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domingo, abril 11, 2021

"Los muertos no mueren", de Jim Jarmusch

Jim Jarmusch, sello de autor indie, también se apunta, sin prejuicios, a la moda zombi, y realiza una comedia: zom com o zomedy, un género dentro de otro género. Ya con "Sólo los amantes sobreviven" se aproximó al cine de terror, fantástico o sobrenatural, logrando con aquella película una obra de mayor trascendencia y recorrido que con "Los muertos no mueren" y, por supuesto, mucho más personal: fantaseando sobre una posible historia de amor entre vampiros, cuajó una alegoría de sus circunstancias vitales. O eso parecía.

Un tanto de metáfora de la sociedad actual, velada apenas, desea introducir Jarmusch en esta de zombis: el muerto viviente es el vivo muerto cotidiano de nuestra época, el ser mediocre y mediatizado, acaparador y codicioso, que surge del lema ubicuo del consume hasta morir: y, si fuera posible, seguir consumiendo después: escapar de la sepultura en busca de una tienda, de un bar, de wifi gratuita: las adicciones banales persisten al cruzar al otro lado.

El director se va de rodaje con los amigotes, con los sospechosos habituales: Bill Murray, Tom Waits, Iggy Pop, Tilda Swinton, su pareja la realizadora Sara Driver y otra larga lista de caras conocidas del cine estadounidense. Y seguro que se lo pasaron fetén haciendo esta película: fiesta privada de Halloween, divertimento ajeno que, sin embargo, alcanza al espectador, al que le será sencillo pasar un buen rato viendo esta película. Sin demasiadas pretensiones, se llega a un nítido homenaje al cine de serie B, a la saga "Creepshow" (creepy es el adjetivo empleado exhaustivamente durante todo el metraje), a los antiguos cómics de terror, a las películas de Romero y a los podridos decimonónicos que emergen de las tumbas de los cementerios en noches de plenilunio al estilo canónico, en contraste con la reanimación inmediata que está más en boga desde que se estrenó, hace una década, "The Walking Dead", genuino culebrón interminable del resucitado posmoderno y que realmente devolvió a la vida a esta horda infinita de impíos antropófagos.

jueves, junio 22, 2017

"Paterson", de Jim Jarmusch

La belleza del bucle cotidiano. La écfrasis de lo infraordinario: detenerse en la contemplación del día a día, de las señales de la costumbre, y cosechar un puñado de frases certeras, hermosas. He leído a maestros consumados de ese ardid literario, francotiradores de la palabra escrita como Georges Perec o David Foster Wallace, pero no he leído a William Carlos Williams, poeta de Paterson, New Jersey, que da lustre a los fotogramas posándose en el celuloide: demiurgo inspirador.
Salvados por el arte: la libreta en blanco que el literato impostado Henry le regalaba a Simon en "Henry Fool" de Hal Hartley, nada más que para salvarle la vida. El cuadernito de tapas duras, como el que ojeo en estos instantes, aquel en el que apunto frases que surgieron después de ver la película, después de ver todas las películas que figuran en este blog (muchos cuadernitos gastados ya), frases que se disparan mientras conduces, mientras paseas, incluso cuando estás a otras cosas, multitarea del subconsciente, frases que parecen buenas y que quizás merezca la pena no dejar pasar, pues nunca sabe uno cuándo volverán a producirse. ¿Cómo era la cita? ¿No era de Oscar Wilde? ¿No parecía exagerada? Ayer me pasé el día escribiendo: por la mañana puse una coma, por la noche la quité. Resulta que, en ocasiones, fue verdad.
Paterson, el conductor de autobús de Paterson, New Jersey, atrapado en la misma ruta diaria, aliteración, repetición, reiteración, siempre idéntica rutina, siempre distinta. Buscar signos de extrañeza en lo habitual hasta descubrir en lo más nimio rasgos de superioridad estética indudable, el objeto que despierta de su anonimato, de su condición efímera, hasta transformarse en un icono perpetuo, en un recuerdo nítido atesorado en la conciencia íntima. Porque el primer destinario de lo que se escriba deberá ser, invariablemente, uno mismo.

domingo, febrero 14, 2016

"Sólo los amantes sobreviven", de Jim Jarmusch

¿Qué tienen que ver Tánger y Detroit? Tú a Tánger y yo a Detroit. La idea romántica que encarna la ciudad marroquí posee una larga tradición, establecida desde que se asentó como destino exótico para exiliados de la bohemia literaria occidental: Paul Bowles fue primero y luego pasearon por sus angostas calles muchos otros como William Burroughs (allí almorzó desnudo), Tennessee Williams, Truman Capote o Allen Ginsberg. Que Jarmusch la escoja para vagabundear las soledades nocturnas de uno de sus amantes, de ella, de Eve (Tilda Swinton), podría resultar una elección obvia teniendo en cuenta que la película pretende resaltar las ansias culturales y artísticas de sus protagonistas, un ansia que incluso amenaza con superar el otro ansia, El Ansia en el sentido del título de la cinta de culto de Tony Scott. En cuanto a situar en Detroit a Adam (Tom Hiddleston) y a sus impulsos suicidas (Motor City, transformada hoy día en la más conocida ciudad muerta moderna, paradigma de la autodestrucción que el capitalismo salvaje inflige a sus súbditos), no se puede considerar de otro modo que no sea un acierto rotundo. En otra película reciente, "Lost River", la opera prima como director del actor Ryan Gosling, también el telón de fondo de Detroit y su bancarrota aparecía cual inmenso maelstron dispuesto a arrastrar hacia el olvido hasta el último de sus habitantes (el mismo olvido que merece la película de Gosling, me temo: mejor delante de la cámara que detrás). Detroit, cadáver insepulto, ciudadela arrasada, donde por la noche aúllan ecos de la Motown y rugidos apagados de motores V8, entre escombros polvorientos y medianeras descubiertas.
Jarmusch parece realizar una metáfora irónica de su propia trayectoria de cineasta elitista, siempre relacionado con el glamour de vanguardias artísticas neoyorquinas, centro del mundo cultural, del arte más rompedor y experimental, ese aura, de la independencia creadora que termina convertida, de forma paradójica, en consumo de masas. Tras un largo paréntesis desde su anterior cinta "Los límites del control", una película plomiza, impenetrable y desangelada, ambientada en España, el director de Ohio rueda una historia mucho más interesante y accesible, un cuento crepuscular, decadente, lleno de humor negro, historia de seres extraordinarios que se ven sometidos a dilemas existenciales que poco tienen que envidiar a la angustia cotidiana de sus vecinos mortales. Y para ello cuenta con dos actores excelentes, Swinton y Hiddleston, sin los que sin duda el resultado hubiera sido menor. Eve y Adam y su melancolía milenaria alimentada por un torrente inmenso de recuerdos, los del contacto perdido con muchas de las figuras que llevaron a la especie humana, por la senda del arte y la ciencia, a un escalón superior. La superioridad inevitable de las criaturas nocturnas: la cámara de Jarmusch se desliza por la ciudad en la noche, qué más da que sea Tánger o Detroit o cualquier otro lugar, la ciudad queda convertida en un mundo distinto con la llegada del ocaso, un mundo lleno de misterio donde todo es posible: cuando cae la noche y se pasea por las calles solitarias o se entra a un bar, se produce un efecto parecido al de sumergirse debajo del agua: la sensación de haber penetrado en otra dimensión, de haber roto reglas que sólo aplican en el exterior: Alicia cayendo por el hueco del árbol y abriendo los ojos, al fin. Hasta que salga el sol.