En un programa de "La edad de oro", el mítico espacio musical presentado por Paloma Chamorro en los años ochenta, entrevistaban a Nazario, a la sazón famoso dibujante que publicaba su obra, de bizarro contenido erótico homosexual, en la revista "El Víbora", y le preguntaban por un tal Ocaña que había muerto recientemente (es el año 1983) y que había sido íntimo amigo del entrevistado. A la pregunta le siguieron unas imágenes de la película de Ventura Pons, rodada cinco años antes de la muerte de Ocaña, en el apogeo de su popularidad. ¿Quién era el tal Ocaña, que hasta tenía película propia?Se presenta como teatrero para ocultar el apelativo de travestí, que le molesta bastante, pero parece que es el de pintor el calificativo que prefiere: de brocha gorda para pagar las facturas, y de pincel fino para llenar lienzos olvidados con sus representaciones naíf de vírgenes y santos, de batas de cola y de siluetas andaluzas de su Cantillana natal. La infancia es la patria de nuestras obsesiones.
Debió ser un personaje muy conocido en la Barcelona de la época, esa Barcelona preolímpica (los barrios chinos desaparecieron en las ciudades a la misma velocidad que subió el precio del metro cuadrado del centro) que yo no he visitado nunca pero que intuyo en las descripciones (fascinación de lumpen canallesco) que le dedicaba en su tiempo Manuel Vázquez Montalbán, el propio Ventura Pons o las imágenes de dibujantes/ilustradores como el mencionado Nazario, Cessepe, Mariscal, Boada, Ivá o Gallardo (underground: argot, sexo y violencia de cómic de autor: ansias de romper el orden: libertad de expresión al servicio del artista). Esas Ramblas barcelonesas que muchos nombran con melancolía, escaparate idóneo para personalidades provocadoras como las de Ocaña, que las recorría montando el número a conciencia, vestido de mujer como una drag queen prototípica que haya saqueado el armario de su abuela, cantando coplas o saetas y enseñando el culo o lo que hiciera falta al caminar: me encontré con la negra flor. De la Ley de Vagos y Maleantes a la de Peligrosidad Social. No eran buenos tiempos para salir del armario: pasear el orgullo gay era una práctica de riesgo, más aún si lo hacías a grito pelado. "¡Somos libertatarias! (sic)", proclaman tres lolas locazas encaramadas al escenario de la fiesta de la CNT: suspiros de anarquía.
La primera película de Ventura Pons es un retrato de un personaje que destila, a la par, libertad y amargura y de una época en la que se quería salir a la calle a quitarse el luto (a disfrazarse en busca del heterónimo prohibido y luego a desnudarse para mostrar la verdad: provocar era eso: el cabaret en plena calle) después de tantos años de funeral forzoso. Y algunos lo hacían. ¿Por qué? Porque ya podían. Porque les daba la gana.
Burned to death, leo en un entre paréntesis que acompaña la fecha de la temprana muerte de José Pérez Ocaña en su entrada de imdb. Ya no quiero saber más.