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martes, octubre 29, 2019
domingo, marzo 08, 2015
"La venus de las pieles", de Roman Polanski
Leopold von Sacher-Masoch. La segunda parte de ese apellido compuesto dio origen a un término de uso común que sirve para denominar un comportamiento sexual que de común tiene poco (supongo). La novela corta "La venus de las pieles", obra del mencionado escritor austriaco, sería un relato romántico más, amores corteses entre la alta sociedad decimonónica, de no ser porque a los amantes Severin y Vanda les va la marcha varios niveles por encima del mordisquito en la oreja: bondage y sumisión, ama y esclavo, fustas y mercromina. En la reciente "Nymphomaniac", catálogo de desviaciones sexuales varias, le dedicaba Lars Von Trier un pasaje a las prácticas que convirtieron a "La venus de las pieles" en un clásico de la literatura erótica, aunque no habrá referencia cinematográfica mejor que los latigazos que se le propinan a la divina Catherine Deneuve (que, por cierto, en esa película se llama Severine, como en "La venus de las pieles" se llama Severin el protagonista) una pareja de cocheros en medio de un bosque en "Belle de jour" de Luis Buñuel. Al director aragonés se le identifica, y no sin razón, en el atrevimiento a la hora de retratar lo prohibido, en mayor o menor medida sutil. No en vano reconocía una gran influencia en la lectura de las obras del Marques de Sade, y no sólo en él, sino en todo el movimiento surrealista. Sade y Masoch.
Thomas (Mathieu Amalric) es un autor teatral que ha realizado una adaptación de "La venus de las pieles" y que está componiendo el reparto para la representación de la obra. A deshora, en medio de la noche y la lluvia, cuando Thomas está sólo en el teatro y a punto de marcharse, aparece Vanda (Emmanuelle Seigner) con la intención de realizar una prueba para el papel de la protagonista de la novela de Sacher-Masoch, la otra Vanda. En la siguiente hora y media de película se va a asistir a un extraño prodigio, el de la inversión de papeles, la dominación cambiando de bando y de sexo, la relación de poder entre el director de la obra y la actriz principal tornándose hacia lo no previsto, igual que, en "El crepúsculo de los dioses" de Billy Wilder, Erich Von Stroheim se convertía en el mayordomo sumiso y obediente de Gloria Swanson. Ese encuentro con Vanda, de la que no va a quedar duda de que es Vanda, se convierte en la visita de la musa al creador, la idea que surge del dios y que queda confinada en tinta y en papel, pero que vuelve para desnudar lo escrito despojándolo de cualquier artificio, capas de estilo, hasta llegar a lo autobiográfico, a lo que todo escritor emplea de sí mismo cuando compone un relato.
Dios le castigó, poniéndole en manos de una mujer, cita bíblica que encabeza la novela y que resulta certera, si bien apoya la sempiterna idea cristiana de identificar a la mujer con el mal y el pecado. Así, Emmanuelle Seigner, perfecta en su papel, se presenta como un súcubo nocturno, irreal, dispuesto a cercenar la voluntad del pobre Thomas y de conducirlo por senderos prohibidos. Seigner, señora de Polanski, ya encarnó un personaje similar en "Lunas de hiel", tentando entonces a un pánfilo Hugh Grant y haciéndolo ahora frente a la mirada nerviosa, febril, de Mathieu Amalric, que personifica a un director que no puede ser otro que el propio Roman Polanski, demasiado mayor quizás para realizar el papel de Thomas (de Severin), pero no para dirigir estupendamente esta compleja historia (la película está basada en una obra teatral escrita por David Ives) y crear, otra vez, una atmósfera plena de intensidad, tan seductora como inquietante.
Thomas (Mathieu Amalric) es un autor teatral que ha realizado una adaptación de "La venus de las pieles" y que está componiendo el reparto para la representación de la obra. A deshora, en medio de la noche y la lluvia, cuando Thomas está sólo en el teatro y a punto de marcharse, aparece Vanda (Emmanuelle Seigner) con la intención de realizar una prueba para el papel de la protagonista de la novela de Sacher-Masoch, la otra Vanda. En la siguiente hora y media de película se va a asistir a un extraño prodigio, el de la inversión de papeles, la dominación cambiando de bando y de sexo, la relación de poder entre el director de la obra y la actriz principal tornándose hacia lo no previsto, igual que, en "El crepúsculo de los dioses" de Billy Wilder, Erich Von Stroheim se convertía en el mayordomo sumiso y obediente de Gloria Swanson. Ese encuentro con Vanda, de la que no va a quedar duda de que es Vanda, se convierte en la visita de la musa al creador, la idea que surge del dios y que queda confinada en tinta y en papel, pero que vuelve para desnudar lo escrito despojándolo de cualquier artificio, capas de estilo, hasta llegar a lo autobiográfico, a lo que todo escritor emplea de sí mismo cuando compone un relato.
Dios le castigó, poniéndole en manos de una mujer, cita bíblica que encabeza la novela y que resulta certera, si bien apoya la sempiterna idea cristiana de identificar a la mujer con el mal y el pecado. Así, Emmanuelle Seigner, perfecta en su papel, se presenta como un súcubo nocturno, irreal, dispuesto a cercenar la voluntad del pobre Thomas y de conducirlo por senderos prohibidos. Seigner, señora de Polanski, ya encarnó un personaje similar en "Lunas de hiel", tentando entonces a un pánfilo Hugh Grant y haciéndolo ahora frente a la mirada nerviosa, febril, de Mathieu Amalric, que personifica a un director que no puede ser otro que el propio Roman Polanski, demasiado mayor quizás para realizar el papel de Thomas (de Severin), pero no para dirigir estupendamente esta compleja historia (la película está basada en una obra teatral escrita por David Ives) y crear, otra vez, una atmósfera plena de intensidad, tan seductora como inquietante.
domingo, junio 17, 2012
"Un dios salvaje", de Roman Polanski
Roman Polanski se ha caracterizado, durante toda su carrera, por arrancarle la máscara a los caracteres que aparecen en sus películas: la afable comunidad de vecinos en "El quimérico inquilino" o "La semilla del diablo"; una seductora belleza rubia en "Repulsión"; el líder político en "El escritor"; un amable doctor en "La muerte y la doncella". Parece ser que a Polanski le interesan las historias intensas en las que se desnuda la esencia de seres humanos de alma turbia.
Padres que visitan a otros padres (Kate Winslet y Christoph Waltz en un rincón, Jodie Foster y John C. Reilly en el otro: película de actores) para tratar conflictos de los hijos: un chaval le ha roto un diente a otro en un parque. Parejas civilizadas de civilizados occidentales que saben aparentar, sin el menor problema, lo civilizados que son: deudas de sangre que se pagan con perdón en vez de con venganza: no habrá diente por diente. Pero la llamada de la sangre, más aún si es sangre de tu sangre, es un alarido poderoso: un runrún insistente que se instala en el estómago y que no va a permitir que una fachada políticamente correcta ahogue el ansia de equilibrar la penosa situación: 'Soy un hijo de puta con muy mala leche', se sincera Mr. Longstreet.
"Un dios salvaje" está basada en una obra de teatro de Yasmina Reza, no sé si se parecerá mucho o poco al original. La película me recordó mucho a una novela que he leído recientemente, "La cena", de Herman Koch, cambiando el apartamento de Brooklyn (la cinta se rodó en París: Polanski no suele viajar a Estados Unidos, como todo el mundo sabe) por un caro restaurante holandés y a los dos matrimonios neoyorquinos por homólogos del otro lado del océano. En el libro de Koch el asunto a tratar era mucho más grave, un asesinato, y requería soluciones más contundentes: la caída del antifaz será necesariamente más traumática: a Polanski (a cualquier cineasta, en realidad) también le hubiera caído mejor una trama así: conflictos rotundos que superan la banalidad del abuso del teléfono móvil o la asfixia de la mediocridad: la infantilización del hombre moderno acomodado, del urbanita incapacitado para retornar al conocimiento puro de la caverna y encadenado sin remedio a la angustia del progreso (ver la entrada reciente de "Detour" de Edgar G. Ulmer). Pero el instinto sigue dentro, ese mencionado runrún que hay que dominar.
Si en "Un método peligroso" de David Cronenberg costaba un poco reconocer las señas de identidad del director canadiense, otro tanto parece suceder con "Un dios salvaje" y Roman Polanski. Precisamente cuando "Un dios salvaje" empieza a recordar al cine del polaco, cuando se ha logrado un ambiente en la película que parece capaz de devorar a sus personajes, en ese momento se acaba: apenas 80 minutos de verborrea incansable en la que la transición de la educación a la sinceridad sucede demasiado deprisa: décadas llevo con ganas de poner a alguno a caldo y aún no he alcanzado ese punto, mientras que a los Longstreet y a los Cowan, que se acaban de conocer, para pasar a la acción les ha bastado con un poco de café, algo de tarta, unos chupitos de whisky... y una buena vomitona.
Roman Polanski (o Yasmina Reza) y Herman Koch terminan diciendo lo mismo: el dios salvaje moderno son los hijos: no hay culto más exigente que ese.
Padres que visitan a otros padres (Kate Winslet y Christoph Waltz en un rincón, Jodie Foster y John C. Reilly en el otro: película de actores) para tratar conflictos de los hijos: un chaval le ha roto un diente a otro en un parque. Parejas civilizadas de civilizados occidentales que saben aparentar, sin el menor problema, lo civilizados que son: deudas de sangre que se pagan con perdón en vez de con venganza: no habrá diente por diente. Pero la llamada de la sangre, más aún si es sangre de tu sangre, es un alarido poderoso: un runrún insistente que se instala en el estómago y que no va a permitir que una fachada políticamente correcta ahogue el ansia de equilibrar la penosa situación: 'Soy un hijo de puta con muy mala leche', se sincera Mr. Longstreet.
"Un dios salvaje" está basada en una obra de teatro de Yasmina Reza, no sé si se parecerá mucho o poco al original. La película me recordó mucho a una novela que he leído recientemente, "La cena", de Herman Koch, cambiando el apartamento de Brooklyn (la cinta se rodó en París: Polanski no suele viajar a Estados Unidos, como todo el mundo sabe) por un caro restaurante holandés y a los dos matrimonios neoyorquinos por homólogos del otro lado del océano. En el libro de Koch el asunto a tratar era mucho más grave, un asesinato, y requería soluciones más contundentes: la caída del antifaz será necesariamente más traumática: a Polanski (a cualquier cineasta, en realidad) también le hubiera caído mejor una trama así: conflictos rotundos que superan la banalidad del abuso del teléfono móvil o la asfixia de la mediocridad: la infantilización del hombre moderno acomodado, del urbanita incapacitado para retornar al conocimiento puro de la caverna y encadenado sin remedio a la angustia del progreso (ver la entrada reciente de "Detour" de Edgar G. Ulmer). Pero el instinto sigue dentro, ese mencionado runrún que hay que dominar.
Si en "Un método peligroso" de David Cronenberg costaba un poco reconocer las señas de identidad del director canadiense, otro tanto parece suceder con "Un dios salvaje" y Roman Polanski. Precisamente cuando "Un dios salvaje" empieza a recordar al cine del polaco, cuando se ha logrado un ambiente en la película que parece capaz de devorar a sus personajes, en ese momento se acaba: apenas 80 minutos de verborrea incansable en la que la transición de la educación a la sinceridad sucede demasiado deprisa: décadas llevo con ganas de poner a alguno a caldo y aún no he alcanzado ese punto, mientras que a los Longstreet y a los Cowan, que se acaban de conocer, para pasar a la acción les ha bastado con un poco de café, algo de tarta, unos chupitos de whisky... y una buena vomitona.
Roman Polanski (o Yasmina Reza) y Herman Koch terminan diciendo lo mismo: el dios salvaje moderno son los hijos: no hay culto más exigente que ese.
domingo, marzo 28, 2010
"El escritor", de Roman Polanski
"The ghost writer" es su título original: el negro literario que aporta los textos mientras otro, el de la portada de la pretendida autobiografía, pone la firma al final del tocho y la dedicatoria al principio: supongo que en ocasiones ni siquiera esto último. Pero en esta historia hay además otro escritor fantasma, uno que aparece muerto en una playa gris al principio de la cinta y que estaba asistiendo a Adam Lang (Pierce Brosnan: ¿habrá visto Polanski alguna vez aquella serie llamada "Remington Steele"? Paralelismos evidentes entre personajes de ficción), ex-primer ministro británico, en la elaboración de sus memorias. Para sustituirle y terminar el libro se contrata a otro escritor especialista en libelos bestseller (Ewan McGregor viajando a... ¿Estados Unidos? Pues seguro que el director no le acompañó: los créditos del final hacen pensar que el mar que se ve en la película es el mar del Norte) que tendrá que adentrarse en el manuscrito ya elaborado para obtener una versión que sea de interés al público: no sabe hasta qué punto lo va a conseguir.Los personajes de Adam Lang y su mujer Ruth (Olivia Williams) son un reflejo más que casual de las figuras de Toni y Cherie Blair, pero las motivaciones que muestra la película para justificar las causas por las que el mandatario británico acompañó a George Bush en su felonía de Irak parecen descabelladas. O no. Porque la película, basada en la novela "El poder en la sombra" de Robert Harris, desgrana la trama con tal precisión y elegancia que por qué no pensar que si Bush no era más que una marioneta tonta manejada por poderes ocultos (o no tan ocultos) otro tanto podía suceder al otro lado del Atlántico con su homólogo inglés: el trío de las Azores eran la versión chunga de Triki, Coco y Gustavo de Barrio Sésamo: unos monigotes con el brazo del titiritero metido por el culo.
Ewan McGregor hace recordar a antiguas actuaciones del propio director, como cuando encarnó a Trelkovsky en "El quimérico inquilino" y el pisito de París con sus secretos y sus vecinos enigmáticos transformado en esta ocasión en la residencia de retiro de un político, o a Alfred de "El baile de los vampiros", un investigador por accidente, atrapado en el ojo del huracán. De cualquier modo, obra maestra del polaco, que se llevó el Oso de Plata al mejor director en el último festival de cine de Berlín, un premio que no recogió por estar en arresto domiciliario. Y ya puestos a elaborar conspiraciones más allá de la duda razonable: el repentino interés en meter a Roman Polanski entre rejas (treinta años pasan desde que fue cometido el delito: tiempo de sobra han tenido para trincarlo, digo yo, que esconderse no se ha escondido mucho y ahora ya tiene 76 años: demasiado viejo para el talego), ¿será debido a que se ha puesto a filmar temas políticamente escabrosos, como recientemente le ha pasado a Jafar Panahi? Eso me vino a la cabeza al salir del cine. Qué tontería. ¿Verdad?
martes, agosto 25, 2009
"Repulsión", de Roman Polanski
Polanski y el ardor. El viaje a la locura de Carole una joven chica interpretada por una esplendida Catherine Deneuve. Tímida, bella, sensual. Trabaja como manicura en una peluquería londinense y vive con su hermana mayor en un apartamento alquilado. Perseguida, admirada, deseada: todos los hombres giran la cabeza a su paso. Sin embargo ella sólo siente repulsión: no soporta el contacto de unos dedos, el roce de unos labios, el aroma crudo de la piel fatigada. Violada cada noche por sus pesadillas, íncubos violentos que la desnudan con lascivia y la sodomizan sin piedad. La alucinación deviene en locura y la locura en asesinato: una navaja barbera, útil masculino por excelencia, será herramienta fatal. Buñuel, Hitchcock: surrealismo, suspense: hombros de gigantes.Dice el director francés (de nacimiento y nacionalidad actual, aunque se formó en Polonia: emigración, guetos judíos, nazis, telón de acero, asesinatos satánicos, pederastia, gloria cinematográfica: las circunstancias de la biografía de Roman Polanski son cualquier cosa salvo corrientes) que "Por encima de todo, el cine es ambiente". El apartamento de Carole se arruina a la par que su lucidez se destruye: como el cuerpo de un conejo desollado que se pudre en una fuente abandonada en el salón. Los pasillos cobran vida, llenos de manos que intentan sobar sus encantos, atenazando su cuerpo con desesperación: el apartamento se vuelve repulsivo (más fácil conseguir eso que lograr ese efecto sobre la divina Catherine) y trasmite eficazmente ese sentimiento al voyeur ocasional sentado frente a la pantalla: el espectador se adentra en el ambiente anunciado.
La película empieza y termina con un primer plano del ojo derecho de Carole, ojo inquieto y angustiado, que se anticipaba en el ojo inerte y ausente de una foto de la niñez de la protagonista: la locura fruto de un trauma infantil o la semilla del mal que siempre permaneció latente. Lo mejor de todo es dejar siempre que el espectador saque sus propias conclusiones.
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