Mostrando entradas con la etiqueta Steven Spielberg. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Steven Spielberg. Mostrar todas las entradas

martes, abril 03, 2018

"Ready Player One", de Steven Spielberg

Anáil nathrach, orth bhais betha, do cheol déanta.
Escucho en la sala de cine el hechizo que se emplea en la película para poner en marcha no sé qué chisme "megapoderoso", y resulta que lo que logra el encantamiento es abrir el baúl de mis recuerdos cinéfilos, invitándome a que rebusque hasta encontrar en qué otra película oí pronunciar ese sortilegio impronunciable: el Conjuro de la Creación que Morgana intentaba sonsacarle al mago Merlín en "Excalibur" de John Boorman: el héroe de "Ready Player One" no se llama Perceval, entonces, por casualidad.
Spielberg entra de lleno en la posmodernidad con esta película: el pastiche como seña de identidad de los videojuegos, un revoltijo de iconos pop que proporcionan a los diseñadores de aventuras digitales un inmenso catálogo de personajes y de situaciones argumentales. Desde hace unos años diversas cifras de negocio han anunciado con frialdad que la industria del videojuego le ha ganado la partida a la industria cinematográfica, así que era cuestión de tiempo que Steven Spielberg, genuino rey Midas del Séptimo Arte, ofreciera una visión propia del fenómeno, mirada que contendrá, sin la menor duda de que sería así, un buen ejemplo del particular estilo del cineasta californiano: el sello Spielberg.
En el año 2001 ya se asomó a distopías cibernéticas con "A. I. Inteligencia Artificial", pero aquella cinta fue la continuación de un proyecto inacabado de Stanley Kubrick, así que se puede considerar "Ready Player One" (basada en la novela homónima de Ernest Cline) un trabajo propio. Y a Kubrick, y a muchísimos otros, rinde homenaje la película, un cúmulo impresionante de referencias al lado más popular de la cultura ligada al cine, al cómic y a los videojuegos de los últimos cuarenta años. Y solo con tener la ocasión de ver una carrera que cuente con el DeLorean de Marty McFly y la motocicleta de Kaneda entre los vehículos participantes, merece la pena darle una oportunidad al filme.
Platón liberó al ser humano de la caverna, de la falsedad de las sombras que se proyectaban en ella, y por lo visto en este siglo XXI por el que avanzamos (o retrocedemos), a la humanidad no le importaría retornar a aquella cueva primordial, encadenarse a su irrealidad y tirar la llave. Las redes digitales se llenan de opciones para convertirnos en cualquier cosa, en todo lo que en una mediocre existencia cotidiana ni por asomo se nos permite aspirar a ser. Aventuras, romances, revoluciones y desafíos sin límite nos esperan en universos artificiales alimentados por el enchufe eléctrico de la pared y una conexión de banda ancha, paraísos en los que nacer y morir a diario: sin compromisos, sin remordimientos, sin excusas. Pero si algo ha demostrado la posmodernidad, hueca, simplista y de consumo fácil, es que no debe tomarse demasiado en serio: jueguen su partida y regresen al mundo real, que, como se dice en la película, es el único sitio donde se puede comer dignamente.

domingo, enero 10, 2016

"El puente de los espías", de Steven Spielberg


-No parece estar preocupado.
-¿Ayudaría?

Le preguntaron a Luis Buñuel si era comunista. Él respondió que sí, que se sentía comunista, aunque nunca hubiera militado en el partido, pero que si le preguntaban si preferiría vivir en Moscú o en Nueva York, no iba a tener dudas en su respuesta. La última película de Steven Spielberg tampoco vacila a la hora de resolver ese dilema. No ha de extrañar: cualquiera que haya estado atento a la trayectoria del director californiano podrá constatar que Spielberg ha sido uno de los grandes profetas de las bondades del american way of life en la que es una de sus mayores máquinas de propaganda, el cine de Hollywood. Sin embargo la obra de Spielberg también admite, lo ha admitido siempre, una lectura entre líneas, un sondeo que aparte la primera capa de celuloide y que descubra conclusiones no tan nítidas como serían de esperar: una abultada renta per cápita no tiene por qué estar asentada sobre los mejores valores morales posibles. La batalla entre ética y sociedad, en el sentido manifestado por Buñuel en aquella entrevista, se revive en "El puente de los espías", y lo hace a ambos lados del Telón de Acero.
Stoikiy mujik. El hombre en pie. El hombre firme. El hombre íntegro. Uno para cada bloque: el abogado James Donovan (Tom Hanks) y el espía Rudolf Abel (Mark Rylance). Tom Hanks vuelve a realizar, tras muchos años extraviado en papeles que no merece la pena recordar, un personaje protagonista indeleble, a la altura del capitán Miller que, también a las ordenes de Steven Spielberg, interpretó en "Salvad al soldado Ryan", o aquel gánster llamado Mike Sullivan para "Camino a la perdición" de Sam Mendes, caracteres fuertes para ponerlos en la piel del antiguo actor de comedias taquilleras. Al personaje del abogado Donovan le proporciona las dosis justas de cinismo y voluntad para que resulte creíble: eso, y un físico maduro de picapleitos especializado en casos de seguros: no, no es Edward G. Robinson, ni aunque le den un puro y afile la mirada, pero borda el papel. En cuanto a Mark Rylance, no hace mucho que disfruté de su expresión meditabunda e imperturbable en su espléndida interpretación de Thomas Cronwell para la serie de la BBC "Wolf Hall", actuación gemela a la que desarrolla en "El puente de los espías": habrá que comprobar si el actor contiene otros registros.
Retorno al Checkpoint Charlie. La película también sirve como revival de aquellas películas de espías, anteriores a la caída del Muro de Berlín, espejo cinematográfico de los entresijos de la Guerra Fría. Y, como sucedía en aquellas, tiende a caricaturizar los elementos definitorios de los dos bandos, rasgos maniqueos que en la época actual no resisten el menor análisis: termina la proyección y en los créditos del guión surge el apellido poderoso de los hermanos Coen, así que esa parte de farsa hiperbólica de la cinta parece emparentarse con otras miradas al pasado de los Coen. En cualquier caso la película será un panegírico dedicado a aquellos que se muestran firmes en sus convicciones, a los que no negocian con su conciencia y, sobre todo, son fieles a sí mismos, un panegírico que, en los convulsos tiempos políticos que atravesamos, se convierte en réquiem, misa de difuntos por una especie en extinción. Todo aquel rollo viejuno de la honra sin barcos, en fin.

miércoles, junio 12, 2013

"Lincoln", de Steven Spielberg, y "La conspiración", de Robert Redford

Acaba la una y empieza la otra (si bien yo vi la de Redford en su día y ahora tiene turno la de Spielberg: el orden de los factores no será trascendental, sin embargo). Muere Abraham Lincoln asesinado de un disparo a bocajarro mientras asistía a una representación teatral (¡vaya!, ya metí un spoiler y encima para las dos cintas) y, acto seguido (sería un buen programa doble), en "La conspiración" se recrea el juicio llevado a cabo contra los magnicidas. Entre ellos una mujer, Mary Surrat (Robyn Wright: la princesa prometida vestida de viuda puritana, pero una mirada lánguida que no envejece), dueña de la pensión donde se gestaba la confabulación y para la que, cuando menos, existe una duda razonable en cuanto a su responsabilidad criminal. Lincoln contra el pueblo o la venganza de estado: muere el príncipe pero Maquiavelo no descansa.

"Lincoln" no es una película biográfica, más allá de presentar un periodo concreto de su presidencia: los tejemanejes políticos para conseguir una mayoría de votos a favor de introducir un cambio en la constitución estadounidense, la enmienda decimotercera que erradique la práctica de la esclavitud en aquel país. El antiesclavismo de Lincoln, un ideal por el que morir y que, a través del sello de Spielberg, se torna una epopeya romántica y por supuesto maniquea, de buenos contra malos. Al principio de la cinta Lincoln conversa con unos soldados. Estos contemplan al altísimo mandatario como a una figura épica, como a una divinidad o a un mesías, incluso recitan de memoria sus discursos como si fueran pasajes bíblicos. Sin duda luchan por Lincoln, encarnación del bien. Sí, el sello Spielberg.

La cinta de Steven Spielberg emana una idea de confianza en las instituciones, en la clase política, el convencimiento de que los sentimientos más elevados prevalecen y resultan finalmente victoriosos, una victoria que, en el caso de "Lincoln", tiene un coste tan elevado, al menos, como la moral de la causa defendida: cuatro años de guerra civil y 600.000 muertos en combate (un millón de victimas en total: hasta la segunda guerra mundial no empezó a haber más muertos entre los civiles que entre los soldados) para sacar de la esclavitud a cuatro millones de personas, como la propia película nos recuerda (fue la lucha del Norte industrial contra el Sur agrícola, una lucha entre dos mundos distintos, entre uno llamado a dominarlo todo, planeta incluido, y otro abocado a la extinción y el olvido). El legado de Lincoln se podría concretar en que hay que minimizar el impacto del sacrificio personal ante el inigualable afán del bien común. Un sacrificio al que no escapó ni el propio Lincoln.

Pero Robert Redford plantea el reverso de la cuestión: una sola muerte injusta es suficiente para echar por tierra cualquier causa loable. La constitución, a partir de la cual se crean las leyes de la nación, es apartada sin miramientos con tal de servir a los intereses del gobierno de turno. Muere Lincoln y le sucede Andrew Johnson, al que en "La conspiración" no se duda en calificar de borracho y que aparece (en realidad no sale) como un títere en manos del secretario de guerra Edwin Stanton ("La conspiración" será alegoría poco disimulada de otra administración moderna, la del presidente George W. Bush y su secretario Donald Rumsfeld). El escarmiento debe ser ejemplar y al Sur hay que derrotarlo hasta en el alma, o sobre todo.

"Lincoln", tan laudatoria como inocente, todavía más al compararla con el thriller legal, torvo, que se presenta en "La conspiración": las cloacas del poder. Dos buenas películas en cualquier caso, repletas de actuaciones convincentes y magníficas recreaciones históricas, y que exponen dos posturas opuestas, el estado protector frente al estado asesino. O muchos tonos de gris entre medias. Para salir de dudas no me va a quedar otra que ver "Abraham Lincoln: cazador de vampiros". Me temo.