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viernes, septiembre 14, 2012

"Iceberg", de Gabriel Velázquez

La semana pasada fuimos al centro cultural "Miraltormes" (de Salamanca: ¿desde dónde si no vas a 'mirar al Tormes'?), atraídos por la proyección de esta película del año 2011, que ha sido dirigida por un paisano salmantino, y de la que había oído hablar: se estrenó el año pasado y lleva una buena trayectoria festivalera: próxima parada, San Sebastián. La cinta es un nudo de historias de adolescentes, con Salamanca y el río Tormes como espacio único de rodaje, algo que de por sí es un motivo para que los nativos del lugar nos animemos a verla. El público que acudió esa tarde a la presentación era en su mayoría mayor, tirando a jubilado, y la película era poco convencional: discurso sin palabras (también lo era el cine mudo, pero aquí no había carteles que dieran pistas). Al rato de iniciarse la sesión, la sala sufrió bajas: no será la primera vez: Terrence Malick con "El árbol de la vida" o Lars Von Trier con "Anticristo", pongo por caso. Yo tenia una señora detrás que le iba explicando la película a su vecina de butaca. 'En esta película te tienes que imaginar lo que pasa', sentenció: qué razón tenía: cine que no da muchas explicaciones, cine en que el espectador tiene que meditar, que llenar los huecos: cine que te espabila la mente, emocionante y bien realizado. Muy buena película.

El río Tormes: la corriente con sus remolinos, las arboledas trazadas con tiralíneas, las casetas de alquiler de barcas, los puentes, la piscifactoría. El rumor constante del agua en el que tantas veces nos bañamos: la orilla transitada albergando la historia, la vida. Y vivir es afrontar obstáculos: sorteas uno y ya te das de bruces con el siguiente. El iceberg es la alegoría del problema con el que topas, esos de los que a cualquiera pueden sucederle, pero que no por ello dejan de ser sorprendentes y anómalos, fuente de sufrimiento y angustia. En "Iceberg" es la muerte, la muerte ajena (claro, la propia no es un problema, al menos si lo que viene después no es algo como lo que se cuenta en "After life" de Hirokazu Koreeda), e intentar superar la pérdida, la insoportable ausencia. Pero no sólo la muerte, también la vida puede ser un enorme pedazo de hielo que amenaza con hundir el barco: el embarazo inoportuno, a destiempo, un iceberg que no pasa de largo sino que permanecerá a tu lado para siempre: quizá en este caso la montaña helada llegue a convertirse en un salvador oasis, por qué no.

Un chico y una chica, cada uno arrastrando su iceberg, se encuentran junto al río. La muerte y la vida: se las lleva la corriente. De puente a puente.