La aglomeración de piezas que se produce en la pantalla, un apelotonamiento de ladrillos de colores nunca visto, amenaza con engullir al espectador. Esa es la sensación que me queda, la de haber presenciado un tsunami descontrolado y excesivo, algo que ya me pasó en otra película de dibujos animados de esta pareja de directores, "Lluvia de albóndigas": poca historia y demasiada animación (otra películas de Lego me han gustado más, por ejemplo las parodias galácticas de la serie Lego Star Wars, "Las crónicas de Yoda"). Aparte de este barroquismo por inundación de despiece, el mensaje de la película es un elemento más para el despiste, un contrasentido absoluto. Las cajas de Lego contienen un montón de pequeñas piezas con las que realizar determinadas construcciones que cubren un inmenso catálogo de juguetes a la venta: edificios de todo tipo, diversos vehículos que van desde coches de policía hasta naves espaciales, paisajes históricos de la edad media o del lejano oeste, e incluso la posibilidad de recrear escenarios de "Los Simpson" o de películas de la saga "Star Wars" o de la más reciente "El Hobbit". Todo ello acompañado de un increíble surtido de pequeños personajes: increíble por todos los matices que los diseñadores de la juguetera obtienen con tan poco material. En muchos casos, lograr culminar el objetivo que aparece en la foto de la caja es una tarea de gran complejidad (pequeñas obras de ingeniería, llenas de detalle), imposible de alcanzar si no se siguen al pie de la letra los pasos del manual de montaje que acompaña al juguete. Y una vez alcanzada la meta, resulta un artefacto de mírame y no me toques, digno de colocar en una estantería pero poco adecuado para el trajín de jugar sobre una alfombra. Pues bien, la película defiende que lo que hay que hacer es remover todas las piezas en un saco y dejar que sea la imaginación la que construya lo que salga. Es decir, gastarse un montón de euros (las cajas de Lego no son baratas precisamente) en, por ejemplo, el Lego de "El Halcón Milenario", para terminar haciendo un par de casas y un barco mercante con Chewbacca de timonel. Qué bichos estos daneses.
Yo, por la generación a la que pertenezco, me tocó echarle muchas horas al Tente y al Exin Castillos, productos del estado autárquico español que, esos sí, eran propicios a la recreación de lo que se te ocurriera pergeñar durante una larga de tarde de invierno, auxiliado por un tambor de Colón lleno de cacharros, pero lo que observo en los últimos años de Lego en las jugueterías me parece un prêt-à-porter, no inclinado a estimular la imaginación, sino dirigido en realidad a lograr un producto bien delimitado: mercadotecnia cinéfila para bolsillos pudientes. Así, en la película la empresa Lego quiere ser a la vez el bueno y el malo, como el policía que aparece en el filme: poli bueno o poli malo sin más que girar su cabeza, un signo certero de la esquizofrenia del capitalismo moderno. ¡Anda! ¡Ahora sí que entendí la moraleja!
Por otro lado está bien claro que los juegos de construcción, sean de la marca que patrocina la película o de cualquier otra, son un excelente recurso para la animación stopmotion, técnica que "La Lego película" presume de haber empleado en la mayoría de su metraje, junto a la indispensable animación por ordenador. Como muestra de lo que se puede lograr pieza a pieza, adjunto este conocido vídeo musical del tema "Fell in Love with a Girl" de The White Stripes, vídeo dirigido por Michel Gondry, nada menos. Temazo, por cierto.


