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miércoles, marzo 25, 2015

"El hombre más buscado", de Anton Corbijn

John le Carré y el cine, una relación vigorosa. Y antigua. Desde "El espía que surgió del frío", dirigida en 1965 por Martin Ritt, hasta la reciente "El hombre más buscado", una apreciable cantidad de su veintena larga de novelas ha sido llevada a la pantalla grande, un plus de disfrute para la mayoría de los lectores (y también para aquellos que no se acercan a un libro pero que nunca desdeñarían una buena película de espías) de este escritor británico. Y escribo disfrute porque, en general, las adaptaciones cinematográficas realizadas han obtenido éxito: bien dirigidas y con repartos acertados. Como ahora: Anton Corbijn director y Philip Seymour Hoffman protagonista.
Anton Corbijn llega al cine desde la evolución natural de la fotografía, famoso fotógrafo del rock, pasando por la academia de la realización de videoclips musicales hasta alcanzar su debut como director en la película "Control", mirada profunda y sentida hacia los últimos tiempos de Ian Curtis, el ya mítico cantante de la banda Joy Division, uno de los muchos grupos a los que Corbijn apuntó con su cámara fotográfica: el blanco y negro en los negativos, como característica principal, y la intención de atrapar el instante, el gesto, sin artificios: desnudar la verdad. Dos serán los retratados en "El hombre más buscado": uno la ciudad de Hamburgo, paisaje urbano de ciudad portuaria, enfocada como mole poco amigable, una penumbra apenas iluminada por fluorescentes parpadeantes y la tenue luz del sol del norte; y el otro, Philip Seymour Hoffman, en un imprevisto canto del cisne fílmico, imprevisto pero que parece anticipatorio: el actor en su laberinto, encarnando a un personaje de vuelta de todo, resabiado y escéptico, y aún así capaz de albergar destellos de esperanza. Pero si hay esperanza, mayor será la pena.
El agente secreto Günther Bachmann, al que da cuerpo Hoffman, despide un intenso hálito de tristeza, de angustia vital, un ambiente crepuscular que resulta estremecedor para el espectador que ya sabe. Y hubiera sido estupendo que la película tuviera un happy ending brutal, catártico, pero esto acaba de puñetera pena. John le Carré sigue vertiendo toneladas de cinismo en sus líneas, por las páginas de sus novelas continúan fluyendo kilómetros de alcantarillas malolientes, esas sobre las que la Historia oficial clava sus pilotes. Se descongeló un bloque, alterando la polaridad mundial, pero no por ello han menguado los temas: de la hoz y el martillo el escritor se cambia a la medialuna, iconos que se alternan para marcar la actualidad, demostrando que a los postores de derechos cinematográficos no les faltará trabajo nunca.
John le Carré fotografiado por Anton Corbijn (Hamburgo, 2012)

miércoles, mayo 06, 2009

"Control", de Anton Corbijn

Retrato fílmico de Ian Curtis, mítico cantante del grupo "Joy Division" que se suicidó en 1980, a la edad de 23 años. Vaya, ya conté el final. Para llevar a cabo este biopic, el director se ha basado en su experiencia personal con aquel grupo (Anton Corbijn es un famoso fotógrafo del mundo del rock; sus fotos de "Joy Division" son uno de sus primeros trabajos) y sobre todo en la biografía escrita por la viuda del cantante, Deborah Curtis. Esto último condiciona el punto de vista de la película, centrada principalmente en la vida sentimental del artista. Se casó muy pronto, antes incluso de empezar a cantar con el grupo y el conflicto que desemboca en su muerte apunta en la cinta hacia la incapacidad de compaginar su vida familiar y su condición de estrella emergente del rock, con amante incluida. De cualquier modo la personalidad de Ian Curtis era bastante inestable, sufría de epilepsia y puede que el temor a la enfermedad y a la locura fuera lo suficientemente fuerte como para no permitirle emprender su camino hacia el éxito: muere un día antes de iniciar una gira por Estados Unidos.
La película, rodada en blanco y negro, tiene una estética correcta pero no llega a dar la medida del personaje que representa, bastante bien (con voluntad) interpretado por el desconocido Sam Riley. Hay otras dos películas que me parece que pueden dar mejor impresión a los fans del grupo: la fantástica "24 Hour Party People" de Michael Winterbottom y el estupendo documental "Joy Division" de Grant Gee. Este último es una serie de entrevistas al resto de componentes del grupo (pasaron a ser "New Order": tuvieron mucho éxito en los 80 y 90) que mira con melancolía a la ciudad de Manchester de aquellos años de "Joy Division", mostrando sus transformaciones urbanas, los lugares que ya no existen, los ritmos que aún resuenan: la edad de oro que cada cual sitúa en los años de la propia juventud.
"Joy Division" eran una gran banda, herederos del sonido punk, pero que poco tenían que ver con la estética del movimiento o con los tópicos al uso de melodías poco cuidadas e instrumentos desafinados. Ver como Ian Curtis cantaba en directo es una experiencia hipnótica. Un hombre delgado, de ojos claros, bien vestido, que entraba en un trance desquiciado al interpretar sus canciones con voz profunda, envuelto en el sonido de un bajo y una batería prodigiosos. "Transmission", "She's Lost Control", "Atmosphere", "Love Will Tear Us Apart", "Glass" o "Digital", la canción que mejor representa la personalidad bipolar del aquel fulgurante mito del rock, son temas intemporales, himnos de la mejor música. Eternos.

"Transmission", Joy Division