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sábado, octubre 17, 2015

"El cochecito", de Marco Ferreri

A propósito del diputado por Aragón Pablo Echenique, apareció un detalle que hizo saltar mis resortes cinéfilos. Resulta que el conocido dirigente del partido Podemos escribió hace un par de años en el periódico digital eldiario.es, un artículo con el llamativo título "Discapacitado y más feliz que tú... sí, que tú". Este título, que podría hacer aparecer un sonrisa irónica en los labios del bípedo más autosuficiente de la manada, anuncia un texto de tono provocador en el que se rebate la extendida costumbre de asociar discapacidad e infelicidad, costumbre que no puede tener nadie que haya contemplado alguna vez la excelente película dirigida por Marco Ferreri y con la firma de Rafael Azcona en el guión. El caso es que Pablo Echenique tiene un cochecito.
Sí, así es, yo ya sabía lo felices que eran los poseedores de, llamémoslo así, un cochecito. Sólo había que ver a Don Anselmo dispuesto a todo por conseguir uno: lo que sea: vender las joyas de la abuela, perder el uso de las piernas o incluso el límite del genocidio familiar. Lo que haga falta con tal de salir de excursión con sus colegas moteros de tres ruedas, inopinados Ángeles del Infierno de marcha por los alrededores de Madrid, arrasando con todo. O casi. Recuerdo haber visto en mi infancia algún cochecito de aquellos y, por supuesto, no haber sentido ninguna lástima por su ocupante. Quizás todo lo contrario. Ya hubiera molado subirse a uno y conducirlo un rato, a quién no le hubiera gustado probar aquello. Para Don Anselmo el deseo se asienta más que en una necesidad de movilidad en un símbolo de pertenencia: como tener una bomber o unos martens o una harley: el cochecito es el tatuaje iniciático, el peaje de entrada a la secta. Y no hay secta que no nuble el entendimiento.
"El cochecito" sorprende no sólo por el tratamiento nada condescendiente que se hace de la discapacidad o por su rotundo humor negro que de puro negro quiere desembocar en un final nigérrimo al que el poder censor de la época no dudó en meterle mano, sino que sorprende también por su atrevimiento visual, con planos nada acostumbrados para el cine español de 1960, incluidas secuencias de rodaje cámara en mano que tiemblan sin la steadicam que está por llegar, pero que realzan el vigor dramático de la historia: el terror a la discriminación y el olvido desde la perspectiva del pobre viejo que no se siente un venerable anciano, el drama de Don Anselmo: Pepe Isbert, protagonista absoluto, actor inmortal que se erige como epítome de la mayoría de las mejores películas rodadas en España bajo el auge asfixiante del régimen de Franco. Se puede hablar, por tanto, del cine de Pepe Isbert, y considerarlo de lo que más merece la pena ver de entonces, y entre esa indispensable colección de títulos de su filmografía, cómo no, la asombrosa "El cochecito". Verla y, claro, darle la razón a Echenique.