domingo, agosto 25, 2019

"Erase una vez... en Hollywood", de Quentin Tarantino

Este año se cumple (por un momento he estado a punto de escribir "se celebra", como si las frases hechas fueran capaces de describir estados de ánimo cuando no son más que un signo de la pereza creativa del redactor) el quincuagésimo aniversario de la sangrienta matanza homicida ocurrida en el número 10050 de Cielo Drive, en la ciudad de Beverly Hills, condado de Los Ángeles, USA. La noche del 8 al 9 de agosto cinco personas fueron asesinadas brutalmente en esa casa, a manos de un grupo de miembros de "La Familia", secta hippie de las habituales en la época y que estaba dominada por el culto a su líder absoluto, Charles Manson. Manson no estuvo aquella infausta noche en Cielo Drive, pero se le consideró el instigador de la masacre, a la que siguió, veinticuatro horas después, el asesinato del matrimonio LaBianca en su hogar de Los Ángeles (para el no familiarizado con el caso, recomiendo el documental "Manson, los archivos perdidos" dirigido por Hugh Ballantyne y Richard Dale, y que La 2 ha emitido recientemente). Sin embargo, este segundo acto criminal es menos conocido que el primero, ya que en aquellos días la mansión de Cielo Drive estaba habitada por Roman Polanski y Sharon Tate: se habían casado en 1968 y ella estaba embarazada de ocho meses. Roman no se encontraba en casa esa noche, pero Sharon sí
Margot Robbie interpreta a Sharon Tate y ver su actuación, radiante y llena de felicidad, me trae a la mente la canción "Feelin' Groovy" de Simón y Garfunkel: la no violencia, el flower power, el amor libre, la vida en comunidad y en comunión con la naturaleza, todos esos sentimientos tan positivos como ingenuos que el hippismo defendía y llevaba a la práctica hasta sus últimas consecuencias. Siempre he sentido tristeza en las secuencias en las que Sharon Tate aparecía en "El baile de los vampiros" de Roman Polanski, película con la que se conocieron y su papel más destacado: nunca se sabrá hasta dónde habría llegado la carrera de esa chica de mirada melancólica y limpia. Sharon Tate, víctima y a la vez responsable de que su crimen tuviera un eco mundial, un suceso para la posteridad, un cadáver eterno.
Charles Manson mandó a sus acólitos a aquella dirección porque pensaba que aún vivía allí el productor Terry Melder. Este había rechazo apoyar la carrera musical de Charles Manson. Manson, compositor frustado, como Adolf Hitler fue un pintor sin éxito: cuidado con los artistas contrariados. Y si al dictador nazi le inspiraban las obras de Richard Wagner, el "White Album" de los Beatles y especialmente el tema "Helter Skelter" tendrían a partir de la fecha de autos una lúgubre leyenda negra: Lennon y McCartney susurrando, inopinadamente, mensajes apocalípticos al oído de oscuros lunáticos de tendencias mesiánicas. Tras su enjuiciamiento y condena Charles Manson se convirtió en encarnación del mal absoluto, mientras que sus seguidores, entre la alucinación por las drogas y el lavado de cerebro de su fanatismo, ocupan una escala menor de culpabilidad en la memoria colectiva a pesar de ser los ejecutores de los crímenes. Manson el diablo.
Quentin Tarantino, nacido en 1963, seguro que tuvo ocasión de percibir el momento sensacionalista en el que la Familia Manson sepultó a un país entero y parte del extranjero: el crimen del siglo. Su película se aprovecha del espectador "que sabe", que se espera lo peor detrás de cada secuencia, de cada puerta que da paso a una nueva penumbra, pero al igual que en "Malditos bastardos", el director de Tennesse construye a partir de los acontecimientos un what if... personal e inesperado. Además, la película sirve de retrato de una era, centrada la mirada en el ecosistema de la realización de cine y televisión de entonces, con series que tenían una repercusión y unos índices de audiencia que no tenían nada que envidiar a las grandes triunfadoras del panorama seriéfilo actual: millones de espectadores sentados en sus hogares delante del televisor a la hora prevista de la entrega semanal. Ese apartado brillante de la película, satírico y desprejuiciado, no resulta en absoluto secundario, sino que avala la propuesta de que los asesinatos de "La Familia" no sean más que una excusa colateral, o al menos un telón de fondo tan importante para el sentido de la película como las vivencias cotidianas del actor Rick Dalton (Leonardo DiCaprio) y el doble de acción Cliff Booth (Brad Pitt). Los dos factores de la trama forman una cinta estupenda, muy entretenida, con un guion excelente (otra vez) entre la comedia y el suspense, y las esperadas dosis de violencia que solo se desatan al modo tarantiniano al final del metraje, un coda de justicia en efigie tan burda como absurda, pero que resulta reconfortante: la venganza del cinéfilo.

sábado, agosto 10, 2019

"Leto", de Kirill Serébrennikov

De nuevo el ciclo "Filmo Verano" de los cines Van Dyck de Salamanca nos ofrece la ocasión de ver el mejor cine del año: cine en versión original subtitulada y con un programa conformado por películas de las que no suelen aparecer en las multisalas de los centros comerciales: cine invisible, pero el cine que deberías ver. Primero fue "Razzia" de Nabil Ayouch, después "A la vuelta de la esquina" de Thomas Stuber y, a continuación, "Leto" de  Kirill Serébrennikov: magnífico y sorprendente trío de cine diverso y fantásticamente realizado. Hubo una cuarta, final de viaje, "Touch me not" de Adina Pintilie, flamante vencedora del Festival de Berlín de 2018, que se va a quedar sin entrada en este blog por la sencilla razón de que no me gustó nada: ni me emocionó, ni conecté con la trama en ningún instante y ni tan siquiera me provocó desagrado, aunque el esfuerzo vertido por la directora en ese sentido no cabe duda de que fue notable: curiosas las preferencias cinéfilas de algunos jurados.
Leningrado, primera mitad de la omnipresente década de los ochenta. Memorias de Natalia Vassilievana (Irina Starshenbaum), esposa de Mike Naumenko (Roman Bilyk), el que fuera líder del grupo musical "Zoopark", una de las bandas pioneras del movimiento rock en la extinta U.R.S.S. La vida personal de esta pareja se transforma en ménage à trois cuando entra en escena (nunca mejor dicho) Viktor Tsoi (Teo Yoo), compositor y cantante que formaría "Kino", conjunto post-punk que tuvo un gran éxito en sus cinco años de trayectoria: tanto Mike como Viktor tuvieron muertes prematuras, una de las condiciones que contribuyen a forjar leyendas del rock: die young. Esta parte romántica de la película, relación sin complejos, culpabilidades o remordimientos, a lo "Jules y Jim" de François Truffaut, no será lo más destacable de la cinta.
Comienza la película con una actuación de "Zoopark" en el Rock Club de Leningrado. El auditorio lleno, jóvenes que se revuelven inquietos en sus asientos, meciéndose tenuemente al ritmo de las canciones, sin osar el menor aspaviento: cualquier transgresión de ese inmovilismo pactado tácitamente, produce que incómodos vigilantes de la moralidad que pululan, expectantes, por la platea, se abalancen sobre el criminal: el espíritu rebelde del rock, la música del enemigo, un sentimiento que más vale no tolerar en exceso.
La censura, la economía de medios de la autarquía soviética, el buscarse la vida para lograr disfrutar, como sea, de cantos de sirena procedentes del otro lado del telón de acero, todo eso queda reflejado a la perfección en la película. Pero donde de verdad brilla esta película, que en realidad es un título de cine musical, es, precisamente, en su banda sonora, nutrida tanto por las actuaciones de sus protagonistas como por varios insertos de temas ajenos ("Psycho Killer" de Talking Heads, "Passenger" de Iggy Pop, "Perfect Day" de Lou Reed, etc.) convertidos en números musicales canónicos del género, secuencias que convierten durante unos instantes la pequeña sala del cine Van Dyck en trasunto de aquel teatro ruso retratado en blanco y negro: el culto al rock, universal y al alcance de cualquiera: rock, my religion.

lunes, agosto 05, 2019

"A la vuelta de la esquina", de Thomas Stuber

I'm all lost in the supermarket, I can no longer shop happily, I came in her for that special offer, a guaranteed personality.
Lost in the supermarket, cantaba The Clash en 1979, mezclando las sensaciones agridulces de deseo compensado e insatisfacción permanente que produce la sociedad consumista. Y uno de los eslabones fundamentales de esa cadena implacable, de ese maelstrom que gira continuamente atrapando sin remedio a náufragos urbanitas, se encuentra en la figura del reponedor. ¿Se puede hacer una película (buena) sobre las vicisitudes de los reponedores de supermercado?
Los lugares de trabajo forman un microcosmos, un universo paralelo, como si atravesar la puerta del curro supusiera un alucinante viaje a otra dimensión. Second life. No importa tu vida privada, algo que, sin ningún problema, puedes desconocer de la persona con la que compartes ocho horas diarias durante treinta años. No importa el pasado ni lo que hiciste ni lo que harás antes y después de fichar: cada entrada limpia el alma, cada salida desciende al infierno del yo: la película invierte de modo espléndido el papel que la tradición asigna al trabajo, aquel funesto pecado original: la esclavitud enfermiza del horario laboral transformada en periodo cotidiano de salvación: el terror está ahí fuera: yo para ser feliz quiero una carretilla.
Máquinas elevadoras que danzan a ritmo de vals mientras atraviesan largos pasillos flanqueados por estanterías colmadas de palés llenos hasta el último hueco. Las secciones del hipermercado son territorios bien delimitados en los que habitan tribus vecinas que encienden hogueras durante la noche, en los muelles de carga, mientras meriendan alimentos caducados de los contenedores de basura repletos de los desechos del capitalismo. El amor florece entre el pasillo de bebidas y el de las golosinas, clanes que cruzan sus vástagos para evitar la endogamia de la especie. Tensión hitchcockiana para el espectador atento al manejo de la elevadora eléctrica y comedia mundana en el vestuario dividido por géneros: me pareció ver pasar por allí a Aki Kaurismäki. El híper como alegoría del mundo, bola suspendida en el espacio y que no para nunca. Salvo algunos festivos.

domingo, agosto 04, 2019

"Razzia", de Nabil Ayouch

Vidas cruzadas. El canon del género lo proporciona el nombre de la película de Robert Altman, basada en los relatos de Raymond Carver, pero muchos otros títulos han dado lustre al catálogo: "Crash" de Paul Haggis, "Babel" de Alejando González Iñárritu, "Happiness" de Todd Solondz o incluso "Pulp Fiction" de Quentin Tarantino. Las tramas se alimentan de vivencias personales que de repente son atravesadas por historias ajenas, puntos de contacto que transforman rotundamente las solitarias existencias de cada cual.
El maestro. En "El primer hombre", el imprescindible (y póstumo e inacabado) relato autobiográfico de Albert Camus, realiza el premio Nobel francés que se formó a partir de un pobre muchacho pied noir argelino, una semblanza extraordinaria de su maestro: la existencia salvada y elevada a las más altas cotas intelectuales que puede alcanzar un ser humano gracias al enorme esfuerzo de aquellos viejos profesores: pasas más hambre que un maestro de escuela, se decía: la educación como valor primordial: la sociedad como reflejo certero de su sistema educativo.
Casablanca. No hay otro ejemplo en el mundo de una ciudad tan vinculada a su mito cinematográfico. Michael Curtiz no rodó ni un solo plano en aquel puerto africano del Atlántico, pero aquello no importó para trasladar su nombre español a la inmortalidad y concederle al lugar un aura de destino sagrado: tan real como inexistente: tuvieron que abrir un Café de Rick para que el turista encontrara el final de sus sueños de seductor: play it again, Sam.
Razzia. La película da un salto en la historia de Marruecos, entre el año 1982 y el año 2015, para realizar un relato crudo del tiempo perdido. La penetración de la religión en la vida cotidiana, y ante todo en los usos sociales y en la educación, es denunciada por la cinta como un retroceso catastrófico: inmovilismo cultural, persecución del diferente y desesperanza juvenil. El abrupto tránsito estético (de la intensa belleza de un pueblo perdido en los paisajes semidesérticos de la cordillera del Atlas, hasta llegar a la ruina urbana de Casablanca convertida en una megalópolis moderna), da fe del fracaso de un estado autoritario, fallido y sin futuro. El ancestral matriarcado bereber se constituye en oposición vitalista al rígido patriarcado musulmán, como si se tratara de un movimiento partisano: la resistencia se esconde en la vieja medina baidaní y contempla con resignación las revueltas populares ejercidas como válvulas de escape, germen de primaveras árabes fallidas (ver la estupenda película "Clash" de Mohamed Diab) que siguen colmando de cadáveres el mar Mediterráneo.

miércoles, julio 31, 2019

"Toy Story 4", de Josh Cooley

¿Cómo cargarse una trilogía redonda, completada en su día de una forma brillante? Pues realizando una cuarta parte totalmente innecesaria. Pocas veces un tercer episodio fue el mejor de una trilogía cinematográfica: así fue con "Toy Story 3". Para la "Trilogía del dólar" de Sergio Leone también, con "El bueno, el feo y el malo", aunque no sabría si ponerla detrás de "Por un puñado de dólares", la primera entrega: a la par al menos (sí, el enlace que he puesto para "Por un puñado de dólares" lleva a "Yojimbo" de Akira Kurosawa, pero ya debería usted saber que son la misma película: si no lo sabía, lea el texto). En el caso de la "Trilogía del corazón dorado" de Lars Von Trier, sí pienso que la tercera, "Bailar en la oscuridad" es la mejor, aunque he de suponer que la mayoría opinará que ese lugar más alto del pódium lo debe ocupar "Rompiendo las olas": no en mi nombre. Y por completar una trilogía de trilogías de referencia para "Toy Story", que dispongan de un tercer capítulo sobresaliente, propongo la "Trilogía del Señor de los Anillos" de Peter Jackson y su "El retorno del Rey": para ésta no hay entrada en el blog porque Licantropunk no había nacido aún, pero tengan claro que disfruté intensamente de su Batalla de los Campos de Pelennor: en realidad, las tres partes de aquella magistral saga me parecieron magníficas. Y sí, "Toy Story", por supuesto, merecía ser considerada una de las mejores trilogías de la Historia del cine. Ya no.
Nueve años después del broche esplendido que fue "Toy Story 3", la máquina de escupir merchandising se pone a trabajar a todo vapor: atrapar a una nueva generación juguetera, pero sobre todo a padres dispuestos a gastarse el dinero en el capricho fortuito de un niño atiborrado de cacharros. Sin embargo la moraleja que la cinta procura engendrar será otra (como ya intentaba lograr otra película alrededor del mundo juguetero, "La Lego película"): propiciar que nuestros tiernos infantes fabriquen su propios juguetes: imaginación y reciclaje: potenciar el vínculo afectivo sobre el posesivo, fantasear en vez de tanto acaparar. El mensaje, sin embargo, no podrá ser más contradictorio para el ánimo consumista que dirige a la compañía Disney y le confiere carácter de multinacional ubicua en el negocio del entretenimiento: miré en derredor y todo lo que contemplé pertenecía a un ratón sonriente que llevaba guantes y vestía pantalón corto.
Woody, indómito cowboy, busca nuevos horizontes: la vida aventurera del juguete que va de mano en mano, siempre de paso, ronin sin señor, mercenario al servicio de un amo distinto con cada nuevo amanecer: la fuga constante del destino patético de ser un juguete abandonado. Hay un amigo en mí, cuando eches a volar y, tal vez, añores tu dulce hogar.

lunes, julio 29, 2019

"Spider-man: lejos de casa", de Jon Watts

El Grand Tour. Las clases pudientes anglosajonas tenían la costumbre, en siglos pasados, de enviar a sus retoños de viaje por Europa cuando estos alcanzaban la mayoría de edad (una cifra que era algo superior a la actual: la irresponsabilidad de ser responsable de tus actos presenta una alarmante tendencia a descender en cuanto a los cumpleaños requeridos para ello). De este modo se consideraba que completaban su formación personal, tanto en idiomas como en experiencias vitales; itinerarios lentos que permitían atesorar sin problemas el recuerdo del paisaje y que propiciaban etapas en las que se visitaban sin prisa vetustas ciudades que alguna vez fueron capitales de grandes imperios: antiguas poblaciones monumentales, esencialmente de Italia, Francia y Centroeuropa, si bien alguno de estos viajeros tuvo el "valor" de incluir España en su trayecto, como fue el conocido caso de Washington Irving y su inmortal paso por Granada en 1829.
Peter Parker, excelente estudiante, también merece su Grand Tour, su viaje de fin de curso, aunque hoy en día realizar el salto transoceánico se ha vuelto un trámite anodino y falto de emoción (más allá de padecer jet lag o de que te pierdan las maletas) y el único romanticismo lo aporta la ocasión de pasar más tiempo con aquella chica del pupitre de atrás que te ha traído de cabeza todo el año académico. Coleccionar amores, coleccionar selfies: la vacuidad mediocre que configura el carácter moderno.
El recorrido por Venecia, Praga o Londres (catálogo de metrópolis transformadas en parques temáticos en las que el mayor riesgo es que acaben sepultadas por el peso de tanto turista indocumentado), sirve de excusa a los estudios Marvel para que el Hombre Araña se haga hombre de verdad, recoja la extinta antorcha de los Vengadores (apagada sin reparo en "Vengadores: Endgame") y, ante todo, Tom Holland tome ya el testigo de Robert Downey Jr. como la cara reconocible de una de las franquicias más exitosas y rentables que se haya rodado nunca: que el peso de la taquilla por venir recaiga sobre tus jóvenes hombros. Menos samba y más trabajar.

jueves, junio 13, 2019

"Operación Overlord", de Julius Avery

El día 6 de junio se celebró el aniversario de uno de los eventos bélicos más famosos y notorios que hayan tenido lugar: el desembarco de las tropas Aliadas en la península francesa de Normandía en 1944, o, como se conoció por su nombre en clave, la Operación Overlord, golpe de mano que supuso un punto de inflexión en el trayecto de la Segunda Guerra Mundial. Buscando un título cinematográfico propicio para conmemorar la efeméride como un cinéfilo cabal, una de las referencias obvias sería "Salvad al soldado Ryan", de Steven Spielberg. Sería y lo es: disfruté de nuevo de la mejor reconstrucción que se haya realizado nunca en fotogramas de la trampa mortal que supuso para el ejército estadounidense atravesar la playa Omaha en aquella fría mañana de junio: la mejor que se haya realizado nunca y, muy probablemente, la mejor que nunca se realizará: veinte minutos de metraje para la eternidad.
A modo de remate tenía a mano una película que se titula, precisamente, "Operación Overlord", cinta presentada el año pasado en el Festival de Sitges. Teniendo en cuenta la idiosincrasia del certamen, cabía suponer que la parte épica de la jornada histórica enfocada sería reconducida hacía otro género, el fantástico, territorio sin dios ni amo, y muchas veces sin sentido: suposición correcta. La mística elucubrativa que ha acompañado durante décadas a descabelladas teorías sobre oscuros científicos nazis empeñados en experimentos dantescos que condujeran a obtener un superhombre ario invencible, toma protagonismo en la película. La cinta se inicia con una recreación bastante lograda de los arriesgados lanzamientos de paracaidistas sobre suelo francés que tuvieron lugar en la madrugada del día D. Pero superada la mitad de la proyección, el ánimo historicista es desplazado hasta otra ocasión por la imaginación más desbocada. Desde los combates de Cráneo Rojo contra el Capitán América, pasando por los videojuegos para los que "Wolfestein" fue padre innegable, el monstruo nazi (¡Hail Hydra!) ha dado mucho juego a la hora de configurar villanos a los que hay que matar sí o sí. "Operación Overlord" se queda en otra trama más para alimentar esa leyenda negra, un cuento de terror gore atiborrado de maniqueísmo y de tópicos del género.
Pero lo que más me llamó la atención de la película es que el protagonista fuera un soldado de la 101 división aerotransportada de raza negra, mismo color de piel que el del sargento de la compañía. Que yo recuerde, en la de Spielberg aparecen muchos soldados, pero todos de una escrupulosa raza blanca. Y no por racismo, sino por fidelidad histórica. Era escasa la intervención de soldados negros en primera línea de combate en el ejercito USA de la Segunda Guerra Mundial (de no ser por unos pocos batallones formados íntegramente por combatientes afroamericanos), pues eran destinados en su mayoría a tareas auxiliares: cocinas y letrinas: el Buffalo Soldier norteamericano atravesando el racismo galopante de los años 40 en Estados Unidos. Tener como protagonista al bravo soldado Boyce, solo se puede entender como una fantasía más.

viernes, mayo 31, 2019

"Vengadores: Endgame", de Anthony Russo y Joe Russo

No creo que haya discusión en cuanto a que conocer de antemano el desenlace final, o un giro argumental trascendente que forme parte de la trama de una película (o de una serie de televisión, o de una novela), puede producir una merma en el disfrute obtenido. Existirá el espectador que considere incluso imprescindible saber de qué va (esos terribles trailers que avanzan tres cuartas partes de un metraje) una cinta antes de dedicar su valioso tiempo personal a ella, pero de ahí a que deseé anticipar los sorprendentes detalles que probablemente contenga, va un mundo. Que te cuenten quién es el inesperado poseedor de la paternidad de Luke Skywalker, uno de los más famosos spoiler de la historia del cine, antes de ver "El Imperio contraataca" de Irvin Kershner, no es motivo inexcusable para no revivir con plenitud la fabulosa saga de "La Guerra de las Galaxias", pero fastidia un momento irrepetible: puedes ver una película muchas veces, pero ninguna como la primera vez.
El concepto de destripe (término que se aconseja emplear en idioma español antes que su pariente anglosajón) ha estado de gran actualidad en las últimas semanas, tanto por la televisiva "Juego de Tronos" como por el estreno de "Vengadores: Endgame", película de asistencia récord. En esencia estas producciones se constituyen en folletines audiovisuales que acaparan la atención de millones de espectadores durante años, hordas de acólitos insomnes a los que les parecería un acto infame que a algún afortunado madrugador de preestreno se le ocurriera volverse un bocazas incontenible, y más hoy día, cuando las redes sociales dificultan las oportunidades de aislamiento cognitivo. En ambos casos, para los tronos y los superhéroes, mis precauciones tuvieron un feliz resultado: logré alcanzar el final de la travesía sin atender cantos de sirena que arruinaran el viaje. Y soy capaz de predicar con el ejemplo, pues desde que empecé a escribir este blog uno de mis propósitos fundamentales fue el de hablar de un título sin contar la película, tarea que en más de una ocasión resultó complicada, pero que intenté llevar a cabo lo mejor que pude.
Dejemos los destripes para Jack y los trolls para los relatos de fantasía épica. En cuanto a "Vengadores: Endgame", algo habrá que escribir, pero tras el sermón pronunciado más vale no traicionarse. Cabe apuntar que el abuso de la autoreferencia y la parodia son señales inequívocas de desgaste en una saga cinematográfica. El capítulo anterior, "Vengadores: Infinity War", será el que marque la cima, el culmen narrativo, mientras que este episodio final se puede considerar un epílogo, un punto y final que sin embargo resulta demasiado extenso: los epitafios han de ser breves. Adiós a Los Vengadores, el más portentoso grupo jamás reunido y que ha logrado asombrarme desde niño. ¿Adiós o hasta luego? Teniendo en cuenta la taquilla recaudada por este game over, es muy posible que en breve vuelva a aparecer el reclamo de otro insert coin...

domingo, mayo 05, 2019

"La importancia de llamarse Oscar Wilde", de Rupert Everett

"The Happy Prince", en su título original inglés, como el nombre de su cuento más famoso, "El príncipe feliz", y como esa estatua desposeída debió sentirse Oscar Wilde en el final de sus días: no fue una golondrina: del todo a la nada. Sobre ese proceso de ruina personal, de desgraciado ocaso para el que fue máxima figura cultural y orgullo de la nación (el clamor del aplauso desaforado, el laurel del reconocimiento unánime), levanta Rupert Everett su denuncia: la caída de los dioses, de los genios, destruidos por la misma sociedad que los encumbró. En el caso de Oscar Wilde, la homosexualidad fue el crimen, la imperdonable condición humana que lo condenó al presidio primero y al destierro después.
Entronca esta película con otro título reciente, "Descifrando enigma" de Morten Tyldum, biopic del matemático Alan Turing en el que se le "acusa", nada menos, de haber ganado la Segunda Guerra Mundial. La gran recompensa le llegó pocos años después, inducido a suicidarse cuando se descubrió que, como le había pasado a Oscar Wilde medio siglo antes, su orientación sexual estaba perseguida por la ley. La moraleja de injusticia irreparable era, por tanto, más nítida en aquella película de 2015, mientras que en la cinta de Everett la cuestión de atropello colmado de sinrazón queda un poco velada al mostrar los desmanes festivos del apasionado Wilde frente al intelectualismo apacible de Turing. De ese aspecto se abusa en cierta medida, produciendo un retrato que abunda en lo sórdido y lo grotesco y a ratos aburre: también puede que la realidad supere la invención que muestran unos fotogramas: quizás cualquier relato histórico sea falso por naturaleza.
Pasan los años, las décadas, y el legado sobrevive, la obra se vuelve inmortal, bautizando con el nombre del condenado calles, teatros y centros escolares -la hipocresía de las masas produce compensaciones estériles- pero al príncipe que nunca más será feliz, todo eso ya le importa un bledo.

miércoles, abril 24, 2019

"Capitana Marvel", de Anna Boden y Ryan Fleck

El final de "Vengadores: Infinity War", mejor dicho, esa habitual secuencia insertada entre los créditos que obliga a que todos los seguidores de la saga no se muevan de sus butacas al terminar la película, mostraba un busca noventero tirado en el suelo en el que parpadeaba un conocido emblema: Nick Furia había llamado al Capitán Marvel. Cabía pensar entonces que después de la desolación causada por Thanos y su guante engarzado de Gemas del Infinito, el superhéroe de la raza Kree tendría un papel relevante en la continuación de la serie. Pero resultó que no sería un capitán, sino una capitana, la que protagonizaría una posible remontada frente a omnímodos villanos intergalácticos y sus malvados planes de destrucción total.
Brie Larson, ganadora de un Oscar por su interpretación de una mujer secuestrada en "La habitación" de Lenny Abrahamson, iba a ser la que se enfundara el traje de Ms. Marvel, uno de los personajes de la editorial comiquera que no había tenido una especial fama o relevancia hasta el momento, aunque por lo visto en la película va a formar parte del canon fundamental del universo Marvel: al menos del cinematográfico. Girl power absoluto para fomentar la igualdad de género y, tanto es así, que, su "pareja" masculina, el Capitán Marvel original, toma cuerpo en la inopinada Annette Bening, uno de los aspectos más chocantes de la producción para cualquier viejo lector de cómics (pensé que Jude Law sería el Capitán, la verdad).
Larson sabe darle carácter ganador a su personaje, transmitir con firmeza al espectador que sus superpoderes van sobrados para confirmarla como una de las más grandes (o quizás la mayor) potencias de los Vengadores, y devolver así la esperanza de un partido de vuelta con opciones de victoria en "Vengadores: Endgame", esa esperada continuación que se estrenará en los próximos días.

martes, abril 16, 2019

"Dolor y gloria", de Pedro Almodóvar

Un artista, en cada obra que realiza, vuelca una parte de su existencia: sus habilidades y conocimientos adquiridos, por supuesto, la evolución técnica que lo ha apuntalado en su profesión, pero también las vivencias, los traumas, los descubrimientos, los instantes de placer y de desgracia: nada queda fuera. Así lo ha hecho siempre Pedro Almodóvar a lo largo de su personal carrera, aunque nunca de modo tan evidente, tan directo, como ahora. Podría considerarse esta película su ""particular, pero creo que ese capítulo, habitual en la trayectoria de los grandes cineastas como ejercicio en el que abordar los dilemas creativos de la labor del director de cine, lo dejó completado de manera excelente con "Los abrazos rotos", una de sus mejores películas.
"Dolor y gloria" se entiende como un ensayo de autobiografía, de confesión vital del autor maduro, y desde esa sabiduría de la edad, dejar patente que ha habido mucho más dolor que gloria. Almodóvar es el apellido fundamental del cine español de las últimas décadas, un nombre propio que por sí mismo coloca a España en el panorama cinematográfico mundial: sin Pedro no habría nada, o muy poco, más allá de nuestras fronteras. Premios, reconocimientos y alabanzas allende los mares para el director manchego, méritos que también ha recogido en su país, pero sin faltar tampoco en ello el carácter cainita del mundillo cultural español: duele más una mala crítica que mil elogios.
Dolor, entonces, dolor por encima de todo, y no sólo el dolor del espíritu, el alma atribulada a diario, sino también un intenso dolor físico. Sostiene Salvador Mallo, trasunto certero de Almódovar en el celuloide, que la profesión de director de cine, el oficio envidiable de cineasta, requiere de grandes esfuerzos, de soportar intensas jornadas de rodaje: Miguel Ángel con la espalda destrozada bajo el techo de la Capilla Sixtina. ¿Se puede ser genial sin dolor? ¿Se puede considerar el arte como una actividad salvadora? Circulo vicioso que puede (que debe) acabar mal.
El director elige a Antonio Banderas (quién sino) para representarse a sí mismo, y para retratar los conflictos que han regido su vida, los familiares, los sentimentales y los profesionales, coloca a Julieta Serrano y Penélope Cruz para encarnar a su madre en distintas edades, a Leonardo Sbaraglia para el amor de juventud y a Asier Etxeandia para ser el sufrido actor, pues, según se cuenta, los rodajes del manchego se distinguían por llevarse por delante algún que otro ego interpretativo. Merece ser destacado el momento de emoción apenas contenida que logran Antonio Banderas y Leonardo Sbaraglia recreando un reencuentro tan doloroso como glorificado: la demolición personal que producen las adicciones y la victoria incontestable que supone superarlas. La adicción, sea al trabajo, a las drogas o a otras personas, es la verdadera protagonista de esta película.

domingo, abril 14, 2019

"At Eternity's Gate", de Julian Schnabel

La primera vez que vi a Willem Dafoe en una pantalla debió ser en una película considerada ahora de culto, al menos de mi culto particular: aquella épica fábula de Rock&Roll titulada "Calles de fuego" y que estaba dirigida por uno de los grandes directores de westerns modernos, Walter Hill: Nowhere, fast. El año era 1984 y la interpretación de Dafoe del villano rocker Raven Shaddock seguro que no era de las que dejaba indiferente: un loco peligroso, no cabía duda, un maniático de su profesión dispuesto a tatuar fotogramas con sus actuaciones. Poco después Oliver Stone lo lanzó a la fama mundial al concederle el papel del buen sargento Elías de "Platoon", otra película generacional, y aquel personaje parecía anticipar que muchas de sus mejores actuaciones exigirían una inmolación final: hacer el cristo sin necesitar anillas.
Puede presumir este actor estadounidense de atesorar una carrera íntegra en la que ha defendido con notoriedad los trabajos que tocara abordar, ya fueran tareas mercenarias de cine palomitero o encargos que precisaran de una mayor enjundia artística. Y si una de sus encarnaciones más aclamada fue la de Jesús de Nazareth para "La última tentación de Cristo" de Martin Scorsese, ahora toca otro dios, un dios del arte, otro incomprendido de su tiempo que tuvo morir para alcanzar un aura de grandeza inmortal y atravesar esa puerta de la eternidad, la del reconocimiento mundano, una travesía que no está al alcance de cualquiera. Pasados los sesenta Willem Dafoe interpreta a un pintor que falleció con treinta y siete, pero la elección del protagonista por parte de Julian Schnabel parece acertada: interpretación mesiánica.
En la película Vincent Van Gogh es presentado como un místico, una existencia arrebatada por la dedicación en cuerpo y alma al arte, un eremita del óleo que despide cierto halo de santidad y que considera que tiene la misión trascendente de salvar a la humanidad con sus pinturas. Cinta lisérgica, onírica en muchos aspectos, en la que el lado realista lo aporta otro gran actor, Oscar Isaac como Paul Gauguin, pero que en la mayor parte de su metraje está protagonizada por la cámara: la búsqueda constante del plano extraviado, del desenfoque molesto, del punto de vista inquieto, llegando en algún momento a ser tan excesivo el abuso del recurso, que el alarde técnico se hace pesado: la consciencia de que existe la cámara conduce al espectador fuera de la acción (no sé si se quería hacer patente que Van Gogh tenía problemas en la vista, como cataratas u otro mal parecido, pero eso solo da pie a la teoría absurda de la genialidad como defecto de fábrica, como si la capacidad de poseer una mirada alternativa sobre la realidad la pudiera conceder únicamente una tara física).
Aún así esta obra quedará instalada en el anaquel de las mejores películas sobre el mundo de la pintura y, sobre todo, del Arte como dedicación absoluta, como manifestación de una voluntad creadora indomable que es capaz de dictar una vida y justificarla aunque durante esa existencia no se haya sido capaz de vender ni un cuadro: la eternidad es una cualidad ajena, concedida por otros, y bastante tiene uno con afrontar el reloj cotidiano como para tener que preocuparse además de que el nombre propio supere la última frontera de la lápida del cementerio.