Treinta años después, una continuación de la saga. Se puede pensar que es innecesaria, más allá del beneficio taquillero que seguro que reporta este espectacular nuevo episodio, pero quedaban tan lejanas ya aquellas marabuntas del motor, aquellos chiflados en sus locos cacharros, lanzados en persecuciones suicidas repletas de explosiones, acción y violencia, que se agradece el revival. Y mucho. Si encima la dirige George Miller, responsable de todas las entregas realizadas hasta el momento, más aún (gran virtud no haber abusado de infografía y que los vehículos tengan consistencia real: humo, aceite y acero).
Es curioso ver cómo ha ido cambiando el entorno depredador de "El loco" Max. En la primera se percibían vestigios de un mundo civilizado que se estaba desmoronando a pasos agigantados. El público que acudía al cine en 1979 tenía pocos motivos para el optimismo. La segunda crisis del petróleo sacudía con fuerza la economía mundial, impulsada por motores de gasolina, al disparar el precio del crudo hasta el triple de su valor previo. Por otro lado, el reloj del apocalipsis nuclear, implacable baremo del grado de conflicto durante la Guerra Fría, seguía con las agujas muy cerca de la medianoche. De aquel espíritu bebe sin freno "Mad Max: Salvajes de la autopista", y su estética nihilista y postpunk tiene sus referentes en autores de cómic distópicos como Moebius, Richard Corben, Jodorowsky y otros, que en la época dejaban constancia de su arte en revistas míticas como Métal Hurlant o Totem. En las siguientes partes el panorama empeora sin remedio. De la refinería, acosada como un fuerte del far west, de la segunda película, "Mad Max 2: El guerrero de la carrtera" (recuerda a lo que se hizo más tarde en "Waterworld" de Kevin Reynolds, muchas similitudes, pero desierto de agua salada en ese caso), a la bulliciosa Negociudad de la tercera, "Mad Max, más allá de la cúpula del trueno": Tina Turner, en la cima de su popularidad, interpretando a la reina del saloon (la Vianna de "Johnny Guitar" de Nicholas Ray: mujer que domina un territorio de hombres salvajes) en una especie de indómito poblado minero que requiere mucha mano dura para seguir funcionando: duelos singulares para dirimir diferencias y ruletas de la fortuna para decidir destinos: el juicio de Dios sigue impartiendo justicia tras el fin del mundo. Niños perdidos y mitos fundacionales. Los guiones de las aventuras de Mad Max siempre han estado bien rematados.
Y en la cuarta el ecosistema evoluciona hacia la cultura mística de La Ciudadela: el Motor es la divinidad suprema, los símbolos de sus sacramentos son el volante, los pistones, el cromado o el V8, y el líder absoluto, el sumo sacerdote Immortan Joe, parece sacado de las portadas de los discos de Motorhead, Megadeth o Iron Maiden: estética metalera como una consecuencia obvia para la saga: las crestas mohawk pasaron a la historia. La Ciudadela es una colmena bien organizada, donde cualquier ser humano ha sido reducido a la condición de insecto, destinado desde niño a ocupar una casta uniforme en aspecto y funcionalidad, prescindible en su anonimato. No hay civilización sin revolución, ni revolución sin héroe, y de nuevo surge, procedente de ninguna parte, el australiano errante, más antihéroe que héroe, entre el altruismo y la lucha por la propia supervivencia, condenado a vagar eternamente por el desierto. ¿Quién es Mad Max? ¿Tom Hardy? ¿Charlize Theron? Quizás sean los dos, quizás no lo sea ninguno. Me temo que Mel Gibson sea el único actor capaz de portar el nombre del loco, el de un lunático de mirada tan alucinada como desvalida, que trasmitía eficazmente sentimientos de dolor y desesperación: el trauma iniciático y sin retorno que consumía sus días. El loco que hace tres décadas dejó una huella cinéfila imborrable.



