rock que al parecer sirvió en su día de inspiración para la composición del personaje del  capitán Jack Sparrow, pero que en esta última McCartney le haya sustituido, como si hubiera estado calentando banquillo hasta el minuto 85, los Beatles de segundo plato de los Rolling... hoy me siento malvado.
El viento sopla en las velas y el espíritu libertino de los piratas nos ha acompañado siempre: sabíamos de sobra lo que era un kraken, un maelstrom, la isla de la Tortuga, la Mota Negra o el Holandés Errante: por las novelas de aventuras que ya no se regalan a los jóvenes, Robert Louis Stevenson y Emilio Salgari ante todos, de Long John Silver al Corsario Negro; por el cine con los clásicos protagonizados por Errol Flynn o Burt Lancaster o incluso aquella "Piratas" de Roman Polanski que supongo que casi nadie recuerda; o por los cómics de "El Corsario de Hierro" o del periplo pirata de Conan junto a la fiera Bêlit. Pero si un pirata fue icono de mi generación, sin duda hay que marcharse del Caribe y viajar al sudeste asiático, con un televisor en blanco y negro, en busca de Sandokán.
"Piratas del Caribe" se entroniza como un derroche de efectos digitales que, sello de la casa, dejan poco espacio a la imaginación. Además de la inmensa popularidad adquirida por el capitán Jack Sparrow encarnado de manera única y singular por Johnny Deep, la saga se ha caracterizado por sus salvajes grupos de malos, modelados de manera extrema por el ordenador más cercano, ejércitos fantasmagóricos a los que no les falta detalle. Tanto el capitán Barbosa (Geoffrey Rush), como Davy Jones (Bill Nighy) o el más reciente Salazar (Javier Bardem: el más reciente y el menos carismático de todos ellos), lucían fabulosos en la pantalla grande: ya no hay límites a la hora de materializar en el celuloide (que ya no existe, soporte invalidado para las nuevas técnicas de rodaje) lo que sea.
El cine como parque de atracciones. Y de uno de ellos, de una de sus instalaciones más populares, surge la idea de la saga "Piratas del Caribe". Y el triunfo comercial de las películas lleva más gente al parque, y el bucle del dinero se realimenta y crece y crece. Puro divertimento estos "Piratas del Caribe", aunque también son capaces de aburrir: la acción y la aventura han de tener un cronómetro corto en la mano del realizador. Pero es posible que esta quinta haya resultado menos plomiza que sus predecesoras y quizás lo sea por la velada intención, o así lo parece, de no hacer una sexta. Quinta entrega para ir cerrando todos los temas y temillas que quedaban pendientes de capítulos anteriores. Quinta con vocación de última, de colofón, de comer perdices para siempre y todo eso, si bien el final de los créditos deja, tímidamente, abierta la puerta a que, si los fondos de inversión quieren, la Perla Negra, siga surcando los Siete Mares.

jueves, junio 22, 2017

"Paterson", de Jim Jarmusch

La belleza del bucle cotidiano. La écfrasis de lo infraordinario: detenerse en la contemplación del día a día, de las señales de la costumbre, y cosechar un puñado de frases certeras, hermosas. He leído a maestros consumados de ese ardid literario, francotiradores de la palabra escrita como Georges Perec o David Foster Wallace, pero no he leído a William Carlos Williams, poeta de Paterson, New Jersey, que da lustre a los fotogramas posándose en el celuloide: demiurgo inspirador.
Salvados por el arte: la libreta en blanco que el literato impostado Henry le regalaba a Simon en "Henry Fool" de Hal Hartley, nada más que para salvarle la vida. El cuadernito de tapas duras, como el que ojeo en estos instantes, aquel en el que apunto frases que surgieron después de ver la película, después de ver todas las películas que figuran en este blog (muchos cuadernitos gastados ya), frases que se disparan mientras conduces, mientras paseas, incluso cuando estás a otras cosas, multitarea del subconsciente, frases que parecen buenas y que quizás merezca la pena no dejar pasar, pues nunca sabe uno cuándo volverán a producirse. ¿Cómo era la cita? ¿No era de Oscar Wilde? ¿No parecía exagerada? Ayer me pasé el día escribiendo: por la mañana puse una coma, por la noche la quité. Resulta que, en ocasiones, fue verdad.
Paterson, el conductor de autobús de Paterson, New Jersey, atrapado en la misma ruta diaria, aliteración, repetición, reiteración, siempre idéntica rutina, siempre distinta. Buscar signos de extrañeza en lo habitual hasta descubrir en lo más nimio rasgos de superioridad estética indudable, el objeto que despierta de su anonimato, de su condición efímera, hasta transformarse en un icono perpetuo, en un recuerdo nítido atesorado en la conciencia íntima. Porque el primer destinario de lo que se escriba deberá ser, invariablemente, uno mismo.

viernes, mayo 26, 2017

"Yo, Daniel Blake", de Ken Loach

Escucho en este instante, en la radio, las crónicas de Javier Tolentino, las noticias del festival de Cannes: Naomi Kawase, Michael Haneke, Yorgos Lanthimos, Andrey Zvyagintsev, Fatih Akin, Hong Sangsoo. Será, entonces, el momento propicio para escribir sobre la merecida vencedora de la Palma de Oro de la pasada edición: siempre llego tarde al cine, pero el cine siempre me espera. Una de Ken Loach, un género en sí mismo, una visión certera y franca del ciudadano británico y, por tanto, pese a alguna urna insólita, también europeo.
Las historias del director Ken Loach y el guionista Paul Laverty sobrevuelan la ciudad, registran los edificios de vecinos, los barrios del extrarradio, hasta descubrir al desdichado urbanita sobre el que situar el foco. La tragedia de Daniel Blake me otorga dos referencias literarias obvias, una nacional, el famoso artículo "Vuelva usted mañana" de Larra y la no menos famosa novela inacabada de Kafka, "El proceso". El escrito de Larra denunciaba el estéril intento de un rico inversor francés, Monsieur Sans-délai, por iniciar los trámites de un próspero negocio en el suelo patrio. La pereza, denunciaba Larra, mal endémico de un país de hijosdalgo. Pero no sólo España padece de parálisis funcionarial, y Kafka le dio carácter de universalidad a la indefensión del ciudadano ante la rigidez ilógica del sistema. No sólo le dio ese carácter global, también le proporcionó, con la raíz de su nombre, el adjetivo perpetuo y certero para este tipo de situaciones.
La pesadilla kafkiana de Daniel Blake entristece y enerva a partes iguales, conduce al espectador hacia la terrible constatación de la fragilidad de sus circunstancias. La sociedad surgida de la crisis se ha visto polarizada por el miedo: el miedo de los que ya no tienen y el miedo de los que tienen pero temen perderlo. La ciudadanía ha extraviado la potestad de generar un sistema socioeconómico que se adapte a sus necesidades. Por el contrario, es el sistema el que manda y el que obliga, como una mera cuestión de supervivencia, a esclavizarse a él sin condiciones. Un sistema inclemente que no toma prisioneros.
La pobreza como enfermedad: el no-consumidor pierde su derecho a la vida, igual que los nazis consideraban un acto legítimo la eutanasia masiva de los discapacitados, fueran arios o no: esa es otra de las advertencias de "Yo, Daniel Blake": el británico de pura cepa no se libra de ser entregado en sacrificio: en los laberintos burocráticos habitan hambrientos minotauros que no hacen distinción de nacionalidad a la hora del almuerzo. La informatización de los trámites públicos es, sin lugar a dudas, una oportunidad para agilizar los plazos, los tiempos de espera que postergan una decisión legal indefinidamente. Sin embargo para Daniel esa ventaja digital no es más que otra barrera, otra forma de impersonalizar al individuo, que ya ni siquiera es un papel en una carpeta con su póliza pegada y su firma al final del escrito, sino un leve bache virtual de las autopistas de la información, una anomalía a formatear cuanto antes. I, Daniel Blake, con nombre y apellido, es la sentencia que nos reafirma, que establece nuestra existencia y la voluntad firme de no desaparecer.

lunes, mayo 15, 2017

"La La Land", de Damien Chazelle

Comprendí, sin la menor duda, el motivo de su éxito. Un musical de Hollywood como los de antes, de los que cuentan historias banales que sólo sirven para dar continuidad a las canciones y bailes que conforman el meollo de la cuestión. Pequeñas líneas de diálogo para el enredo, la casualidad, todo muy ligero, sin arrebatos pasionales de melodrama, candoroso incluso, para no robarle protagonismo a ellos, Ryan Gosling y Emma Stone demostrando su dominio de cualquier territorio escénico. Tremendos estos actores estadounidenses que, prácticamente desde la cuna (chicos Disney), se preparan para saber encajar cualquier guión que les tiren y cabecearlo a puerta con la certeza del tanto seguro: la ambición rubia que todos llevan dentro.
Camareras que van a trabajar en un Toyota Prius de muchos miles de dolares (los bobos, burgueses bohemios, esa fachada hueca), avanzan la impostura de una cinta que intenta extraer rasgos de autenticidad secuestrándola de iconos del pasado como Ingrid Bergman o Thelonius Monk. La carrera o la vida, amenazan estos muchachos: fijo que lo primero: todos dicen I love you (el director Woody Allen cuajó, también, un musical cuando se lo propuso), pero realmente lo que desean es ser famosos, carne de reality, generación OT. "Quizás te gustaba cuando era un fracaso porque te sentías mejor contigo misma", le suelta él sin anestesia a ella en plena discusión. Ay, la farándula, la carrera del éxito, que la llaman carrera porque escasean los ganadores y se amontonan los perdedores.
Aguardaba una coda final, el universo paralelo que hubiese supuesto la renuncia de uno de ellos (bueno, de él, en realidad, a qué ocultarlo) a sus sueños de grandeza. Y también comprendí en ese momento que esta película ya la había visto, que se llamaba "Café Society", el gran Woody mencionado de nuevo (esa última escena de rencuentro en un club, magistral: magistral la del cineasta de Brooklyn, claro), y que la comparación terminaba ahí, pues de la de Allen me gustó la letra y la música, y en cuanto a emociones auténticas, para qué comparar. Play it again, Sam.

jueves, abril 13, 2017

Doce

Este pequeño Licantropunk cumple doce años y, como de costumbre, la persona que recuerda todas las fechas le hace un regalo, el libro "Atrapad la vida" de Andréi Tarkovski. El gran director soviético no sólo legó un testamento fílmico que constituye una de las más fascinantes muestras de Arte cinematográfico que cualquier cinéfilo que se precie podrá nunca admirar, sino que también desarrolló por escrito su visión del cine, una teoría arrolladora e indomable que logró materializar con éxito en los fotogramas de sus películas: Tarkovski no tomaba prisioneros: no estaba dispuesto a concesiones para lograr el favor del público y sí a permitir que el espectador atento alcanzara instantes de revelación, atrapara lo inaprensible y reflexionara profundamente sobre la condición humana.
Doce años de Licantropunk, que han sido, que siguen siendo, una búsqueda: la epopeya de la imagen en movimiento, la indagación detrás de títulos de películas y nombres de cineastas, a ver qué sensaciones y qué pensamientos se ofrecen en la siguiente proyección, dos horas de evasión, de olvido y, paradójicamente, de construcción de la memoria. Que todo en la vida es cine y los sueños, cine son.

jueves, abril 06, 2017

"De repente, el último verano", de Joseph L. Mankiewicz

Say, where did I see this guy?
In 'Red River'?
Or a 'Place In The Sun'?
Maybe 'The Misfits'?
Or 'From Here to Eternity'

"The Right Profile" - The Clash
De repente, la semilla de la locura, el instante a partir del cual todo cambia, una explosión de dolor que se lleva por delante a los que habían amarrado sus vidas a la del ausente. Sebastian se llamaba, muerto sin rostro para los créditos de la película (una forma de subrayar su inhumanidad: apetitos sexuales prohibidos), y el triángulo sentimental se completa con su madre Violet (Katherine Hepburn) y su prima Catherine (Elizabeth Taylor), las dos abatidas, locas de atar, un duelo interpretativo Hepburn-Taylor (iconos femeninos opuestos) que se saldó con una nominación al Oscar para cada una y una estatuilla para ninguna (la ganó Simone Signoret por su actuación en una película olvidada, "Un lugar en la cumbre" de Jack Clayton).
Cabeza de Lobo, la escena del crimen, una escena alucinada de crimen ritual, realizado por una pandilla de chavales transfigurados en sacerdotes del sacrificio de un antiguo culto caníbal: la matanza de Cabeza de Lobo que resulta que se rodó en Mallorca (el asesinato de Sebastian recuerda al de Pasolini, emboscado por el cebo de un chapero, también masacrado junto al mar) y que coloca ese lugar, a finales de los años cincuenta (la película es del año 1959), a poca distancia de la Edad de Piedra: el corazón de las tinieblas en las islas Baleares. 
El trauma desgarrador arrastra las vidas de las dos mujeres, Violet y Catherine, a abismos de locura, de modo que el vértice perdido lo ocupará un psiquiatra encarnado por Montgomery Clift. Qué paradoja. Clift había sufrido un grave accidente de tráfico en 1956 y se recuperó de él con cirugía estética y una potente lista de adicciones. En su interpretación del Dr. Cuprowicz se detecta una mirada inquietante y un verbo inseguro, características que podrían atribuirse al talento de uno de los más grandes actores de su tiempo, o a su pérdida. Cantaba The Clash en "The Right Profile", tema dedicado al actor: "Monty's face is broken on a wheel. Is he alive? Can he still feel?". La existencia de Montgomery Clift tras su accidente y hasta su muerte en 1966, fue conocida como the longest suicide in Hollywood history.
Mansiones sureñas con jardines de vegetación asfixiante, pabellones de manicomio de insoportable tensión sexual y quirófanos desvencijados para la práctica de lobotomías redentoras. Las adaptaciones cinematográficas de las obras teatrales de Tennessee Williams han producido una serie de cintas magistrales, de temática escabrosa, que se distinguen por permitir actuaciones capaces de mostrar las mayores virtudes de sus intérpretes y de construir atmósferas sofocantes que desbordan las relaciones representadas: "Un tranvía llamado deseo" de Elia Kazan, "La gata sobre el tejado de zinc" de Richard Brooks o "La noche la iguana" de John Huston, entre otras: paseando por los límites de las pasiones humanas.

lunes, marzo 27, 2017

"La teoría del todo", de James Marsh

En la entrada anterior, dedicada a "La llegada" de Denis Villeneuve, mencioné el nombre de Stephen Hawking, y me di cuenta de que aún no había visto la oscarizada película que fue dedicada a su reputada y reconocible figura en el año 2014. Sabía que la trama de aquella cinta se alimentaba de las memorias que escribió su primera esposa, Jane Wilde y, sin haber visto la película, intuía por dónde iban a ir los tiros. O los fotogramas. Y así ha sido: una historia centrada en su relación amorosa, extinguida por divorcio, pero sin duda un retrato amable. La escabrosidad de las relaciones del matrimonio Hawking, si es que alguna vez existió esa particularidad, no aparecerá aquí, y el panegírico, bien merecido, al más famoso físico teórico desde Albert Einstein, a su invencible cerebro y a su tremenda lucha contra la enfermedad, constituye el propósito de esta película.

El biopic científico moderno ha conseguido grandes reconocimientos cinematográficos, películas ganadoras en premios y en recaudaciones, como "Una mente maravillosa" de Ron Howard o "The Imitation Game (Descifrando Enigma)" de Morten Tyldu. Pero ni Russell Crowe como John Nash ni Benedict Cumberbatch como Alan Turing, consiguieron llevarse a casa la más preciada estatuilla de todas a pesar de que sus papeles estuvieron nominados a los Oscar. Eddie Redmayne sí supo culminar la oportunidad que su camaleónica interpretación de Stephen Hawking le brindaba: ya se sabe que a Hollywood le encantan las actuaciones que reconstruyen la discapacidad. Y tanto Redmayne como su compañera de reparto, Felicity Jones, han catapultado su fama hacia límites estratosféricos en sus últimos trabajos como protagonistas: él a la estela de Harry Potter en "Animales fantásticos y dónde encontrarlos" de David Yates y ella hereda a la princesa Leia en "Rogue One: una historia de Star Wars" de Gareth Edward. Eso debe ser la teoría del todo: del todo o nada

lunes, marzo 13, 2017

"La llegada", de Denis Villeneuve

¿Flashback o Flashforward? Películas puzzle, rompecabezas visuales en los que el espectador está invitado más a mirar que a participar, pues las preguntas que se formulan en la pantalla van a ser difíciles de resolver con las pistas que ofrece el celuloide. Y en este caso será tan complicado de descifrar como lo es el lenguaje de unos extraterrestres canónicos, dignos de aparecer en una de las portadas más bizarras de los antiguos Amazing Stories. ¿No dicen que los pulpos son los invertebrados más inteligentes? Y no me refiero a que sean capaces de acertar el equipo ganador de un encuentro de fútbol. Aunque, bien pensado...
Pero los alienígenas de esta historia, al menos en su aspecto, son lo de menos, esos heptápodos de Erasmus por el tercer planeta del Sistema Solar, lo que es importante es lo que han venido a decir: el contacto, otra vez. En "Encuentros en la tercera fase" de Steven Spielberg, cinco notas musicales insertadas para siempre en nuestro subconsciente cinéfilo, interpretadas por el mismísimo François Truffaut, rompían el hielo con un lenguaje, el de la música, que nos parecía tan adecuado como universal. Es éste un problema fundamental para "La llegada": cómo dialogar con el forastero en tierra extraña. Pocos años antes del estreno del clásico de Spielberg, en plena edad de oro de la ufología, se envió al espacio el famoso mensaje de Arecibo, desde el radiotelescopio del mismo nombre construido en Puerto Rico, tarjeta de visita de la civilización humana para posibles turistas intergalácticos y que se enmarcaba dentro del proyecto SETI (Search for ExtraTerrestrial Intelligence), un mensaje tan bonito en su forma como ilusionante en su propósito. Carl Sagan protagonizaba aquellas iniciativas, un científico que tuvo una popularidad enorme: su serie documental "Cosmos" se estrenó en RTVE en el año 1982 en horario de máxima audiencia, una cifra que, por entonces, país de dos canales, suponía muchos millones de espectadores.
Existen películas, no pocas, que invitan a profundizar en un tema: hincar los codos un poquito. Ya se sabe que incluir ecuaciones en un texto impreso merma considerablemente su éxito editorial. Es conocido el caso de "Breve historia del tiempo", escrita por el físico Stephen Hawking, bestseller del género de divulgación científica que incluía únicamente la icónica fórmula E=mc², ecuación cotidiana que se puede encontrar impresa en la camiseta de cualquier mercadillo: más fácil verla que resolverla. Así que la lectura de "La historia de tu vida", novela corta en la que se basa "La llegada" y escrita por el estadounidense Ted Chiang, y que ha recibido todos los premios posibles de la literatura de ciencia-ficción, será una lectura escasamente farragosa, pero que exigirá detenerse en el principio de Fermat.
Ese principio afirma que la trayectoria real que sigue un rayo de luz entre dos puntos es aquella en la que emplea un tiempo mínimo en recorrerla. ¿La línea recta? Como se ve en la imagen, cuando la luz alcanza el agua, que tiene un índice de refracción diferente al del aire, cambia su dirección, va por la vía negra en vez de por la gris. La luz viaja más lentamente por el agua que por el aire, así que parece buscar un camino más largo en longitud pero menor en el tiempo. El tiempo. Las paradojas de la ciencia son un maná para las fantasías meditadas que los escritores sci-fi vuelcan en sus novelas. El principio de Fermat permite esos resquicios teóricos que dan lustre a un argumento. De la causalidad newtoniana a una restauración del modelo teleológico de Aristóteles, aquel en el que todo componente de la naturaleza tenía una finalidad intrínseca, un objetivo definido a priori: la luz, según el principio de Fermat, toma el camino mínimo sin ninguna vacilación, cambia su rumbo como si supiera, antes de salir del punto A, que el punto B se encuentra debajo del agua: sea porque tiene un GPS o el Libro del tiempo que menciona Ted Chiang, es capaz de anticipar su destino.
Puestos a terminar con la vocación lúdica de este blog, habrá que mencionar otro término que se ha puesto de moda con la película de Villeneuve, la hipótesis de Sapir-Whorf. Para compensar, si el principio de Fermat es "de ciencias" la hipótesis de Sapir-Whorf es "de letras", y viene a decir que la percepción y conceptualización de la realidad depende en gran medida del idioma que utilizamos: el lenguaje afecta al modo de pensar. Esta hipótesis parecerá más acertada cuanto más nos alejemos de los idiomas hablados por culturas similares a la nuestra (el caso del idioma navajo, indescifrable para el enemigo en "Windtalkers" de John Woo), llegando a lenguajes en los que no hay relación entre signos escritos y fonemas, o el ejemplo del lenguaje matemático, cuyo dominio permite el enfoque del pensamiento hacia abstracciones de conocimiento absoluto, una exigencia que es llevada al extremo al tener que derrumbar esquemas mentales adquiridos para construir otros completamente nuevos y, por fin, entender ese inaprensible heptápodo B, ese regalo.

miércoles, marzo 01, 2017

"Comanchería", de David Mackenzie

Hell or High Water, en su título original, una expresión que se podría traducir por contra viento y marea, la determinación insobornable de llevar algo a cabo. Un par de desperados, al igual que aquellos forajidos que surgieron de la Gran Depresión de principios del siglo XX, en Estados Unidos, nombres míticos como el del cinéfilo John Dillinger o la no menos cinematográfica pareja formada por Bonnie Parker y Clyde Barrow. Bandoleros fugitivos que recabaron sin problemas el apoyo popular de su época hasta transformarse en héroes de la clase trabajadora: corre y despluma al banco que ha estado robándome durante tantos años.
Otra película de bank robbers, una que se podría clasificar simplemente como una más sino fuera por su poderoso trasfondo social. La cinta desvela dónde hay grandes posibilidades de encontrar la veta de descontento de la que se ha alimentado el actual inquilino de la Casa Blanca: la equis sobre el mapa: polvorienta tierra de oportunidades abandonada a su suerte: los blancos que echaron a los indios, los bancos que echaron a los blancos. Three tours in Iraq, but no bailout for people like us, reza una pintada sobre un muro desolado: dar todo, la propia vida, y recibir olvido como moneda de cambio.
John Sayles con "Lone Star" adornó el western fronterizo moderno de realismo mágico, la reciente "600 millas" de Gabriel Ripstein traspasó la frontera para destapar el lado más salvaje de la hipocresía estadounidense hacia su vecino del sur y los hermanos Coen dejaron a un lado su sentido del humor adaptando la literatura rotunda de Cormac McCarthy en "No es país para viejos". Ninguna de ellas contaba nada bueno: pocas esperanzas al sur del río Pecos. "Comanchería" no les llevará la contraria.

lunes, febrero 20, 2017

"High-Rise", de Ben Wheatley

Adaptación cinematográfica de la novela "Rascacielos" de James Graham Ballard, publicada en 1975. Adaptación, o al menos eso parecía pretender: se queda en trailer de la novela, en una serie de retazos inconexos, formando una trama incomprensible, opino, para todo aquel que no haya leído la célebre novela de J. G. Ballard: quizás, al menos, la película consiga derivar lectores hacía el libro, curiosos por saber de qué va todo ese caos fílmico (yo la leí en su día, tomando buena nota, una vez más, de las recomendaciones que en los últimos diez años han llegado desde el blog "El tiempo ganado" de Francisco Machuca, fuente inagotable de referencias ineludibles, escritas con maestría y hondo conocimiento del tema tratado: el tiempo ganado, sí, donde nunca el tiempo es perdido). Un reparto acertado (Tom Hiddleston, Jeremy Irons, Luke Evans, Sienna Miller), y una ambientación correcta (menos mal que han mantenido la época de la novela, si la trasladan a la actualidad, en vez de botellas de vino hubieran volado teléfonos móviles por las ventanas) para una interpretación superficial del rotundo mensaje crítico de la obra de Ballard.
Un rascacielos, una moderna torre de viviendas, cuarenta pisos repletos de puertas, de cosas, de gente, de individualidades solitarias, la gran paradoja moderna de colmenas atiborradas de soledades. Un rascacielos de Londres, una ciudad donde poseer un metro cuadrado de suelo embaldosado (embaldosado, embalsamado) sólo está al alcance de los más pudientes, de los salarios más altos. Pero tener una llave de ese edificio es una alegría efímera, una vanidad digna de terminar en la hoguera, Tom Wolfe, como todas. Al poco de vivir en él, entre habitantes de la misma comunidad exclusiva se revelan diferencias abismales: la igualdad termina en el portal: la jerarquía de qué botón se pulsa en el ascensor para llegar a casa se impone, en un límite que parece marcar el piso veinte. De ahí para arriba, de ahí para abajo. Esquizofrenia silenciosa, angustia cotidiana, odio volcado desde las mirillas, obsesiones rasgando la moqueta. La sociedad moderna ha sepultado ideologías y religiones, generando un dios único, posiblemente el peor de todos: el dios del compra hasta morir: más grande, más caro, más ostentoso. Ya en aquel 1975 se había despertado, con la crisis del petróleo, del sueño indolente del estado del bienestar que había engendrado la posguerra europea: la arcadia del consumo satisfecho, que no era más que una respuesta política al antagonismo dictatorial del bloque comunista: había que demostrar, como fuera, que occidente era más dichoso. Pero aquella fiesta terminó.
Si para la sociedad actual, la cueva platónica, ilusión de realidad, es el verdadero anhelo, el tonto feliz, ¿por qué no volver a la cueva pura y dura? Demolición del lujo, de las comodidades superfluas, del estomago saciado, sepultar milenios de progreso, puntales de civilización, olvidados en pasillos hediondos y ascensores atascados. Barricadas en el descansillo y hogueras en las terrazas: el resurgimiento del cazador-recolector, hambriento y sucio, exhausto y peligroso, violento e inclemente, pero que duerme a pierna suelta en su madriguera. Ballard relata magistralmente este descenso por la cadena evolutiva, un camino, a priori, descabellado e irreal, pero contado como una secuencia de acontecimientos tan locos como indiscutibles: la lógica de lo erróneo para un relato lúcido del fracaso de la especie humana, que ha pretendido no ser el mísero mono desnudo que ha sido siempre.
El nuevo mundo del rascacielos de Ballard resulta ser un viejo conocido.

martes, febrero 07, 2017

"Manchester by the Sea", de Kenneth Lonergan

Kenneth Lonergan puede presumir de una carrera reconocida y premiada como autor teatral: triunfar en Broadway. De su trayectoria como director de cine no había visto nada aún, si bien una película suya, "Margaret", la tengo apuntada desde que la BBC la incluyó en su flamante lista de las cien mejores películas de lo que llevamos de siglo XXI: después de "Manchester by the Sea", las ganas de ver "Margaret" han aumentado.
Caigo en la tentación facilona de concluir que se nota la herencia teatral de Lonergan; que los diálogos de la cinta son estupendos, agudos, amargo dulzor; que esta historia trágica que el cineasta neoyorquino ha arrojado a la platea, sepultando por momentos al espectador en un intenso sentimiento de tristeza, es capaz de respirar con un gran sentido del humor: la dosis justa de sonrisas, el desahogo necesario de las lágrimas. No hay salvación, ni catarsis, sólo apaños cotidianos para ir tirando: como la vida misma.
He repasado lo que he escrito durante estos años en el blog cuando aparecía el nombre de Casey Affleck: está claro mi respeto por este actor. "Gerry" de Gus Van Sant, "El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford" de Andrew Dominik, "El demonio bajo la piel" de Michael Winterbottom. También ha dirigido, "I'm still here", aquel falso documental protagonizado por su cuñado, Joaquin Phoenix, pero aquello no me pareció que demostrara sus virtudes desde el otro lado de la cámara, con lo cual va a resultar que Casey va a ser el reverso de Ben, el hermanísimo: discreto actor, buen director, y viceversa.
La naturalidad con la que Casey Affleck logra sacar adelante el personaje autodestructivo y derrotado de Lee Chandler, supone un ejercicio de interpretación sobresaliente. Lee, muerto viviente necesitado de cualquier compasión disponible, acude al rescate de quien menos lo precisa: esos inmortales, dulces dieciséis años, en los que eras invencible y no lo sabías. Los chicos viven, los adultos sobreviven.