Gelsomina es una loca, una niña descalza que envuelta en su capa corretea por la arena de la playa. Gelsonima es una hobbit: ¿realmente eres una mujer?, le pregunta Il Matto, otro loco. Gelsomina atrapada entre dos amores, dos hombres opuestos: el carnal Zampanó y el espiritual Il Matto: Giulietta Massina compartiendo cartel protagonista con Anthony Quinn y Richard Basehart. La princesa del cuento, de un poema circense de artistas vagabundos y venganzas terribles.
Giulietta Massina, esposa de los dos caracteres de Fellini. De un lado el director, que hace poesía en fotogramas y que llevó su melancolía por el pasado (su infancia y su juventud en su ciudad natal, Rimini, tantas veces presente en su obra aunque allí no rodara nunca ni una sola toma) a las cotas más altas del arte cinematográfico, y de otro lado el carácter mediterráneo, latino, de macho viril con fama de mujeriego y con predilección por retratar en sus películas a damas rotundas, diosas de la lujuria como Anita Ekberg en "La Dolce Vita", por ejemplo. El director italiano se confesaría genialmente en "8½", una introspección honda en sus motivaciones artísticas y humanas.
El papel que Fellini escribió para su mujer en "La Strada", en 1954, consiguió que ella fuera una actriz mundialmente conocida: una actuación portentosa, inolvidable, llena de ingenuidad y de inocencia apenas desmentida por unos ojos vivaces: expresividad inusitada para una cara de alcachofa. Sin embargo, como si se tratara de un encantamiento, la decisión de Gelsomina de seguir a Zampanó también acompañó a Giulietta Masina hasta el fin de sus días: se quedó con Fellini hasta el día de su muerte. La de él. Ella moriría poco después.
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sábado, julio 16, 2011
domingo, octubre 03, 2010
"Intervista", de Federico Fellini
Un equipo de una televisión japonesa se desplaza a Italia para realizar un reportaje, una entrevista: Fellini, el gran cineasta.
El director sale a escena y con él se lleva a toda su troupe, el gran circo del cine, convirtiendo su penúltima película en un nítido homenaje a medio siglo de carrera y a todos los que le han acompañado y, al fin y al cabo, le han convertido en un mito cinematográfico, en un autor eterno. Pero entre los nombres de los créditos de sus películas hay uno que destaca siempre: Cinecittá. Así, la meca del cine italiano es otro más de los protagonistas de esta historia: los estudios son un mundo alternativo, otra dimensión de la existencia en la que todo puede suceder y cualquier fantasía se puede realizar: fábricas de sueños.
Uno de los puntales de la obra de Fellini ha sido la memoria, los recuerdos, rememorados de una forma a la vez personal y universal: cualquier espectador contemplará alguno ante el que esbozar una sonrisa: identificación con el pasado de otros. Durante la cinta se desgranan unos cuantos, entre la realidad y la ficción, pues muchas veces recuerdos ajenos se toman como propios o la mente tiende a idealizar de forma exponencial al tiempo transcurrido: el primer viaje en tranvía a Cinecittá, el primer encuentro con una diva, su primera entrada a un set de rodaje. El cine muestra sus trucos, sus ilusiones: la mirada deslumbrada. Y ya que los trucos son asuntos de magos, de repente aparece Marcello Mastroianni ataviado de Mandrake. El actor había entrado una vez, de forma magistral, en la piel del director italiano en "8½", película en la que el personaje aparecía deprimido y asustado: realizar una película puede ser una tarea titánica, un enigma para el que es muy complicado encontrar una solución perfecta: el artista sufre. Ahora no. Ahora toca mirar al cine con la alegría de vivir con la que el cineasta ha llenado su filmografía y para ello nada mejor que redescubrir a Anita Ekberg, tantos años después, y dejar que la música de Nino Rota nos devuelva a los años de "La Dolce Vita". Todos son más viejos, la carne perdió su esplendor, pero la imagen del celuloide es intemporal.
Casi al final, los cineastas son asaltados por una tribu de indios armados con antenas de televisión, metáfora de los peligros que amenazan al cine. El paciente, aunque grave, de momento aguanta, dottore.
El director sale a escena y con él se lleva a toda su troupe, el gran circo del cine, convirtiendo su penúltima película en un nítido homenaje a medio siglo de carrera y a todos los que le han acompañado y, al fin y al cabo, le han convertido en un mito cinematográfico, en un autor eterno. Pero entre los nombres de los créditos de sus películas hay uno que destaca siempre: Cinecittá. Así, la meca del cine italiano es otro más de los protagonistas de esta historia: los estudios son un mundo alternativo, otra dimensión de la existencia en la que todo puede suceder y cualquier fantasía se puede realizar: fábricas de sueños.
Uno de los puntales de la obra de Fellini ha sido la memoria, los recuerdos, rememorados de una forma a la vez personal y universal: cualquier espectador contemplará alguno ante el que esbozar una sonrisa: identificación con el pasado de otros. Durante la cinta se desgranan unos cuantos, entre la realidad y la ficción, pues muchas veces recuerdos ajenos se toman como propios o la mente tiende a idealizar de forma exponencial al tiempo transcurrido: el primer viaje en tranvía a Cinecittá, el primer encuentro con una diva, su primera entrada a un set de rodaje. El cine muestra sus trucos, sus ilusiones: la mirada deslumbrada. Y ya que los trucos son asuntos de magos, de repente aparece Marcello Mastroianni ataviado de Mandrake. El actor había entrado una vez, de forma magistral, en la piel del director italiano en "8½", película en la que el personaje aparecía deprimido y asustado: realizar una película puede ser una tarea titánica, un enigma para el que es muy complicado encontrar una solución perfecta: el artista sufre. Ahora no. Ahora toca mirar al cine con la alegría de vivir con la que el cineasta ha llenado su filmografía y para ello nada mejor que redescubrir a Anita Ekberg, tantos años después, y dejar que la música de Nino Rota nos devuelva a los años de "La Dolce Vita". Todos son más viejos, la carne perdió su esplendor, pero la imagen del celuloide es intemporal.
Casi al final, los cineastas son asaltados por una tribu de indios armados con antenas de televisión, metáfora de los peligros que amenazan al cine. El paciente, aunque grave, de momento aguanta, dottore.
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