domingo, noviembre 07, 2021

"Madres paralelas", de Pedro Almodóvar

'Sí, voy a ser mamá, voy a tener un bebé, para jugar con él, para explotarlo bien', cantaba Pedro Almodóvar en la televisión en el año 1983, formando insólito dúo bizarro, feriante y carnavalero junto a Fabio McNamara. Aquella actuación libertaria y cachonda no hay motivo para identificarla con una declaración de intenciones vitales, pero cierto es que el personaje de la madre, como carácter genérico, ha estado muy presente en la trayectoria cinematográfica del director manchego. Tanto es así que muchos de sus mayores éxitos, incluyendo dos premios Oscar, han tenido a la maternidad, en cuanto a sus circunstancias y su influencia en la vida de cualquiera, como leitmotiv de las tramas: "Todo sobre mi madre", "Hable con ella", "Volver", "Dolor y gloria". En ese sentido, "Madres paralelas" sería la eclosión de ese impulso anunciado en plena Movida de querer ser madre. Y por partida doble, además.

Las confusiones en las áreas de maternidad de los hospitales propician que se sacudan genealogías y se alteren estirpes familiares de modo incógnito. Sin embargo puede surgir la sospecha, desde ella pasar a la certeza (vía moderna del análisis de ADN) y, por último, optar por consolidar el secreto familiar o desatar el drama de enderezar el entuerto de los bebés intercambiados. Almodóvar opta por ambos caminos y al espectador le cuesta empatizar emocionalmente con la situación planteada. Los diálogos en esta ocasión aparecen artificiales y fríos, de modo que este portentoso director de actrices no logra el punto sentimental deseable: melodrama desangelado, por mucho que Penélope Cruz intente potenciar (que siempre le sale muy bien) el aspecto costumbrista de la puesta en escena: ella y Aitana Sánchez-Gijón serán lo mejor de un reparto que no convence.

Madres paralelas, tramas paralelas. Por el metraje discurre otro asunto, un tema que toma relieve en el prólogo y en el epílogo de la cinta, y que se centra en las fosas comunes llenas de cadáveres de los ejecutados por parte del bando golpista de la Guerra Civil y que aún no han sido desenterrados de las cunetas para ser depositados en una sepultura digna. Y es en este segundo conflicto planteado por la película donde peor se comporta el guion y la puesta en escena, dando una impresión pobre de secuencias improvisadas o, cuando menos, no suficientemente trabajadas. Quizás se intentó dar un mensaje político por encima del propiamente artístico que se le presupone a un cineasta consagrado como Almodóvar: sentidos forzados que suelen salir fatal y, así, desnaturalizar el resultado de un filme que en ninguna de sus facetas consigue destacar: ni mueve, ni conmueve.

sábado, octubre 30, 2021

"El caso de Thomas Crown", de Norman Jewison

Una partida de ajedrez. De todas las secuencias de la película, ese duelo que durante siglos fue de intelecto, un juego tan sencillo de entender como difícil de alcanzar la maestría en él, se convierte en un deslumbrante combate sexual: cambio constante de plano y de actor creando una sensacional escena romántica, plena de sobreentendidos, de miradas demoledoras, de gestos perturbadores: el jaque es la invitación definitiva al beso. Dos de las estrellas con mayor sex appeal del momento, Faye Dunaway y Steve McQueen, protagonizan ese enfrentamiento singular y funden la cámara con la química desplegada en su presencia. Ella venía de ser Bonnie para "Bonnie y Clyde" de Arthur Penn, un papel para la eternidad, y él recientemente había protagonizado otro personaje mítico, "The Cincinnati Kid", también en esa ocasión a las órdenes de Norman Jewison. Así que las expectativas de juntar en celuloide a ambos debían ser enormes. Al menos, en lo que respecta a esa celebérrima partida, no defraudaron.

En la cinta, Norman Jewison usa y abusa sin reparo del recurso de pantalla divida (divida por un montón en algunas partes del metraje) y menosprecia (sin reparo también) el guion, algo realmente imperdonable en una historia de atracos de bancos, de investigaciones policiales, de la caza del ladrón, tramas en las que el encaje perfecto de todas las piezas es una condición sine qua non para el éxito del filme. Teniendo en cuenta que la fecha de la producción es 1968, parecería que el director se hubiera visto influido por las ideas de la Nouvelle Vague francesa y decidido, entonces, que la puesta en escena era lo realmente importante. La forma aporta el contenido. 

Vuelos de ultraligero, bólidos derrapando en las playas, partidos de polo, mansiones y glamour a raudales, postales robadas de las localizaciones de la antigua y noble ciudad de Boston y una banda sonora jazzística que combina a la perfección con la atmósfera creada. Jewison parece jugar con la estética que será importante en ámbitos como el de los anuncios publicitarios audiovisuales de los años 70. Y, a propósito del mundo de la publicidad y desde el punto de vista del espectador actual que tiene la retina llena de series para televisión, la presencia del reparto, su vestuario y su ambientación, nos hace pensar en una de las producciones posmodernas de mayor éxito, "Mad Men": una atmósfera de lujo y sofisticación. "El caso de Thomas Crown" tuvo un más que correcto remake a finales de los años noventa, con Rene Russo y Pierce Brosnan en los papeles principales y dirigida por John McTiernan, y que creo que estaba mejor rematada en su argumento. Pero, aun así, me temo que no dejó para la posteridad ninguna partida de ajedrez como aquella: dos caracteres indómitos, tan cínicos como singulares, atrapados sin remedio entre los escaques de un tablero.

domingo, octubre 24, 2021

"Un día más con vida", de Raúl de la Fuente y Damian Nenow

Hace muchos años que leí "Ébano", el libro canónico del escritor Ryszard Kapuściński, genuino manual para periodistas con alma de reporteros dispuestos a cualquier sacrificio con tal de obtener una información, una entrevista, una primicia que otro cualquiera no podría redactar porque nadie más habría osado traspasar la última frontera, la línea del frente, la tierra de nadie que conduce a un punto desde el que lo más probable es que no se vuelva. "Ébano", junto a los formidables diarios de viajes de Javier Reverte, como "El sueño de África", me aportaron una visión y un conocimiento del continente africano que me parecieron completamente veraces y esclarecedores: lecciones magistrales de periodismo: trasmisores eficaces de la idea de la realidad de la vida de los habitantes de un continente tan cercano geográficamente como incógnito, una intuición de sabiduría universal que yo no habría vislumbrado de ningún otro modo.

"Un día más con vida", película basada en la obra homónima de Kapuściński, relata las peripecias del reportero polaco en Angola durante el año 1975: el país, recién descolonizado por los portugueses, se enzarza en una cruenta guerra civil por el poder (alimentada, como era costumbre en la época de la Guerra Fría, por la rivalidad geoestratégica, ideológica, social y económica de Estados Unidos y la U.R.S.S.) que durará hasta el año 2002 y que se convertirá en la más larga de todas las que surgieron, casi sin excepción, tras el vacío de poder que deja la salida de los países europeos al abandonar los gobiernos de sus antiguas posesiones africanas: territorios aún rebosantes de riquezas naturales que atraían como moscas a codiciosas manos tanto extranjeras como locales: la multinacional y el dictador, ese milagro económico.

Ryszard, o Ricardo, como le llaman en la cinta usando la lengua materna de casi 500 años de dominación, quiere viajar hacía el sur de Angola para entrevistar al misterioso comandante Farrusco, un exparacaidista del ejercito portugués que se ha pasado a las filas del MPLA (Movimiento Popular de Liberación de Angola) facción mayoritaria del pueblo angoleño y de inspiración marxista (otra constante en la época: los independizados del yugo colonial eligen izquierda) y que combate a los militantes del UNITA (Unión Nacional para la Independencia Total de Angola) y del FNLA (Frente Nacional para la Liberación de Angola) apoyados militar y económicamente por la CIA (Central Intelligence Agency: las ingentes sopas de siglas que saltaban desde los telediarios de nuestra infancia y que luego resultaron reducirse únicamente a los dos lados del mismo tablero de ajedrez, daba igual el país o el año). De nuevo un viaje al corazón de las tinieblas y el paralelismo con la obra de Joseph Conrad es evidente: Ricardo como Marlow, Farrusco como Kurtz: de nuevo un par de europeos fascinados y horrorizados por la violencia desnuda, por el entorno salvaje, por la injusticia rotunda de la crueldad sin límites. La película, hipnótica en su estética, mezcla el cine de animación con los testimonios documentales de aquellos que acompañaron a Kapuściński (fallecido en 2007) en su odisea al sur: al sur, siempre al sur, alegoría eterna del descenso a los infiernos. el norte virtuoso, el sur pecador. 

La trama es poderosa en la dirección inequívoca de su mensaje de denuncia del opresor, afirmando con rotundidad la situación caótica y brutal del momento, señalando sin ambages a los héroes del bando del que toma parte sin dudarlo y tampoco vacila al afirmar que el reportero de guerra es también motor de la historia y elemento clave en lograr cambiar su rumbo al optar por exponer o guardar silencio con el contenido de su libreta de notas. Eso sí, la hora y media de metraje se hace corta, se despierta el ansia de ampliar el tema, de saber más de aquel periplo asombro. Menos mal, oh yonquis del conocimiento, que las librerías están abiertas los sábados por la tarde.

sábado, octubre 02, 2021

"Otra mujer", de Woody Allen

Pasados ya los cincuenta años desde la fecha de su nacimiento, dirige Woody Allen la cinta "Otra mujer". Se habla mucho de la "crisis de los cuarenta", un efecto de la edad más tópico que cierto, que quizás se caracterice por percibir, por primera vez en una vida, la decadencia de la juventud: la pérdida de aquellos tiempos de plenitud física, de libertad de acción, de apuntarse a bombardeos: Nowhere, fast!: los cuarenta son una época en la que el mayor riesgo es el del adocenamiento. La cincuentena, sin embargo, apunta una mirada al pasado, un ejercicio vacuo de melancolía (el pasado no hay forma de cambiarlo), un inquietante balance vital que forzosamente ha de dejar apuntes en el debe y en el haber. Y los del debe son los fastidiados, por supuesto: a qué narices ha dedicado la vida uno y cuánto tiempo queda para procurar enmendarlo.

Influido poderosamente por el cine de Ingmar Bergman (o, para ser preciso, por el teatro de Ingmar Bergman y, en ocasiones, por el teatro registrado en celuloide de Ingmar Bergman), el director de Brooklyn se deja de chistes y rueda un drama vital impecable. "Fresas salvajes" parece ser la referencia directa y los fotogramas iluminan su halo sobre la bruma nórdica del genio de Upsala gracias a la gran actuación de la inconmensurable Gena Rowlands. Una vez más en la filmografía de Allen el reparto de caracteres recae en los acaudalados poseedores de profesiones liberales que residen en la isla de Manhattan, esa carne de psicoanalista que puebla de principio a fin la película, una historia atribulada de la que surge, de nuevo, un mensaje de socorro: la penuria existencial del que lo tiene todo pero nunca lo que más cuenta: y una moraleja: las segundas oportunidades están disponibles para el que se atreva a aprovecharlas. Pero por tiempo limitado.

miércoles, septiembre 01, 2021

"Free Guy", de Shawn Levy

Estoy leyendo "La noche que llegué al Café Gijón", fascinante obra, una más, de Francisco Umbral. El espíritu observador, incisivo y crítico de Umbral, que le llevó a redactar la columna diaria de vida social más popular (y temida) del panorama periodístico español, reluce con toda su fuerza, magisterio y el innegable sarcasmo de la verdad desnudada, no exenta de ternura y nostalgia, en el libro que tiene al mítico Café Gijón de Madrid como ambiente único y propicio para generar una semblanza personalísima del mundillo literario, cultural y social de España en los años sesenta. Y entonces me pregunto qué escribiría Umbral, si se diera la ocasión del encargo mercenario con el que ganarse cuarenta duros en aquel tiempo en el que malvivía entre vetustas pensiones madrileñas y bares insomnes donde se ventilaban ambiciones macilentas de literatos incansables, acerca de la película que fuimos a ver este lunes. Y mientras yo mismo apuro un cortado en la terraza de la histórica cafetería Las Torres sita en la Plaza Mayor de Salamanca, donde aún llega el hálito de antiguas tertulias extintas, sepultadas hace tiempo por el placer solitario del wifi, aventuro, esperanzado por el más vale honra sin barcos de Calderón, que, Francisco Umbral, sobre la película "Free Guy", no habría escrito nada. Pues yo, tampoco.

lunes, agosto 02, 2021

"La soledad del corredor de fondo", de Tony Richardson

A propósito de las noticias que se están produciendo en los Juegos Olímpicos de Tokio acerca de abandonos de algunas de sus estrellas más fulgurantes, sometidas a una presión enorme que se ven incapaces de manejar, me vino a la memoria el título de la película de Tony Richardson, que habla, precisamente, de lo que cuenta en su nombre. La cinta es uno de los exponentes del llamado Free Cinema (la Nueva Ola francesa de los años sesenta produjo un tsunami cinematográfico que también alcanzó las costas de la pérfida Albión) y se puede considerar emparentada con el argumento de "Los cuatrocientos golpes" de François Truffaut: la rebeldía juvenil y el enfrentamiento al establishment que eclosionó durante aquella década: plantar cara al mundo de los mayores, combatir un presente antes de que se convierta en un futuro desesperanzador. Para el joven corredor de fondo interpretado por Tom Courtenay, recluido en un reformatorio e indudable carne de presidio posterior, el dilema está en correr o no correr.

Estos tiempos inquisitoriales que atravesamos (quién nos iba a decir, quién podría sospechar, qué mente enferma se atrevería a aventurar, que el siglo XXI sería esta mierda) se ven condicionados por una pandemia de proporciones épicas, que no es el coronavirus, no, se trata de la depresión, mal más arraigado aún en la especie humana y para el que no existe vacuna. La infelicidad alcanza a todos los niveles sociales, económicos y culturales: estómagos colmados que buscan incansablemente cualquier fuente de sufrimiento. Y hasta los admirados deportistas padecen del castigo inmisericorde del agobio, víctimas propiciatorias por otro lado, pues desde bien pequeños son sometidos a un "darwinismo" implacable: competitividad, marcas, metas: infantes recién destetados que lloran desconsoladamente por la derrota banal padecida en un terreno deportivo, que no poseen mecanismos para digerir la amargura del músculo superado por el del contrario más hábil, más fuerte, más avispado, un campeón que a su vez no sabe gestionar su victoria si no es a través de la presunción, la burla o la crueldad. 

Vencedores y vencidos en un sistema enfermo construido sobre convenciones idealizadas en exceso, pero que en el fondo no son más que otra muestra de enfrentamiento entre naciones: el deporte es la política por otros medios: la guerra en un estadio: héroes y villanos. El espectador panzudo vocifera desde su asiento, insulta y denigra, desprecia y humilla: deportes minoritarios consiguen sus quince minutos de fama durante el ciclo olímpico: una medalla para el lucimiento efímero del tirano gobernante, ranking en el medallero para superar como sea al país vecino, ese chulo prepotente. Caballos de carreras: bien lo sabe el corredor de fondo, con la certeza de que cualquier satisfacción lograda ha de ser íntima, disfrutada en la soledad del esfuerzo, en ese punto en el que la mente se vacía y el cuerpo es un ente ajeno, inalcanzable. Será lo mejor, entonces, parar, sin vacilar ni un instante. Y adiós a todo eso.

miércoles, julio 21, 2021

"El agente topo", de Maite Alberdi

Un documental acerca de una ficción que es realidad: el documental es el medio, la ficción es Sergio convertido en espía infiltrado y la realidad, cruda, la aporta una residencia de ancianos: lugar que siempre despierta sospechas: casa de retiro que a la vez es hospital, que a la vez es manicomio, que a la vez es cárcel: la mezcolanza de condiciones de sus habitantes despierta escalofríos al nuevo, huésped voluntario, que contempla de primera mano las posibilidades vitales que se puede encontrar en un futuro cercano: demencia, incapacidad, hastío. Y la más temida: la soledad. El abandono del que lo fue todo y ahora sólo es un estorbo: trastero, chatarrería, muladar. Instituciones que quizá traten estupendamente a sus inquilinos, que intenten cubrir con esmero y dedicación sus necesidades, sus males, sus tristezas, pero que lo único que no pueden enmendar es la traición familiar que Sergio, el topo, muestra con la certeza de la verdad desnuda. Cría cuervos, Azarías.

domingo, julio 18, 2021

"Nomadland", de Chloé Zhao

Contemplo los campamentos que aparecen en la película, esos llanos desérticos urbanizados con furgonetas, caravanas, remolques, tiendas de campaña, viviendas ajadas pero móviles, siempre listas para la huida inesperada, donde sus habitantes lucen indumentarias improvisadas, desgastadas por el uso, se alimentan de conservas y acuden al trueque para cubrir las carencias de su utillaje, y me pregunto si no estaré viendo a los supervivientes de un apocalipsis zombi, género cinematográfico que está hasta en la sopa en los últimos años y que aparece cuando menos te lo esperas. Y es posible que no me falte razón.
Desheredados de la fortuna o, más bien, apartados del dios único de la religión "consume hasta morir". Pero la muerte no llega, morirse puede llevar años y años y hay que tirar para adelante aunque ya no se tenga edad para dormir al raso o al frío o al calor, para realizar trabajos físicos que parecían que habían quedado para estudiantes que querían ganarse unas perras durante el verano, para trasladar el cuerpo dolorido al siguiente curro de temporada que pueda mantener la falta de esperanzas: la campaña navideña de Amazon y el Pay them more! del presidente Joe Biden: tiempos modernos.
La directora Chloé Zhao y la ubicua protagonista Frances McDormand encarnando a Fern (han ganado todos los premios posibles con este filme) retratan una, a priori, dramática situación de callejones vitales sin salida, pero lo hacen de un modo tan benévolo (en ocasiones, excesivamente sentimental) que parecería que los realmente afortunados han sido los pobladores de esa tierra de nómadas. Sostenía el famoso antropólogo Marvin Harris que el estado de migración continua es el propio de la especie humana, el impulso innato inserto en nuestro material genético, y que el sedentarismo impuesto durante el neolítico, un hábito social contra natura. La belleza indiscutible de los grandes espacios abiertos norteamericanos terminan por apoderarse y empoderar definitivamente la estética del celuloide y refrendan el mensaje salvífico de la cinta: la última esperanza es el retorno a la naturaleza: Thoreau, Rousseau o San Francisco de Asís, ya lo sabían.
No sé si fue el poeta Byron el que dijo aquello de que cuanta más gente conocía, más quería a su perro. La bondad y caridad sin límite que asaltan a Fern durante su particular odisea ("Nomadland" no deja de ser una road movie, de la tercera edad, eso sí, sector en la que se topa por arriba con ejemplos mayúsculos como "Nebraska" de Alexander Payne o "Una historia verdadera" de David Lynch) resultan tan reconfortantes para el espectador, que sin duda desea lo mejor para la esforzada vagabunda, como sospechosas de verismo para cualquiera que viva en estos tiempos egoístas y codiciosos, faltos de empatía y de caridad, ausencias del ánimo y del espíritu que menoscaban las posibilidades altruistas de la condición humana y que me temo que no distinguen a ricos de pobres.

lunes, julio 12, 2021

"Operación Camarón", de Carlos Therón

Hace unos días tuvimos ocasión de asistir a una charla sobre la figura de Luis García Berlanga, cineasta del que este año se cumple el centenario de su nacimiento. El acto, moderado por el periodista Jesús Ruíz Mantilla, contaba con la presencia del excelente actor Miguel Rellán y el no menos excelente director de cine Manuel Gutiérrez Aragón. Entre anécdotas o meditaciones o revelaciones de gran enjundia sobre el carácter o el trabajo o la vida del eximio director valenciano, apareció también el tema de la crisis actual del cine español y de cómo la celebración berlanguiana (adjetivo que figura en el diccionario español gracias a la propuesta del académico Gutiérrez Aragón) había despertado el interés del público por revisar obras maestras del pasado en blanco y negro, como lo son "Plácido" o "El verdugo": interés por el pasado, que no por el presente de nuestro cine. La producción cinematográfica española de los últimos años destaca en títulos olvidables, de consumo fácil, sobre todo en comedias banales, veraniegas, como lo eran aquellas españoladas de la época del destape setentero, pero sin destape. El profeta de este rentable y abundante condumio fast food es sin duda Santiago Segura, que, desde unos inicios bien bizarros, se ha pasado al humor blanco del cine para todas las edades: otra cosa no, pero visión comercial no le falta.

En esta racha se inserta la muy publicitada (cualquiera que haya seguido la Eurocopa por televisión se habrá dado cuenta) "Operación Camarón": ubicuidad del título a cargo de la cadena televisiva que participa en la producción. Y ese es uno de los puntos calientes en el apreciable demérito de calidad artística del séptimo arte nacional en los últimos años: rentabilizar el producto a toda costa, apartando sin rubor la menor intención de que las neuronas del espectador activen una mínima sinapsis de su cerebro. Sin embargo "Operación Camarón", a diferencia de muchos otros títulos de los que ni quiero ni puedo acordarme, tiene un pase: reparto de notable vis cómica, con nombres como Julián López o Natalia de Molina (que atesora dos premios Goya), buen ritmo, rodaje solvente (qué bien se le dan a los nuevos directores españoles las escenas de acción), capacidad de intriga, diálogos acertados y, ante todo, duración ajustada a una canónica hora y media de proyección. Nada mal, en fin.

jueves, julio 08, 2021

"Luca", de Enrico Casarosa

Me quedaré con la incógnita de saber (no pienso buscarlo) si esta película ha sido patrocinada por Piaggio, fabricante de la moto Vespa, genuino icono del motor italiano, al menos del más popular, desde que se presentó al público en 1946. Y fue no menos icono, al igual que el también nacido en Italia Seat 600, del Desarrollismo español iniciado a finales de los años cincuenta (en una Vespa cabían tres adultos, como nos enseñó Vicente Aranda en "Camina o revienta": Eluterio Sánchez "El Lute" y dos compinches desvalijando una joyería madrileña: un ladrillo y una motocicleta para escapar de la miseria secular española: más cornadas da el hambre). La pasión desbordada que demuestran por la "avispa" con ruedas los evadidos del piélago Luca y Alberto, tritones marinos anhelantes de secano y asfalto, es sin lugar a dudas el leitmotiv de la trama.

Un cartel muestra a la anterior pareja que más hizo por promocionar las ventas mundiales del vehículo: Gregory Peck y Audrey Hepburn conduciendo una a la vera del Coliseo romano. Ese fotograma ilustrado de "Vacaciones en Roma" de William Wyler aporta una pista sobre el carácter de "Luca": no se homenajea la identidad (o al cine italiano, como he escuchado en alguna parte), sino a ese cine que ha hecho de Italia un tópico para turistas. Y para dejar bonito el panfleto de agencia de viajes, el territorio representado en "Luca" es el litoral de Liguria recorrido cada año por miles (o millones) de turistas en el periplo conocido como Cinque Terre: fotos maravillosas extraídas a codazos por saturación de móviles apuntando a multitud de caretos selfi que arruinan la belleza del paisaje (Portorrosso se denomina el pueblo donde trascurre la aventura terrestre de Luca, topónimo imaginario que es muy parecido a Monterrosso, uno de los pueblos más visitados en esa zona de la costa italiana, aunque parece ser que el nombre en realidad es un homenaje a la película de animación "Porco Rosso" de Hayao Miyazaki, homenaje, a su vez, a la aviación italiana).

Tras "Coco" Pixar vuelve a asomarse a culturas "exóticas" o, más bien, a sus formas más reconocibles e idílicas por poco profundizadas: paseos ligeros fuera de Estados Unidos, algo muy típico de las producciones de Disney, dando lugar a una comedia amable, espectacular visualmente, con el acostumbrado guion recurrente, por políticamente correcto, que aborda el sempiterno miedo al otro, al extraño, al forastero, al inmigrante, y su consabida aceptación sin barreras al final del folio: historia plana que, a diferencia de los añorados clásicos de la época dorada de la productora cinematográfica del flexo saltarín, no emociona hasta la lágrima. Porque así era.

jueves, julio 01, 2021

"Expediente Warren: Obligado por el demonio", de Michael Chaves

Si hay un cineasta que haya dominado como ningún otro la taquilla del género de terror durante el siglo XXI, ese ha sido, sin lugar a dudas, el director australiano nacido en Malasia conocido por el nombre de James Wan. Genuino rey Midas del cine actual, pone su firma como director, productor o guionista a sagas de singular éxito en esto del grito y del susto como son "Saw", "Insidious" o "Expediente Warren", ingente cantidad de títulos de costes contenidos y recaudaciones formidables. La incógnita reside en saber si existe un sello de autor y, disponiendo de recetas infalibles para el público, dilucidar cuál es el secreto de su éxito.

Particularmente "Saw", su primer largometraje, estrenado en 2004, me pareció un debut sumamente prometedor, cinta dotada de cierta originalidad en su trama y en su puesta en escena y aguerrida en su desenlace: gore pero sin pasarse. "Saw" y su jigsaw o asesino del puzle era atrevida e icónica, y dio lugar a un gran número de secuelas de las que no he visto ni una: la primera me dejó contento así que para qué más. "Expediente Warren", sin embargo, me ha dejado siempre (de esta saga las he visto todas, incluida esta tercera que da título a la entrada del blog y que está dirigida por Michael Chaves aunque James Wan siga vigilante entre bambalinas) una intensa sensación de déjà vu: esto ya lo he visto. El subgénero de casas encantadas con espíritu maligno recorriendo sus pasillos está muy trillado y salvo aportes sorprendentes como el de la película "The Babadook" de Jennifer Ken, tiene pocas novedades que ofrecer.

El ciclo "Expediente Warren" relata las andanzas de dos famosos investigadores de lo paranormal (alcanzaron fama mundial después del celebérrimo caso de Amytiville, otro de los nombres de lustre ligados al cine de terror), Ed y Lorraine Warren (Patrick Wilson y Vera Farmiga), profesionales de esa denostada labor de atrapar duendes: o gamusinos: hazmerreir de escépticos, faro para crédulos. La industria del horror en celuloide se presenta de la mano de Wan como un espectáculo casi para todos los públicos, extirpando la acostumbrada carga sexual del terror para adolescentes (protagonistas beatos y recatados: profunda carga religiosa en el metraje, otro vicio indisimulado del cine hollywoodiense de las últimas décadas) y eludiendo el recurso fácil de abuso en la presentación de sangre y vísceras: casas del terror de las que existen en cualquier parque de atracciones, banalidades posmodernas que justifican el precio de la entrada en una realización cuidadosa que logra que el espectador sea el que deambule por la casa encantada de turno, vigilando, inquieto, los límites del encuadre en busca de la siguiente aparición.

Por otro lado, la tercera entrega, "Expediente Warren: Obligado por el demonio", a la vez que cambia de director modifica un tanto el registro y muestra al matrimonio Warren más intrépido y aventurero visto hasta la fecha, enfrascado en la investigación del caso criminal del homicida Arne Johnson, acusado de asesinar a su casero Alan Bono. Aquel juicio de principios de los ochenta fue el primero de la historia de Estados Unidos en el que la defensa del acusado, asesorada por los Warren y su ansia de notoriedad, alegó la condición de posesión demoníaca para justificar el crimen. El juez rechazó de plano esa argucia fantasiosa del abogado de Johnson, por más que en la película nos quieran convencer, con sobradas escenas de satanismo, exorcismo, encantamiento, maldición, posesión y otras diabluras, de que haberlas haylas. Película basada en una historia verdadera. Y punto.

domingo, junio 13, 2021

"Whisky", de Juan Pablo Rebella y Pablo Stoll


Cinta uruguaya del año 2004 que se alzó con el premio Goya a la mejor película iberoamericana y que se había quedado apuntada en la memoria, como tantas otras, esperando su momento. Película parca en diálogos: sus protagonistas aparecen como personajes grises, tímidos, incapacitados para nada que no sea la atadura de la costumbre, el alivio del hábito, la cárcel salvadora de la tarea laboral y el horario monótono: no comunicarán al espectador, en ningún momento, mediante una ansiada declaración o monólogo o arrebato pasional al uso en las artes escénicas, la profundidad, si la hubiera, de sus anhelos sentimentales. Todo debe extraerse de una puesta en escena prodigiosa, una ambientación extraordinaria por decadente y plomiza que nos insinúa lo que podemos llegar a conocer del inusitado ménage à trois formado por Jacobo, Marta y Herman.

Los hermanos Jacobo y Herman Koller (Andrés Pazos y Jorge Bolani), dueño cada uno de una fábrica de calcetines de distinto estilo y éxito, uno en el terruño uruguayo, el otro emigrado a Brasil (siempre parece que le va mejor al que se va, al aventurero, al emprendedor: siempre parece más triste el que se queda en la estación despidiendo al viajero), presentan una rivalidad arquetípica que se realza mediante la introducción de una modesta empleada de Jacobo, Marta (Mirella Pascual), fiel de una balanza que permite al observador dilucidar acerca de la psicología recóndita de los caracteres presentados, del peso que el pasado o la familia o los traumas arrastrados, ejercen en las condiciones del presente: esclarecer si el tacaño redomado puede convertirse en el ser más generoso, el amor platónico silencioso en un romance consumado o, sobre todo, si el lastre de la cotidianidad llegará algún día a romperse en mil pedazos. Y, como en muchas de las mejores películas, sembrar los fotogramas de preguntas, que no de certezas, para que cada cual, cada uno de nosotros, sea un personaje más en busca de sus propias respuestas.

domingo, mayo 09, 2021

"Milou en mayo", de Louis Malle

La lista de obras maestras filmadas y firmadas por el cineasta francés Louis Malle es impresionante: "Ascensor para el cadalso", "El fuego fatuo", "Un soplo en el corazón", "Lacombe Lucien", "Adiós, muchachos", "Atlantic City", "Vania en la calle 42". Siempre polémico, siempre genial, sin miedo a abordar temas que propicien debates intensos alrededor de asuntos considerados tabúes absolutos, tanto para la hipócrita vida social de su época como para la falseada fachada histórica de la Francia heroica de La Résistance: resquebrajaduras en el monolito antinazi.

Así pues, ¿en qué mayo podría estar Milou sino en el Mayo de 1968, mítico símbolo revolucionario de la lucha contra el capitalismo? Guerra de Vietnam, imperialismo, autoritarismo, explotación. Las causas a combatir durante aquella primavera parisiense eran muchas y buenas, loables en su inmaculado repertorio, pero sobre todo ponían en relieve las profundas contradicciones del movimiento: estudiantes burgueses contra la burguesía que los alimentaba, que les proporcionaba un status superior, que les acogería amorosamente en cuanto se sacaran el título. Serán los sindicatos obreros, que veían a las agrupaciones de estudiantes universitarios como juegos de niños de papá aburridos de sus privilegios, los que realmente pondrían en apuros al presidente Charles De Gaulle y al primer ministro Georges Pompidou al convocar huelgas generales que paralizarían la nación francesa durante días.

Ese telón de fondo convulso y ya legendario (De Gaulle disolvió el gobierno y convocó elecciones en junio que, paradójicamente -o no tanto- supusieron un avance de los conservadores de derechas y un retroceso de las posiciones izquierdistas) es el que se encuentra la familia de Milou (Michel Piccoli), convocada a reunión en la hacienda familiar tras el fallecimiento de la abuela, matriarca del clan. Días de luto y duelo transfigurados en un alocado velatorio, exequias insensatas que se balancean entre el miedo tribal a la pérdida de prebendas que puede reportar la revolución radiada y la codicia innata del reparto de la herencia, ese vicio consuetudinario de todos los biennacidos. 

Las pulsiones sexuales escondidas durante años entre los que disfrutaron juntos de largos veranos despreocupados de manteles blancos y sudores refrescados en riachuelos privados, terminan de configurar una estupenda comedia del año 1990 que se puede adjetivar de forma certera como berlanguiana: "La escopeta nacional" en versión francesa, ruedo ibérico emigrado a viñedos del norte, aquellos a los que trashumaban cada año nuestros esforzados vendimiadores: lucha de clases esperpéntica y caricaturizada, que pone el foco en el lado ocupado por una burguesía alejada de los problemas del mundo real y presentada como un ente aterrorizado ante el fin de su ensoñación: una cinta que es una hipérbole indudable, pero que acierta al exhibir falsedades, ranciedades y patetismos que perduran hasta hoy. Gran película.

viernes, abril 30, 2021

"El faro", de Robert Eggers

Desde su extraordinario primer largometraje, "La bruja", se hacía de rogar la llegada de una segunda propuesta fílmica del director novel Robert Eggers. Llegó en la forma de "El faro", película que, como en el caso de su ópera prima, tiene querencia hacia la extrañeza, lo sobrenatural, lo psicológico y, ante todo, la irrefrenable advocación por el maligno: el demonio dentro de ti. Paradójicamente, con este faro no se puede asegurar que el cineasta haya vuelto a ver la luz. La que queda certificada es su habilidad para la construcción de ambientes opresivos: lugares solitarios y aislados, de estricta tranquilidad deshabitada, que sin embargo no son más que telones de camuflaje, trampantojos de una calma tensa que deviene fantasmagórica: el hotel Overlook de "El resplandor" de Stanley Kubrick como referencia certera para ubicaciones que vampirizan la voluntad y el espíritu de sus ocupantes. Y el malogrado Jack Torrance, el epítome del incauto que buscando la paz queda atrapado en abismos de locura.

Aquel novelista frustrado que ideó la fértil mas tenebrosa imaginación de Stephen King, se reencarna ahora en el guardián de un faro interpretado por las limitaciones actorales de Robert Pattinson: verle compartir fotogramas con la maestría acreditada de Willem Dafoe es, cuanto menos, aleccionador. La cinta, muy atractiva visualmente (el arte visionario, romántico y mitológico de William Blake o las aberraciones tentaculares de H. P. Lovecraft dan apoyo estético y argumental a las fantasías alucinatorias de cualquier artista posmoderno), con un encuadre de película antigua y un blanco y negro tan tétrico como luminoso, resulta apabullante en su extremosidad, tanto que termina produciendo desconexión, desinterés y bostezo sin remedio, sensaciones que lastran el resultado: escenas tan escatológicas que terminan siendo pueriles se alternan con otras dominadas por la violencia desatada (en exceso) del desenfreno alcohólico acompañado de una tensión sexual no resuelta: "Brokeback mountain" en el faro del fin del mundo.

Los mares del norte, lugares inhóspitos, aterradores, colmados de amenazas: hic sunt dracones: donde se escondían los monstruos, donde siguen escondidos. Y las sirenas, voluptuosas y mortíferas, los peores de todos ellos.