sábado, octubre 02, 2021

"Otra mujer", de Woody Allen

Pasados ya los cincuenta años desde la fecha de su nacimientos, dirige Woody Allen la cinta "Otra mujer". Se habla mucho de la "crisis de los cuarenta", un efecto de la edad más tópico que cierto, que quizás se caracterice por percibir, por primera vez en una vida, la decadencia de la juventud: la pérdida de aquellos tiempos de plenitud física, de libertad de acción, de apuntarse a bombardeos: Nowhere, fast!: los cuarenta son una época en la que el mayor riesgo es el del adocenamiento. La cincuentena, sin embargo, apunta una mirada al pasado, un ejercicio vacuo de melancolía (el pasado no hay forma de cambiarlo), un inquietante balance vital que forzosamente ha de dejar apuntes en el debe y en el haber. Y los del debe son los fastidiados, por supuesto: a qué narices ha dedicado la vida uno y cuánto tiempo queda para procurar enmendarlo.

Influido poderosamente por el cine de Ingmar Bergman (o, para ser preciso, por el teatro de Ingmar Bergman y, en ocasiones, por el teatro registrado en celuloide de Ingmar Bergman), el director de Brooklyn se deja de chistes y rueda un drama vital impecable. "Fresas salvajes" parece ser la referencia directa y los fotogramas iluminan su halo sobre la bruma nórdica del genio de Upsala gracias a la gran actuación de la inconmensurable Gena Rowlands. Una vez más en la filmografía de Allen el reparto de caracteres recae en los acaudalados poseedores de profesiones liberales que residen en la isla de Manhattan, esa carne de psicoanalista que puebla de principio a fin la película, una historia atribulada de la que surge, de nuevo, un mensaje de socorro: la penuria existencial del que lo tiene todo pero nunca lo que más cuenta: y una moraleja: las segundas oportunidades están disponibles para el que se atreva a aprovecharlas. Pero por tiempo limitado.

miércoles, septiembre 01, 2021

"Free Guy", de Shawn Levy

Estoy leyendo "La noche que llegué al Café Gijón", fascinante obra, una más, de Francisco Umbral. El espíritu observador, incisivo y crítico de Umbral, que le llevó a redactar la columna diaria de vida social más popular (y temida) del panorama periodístico español, reluce con toda su fuerza, magisterio y el innegable sarcasmo de la verdad desnudada, no exenta de ternura y nostalgia, en el libro que tiene al mítico Café Gijón de Madrid como ambiente único y propicio para generar una semblanza personalísima del mundillo literario, cultural y social de España en los años sesenta. Y entonces me pregunto qué escribiría Umbral, si se diera la ocasión del encargo mercenario con el que ganarse cuarenta duros en aquel tiempo en el que malvivía entre vetustas pensiones madrileñas y bares insomnes donde se ventilaban ambiciones macilentas de literatos incansables, acerca de la película que fuimos a ver este lunes. Y mientras yo mismo apuro un cortado en la terraza de la histórica cafetería Las Torres sita en la Plaza Mayor de Salamanca, donde aún llega el hálito de antiguas tertulias extintas, sepultadas hace tiempo por el placer solitario del wifi, aventuro, esperanzado por el más vale honra sin barcos de Calderón, que, Francisco Umbral, sobre la película "Free Guy", no habría escrito nada. Pues yo, tampoco.

lunes, agosto 02, 2021

"La soledad del corredor de fondo", de Tony Richardson

A propósito de las noticias que se están produciendo en los Juegos Olímpicos de Tokio acerca de abandonos de algunas de sus estrellas más fulgurantes, sometidas a una presión enorme que se ven incapaces de manejar, me vino a la memoria el título de la película de Tony Richardson, que habla, precisamente, de lo que cuenta en su nombre. La cinta es uno de los exponentes del llamado Free Cinema (la Nueva Ola francesa de los años sesenta produjo un tsunami cinematográfico que también alcanzó las costas de la pérfida Albión) y se puede considerar emparentada con el argumento de "Los cuatrocientos golpes" de François Truffaut: la rebeldía juvenil y el enfrentamiento al establishment que eclosionó durante aquella década: plantar cara al mundo de los mayores, combatir un presente antes de que se convierta en un futuro desesperanzador. Para el joven corredor de fondo interpretado por Tom Courtenay, recluido en un reformatorio e indudable carne de presidio posterior, el dilema está en correr o no correr.

Estos tiempos inquisitoriales que atravesamos (quién nos iba a decir, quién podría sospechar, qué mente enferma se atrevería a aventurar, que el siglo XXI sería esta mierda) se ven condicionados por una pandemia de proporciones épicas, que no es el coronavirus, no, se trata de la depresión, mal más arraigado aún en la especie humana y para el que no existe vacuna. La infelicidad alcanza a todos los niveles sociales, económicos y culturales: estómagos colmados que buscan incansablemente cualquier fuente de sufrimiento. Y hasta los admirados deportistas padecen del castigo inmisericorde del agobio, víctimas propiciatorias por otro lado, pues desde bien pequeños son sometidos a un "darwinismo" implacable: competitividad, marcas, metas: infantes recién destetados que lloran desconsoladamente por la derrota banal padecida en un terreno deportivo, que no poseen mecanismos para digerir la amargura del músculo superado por el del contrario más hábil, más fuerte, más avispado, un campeón que a su vez no sabe gestionar su victoria si no es a través de la presunción, la burla o la crueldad. 

Vencedores y vencidos en un sistema enfermo construido sobre convenciones idealizadas en exceso, pero que en el fondo no son más que otra muestra de enfrentamiento entre naciones: el deporte es la política por otros medios: la guerra en un estadio: héroes y villanos. El espectador panzudo vocifera desde su asiento, insulta y denigra, desprecia y humilla: deportes minoritarios consiguen sus quince minutos de fama durante el ciclo olímpico: una medalla para el lucimiento efímero del tirano gobernante, ranking en el medallero para superar como sea al país vecino, ese chulo prepotente. Caballos de carreras: bien lo sabe el corredor de fondo, con la certeza de que cualquier satisfacción lograda ha de ser íntima, disfrutada en la soledad del esfuerzo, en ese punto en el que la mente se vacía y el cuerpo es un ente ajeno, inalcanzable. Será lo mejor, entonces, parar, sin vacilar ni un instante. Y adiós a todo eso.

miércoles, julio 21, 2021

"El agente topo", de Maite Alberdi

Un documental acerca de una ficción que es realidad: el documental es el medio, la ficción es Sergio convertido en espía infiltrado y la realidad, cruda, la aporta una residencia de ancianos: lugar que siempre despierta sospechas: casa de retiro que a la vez es hospital, que a la vez es manicomio, que a la vez es cárcel: la mezcolanza de condiciones de sus habitantes despierta escalofríos al nuevo, huésped voluntario, que contempla de primera mano las posibilidades vitales que se puede encontrar en un futuro cercano: demencia, incapacidad, hastío. Y la más temida: la soledad. El abandono del que lo fue todo y ahora sólo es un estorbo: trastero, chatarrería, muladar. Instituciones que quizá traten estupendamente a sus inquilinos, que intenten cubrir con esmero y dedicación sus necesidades, sus males, sus tristezas, pero que lo único que no pueden enmendar es la traición familiar que Sergio, el topo, muestra con la certeza de la verdad desnuda. Cría cuervos, Azarías.

domingo, julio 18, 2021

"Nomadland", de Chloé Zhao

Contemplo los campamentos que aparecen en la película, esos llanos desérticos urbanizados con furgonetas, caravanas, remolques, tiendas de campaña, viviendas ajadas pero móviles, siempre listas para la huida inesperada, donde sus habitantes lucen indumentarias improvisadas, desgastadas por el uso, se alimentan de conservas y acuden al trueque para cubrir las carencias de su utillaje, y me pregunto si no estaré viendo a los supervivientes de un apocalipsis zombi, género cinematográfico que está hasta en la sopa en los últimos años y que aparece cuando menos te lo esperas. Y es posible que no me falte razón.
Desheredados de la fortuna o, más bien, apartados del dios único de la religión "consume hasta morir". Pero la muerte no llega, morirse puede llevar años y años y hay que tirar para adelante aunque ya no se tenga edad para dormir al raso o al frío o al calor, para realizar trabajos físicos que parecían que habían quedado para estudiantes que querían ganarse unas perras durante el verano, para trasladar el cuerpo dolorido al siguiente curro de temporada que pueda mantener la falta de esperanzas: la campaña navideña de Amazon y el Pay them more! del presidente Joe Biden: tiempos modernos.
La directora Chloé Zhao y la ubicua protagonista Frances McDormand encarnando a Fern (han ganado todos los premios posibles con este filme) retratan una, a priori, dramática situación de callejones vitales sin salida, pero lo hacen de un modo tan benévolo (en ocasiones, excesivamente sentimental) que parecería que los realmente afortunados han sido los pobladores de esa tierra de nómadas. Sostenía el famoso antropólogo Marvin Harris que el estado de migración continua es el propio de la especie humana, el impulso innato inserto en nuestro material genético, y que el sedentarismo impuesto durante el neolítico, un hábito social contra natura. La belleza indiscutible de los grandes espacios abiertos norteamericanos terminan por apoderarse y empoderar definitivamente la estética del celuloide y refrendan el mensaje salvífico de la cinta: la última esperanza es el retorno a la naturaleza: Thoreau, Rousseau o San Francisco de Asís, ya lo sabían.
No sé si fue el poeta Byron el que dijo aquello de que cuanta más gente conocía, más quería a su perro. La bondad y caridad sin límite que asaltan a Fern durante su particular odisea ("Nomadland" no deja de ser una road movie, de la tercera edad, eso sí, sector en la que se topa por arriba con ejemplos mayúsculos como "Nebraska" de Alexander Payne o "Una historia verdadera" de David Lynch) resultan tan reconfortantes para el espectador, que sin duda desea lo mejor para la esforzada vagabunda, como sospechosas de verismo para cualquiera que viva en estos tiempos egoístas y codiciosos, faltos de empatía y de caridad, ausencias del ánimo y del espíritu que menoscaban las posibilidades altruistas de la condición humana y que me temo que no distinguen a ricos de pobres.

lunes, julio 12, 2021

"Operación Camarón", de Carlos Therón

Hace unos días tuvimos ocasión de asistir a una charla sobre la figura de Luis García Berlanga, cineasta del que este año se cumple el centenario de su nacimiento. El acto, moderado por el periodista Jesús Ruíz Mantilla, contaba con la presencia del excelente actor Miguel Rellán y el no menos excelente director de cine Manuel Gutiérrez Aragón. Entre anécdotas o meditaciones o revelaciones de gran enjundia sobre el carácter o el trabajo o la vida del eximio director valenciano, apareció también el tema de la crisis actual del cine español y de cómo la celebración berlanguiana (adjetivo que figura en el diccionario español gracias a la propuesta del académico Gutiérrez Aragón) había despertado el interés del público por revisar obras maestras del pasado en blanco y negro, como lo son "Plácido" o "El verdugo": interés por el pasado, que no por el presente de nuestro cine. La producción cinematográfica española de los últimos años destaca en títulos olvidables, de consumo fácil, sobre todo en comedias banales, veraniegas, como lo eran aquellas españoladas de la época del destape setentero, pero sin destape. El profeta de este rentable y abundante condumio fast food es sin duda Santiago Segura, que, desde unos inicios bien bizarros, se ha pasado al humor blanco del cine para todas las edades: otra cosa no, pero visión comercial no le falta.

En esta racha se inserta la muy publicitada (cualquiera que haya seguido la Eurocopa por televisión se habrá dado cuenta) "Operación Camarón": ubicuidad del título a cargo de la cadena televisiva que participa en la producción. Y ese es uno de los puntos calientes en el apreciable demérito de calidad artística del séptimo arte nacional en los últimos años: rentabilizar el producto a toda costa, apartando sin rubor la menor intención de que las neuronas del espectador activen una mínima sinapsis de su cerebro. Sin embargo "Operación Camarón", a diferencia de muchos otros títulos de los que ni quiero ni puedo acordarme, tiene un pase: reparto de notable vis cómica, con nombres como Julián López o Natalia de Molina (que atesora dos premios Goya), buen ritmo, rodaje solvente (qué bien se le dan a los nuevos directores españoles las escenas de acción), capacidad de intriga, diálogos acertados y, ante todo, duración ajustada a una canónica hora y media de proyección. Nada mal, en fin.

jueves, julio 08, 2021

"Luca", de Enrico Casarosa

Me quedaré con la incógnita de saber (no pienso buscarlo) si esta película ha sido patrocinada por Piaggio, fabricante de la moto Vespa, genuino icono del motor italiano, al menos del más popular, desde que se presentó al público en 1946. Y fue no menos icono, al igual que el también nacido en Italia Seat 600, del Desarrollismo español iniciado a finales de los años cincuenta (en una Vespa cabían tres adultos, como nos enseñó Vicente Aranda en "Camina o revienta": Eluterio Sánchez "El Lute" y dos compinches desvalijando una joyería madrileña: un ladrillo y una motocicleta para escapar de la miseria secular española: más cornadas da el hambre). La pasión desbordada que demuestran por la "avispa" con ruedas los evadidos del piélago Luca y Alberto, tritones marinos anhelantes de secano y asfalto, es sin lugar a dudas el leitmotiv de la trama.

Un cartel muestra a la anterior pareja que más hizo por promocionar las ventas mundiales del vehículo: Gregory Peck y Audrey Hepburn conduciendo una a la vera del Coliseo romano. Ese fotograma ilustrado de "Vacaciones en Roma" de William Wyler aporta una pista sobre el carácter de "Luca": no se homenajea la identidad (o al cine italiano, como he escuchado en alguna parte), sino a ese cine que ha hecho de Italia un tópico para turistas. Y para dejar bonito el panfleto de agencia de viajes, el territorio representado en "Luca" es el litoral de Liguria recorrido cada año por miles (o millones) de turistas en el periplo conocido como Cinque Terre: fotos maravillosas extraídas a codazos por saturación de móviles apuntando a multitud de caretos selfi que arruinan la belleza del paisaje (Portorrosso se denomina el pueblo donde trascurre la aventura terrestre de Luca, topónimo imaginario que es muy parecido a Monterrosso, uno de los pueblos más visitados en esa zona de la costa italiana, aunque parece ser que el nombre en realidad es un homenaje a la película de animación "Porco Rosso" de Hayao Miyazaki, homenaje, a su vez, a la aviación italiana).

Tras "Coco" Pixar vuelve a asomarse a culturas "exóticas" o, más bien, a sus formas más reconocibles e idílicas por poco profundizadas: paseos ligeros fuera de Estados Unidos, algo muy típico de las producciones de Disney, dando lugar a una comedia amable, espectacular visualmente, con el acostumbrado guion recurrente, por políticamente correcto, que aborda el sempiterno miedo al otro, al extraño, al forastero, al inmigrante, y su consabida aceptación sin barreras al final del folio: historia plana que, a diferencia de los añorados clásicos de la época dorada de la productora cinematográfica del flexo saltarín, no emociona hasta la lágrima. Porque así era.

jueves, julio 01, 2021

"Expediente Warren: Obligado por el demonio", de Michael Chaves

Si hay un cineasta que haya dominado como ningún otro la taquilla del género de terror durante el siglo XXI, ese ha sido, sin lugar a dudas, el director australiano nacido en Malasia conocido por el nombre de James Wan. Genuino rey Midas del cine actual, pone su firma como director, productor o guionista a sagas de singular éxito en esto del grito y del susto como son "Saw", "Insidious" o "Expediente Warren", ingente cantidad de títulos de costes contenidos y recaudaciones formidables. La incógnita reside en saber si existe un sello de autor y, disponiendo de recetas infalibles para el público, dilucidar cuál es el secreto de su éxito.

Particularmente "Saw", su primer largometraje, estrenado en 2004, me pareció un debut sumamente prometedor, cinta dotada de cierta originalidad en su trama y en su puesta en escena y aguerrida en su desenlace: gore pero sin pasarse. "Saw" y su jigsaw o asesino del puzle era atrevida e icónica, y dio lugar a un gran número de secuelas de las que no he visto ni una: la primera me dejó contento así que para qué más. "Expediente Warren", sin embargo, me ha dejado siempre (de esta saga las he visto todas, incluida esta tercera que da título a la entrada del blog y que está dirigida por Michael Chaves aunque James Wan siga vigilante entre bambalinas) una intensa sensación de déjà vu: esto ya lo he visto. El subgénero de casas encantadas con espíritu maligno recorriendo sus pasillos está muy trillado y salvo aportes sorprendentes como el de la película "The Babadook" de Jennifer Ken, tiene pocas novedades que ofrecer.

El ciclo "Expediente Warren" relata las andanzas de dos famosos investigadores de lo paranormal (alcanzaron fama mundial después del celebérrimo caso de Amytiville, otro de los nombres de lustre ligados al cine de terror), Ed y Lorraine Warren (Patrick Wilson y Vera Farmiga), profesionales de esa denostada labor de atrapar duendes: o gamusinos: hazmerreir de escépticos, faro para crédulos. La industria del horror en celuloide se presenta de la mano de Wan como un espectáculo casi para todos los públicos, extirpando la acostumbrada carga sexual del terror para adolescentes (protagonistas beatos y recatados: profunda carga religiosa en el metraje, otro vicio indisimulado del cine hollywoodiense de las últimas décadas) y eludiendo el recurso fácil de abuso en la presentación de sangre y vísceras: casas del terror de las que existen en cualquier parque de atracciones, banalidades posmodernas que justifican el precio de la entrada en una realización cuidadosa que logra que el espectador sea el que deambule por la casa encantada de turno, vigilando, inquieto, los límites del encuadre en busca de la siguiente aparición.

Por otro lado, la tercera entrega, "Expediente Warren: Obligado por el demonio", a la vez que cambia de director modifica un tanto el registro y muestra al matrimonio Warren más intrépido y aventurero visto hasta la fecha, enfrascado en la investigación del caso criminal del homicida Arne Johnson, acusado de asesinar a su casero Alan Bono. Aquel juicio de principios de los ochenta fue el primero de la historia de Estados Unidos en el que la defensa del acusado, asesorada por los Warren y su ansia de notoriedad, alegó la condición de posesión demoníaca para justificar el crimen. El juez rechazó de plano esa argucia fantasiosa del abogado de Johnson, por más que en la película nos quieran convencer, con sobradas escenas de satanismo, exorcismo, encantamiento, maldición, posesión y otras diabluras, de que haberlas haylas. Película basada en una historia verdadera. Y punto.

domingo, junio 13, 2021

"Whisky", de Juan Pablo Rebella y Pablo Stoll


Cinta uruguaya del año 2004 que se alzó con el premio Goya a la mejor película iberoamericana y que se había quedado apuntada en la memoria, como tantas otras, esperando su momento. Película parca en diálogos: sus protagonistas aparecen como personajes grises, tímidos, incapacitados para nada que no sea la atadura de la costumbre, el alivio del hábito, la cárcel salvadora de la tarea laboral y el horario monótono: no comunicarán al espectador, en ningún momento, mediante una ansiada declaración o monólogo o arrebato pasional al uso en las artes escénicas, la profundidad, si la hubiera, de sus anhelos sentimentales. Todo debe extraerse de una puesta en escena prodigiosa, una ambientación extraordinaria por decadente y plomiza que nos insinúa lo que podemos llegar a conocer del inusitado ménage à trois formado por Jacobo, Marta y Herman.

Los hermanos Jacobo y Herman Koller (Andrés Pazos y Jorge Bolani), dueño cada uno de una fábrica de calcetines de distinto estilo y éxito, uno en el terruño uruguayo, el otro emigrado a Brasil (siempre parece que le va mejor al que se va, al aventurero, al emprendedor: siempre parece más triste el que se queda en la estación despidiendo al viajero), presentan una rivalidad arquetípica que se realza mediante la introducción de una modesta empleada de Jacobo, Marta (Mirella Pascual), fiel de una balanza que permite al observador dilucidar acerca de la psicología recóndita de los caracteres presentados, del peso que el pasado o la familia o los traumas arrastrados, ejercen en las condiciones del presente: esclarecer si el tacaño redomado puede convertirse en el ser más generoso, el amor platónico silencioso en un romance consumado o, sobre todo, si el lastre de la cotidianidad llegará algún día a romperse en mil pedazos. Y, como en muchas de las mejores películas, sembrar los fotogramas de preguntas, que no de certezas, para que cada cual, cada uno de nosotros, sea un personaje más en busca de sus propias respuestas.

domingo, mayo 09, 2021

"Milou en mayo", de Louis Malle

La lista de obras maestras filmadas y firmadas por el cineasta francés Louis Malle es impresionante: "Ascensor para el cadalso", "El fuego fatuo", "Un soplo en el corazón", "Lacombe Lucien", "Adiós, muchachos", "Atlantic City", "Vania en la calle 42". Siempre polémico, siempre genial, sin miedo a abordar temas que propicien debates intensos alrededor de asuntos considerados tabúes absolutos, tanto para la hipócrita vida social de su época como para la falseada fachada histórica de la Francia heroica de La Résistance: resquebrajaduras en el monolito antinazi.

Así pues, ¿en qué mayo podría estar Milou sino en el Mayo de 1968, mítico símbolo revolucionario de la lucha contra el capitalismo? Guerra de Vietnam, imperialismo, autoritarismo, explotación. Las causas a combatir durante aquella primavera parisiense eran muchas y buenas, loables en su inmaculado repertorio, pero sobre todo ponían en relieve las profundas contradicciones del movimiento: estudiantes burgueses contra la burguesía que los alimentaba, que les proporcionaba un status superior, que les acogería amorosamente en cuanto se sacaran el título. Serán los sindicatos obreros, que veían a las agrupaciones de estudiantes universitarios como juegos de niños de papá aburridos de sus privilegios, los que realmente pondrían en apuros al presidente Charles De Gaulle y al primer ministro Georges Pompidou al convocar huelgas generales que paralizarían la nación francesa durante días.

Ese telón de fondo convulso y ya legendario (De Gaulle disolvió el gobierno y convocó elecciones en junio que, paradójicamente -o no tanto- supusieron un avance de los conservadores de derechas y un retroceso de las posiciones izquierdistas) es el que se encuentra la familia de Milou (Michel Piccoli), convocada a reunión en la hacienda familiar tras el fallecimiento de la abuela, matriarca del clan. Días de luto y duelo transfigurados en un alocado velatorio, exequias insensatas que se balancean entre el miedo tribal a la pérdida de prebendas que puede reportar la revolución radiada y la codicia innata del reparto de la herencia, ese vicio consuetudinario de todos los biennacidos. 

Las pulsiones sexuales escondidas durante años entre los que disfrutaron juntos de largos veranos despreocupados de manteles blancos y sudores refrescados en riachuelos privados, terminan de configurar una estupenda comedia del año 1990 que se puede adjetivar de forma certera como berlanguiana: "La escopeta nacional" en versión francesa, ruedo ibérico emigrado a viñedos del norte, aquellos a los que trashumaban cada año nuestros esforzados vendimiadores: lucha de clases esperpéntica y caricaturizada, que pone el foco en el lado ocupado por una burguesía alejada de los problemas del mundo real y presentada como un ente aterrorizado ante el fin de su ensoñación: una cinta que es una hipérbole indudable, pero que acierta al exhibir falsedades, ranciedades y patetismos que perduran hasta hoy. Gran película.

viernes, abril 30, 2021

"El faro", de Robert Eggers

Desde su extraordinario primer largometraje, "La bruja", se hacía de rogar la llegada de una segunda propuesta fílmica del director novel Robert Eggers. Llegó en la forma de "El faro", película que, como en el caso de su ópera prima, tiene querencia hacia la extrañeza, lo sobrenatural, lo psicológico y, ante todo, la irrefrenable advocación por el maligno: el demonio dentro de ti. Paradójicamente, con este faro no se puede asegurar que el cineasta haya vuelto a ver la luz. La que queda certificada es su habilidad para la construcción de ambientes opresivos: lugares solitarios y aislados, de estricta tranquilidad deshabitada, que sin embargo no son más que telones de camuflaje, trampantojos de una calma tensa que deviene fantasmagórica: el hotel Overlook de "El resplandor" de Stanley Kubrick como referencia certera para ubicaciones que vampirizan la voluntad y el espíritu de sus ocupantes. Y el malogrado Jack Torrance, el epítome del incauto que buscando la paz queda atrapado en abismos de locura.

Aquel novelista frustrado que ideó la fértil mas tenebrosa imaginación de Stephen King, se reencarna ahora en el guardián de un faro interpretado por las limitaciones actorales de Robert Pattinson: verle compartir fotogramas con la maestría acreditada de Willem Dafoe es, cuanto menos, aleccionador. La cinta, muy atractiva visualmente (el arte visionario, romántico y mitológico de William Blake o las aberraciones tentaculares de H. P. Lovecraft dan apoyo estético y argumental a las fantasías alucinatorias de cualquier artista posmoderno), con un encuadre de película antigua y un blanco y negro tan tétrico como luminoso, resulta apabullante en su extremosidad, tanto que termina produciendo desconexión, desinterés y bostezo sin remedio, sensaciones que lastran el resultado: escenas tan escatológicas que terminan siendo pueriles se alternan con otras dominadas por la violencia desatada (en exceso) del desenfreno alcohólico acompañado de una tensión sexual no resuelta: "Brokeback mountain" en el faro del fin del mundo.

Los mares del norte, lugares inhóspitos, aterradores, colmados de amenazas: hic sunt dracones: donde se escondían los monstruos, donde siguen escondidos. Y las sirenas, voluptuosas y mortíferas, los peores de todos ellos.

domingo, abril 18, 2021

"La madre del blues", de George C. Wolfe

Ma Rainey's Black Bottom, título original de la película, que era a su vez el nombre de una de las canciones más populares de la cantante Gertrude Pridgett, conocida como Ma Rainey, primordial dama del blues. Si para su distribución en el mundo hispanohablante, donde no sería sencillo conocer la coincidencia con el tema musical, se hubiera optado por la traducción literal del título, ese "trasero negro de Mamá Rainey" podía haber traído cola en este infierno de ofendidos instantáneos que nos toca habitar: el adjetivo políticamente incorrecto, fácilmente convertible en vilipendio racial. No hace mucho que mi asombro, que ya no se asombra de nada, digirió de mala manera la noticia de que en algunos centros escolares estadounidenses se anunciara la censura y retirada del alcance de los alumnos de la magistral "Matar a un ruiseñor", tanto la novela de Harper Lee como la adaptación cinematográfica de la misma que realizó Robert Mulligan (también se puede disfrutar en forma de novela gráfica). Se me ocurren pocas obras capaces de remover conciencias de forma más intensa, de acercar mensajes de injusticia social de manera más certera a nuestra despistada juventud perdida. El motivo principal de la prohibición del libro residía en el uso del término "nigger" a lo largo del texto: la "n-word", que dicen en público los pudorosos, al igual que usan la "f-word" como eufemismo de sus enfados: negrata y joder: si no las digo no existen, fin del problema. Pero existen, el lenguaje no es el problema: "I'm not your negro", buen documental de Raoul Peck sobre la figura del activista negro James Baldwin, coetáneo de otros nombres más famosos en la lucha por los derechos civiles, como los de Martin Luther King Jr., Medgar Evers o Malcolm X. O la reciente "Una noche en Miami…" de Regina King, acerca del encuentro en una habitación de hotel de Malcolm X con el cantante Sam Cooke y los deportistas Cassius Clay (aún con ese nombre) y Jim Brown. Black Lives Matters y sus reivindicaciones sociales, sus contradicciones y sus desdichas, siguen llenando metros de celuloide.

Una jornada de trabajo, la grabación de un disco de blues durante un tórrido día de verano en Chicago, en los años veinte, antes de la Gran Depresión, cuando todavía era posible soñar con éxitos y fortunas. La película está basada en una obra teatral homónima y esa herencia estética es indisimulable y se deja notar durante todo el metraje: a la estupenda ambientación, a los logrados maquillaje y vestuario, se une el diálogo incesante característico de un libreto generado para su interpretación diaria en un escenario. Ahí brilla singularmente esta película (por favor, actívese la versión en idioma original en las opciones de audio), un drama agridulce que cuenta para su destaque con las fantásticas interpretaciones de Viola Davis y, sobre todo, de Chadwick Boseman: la pantera negra entona un canto del cisne sensacional: actor fallecido prematuramente el año pasado y para el que no sería en absoluto descartable que el premio Oscar a mejor protagonista que se entrega el próximo 25 de abril, le alcance póstumamente. Gloria eterna.

martes, abril 13, 2021

Dieciséis

Este pequeño Licantropunk cumple dieciséis años y, como de costumbre, la persona que recuerda todas las fechas le hace un regalo, el libro "Wes Anderson" escrito por Ian Nathan, un volumen lindamente editado por Cúpula que recoge la trayectoria cinematográfica del cineasta de Houston. Wes Anderson ha sabido obtener ese anhelo artístico que está al alcance de muy pocos y que es el de lograr un sello de autor personal y reconocible, a través de una visión moderna, imaginativa y minuciosa del arte del cine. "Academia Rushmore", "Moonrise Kingdom", "Los Tenenbaums". "El Gran Hotel Budapest", "Fantastic Mr. Fox", títulos señeros que son analizados en el libro con profusión de detalles de sus contenidos y abundancia de fotografías de sus formas.

Sweet sexteen. Lo que sucede conviene, dicen, y que después de tantos años este blog perdure es un asunto del que no dudo de su conveniencia. Para mí, al menos: el ejercicio de redacción que espabila la mente y detiene el tiempo: la búsqueda siempre incompleta del adjetivo certero, del sustantivo adecuado, de las palabras que acompañan a la esperanza inagotable de encontrar la próxima gran película que me falta por ver.

domingo, abril 11, 2021

"Los muertos no mueren", de Jim Jarmusch

Jim Jarmusch, sello de autor indie, también se apunta, sin prejuicios, a la moda zombi, y realiza una comedia: zom com o zomedy, un género dentro de otro género. Ya con "Sólo los amantes sobreviven" se aproximó al cine de terror, fantástico o sobrenatural, logrando con aquella película una obra de mayor trascendencia y recorrido que con "Los muertos no mueren" y, por supuesto, mucho más personal: fantaseando sobre una posible historia de amor entre vampiros, cuajó una alegoría de sus circunstancias vitales. O eso parecía.

Un tanto de metáfora de la sociedad actual, velada apenas, desea introducir Jarmusch en esta de zombis: el muerto viviente es el vivo muerto cotidiano de nuestra época, el ser mediocre y mediatizado, acaparador y codicioso, que surge del lema ubicuo del consume hasta morir: y, si fuera posible, seguir consumiendo después: escapar de la sepultura en busca de una tienda, de un bar, de wifi gratuita: las adicciones banales persisten al cruzar al otro lado.

El director se va de rodaje con los amigotes, con los sospechosos habituales: Bill Murray, Tom Waits, Iggy Pop, Tilda Swinton, su pareja la realizadora Sara Driver y otra larga lista de caras conocidas del cine estadounidense. Y seguro que se lo pasaron fetén haciendo esta película: fiesta privada de Halloween, divertimento ajeno que, sin embargo, alcanza al espectador, al que le será sencillo pasar un buen rato viendo esta película. Sin demasiadas pretensiones, se llega a un nítido homenaje al cine de serie B, a la saga "Creepshow" (creepy es el adjetivo empleado exhaustivamente durante todo el metraje), a los antiguos cómics de terror, a las películas de Romero y a los podridos decimonónicos que emergen de las tumbas de los cementerios en noches de plenilunio al estilo canónico, en contraste con la reanimación inmediata que está más en boga desde que se estrenó, hace una década, "The Walking Dead", genuino culebrón interminable del resucitado posmoderno y que realmente devolvió a la vida a esta horda infinita de impíos antropófagos.

miércoles, marzo 31, 2021

"Vicky Cristina Barcelona", de Woody Allen

Polémica película para un director polémico: con él llegó el escándalo. Y ese escándalo, conocido por todo el mundo, complicó encontrar la financiación necesaria (a pesar de que las películas de Woody Allen se distinguen por su bajo presupuesto) para que el director de Brooklyn mantuviera su cadencia de una película por año. Llegó a un acuerdo con Mediapro, conocida por todo el mundo, al menos el de aquí, también, para que la compañía del no menos polémico Jaume Roures financiara tres rodajes, el primero de los cuales sería "Vicky Cristina Barcelona" (después vendrían "Conocerás al hombre de tus sueños" y "Midnight in Paris").

Cuentan las malas lenguas que el contrato, mefistofélico, obligaba a que ese primer componente del trío debía ser rodada en Barcelona, de modo que el prestigio artístico del cineasta quedara unido por siempre al nombre de la ciudad condal, más aún, ese nombre tenía que aparecer obligatoriamente en el título. Así, el nefasto rótulo de la película podía ser fruto del pataleo y posterior zanjado de la cuestión contractual por parte del director: el chantaje monetario se hace patente en que la cinta aparezca a ratos como un publirreportaje bastante cutre. También sale Oviedo, sí, pero si se hace caso a la reciente autobiografía de Woody Allen, "A propósito de nada", la escapada a Asturias parece justificada por el amor que Allen asegura tenerle al sitio.

Entonces, ¿es "Vicky Cristina Barcelona" algo más que un anuncio comercial bien pagado? Pues apartando la morralla tópica (que, por otro lado, produjo que la película fuera un éxito en Estados Unidos, y, en España, mucho criticar, pero fue la tercera película más taquillera del año 2008) y propagandística, sosteniéndose en las estupendas actuaciones de Penélope Cruz o Rebecca Hall (de nuevo Allen como enorme director de actrices) se asoma una de las películas más sensuales y provocadoras del gran genio del séptimo arte, un metraje en el que se desmontan los presupuestos argumentales de su mercenaria primera parte para volver a incidir en las contradicciones de la alta sociedad estadounidense, acostumbrada a obtener todo lo que desea firmando un cheque, todo excepto el talento y la sabiduría, bienes impagables que solo son otorgados por la inquietud y la constancia. La cultura, ese ansia.