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miércoles, abril 15, 2020

"Dumbo", de Tim Burton

Ver una nueva película de Tim Burton se ha vuelto algo parecido a encontrase con una antigua novia: en el pasado hubo momentos felices, a qué dudarlo, pero pensar que alguno de esos instantes va a repetirse es una esperanza vana. Eso sí, no pasa nada por tomarse un café juntos antes de despedirse, quién sabe hasta cuándo. Nuestra relación pasó un primer momento de crisis con el estreno en 2001 de "El planeta de los simios", una película en la que realmente te cuestionabas que Tim Burton la hubiera dirigido o simplemente se limitara a poner la firma al final de los créditos: un trabajo mercenario en tal caso, un encargo alimenticio y pagador de facturas que, en fin, a cualquiera puede sucederle. Venga, te perdono. Sin embargo el romance se rompió definitivamente, ay, tras "Alicia en el País de las Maravillas", esa producción traidora que me pilló con el hype en máximos históricos y que demolió mis expectativas dejándolas cual castillo de naipes transformado en montonera. De los naipes al servicio de su majestad la Reina de Corazones, por supuesto.
Así que contemplo este remake de "Dumbo", remake digital y postmoderno, con la misma inquietud crítica que las vacas dirigiendo su mirada al expreso de las quince treinta. Disney lleva un tiempo empeñada en corporeizar sus míticos acetatos, dando rostro de actores populares a personajes de sus clásicos imperecederos y sustituyendo su fantástico zoológico de dibujos animados por replicantes generados por ordenador: el fin de la fábula y del cuento popular, génesis de su éxito, cercenando de paso cualquier mínima posibilidad de resultar políticamente incorrecto ante la idiotizada e inquisitorial conciencia del espectador actual: mucho cuidado con maltratar a latigazos a la madre de Dumbo y ni se te ocurra que el animalito se emborrache junto al ratón Timothy para dar a luz a una de las secuencias más lisérgicas, surrealistas e inolvidables de la factoría del ratón Mickey. Este milagro de la transustanciación, el paso del verbo a la carne también conocido como refrito live-action, lo ha aplicado Disney ya en películas como "La bella durmiente", "Cenicienta", "El libro de la selva", "La bella y la bestia" o "Aladdin", de las cuales no he visto ninguna pero contando el abundante número de ellas y de las que están por venir, no cabe duda de que debe ser un gran negocio.
"Dumbo", el de 1941, era la adaptación de un breve cuento de la época, la típica historia de "patitos feos", una producción que no tenía mayor pretensión que amortiguar el fracaso económico de "Fantasía" y que, gracias a la libertad minimalista concedida al equipo de animación, se convirtió en uno de los mayores éxitos del sello para aquella década. Cuando una cinta se convierte en una gran cinta, la única motivación para realizar de nuevo esa película que se me ocurre es meramente económica: aprovechar que la publicidad y el marketing son automáticos al repescar el mérito de un icono globalmente reconocible (todas las orejas de soplillo del mundo lo han padecido) y engordar taquillas a la vez que se merma la consideración artística del autor de la copia.
¿Dónde está el universo burtoniano que nos encandiló, aquellos personajes oscuros y deformes que, sin embargo, estaban dotados de una vitalidad sorprendente y terminaban siendo el anti-héroe que ponía orden en el mundo? Tim Burton aportaba esperanza a las infancias desdichadas y a las adolescencias sensibles. En este sentido no cabe duda de que el cuento del extraño elefantito, de la criatura monstruosa y rechazada, encaja en las típicas historias del cineasta de Burbank. La única crítica soterrada que encierra el argumento del nuevo "Dumbo" se encuentra en la persecución que padece el circo tradicional a manos de la bienpensante sociedad del siglo XXI. El ecosistema circense era una forma de vida nómada y de dudosa legalidad laboral, una tarea aventurera que ha sufrido además la prohibición en muchos lugares de realizar actuaciones con animales, una de sus señas de identidad. Nada que objetar a que todos los trabajadores reciban el salario que merecen, ningún animal sufra el menor maltrato y los empresarios paguen los impuestos debidos, pero la troupe es difícil de mantener y las cuentas no salen. Del circo, aquel espectáculo del que disfrutábamos a diario en la televisión en blanco y negro (olvídate de que ahora se permitieran algunas de las letras de las canciones de "los payasos de la tele" o el slapstick ingenuo de sus bofetadas), a la hora de la merienda, y en vivo cuando llegaban las ferias de septiembre, sólo quedarán en el futuro los circos para pijos estilo "Cirque du Soleil": megaproducciones con un precio desorbitado en la entrada y al alcance únicamente de bolsillos desahogados: de entretenimiento popular a espectáculo elitista. Lo que es seguro es que para ver circos siempre nos quedarán las sesiones del parlamento.

domingo, noviembre 06, 2016

"El hogar de Miss Peregrine para niños peculiares", de Tim Burton

Conocía el factor de que esta película es la adaptación de una novela que ha sido un éxito de ventas, un best seller para el público lector infantil estadounidense. ¿Fidelidad al libro? No lo puedo saber, no lo he leído, pero espero que no sea otra "Alicia" que nadie quería ver. La obra inmortal de Lewis Carroll también es un superventas, lo es desde hace 150 años, y conocer que Tim Burton iba a abordar la historia de la niña que entró a la madriguera de un conejo fue motivo de júbilo hasta que presenciamos el resultado: queríamos una Alicia fiel a la letra leída que representara una alternativa icónica a la Alicia imaginada por los artistas de Disney en 1951, dibujo animado que seguirá siendo canónico, me temo.
De entrada el reparto anima. El protagonismo cae en Eva Green como Miss Peregrine (¿será el relevo fijo de Helena Bonham Carter?), actriz que ha dado sobradas muestras de virtuosismo macabro en la serie televisiva "Penny Dreadful", y en Asa Butterfield como Jacob (¿será el relevo fijo de Johnny Depp?), aquel niño de profundos ojos melancólicos que deslumbró en "La invención de Hugo" de Martin Scorsese o en "El juego de Ender" de Gavin Hood, y al que se le puede aventurar un brillante futuro como actor. Pasaba por allí Samuel L. Jackson, que parece que se toma la película a cachondeo, y deja muestras de magisterio actoral el gran Terence Stamp.
Intentando ser imaginativa, la trama termina por ser embarullada: el bucle temporal que ancla la escuela de Miss Peregrine en un solitario día de 1943, inicialmente bien explicado, acaba siendo un laberinto de celuloide. Tenía buena pinta esa escuela de jóvenes talentos (versión X-Men) o de niños Jedi (versión Starwars), pues a pesar de no ser una idea excesivamente original, se compensa con las habilidades desconcertantes de los pequeños. Pero la película cansa por repetición, ya que la segunda mitad se centra en presentar múltiples enfrentamientos entre fuerzas del bien y del mal, en distintos escenarios, escenas de combate pobremente justificadas que redundan en cierto aburrimiento visual: aparece el tedio, el producto inflado, el guión paupérrimo.
En una escena se vislumbra el barrio de adopción de "Eduardo Manostijeras", prácticamente el mismo plano, aquel típico suburbio californiano que también era el entorno de origen de Tim Burton. Y al origen debería volver el cineasta de Burbank, en busca de las raíces de su estilo: menos es más: renunciar a la pirotecnia visual ("Big Eyes" parecía avanzar en ese sentido), al producto lucrativo, a que la firma Burton sea un parque temático. El cuento sencillo de "Big Fish", la trama patética de "Ed Wood", el relato lúgubre de "Sleepy Hollow": la imaginería sensible y macabra que caracterizaban a aquel fenómeno ilusionante que se denominó cine de Tim Burton.

sábado, mayo 02, 2015

"Big Eyes", de Tim Burton

"Big Eyes" es la primera película de Tim Burton que no me defrauda desde hace unos cuantos años: exactamente desde hace diez, desde el año 2005, año del estreno de "La novia cadáver", aquella fantástica oda a la necrofilia romántica, a novelistas decimonónicos ahítos de láudano y amores malditos. De aquella en adelante, los títulos que llevaban la firma del director californiano han sido una suma de decepciones, una tras otra, piedra de Sísifo harta de rodar cuesta abajo: otra vez. Pero "Big Eyes" no. Tampoco es que haya alcanzado el nivel de sus antiguas obras maestras, ni mucho menos: quizás había quedado ya tan bajo el listón, que con no oír despotricar a mis neuronas durante la proyección, se ha conseguido una victoria plena.
Los motivos de esta mejoría se podrían buscar en cierto abandono de la poderosa estética burtoniana, ese genial chorro de fantasía que creaba unos personajes ideales, pero que se había vuelto un lastre invasor, un abuso de imaginería, borrachera de barroquismo, que ahogaba la trama y despojaba de sentido los guiones que había que desarrollar. El sello Burton como aval y como losa. Bienvenido este soplo de aire fresco, sin merma de otra de las grandes virtudes del director, la creación de ambientes, y no sólo sórdidos, sino también cotidianos, como la casa donde se desarrolla "Bettlejuice" o aquel barrio de clase media en el que fue a aterrizar "Eduardo Manostijeras". La atmósfera beatnik de San Francisco a principios de la década de los 60, será la retratada de manera eficaz en "Big Eyes".
Si no recrearse en su estética (los obsesivos ojos grandes ya dan cuenta de ella) ha permitido ventilar el celuloide, no menos importante será la elección de la pareja protagonista, Amy Adams y Christoph Waltz, formidables ambos en su papel del matrimonio Keane. Un clavo saca a otro clavo, y parecía que no había forma de echar de los fotogramas de Burton a Johnny Deep y Helena Bonham Carter. No pretendo ser hipócrita: del actor Johnny Deep he visto películas estupendas, muchas de ellas de la mano de Tim Burton, o aquella interpretación de John Dillinger para "Enemigos públicos" de Michael Mann, pero últimamente se ha convertido en la caricatura de un actor, un delirio gestual hacia ninguna parte. Adams y Waltz dando el punto justo a sus interpretaciones, ella como una pintora entregada a su trabajo, entre el talento callado y la tristeza que destila en sus cuadros, y él como un vendedor locuaz y caradura, perfecto tendero para engatusar a un esquimal y venderle hielo.
La trama de "Big Eyes", basada en hechos reales, tiene referencia cinéfila de primer orden en "Perversidad" de Fritz Lang. En ella Edward G. Robinson interpreta a un pintor aficionado que tiene la buena costumbre de no firmar sus cuadros. El pobre hombre se cuela por Joan Bennet y el novio de ésta, un villano de libro interpretado por Dan Duryea, le pone firma falsa a los cuadros (la firma de ella) y los vende. Aquel ménage à trois de Fritz Lang, joya del cine negro, tiene su reflejo colorido en "Big Eyes", sólo que en ésta es ella la que pinta y él el que firma. La película permite arrojar una mirada profunda al mundo del arte: la idea original, la copia, el talento, el mercado: tan importante es el artista como el marchante, alguien que ponga tu obra en el mapa. Y más allá de caballetes y pinceles, la cinta recoge el espíritu reivindicativo de la época mostrada y se vuelca hacia el lado de la lucha feminista, de la igualdad de derechos y el movimiento de liberación de la mujer. Adiós al corsé.
Pósters para dormitorios de adolescentes, de niños, monerías de esas de las que compran los padres sin preguntar a sus hijos. Arte pop que genera iconos que se propagan de manera viral, a una velocidad y con un alcance que superan toda lógica. Todo el mundo quería uno, dice la película, y seguro que era verdad. Recuerdo las mujeres morenas que pintaba Julio Romero de Torres: no había hogar en los años del franquismo que no tuviera colgada una de esa láminas (de Romero de Torres o de otro pintor de gusto similar) en alguna pared destacada. Papel pintado lleno de flores y cuadros de payasos tristes: al baúl de los recuerdos habría que ponerle candados dobles. Y tirar las llaves.

domingo, marzo 20, 2011

"Eduardo Manostijeras", de Tim Burton

Cuando vi "Dogville", de Lars Von Trier, en ningún momento las desventuras de Grace (Nicole Kidman) me trajeron a la memoria al personaje creado por Tim Burton en 1990. Hoy ha sucedido lo contrario y al ver de nuevo al pálido Johnny Deep (no había vuelto a ver esta película desde su estreno) acosado por los vecinos de un suburbio norteamericano, he recordado a la pálida Nicole Kidman encadenada a una rueda de carro. Extraños en el paraíso, recién llegados a comunidades ordenadas, atadas a rígidas convenciones, que en un principio son bienvenidos, después esclavizados y por último expulsados sin piedad. Da igual que seas una bella rubia o un engendro mecánico de afiladas cizallas, pues cuando se choca con la incomprensión y la ignorancia estás sentenciado.
La película de Tim Burton, una de las mejores que ha realizado, es ante todo una dura crítica de la sociedad en la que se crió el director californiano, de modo que la imposibilidad de adaptación de Eduardo al entorno en el que ha sido acogido es fiel reflejo de la experiencia vital de Burton durante su infancia: un nerd obsesionado con el terror y la ciencia ficción que llenaba papeles con dibujos inquietantes de monstruos y seres deformes: demasiada imaginación en el imperio del pragmatismo y lo prosaico, de la mediocridad y lo uniforme. Supongo que en el estreno de la película alguno de sus antiguos vecinos se reconoció en el celuloide y no le hizo ninguna gracia la broma: la venganza se sirve fría. Amas de casa aburridas y padres de familia adocenados, crían proles abocadas al consumismo feroz en casas de una planta pintadas de tonos pastel rodeadas de césped cortado cuidadosamente: navidades blancas en medio del desierto porque lo demanda la publicidad de los grandes almacenes. Las cuchillas de Eduardo despiertan pulsiones eróticas inconfesables y hacen brotar la sangre sobre la piel, rasgando los fotogramas para apenas desvelar a un autor que si quisiera se podría poner muy violento en sus cintas pero que en la mayoría de ocasiones rebaja el tono, alejándose del psicokiller para dejarse caer en los brazos del cuento infantil más o menos macabro.
La trayectoria de este realizador está salpicada de genialidades, en las que el diseño de personajes raramente ha decepcionado y sí ha asombrado casi siempre, pero últimamente corre el riesgo de limitarse a ser firma de prestigio al final del mamotreto, convertirse en factoría de producciones (mejor decir producción que obra: producción suena a dinero y obra suena a arte) bien rematadas y apabullantes en lo visual, pero con poco que contar: Burton significa taquillazo y a la industria es lo que le importa. Esperemos que no y que después del desastre de "Alicia en el País de las Maravillas" volvamos a disfrutar de este cineasta indispensable.
"Eduardo Manostijeras" es el milagro tecnológico: un robot, un artefacto, una creación de la ciencia y el intelecto humanos que, como todos los inventados hasta ahora, tiene un apartado de "Precaución" al principio del manual de usuario: la doble cara de los avances técnicos, da igual que sea un automóvil o un secador de pelo. Las tijeras en vez de manos son su don a la vez que su desgracia, todo depende de cómo se utilicen. De cómo las utilicemos.
Mientras me sirvas eres mi amigo pero si un día me harto de ti te perseguiré hasta tu casa y arderás como Frankenstein en el molino. Y me da igual que me pongas ojitos, Johnny Deep.

sábado, mayo 01, 2010

"Alicia en el País de las Maravillas", de Tim Burton

"¿Alicia? ¿eres tú?", preguntan desconcertados los habitantes de la mente (alucinante, otros dicen que alucinógena) de Lewis Carroll cuando ven aparecer ante ellos a la supuesta niña que les visitó en el siglo XIX y les lanzó a la fama universal. "Te falta tu muchedad", le suelta el sombrerero loco, personaje que parece tonto pero que de tonto no tiene un pelo: se ve a la legua que se la han querido dar con queso: una Alicia de pega. "Te faltó tu muchedad", le diría yo a Tim Burton en el improbable caso de que coincidiéramos en la cola del supermercado. "Tu peor película": eso nunca me atrevería a decírselo, pero lo pienso. Bueno, de aquel infame "El planeta de los simios" que realizó hace unos años también pienso que es su peor película. Empate a malas.
El personaje del cuento que regresa años después al mítico país de sus aventuras, una Alicia veinteañera y casadera (la lamentable escena del principio, la de la petición de mano, ya era un mal augurio: a esas alturas quedaba la esperanza de que Alicia cayera por el hueco del tronco del árbol y empezase la película que habíamos ido a ver, no la que finalmente vimos) cargada de problemas familiares que siempre es mejor que se queden a este lado del espejo. Empezó a recordarme a "Hook" de Steven Spielberg, otra triste revisión de un gran clásico de la literatura infantil (Gran Bretaña debería declararle la guerra a Estados Unidos por haber masacrado sus tesoros literarios), donde Robin Williams interpreta a un patético Peter Pan entrado en años, kilos y dioptrías. Y si en "Hook" una de las máximas preocupaciones fue disimularle la calva al protagonista, en "Alicia el País de las Maravillas" ha sido taparle las vergüenzas a la muchacha después de tanto engrandecimiento y encogimiento corporal: ropa grande, ropa pequeña. Eat me, drink me. Kill me.
Alicia regresa al País de las Maravillas, paisaje tiranizado por la Reina de Corazones, como un mesías salvador: como si fuera Neo en "Matrix" o Aragorn en "El Señor de los Anillos". Y a esta última se me acaba pareciendo la película, los ratos que Morfeo (no el de "Matrix", el otro) me permite abrir un poco los ojos. He leído que se le excusa el bodrio a Tim Burton anteponiendo que se trata de un encargo. De Disney para más inri: la decoración de la Capilla Sixtina también era un encargo a Miguel Angel, pongo por caso. Lo bien hecho bien parece y ya que te pones y te gastas un pastón... Pues eso.
No recomendada para menores de 7 años (qué suerte tienen los puñeteros) pero me cuesta comprender el motivo: algún bicho descabezado (aparte del gato de Cheshire, de las pocas criaturas que mantienen el tipo en este engendro burtoniano) pero ni de lejos es el espectáculo sangriento de "Sweeney Tood" o el truculento (y magnífico) "Sleepy Hollow". Así que si un niño puede ver al surrealista Bob Esponja sin pestañear, también puede ver esta película con menores riesgos psicológicos. Y seguramente la disfrutará mucho.
A Alicia le ha encantado "Alicia", pero los dos hemos pagado lo mismo por la entrada. No es justo.