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lunes, septiembre 23, 2013

"Cruce de caminos", de Derek Cianfrance

Si en un determinado momento de la película no fuéramos terriblemente conscientes de que el protagonismo que hasta entonces ha asumido el actor Ryan Gosling va a ser cedido al ¿actor? Bradley Cooper, si eso no fuera tan palmario, tan irremediable, otra hubiera sido la suerte de la historia de vidas cruzadas que es, precisamente, "Cruce de caminos" (no, no se han desesperado pensando los traductores del título original, "The Place Beyond the Pines": ¿de qué va esta peli? Pues hala, que llego tarde a cenar). La suerte que va a tener el bueno de Cooper es que en la parte que le toca defender, una pálida trama de corrupción policial a lo "Sérpico" de Sydney Lumet (por dar un ejemplo: ese trozo de la cinta no se acerca ni de lejos al cine de Lumet), va a contar con la inestimable ayuda de Ray Liotta, que va a acaparar la atención del espectador en cualquier fotograma en que le toque poner su cara curtida de policía de vuelta de todo, pasando a un discreto segundo plano al panoli medio americano Bradley: la mediocridad al poder (encima, así es: en la vida real y en la película: Avery Cross en la cumbre de su profesión). Poco después, el cruce se transmitirá a la siguiente generación, afortunadamente, punto en el que la cinta volverá a remontar, aunque no demasiado: más que un cruce, tres historias encadenadas y enlazadas de modo irregular.

Sí, lo han adivinado, no me gusta Bradley Cooper, es incluso posible que le tenga cierta manía, para qué negarlo (y eso sin haber visto ninguna de su trilogía del Resacón de Tood Phillps, que deben ser la pera). Pero en cuanto contemple una buena actuación suya, ese estigma lacerante quedará tachado para siempre. Ya sucedió con Tom Hanks cuando interpretó al Capitán Miller en "Salvar al soldado Ryan" de Steven Spielberg, o Jim Carrey en la piel de Andy Kaufman para "Man on the Moon" de Milos Forman, un cómico metido hasta el tuétano en otro, o como Truman en "El show de Truman" de Peter Weir (el problema no está en el género al que dediques tu talento, por supuesto). Y, para redondear con un ejemplar cercano, Antonio Resines, magistralmente contenido en "La buena estrella", el penúltimo destello de Ricardo Franco. Quizá ese momento tarde en llegar (si llega) y Bradley Cooper se quede haciendo compañía a Renée Zellweger en el pelotón de los torpes sine díe... Ay, las fobias. Pocas, pero justificadas, me temo.

El problema puede residir, quién sabe, en que te toque actuar detrás de Ryan Gosling, un notable actor, dotado de empaque y naturalidad: un seductor de la cámara. El fitipaldi amacarrado de "Drive" de Nicolas Winding Refn cambia ahora el coche por la moto y vuelve a proporcionar una dosis acertada de estética lumpen y adrenalina motorizada. Y de romance, claro: el nuevo héroe romántico de la clase trabajadora, puesto que Gosling podría reclamar como propio. En "Blue Valentine", la anterior película de Derek Cianfrance, se propuso una forma original en el cine estadounidense de afrontar el melodrama moderno, creando un ambiente íntimo en el que el espectador era un invitado bien acogido para que pudiera identificarse fácilmente con el conflicto emocional cotidiano desplegado en la pantalla. No era poca cosa. Parecía que "Cruce de caminos" se planteaba así, un peldaño más arriba, surgido de la mezcla enriquecedora de "Drive" y "Blue Valentine", con Ryan Gosling como catalizador indispensable y Eva Mendes en réplica acertada. Mediada la película, se quebró la promesa.


jueves, febrero 28, 2013

"Blue Valentine", de Derek Cianfrance

Escena eliminada del montaje final

Dean (Ryan Gosling) camina despacio, cabizbajo, por la acera de una avenida de un suburbio de Pensilvania. Anochece. Cerca de él, un grupo de niños juega con petardos y bengalas, que estallan a la luz disminuida del crepúsculo: parece un pequeño cuatro de Julio. La cámara acompaña la trayectoria del personaje enfocándole en plano completo desde el lado derecho.

Voz en off del protagonista. Monólogo interior. 

¿Dónde voy? Y qué más da. A ninguna parte. Nowhere, fast. Tiene narices. Cinco años que se quedan en nada. Cinco años, sí, pero, mírate, parece que han pasado veinte. ¡Estás hecho una mierda! Ya no soy ni la sombra del que fui: se agotaron las ilusiones, la alegría, la esperanza: días de vino y rosas en recuerdo convertidos, como decía aquel poema. Qué buenos fueron aquellos tiempos. ¿Dónde habré guardado el ukelele aquel? ¡Bah! Menuda pinta iba a tener ahora con el chisme colgado del hombro.
La llamaré. No sé qué he hecho con el móvil. Se me debió caer cuando le partía la cara al imbécil de su jefe. Ahí sí que la cagué a base de bien. Cómo se me pudo ocurrir sacudirle. Me veo en el trullo: lo que me faltaba.
Tengo que llamarla. A ver si encuentro una cabina y la llamo a casa de su padre. Seguro que está allí. Parece mentira: cuando la conocí ella odiaba a su padre con todas sus ganas y ahora la casa de ese viejo acabado es su refugio. No, si lo que no arregle yo. Pongo a todo el mundo de acuerdo... en mi contra.
Y la niña, qué voy a hacer sin la niña.... Joder, joder, ¡joder! ¡Qué gilipollas he sido!
Bueno, ¡se acabó! ¡Pero hombre! ¡Tanto compadecerse! ¡De ahora en adelante libre como un pájaro! ¿Así que soy un borracho sin ambiciones? Que te den, nena. Tú no me conoces, guapa, no sabes de lo que soy capaz. Regreso a Brooklyn. Hablo con los de las mudanzas y a ver si puedo volver a trabajar allí. Prefiero mil veces tirar de muebles y cargar con cajas que seguir pintando paredes, todo el santo día embadurnado y oliendo a pintura. En las mudanzas al menos veía mundo, ¿o no? ¡Decidido... tengo que llamarla! Igual ya se le ha pasado el mosqueo y podemos hacer las paces. Sí, fijo. En el fondo no puede vivir sin mí. Debe estar ahora mismo esperando que la llame. ¡Con todo lo que sacrifiqué por ella! Ahí hay un bar abierto, debe tener un teléfono que pueda usar.

Dean entra en el bar. Hay tres clientes: una pareja que charla sentada en una mesa y una chica joven, sola, acodada en la barra, cerca de donde se encuentra el camarero. En el jukebox suena la canción "La mataré" de Loquillo y los Trogloditas.
Dean se dirige hacia el teléfono público que se encuentra al fondo del local. Ve a la chica, se detiene y gira hacia la barra. Se sienta en un taburete cerca de ella.

DEAN (al camarero): Hola, ¿qué hay? ¿Me pones una cerveza?
DEAN (a la chica): ¡Vaya! ¿A ti no te pinté yo el balcón el año pasado?

Bueno, ya llamaré más tarde. Si eso.


FIN