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domingo, noviembre 04, 2012

"El ladrón de palabras", de Brian Klugman y Lee Sternthal

Cuando en los créditos del final leí en la pantalla 'Written and Directed by Brian Klugman & Lee Sternthal', me dije antes de salir corriendo de la sala: ya está, este engendro lo ha pergeñado un bufete de abogados: Klugman&Sternthal. No he mirado bien, pero seguro que en algún pasillo recóndito de Ikea venden kits para hacer películas: la película klugmansternthal de Ikea: sentimientos prefabricados de rápido montaje: no se olvide de su llave Allen.

Un escritor que no encuentra editorial para sus novelas se topa con un texto ajeno olvidado en el fondo de una vieja cartera, páginas magistrales sin dueño: el genio siempre ha sido propiedad del que se lo encuentra y del que lo patenta, no del que realmente lo tiene. Akebono me recuerda que en los relatos de "Obabakoak" de Bernardo Atxaga se dice que sólo se debe plagiar a los clásicos, ya que esos nadie se los lee. Pero lo que hace este remedo pijo, mimado y sobrealimentado de imitación de escritor no es plagiar: copia la novela punto por punto y la publica obteniendo un gran éxito. Por tanto, no es el plagio el tema de la película, sino la suplantación: obtener los honores que no te corresponden. Sobre la suplantación hay grandes películas: "Con faldas y a lo loco" de Billy Wilder o "Copia certificada" de Abbas Kiarostami, por poner un par de ejemplos. Jugar con la identidad ajena siempre ha dado mucho... juego. Pero hay que ponerle pasión, claro, el director debe transmitirle un sentimiento a su obra, y esta película tiene la misma pasión que un McPollo.

El punto de partida de la trama no es malo, no sé a quién le robarían la idea, pero la putada de todo esto del cine es que tienes que llenar un mínimo de hora y media de metraje: la idea hay que materializarla en algo digno que merezca el nombre de película. Y para eso ya no tengo palabras que describan el resultado: ni me apetece buscarlas, ni mucho menos robarlas.

A Klugman o a Sternthal, a uno de los dos, Jeremy Irons le va a dar un ósculo. O, al menos, osculito. El de la izquierda es el ladrón de palabras, ay, nadie le hace caso.