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miércoles, agosto 12, 2020

"Sonrisas de una noche de verano", de Ingmar Bergman

No hace mucho que terminé de leer la autobiografía de Woody Allen, ese famoso libro publicado este año y que lleva por título "A propósito de nada". Famoso y esperado, ya que debía ser la ocasión propicia para que el director neoyorquino contara su parte de la historia: la versión personal de las amargas vicisitudes sentimentales que estallaron a partir de su ruptura con la actriz (y gran actriz, por cierto) Mia Farrow, después de que esta tuviera conocimiento de que su novio mantenía relaciones amatorias con su hija adoptiva: no, no la hija adoptiva de Allen, la hija adoptiva de Farrow: para enterarse bien del asunto Woody Allen le dedica al tema aproximadamente la quinta parte del libro, aportando suficiente claridad al espinoso asunto como para dejar claro que se trata de un caso cerrado. Años oscuros de linchamientos mediáticos e indefesión internauta vivimos, me temo. Pero seguro que habrá quien sostenga lo contrario, quien proponga que las autopistas de la información son sendas justicieras y que llegó la hora del castigo del impune. Años oscuros y además ingenuos.
En particular del libro me interesa más el camino artístico del que para mí es uno de los grandes genios vivos del Séptimo Arte y, en ese sentido, en cuanto a descubrir decisiones, inquietudes, intereses, influencias, en cuanto a desgranar los porqués y los cómos, el libro resulta sensacional: Woody al desnudo: gran Woody. Casualmente, la primera película en la que contó con Mia Farrow fue "La comedia sexual de una noche de verano", del año 1982, y no podrá negar el cineasta de Brooklyn que esa cinta guarda gran parecido argumental con la que encabeza esta entrada, "Sonrisas de una noche de verano" de Ingmar Bergman. Allen se fue a rodar al campo: Siempre había querido hacer una película que rindiera homenaje a los placeres y la belleza del campo. No me pregutéis por qué. Yo odiaba el campo. Pero la idea de combinar magia y música de Mendelssohn me resultaba atractiva. Puede que sí, que odiara el campo, pero no cabe duda de que amaba el cine de Bergman.
Ambas películas son comedias, las dos presentan a parejas de personajes acomodados, de época victoriana, y emplean un fin de semana campestre, para, apoyándose en la pasión de las cálidas noches estivales, desemparejar y emparejar de nuevo, mezclar la baraja y extraer del mazo nuevas combinaciones que parecen más acertadas, más románticas, más de "amor verdadero", que dírian el pirata Roberts y la princesa Buttercup. Allen echará mano del realismo mágico para conjugar sus arcanos mientras que Bergman, maestro insuperable del cine pero que a la comedia se dedicó poco, no podrá disimular su dominio del retrato de emociones profundas del ser humano, ofreciendo en su película un abanico irrepetible de situaciones afectivas: del platonismo más inconfesable hasta los amores más abiertos e irrefrenables: polvos de amos y de criados, arriba y abajo, no hay clases sociales si la líbido aprieta, y todos felices mientras el estado químico del enamoramiento irracional aparte cualquier borrasca del horizonte. "Maridos y mujeres" es la última película que Mia y yo hicimos juntos, sentencia Woody. La última, sí. Y no creo que la vuelva a contratar.

jueves, octubre 31, 2013

"El rostro", de Ingmar Bergman


¿Qué siento? Miedo y bienestar. 
Ahora la muerte ha alcanzado mis manos, 
mis brazos, mis pies, mi vientre. 
Ahora ya no veo nada. Estoy muerto. 
Quiere saberlo, lo sé. 
La muerte es...

Además del cine, el teatro fue otra actividad escénica en la que el sueco Ingmar Bergman desarrolló su carrera de autor, incluso se le puede considerar director teatral en mayor medida que cinematográfico. En muchas de sus películas es patente esa condición, detectándose sin ninguna duda la influencia que tiene en el celuloide su vocación por las tablas. "El rostro" es una de las cintas en las que ese influjo del teatro se percibe de forma más poderosa, tanto por la puesta en escena como por la historia desarrollada, una trama que, si trascurriera en España y por la época de la acción, se podría clasificar de valleinclanesca.

El buhonero, el curandero, el cómico, el ilusionista. Personajes itinerantes que trasportaban lo novedoso (Melquiades y el hielo) y el carácter cosmopolita a zonas apartadas donde no llegaban noticias con regularidad y arraigaba la aculturación ciega de las superstición y el miedo. Ese carácter vagabundo e indigente convertía al viajero en un bulto sospechoso: el extraño, el ajeno indigno de confianza, forastero listillo dispuesto a aprovecharse del ignorante local, mucho menos viajado y falto de un buen espabile. La troupe del mago Vogler (Max von Sydow, cara habitual del cine de Bergman rodeado de otro montón de caras habituales: Ingrid Thulin, Gunnar Björnstrand, Bengt Ekerot, Naima Wifstrand, etc.) recorre el norte de Europa maravillando multitudes. Linternas mágicas, encantamientos, ungüentos, filtros amorosos, levitación, escapismo: óptica, medicina natural, magnetismo, electricidad, hipnosis. El Siglo de las Luces impulsó el desarrollo científico occidental alumbrando con la razón todos los aspectos de la existencia humana, aquellos que habían sido sepultados en penumbra por la cerradura firme del dogma religioso. Que el común de la población considerara como mago al hombre de ciencia capaz de manipular las leyes de la física, sería una consecuencia lógica: la caverna y sus sombras. Que pensaran que era un brujo en negocios con el diablo, suponía una propuesta infinitamente peor.

Bergman plantea en la figura de Vogler una faceta poliédrica: o charlatán, o sabio, o nigromante. El ambiente tétrico y oscuro de "El rostro" acentúa el enigma, al apoyarse la escenografía en una atmósfera de película de misterio, de novela gótica, de leyenda de Becquer: el ala negra del cuervo de Poe parece sobrevolar los fotogramas, y los cadáveres, más aún si son resucitados, ajustarán cuentas con los escépticos y los descreídos. Cae el telón y se desmoronan los trampantojos. La muerte seguirá siendo el único arcano indescifrable.


viernes, mayo 31, 2013

"Un verano con Mónica", de Ingmar Bergman

En un acantilado colgado sobre el mar Báltico, iluminado por la brumosa luz crepuscular del norte, el caballero y la muerte juegan al ajedrez. Sin prisas, demorando tácitamente el instante definitivo, el caballero se cuestiona su vida dialogando con su oponente. Saber si sus días, su camino, marcado por el fanatismo bélico y sanguinario de las Cruzadas han servido en realidad a una causa verdadera o a un mito sin fundamento: la fe como excusa vital: la duda metafísica, religiosa, puntal del cine de Bergman, se retrata magistralmente en "El Séptimo Sello".

"Un verano con Mónica", dos fugitivos en el Paraíso de la naturaleza huyendo del Infierno de la ciudad, sensualidad y pasión en un entorno costero tan desnudo como hermoso: dos jóvenes que no necesitan nada más que el amor mutuo: dos expulsados tras el robo de la fruta prohibida, en un paralelismo bíblico innegable. La pregunta que tiene que dilucidar el joven Harry (Lars Ekborg) es si aquel verano en que abandonó todo por Mónica (Harriet Andersson) para ser más tarde abandonado él mismo, mereció o no la pena (Mónica mira hacía la cámara acercándose hasta el primer plano: no me juzgues, no me importa: "Monika, the story of a bad girl" fue el título elegido en Estados Unidos, un título tan escandaloso como trivializante, que invita al espectador a confundir las intenciones de la historia). Saber si aquel tiempo dulce como un sueño y del que despertó para caer en una pesadilla, será capaz por sí solo de justificar una existencia que se aventura gris y desesperada. Y la respuesta es que sí, que es mucho peor no haber amado.
Obra maestra.

Cherchez la femme.


lunes, abril 26, 2010

"Fresas salvajes", de Ingmar Bergman

El espacio de un sueño mil veces transitado: las calles de la infancia. Aunque la ciudad natal haya cambiado tanto y el barrio (Garrido) no sea ni la sombra de lo que fue, la cartografía de los sueños suele parecerse al callejero de la niñez en vez de a la versión actual. El camino de la escuela grabado a fuego en el subconsciente: los parques, los descampados, los quioscos, las vías del tren, las escombreras: barrizales en otoño y sol implacable en verano: escolopendras y lagartijas en botes de cristal: rodillas siempre desconchadas, ojos siempre atentos, para una generación en la que la calle era el campo de juego. Sí, la infancia es la patria a la que retornas mientras duermes.
Un eminente doctor sueco, ya anciano, experimenta vívidamente los primeros veranos de su existencia el mismo día que va a recibir los honores máximos de su profesión. El viaje en coche de Estocolmo a Lund, donde se celebra el acto, será un viaje a los orígenes: entre ensoñaciones, recuerdos y charlas con sus compañeros de viaje, se produce el retorno onírico a la última época de pureza: las fresas salvajes son las vacaciones familiares en plena naturaleza, idílicas y despreocupadas, pero también son símbolo de la perdida de la inocencia. El fin de la niñez marca el inicio de una existencia rígida de raíz luterana, de dedicación incansable al trabajo y de la ausencia de cualquier sentimentalismo, asfixiado sin piedad, una herencia enferma transmitida de padres a hijos. Soledad y egoísmo. Quizá no haya merecido la pena, quizá la vida era otra cosa.
El sueño del principio de la película: los relojes no tienen manecillas y tu propio cadáver se aferra a tu brazo con la desesperación de los ahogados. El tiempo se acaba. Carpe diem.