martes, agosto 08, 2017

"Abracadabra", de Pablo Berger

Una comedia española, españolísima, una más: la risa que en cualquier momento puede bascular hacia el llanto: comedia que en realidad es tragicomedia: comedia negra. Todo empezó en la picaresca, con un ciego que golpeaba a su lazarillo por pasarse de listo, que empujaba la cabeza del pilluelo contra el verraco de piedra que vigila la entrada del Puente Romano de Salamanca: el mozo de un ciego ha de saber más que el diablo. Y las referencias cinematográficas que han llevado a "Abracadabra" son múltiples en el celuloide patrio, pero las que surgieron con fuerza viendo la película son las de La Cuadrilla: el cine que los directores Santiago Aguilar y Luis Guridi realizaron en los años noventa, con títulos como "Matías juez de línea", "Atilano presidente", y sobre todo la gran joya, "Justino, un asesino de la tercera edad", comedia nigérrima que anticipa a "Abracadabra" en sus formalismos (este recuerdo a la trayectoria de La Cuadrilla se reafirma con la presencia en "Abracadabra" de dos actores que protagonizaron aquel cine, como son Saturnino García o Ramón Barea).
Se recurre a los tópicos, algunos de los más rancios, como en aquellas "españoladas" que llenaban los cines del tardofranquismo: recursos facilones, en realidad. Nada nuevo, por tanto, ofrece Pablo Berger, un director que, sin embargo, epató con la estética de cine mudo de su anterior película, "Blancanieves", guión que también ahondaba en relatos de la España Negra, del folletín decimonónico de huerfanitas desvalidas y madrastras malvadas de opereta, con su luto y su mantilla. Ahora la crítica a la sociedad española se centra en el macho ibérico y su ecosistema cutre de chonis y baretos de barrio, una mirada sardónica hacia la clase obrera que emana cierto tufillo clasista por parte del autor, ánimo de caricaturizar justificado por su condición de comedia: el hombre español, ese hombre, situado entre el machismo exacerbado y la esquizofrenia mental, no encuentra la menor oportunidad de redención, apunta Berger.
La cinta se salvará por su reparto, y no sólo por la pareja protagonista formada por Maribel Verdú y Antonio de la Torre, fantásticos actores capaces de sacar adelante el guión que se tercie defender, acompañados en esta ocasión del televisivo José Mota, al cual no se le da nada mal la gran pantalla, como ya demostró, nominación a los premios Goya incluida, en "La chispa de la vida" de Álex de la Iglesia. A ellos se les une un rosario de formidables secundarios, esa casta inferior de los títulos de crédito que ha caracterizado mucho de lo mejor que se puede apreciar en la Historia del Cine Español, Historia que continúa, pero que para que avance deberá asumir riesgos, más de los que el público y la taquilla parecen dispuestos a aceptar, y que en "Abracadabra" no aparecerán. Ni por arte de magia.

jueves, agosto 03, 2017

"Dunkerque", de Christopher Nolan

La verdad es que ni franceses ni británicos tenían ninguna gana de entrar en guerra con Alemania por mucha barrabasada que estuviera cometiendo Hitler en el centro de Europa. ¿Sudetes? ¿Dónde están los Sudetes esos? Pero cuando el ejército alemán invadió Polonia, no hubo manera de evitar el conflicto bélico: 'Cuando escucho a Wagner durante más de media hora me entran ganas de invadir Polonia', sostiene Woody Allen en "Misterioso asesinato en Manhattan". Y a Hitler le pirraba Wagner. La coalición anglo-francesa no es rival para la moderna maquinaria de guerra alemana y la Wehrmacht barre en la primavera de 1940 el frente defensivo que los aliados habían dispuesto en Bélgica, forzando la retirada de las tropas hacia los puertos del Canal de la Mancha. Francia se ve derrotada y está considerando las condiciones de un armisticio, pero Gran Bretaña lo que tiene en mente es salvar la mayor parte posible del ejército desplegado en el continente: se pone en marcha la Operación Dynamo. Las guerras no las ganan las evacuaciones, advierte Churchill, pero Alemania va a lamentar no haberse esforzado más en acabar con los 400.000 soldados embolsados en el puerto francés de Dunkerque.
Blood, toil, tears and sweat. Sangre, esfuerzo, sudor y lágrimas, eso también lo dijo Churchill, y contemplando la magnífica cinta bélica que ha entregado el director inglés Christopher Nolan, el espectador puede hacerse una buena idea de lo que prometió el primer ministro británico cuando accedió al cargo. Nolan demuestra, de nuevo, su enorme capacidad para afrontar retos cinematográficos por caminos poco convencionales. Una de las características de su cine es que utiliza buena parte del comienzo del metraje en proporcionarle al espectador un manual de uso, unas instrucciones para que sepa componer el puzzle al que está invitado a participar. En esta ocasión la guía será breve: en la playa una semana, en el mar un día y en el aire una hora: tres líneas argumentales donde desarrollar el drama, tres espacios y tres tiempos para que la acción salte de uno a otro y se forme una perspectiva amplia de lo que sucedió en ese terreno desesperado. Para que la acción no deje un respiro y la tensión logre hacernos coger un fusil y ponernos un traje caqui, la banda sonora firmada por Hans Zimmer nos asfixiará en una incesante escala de Shephard, un efecto musical que sólo parará con los reclutas sentados en el vagón de un bien afinado tren inglés. Y Nolan, seguro, mostrará cierta vena patriótica, inevitable, en esta cinta repleta de conocidos actores británicos (Kenneth Branagh, Cillian Murphy, Mark Rylance, Tom Hardy, y un montón de jóvenes debutantes cuyo nombre desconozco), pero la contiene, alcanzando un equilibrio entre el factor heroico y el, más común, sálvese el que pueda.
Las guerras las declaran hombres maduros, pero las combaten adolescentes imberbes, niños recién estirados que engrosan masas uniformes de carne de cañón. Dunkerque también es recordada por ser una de las ocasiones señaladas en la que los padres acudieron al rescate de sus hijos: cientos de pequeñas embarcaciones, de poco calaje, partieron de los puertos del sur de Inglaterra y, bajo el acoso aéreo de la Luftwaffe, alcanzaron la playa: aquello que también dijo Churchill, lo de que nunca tantos debieron tanto a tan pocos, aunque en realidad esa frase se la dedicó a los pilotos de la RAF que defendieron su nación de las incursiones de la aviación alemana: los legendarios cazas Spitfire combatiendo sin tregua a los Stuka y Heinkel alemanes en el Canal, una leyenda que, cuenta Nolan, empezó en Dunkerque. 

lunes, julio 31, 2017

"Spiderman: Homecoming", de Jon Watts

Los derechos para las adaptaciones cinematográficas de las aventuras de los superhéroes de la editorial Marvel están repartidos por distintos estudios. La parte del león la tendrá Disney desde que compró Marvel en el año 2009, pero antes de esa fecha se habían producido películas con algunos de los famosos personajes de la empresa de tebeos, filmes que se convertirían en sagas de éxito, y que recayeron en más de una productora. Por ejemplo, las aventuras de los X-Men son cosa de 20th Century Fox desde 1994, cuando esta compañía adquirió los derechos cinematográficos, Lobezno incluido, autorización que Brian Singer estrenó en el año 2000 con la primera "X-Men". Y en cuanto a Spiderman, fue la Columbia la que matriculó al Hombre Araña y Sam Raimi el que lo bautizó, con la cara de Tobey Maguire, en su cinta del año 2002. Tanto Singer como Raimi convirtieron sus películas en taquillazos y dieron así el pistoletazo de salida para la invasión de fotogramas marvelianos que ha caracterizado gran parte del cine de acción del siglo XXI.
Spiderman vuelve a casa, dice el título de la película, dando a entender que su hogar son los estudios Marvel, Disney por tanto, y el toque Disney se hace notar en esta producción. El retorno del hijo pródigo ya se había materializado en "Capitán América: Civil War", de los hermanos Russo, donde tuvo su primera aparición este Spiderman interpretado por el adolescente Tom Holland, actor veinteañero en realidad, pero que en la película debe aparecer como un chaval de quince años: Disney apunta con precisión al segmento de edad objetivo de su negocio y en ciertos momentos la cinta amenaza con volcarse hacia una de tantas sitcom para menores que abundan en el Disney Channel televisivo. 
Sin embargo la película tiene apoyos suficientes como para resultar una buena opción de cine de tarde veraniega para cualquier público, mayores incluidos, y entre esos puntales se puede destacar un reparto en el que Robert John Downey Jr. ejerce de pigmalión del joven Peter Paker (Ironman es, sin lugar a dudas, el eje central, hasta el momento, del Universo Marvel cinematográfico), que el malo sea Michael Keaton (feliz jugada la de pasar de su personalísimo Birdman a encarnar un remedo de El Buitre, uno de los archienemigos canónicos de Spiderman) o que, sorprendentemente, la anciana tía May sea ocupada por el carácter latino de Marisa Tomei. Y sí, la película se pasa por el forro la historia del personaje tal y como la pergeñaron en 1962 Stan Lee y Steve Ditko para su desarrollo en cómics semanales. Pero, a estas alturas, ¿quién lee tebeos de superhéroes?

martes, julio 18, 2017

"Silencio", de Martin Scorsese

Acusar a esta película de proselitismo sería tan obvio como superfluo: el espectador común siempre manifestará sentimientos de compasión hacia las víctimas y de repulsa hacia los inquisidores, sea la religión que sea sobre la que se ponga el foco, pues la libertad de culto es uno de los derechos fundamentales del ser humano. Pero en este caso se trata de cristianismo: es la religión católica, su historia más doliente, la retratada, y el anticlericalismo moderno encontrará un hueso duro de roer en esta cinta, retrato de persecuciones y martirios: los malos son los otros. Y, sin embargo, ese no es el tema de la película.
Veo esta adaptación fiel que ha realizado Martin Scorsese de la novela homónima del escritor japonés Shūsaku Endō y lo que contemplo es la ilustración certera de la duda, de una manera mucho más evidente pero con el mismo cariz intelectual que ya se encontraba en "La última tentación de Cristo" del propio Scorsese (no hará falta tirar de psicoanálisis para descubrir motivaciones de pensamiento en algunas de las obras del cineasta neoyorquino) o, apuntando a la obra maestra en esto de describir la Duda, en "El Séptimo Sello" de Ingmar Bergman: la partida de ajedrez que todos jugaremos algún día, ateos incluidos. O sobre todo.
Iconos y reliquias. Los orígenes del cristianismo, sus fundamentos primigenios, fueron traicionados en los sucesivos concilios que han reformado la Iglesia a través de su historia ("La Iglesia católica" de  Hans Küng como referencia bibliográfica nada farragosa para entender una evolución, esa sí, realmente compleja), reformas que tuvieron en sus primeros tiempos el objetivo nada disimulado de aumentar la parroquia: una religión universal para el imperio mundial de entonces, el romano. Despejar dudas aproximando el mensaje de Jesucristo al paganismo de los amuletos, los ritos de fertilidad y la protección de una miríada de semidioses del santoral: santos y vírgenes a los que pedir y rogar, uno para cada día: Santa Bárbara para dominar el rayo, como si fuera el nórdico Thor, la Virgen del Carmen como trasunto de Poseidón o rezarle a San Antonio para buscar pareja (¿qué dios pagano se empleaba para esto? ¿Meetic?). Y si lo que se quería era alcanzar la contemplación divina por la vía rápida, nada mejor que el martirio: aquellos niños, Justo y Pastor, que, nos contaban en el colegio, fueron ejecutados por negarse a apostatar de sus creencias, tiernos infantes elevados a los altares durante las persecuciones del emperador romano Diocleciano, época sangrienta para los seguidores de la cruz.
Dos jóvenes jesuitas interpretados por Andrew Garfield y Adam Driver, desembarcan clandestinamente en Japón en el siglo XVII, últimos soldados de una batalla perdida, misioneros en tierra hostil. El peso de la película recae en Andrew Garfield, aquel chico que también protagonizara un ejemplo reciente de sacrificio en "Hasta el último hombre" de Mel Gibson, un actor expresivo dotado para el blockbuster. Pero quizás Adam Driver, ese "Paterson" de Jim Jarmusch, hubiera conseguido una interpretación más profunda, más sentida, menos pasional, entendiendo pasional como una pasión barroca de Semana Santa andaluza: el calvario y el dolor místico colmando vidrieras y retablos. El arte occidental se dedicó en su mayoría y durante muchos siglos a ilustrar el mensaje de la Iglesia de Roma para que una población analfabeta lo captara con el menor esfuerzo: cada catedral un cómic repleto de torturas y sufrimiento, un horror que parece lejano, remoto, ajeno. En la actualidad el cristianismo es una de las religiones más perseguidas en el mundo, creyentes que continúan a escondidas en sus propios países. Silencio.

lunes, junio 26, 2017

"Piratas del Caribe: la venganza de Salazar", de Joachim Rønning y Espen Sandberg

Lo que más me ha sorprendido de esta película, ha sido ver al insigne Sir Paul McCartney (ese ser al que mataron muchos años atrás sustituyéndolo por su abuela) haciendo un cameo. Ya estaba acostumbrado a la escena en la que, en alguna otra entrega, aparecía Keith Richards, estrambótica leyenda del rock que al parecer sirvió en su día de inspiración para la composición del personaje del  capitán Jack Sparrow, pero que en esta última McCartney le haya sustituido, como si hubiera estado calentando banquillo hasta el minuto 85, los Beatles de segundo plato de los Rolling... hoy me siento malvado.
El viento sopla en las velas y el espíritu libertino de los piratas nos ha acompañado siempre: sabíamos de sobra lo que era un kraken, un maelstrom, la isla de la Tortuga, la Mota Negra o el Holandés Errante: por las novelas de aventuras que ya no se regalan a los jóvenes, Robert Louis Stevenson y Emilio Salgari ante todos, de Long John Silver al Corsario Negro; por el cine con los clásicos protagonizados por Errol Flynn o Burt Lancaster o incluso aquella "Piratas" de Roman Polanski que supongo que casi nadie recuerda; o por los cómics de "El Corsario de Hierro" o del periplo pirata de Conan junto a la fiera Bêlit. Pero si un pirata fue icono de mi generación, sin duda hay que marcharse del Caribe y viajar al sudeste asiático, con un televisor en blanco y negro, en busca de Sandokán.
"Piratas del Caribe" se entroniza como un derroche de efectos digitales que, sello de la casa, dejan poco espacio a la imaginación. Además de la inmensa popularidad adquirida por el capitán Jack Sparrow encarnado de manera única y singular por Johnny Deep, la saga se ha caracterizado por sus salvajes grupos de malos, modelados de manera extrema por el ordenador más cercano, ejércitos fantasmagóricos a los que no les falta detalle. Tanto el capitán Barbosa (Geoffrey Rush), como Davy Jones (Bill Nighy) o el más reciente Salazar (Javier Bardem: el más reciente y el menos carismático de todos ellos), lucían fabulosos en la pantalla grande: ya no hay límites a la hora de materializar en el celuloide (que ya no existe, soporte invalidado para las nuevas técnicas de rodaje) lo que sea.
El cine como parque de atracciones. Y de uno de ellos, de una de sus instalaciones más populares, surge la idea de la saga "Piratas del Caribe". Y el triunfo comercial de las películas lleva más gente al parque, y el bucle del dinero se realimenta y crece y crece. Puro divertimento estos "Piratas del Caribe", aunque también son capaces de aburrir: la acción y la aventura han de tener un cronómetro corto en la mano del realizador. Pero es posible que esta quinta haya resultado menos plomiza que sus predecesoras y quizás lo sea por la velada intención, o así lo parece, de no hacer una sexta. Quinta entrega para ir cerrando todos los temas y temillas que quedaban pendientes de capítulos anteriores. Quinta con vocación de última, de colofón, de comer perdices para siempre y todo eso, si bien el final de los créditos deja, tímidamente, abierta la puerta a que, si los fondos de inversión quieren, la Perla Negra, siga surcando los Siete Mares.

jueves, junio 22, 2017

"Paterson", de Jim Jarmusch

La belleza del bucle cotidiano. La écfrasis de lo infraordinario: detenerse en la contemplación del día a día, de las señales de la costumbre, y cosechar un puñado de frases certeras, hermosas. He leído a maestros consumados de ese ardid literario, francotiradores de la palabra escrita como Georges Perec o David Foster Wallace, pero no he leído a William Carlos Williams, poeta de Paterson, New Jersey, que da lustre a los fotogramas posándose en el celuloide: demiurgo inspirador.
Salvados por el arte: la libreta en blanco que el literato impostado Henry le regalaba a Simon en "Henry Fool" de Hal Hartley, nada más que para salvarle la vida. El cuadernito de tapas duras, como el que ojeo en estos instantes, aquel en el que apunto frases que surgieron después de ver la película, después de ver todas las películas que figuran en este blog (muchos cuadernitos gastados ya), frases que se disparan mientras conduces, mientras paseas, incluso cuando estás a otras cosas, multitarea del subconsciente, frases que parecen buenas y que quizás merezca la pena no dejar pasar, pues nunca sabe uno cuándo volverán a producirse. ¿Cómo era la cita? ¿No era de Oscar Wilde? ¿No parecía exagerada? Ayer me pasé el día escribiendo: por la mañana puse una coma, por la noche la quité. Resulta que, en ocasiones, fue verdad.
Paterson, el conductor de autobús de Paterson, New Jersey, atrapado en la misma ruta diaria, aliteración, repetición, reiteración, siempre idéntica rutina, siempre distinta. Buscar signos de extrañeza en lo habitual hasta descubrir en lo más nimio rasgos de superioridad estética indudable, el objeto que despierta de su anonimato, de su condición efímera, hasta transformarse en un icono perpetuo, en un recuerdo nítido atesorado en la conciencia íntima. Porque el primer destinario de lo que se escriba deberá ser, invariablemente, uno mismo.

viernes, mayo 26, 2017

"Yo, Daniel Blake", de Ken Loach

Escucho en este instante, en la radio, las crónicas de Javier Tolentino, las noticias del festival de Cannes: Naomi Kawase, Michael Haneke, Yorgos Lanthimos, Andrey Zvyagintsev, Fatih Akin, Hong Sangsoo. Será, entonces, el momento propicio para escribir sobre la merecida vencedora de la Palma de Oro de la pasada edición: siempre llego tarde al cine, pero el cine siempre me espera. Una de Ken Loach, un género en sí mismo, una visión certera y franca del ciudadano británico y, por tanto, pese a alguna urna insólita, también europeo.
Las historias del director Ken Loach y el guionista Paul Laverty sobrevuelan la ciudad, registran los edificios de vecinos, los barrios del extrarradio, hasta descubrir al desdichado urbanita sobre el que situar el foco. La tragedia de Daniel Blake me otorga dos referencias literarias obvias, una nacional, el famoso artículo "Vuelva usted mañana" de Larra y la no menos famosa novela inacabada de Kafka, "El proceso". El escrito de Larra denunciaba el estéril intento de un rico inversor francés, Monsieur Sans-délai, por iniciar los trámites de un próspero negocio en el suelo patrio. La pereza, denunciaba Larra, mal endémico de un país de hijosdalgo. Pero no sólo España padece de parálisis funcionarial, y Kafka le dio carácter de universalidad a la indefensión del ciudadano ante la rigidez ilógica del sistema. No sólo le dio ese carácter global, también le proporcionó, con la raíz de su nombre, el adjetivo perpetuo y certero para este tipo de situaciones.
La pesadilla kafkiana de Daniel Blake entristece y enerva a partes iguales, conduce al espectador hacia la terrible constatación de la fragilidad de sus circunstancias. La sociedad surgida de la crisis se ha visto polarizada por el miedo: el miedo de los que ya no tienen y el miedo de los que tienen pero temen perderlo. La ciudadanía ha extraviado la potestad de generar un sistema socioeconómico que se adapte a sus necesidades. Por el contrario, es el sistema el que manda y el que obliga, como una mera cuestión de supervivencia, a esclavizarse a él sin condiciones. Un sistema inclemente que no toma prisioneros.
La pobreza como enfermedad: el no-consumidor pierde su derecho a la vida, igual que los nazis consideraban un acto legítimo la eutanasia masiva de los discapacitados, fueran arios o no: esa es otra de las advertencias de "Yo, Daniel Blake": el británico de pura cepa no se libra de ser entregado en sacrificio: en los laberintos burocráticos habitan hambrientos minotauros que no hacen distinción de nacionalidad a la hora del almuerzo. La informatización de los trámites públicos es, sin lugar a dudas, una oportunidad para agilizar los plazos, los tiempos de espera que postergan una decisión legal indefinidamente. Sin embargo para Daniel esa ventaja digital no es más que otra barrera, otra forma de impersonalizar al individuo, que ya ni siquiera es un papel en una carpeta con su póliza pegada y su firma al final del escrito, sino un leve bache virtual de las autopistas de la información, una anomalía a formatear cuanto antes. I, Daniel Blake, con nombre y apellido, es la sentencia que nos reafirma, que establece nuestra existencia y la voluntad firme de no desaparecer.

lunes, mayo 15, 2017

"La La Land", de Damien Chazelle

Comprendí, sin la menor duda, el motivo de su éxito. Un musical de Hollywood como los de antes, de los que cuentan historias banales que sólo sirven para dar continuidad a las canciones y bailes que conforman el meollo de la cuestión. Pequeñas líneas de diálogo para el enredo, la casualidad, todo muy ligero, sin arrebatos pasionales de melodrama, candoroso incluso, para no robarle protagonismo a ellos, Ryan Gosling y Emma Stone demostrando su dominio de cualquier territorio escénico. Tremendos estos actores estadounidenses que, prácticamente desde la cuna (chicos Disney), se preparan para saber encajar cualquier guión que les tiren y cabecearlo a puerta con la certeza del tanto seguro: la ambición rubia que todos llevan dentro.
Camareras que van a trabajar en un Toyota Prius de muchos miles de dolares (los bobos, burgueses bohemios, esa fachada hueca), avanzan la impostura de una cinta que intenta extraer rasgos de autenticidad secuestrándola de iconos del pasado como Ingrid Bergman o Thelonius Monk. La carrera o la vida, amenazan estos muchachos: fijo que lo primero: todos dicen I love you (el director Woody Allen cuajó, también, un musical cuando se lo propuso), pero realmente lo que desean es ser famosos, carne de reality, generación OT. "Quizás te gustaba cuando era un fracaso porque te sentías mejor contigo misma", le suelta él sin anestesia a ella en plena discusión. Ay, la farándula, la carrera del éxito, que la llaman carrera porque escasean los ganadores y se amontonan los perdedores.
Aguardaba una coda final, el universo paralelo que hubiese supuesto la renuncia de uno de ellos (bueno, de él, en realidad, a qué ocultarlo) a sus sueños de grandeza. Y también comprendí en ese momento que esta película ya la había visto, que se llamaba "Café Society", el gran Woody mencionado de nuevo (esa última escena de rencuentro en un club, magistral: magistral la del cineasta de Brooklyn, claro), y que la comparación terminaba ahí, pues de la de Allen me gustó la letra y la música, y en cuanto a emociones auténticas, para qué comparar. Play it again, Sam.

jueves, abril 13, 2017

Doce

Este pequeño Licantropunk cumple doce años y, como de costumbre, la persona que recuerda todas las fechas le hace un regalo, el libro "Atrapad la vida" de Andréi Tarkovski. El gran director soviético no sólo legó un testamento fílmico que constituye una de las más fascinantes muestras de Arte cinematográfico que cualquier cinéfilo que se precie podrá nunca admirar, sino que también desarrolló por escrito su visión del cine, una teoría arrolladora e indomable que logró materializar con éxito en los fotogramas de sus películas: Tarkovski no tomaba prisioneros: no estaba dispuesto a concesiones para lograr el favor del público y sí a permitir que el espectador atento alcanzara instantes de revelación, atrapara lo inaprensible y reflexionara profundamente sobre la condición humana.
Doce años de Licantropunk, que han sido, que siguen siendo, una búsqueda: la epopeya de la imagen en movimiento, la indagación detrás de títulos de películas y nombres de cineastas, a ver qué sensaciones y qué pensamientos se ofrecen en la siguiente proyección, dos horas de evasión, de olvido y, paradójicamente, de construcción de la memoria. Que todo en la vida es cine y los sueños, cine son.

jueves, abril 06, 2017

"De repente, el último verano", de Joseph L. Mankiewicz

Say, where did I see this guy?
In 'Red River'?
Or a 'Place In The Sun'?
Maybe 'The Misfits'?
Or 'From Here to Eternity'

"The Right Profile" - The Clash
De repente, la semilla de la locura, el instante a partir del cual todo cambia, una explosión de dolor que se lleva por delante a los que habían amarrado sus vidas a la del ausente. Sebastian se llamaba, muerto sin rostro para los créditos de la película (una forma de subrayar su inhumanidad: apetitos sexuales prohibidos), y el triángulo sentimental se completa con su madre Violet (Katherine Hepburn) y su prima Catherine (Elizabeth Taylor), las dos abatidas, locas de atar, un duelo interpretativo Hepburn-Taylor (iconos femeninos opuestos) que se saldó con una nominación al Oscar para cada una y una estatuilla para ninguna (la ganó Simone Signoret por su actuación en una película olvidada, "Un lugar en la cumbre" de Jack Clayton).
Cabeza de Lobo, la escena del crimen, una escena alucinada de crimen ritual, realizado por una pandilla de chavales transfigurados en sacerdotes del sacrificio de un antiguo culto caníbal: la matanza de Cabeza de Lobo que resulta que se rodó en Mallorca (el asesinato de Sebastian recuerda al de Pasolini, emboscado por el cebo de un chapero, también masacrado junto al mar) y que coloca ese lugar, a finales de los años cincuenta (la película es del año 1959), a poca distancia de la Edad de Piedra: el corazón de las tinieblas en las islas Baleares. 
El trauma desgarrador arrastra las vidas de las dos mujeres, Violet y Catherine, a abismos de locura, de modo que el vértice perdido lo ocupará un psiquiatra encarnado por Montgomery Clift. Qué paradoja. Clift había sufrido un grave accidente de tráfico en 1956 y se recuperó de él con cirugía estética y una potente lista de adicciones. En su interpretación del Dr. Cuprowicz se detecta una mirada inquietante y un verbo inseguro, características que podrían atribuirse al talento de uno de los más grandes actores de su tiempo, o a su pérdida. Cantaba The Clash en "The Right Profile", tema dedicado al actor: "Monty's face is broken on a wheel. Is he alive? Can he still feel?". La existencia de Montgomery Clift tras su accidente y hasta su muerte en 1966, fue conocida como the longest suicide in Hollywood history.
Mansiones sureñas con jardines de vegetación asfixiante, pabellones de manicomio de insoportable tensión sexual y quirófanos desvencijados para la práctica de lobotomías redentoras. Las adaptaciones cinematográficas de las obras teatrales de Tennessee Williams han producido una serie de cintas magistrales, de temática escabrosa, que se distinguen por permitir actuaciones capaces de mostrar las mayores virtudes de sus intérpretes y de construir atmósferas sofocantes que desbordan las relaciones representadas: "Un tranvía llamado deseo" de Elia Kazan, "La gata sobre el tejado de zinc" de Richard Brooks o "La noche la iguana" de John Huston, entre otras: paseando por los límites de las pasiones humanas.

lunes, marzo 27, 2017

"La teoría del todo", de James Marsh

En la entrada anterior, dedicada a "La llegada" de Denis Villeneuve, mencioné el nombre de Stephen Hawking, y me di cuenta de que aún no había visto la oscarizada película que fue dedicada a su reputada y reconocible figura en el año 2014. Sabía que la trama de aquella cinta se alimentaba de las memorias que escribió su primera esposa, Jane Wilde y, sin haber visto la película, intuía por dónde iban a ir los tiros. O los fotogramas. Y así ha sido: una historia centrada en su relación amorosa, extinguida por divorcio, pero sin duda un retrato amable. La escabrosidad de las relaciones del matrimonio Hawking, si es que alguna vez existió esa particularidad, no aparecerá aquí, y el panegírico, bien merecido, al más famoso físico teórico desde Albert Einstein, a su invencible cerebro y a su tremenda lucha contra la enfermedad, constituye el propósito de esta película.

El biopic científico moderno ha conseguido grandes reconocimientos cinematográficos, películas ganadoras en premios y en recaudaciones, como "Una mente maravillosa" de Ron Howard o "The Imitation Game (Descifrando Enigma)" de Morten Tyldu. Pero ni Russell Crowe como John Nash ni Benedict Cumberbatch como Alan Turing, consiguieron llevarse a casa la más preciada estatuilla de todas a pesar de que sus papeles estuvieron nominados a los Oscar. Eddie Redmayne sí supo culminar la oportunidad que su camaleónica interpretación de Stephen Hawking le brindaba: ya se sabe que a Hollywood le encantan las actuaciones que reconstruyen la discapacidad. Y tanto Redmayne como su compañera de reparto, Felicity Jones, han catapultado su fama hacia límites estratosféricos en sus últimos trabajos como protagonistas: él a la estela de Harry Potter en "Animales fantásticos y dónde encontrarlos" de David Yates y ella hereda a la princesa Leia en "Rogue One: una historia de Star Wars" de Gareth Edward. Eso debe ser la teoría del todo: del todo o nada

lunes, marzo 13, 2017

"La llegada", de Denis Villeneuve

¿Flashback o Flashforward? Películas puzzle, rompecabezas visuales en los que el espectador está invitado más a mirar que a participar, pues las preguntas que se formulan en la pantalla van a ser difíciles de resolver con las pistas que ofrece el celuloide. Y en este caso será tan complicado de descifrar como lo es el lenguaje de unos extraterrestres canónicos, dignos de aparecer en una de las portadas más bizarras de los antiguos Amazing Stories. ¿No dicen que los pulpos son los invertebrados más inteligentes? Y no me refiero a que sean capaces de acertar el equipo ganador de un encuentro de fútbol. Aunque, bien pensado...
Pero los alienígenas de esta historia, al menos en su aspecto, son lo de menos, esos heptápodos de Erasmus por el tercer planeta del Sistema Solar, lo que es importante es lo que han venido a decir: el contacto, otra vez. En "Encuentros en la tercera fase" de Steven Spielberg, cinco notas musicales insertadas para siempre en nuestro subconsciente cinéfilo, interpretadas por el mismísimo François Truffaut, rompían el hielo con un lenguaje, el de la música, que nos parecía tan adecuado como universal. Es éste un problema fundamental para "La llegada": cómo dialogar con el forastero en tierra extraña. Pocos años antes del estreno del clásico de Spielberg, en plena edad de oro de la ufología, se envió al espacio el famoso mensaje de Arecibo, desde el radiotelescopio del mismo nombre construido en Puerto Rico, tarjeta de visita de la civilización humana para posibles turistas intergalácticos y que se enmarcaba dentro del proyecto SETI (Search for ExtraTerrestrial Intelligence), un mensaje tan bonito en su forma como ilusionante en su propósito. Carl Sagan protagonizaba aquellas iniciativas, un científico que tuvo una popularidad enorme: su serie documental "Cosmos" se estrenó en RTVE en el año 1982 en horario de máxima audiencia, una cifra que, por entonces, país de dos canales, suponía muchos millones de espectadores.
Existen películas, no pocas, que invitan a profundizar en un tema: hincar los codos un poquito. Ya se sabe que incluir ecuaciones en un texto impreso merma considerablemente su éxito editorial. Es conocido el caso de "Breve historia del tiempo", escrita por el físico Stephen Hawking, bestseller del género de divulgación científica que incluía únicamente la icónica fórmula E=mc², ecuación cotidiana que se puede encontrar impresa en la camiseta de cualquier mercadillo: más fácil verla que resolverla. Así que la lectura de "La historia de tu vida", novela corta en la que se basa "La llegada" y escrita por el estadounidense Ted Chiang, y que ha recibido todos los premios posibles de la literatura de ciencia-ficción, será una lectura escasamente farragosa, pero que exigirá detenerse en el principio de Fermat.
Ese principio afirma que la trayectoria real que sigue un rayo de luz entre dos puntos es aquella en la que emplea un tiempo mínimo en recorrerla. ¿La línea recta? Como se ve en la imagen, cuando la luz alcanza el agua, que tiene un índice de refracción diferente al del aire, cambia su dirección, va por la vía negra en vez de por la gris. La luz viaja más lentamente por el agua que por el aire, así que parece buscar un camino más largo en longitud pero menor en el tiempo. El tiempo. Las paradojas de la ciencia son un maná para las fantasías meditadas que los escritores sci-fi vuelcan en sus novelas. El principio de Fermat permite esos resquicios teóricos que dan lustre a un argumento. De la causalidad newtoniana a una restauración del modelo teleológico de Aristóteles, aquel en el que todo componente de la naturaleza tenía una finalidad intrínseca, un objetivo definido a priori: la luz, según el principio de Fermat, toma el camino mínimo sin ninguna vacilación, cambia su rumbo como si supiera, antes de salir del punto A, que el punto B se encuentra debajo del agua: sea porque tiene un GPS o el Libro del tiempo que menciona Ted Chiang, es capaz de anticipar su destino.
Puestos a terminar con la vocación lúdica de este blog, habrá que mencionar otro término que se ha puesto de moda con la película de Villeneuve, la hipótesis de Sapir-Whorf. Para compensar, si el principio de Fermat es "de ciencias" la hipótesis de Sapir-Whorf es "de letras", y viene a decir que la percepción y conceptualización de la realidad depende en gran medida del idioma que utilizamos: el lenguaje afecta al modo de pensar. Esta hipótesis parecerá más acertada cuanto más nos alejemos de los idiomas hablados por culturas similares a la nuestra (el caso del idioma navajo, indescifrable para el enemigo en "Windtalkers" de John Woo), llegando a lenguajes en los que no hay relación entre signos escritos y fonemas, o el ejemplo del lenguaje matemático, cuyo dominio permite el enfoque del pensamiento hacia abstracciones de conocimiento absoluto, una exigencia que es llevada al extremo al tener que derrumbar esquemas mentales adquiridos para construir otros completamente nuevos y, por fin, entender ese inaprensible heptápodo B, ese regalo.