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miércoles, mayo 21, 2014

"Ocho apellidos vascos", de Emilio Martínez-Lázaro

 Mi compañero Nacho se jubila hoy. ¡Enhorabuena! Las charlas cinéfilas que hemos compartido (qué te parece aquel clásico, qué piensas de este estreno) se han despedido esta mañana a propósito de "Ocho apellidos vascos", ese éxito. Su valoración se ha apuntalado en considerarla un ejemplo de tolerancia, de ruptura de fronteras inexistentes, a la vez que un divertido muestrario de tópicos que él, que ha compartido vivencias con españoles de todas las latitudes, considera bastante aproximado a la sonrojante realidad: idiosincrasia desvelada. El cine, vehículo de comunicación, alegoría de realidad social, es capaz de lanzar un mensaje amigable y desdramatizador que en el caso de esta película habrá que valorar: Romeo y Julieta, chapelas y peinetas, el amor lo puede todo. Pero ese positivismo no bastará, o al menos a mí me lo parece, para ensalzar también las virtudes cinematográficas de la cinta, menos aún para justificar el tsunami taquillero que de forma inusitada ha provocado su estreno.

Chistes de monólogo televisivo no demasiado inspirado y media hora final de sopor, para sólo 98 minutos de metraje que se hacen realmente largos (¡pero no acaba esto!), esperando el previsible momento de la catarsis romántica, que para eso gusta tanto esta película, y que termina siendo una escena que sólo sirve para asentar la ya depauperada sensación. Los guionistas, Borja Cobeaga y Diego San José, escribieron muchos diálogos para el programa de humor "Vaya semanita", emitido varias temporadas por la cadena vasca ETB 2: aquellos extractos de vídeo que algún conocido mandaba al correo electrónico y que sorprendían por su transgresión: sorprendían los primeros, luego el efecto se diluye: la transgresión funciona hasta que se convierte en costumbre. Es de suponer que de aquellos polvos, estos lodos. Quizás por esa herencia "Ocho apellidos vascos" tenga tanta toma aérea de publireportaje para televisión autonómica, aparte de sus abundantes gags de comedia regionalista que me temo que resultarán incomprensibles para el público extranjero, si es que tienen la intención de que el producto triunfe allende los mares. En cuanto al reparto, sólo está bien, incluso muy bien, el debutante Dani Rovira, el resto de actores no termina de conectar con la historia, Karra Elejalde incluido, al que he visto espléndido y convincente en multitud de películas que no eran ésta. El director, Emilio Martínez-Lázaro, tiene una trayectoria que cabecea del drama a la comedia y que parece que ha encontrado el apoyo incondicional del público en la segunda máscara teatral. Me reí bastante con otra película suya, "El otro lado de la cama", aunque de esa película sólo recuerdo aquello, la risa.

La risa, manifestación de alegría que en la sala de cine se suele producir por el efecto "manada", porque los tipos de al lado se parten el pecho a carcajadas y esa risa desinteresada es realmente contagiosa: el mismo efecto que conduce a los ñus a precipitarse por un acantilado y a las ovejas a arracimarse sobre la vía de un tren. No, no me he reído con "Ocho apellidos vascos", la entrada en el blog podría reducirse a esta frase. Será que me he vuelto un rancio. Y encima me faltan un montón de años para jubilarme. Normal que Nacho sí se ría.