jueves, junio 13, 2019

"Operación Overlord", de Julius Avery

El día 6 de junio se celebró el aniversario de uno de los eventos bélicos más famosos y notorios que hayan tenido lugar: el desembarco de las tropas Aliadas en la península francesa de Normandía en 1944, o, como se conoció por su nombre en clave, la Operación Overlord, golpe de mano que supuso un punto de inflexión en el trayecto de la Segunda Guerra Mundial. Buscando un título cinematográfico propicio para conmemorar la efeméride como un cinéfilo cabal, una de las referencias obvias sería "Salvad al soldado Ryan", de Steven Spielberg. Sería y lo es: disfruté de nuevo de la mejor reconstrucción que se haya realizado nunca en fotogramas de la trampa mortal que supuso para el ejército estadounidense atravesar la playa Omaha en aquella fría mañana de junio: la mejor que se haya realizado nunca y, muy probablemente, la mejor que nunca se realizará: veinte minutos de metraje para la eternidad.
A modo de remate tenía a mano una película que se titula, precisamente, "Operación Overlord", cinta presentada el año pasado en el Festival de Sitges. Teniendo en cuenta la idiosincrasia del certamen, cabía suponer que la parte épica de la jornada histórica enfocada sería reconducida hacía otro género, el fantástico, territorio sin dios ni amo, y muchas veces sin sentido: suposición correcta. La mística elucubrativa que ha acompañado durante décadas a descabelladas teorías sobre oscuros científicos nazis empeñados en experimentos dantescos que condujeran a obtener un superhombre ario invencible, toma protagonismo en la película. La cinta se inicia con una recreación bastante lograda de los arriesgados lanzamientos de paracaidistas sobre suelo francés que tuvieron lugar en la madrugada del día D. Pero superada la mitad de la proyección, el ánimo historicista es desplazado hasta otra ocasión por la imaginación más desbocada. Desde los combates de Cráneo Rojo contra el Capitán América, pasando por los videojuegos para los que "Wolfestein" fue padre innegable, el monstruo nazi (¡Hail Hydra!) ha dado mucho juego a la hora de configurar villanos a los que hay que matar sí o sí. "Operación Overlord" se queda en otra trama más para alimentar esa leyenda negra, un cuento de terror gore atiborrado de maniqueísmo y de tópicos del género.
Pero lo que más me llamó la atención de la película es que el protagonista fuera un soldado de la 101 división aerotransportada de raza negra, mismo color de piel que el del sargento de la compañía. Que yo recuerde, en la de Spielberg aparecen muchos soldados, pero todos de una escrupulosa raza blanca. Y no por racismo, sino por fidelidad histórica. Era escasa la intervención de soldados negros en primera línea de combate en el ejercito USA de la Segunda Guerra Mundial (de no ser por unos pocos batallones formados íntegramente por combatientes afroamericanos), pues eran destinados en su mayoría a tareas auxiliares: cocinas y letrinas: el Buffalo Soldier norteamericano atravesando el racismo galopante de los años 40 en Estados Unidos. Tener como protagonista al bravo soldado Boyce, solo se puede entender como una fantasía más.

viernes, mayo 31, 2019

"Vengadores: Endgame", de Anthony Russo y Joe Russo

No creo que haya discusión en cuanto a que conocer de antemano el desenlace final, o un giro argumental trascendente que forme parte de la trama de una película (o de una serie de televisión, o de una novela), puede producir una merma en el disfrute obtenido. Existirá el espectador que considere incluso imprescindible saber de qué va (esos terribles trailers que avanzan tres cuartas partes de un metraje) una cinta antes de dedicar su valioso tiempo personal a ella, pero de ahí a que deseé anticipar los sorprendentes detalles que probablemente contenga, va un mundo. Que te cuenten quién es el inesperado poseedor de la paternidad de Luke Skywalker, uno de los más famosos spoiler de la historia del cine, antes de ver "El Imperio contraataca" de Irvin Kershner, no es motivo inexcusable para no revivir con plenitud la fabulosa saga de "La Guerra de las Galaxias", pero fastidia un momento irrepetible: puedes ver una película muchas veces, pero ninguna como la primera vez.
El concepto de destripe (término que se aconseja emplear en idioma español antes que su pariente anglosajón) ha estado de gran actualidad en las últimas semanas, tanto por la televisiva "Juego de Tronos" como por el estreno de "Vengadores: Endgame", película de asistencia récord. En esencia estas producciones se constituyen en folletines audiovisuales que acaparan la atención de millones de espectadores durante años, hordas de acólitos insomnes a los que les parecería un acto infame que a algún afortunado madrugador de preestreno se le ocurriera volverse un bocazas incontenible, y más hoy día, cuando las redes sociales dificultan las oportunidades de aislamiento cognitivo. En ambos casos, para los tronos y los superhéroes, mis precauciones tuvieron un feliz resultado: logré alcanzar el final de la travesía sin atender cantos de sirena que arruinaran el viaje. Y soy capaz de predicar con el ejemplo, pues desde que empecé a escribir este blog uno de mis propósitos fundamentales fue el de hablar de un título sin contar la película, tarea que en más de una ocasión resultó complicada, pero que intenté llevar a cabo lo mejor que pude.
Dejemos los destripes para Jack y los trolls para los relatos de fantasía épica. En cuanto a "Vengadores: Endgame", algo habrá que escribir, pero tras el sermón pronunciado más vale no traicionarse. Cabe apuntar que el abuso de la autoreferencia y la parodia son señales inequívocas de desgaste en una saga cinematográfica. El capítulo anterior, "Vengadores: Infinity War", será el que marque la cima, el culmen narrativo, mientras que este episodio final se puede considerar un epílogo, un punto y final que sin embargo resulta demasiado extenso: los epitafios han de ser breves. Adiós a Los Vengadores, el más portentoso grupo jamás reunido y que ha logrado asombrarme desde niño. ¿Adiós o hasta luego? Teniendo en cuenta la taquilla recaudada por este game over, es muy posible que en breve vuelva a aparecer el reclamo de otro insert coin...

domingo, mayo 05, 2019

"La importancia de llamarse Oscar Wilde", de Rupert Everett

"The Happy Prince", en su título original inglés, como el nombre de su cuento más famoso, "El príncipe feliz", y como esa estatua desposeída debió sentirse Oscar Wilde en el final de sus días: no fue una golondrina: del todo a la nada. Sobre ese proceso de ruina personal, de desgraciado ocaso para el que fue máxima figura cultural y orgullo de la nación (el clamor del aplauso desaforado, el laurel del reconocimiento unánime), levanta Rupert Everett su denuncia: la caída de los dioses, de los genios, destruidos por la misma sociedad que los encumbró. En el caso de Oscar Wilde, la homosexualidad fue el crimen, la imperdonable condición humana que lo condenó al presidio primero y al destierro después.
Entronca esta película con otro título reciente, "Descifrando enigma" de Morten Tyldum, biopic del matemático Alan Turing en el que se le "acusa", nada menos, de haber ganado la Segunda Guerra Mundial. La gran recompensa le llegó pocos años después, inducido a suicidarse cuando se descubrió que, como le había pasado a Oscar Wilde medio siglo antes, su orientación sexual estaba perseguida por la ley. La moraleja de injusticia irreparable era, por tanto, más nítida en aquella película de 2015, mientras que en la cinta de Everett la cuestión de atropello colmado de sinrazón queda un poco velada al mostrar los desmanes festivos del apasionado Wilde frente al intelectualismo apacible de Turing. De ese aspecto se abusa en cierta medida, produciendo un retrato que abunda en lo sórdido y lo grotesco y a ratos aburre: también puede que la realidad supere la invención que muestran unos fotogramas: quizás cualquier relato histórico sea falso por naturaleza.
Pasan los años, las décadas, y el legado sobrevive, la obra se vuelve inmortal, bautizando con el nombre del condenado calles, teatros y centros escolares -la hipocresía de las masas produce compensaciones estériles- pero al príncipe que nunca más será feliz, todo eso ya le importa un bledo.

miércoles, abril 24, 2019

"Capitana Marvel", de Anna Boden y Ryan Fleck

El final de "Vengadores: Infinity War", mejor dicho, esa habitual secuencia insertada entre los créditos que obliga a que todos los seguidores de la saga no se muevan de sus butacas al terminar la película, mostraba un busca noventero tirado en el suelo en el que parpadeaba un conocido emblema: Nick Furia había llamado al Capitán Marvel. Cabía pensar entonces que después de la desolación causada por Thanos y su guante engarzado de Gemas del Infinito, el superhéroe de la raza Kree tendría un papel relevante en la continuación de la serie. Pero resultó que no sería un capitán, sino una capitana, la que protagonizaría una posible remontada frente a omnímodos villanos intergalácticos y sus malvados planes de destrucción total.
Brie Larson, ganadora de un Oscar por su interpretación de una mujer secuestrada en "La habitación" de Lenny Abrahamson, iba a ser la que se enfundara el traje de Ms. Marvel, uno de los personajes de la editorial comiquera que no había tenido una especial fama o relevancia hasta el momento, aunque por lo visto en la película va a formar parte del canon fundamental del universo Marvel: al menos del cinematográfico. Girl power absoluto para fomentar la igualdad de género y, tanto es así, que, su "pareja" masculina, el Capitán Marvel original, toma cuerpo en la inopinada Annette Bening, uno de los aspectos más chocantes de la producción para cualquier viejo lector de cómics (pensé que Jude Law sería el Capitán, la verdad).
Larson sabe darle carácter ganador a su personaje, transmitir con firmeza al espectador que sus superpoderes van sobrados para confirmarla como una de las más grandes (o quizás la mayor) potencias de los Vengadores, y devolver así la esperanza de un partido de vuelta con opciones de victoria en "Vengadores: Endgame", esa esperada continuación que se estrenará en los próximos días.

martes, abril 16, 2019

"Dolor y gloria", de Pedro Almodóvar

Un artista, en cada obra que realiza, vuelca una parte de su existencia: sus habilidades y conocimientos adquiridos, por supuesto, la evolución técnica que lo ha apuntalado en su profesión, pero también las vivencias, los traumas, los descubrimientos, los instantes de placer y de desgracia: nada queda fuera. Así lo ha hecho siempre Pedro Almodóvar a lo largo de su personal carrera, aunque nunca de modo tan evidente, tan directo, como ahora. Podría considerarse esta película su ""particular, pero creo que ese capítulo, habitual en la trayectoria de los grandes cineastas como ejercicio en el que abordar los dilemas creativos de la labor del director de cine, lo dejó completado de manera excelente con "Los abrazos rotos", una de sus mejores películas.
"Dolor y gloria" se entiende como un ensayo de autobiografía, de confesión vital del autor maduro, y desde esa sabiduría de la edad, dejar patente que ha habido mucho más dolor que gloria. Almodóvar es el apellido fundamental del cine español de las últimas décadas, un nombre propio que por sí mismo coloca a España en el panorama cinematográfico mundial: sin Pedro no habría nada, o muy poco, más allá de nuestras fronteras. Premios, reconocimientos y alabanzas allende los mares para el director manchego, méritos que también ha recogido en su país, pero sin faltar tampoco en ello el carácter cainita del mundillo cultural español: duele más una mala crítica que mil elogios.
Dolor, entonces, dolor por encima de todo, y no sólo el dolor del espíritu, el alma atribulada a diario, sino también un intenso dolor físico. Sostiene Salvador Mallo, trasunto certero de Almódovar en el celuloide, que la profesión de director de cine, el oficio envidiable de cineasta, requiere de grandes esfuerzos, de soportar intensas jornadas de rodaje: Miguel Ángel con la espalda destrozada bajo el techo de la Capilla Sixtina. ¿Se puede ser genial sin dolor? ¿Se puede considerar el arte como una actividad salvadora? Circulo vicioso que puede (que debe) acabar mal.
El director elige a Antonio Banderas (quién sino) para representarse a sí mismo, y para retratar los conflictos que han regido su vida, los familiares, los sentimentales y los profesionales, coloca a Julieta Serrano y Penélope Cruz para encarnar a su madre en distintas edades, a Leonardo Sbaraglia para el amor de juventud y a Asier Etxeandia para ser el sufrido actor, pues, según se cuenta, los rodajes del manchego se distinguían por llevarse por delante algún que otro ego interpretativo. Merece ser destacado el momento de emoción apenas contenida que logran Antonio Banderas y Leonardo Sbaraglia recreando un reencuentro tan doloroso como glorificado: la demolición personal que producen las adicciones y la victoria incontestable que supone superarlas. La adicción, sea al trabajo, a las drogas o a otras personas, es la verdadera protagonista de esta película.

domingo, abril 14, 2019

"At Eternity's Gate", de Julian Schnabel

La primera vez que vi a Willem Dafoe en una pantalla debió ser en una película considerada ahora de culto, al menos de mi culto particular: aquella épica fábula de Rock&Roll titulada "Calles de fuego" y que estaba dirigida por uno de los grandes directores de westerns modernos, Walter Hill: Nowhere, fast. El año era 1984 y la interpretación de Dafoe del villano rocker Raven Shaddock seguro que no era de las que dejaba indiferente: un loco peligroso, no cabía duda, un maniático de su profesión dispuesto a tatuar fotogramas con sus actuaciones. Poco después Oliver Stone lo lanzó a la fama mundial al concederle el papel del buen sargento Elías de "Platoon", otra película generacional, y aquel personaje parecía anticipar que muchas de sus mejores actuaciones exigirían una inmolación final: hacer el cristo sin necesitar anillas.
Puede presumir este actor estadounidense de atesorar una carrera íntegra en la que ha defendido con notoriedad los trabajos que tocara abordar, ya fueran tareas mercenarias de cine palomitero o encargos que precisaran de una mayor enjundia artística. Y si una de sus encarnaciones más aclamada fue la de Jesús de Nazareth para "La última tentación de Cristo" de Martin Scorsese, ahora toca otro dios, un dios del arte, otro incomprendido de su tiempo que tuvo morir para alcanzar un aura de grandeza inmortal y atravesar esa puerta de la eternidad, la del reconocimiento mundano, una travesía que no está al alcance de cualquiera. Pasados los sesenta Willem Dafoe interpreta a un pintor que falleció con treinta y siete, pero la elección del protagonista por parte de Julian Schnabel parece acertada: interpretación mesiánica.
En la película Vincent Van Gogh es presentado como un místico, una existencia arrebatada por la dedicación en cuerpo y alma al arte, un eremita del óleo que despide cierto halo de santidad y que considera que tiene la misión trascendente de salvar a la humanidad con sus pinturas. Cinta lisérgica, onírica en muchos aspectos, en la que el lado realista lo aporta otro gran actor, Oscar Isaac como Paul Gauguin, pero que en la mayor parte de su metraje está protagonizada por la cámara: la búsqueda constante del plano extraviado, del desenfoque molesto, del punto de vista inquieto, llegando en algún momento a ser tan excesivo el abuso del recurso, que el alarde técnico se hace pesado: la consciencia de que existe la cámara conduce al espectador fuera de la acción (no sé si se quería hacer patente que Van Gogh tenía problemas en la vista, como cataratas u otro mal parecido, pero eso solo da pie a la teoría absurda de la genialidad como defecto de fábrica, como si la capacidad de poseer una mirada alternativa sobre la realidad la pudiera conceder únicamente una tara física).
Aún así esta obra quedará instalada en el anaquel de las mejores películas sobre el mundo de la pintura y, sobre todo, del Arte como dedicación absoluta, como manifestación de una voluntad creadora indomable que es capaz de dictar una vida y justificarla aunque durante esa existencia no se haya sido capaz de vender ni un cuadro: la eternidad es una cualidad ajena, concedida por otros, y bastante tiene uno con afrontar el reloj cotidiano como para tener que preocuparse además de que el nombre propio supere la última frontera de la lápida del cementerio.

sábado, abril 13, 2019

Catorce

Catorce, la edad de la adolescencia, la etapa en la que ya se suele haber dado el estirón y ciertos afanes se apoderan de la existencia cotidiana: se aparta lo que antes era norma, se despiertan nuevos intereses. Algo así parece haberle sucedido a este blog, en el que últimamente escasean las entradas, pero no porque se haya topado uno con un camino vital más atractivo que el cine al que dedicarle el tiempo, sino porque ese tiempo, el otorgable a las devociones en vez de a las obligaciones, ha menguado o simplemente se ha vuelto más complicado de juntar. En cualquier caso, catorce años dedicados a describir de vez en cuando las sensaciones que han surgido de ver una película, una tarea que me complace y que no tengo intención de abandonar. A por los quince.

Este pequeño Licantropunk cumple catorce años y, como de costumbre, la persona que recuerda todas las fechas le hace un regalo, el cómic "Buñuel en el laberinto de las tortugas", novela gráfica de Fermín Solís que fue publicada en el año 2008 y que ahora se reedita aprovechando que dentro de poco se estrenará un largometraje de animación basado en las viñetas de Solís. El libro ilustra las circunstancias del rodaje, en 1933, del famoso documental "Las Hurdes, tierra sin pan", película que fue censurada por el gobierno de la Segunda República: sí, la censura sobre Buñuel no fue asunto únicamente del franquismo: diversos gobiernos salidos de urnas democráticas como fue el mencionado caso en España, pero también en Francia (con "La edad de oro"), o en  México (con "Los olvidados") o en Italia (con "Viridiana"), prohibieron la proyección, durante un plazo más o menos largo, de algunas de sus obras. Muchos han sido los casos de visiones geniales que han padecido incomprensión y rechazo en la época que les tocó vivir, pero lo peor de todo es que esos linchamientos artísticos no sean propios de un pasado oscurantista, sino que se acrecientan con la época de revisionismo pacato que se ha instaurado, cual dictadura inquisitorial, en la actualidad. A peor, no te quepa duda, vamos a peor: del laberinto de las tortugas, al laberinto de los majaderos.

domingo, marzo 10, 2019

"La favorita", de Yorgos Lanthimos

Es curioso que el mayor éxito de Yorgos Lanthimos, la película que le ha colocado definitivamente en primera fila del panorama cinematográfico mundial, sea una obra que no parece de Yorgos Lanthimos. O al menos no mucho. Me ha recordado a películas ajenas al director griego, como "El contrato del dibujante" de Peter Greenaway, "Tristam Shandy" de Michael Winterbottom o, incluso, "Barry Lyndon" de Stanley Kubrick, es decir, retratos de época que utilizaban la comedia cortesana para producir una trama desenfada y enfocados en los recursos estéticos del siglo XVIII inglés: dramas históricos, por tanto, y alejados del fundamento de la cinematografía de Lanthimos que es el de construir desalentadoras, mas espléndidas, alegorías de la modernidad como "Canino", "Alps", "Langosta" o "El sacrificio de un ciervo sagrado". Un cine, en fin, poco propicio para llevarse un Oscar a casa, de modo que el cambio de registro hacia una gran producción, el barroquismo y el exceso escénico en contrapunto a un cierto minimalismo que era sello de autor, será, inopinadamente, un atajo simplificado para jugar en la liga de Hollywood.
Del cine de Lanthimos quedarán los ángulos de cámara inesperados y un ojo de pez que intente atrapar la inabarcable opulencia de la corte de la reina Ana, primera monarca de una Gran Bretaña unificada. El refinamiento excesivo en los usos y costumbres de los palacios de los monarcas dieciochescos se conduce en "La favorita" al único afán de representar lo grotesco de los personajes que habitan el entorno de la realeza: el destino del pueblo llano yace abandonado en manos de una caterva enfermiza, podrida y decadente, que ocupa sus días en intrigas palaciegas y codicias sin freno. Esa ambientación recargada es propicia para la sobreactuación, demoliendo una de las mayores virtudes de Yorgos Lanthimos, que es la de hacer creíble lo insólito.
El trío de actrices protagonistas, Rachel Weisz, Emma Stone y Olivia Colman, darán rienda suelta, y por el orden indicado, de menos a más, a la oportunidad de aprovechar su papel para practicar la hipérbole actoral. Rachel Weisz, en ese sentido, sabrá ajustarse en mejor medida, dando un sesgo plausible a su interpretación de la Duquesa de Marlboroug. La estadounidense Emma Stone hará recordar a aquella famosa novela de Mark Twain que se titulaba "Un yanqui en la corte del Rey Arturo", es decir, que se desenvuelve a ratos en la cinta como un pulpo en un garage. Y en cuanto a Oliva Colman y su premio Oscar a la mejor actriz por su actuación en "La favorita", se puede entender este galardón, otra vez, como el acostumbrado Oscar a la interpretación de la discapacidad: la senil Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas hollywoodiense tiene querencia indisimulada por premiar los disfraces antes que las actuaciones. El desgraciado panorama de una reina que falleció sin descendencia a pesar de haber tenido múltiples embarazos, que consumió sus últimos días tuerta, tumefacta y necesitando una silla de ruedas para vagar su soledad por los largos pasillos del palacio de Kensington, puede ser, como dije al principio, otro de esos afortunados atajos simplificados para el éxito. Pero solo puede ser, así que, ante todo, enhorabuena Ms. Colman.

lunes, marzo 04, 2019

"En la ciudad blanca", de Alain Tanner

Una vez leí una historia sobre un tipo, un profesor de Amsterdam, que se acostaba en su piso neerlandés y se despertaba en una casa de Lisboa. "La historia siguiente", de Cees Nooteboom, relataba el suceso con una naturalidad sorprendente, describiendo aquella situación inusitada y la habitación portuguesa en la que despertaba el profesor Herman Mussert a la perfección. Y en esta película he visto lo que con aquel relato imaginé. En otra ocasión leí una historia sobre un tipo, otro tipo, un marinero japonés que se niega a volver a embarcarse, harto de tanto océano, de la soledad infinita, de cantos de sirena que ojalá que llegaran a escucharse, enamorado al fin de una mujer que tiene dos piernas y no la cola de una pescadilla, una novela que se llamaba, se llama, "El marino que perdió la gracia del mar", y que contaba con la imponente firma de Yukio Mishima: una historia tan rotunda como la muerte del propio Mishima. Estos déjà vu literarios que me asaltaron absorto en la contemplación de "En una ciudad blanca", solo pueden entenderse como presagios de estar presenciando una película magnífica: vivimos una parte de nuestras vidas, una parte que no es poca cosa, en los libros y en las películas, vivencias ajenas que reconstruimos como propias.
Un marinero suizo, menudo oxímoron. El padre era un mecánico suizo y la madre una emigrante italiana, revela Paul, Bruno Ganz, a su amada Rosa, la camarera interpretada por Teresa Madruga, y esa confesión es un dato de su verdadera biografía, una circunstancia anecdótica que, sin embargo, se puede emplear para dar, de refilón, carta de naturaleza al talento inmenso de Bruno Ganz y su condición indiscutible de máxima figura del panorama actoral europeo. Su fallecimiento ha pasado más o menos desapercibido para los medios de comunicación españoles: menos desapercibido para los medios escritos, que suelen disponer de una sección cultural, y más desapercibido para los audiovisuales, en los que la cultura, sostienen imperturbables, es un veneno para la audiencia. Y no les falta razón. Pero la noticia ha sido destacada para la biblioteca pública que suelo frecuentar, la denominada "Gonzalo Torrente Ballester": un nombre que es un manifiesto cultural en sí mismo. Al poco de producirse la lamentable pérdida, ya habían preparado una estantería con una recopilación de las películas más notables en la que había participado el gran actor suizo. Y "En la ciudad blanca" era un título que no había visto.
"En la ciudad blanca" será a partir de ahora otro hito de mi memoria sentimental de celuloide, no sólo por dar cuerpo a algunos de mis mejores momentos como lector, a los que se podrían unir otras referencias literarias más obvias para el lugar de rodaje, Lisboa, como son los escritos de Fernando Pessoa o, por ejemplo, "El año de la muerte de Ricardo Reis" de José Saramago, sino porque si algún día me pierdo es bastante posible que me encuentren en la capital portuguesa (o en cualquier otra ciudad del poniente ibérico), cartografiando refugios laberínticos de calles estrechas, piedras viejas pero llenas de vida que detienen el tiempo. A Bruno Ganz ese tiempo congelado, la posteridad, la inmortalidad cinematográfica, se le concedió al interpretar a Adolf Hitler, nada menos, en "El hundimiento" de Oliver Hirschbiegel, pero la excelencia la había alcanzado mucho antes, en títulos como "Nosferatu, vampiro de la noche" de Werner Herzog, "El amigo americano" o "El cielo sobre Berlín" de Wim Wenders, "La eternidad y un día" de Theo Angelopoulos o, por supuesto, ahora lo sé, "En la ciudad blanca" de Alain Tanner. Adiós, Bruno Ganz.

sábado, febrero 23, 2019

"La balada de Buster Scruggs", de Joel Coen y Ethan Coen

Los hermanos Coen se pasan al relato corto y les va fenomenal con el nuevo formato. Añadir que la novedad abarca además una iniciación en el género del western sería falso, ya que la pareja más famosa de hermanos directores de cine había dirigido hace unos años "Valor de ley", remake a su vez del conocido filme del año 1969, un clásico, de Henry Hathaway. E incluso su oscarizada "No es país para viejos" se puede considerar un profundo paseo por los dominios modernos del Far West, con la escritura fronteriza de Cormac McCarthy por medio. Aunque, bien pensado, ¿no han sido muchas de las películas de los hermanos Coen una revisión actualizada de los códigos genéricos del western canónico? Traición, venganza y violencia. Y humor negro.
Seis historias breves, seis, seis cuentos del lejano oeste, y la muerte como hilo conductor primordial de todos ellos. Queda claro que la forja de una nación es una epopeya que sólo se puede escribir llenando sus páginas de episodios sangrientos. La tentación evidente es la de vincular la estética, la ambientación y la estructura de las tramas presentadas con los más abigarrados tópicos de un género colmado de señas de identidad propias, discurrir así que lo visto es una caricatura, y, sin embargo, el trasfondo de lo contado no se puede desdeñar sin valorar su condición de relato universal, de relato desenfadado de lo mejor y lo peor (sobre todo esto último) de la esencia del ser humano: miedos y esperanzas: “Homo sum, humani nihil a me alienum puto” (recuerdos a Guillermo). La muerte para igualarnos a todos, a los codiciosos y a los caritativos, a los soñadores y a los desvelados: la muerte como una experiencia fundamental que en realidad nos es ajena: siempre se mueren los demás y cuando nos llegue el momento a nosotros poco podremos contar.
Llega una nueva entrega de los premios Oscar (tres nominaciones tiene esta balada) y volverá a ser protagonista la "cuestión Netflix", distribuidora de esta estupenda última obra de los Coen. La sala de cine se autoproclama como emplazamiento único para la observación correcta y el disfrute exclusivo de una película. Pero ese axioma, me temo, perdió su validez hace muchas décadas. Puedo afirmar que escasas han sido las obras maestras de la Historia del Cine que he tenido ocasión de contemplar en una sala de proyección. Para Hitchcock, Kurosawa, Tarkovski, Ford, Rossellini y un largo etcétera de directores imprescindibles, mi única opción de visionado de su filmografía ha sido la pantalla pequeña: primero desde la pobre calidad del VHS, hasta llegar en la actualidad a la apreciable definición de los formatos digitales. Y tuve la fortuna de que en muchos momentos mi emoción fue intensa y mi experiencia se sorprendió conmovida. Y sigue sucediendo cuando lo visto merece la pena, como en el caso de "La balada de Buster Scruggs". De hecho mi interés por acudir a un cine ha mermado considerablemente, harto de atender al ruidoso vecino de butaca que me toque soportar en vez de concentrarme en la magia desplegada en la pantalla. El cine, ese lugar, ya no es lo que era, lo que conocí. Ya no es un templo, sino más bien una feria. Y a las ferias también voy, pero para otros menesteres.

lunes, febrero 18, 2019

"Cold War", de Pawel Pawlikowski

El comienzo de "Cold War" es tan vibrante que hace sentir cierta pena de que la película no continúe por esa senda, mostrando una road movie de búsqueda antropológica por los cauces de antiguas rutinas folclóricas europeas. Ese inicio me retrotajo ipso facto a ciertos instantes de mi infancia, recuerdos festivos en los que la gaita y el tamboril resonaban entre las piedras domadas de las calles de hermosos pueblos anclados en la Edad Media. En Salamanca, durante los años de la Transición, tuvo gran protagonismo cultural el etnólogo -ya fallecido- Ángel Carril, que dedicó su carrera a la recopilación y conservación de un modesto patrimonio sentimental, más cercano a las plazas populares que a los grandes teatros, y que resulta ser tan importante como frágil: canciones y romances que se perderán con la muerte del último intérprete: la cadena de transmisión oral interrumpida abruptamente por la eclosión de la modernidad.
"Cold War" empieza así y es de admirar que una película de hora y media abarque tanto, caminando poco a poco hasta desvelar su verdadera trama, que es la de dos amantes atravesados por un telón de acero, por un sentimiento de esquizofrenia, por no saber a qué lugar pertenecer: deslocalización y paranoia. Polonia bamboleada por uno u otro invasor: el liberador que deviene en conquistador. Aseguran que el general Charles de Gaulle estaba deseando que sus aliados estadounidenses y británicos pasaran de largo hacia Alemania, no sea que tuvieran la tentación, que seguro que la tenían, de convertir Francia en un protectorado: de Vichy a Mc Donalds's. Los soviéticos, sin embargo, parecían tenerlo mucho más claro y el régimen estalinista no solo ocupó palacios presidenciales e instalaciones militares, sino que se propuso dominar las mentes de sus subyugados: mejor loar al omnímodo Stalin que bailar al son de decadentes canciones de taberna: memoria incómoda de tiempos burgueses: la fiesta terminó.
La vía del exilio como salida sensata ante una atmósfera que se vuelve irrespirable. Pero, ay, la tierra tira mucho, sobre todo cuando es un espacio considerado como propio: no hay escapatoria porque no hay peor prisión que la que se construye uno mismo: la sensatez se convierte en locura simplemente con chasquear los dedos, y ningún lugar es bueno cuando en él no se encuentra la persona amada. Y ese final... de ese final mejor no dar pistas.

domingo, enero 27, 2019

"Roma", de Alfonso Cuarón

Muchas obras maestras de la historia del Cine atesoran su condición de retrato de una época. Si fuera por esta distinción, no cabría duda en señalar a "Roma", extraordinaria recreación de los recuerdos de la infancia del director Alfonso Cuarón, como una obra maestra, si bien ese galardón lo suele decretar el efecto del paso del tiempo. Podría definirse la película como un Arriba y abajo latino, que es capaz de recrear con verismo la vida íntima de una familia bien de la Colonia Roma de la ciudad de México, pero sobre todo de una de sus sirvientas, que atiende a diario las necesidades domésticas de sus amos hasta identificarse como un miembro más del clan: esa aya, figura sustitutiva de la madre, que tantos autores, surgidos de la burguesía (tradicionalmente la dedicación al arte se ha amparado en la fortuna familiar que asegura caminos de incierto futuro: la buena cuna paga las facturas de la bohemia), han inmortalizado con su pluma.
Pero la película, dotada de la belleza nítida del blanco y negro más luminoso que haya visto en mucho tiempo, es capaz de salir del ámbito íntimo del hogar y asomarse a los convulsos inicios de los años setenta, que también fueron agitadores para la ciudadanía mexicana, conflictos políticos entre revolucionarios comunistas de inspiración soviética y grupos de ultraderecha apoyados en la sombra por el capitalismo estadounidense. El enfrentamiento a pie de calle y su gestación son recogidos con inteligencia, produciendo escenas cinematográficas para el recuerdo, de las que no pueden pasar desapercibidas, a las que se unen algunos travelines urbanos que podría firmar Jim Jarmusch, así como ciertos momentos oníricos, trascendentes: bosques en llamas que resucitan al propio Tarkovsky: la revelación de la extrañeza.
Cuarón ya había tenido fogonazos de genialidad en diversos momentos de su trayectoria, trozos eternos de celuloide que en el caso de "Roma" se condensan en un metraje exquisito. Se habla mucho de una generación triunfante de directores de cine mexicanos que han conquistado Hollywood: Alfonso Cuarón junto a Guillermo del Toro y Alejandro González Iñárritu. Pero si estos dos compadres de Cuarón ya consiguieron sus premios Oscar a la mejor dirección (Guillermo del Toro por "La forma del agua" y Alejandro González Iñárritu dos consecutivos, nada menos, por "Birdman o (la inesperada virtud de la ignorancia)" y "El renacido") el que se puede llevar este año el director de "Roma" sería un hito formidable, ya que el tipo de película que alberga su título no es un contenido apto para el común de los espectadores: el problema no es que no se entiendan las películas, es que no se quieran entender ni por supuesto gastar el menor esfuerzo en realizar un análisis mínimo.
Tanto es así que Netflix, la productora de la película y la plataforma de Internet en la que se puede disfrutar de esta película, incluyó una polémica opción de visionado que adaptaba los subtítulos en castellano a un español canónico que traducía los dejes propios de la forma de hablar de los mexiqueños. En estos días estoy leyendo la estupenda novela "Asesinato en el Parque Sinaloa" de Élmer Mendoza, así que cualquiera de esta parte del Atlántico que haya leído al gran escritor de Culiacán sabrá que realizar esa traducción es prescindible para entender la trama además de que le quitaría gracia al texto. Otro problema distinto es la dificultad de escuchar con claridad lo que dicen numerosos actores modernos, una traba que más que en el oído del espectador está en la incapacidad de vocalizar con claridad que tienen algunas de las caras bonitas del panorama cinematográfico actual. En muchas películas españolas de hoy en día me dan ganas de activar los subtítulos. Tal cual. Y en cuanto a Netflix, hay que aplaudir que se atreva a impulsar un cine que no sea el que la mayoría del público quiera ver, sino aquel que debería ver.

sábado, diciembre 29, 2018

"Spider-Man: un nuevo universo", de Bob Persichetti y Peter Ramsey

Tus amigos y vecinos, los Spider-Men. El último Hombre Araña cinematográfico se puede considerar uno de los mejores que haya visto nunca, y los he visto todos, o casi. Teniendo en cuenta que el objetivo ha sido siempre el de tratar de adaptar al celuloide las aventuras de un superhéroe del cómic, en esta ocasión se ha logrado a la perfección, respetando de manera brillante la estética "pulp" de las entregas más actuales del archiconocido tebeo, incluyendo muchos códigos propios del lenguaje del noveno arte: viñetas, bocadillos, tramas de puntos para representar los colores, pero sin perder ni un ápice de dinamismo en la acción requerida para una vibrante aventura de dibujos animados.
Además se realiza una reunión de distintas versiones del personaje, un genuino "team-up" donde comparte misión el Spider-Man canónico junto a su alter ego cuarentón,  y otras variaciones más o menos bizarras como el Porky enmascarado Spider-Ham, el detective clásico años 30 Spider-Man Noir, la versión manga Peni Parker y por supuesto Spider-Woman. A todos ellos se une el protagonista real de la película, el jovenzuelo Miles Morales, al que le picará la araña radioactiva de turno, y que proporciona al conjunto un símbolo más de integración racial y social: modelos de Spider-Man para todos los gustos. Las máquinas de marketing estadounidenses no tienen problemas a la hora de fabricar productos que encajen con las diversas apetencias del público lector, modificaciones del original que pueden resultar enriquecedoras y que Marvel ha llevado a cabo desde siempre: el multiverso Marvel.
Si me dieran un euro por cada película en la que he visto utilizar un portal a otras dimensiones como recurso argumental... Seguro que se podría confeccionar un ciclo de proyección bastante largo con todas ellas: el Macguffin que soluciona cualquier trama de ciencia-ficción, por descabellada que sea. Kingpin, sin embargo, ese villano, no requiere cambios para fijar a la perfección el rol del gánster implacable, dando el contrapunto maniqueo imprescindible para que el conflicto se consolide: una fantástica película de acción superheroica, una de dibujos animados que, empero, no parece demasiado indicada para llevar a una sesión del cine a los más pequeños en estos días de vacaciones: la trama puede resultar un poco densa para ellos y el guión parece requerir un mínimo de edad para disfrutar plenamente de la proyección, algo que sí pueden obtener los adultos comiqueros que sigan añorando las tardes del pasado que fueron consumidas con placer al tener al lado una montaña de tebeos.