martes, agosto 07, 2018

"Blackwood", de Rodrigo Cortés

Cinco adolescentes problemáticas, futura carne de frenopático, o de presidio, ingresan en un lúgubre internado, un antiguo edificio apartado de todo, principalmente de los peligros de la sociedad moderna, una institución salvífica, más aún, milagrosa, donde se espera que las pobres ovejas descarriadas regresen al redil aséptico y confortable de la mediocre existencia cotidiana. Al contemplar la llegada de la protagonista de la historia, la joven Kit, a las puertas del instituto Blackwood, uno, que a pesar de los pocos días trascurridos desde el estreno de la película, no ha oído hablar muy bien de ella, se anima pensando que la sinopsis leída del filme le trae a la memoria otras películas de terror adolescente con mansión encantada, producciones sin demasiadas ambiciones artísticas pero que funcionaban a la perfección para lograr escapar, durante una hora y media, del agobiante calor veraniego en una bien refrigerada sala de cine.
Pero fue cruzar el solemne umbral de Blackwood, presentarse al espectador el resto del reparto de la historia, incluida, nada menos, la espléndida, en otras, Uma Thurman, ataviada como la señorita Rottenmeier de nuestra infancia, y empezar a desplomarse las expectativas traídas desde el bochorno exterior, que a pesar de no ser expectativas altas, tampoco eran inexistentes. Debo reconocer cierto orgullo provinciano en esas esperanzas, ya que tanto Rodrigo Cortés como el compositor Víctor Reyes, que ha realizado la música para la película, han salido de este alto soto de torres unamuniano que es mi Salamanca, algo que tiene tanto mérito, el lugar de nacimiento, como que se ponga a llover, un suceso accidental por tanto, pero saber que hay talento en el vecindario anima un montón. Y si es talento cinematográfico, ni te cuento.
Rodrigo Cortés inició su carrera como director de largometrajes con "Concursante", notable ópera prima que se vio afianzada con la sobresaliente "Buried" y su ataúd digno del mismísimo Hitchcock: pareció que a las pantallas de los cines había llegado una firma a tener muy en cuenta en el futuro. Y lo sigue siendo: Cortés va por su cuarta película y le queda mucho que rodar. Sin embargo su anterior película "Luces rojas", al igual que "Blackwood" (sobre todo ésta) han enfriado el entusiasmo cinéfilo que este director alentaba.
"Blackwood" exagera la caricatura de sus personajes, empachados de clichés vistos en demasiadas ocasiones, haciendo que el interés por las vicisitudes que los martirizarán durante el resto del metraje se desconecte de inmediato. A esto se une que a la postre la cinta se desboca con un tramo final que puede resultar emocionante para muchos espectadores, no puedo asegurar lo contrario, pero que a mí me resultó una secuencia inconexa de estériles, embarulladas y mareantes escenas de terror y de destrucción, un tren de la bruja acelerado que amenazaba con descarrilar en la siguiente curva. Y así fue: siniestro total. Pero más total que siniestro, me temo.

domingo, agosto 05, 2018

"Amante por un día", de Philippe Garrel

Francesa, en blanco y negro y en versión original. No serían suficientes esas características para resultar una película interesante, por supuesto, pero no cabe duda de que conlleva ingredientes esenciales. ¿Acaso no fue el cine creado así, con estos tres componentes (bueno, lo de la versión original... supongamos que los hermanos Lumière no tenían micrófono...)? La parte interesante de "Amante por un día" reside en su condición de cine desposeído, de rasgos minimalistas, de ser una película en la que destaca la economía de medios y la libertad creativa: cine de autor. Aires de la Nouvelle Vague perviven en esta cinta de Philippe Garrel, cineasta precoz que realizó sus primeros rodajes en aquellos años de deconstrucción del lenguaje cinematográfico creado setenta años antes.
El narrador en off ya trae a la memoria tantos viejos filmes vistos, rodados por jóvenes turcos que ansiaban el control total de sus obras y derrocar el poder del guionista ajeno. Primeros planos que desbordan el encuadre con rostros femeninos de honda mirada, ojos melancólicos que recuerdan a los de Anna Karina, Françoise Fabian, Anne Wiazemsky, y que ahora pertenecen a las actrices Esther Garrel y Louise Chevillotte y sus dramas sentimentales. Una puesta en escena (centro de gravedad del cine de la Nouvelle Vague) austera que se refleja en la vida cotidiana de los personajes, en sus ropas, en la casa que habitan, en los bares y restaurantes que frecuentan, que se muestran ajados por el tiempo: puertas desencajadas y paredes necesitadas de una mano de pintura. La ambientación no es neutra sino intensa, para enmarcar adecuadamente las pasiones incontroladas de Jeanne, de Ariane y de Gilles, tercero en discordia para una película en la que destacan sus personajes femeninos, interpretado por Eric Caravaca: el mítico sex appeal del desgarbado profesor universitario.
El mundo contemplado desde la cama (ahí escribía su obra Marcel Proust), centro del universo, Freud al poder, un egocentrismo existencialista absoluto que también dominó gran parte de aquel cine francés de los sesenta: chauvinismo y grandeur. Jeanne, la hija de Gilles, grita ¡acción!, pone en marcha la trama con una ruptura sentimental y cierra el ciclo, atravesando mientras tanto amores de otros, al transcurrir setenta y seis minutos, nada más. Economía en el metraje, por tanto, también, demuestra el director, dejando patente, a su vez, que para contar la historia que uno pretende contar, no hace falta aburrir al personal.

viernes, agosto 03, 2018

"Happy End", de Michael Haneke

Si parpadean se lo pierden.
Esa frase se hizo famosa en su día, pronunciada por un periodista deportivo justo antes de comenzar la transmisión televisiva de las carreras de Fórmula 1. Para alguien ajeno al cine de Michael Haneke, para los que ese nombre les suene a películas de esas de cineclub, de las que seguro que te aburres a los cinco minutos de empezar la proyección, les parecerá que la frase no puede encajar en la obra cinematográfica del director austríaco, y que sería más propia de las producciones de Georges Pan Cosmatos, John McTiernan o, más modernos, Michael Bay o J. J. Abrams. Pero no, resulta ser Michael Haneke el que logra condensar, sin piedad, tu atención en un plano fijo en el que tendrás que demostrar paciencia de francotirador hasta que la pieza se ponga a tiro, hasta que repentinamente tus cejas se eleven hacia el techo de la sala, sobresaltadas por un suceso inesperado.
Haneke, la dureza. A este cineasta perturbador se le ha calificado con frecuencia de frío y distante, de colmar sus fotogramas geniales de un espíritu pesimista desolador, incapaz de aventar resquicios de esperanza para una especie humana, en concreto su variedad europea, que se muestra sórdida y violenta, carente de cualquier virtud. Captado el mensaje crítico, Michael Haneke emprende intenciones de humilde enmienda y se propone finiquitar su última película con un final feliz. Y así es. O no. Porque el mensaje postrero que manda la cinta al surgir sus títulos de crédito en la pantalla negra, es que los finales felices son opciones morales sujetas a la impresión única de cada espectador.
"Happy End" retrata a una familia rica, poseedora de una empresa constructora, habitante de la ciudad de Calais en el norte de Francia. Una vez más se contemplará una historia que dejará bien claro que la abundancia de dinero cubre los gastos pero no alcanza para comprar la felicidad. Los diversos componentes del clan familiar, tres generaciones unidas por la depresión vital, dejarán patentes las angustias emocionales de los desagradecidos estómagos colmados occidentales. La trama funcionará como cierta continuación de la anterior película de Haneke, la magistral "Amor", de nuevo con Jean-Louis Trintignant en un reparto excelente, y de nuevo otra gran musa del director,  Isabelle Huppert. Junto a estos dos gigantes consagrados del cine francés, destaca la joven Fantine Harduin, patético ángel de la muerte abandonado a su suerte en un mundo inquietante de adultos neuróticos. Haneke aprieta pero no ahoga. O sí.

lunes, julio 02, 2018

"Todo el dinero del mundo", de Ridley Scott

Si por algo pasará esta película a la Historia del Cine, será por ser la primera cinta en la que, después de estar completamente rodada y a un mes de su estreno, se suprime del celuloide a uno de sus actores protagonistas (el nombre de mayor relumbrón del elenco, por cierto), reemplazando sus tomas, realizándolas de nuevo con un actor distinto. Sí, supongo que esta maniobra de sustitución ya debió llevarse a cabo en alguna ocasión anterior: por fallecimiento repentino, por problemas contractuales, por un resultado insatisfactorio, o whatever. Pero que esta cirugía extrema, dispendio innecesario además, que consumió la quinta parte del presupuesto de la producción, sea provocada porque el sujeto tachado del plano se haya distinguido por sus pésimas maneras en el día a día laboral y por desarrollar una voracidad sexual indisimulada y procaz, bueno, sin duda corren malos tiempos para los abusos de poder. Por lo que a mí me toca, que corresponde únicamente a los fotogramas vistos, no a los que han resultado invisibles y sus circunstancias, quizás Kevin Spacey, ese cadáver cinematográfico insepulto, estuviera bien o incluso muy bien en el papel del magnate Jean Paul Getty, pero la encarnación del mismo por Christopher Plummer me parece insuperable. 
Hubo un tiempo, previo a los récords inauditos en subastas de cuadros de Sotheby's o Christie's (así, con sus apóstrofos chic), en el que la oreja mutilada más famosa del mundo no fue la del pintor Van Gogh, sino la de John Paul Getty III, nieto del hombre más rico del planeta a principios de los setenta: el vampiro, el avaro, solitario tío Gilito zambulléndose en una piscina de dinero, Ebenezer Scrooge espantando fantasmas en su lóbrega mansión victoriana. Christopher Plummer convence como también lo hace la puesta en escena de abarrotadas calles romanas y agrestes pasajes calabreses: a Ridley Scott es difícil pillarle en esas.
John Paul Getty III secuestrado y liberado: la película aporta un final feliz, redención de los que sufren, ahorrándole así al espectador la penosa existencia que le esperaría al joven Getty después de su odisea italiana. Terminaría tetrapléjico, medio ciego y mudo debido a un infarto provocado por el abuso de drogas cuando sólo tenía 24 años y se pasaría tres décadas secuestrado en una silla de ruedas, hasta su fallecimiento, sin síndrome de Estocolmo que le aliviase la pena. El abuelo murió tres años después del fin del secuestro, aunque la película intenta que el espectador piense que ambos sucesos fueron simultáneos, falseando cierta justicia poética. En cualquier caso desheredó al nieto: no tuvo mucha suerte en la vida John Paul Getty III, anclado a una estirpe maldita, infectada de codicia y dolor ajeno, el abono propicio para panteones podridos de dinero.

lunes, junio 25, 2018

"La forma del agua", de Guillermo del Toro

La consideración de ganadora que puede alcanzar una determinada obra que se presente a un concurso, debe ponerse en relación con el nivel de calidad obtenido por el resto de participantes. Si las demás opciones de la lista son rivales débiles, entonces una pieza que resultara mediocre en contextos más competitivos, puede lograr un puesto relevante: primus inter pares.
"La forma del agua" se afianza en su condición de pastiche, empleando elementos que no sólo estaban ya presentes en la trayectoria del director Guillermo del Toro, sino también en la estética marcada de otros cineastas, sobre todo de la del francés Jean-Pierre Jeunet y su famosa, y epatante para la época, "Amélie": el comienzo de "La forma del agua", su banda sonora y ambientación, y la presentación del personaje protagonista de Elisa Esposito, interpretado por Sally Hawkins, así lo indican, incluyendo, además, cierto nivel europeísta de transgresión moral. En cuanto a la criatura, esa Cosa del Pantano en versión estilizada, se puede afirmar que a cualquiera que haya visto la película "Hellboy", adaptación del propio del Toro de los cómic de Mike Mignola, no le cabrá duda de dónde ha visto antes esas escamas.
 El romance entre la doncella y el monstruo encontraba un gran ejemplo moderno en "Eduardo Manostijeras" de Tim Burton. Sin embargo aquella historia de amor conseguía fácilmente la empatía del espectador al generar una serie de asideros sentimentales a los que agarrarse, detalle que resulta imposible de apreciar en "La forma del agua", donde cualquier atisbo emocional es simplificado y abreviado, como si lo que hubiera que propiciar cuanto antes fuera una inusitada emergencia sexual. Ahí la trama se beneficia del impulso actual de respeto absoluto a las preferencias sexuales de cada cual: minusvalía, resiliencia y empoderamiento para apuntalar guiones al gusto del público de hoy en día.
Parece que Guillermo del Toro quiere que la película derive rápidamente hacía una historia de espionaje característica de los años de la Guerra Fría, pero a lo único a lo que llega a homenajear con ese rumbo es a los clichés y tópicos más sobados del género, convirtiendo el reflejo en caricatura. En ese apartado de la trama, de buenos contra malos, al canalla de turno lo encarna el notable actor Michael Shannon, transformado en un remedo moderno de Boris Karloff o Bela Lugasi cuando interpretaban a malandrines de opereta en sus series B más olvidables: siempre hay un humano encarnando al verdadero monstruo.
La cinta se completa con homenajes distraídos al mundo del Cine: a sus salas antiguas de madera y terciopelo rojo, a los musicales más inocentes, a las emociones cinematográficas más pueriles: genuina fábrica de sueños. Venció Guillermo del Toro, cineasta que ha recabado mi admiración en muchas ocasiones ("Hellboy", "Cronos", "Mimic", "El espinazo del diablo","El laberinto del fauno"), pero, como dijo Miguel de Unamuno, vencer no implica convencer.

sábado, junio 16, 2018

"Jurassic World: El reino caído", de Juan Antonio Bayona

Poco he visto de este director, apenas asistí a su debut, "El orfanato". No me fue posible ver "Lo imposible" y nunca estoy en casa cuando "Un monstruo viene a verme". Tampoco es que Bayona posea una lista de películas amplia: sus largometrajes se cuentan con los dedos de una mano y hasta sobra el corazón (idea subliminal). Creo que este director me produce cierta pereza, sustantivo que ya gasté cuando escribí sobre su opera prima en el año 2008, y que, por lo visto ahora, continúa vigente. De lo que no me cabe duda es de que constituye un director solvente, capaz de manejarse con grandes presupuestos. Si no tuviera esa capacidad, hubiera sido complicado que Steven Spielberg se hubiera fijado en él para ponerlo a cargo de este prescindible, pero lucrativo, "Parque jurásico 5".
Sí, quinta parte, y una saga que, como se suele decir, da notables muestras de agotamiento en la fórmula, aunque, reconozco también, que con la entrega anterior, "Jurassic World", lo pasé estupendamente, algo que no puedo sostener a propósito de su secuela: me atacó el aburrimiento con la misma impiedad que las mandíbulas de un T-Rex. Mientras que la trama transcurre en la ya mítica isla Nublar, la acción fluye y la tensión, aunque colmada de déjà vu, cumple su cometido de acelerar un poco mi ritmo cardíaco. Pero cuando los dinosaurios abandonan su paraíso seminal y son trasladados a una mansión de estilo victoriano, genuino y tenebroso orfanato de dinosaurios... En fin, supongo que Bayona habrá estado encantado con esa combinación inédita, un autohomenaje indisimulado, pero todos sabemos que mezclar Baileys con Coca-Cola, esa leyenda urbana, es receta propicia para que el consumidor termine en un hospital. Póntelo pónselo, si bebes no conduzcas y mezclar es malo, mantras grabados a fuego en nuestra juventud ochentera. Ah, y si ponen música de los "Hombres G", salte de ese bar. No digas que no te lo advertí.

martes, junio 12, 2018

"El niño y la bestia", de Mamoru Hosoda

Hay un tema recurrente en las producciones cinematográficas que tienen a un público menor de edad como uno de sus objetivos de taquilla, y es el tema del escapismo adolescente: niños con problemas que son rescatados por una figura paterna de remplazo, generalmente un aventurero: el antihéroe indómito, rudo, guerrero mortal, que educa al chico con dureza, que le enseña a ocupar el espacio que un día quedará vacante. Ese arquetipo de carácter individualista y asocial, tiene a su vez su propio arquetipo en el cine japonés: el caradura desharrapado, vicioso y letal que encarnó como nadie Toshirō Mifune a las ordenes del maestro Akira Kurosawa en multitud de películas. No se puede dudar de que Kumatetsu, el oso que acoge al joven Kyuta, es Mifune, y su mundo de fábula poblado de personajes zoomorfos, el lugar perfecto para servir de refugio a los que dudan de que la sociedad moderna sea algo más que una oferta vital decepcionante.
La fantasía como tabla de salvación, imaginándose a uno mismo victorioso ante todos los peligros, problemas y dramas que se le pongan por delante. Múltiples ejemplos asaltaron las pantallas: "Raíces profundas" de George Stevens, "El profesional (León)" de Luc Besson, "La Torre Oscura" de Nikolaj Arcel, "El último gran héroe" de John McTiernan, "Dentro del laberinto" de Jim Henson, "El Club de los Poetas Muertos" de Peter Weir,... El camino iniciado por Mowgli en la jungla de "El libro de la selva" de Rudyard Kipling, encuentra ahora su paralelismo en un barrio oculto de la ciudad de Tokio, hábitat de los dioses japoneses de la naturaleza que han poblado el cine anime desde siempre, dejando muestra de lo intrincado que continúa estando el sincretismo religioso en la cultura nipona. "Pompoko", "Paprika", "La princesa Mononoke", "El viaje de Chihiro", "Ponyo en el acantilado" y muchos otros filmes de animación oriental a los que se le une "El niño y la bestia" para que niños perdidos y héroes solitarios sigan alimentando a la siguiente generación de cinéfilos: escapistas somos todos.

sábado, mayo 26, 2018

"Siete días de mayo", de John Frankenheimer

Con la lectura aún reciente del estupendo ensayo geopolítico "Así se domina el mundo: Desvelando las claves del poder mundial", escrito por el militar español Pedro Baños, esta revisión de "Siete días de mayo", clásico del cine conspiranoico, se ve irremisiblemente condicionada por las revelaciones adquiridas. La disuasión es la clave, el arma principal que se empleó durante los tensos años de la Guerra Fría, una estrategia del farol y el envite que continúa vigente. Porque ningún bando sería capaz de lanzar un ataque nuclear que podría provocar la aniquilación del enemigo, sí, pero que se convertiría en un bumerán mortífero, un destructor total que en sus consecuencias finales no distinguiría bandos. Y esa condición de movimiento táctico prohibido se conocía perfectamente desde que Estados Unidos iniciara la carrera armamentística atómica lanzando "Little Boy" sobre una ciudad japonesa (Japón no ha denunciado nunca el evidente crimen de guerra cometido sobre la población civil de Hiroshima y Nagasaki ante ninguna instancia internacional, lo que constituiría un mero acto de propaganda, conociendo quién maneja los hilos del orden mundial, pero es un recurso que el país del sol naciente se guarda como un as en la manga que asegura el apoyo estadounidense desde el fin de la Segunda Guerra Mundial).
El Reloj del Apocalipsis se acercó varias veces a la medianoche, sumiendo a la humanidad durante décadas en una pesadilla paranoica. La suerte del mundo estaba en manos de políticos como
John Fitzgerald Kennedy, que atravesó los días de la crisis de los misiles cubanos puesto hasta las cejas de speed (otro gran libro que estoy leyendo estos días, "Las drogas en la guerra" de Lukasz Kamiensk: esclarecedor recorrido histórico por los recursos artificiales que se han empleado durante milenios para fortalecer el espíritu bélico además del relato estremecedor que desnuda a enérgicos mandatarios internacionales enganchados a los estupefacientes para aguantar el ritmo y la tensión cotidianos: más una norma que una excepción), o de Richard Nixon, "Tricky Dicky", que, aconsejado por otro gran tramposo, Henry Kissinger, fomentó entre los dirigentes soviéticos una imagen de locura mental, de carácter imprevisible, que era mejor no provocar (¿estará Donald Trump haciendo lo mismo o la tontería le vendrá de serie? Me temo que sea esto último).
"Siete días de mayo" es tan reveladora a la hora de denunciar la fragilidad del sistema en cuanto al peligro de que un megalómano populista tome el mando de la situación, como ingenua en su confianza en la existencia de un gobernante justo y la fe ciega en el respeto a las reglas del juego democrático: por las cloacas del estado no corre agua limpia: We the people. Pero las potentes interpretaciones de Burt Lancaster, Kirk Douglas (la película mantiene el aroma de denuncia del macarthismo), Fredric March o Edmund O'Brien, conceden que la cinta sea considerada uno de los mejores ejemplos de thriller político. A ellos se une Ava Gardner en un papel introducido a calzador en el guion, con escasa justificación o necesidad. Pero si se podía contar en un rodaje con una actriz como aquella, había que hacerle sitio como fuera.

lunes, abril 30, 2018

"Vengadores: Infinity War", de Anthony Russo y Joe Russo

En el año 2012 Joss Whedon puso en marcha "Los Vengadores", alcanzando, al fin, un horizonte cinematográfico a la altura del fabuloso grupo de superhéroes que dominó durante décadas el olimpo del comic-book norteamericano: los más poderosos, no había nada más allá. Sin embargo, para encontrar el germen real de este éxito supertaquillero hay que retroceder unos cuantos años más, hasta el estreno en 2008 de "Iron Man" de Jon Favreau: el notable actor Robert Downey Jr. dando cuerpo, a la perfección, al playboy multimillonario Tony Stark: la vida disoluta del intérprete ayudaba en la consecución del verismo del personaje. Diez años, por tanto, una década de recaudaciones tan portentosas como las hazañas representadas, beneficios astronómicos para Disney, actual dueño de la franquicia, que no por ello ha dado lugar a un retroceso en el espíritu mitificador de la saga, sino que ha sido capaz, inopinadamente, de asumir un riesgo ante el público.
En los últimos tiempos he disfrutado muchísimo con una serie de televisión, "The Leftovers", creada por Damon Lindelof y Tom Perrotta. El 14 de octubre de 2011 desaparece, de forma repentina, el dos por ciento de la población mundial: 140 millones de personas, de toda condición social y procedencia, se volatilizan en el mismo instante, sin dejar rastro. Los episodios de la serie, repartidos en tres temporadas, suponen una emocionante semblanza del duelo, de la pena por la pérdida, la ausencia insustituible, la amargura de los interrogantes sin respuesta, desesperación y locura, pero todo ello aderezado con sentido del humor, con cinismo y buenas dosis de realismo mágico: "The Leftovers" conmovía porque mostraba la fragilidad de la existencia del ser humano.
Los cómics de superhéroes se hicieron adultos el día en el que fueron capaces de dar un paso gigantesco en su concepción, algo completamente inesperado para sus lectores y que no figuraba en ningún manual de instrucciones: el héroe era débil y abandonaba su condición de guerrero invencible. Por mucha paliza que llevara encima el enmascarado de turno, por mucha ventaja que tuviera el malvado megalómano que tocara combatir esa semana, sabíamos que un giro final, tan audaz como esperado, acabaría con el malo mordiendo el polvo, otra vez. O no. Diez años para que llegara "Infinity War", diez años para romper, al fin, la mirada inocente. Pocas veces he escuchado un silencio tan denso en una sala de cine ocupada por un público tan joven. Tanto aliento contenido. Tanto duelo.

domingo, abril 22, 2018

"I walk the line (Yo vigilo el camino)", de John Frankenheimer

Aparte de la imponente silueta de Gregory Peck y de su nombre de estrella consagrada encabezando los créditos, la película tiene otro protagonista indiscutible: su banda sonora, integrada de principio a fin por temas de Johnny Cash. "I walk the line" es el título de uno de los primeros éxitos del cantante country, considerado como un auténtico rey del género. El aura legendaria de "El hombre de negro" se adornó también con un rotundo componente carcelario: héroe sonoro de los presos estadounidenses: como "Los Chunguitos" o "Los Chichos" aquí: letras que relataban historias de lumpen y marginación, homologables a la dura existencia de pobres rednecks que malvivían destilando ilegalmente whisky a la sombra de los montes Apalaches. La comparación country/rumba se estiraría demasiado, hasta romperse, si se quisiera llevar la cinta de Frankenheimer a figurar como embrión de un cierto cine "quinqui" americano, como aquel que en España realizaba Eloy de la Iglesia con unas cuotas de libertad y éxito que ahora resultan impensables. Pero no cabe duda de que la abolición en 1967 del código Hays (catálogo de normas que había servido para censurar el cine de Hollywood durante tres décadas) permitió que en 1970 se estrenara una película como "I walk the line": realismo y crudeza para sacudir pantallas asexuadas (el ambiente rural que sirve de telón de fondo de la película, duro e inclemente, recuerda a otro que irrumpiría en los cines pocos años después: "Deliverance" de John Boorman).
Cualquier filmación que se hubiera realizado en España en los años sesenta, simplemente empleando la técnica de dejar a la cámara deslizarse por las calles del primer pueblo o ciudad que a uno se le pasara por la mente, serviría para formar un metraje digno, interesante para el público actual: la vida latía fuera de las casas: barrios llenos de transeúntes, de historias que se desarrollaban en las aceras. En "I walk the line" el director inserta en el celuloide las semblanzas de los paisanos del territorio del sudeste de Estados Unidos donde se realiza el rodaje y esos fotogramas producen, medio siglo después, la atracción irresistible de un documento antropológico.
Los tiempos han cambiado y la geografía mundial se ha colmado de uniformidad mediocre: los niños ya no juegan en las calles, las singularidades de pueblos y ciudades se han transformado en parques temáticos y el comercio cotidiano se realiza por Internet. Tanto han cambiado los tiempos que la apreciación crítica de "I walk the line" se podría centrar únicamente en denunciar el evidente delito de pederastia representado: la escabrosa relación entre el sheriff Tawes (Gregory Peck) y la adolescente Alma (Tuesday Weld). Así, se quedaría la cinta en el retrato de una obsesión enfermiza, Humbert Humbert y Lolita, y el tachado automático de la película por parte del espectador posmoderno (ver el reciente combate de opiniones que se ha producido en el diario "El País" alrededor de la inmortal obra de Vladimir Nabokov). Serán las segundas oportunidades, y ante todo la traición, dos temas a valorar en el enjuiciamiento de este filme: un final inolvidable y ciertamente previsible. No hay redención posible.


viernes, abril 13, 2018

Trece

Llegar a un cifra como el número trece en un viernes trece no puede ser considerado de otra forma que no sea una coincidencia anecdótica. En la última entrada de este blog se hablaba de dilemas resueltos de forma trágica, dramas surgidos del debate entre razón y superstición, y yo siempre he intentado guiarme por lo primero, aunque mentiría si no admitiera que en más de una ocasión he mirado de reojo a lo segundo. Pero para el asunto que toca hoy, trece es una cantidad que lo único que me produce es cierto asombro. Esperemos que haya un catorce.
Este pequeño Licantropunk cumple trece años y, como de costumbre, la persona que recuerda todas las fechas le hace un regalo, el libro "Cine y navegación. Los 7 mares en 70 películas" de Fernando de Cea Velasco. Para mí Fernando de Cea no es otro que Ethan, experto timonel que con mano firme patronea desde hace muchos años "El blog de Ethan", así que celebrar este aniversario con una obra suya es celebrarlo doblemente: ¡Vivan los blogs! Este libro, recién publicado, ocupará un lugar destacado en mi biblioteca junto a otros de Fernando, ensayos y novelas que me han deslumbrado con su sabiduría cinéfila y con su excelente capacidad narrativa. Y me temo que lo mismo sucederá con éste: apenas lo he ojeado y ya ha empezado a atraparme cual maelstrom inexorable. A leer y a navegar por océanos de celuloide.

domingo, abril 08, 2018

"El sacrificio de un ciervo sagrado", de Yorgos Lanthimos

La razón y la superstición enfrentadas en duro combate mortal. En tiempos arcanos se realizaban sacrificios humanos para contentar a temibles deidades vengativas: detén tu mano, Abraham. La finalidad de la violencia era congraciarse con el destino, restituir el equilibrio en el mundo (el karma, el talión), y cuanto más profundo fuera el significado del holocausto, cuanto más querida fuera la víctima, mayor era el efecto de la sangre derramada sobre la fortuna esperada. O así se creía.
El cine de Yorgos Lanthimos ha sabido apuntar con precisión de francotirador hacia las paranoias existenciales del hombre moderno, un pretencioso sabelotodo que piensa que tener acceso a la información equivale a dominarla. La negación de las convenciones establecidas por las generaciones anteriores conduce a abismos de locura, a realizar saltos de fe que terminan con un cretino precipitándose al vacío. La filmografía del director ateniense supone una brillante colección de ejemplos de experimentación con las emociones de la raza humana, ratoncillos de laboratorio que son llevados a extremos vitales donde no queda otra cosa que pesimismo y desconcierto. La educación social, las relaciones afectivas, el miedo al compromiso, la muerte, la desconfianza en la justicia, temas que apuntalan títulos rotundos como "Canino", "Alps", "Langosta" o "El sacrificio de un ciervo sagrado". Cine extraordinariamente bien realizado: la cámara se coloca en ángulos desacostumbrados para a su vez descolocar el foco del espectador, llevar su mente a otra parte y hacerle obviar molestos prejuicios y reconfortantes certidumbres.
Con "Langosta" Lanthimos asumió el tránsito hacia repartos internacionales, fuera del localismo actoral griego que tan buenos frutos le proporcionó, éxito construido sobre actuaciones memorables como las de la actriz Aggeliki Papoulia, y que ahora se manifiesta en cierta perdida de naturalidad a la hora del desarrollo de sus demoledores personajes. De esa internacionalización repite el irlandés Colin Farrell y no está de más admitir que nunca le había visto mayor convicción en la pantalla que trabajando a las ordenes del director griego: notable actuación a la que se une la del joven Barry Keoghan interpretando a Martin, ese inquietante chaval. Hace poco leí que Colin Farrell volvía a ingresar en una clínica de rehabilitación buscando desintoxicarse de sus demonios interiores: quizá fuera mejor que se buscase un ciervo sagrado al que sacrificar y que ese acto terrible le alejase del vicio para siempre. Eso o un exorcista.

martes, abril 03, 2018

"Ready Player One", de Steven Spielberg

Anáil nathrach, orth bhais betha, do cheol déanta.
Escucho en la sala de cine el hechizo que se emplea en la película para poner en marcha no sé qué chisme "megapoderoso", y resulta que lo que logra el encantamiento es abrir el baúl de mis recuerdos cinéfilos, invitándome a que rebusque hasta encontrar en qué otra película oí pronunciar ese sortilegio impronunciable: el Conjuro de la Creación que Morgana intentaba sonsacarle al mago Merlín en "Excalibur" de John Boorman: el héroe de "Ready Player One" no se llama Perceval, entonces, por casualidad.
Spielberg entra de lleno en la posmodernidad con esta película: el pastiche como seña de identidad de los videojuegos, un revoltijo de iconos pop que proporcionan a los diseñadores de aventuras digitales un inmenso catálogo de personajes y de situaciones argumentales. Desde hace unos años diversas cifras de negocio han anunciado con frialdad que la industria del videojuego le ha ganado la partida a la industria cinematográfica, así que era cuestión de tiempo que Steven Spielberg, genuino rey Midas del Séptimo Arte, ofreciera una visión propia del fenómeno, mirada que contendrá, sin la menor duda de que sería así, un buen ejemplo del particular estilo del cineasta californiano: el sello Spielberg.
En el año 2001 ya se asomó a distopías cibernéticas con "A. I. Inteligencia Artificial", pero aquella cinta fue la continuación de un proyecto inacabado de Stanley Kubrick, así que se puede considerar "Ready Player One" (basada en la novela homónima de Ernest Cline) un trabajo propio. Y a Kubrick, y a muchísimos otros, rinde homenaje la película, un cúmulo impresionante de referencias al lado más popular de la cultura ligada al cine, al cómic y a los videojuegos de los últimos cuarenta años. Y solo con tener la ocasión de ver una carrera que cuente con el DeLorean de Marty McFly y la motocicleta de Kaneda entre los vehículos participantes, merece la pena darle una oportunidad al filme.
Platón liberó al ser humano de la caverna, de la falsedad de las sombras que se proyectaban en ella, y por lo visto en este siglo XXI por el que avanzamos (o retrocedemos), a la humanidad no le importaría retornar a aquella cueva primordial, encadenarse a su irrealidad y tirar la llave. Las redes digitales se llenan de opciones para convertirnos en cualquier cosa, en todo lo que en una mediocre existencia cotidiana ni por asomo se nos permite aspirar a ser. Aventuras, romances, revoluciones y desafíos sin límite nos esperan en universos artificiales alimentados por el enchufe eléctrico de la pared y una conexión de banda ancha, paraísos en los que nacer y morir a diario: sin compromisos, sin remordimientos, sin excusas. Pero si algo ha demostrado la posmodernidad, hueca, simplista y de consumo fácil, es que no debe tomarse demasiado en serio: jueguen su partida y regresen al mundo real, que, como se dice en la película, es el único sitio donde se puede comer dignamente.