La lente se desenfoca, se vuelve miope a dos metros de distancia, con la intención de disolver el entorno, de hacerlo inaprensible, de retratar el espacio difuso de las pesadillas: Dante paseando por el infierno en la Tierra. Arbeit macht frei, lema indicado para los sonderkommando que colaboraban en las bien engrasadas factorías de la muerte que eran los campos de exterminio del nazismo: en la magnífica novela "Las benévolas" de Jonathan Littell se puede uno hacer una idea perfecta de los índices de productividad (eficacia alemana) que defendían aquellas instalaciones: stock disponible, fabricación en cadena y valor añadido. Sin embargo, la promesa de libertad era vacía: Roma no paga traidores: chicos pálidos para la máquina que también saldrán de allí convertidos en humo. Un grupo de ellos se rebelaron, como se retrata en "La zona gris" de Tim Blake Nelson, último gesto de dignidad para unos hombres a los que se les había arrebatado todo.
¿Qué gramo de esperanza le puede quedar al que ha contemplado el fin de la Humanidad? En el individuo que es deconstruido hasta el nivel de hacerle trabajar en el holocausto de los suyos, no se concibe que anide ni un ápice de futuro. Y sin embargo el impulso vital, genético, de la perpetuación de la especie constituye el último reducto del hálito creador que resiste ante tanta destrucción. En "Hijos de los hombres" de Alfonso Cuarón, la especie humana condenada a la extinción por una insólita plaga mundial de infertilidad, contiene el aliento en presencia de una mujer embarazada. Y Saúl, inmerso en su locura cotidiana (no puede uno dejar de pensar en los testimonios de antiguos sommerkommando que desgarran los fotogramas de la monumental "Shoah" de Claude Lanzmann) parece sufrir el mismo efecto: los niños lo primero.


