domingo, diciembre 10, 2017

"T2: Trainspotting", de Danny Boyle

La impronta que los fotogramas de "Trainspotting" habían instalado en mi subconsciente cinéfilo en su estreno en 1996, tuve ocasión de revisarla en otra entrada de este blog. Contemplar ahora esta secuela no logra reanimar ninguna llama escondida sino que, como en tantas otras segundas partes que no teníamos el menor interés en conocer, redundará en un pasatiempo hueco, en dos horas consumidas de sopor nocturno. Hueco, adjetivo certero para un producto destinado a engañar el hambre de recuerdos de cuarentones enamorados de antiguos tiempos salvajes que fueron retratados con extraña precisión vitalista, no exenta de crudeza, en aquel "Trainspotting". Danny Boyle quedará atado a que aquella, una de sus primeras películas, sea su obra cumbre, un hecho incuestionable a pesar de que recogiera más de un Oscar por la huequísima "Slumdog millionaire". Y no tendrá el menor rubor en apuntalar esta "T2", nombre de terminal aeroportuaria, sobre los cimientos de la solida "Trainspotting", incluyendo algunos cortes de su metraje: cuando las continuaciones se hacen tanto tiempo después los productores tienen miedo de que el público actual no haya visto la película primigenia, no coja el chiste, y salga de la sala sin haber entendido nada.
¿Existe la nostalgia yonqui? ¿Habrá ex-drogadictos que echen de menos los días del pico, de la adicción implacable, del trapicheo para pagarse una dosis más? Supongo que puede ser posible, no lo sé, no lo fui, pero el monólogo actualizado de Renton para sus cuarenta y seis años anima a pensar que dos décadas después el catálogo de necesidades básicas para sostener una existencia mediocre se ha vuelto más mediocre aún: "Choose life. Choose Facebook, Twitter, Instagram and hope that someone, somewhere cares. Choose looking up old flames, wishing you’d done it all differently. And choose watching history repeat itself. Choose your future. Choose reality TV, slut shaming, revenge porn. Choose a zero hour contract, a two hour journey to work. And choose the same for your kids, only worse, and smother the pain with an unknown dose of an unknown drug made in somebody’s kitchen. And then… take a deep breath. You’re an addict, so be addicted. Just be addicted to something else. Choose the ones you love. Choose your future. Choose life."
Chosse life, que ya lo decía George Michael en su camiseta blanca. Pero elija con cuidado sus adicciones.

domingo, noviembre 05, 2017

"Scream", de Wes Craven

"Atad los perros; haced la señal con las trompas para que se reúnan los cazadores, y demos la vuelta a la ciudad. La noche se acerca, es día de Todos los Santos y estamos en el Monte de las Ánimas". El inicio del relato de Gustavo Adolfo Bécquer es una advertencia ineludible: el primer día de noviembre es una fecha propicia para que sucedan hechos extraños, horripilantes, de los que ponen la piel de gallina al valiente y hacen dar un paso adelante al cobarde. ¿Cómo obtener esa cuota de desasosiego, de escalofríos, sumidos como estamos en nuestra mediocre, confortable e hiperconectada vida cotidiana, en un entorno urbano falto de veredas boscosas y del aullido inesperado de algún animal nocturno? Con el cine, por supuesto.
El título elegido para la ocasión es ya, pasados veinte años de su estreno, un clásico del género. O eso dicen. El psicópata que porta en alto un cuchillo carnicero es un arquetipo cuyo origen podría encontrarse en el Norman Bates que Anthony Perkins interpretó para constituir un icono eterno en "Psicosis" de Alfred Hitchcock: cualquier comparación de este hito fundamental con "Scream" lleva las de ganar desde los títulos de crédito, también míticos, con la firma estética de Saul Bass y el amartillado sonido de cuerda de la melodía de Bernard Hermann. A pesar de sus diferencias cualitativas puedo suponer que el público que acudió a contemplar "Psicosis" en las salas de cine en 1960, experimentó sensaciones parecidas que aquellos que gritaron con "Scream" en 1996: es lo que tiene el género: mucho scream on the screen.
Que yo recuerde, no había visto "Scream", o al menos no la había visto entera: algunos pasajes me sonaban y otros no. Y en cuanto al terror, hubo poco o nada: se quedó en una sesión de cine familiar. Violencia sí, claro, pero demasiado iluminada y anunciada como para que causase excesiva sorpresa, atenuada además por su patente vis cómica: "Scream" ha tenido varias secuelas e incluso una parodia titulada "Scary movie" (con un montón de secuelas a su vez) que resulta redundante: parodia de la parodia. Ahí reside la mayor virtud de "Scream", en su condición de metapelícula chistosa, entendida ésta como reflejo y compendio de las técnicas y argucias que el género de terror hollywoodiense reiteró durante décadas en su serie B: trampantojos y engañabobos. Esa educación cinéfila es clave en la película: muere asesinado el que no conoce bien los esquemas argumentales desvelados una vez tras otra en cualquier título slasher alquilado en la sección especializada del videoclub del barrio: así le sucede a Drew Barrymore en el prólogo de la cinta por no saber con exactitud quién era el asesino en "Viernes 13" de Sean S. Cunningham: la verdad es que a mí también me hubieran colgado de un árbol, como a ella, con las propias tripas como maroma improvisada.
El cine palomitero de "Scream" fue un éxito multimillonario, revitalizó las cuentas del género y aseguró la ventas de disfraces de Ghostface en todas las fiestas de Halloween que se sucedieron desde entonces y las que quedan por venir. Poco tiempo después de "Scream", el director austriaco Michael Haneke realizó "Funny games", y su guión puede establecer paralelismos respecto al escrito por Kevin Williamson para la cinta de Wes Craven. Aunque el filme de Haneke, en comparación con el de Craven, pasó desapercibido (Michael Haneke realizaría una "fotocopia" con reparto estadounidense en 2007 para estrenarla en el mercado norteamericano sin pasar por el submundo de los subtítulos: en Estados Unidos está prohibido el doblaje, excepto en películas de animación: viva el proteccionismo), resulta mucho más inquietante e inductor de desasosiego: las dos películas proclaman que el tedio adolescente en chavales atiborrados de todo lo que puedan querer y desear, niñatos colmados de supremacía clasista, amenaza con terminar como el rosario de la aurora, expresión de la que, por cierto, nunca he interpretado con certeza su simbolismo, pero de la que me hago buena idea, sin embargo, de lo que quiere decir cuando se emplea.

miércoles, octubre 18, 2017

"Blade Runner 2049", de Denis Villeneuve

"Blade Runner" de Ridley Scott, estrenada en 1982, es, probablemente, la película de culto con más idólatras de la historia del cine. Su primordial fracaso en taquilla no se ve justificado por la pasión posterior que han ejercido sus fotogramas en la cinefilia mundial, convertida en prestigioso hito del reproductor de vídeo doméstico. ¿Dónde estaba, entonces, el público cinematográfico en aquel verano del 82? Pues supongo que si no estaba viendo el campeonato mundial de fútbol, estaría en la salas donde se proyectaba "E.T., el extraterrestre" de Steven Spielberg o "Poltergeist" de Tobe Hooper: aquel verano del 82 está considerado uno de los más potentes en cuanto a los estrenos que tuvieron lugar.
Uno de los puntos fuertes de "Blade Runner" era su estética, muchas veces imitada, nunca replicada. En el futuro imaginado por Philip K. Dick en su novela "¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?", que fue publicada en 1968 y que situaba su trama en el año 1992, se presentaba a la Tierra como un territorio en decadencia irreversible y a los terrícolas convertidos en una especie invasora de otros planetas, colonias utópicas a los que todos querían escapar. Ridley Scott llevó la acción al año 2019 y cambió San Francisco por Los Angeles, convirtiendo a la megaurbe californiana en una ciudad espectral, oscura, sepultada por una lluvia negra incesante y por los acordes magistrales de la banda sonora de Vangelis. Y para la construcción de los escenarios y el diseño de los vestuarios, nada como aprovechar la imaginería fantástica del dibujante francés Jean Giraud, el gran Moebius.
Treinta años después, "Blade Runner 2049" deja entrar el sol, pero para mostrar paisajes desérticos que alientan aún más la desolación extinguidora de alguna catástrofe climática. "Blade Runner 2049", dirigida por Denis Villeneuve, una elección alentadora, contiene en realidad dos películas. Una sería la obvia, la continuación, la que daría respuesta al qué fue de Deckard y Rachel, una pregunta que, en realidad, no había demasiado interés en que fuera contestada. La otra, digna de mayor interés pero conseguidora de un menor metraje, ahonda en los factores que establecía el texto de Philip K. Dick. La relación entre 'K' y Joi, interpretados brillantemente por Ryan Gosling y Ana de Armas, remueve los dramas existencialistas que planteaba "Blade Runner": el replicante más humano que los humanos: lo irreal y lo falso: el sentimiento establecido como lo auténtico, como el configurador verdadero de la realidad: el libre albedrío frente a las leyes de Asimov: la consciencia independiente: los actos determinando al sujeto y no su naturaleza: "La existencia precede a la esencia", proclamaba Sartre. Todo justifica la rebelión de los replicantes, y las rebeliones, en nuestra sociedad de raíz judeo-cristiana, necesitan un mesías nacido milagrosamente. ¿Acaso Roy Batty, la actuación icónica de Rutger Hauer, no atravesó su palma con un largo clavo y pronunció unas palabras eternas antes de declarar que era la hora de morir? La cuarta revolución industrial busca líder carismático.
La actualización tecnológica constante puede dejar obsoleto cualquier relato de ciencia ficción a poco que pasen los años y ya no será el androide orgánico, sino el holograma surgido de las amistades virtuales de las redes sociales (como en otra película visionaria que realmente no es sino un reportaje de actualidad: "Her" de Spike Jonze), la promesa de la pareja perfecta. Y a propósito de obsolescencia, en la película sólo faltaba por comprobar quién vencería en el hipotético combate actoral Gosling vs. Ford. En mi humilde opinión Ryan Gosling supera a un Harrison Ford desganado, falto de pasión, encasillado últimamente en el eterno remake de sí mismo, de los éxitos que dejó atrás hace décadas, triunfos descomunales que quizá Harrifon Sord esté pensado, a estas alturas, que no sean más que un implante de recuerdos ajenos. Ser o no ser.

miércoles, octubre 04, 2017

"American Graffiti", de George Lucas

La primera vez que vi esta película, en algún VHS de videoclub, yo era un joven inmortal. Entonces me pareció una comedia gamberra más, de esas en las que John Belushi ("Desmadre a la americana" o "The Blues Brothers", ambas de John Landis), por ejemplo, arremetía como el maestro de ceremonias descontrolado de la bacanal desaforada que, en la ficción y en la realidad, le llevó a la tumba: la noche, la fiesta: la locura adolescente pugnando por no ser atrapada en un uniforme, en un traje con corbata, en un manual de usuario. Bebo para que pase algo, sostenía Bukowski.
Cherchez la femme. Richard Dreyfuss, Curt, busca desesperadamente a la rubia que le guiñó un ojo (un acto divino, un milagro para el calenturiento sueño de una noche de verano) mientras que su colega Milner (Paul Le Mat) se encadena a su destino trágico del volante más rápido del valle: una leyenda sin futuro, un campeón de la nada: las batallas perdidas y las ganadas: todo se evaporará al amanecer.
Aquel día, en esa primera visión de la cinta, junto a las risas y el cachondeo que la trama despedía, uno sentía que algo iba mal, que una nube oscura se cernía sobre aquellos fotogramas que retrataban una larga noche de marcha, una de tantas, de las que apurábamos hasta los primeros rayos de sol. La pátina gris de la nostalgia tiznaba el celuloide, nostalgia que, ahora, vista la película tantos años después, es pura melancolía. El fin del verano en un pueblo de California que era el fin del verano en cualquier pueblo español. Y el fin del verano siempre es triste: la constatación terrible de que un territorio que recién se empezaba a dominar, mutaría hacia una incógnita, hacia lo desconocido, hacia algo que puede ser mejor o peor, pero desde el que no habrá posibilidad de retorno.

martes, septiembre 12, 2017

"La seducción", de Sofia Coppola

Sofia Coppola, para qué nos vamos a engañar, siempre ha sido un bulto cinematográfico sospechoso. Ya tuvo ocasión de chirriar como un gato arañando un encerado cuando le concedieron (con calzador) un papel protagonista en "El Padrino III", demostrando que estar delante de la cámara no era lo suyo. Detrás de una no cabe duda de que ha tenido mayor suerte, recabando el éxito crítico en varias de sus películas: un Oscar por el guión de "Lost in traslation", León de Oro por "Somewhere" o Palma de Oro a la mejor dirección por "La seducción". No, no es mal bagaje.
Advertido en El blog de Hildy Johnson, rincón cinéfilo imprescindible, de que "La seducción" es la adaptación de una novela de Thomas P. Cullinan que fue llevada al cine originalmente por Don Siegel en 1971, con el título en España de "El seductor", no queda otra que darse una vuelta por ese antecesor que cuenta con el reconocido womanizer de Clint Eastwood como seductor incuestionable. Y resulta ser la misma película. O casi. Y casi, pero no. Mi ceja izquierda se enarca al descubrir que en la versión de Siegel, entre el grupo de mujeres que habitan el internado Farnsworth, se encuentra una esclava negra, interpretada por la actriz Mae Mercer, personaje ausente en los fotogramas diseñados por Sofia Coppola: Guerra Civil de Estados Unidos, una hacienda sureña: no parece un rol que sobre (la duda es si esa mujer, Hallie, figura en el libro de Cullinan: si no fuera así, sorry my darling Sofia Carmina Coppola).
Y las conexiones se disparan hacia la noticia reciente de ese cine de Memphis que ha retirado "Lo que el viento se llevó" de Victor Fleming, ese clásico, de su acostumbrado ciclo estival, para, de ese modo, no incomodar a los espectadores más inquisitivos (o inquisidores: la piel tan fina de lo políticamente correcto que nos invade) con la visión de la esclavitud, mecanismo productivo que, sin embargo, acompañó a la economía norteamericana durante varios siglos. Cómo era aquello de conocer la Historia para que no se repita lo peor de ella y tal. La Historia, que mancha, pero que no se debe barrer debajo de una alfombra.

miércoles, septiembre 06, 2017

"La niebla y la doncella", de Andrés Koppel

El cine policiaco español goza de bastante buena salud en los últimos tiempos. Historias de criminales y justicieros conforman un listado de éxitos cinematográficos recientes, nutrido de titulos como "La isla mínima" o "Grupo 7" de Alberto Rodríguez, "Que Dios nos perdone" de Rodrigo Sorogoyen, "El Niño" de Daniel Monzón, "No habrá paz para los malvados" de Enrique Urbizu o "Tarde para la ira" de Raúl Arevalo, propuestas que han cuajado en mejores obras cuanto más arriesgado ha sido su planteamiento. En ese sentido "La niebla y la doncella", basada en la novela homónima de Lorenzo Silva, no destaca, se queda en canónica, en una más del género. Pero como el negro es un color que nos encanta, aunque tengamos el ropero (cinematográfico) lleno, siempre hay hueco para colgar otro título.
¡Alto a la Guardía Civil! Una pareja de picoletos, Bevilacqua y Chamorro, combatiendo el crimen sin tricornio ni capote, dándole al benemérito instituto armado una pátina de modernidad alejada de su imagen tradicional. Los excelentes actores Quim Gutiérrez y Aura Garrido encarnan al famoso dúo literario y, junto a otros como Verónica Echegui, Roberto Álamo o Marian Álvarez, consiguen que el punto fuerte de la cinta sea su reparto. Bevilacqua podría ser Sherlock y Chamorro Watson, no sólo porque se explota en el guión la vena deductiva del primero, sino porque esa particularidad oscurece a la segunda: de detectives y bastante canónica, como ya se mencionó, pero no por ello aburrida: asesinatos, corrupción, sexo, narcotráfico, y también grandes paisajes naturales: simplemente por darse una vuelta en imágenes por la isla de La Gomera, territorio español ignoto y sorprendente, ya estaría justificado el precio de la entrada.

miércoles, agosto 23, 2017

"La Torre Oscura", de Nikolaj Arcel

Siempre que toca ver en el cine la adaptación de alguna obra literaria que posee un profundo trasfondo estético, y que no ha sido leída, cuesta (por no decir que es imposible) realizar una apreciación cabal del reflejo del papel en el celuloide: calibrar la fidelidad lograda con respecto a la letra o al menos con su espíritu. Del escritor Stephen King he leído mucho y he disfrutado la mayoría, así que no voy a poner en duda, a estas alturas, la calidad de sus escritos. Cualquier reflexión, por tanto, se limitará a la pantalla grande, a esa hora y media de proyección (qué raro toparse en estos tiempos con un blockbuster que no supere las dos horas de metraje) que ya en sí, en su ajustado cronómetro, supone una virtud. Pocas bondades más.
No engancha una trama atiborrada de lugares comunes a todas las historias de megalómanos malvados que quieren exterminar a la humanidad, de adolescentes atribulados en busca de una figura paterna de remplazo y de héroes desesperados por inmolarse en un sacrificio supremo. Y al guión simple le acompaña una factura perezosa: choca contemplar, a estas alturas, una producción de género fantástico que se nutra de efectos especiales de apariencia anticuada y de escenas de acción con escasa capacidad para transmitir tensión a la platea. Al malo lo encarna Matthew McConaughey, ese actor renacido hace unos años y, por lo visto el lunes, recauchutado recientemente: tez plastificada. Y para el bueno, el notable Idris Elba, interprete del que puedo hablar mejor cuando me he encontrado con él en la televisión, en series como "The Wire" o "Luther". Será El Pistolero, personaje icónico de la saga de novelas en que se basa la cinta y que a su vez se inspiraba en el arquetipo del western que instauró Clint Eastwood en las películas de Sergio Leone.
Idris Elba, atormentado en exceso para el papel, no alcanza las señas de identidad que Eastwood, sello de autor, otorgó a su Hombre sin nombre, ya fuera Rubio o Manco: antihéroe antes que héroe y, detrás de su poncho y de su sombrero, un pasado misterioso: de vuelta de todo. La mirada tan socarrona como fría y el porte relajado que sólo se espabilaba para apretar el gatillo. El pistolero había llegado ya a la ciudad, no cabía duda.

martes, agosto 08, 2017

"Abracadabra", de Pablo Berger

Una comedia española, españolísima, una más: la risa que en cualquier momento puede bascular hacia el llanto: comedia que en realidad es tragicomedia: comedia negra. Todo empezó en la picaresca, con un ciego que golpeaba a su lazarillo por pasarse de listo, que empujaba la cabeza del pilluelo contra el verraco de piedra que vigila la entrada del Puente Romano de Salamanca: el mozo de un ciego ha de saber más que el diablo. Y las referencias cinematográficas que han llevado a "Abracadabra" son múltiples en el celuloide patrio, pero las que surgieron con fuerza viendo la película son las de La Cuadrilla: el cine que los directores Santiago Aguilar y Luis Guridi realizaron en los años noventa, con títulos como "Matías juez de línea", "Atilano presidente", y sobre todo la gran joya, "Justino, un asesino de la tercera edad", comedia nigérrima que anticipa a "Abracadabra" en sus formalismos (este recuerdo a la trayectoria de La Cuadrilla se reafirma con la presencia en "Abracadabra" de dos actores que protagonizaron aquel cine, como son Saturnino García o Ramón Barea).
Se recurre a los tópicos, algunos de los más rancios, como en aquellas "españoladas" que llenaban los cines del tardofranquismo: recursos facilones, en realidad. Nada nuevo, por tanto, ofrece Pablo Berger, un director que, sin embargo, epató con la estética de cine mudo de su anterior película, "Blancanieves", guión que también ahondaba en relatos de la España Negra, del folletín decimonónico de huerfanitas desvalidas y madrastras malvadas de opereta, con su luto y su mantilla. Ahora la crítica a la sociedad española se centra en el macho ibérico y su ecosistema cutre de chonis y baretos de barrio, una mirada sardónica hacia la clase obrera que emana cierto tufillo clasista por parte del autor, ánimo de caricaturizar justificado por su condición de comedia: el hombre español, ese hombre, situado entre el machismo exacerbado y la esquizofrenia mental, no encuentra la menor oportunidad de redención, apunta Berger.
La cinta se salvará por su reparto, y no sólo por la pareja protagonista formada por Maribel Verdú y Antonio de la Torre, fantásticos actores capaces de sacar adelante el guión que se tercie defender, acompañados en esta ocasión del televisivo José Mota, al cual no se le da nada mal la gran pantalla, como ya demostró, nominación a los premios Goya incluida, en "La chispa de la vida" de Álex de la Iglesia. A ellos se les une un rosario de formidables secundarios, esa casta inferior de los títulos de crédito que ha caracterizado mucho de lo mejor que se puede apreciar en la Historia del Cine Español, Historia que continúa, pero que para que avance deberá asumir riesgos, más de los que el público y la taquilla parecen dispuestos a aceptar, y que en "Abracadabra" no aparecerán. Ni por arte de magia.

jueves, agosto 03, 2017

"Dunkerque", de Christopher Nolan

La verdad es que ni franceses ni británicos tenían ninguna gana de entrar en guerra con Alemania por mucha barrabasada que estuviera cometiendo Hitler en el centro de Europa. ¿Sudetes? ¿Dónde están los Sudetes esos? Pero cuando el ejército alemán invadió Polonia, no hubo manera de evitar el conflicto bélico: 'Cuando escucho a Wagner durante más de media hora me entran ganas de invadir Polonia', sostiene Woody Allen en "Misterioso asesinato en Manhattan". Y a Hitler le pirraba Wagner. La coalición anglo-francesa no es rival para la moderna maquinaria de guerra alemana y la Wehrmacht barre en la primavera de 1940 el frente defensivo que los aliados habían dispuesto en Bélgica, forzando la retirada de las tropas hacia los puertos del Canal de la Mancha. Francia se ve derrotada y está considerando las condiciones de un armisticio, pero Gran Bretaña lo que tiene en mente es salvar la mayor parte posible del ejército desplegado en el continente: se pone en marcha la Operación Dynamo. Las guerras no las ganan las evacuaciones, advierte Churchill, pero Alemania va a lamentar no haberse esforzado más en acabar con los 400.000 soldados embolsados en el puerto francés de Dunkerque.
Blood, toil, tears and sweat. Sangre, esfuerzo, sudor y lágrimas, eso también lo dijo Churchill, y contemplando la magnífica cinta bélica que ha entregado el director inglés Christopher Nolan, el espectador puede hacerse una buena idea de lo que prometió el primer ministro británico cuando accedió al cargo. Nolan demuestra, de nuevo, su enorme capacidad para afrontar retos cinematográficos por caminos poco convencionales. Una de las características de su cine es que utiliza buena parte del comienzo del metraje en proporcionarle al espectador un manual de uso, unas instrucciones para que sepa componer el puzzle al que está invitado a participar. En esta ocasión la guía será breve: en la playa una semana, en el mar un día y en el aire una hora: tres líneas argumentales donde desarrollar el drama, tres espacios y tres tiempos para que la acción salte de uno a otro y se forme una perspectiva amplia de lo que sucedió en ese terreno desesperado. Para que la acción no deje un respiro y la tensión logre hacernos coger un fusil y ponernos un traje caqui, la banda sonora firmada por Hans Zimmer nos asfixiará en una incesante escala de Shephard, un efecto musical que sólo parará con los reclutas sentados en el vagón de un bien afinado tren inglés. Y Nolan, seguro, mostrará cierta vena patriótica, inevitable, en esta cinta repleta de conocidos actores británicos (Kenneth Branagh, Cillian Murphy, Mark Rylance, Tom Hardy, y un montón de jóvenes debutantes cuyo nombre desconozco), pero la contiene, alcanzando un equilibrio entre el factor heroico y el, más común, sálvese el que pueda.
Las guerras las declaran hombres maduros, pero las combaten adolescentes imberbes, niños recién estirados que engrosan masas uniformes de carne de cañón. Dunkerque también es recordada por ser una de las ocasiones señaladas en la que los padres acudieron al rescate de sus hijos: cientos de pequeñas embarcaciones, de poco calaje, partieron de los puertos del sur de Inglaterra y, bajo el acoso aéreo de la Luftwaffe, alcanzaron la playa: aquello que también dijo Churchill, lo de que nunca tantos debieron tanto a tan pocos, aunque en realidad esa frase se la dedicó a los pilotos de la RAF que defendieron su nación de las incursiones de la aviación alemana: los legendarios cazas Spitfire combatiendo sin tregua a los Stuka y Heinkel alemanes en el Canal, una leyenda que, cuenta Nolan, empezó en Dunkerque. 

lunes, julio 31, 2017

"Spiderman: Homecoming", de Jon Watts

Los derechos para las adaptaciones cinematográficas de las aventuras de los superhéroes de la editorial Marvel están repartidos por distintos estudios. La parte del león la tendrá Disney desde que compró Marvel en el año 2009, pero antes de esa fecha se habían producido películas con algunos de los famosos personajes de la empresa de tebeos, filmes que se convertirían en sagas de éxito, y que recayeron en más de una productora. Por ejemplo, las aventuras de los X-Men son cosa de 20th Century Fox desde 1994, cuando esta compañía adquirió los derechos cinematográficos, Lobezno incluido, autorización que Brian Singer estrenó en el año 2000 con la primera "X-Men". Y en cuanto a Spiderman, fue la Columbia la que matriculó al Hombre Araña y Sam Raimi el que lo bautizó, con la cara de Tobey Maguire, en su cinta del año 2002. Tanto Singer como Raimi convirtieron sus películas en taquillazos y dieron así el pistoletazo de salida para la invasión de fotogramas marvelianos que ha caracterizado gran parte del cine de acción del siglo XXI.
Spiderman vuelve a casa, dice el título de la película, dando a entender que su hogar son los estudios Marvel, Disney por tanto, y el toque Disney se hace notar en esta producción. El retorno del hijo pródigo ya se había materializado en "Capitán América: Civil War", de los hermanos Russo, donde tuvo su primera aparición este Spiderman interpretado por el adolescente Tom Holland, actor veinteañero en realidad, pero que en la película debe aparecer como un chaval de quince años: Disney apunta con precisión al segmento de edad objetivo de su negocio y en ciertos momentos la cinta amenaza con volcarse hacia una de tantas sitcom para menores que abundan en el Disney Channel televisivo. 
Sin embargo la película tiene apoyos suficientes como para resultar una buena opción de cine de tarde veraniega para cualquier público, mayores incluidos, y entre esos puntales se puede destacar un reparto en el que Robert John Downey Jr. ejerce de pigmalión del joven Peter Paker (Ironman es, sin lugar a dudas, el eje central, hasta el momento, del Universo Marvel cinematográfico), que el malo sea Michael Keaton (feliz jugada la de pasar de su personalísimo Birdman a encarnar un remedo de El Buitre, uno de los archienemigos canónicos de Spiderman) o que, sorprendentemente, la anciana tía May sea ocupada por el carácter latino de Marisa Tomei. Y sí, la película se pasa por el forro la historia del personaje tal y como la pergeñaron en 1962 Stan Lee y Steve Ditko para su desarrollo en cómics semanales. Pero, a estas alturas, ¿quién lee tebeos de superhéroes?

martes, julio 18, 2017

"Silencio", de Martin Scorsese

Acusar a esta película de proselitismo sería tan obvio como superfluo: el espectador común siempre manifestará sentimientos de compasión hacia las víctimas y de repulsa hacia los inquisidores, sea la religión que sea sobre la que se ponga el foco, pues la libertad de culto es uno de los derechos fundamentales del ser humano. Pero en este caso se trata de cristianismo: es la religión católica, su historia más doliente, la retratada, y el anticlericalismo moderno encontrará un hueso duro de roer en esta cinta, retrato de persecuciones y martirios: los malos son los otros. Y, sin embargo, ese no es el tema de la película.
Veo esta adaptación fiel que ha realizado Martin Scorsese de la novela homónima del escritor japonés Shūsaku Endō y lo que contemplo es la ilustración certera de la duda, de una manera mucho más evidente pero con el mismo cariz intelectual que ya se encontraba en "La última tentación de Cristo" del propio Scorsese (no hará falta tirar de psicoanálisis para descubrir motivaciones de pensamiento en algunas de las obras del cineasta neoyorquino) o, apuntando a la obra maestra en esto de describir la Duda, en "El Séptimo Sello" de Ingmar Bergman: la partida de ajedrez que todos jugaremos algún día, ateos incluidos. O sobre todo.
Iconos y reliquias. Los orígenes del cristianismo, sus fundamentos primigenios, fueron traicionados en los sucesivos concilios que han reformado la Iglesia a través de su historia ("La Iglesia católica" de  Hans Küng como referencia bibliográfica nada farragosa para entender una evolución, esa sí, realmente compleja), reformas que tuvieron en sus primeros tiempos el objetivo nada disimulado de aumentar la parroquia: una religión universal para el imperio mundial de entonces, el romano. Despejar dudas aproximando el mensaje de Jesucristo al paganismo de los amuletos, los ritos de fertilidad y la protección de una miríada de semidioses del santoral: santos y vírgenes a los que pedir y rogar, uno para cada día: Santa Bárbara para dominar el rayo, como si fuera el nórdico Thor, la Virgen del Carmen como trasunto de Poseidón o rezarle a San Antonio para buscar pareja (¿qué dios pagano se empleaba para esto? ¿Meetic?). Y si lo que se quería era alcanzar la contemplación divina por la vía rápida, nada mejor que el martirio: aquellos niños, Justo y Pastor, que, nos contaban en el colegio, fueron ejecutados por negarse a apostatar de sus creencias, tiernos infantes elevados a los altares durante las persecuciones del emperador romano Diocleciano, época sangrienta para los seguidores de la cruz.
Dos jóvenes jesuitas interpretados por Andrew Garfield y Adam Driver, desembarcan clandestinamente en Japón en el siglo XVII, últimos soldados de una batalla perdida, misioneros en tierra hostil. El peso de la película recae en Andrew Garfield, aquel chico que también protagonizara un ejemplo reciente de sacrificio en "Hasta el último hombre" de Mel Gibson, un actor expresivo dotado para el blockbuster. Pero quizás Adam Driver, ese "Paterson" de Jim Jarmusch, hubiera conseguido una interpretación más profunda, más sentida, menos pasional, entendiendo pasional como una pasión barroca de Semana Santa andaluza: el calvario y el dolor místico colmando vidrieras y retablos. El arte occidental se dedicó en su mayoría y durante muchos siglos a ilustrar el mensaje de la Iglesia de Roma para que una población analfabeta lo captara con el menor esfuerzo: cada catedral un cómic repleto de torturas y sufrimiento, un horror que parece lejano, remoto, ajeno. En la actualidad el cristianismo es una de las religiones más perseguidas en el mundo, creyentes que continúan a escondidas en sus propios países. Silencio.

lunes, junio 26, 2017

"Piratas del Caribe: la venganza de Salazar", de Joachim Rønning y Espen Sandberg

Lo que más me ha sorprendido de esta película, ha sido ver al insigne Sir Paul McCartney (ese ser al que mataron muchos años atrás sustituyéndolo por su abuela) haciendo un cameo. Ya estaba acostumbrado a la escena en la que, en alguna otra entrega, aparecía Keith Richards, estrambótica leyenda del rock que al parecer sirvió en su día de inspiración para la composición del personaje del  capitán Jack Sparrow, pero que en esta última McCartney le haya sustituido, como si hubiera estado calentando banquillo hasta el minuto 85, los Beatles de segundo plato de los Rolling... hoy me siento malvado.
El viento sopla en las velas y el espíritu libertino de los piratas nos ha acompañado siempre: sabíamos de sobra lo que era un kraken, un maelstrom, la isla de la Tortuga, la Mota Negra o el Holandés Errante: por las novelas de aventuras que ya no se regalan a los jóvenes, Robert Louis Stevenson y Emilio Salgari ante todos, de Long John Silver al Corsario Negro; por el cine con los clásicos protagonizados por Errol Flynn o Burt Lancaster o incluso aquella "Piratas" de Roman Polanski que supongo que casi nadie recuerda; o por los cómics de "El Corsario de Hierro" o del periplo pirata de Conan junto a la fiera Bêlit. Pero si un pirata fue icono de mi generación, sin duda hay que marcharse del Caribe y viajar al sudeste asiático, con un televisor en blanco y negro, en busca de Sandokán.
"Piratas del Caribe" se entroniza como un derroche de efectos digitales que, sello de la casa, dejan poco espacio a la imaginación. Además de la inmensa popularidad adquirida por el capitán Jack Sparrow encarnado de manera única y singular por Johnny Deep, la saga se ha caracterizado por sus salvajes grupos de malos, modelados de manera extrema por el ordenador más cercano, ejércitos fantasmagóricos a los que no les falta detalle. Tanto el capitán Barbosa (Geoffrey Rush), como Davy Jones (Bill Nighy) o el más reciente Salazar (Javier Bardem: el más reciente y el menos carismático de todos ellos), lucían fabulosos en la pantalla grande: ya no hay límites a la hora de materializar en el celuloide (que ya no existe, soporte invalidado para las nuevas técnicas de rodaje) lo que sea.
El cine como parque de atracciones. Y de uno de ellos, de una de sus instalaciones más populares, surge la idea de la saga "Piratas del Caribe". Y el triunfo comercial de las películas lleva más gente al parque, y el bucle del dinero se realimenta y crece y crece. Puro divertimento estos "Piratas del Caribe", aunque también son capaces de aburrir: la acción y la aventura han de tener un cronómetro corto en la mano del realizador. Pero es posible que esta quinta haya resultado menos plomiza que sus predecesoras y quizás lo sea por la velada intención, o así lo parece, de no hacer una sexta. Quinta entrega para ir cerrando todos los temas y temillas que quedaban pendientes de capítulos anteriores. Quinta con vocación de última, de colofón, de comer perdices para siempre y todo eso, si bien el final de los créditos deja, tímidamente, abierta la puerta a que, si los fondos de inversión quieren, la Perla Negra, siga surcando los Siete Mares.

jueves, junio 22, 2017

"Paterson", de Jim Jarmusch

La belleza del bucle cotidiano. La écfrasis de lo infraordinario: detenerse en la contemplación del día a día, de las señales de la costumbre, y cosechar un puñado de frases certeras, hermosas. He leído a maestros consumados de ese ardid literario, francotiradores de la palabra escrita como Georges Perec o David Foster Wallace, pero no he leído a William Carlos Williams, poeta de Paterson, New Jersey, que da lustre a los fotogramas posándose en el celuloide: demiurgo inspirador.
Salvados por el arte: la libreta en blanco que el literato impostado Henry le regalaba a Simon en "Henry Fool" de Hal Hartley, nada más que para salvarle la vida. El cuadernito de tapas duras, como el que ojeo en estos instantes, aquel en el que apunto frases que surgieron después de ver la película, después de ver todas las películas que figuran en este blog (muchos cuadernitos gastados ya), frases que se disparan mientras conduces, mientras paseas, incluso cuando estás a otras cosas, multitarea del subconsciente, frases que parecen buenas y que quizás merezca la pena no dejar pasar, pues nunca sabe uno cuándo volverán a producirse. ¿Cómo era la cita? ¿No era de Oscar Wilde? ¿No parecía exagerada? Ayer me pasé el día escribiendo: por la mañana puse una coma, por la noche la quité. Resulta que, en ocasiones, fue verdad.
Paterson, el conductor de autobús de Paterson, New Jersey, atrapado en la misma ruta diaria, aliteración, repetición, reiteración, siempre idéntica rutina, siempre distinta. Buscar signos de extrañeza en lo habitual hasta descubrir en lo más nimio rasgos de superioridad estética indudable, el objeto que despierta de su anonimato, de su condición efímera, hasta transformarse en un icono perpetuo, en un recuerdo nítido atesorado en la conciencia íntima. Porque el primer destinario de lo que se escriba deberá ser, invariablemente, uno mismo.