Una promesa tan seductora, una oferta tan apetecible: la ausencia de riesgo: lléveselo y si no le gusta o no le queda bien, me lo trae sin ningún compromiso, que se lo cambio por otro o le devuelvo el dinero. O le hago un vale. Seguro que hoy las tiendas están llenas de gente pidiendo que se cumpla el trato.
La industria cultural no tiene en cuenta ese lema tan popular, eslogan típico de la sociedad de consumo, una frase mil veces oída que acudió a mi mente al abandonar la sala de cine. La cultura no tiene garantía de devolución. Si una camisa, enfrentándose a la prueba suprema del espejo de tu casa, no te produce el placer estético esperado (algo que por regla general suele suceder), el mayor problema será encontrar un momento para volver a la tienda (algo que tampoco sobra) a realizar el trueque. Pero si compras un libro, un disco o una película, o una entrada para asistir a un concierto, o para ver un museo o para ir al cine, y el producto no cubre la expectativas, la decepción será un triste colofón a tu dispendio económico. Comprar cultura es un riesgo, la adquisición de un bien intangible, de una esperanza.
Los pataleos del establishment intelectual, en forma de columna periodística, que han seguido al rechazo parlamentario de la ley Sinde (una ley con la que, por otro lado, estoy de acuerdo en algunos puntos -páginas web que se forran ofreciendo un producto con el que no están autorizados a comerciar- y casi nada en las formas -justicia rápida para delitos que ni siquiera está claro que lo sean), intentan en su mayoría igualar el objeto que venden al de cualquier otro bien de consumo genérico, sin evaluar la calidad de lo ofrecido ni su valor intrínseco. ¿Por qué cuesta lo mismo (o más) una película (o libro, o canción) mala que una buena si no cuesta lo mismo un utilitario que un deportivo, por ejemplo? ¿Por qué hay tan poca diferencia de precio entre pagar por ver una película por Internet o comprar el DVD ("Origen" de Christopher Nolan cuesta unos 15$ en Itunes, más o menos lo que cuesta el DVD en cualquier web de compras)? Y, para el caso de "Balada triste de trompeta", ¿cuál es su presupuesto y cuánto ha salido del bolsillo del contribuyente (muchos organismos oficiales en los créditos iniciales, como en todas las películas españolas)? ¿ por qué ver cine español no cuesta menos que ver una película norteamericana, ya que muchas películas (o todas) están subvencionadas por el estado y de ese modo promover que vayan más espectadores a las salas? Culpar al "pirateo" de todos los males del cine español es ver sólo una parte del problema, la parte que más interesa destacar. Sólo queréis ver las obras maestras que hacemos por la patilla, malvados.
Si yo fuera una persona consecuente con las sensaciones que me ha dejado la última película de Alex de la Iglesia, no volvería a ver ninguna película suya. Quizá ni tan siquiera volvería a ver ni una película española más, pues el director es además presidente de la Academia de las Arte y las Ciencias Cinematográficas de España y exponente del estado del arte de un género cultural. Pero no será así. Me parece un buen director de cine y ha realizado varias grandes películas. Sabe resolver secuencias complejas y rueda escenas de acción como pocos en este país. Su última cinta recuerda al cine de Tarantino, sobre todo al genial what if... histórico que era "Malditos bastardos". Pero si una seña de identidad tiene el director estadounidense es la de realizar escenas de acción que complementan un guión y no al revés. "Balada triste de trompeta" está colmada de diálogos pueriles, excesivamente teatrales, que salpican un hilo argumental descabellado y deslavazado, carente de tensión y de emoción y repleto de sangre y de heridas. Por destacar alguna bondad, sobresalen las actuaciones de los dos actores protagonistas: Carlos Areces (ese tremendo Rosario de "Museo Coconut": tv for freaks) y Antonio de la Torre. El primero realiza una escena dura y sorprendente (recordando a Paco 'el Bajo' en "Los santos inocentes" de Mario Camus o el comienzo de "El pequeño salvaje" de François Truffaut) que es de lo mejor de la película, y el segundo encarna a un bipolar payaso-amable/terrible-maltratador con un gran nivel de credibilidad. Pero llega un punto en que al director se le va la mano del todo y el enfrentamiento entre el payaso triste y el payaso listo (como en aquella "Muertos de risa", del mismo director, el odio feroz entre dos humoristas: me gustó bastante o al menos bastante más que esta triste trompeta) termina convertido en una especie de combate salvaje a muerte entre el Joker y Dos Caras, con el Valle de los Caídos transformado en la azotea del edificio más alto de Gotham. Qué desperdicio. Qué desastre. Tendría que haberla hecho en 3D, que en esas el guión importa poco y los planos picados de la cruz gigantesca hubieran quedado fetén. Y se hubieran fastidiado los piratas, esos facinerosos.
Al parecer Álex de la Iglesia se inspiró en esta canción de Raphael (aparece en "Sin un adiós", de Vicente Escrivá) para hacer su película: lamentos trompeteros.
