Mostrando entradas con la etiqueta Werner Herzog. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Werner Herzog. Mostrar todas las entradas

domingo, enero 29, 2012

"Mi enemigo íntimo", de Werner Herzog

La asociación artística establecida entre el director Werner Herzog y el actor Klaus Kinski, ha sido una de las más fructíferas, en cuanto al nivel cinematográfico alcanzado, de la historia reciente del cine mundial (historia reciente, dices, cuando ya han pasado más de dos décadas desde su última colaboración, "Cobra verde", del año 1988, las dos décadas, desde 1991, que lleva Klaus Kinski criando malvas, no sé si en California, donde murió, o, cadáver retornado a Dánzig, donde nació, ciudad que ya no se llama así, ni es el territorio mencionado en los libros de historia, el corredor de Dánzig, una de las obsesiones hitlerianas, pero me voy del tema, el tema es que me parece reciente lo que pasó hace mucho tiempo, tiempo exacto que se mide con precisión alemana, en segundos, días y todo eso, pero la memoria es egocéntrica, la memoria del tiempo es relativa y se estira y se encoge como la medida del tiempo en los sueños, y se encoge hasta replegarse por completo en la vejez, "Arrugas", el tremendo cómic de Paco Roca que ahora se ha estrenado como película dirigida por Ignacio Ferreras, ¿para qué?, una redundancia inútil pasar el cómic a fotogramas, pero vuelvo al cine que es la única memoria que no queda sepultada sino que permanece viva en el celuloide: cualquiera que esta noche vea por primera vez una película de Herzog protagonizada por Kinski, me dará la razón: será reciente para él. Con suerte, además, será inolvidable). También es una de las más conocidas por tormentosa, tumultuosa, amor-odio, ni contigo ni sin ti: amantes apasionados siempre peleados. Igual se llevaban fenomenal y todo este asunto de la enemistad no era más que una maniobra publicitaria. Quién sabe.

Al menos tres de sus cinco películas juntos serán obras maestras: "Aguirre, la cólera de dios", "Nosferatu, vampiro de la noche" y "Fitzcarraldo". A Kinski sin Herzog no le recuerdo un nivel semejante. A Herzog sin Kinski, sí: "El enigma de Kaspar Hauser" y "Stroskez": ahora Bruno S. (S de Schleinstein: mejor S.: gracias), antítesis de Kinski: donde todo era gesto ahora es la nada del hieratismo; donde la ira explotaba sin contención en unos ojos enloquecidos ahora hay timidez y ternura en una mirada huidiza: la verborrea frente al silencio; donde había un rubio loco ahora uno moreno, pero loco también. Nadie como Herzog supo explotar caracteres tan antagónicos, cada uno en su película. Pero, ¿y si en la vida privada Klaus Kinski resultaba ser un oasis de cariño y Bruno S. un lunático violento? El espectador no debe juzgar al actor detrás del personaje: el telón, la pantalla y la platea, son una frontera impenetrable a la verdad.

"Mi enemigo íntimo" es un ajuste de cuentas post mortem, una cinta filmada en 1999, 8 años después de la muerte de Kinski. Werner Herzog, que parece dolido por algún apunte de la autobiografía de Klaus Kinski (no será para tanto, sólo le proporciona a Herzog una serie de adjetivos como: miserable, mosca cojonera, rencoroso, envidioso, apestoso, ambicioso, codicioso, maligno, sádico, traidor, chantajista, cobarde y farsante: casi se acaba el diccionario él solo), recorre algunas de las localizaciones en plena selva amazónica que fueron testigo de los rodajes más salvajes y peligrosos que nunca se hayan realizado, poniendo a-la-par-a-parir (mayormente) a su colega Klaus, mediante el sutil método de entrevistarse a sí mismo (mayormente, también). ¿Quién era la víctima? ¿El director que padecía los ataques de rabia de un divo de la actuación, egocéntrico y presuntuoso? ¿El actor que se exponía a escenas rodadas en condiciones penosas de seguridad, condenado durante semanas a la dura vida de la jungla virgen? Herzog se esfuerza en conseguir testimonios que apuntalen su denuncia y los obtiene, pero en casos como los de Claudia Cardinale (en "Fitzcarraldo") o Eva Mattes (en "Woyzeck") no lo tienen tan claro: Klaus Kinski era un romántico, sin duda. Le faltó entrevistar al propio Kinski. Claro, ya no se podía, ya se había muerto: menos mal: quizás en vida de Kinski Herzog no hubiera tenido los ... arrestos suficientes para entrevistarle, ni mucho menos para hacer esta película. Un tipo que fue capaz de filmar su idea descabellada de subir un barco de 300 Tm por una colina embarrada (lo que hizo Werner Herzog en sus películas sudamericanas es un monumento a la voluntad del hombre; díselo a los que ahora hacen cine colocándole a los actores unas mallas negras llenas de lucecitas y pidiéndoles que pongan cara de susto mientras miran a una X en el suelo, que son unos rápidos en un rio, o a una X en el cielo, que es un amanecer lleno de niebla en Machu Picchu; díselo que no se lo van a creer) empleando sogas y poleas, acobardado ante un peso pluma: un tipo flaco, sí, pero temperamental, ojo.
A mí, con sinceridad, me da igual saber quién era bueno cuando se apagaban las luces y la cámara: cada cual tendría sus manías, como todo el mundo (casi todo el mundo, en realidad: la megalomanía sigue estando al alcance de pocos y en menos casos aún se mezcla con genialidad). Lo que no me deja indiferente es el cine que lograron juntos. Nada indiferente.

martes, agosto 17, 2010

"Nosferatu, vampiro de la noche", de Werner Herzog

La película comienza con imágenes de antiguas momias mexicanas, desfile de muertos, intercalando el aleteo, a cámara lenta, de un poderoso murciélago: cuerpos desecados a los que se le ha extraído hasta la última gota de espíritu. Resta una envoltura miserable, evocación remota del ser humano.
Esta cinta es un homenaje directo del "Nosferatu" de F.W.Murnau, joya señera del cine mudo y del expresionismo alemán de los años 20: remake no sólo debido a la caracterización gemela del protagonista, sino también porque la narración en imágenes de Herzog fluye sin apenas necesidad de diálogos: la emoción es nítida en los rotundos gestos de los actores.
Klaus Kinski encarna a un vampiro melancólico, huidizo, rata calva cérea y sombría pero implacable en su ansia sangrienta; Bruno Ganz es el incauto Johathan Harker, conducido a la locura del transito al no-muerto, heredero involuntario de una tradición milenaria; Isabelle Adjani es la mejor Lucy Harker posible, un fotograma transportado desde el blanco y negro de la génesis del cinematógrafo hacia una doncella lánguida, belleza tísica, dispuesta a satisfacer el hambre vampírica hasta que aparezca la aurora. Impresionante plantel de actores que se redondea con la inquietante aparición de Roland Topor, el escritor de "El quimérico inquilino", en el papel de Renfield.
El piloto de un barco fantasma yace muerto amarrado al timón, transportando en las bodegas de su nave la pesadilla que se cierne sobre la ciudad de Wismar. Por la plaza mayor desfilan féretros blancos a hombros de caballeros decimonónicos vestidos de chistera y levita. El carnaval que precede la llegada de la muerte (apurar hasta la hez los últimos momentos de vida) baila entre un tropel de ratas (el director tuvo muchos problemas para que le permitieran rodar con tanto roedor suelto por las calles) que extiende la peste mortífera de su rey. El rey Drácula.
Obra maestra.