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sábado, mayo 28, 2022

"¿Qué he hecho yo para merecer esto?", de Pedro Almodóvar

El cine quinqui de Eloy de la Iglesia volcaba en el celuloide de la Transición una mirada salvaje y violenta de la sociedad que se había formado en los extrarradios de las grandes ciudades en los años ochenta, un fenómeno migratorio del campo a la urbe que se había iniciado dos décadas antes y que, mayoritariamente, siempre tenía una primera parada en el extranjero: a Alemania, a deslomarse trabajando todas las horas que ofrece el día y alguna más, con la misión de acumular unos magros ahorros que permitieran regresar al pueblo con una buena cazadora de piel y unas flamantes gafas de sol, un paso breve para pagar unas rondas en la taberna y después salir a escape hacia una capital española y pagar la entrada de un piso: al arado no se vuelve ni muerto. Los descampados de los barrios van desapareciendo a la vez que aumenta la cantidad de letras que hay pagar como peaje ineludible hacia la modernidad: el futuro resulta ser un lugar muy caro. La aceleración constante de la cotidianidad te estrella implacable contra esas letras de neón tan bonitas. ¿Cuántas pastillas para dormir tomabas cuando vivías en el pueblo?

Pedro Almodóvar construye una sátira desgarradora y brutal del fin del sueño (la demolición del porvenir) una mirada genial y corrosiva, de primera mano, que funciona tanto sea considerada una comedia negra como una tragedia familiar. Aquí el realismo pandillero y suicida de las películas de Eloy de la Iglesia lo transforma Almodóvar en realismo mágico, con un constante tira y afloja entre costumbrismo y delirios de grandeza (los sueños trastornados del lumpen que siempre acaban resumidos en un chalet con piscina y un coche caro: el ansia garrula de aparcar el Mercedes en la plaza de la iglesia, un ánimo que aún persiste), trama sostenida por un guion ágil y fresco (la película no ha envejecido) y un reparto extraordinario.

"Vendrán las iguanas vivas a morder a los hombres que no sueñan" escribía Lorca en su poema "Ciudad sin sueño" de "Poeta en Nueva York", obra que hace un siglo ya narraba el desarraigo y la deshumanización de la vida en la gran metrópoli. Almodóvar destruye con esta película de 1984, es decir, en una etapa de nuestra historia que ahora se acostumbra a mitificar, ese concepto tan manido y falso de considerar a Madrid (podría ser cualquier otra) como una ciudad abierta y acogedora, y deja bien claro (nada más aleccionador que una alegoría o una caricatura) que ese lema funciona, únicamente, si se dispone del dinero suficiente para poder comprarlo.

domingo, noviembre 07, 2021

"Madres paralelas", de Pedro Almodóvar

'Sí, voy a ser mamá, voy a tener un bebé, para jugar con él, para explotarlo bien', cantaba Pedro Almodóvar en la televisión en el año 1983, formando insólito dúo bizarro, feriante y carnavalero junto a Fabio McNamara. Aquella actuación libertaria y cachonda no hay motivo para identificarla con una declaración de intenciones vitales, pero cierto es que el personaje de la madre, como carácter genérico, ha estado muy presente en la trayectoria cinematográfica del director manchego. Tanto es así que muchos de sus mayores éxitos, incluyendo dos premios Oscar, han tenido a la maternidad, en cuanto a sus circunstancias y su influencia en la vida de cualquiera, como leitmotiv de las tramas: "Todo sobre mi madre", "Hable con ella", "Volver", "Dolor y gloria". En ese sentido, "Madres paralelas" sería la eclosión de ese impulso anunciado en plena Movida de querer ser madre. Y por partida doble, además.

Las confusiones en las áreas de maternidad de los hospitales propician que se sacudan genealogías y se alteren estirpes familiares de modo incógnito. Sin embargo puede surgir la sospecha, desde ella pasar a la certeza (vía moderna del análisis de ADN) y, por último, optar por consolidar el secreto familiar o desatar el drama de enderezar el entuerto de los bebés intercambiados. Almodóvar opta por ambos caminos y al espectador le cuesta empatizar emocionalmente con la situación planteada. Los diálogos en esta ocasión aparecen artificiales y fríos, de modo que este portentoso director de actrices no logra el punto sentimental deseable: melodrama desangelado, por mucho que Penélope Cruz intente potenciar (que siempre le sale muy bien) el aspecto costumbrista de la puesta en escena: ella y Aitana Sánchez-Gijón serán lo mejor de un reparto que no convence.

Madres paralelas, tramas paralelas. Por el metraje discurre otro asunto, un tema que toma relieve en el prólogo y en el epílogo de la cinta, y que se centra en las fosas comunes llenas de cadáveres de los ejecutados por parte del bando golpista de la Guerra Civil y que aún no han sido desenterrados de las cunetas para ser depositados en una sepultura digna. Y es en este segundo conflicto planteado por la película donde peor se comporta el guion y la puesta en escena, dando una impresión pobre de secuencias improvisadas o, cuando menos, no suficientemente trabajadas. Quizás se intentó dar un mensaje político por encima del propiamente artístico que se le presupone a un cineasta consagrado como Almodóvar: sentidos forzados que suelen salir fatal y, así, desnaturalizar el resultado de un filme que en ninguna de sus facetas consigue destacar: ni mueve, ni conmueve.

martes, abril 16, 2019

"Dolor y gloria", de Pedro Almodóvar

Un artista, en cada obra que realiza, vuelca una parte de su existencia: sus habilidades y conocimientos adquiridos, por supuesto, la evolución técnica que lo ha apuntalado en su profesión, pero también las vivencias, los traumas, los descubrimientos, los instantes de placer y de desgracia: nada queda fuera. Así lo ha hecho siempre Pedro Almodóvar a lo largo de su personal carrera, aunque nunca de modo tan evidente, tan directo, como ahora. Podría considerarse esta película su ""particular, pero creo que ese capítulo, habitual en la trayectoria de los grandes cineastas como ejercicio en el que abordar los dilemas creativos de la labor del director de cine, lo dejó completado de manera excelente con "Los abrazos rotos", una de sus mejores películas.
"Dolor y gloria" se entiende como un ensayo de autobiografía, de confesión vital del autor maduro, y desde esa sabiduría de la edad, dejar patente que ha habido mucho más dolor que gloria. Almodóvar es el apellido fundamental del cine español de las últimas décadas, un nombre propio que por sí mismo coloca a España en el panorama cinematográfico mundial: sin Pedro no habría nada, o muy poco, más allá de nuestras fronteras. Premios, reconocimientos y alabanzas allende los mares para el director manchego, méritos que también ha recogido en su país, pero sin faltar tampoco en ello el carácter cainita del mundillo cultural español: duele más una mala crítica que mil elogios.
Dolor, entonces, dolor por encima de todo, y no sólo el dolor del espíritu, el alma atribulada a diario, sino también un intenso dolor físico. Sostiene Salvador Mallo, trasunto certero de Almódovar en el celuloide, que la profesión de director de cine, el oficio envidiable de cineasta, requiere de grandes esfuerzos, de soportar intensas jornadas de rodaje: Miguel Ángel con la espalda destrozada bajo el techo de la Capilla Sixtina. ¿Se puede ser genial sin dolor? ¿Se puede considerar el arte como una actividad salvadora? Circulo vicioso que puede (que debe) acabar mal.
El director elige a Antonio Banderas (quién si no) para representarse a sí mismo, y para retratar los conflictos que han regido su vida, los familiares, los sentimentales y los profesionales, coloca a Julieta Serrano y Penélope Cruz para encarnar a su madre en distintas edades, a Leonardo Sbaraglia para el amor de juventud y a Asier Etxeandia para ser el sufrido actor, pues, según se cuenta, los rodajes del manchego se distinguían por llevarse por delante algún que otro ego interpretativo. Merece ser destacado el momento de emoción apenas contenida que logran Antonio Banderas y Leonardo Sbaraglia recreando un reencuentro tan doloroso como glorificado: la demolición personal que producen las adicciones y la victoria incontestable que supone superarlas. La adicción, sea al trabajo, a las drogas o a otras personas, es la verdadera protagonista de esta película.

jueves, mayo 12, 2016

"Julieta", de Pedro Almodóvar

A "Julieta" la interpretan dos actrices distintas: demasiado distintas y no sólo en sus rasgos. Primero Emma Suárez, luego Adriana Ugarte y de nuevo Emma Suárez. En el lenguaje cinematográfico es solución habitual que, al iniciarse un flashback al pasado, sobre todo si es un pasado al que se llega descontando décadas, sea otra cara, más joven, la que se le ponga al personaje. No le puede asombrar a nadie: miramos fotos antiguas y apenas nos reconocemos en ellas. El flashback se inserta en la trama y el espectador, acostumbrado desde chico a que le cuenten vidas en fotogramas, no se pierde en el relato. Dos actrices, un carácter. Lo que al espectador le puede chocar en "Julieta" es el truco del director a la hora de devolver su papel al personaje principal, una transformación mágica que, en mi caso, me hace cuestionarme la necesidad de incluir a Adriana Ugarte en el reparto. ¿No habría sido suficientemente capaz Emma Suárez, actriz impresionante, de llevar a cabo toda la función?
Emma Suárez vale la entrada de esta película. El resto de nombres que aparecen en los créditos son más o menos canjeables según el gusto de cada cual, excepto, claro, Rossy de Palma, tan inquietante en "Julieta" como lo era hace treinta años en "La ley del deseo". Una película de mujeres, una historia de mujeres, de nuevo, de nuevo Almodóvar dirigiendo sentimientos femeninos con maestría, trama inspirada esta vez en relatos de la premio Nobel Alice Munro. Una cinta, sin embargo, con la que no logro empatizar: no me emociona este melodrama, melodrama excesivamente acompañado por la melodía de Alberto Iglesias: a veces es importante escuchar el silencio en una película. Que no me emocione no significa que me aburra. La película sabe mantener la atención del espectador en todo momento y su final, falto de catarsis, hace que el patio de butacas, ávido de más fotogramas, exclame con disgusto, "¡¿Ya se ha terminado?!"
"Julieta" competirá este año por la Palma de Oro en Cannes, festival que ha comenzado esta semana. La última vez que un director español entró en liza por obtener el preciado galardón, fue también Pedro Almodóvar con "La piel que habito" en el año 2011. Y el director manchego ya había figurado anteriormente en la prestigiosa lista anual con "Los abrazos rotos" en 2009, con "Volver" en 2006 o con "Todo sobre mi madre" en 1999. Una vez podía ser casualidad, pero cinco...

sábado, julio 21, 2012

"La piel que habito", de Pedro Almodóvar

La relación entre el doctor Robert Legard, el cirujano plástico interpretado por Antonio Banderas, y su paciente/cautiva Vera, la piel que habita Elena Anaya, plantea un enigma al comienzo de la película. Qué ha llevado a esos personajes, acompañados por el ama de llaves encarnada de modo inigualable por Marisa Paredes (me recordó a su personaje en "Tras el cristal", de Agustí Villaronga: cult movie hispana: "La piel que habito" tiene sus similitudes con aquella cinta antigua de Villaronga) a habitar ese cigarral toledano, antigua finca de recreo transformada en clínica discreta para arrugas acaudaladas, pero que posee además la doble identidad de castillo del doctor loco, de cripta de los horrores: las líneas maestras de la trama de "La piel que habito" van directas hacia el clásico "Los ojos sin rostro" de Georges Franju. Pero a la película de Franju, terror poético, le dedicaré un artículo en el próximo número de "La caja de Pandora", el que saldrá en septiembre. Hoy tocó fijarse en su "heredero" manchego.

El enigma que comentaba, va a producir un thriller sofisticado a la par que extravagante: una historia de tragedias familiares y venganzas rebuscadas que mantiene el interés hasta la mitad de la cinta, más o menos, hasta que ese enigma, la identidad de Vera y el motivo de su "átame" con Robert, queda desvelado. A partir de ese momento, la trama declina. Quizá el punto de inflexión sea tan inusitado, tan increíble, que poco más se puede esperar después: en el cine generalmente los golpes de efecto se suelen dejar para el final, de modo que el cenit argumental te conduzca boquiabierto hacia los créditos. No es el caso, si bien Pedro Almodovar sabe perfilar un emotivo colofón: las madres y el cine de Almodovar.

El trío de actores protagonistas ya sabe lo que es ser chico/chica Almodovar, un adjetivo que durante décadas ha sido una catapulta segura hacía una carrera cinematográfica posterior. No me ha convencido demasiado Antonio Banderas en su retorno, como actor, al cine español: más aún, retorno al primer director que le colocó en un fotograma, con "Laberinto de pasiones". Marisa Paredes, por otro lado, inmensa, una de las mejores actrices de la historia del cine nacional. Elena Anaya tampoco debe haberlo hecho mal, pues se llevó el Goya en la última edición. Y al trío se añade un cuarto, Jan Cornet en el papel de Vicente: premio Goya al mejor actor revelación por esta película. Lo que yo decía, una catapulta.