La primera vez que vi a Willem Dafoe en una pantalla debió ser en una película considerada ahora de culto, al menos de mi culto particular: aquella épica fábula de Rock&Roll titulada "Calles de fuego" y que estaba dirigida por uno de los grandes directores de westerns modernos, Walter Hill: Nowhere, fast. El año era 1984 y la interpretación de Dafoe del villano rocker Raven Shaddock seguro que no era de las que dejaba indiferente: un loco peligroso, no cabía duda, un maniático de su profesión dispuesto a tatuar fotogramas con sus actuaciones. Poco después Oliver Stone lo lanzó a la fama mundial al concederle el papel del buen sargento Elías de "Platoon", otra película generacional, y aquel personaje parecía anticipar que muchas de sus mejores actuaciones exigirían una inmolación final: hacer el cristo sin necesitar anillas.
Puede presumir este actor estadounidense de atesorar una carrera íntegra en la que ha defendido con notoriedad los trabajos que tocara abordar, ya fueran tareas mercenarias de cine palomitero o encargos que precisaran de una mayor enjundia artística. Y si una de sus encarnaciones más aclamada fue la de Jesús de Nazareth para "La última tentación de Cristo" de Martin Scorsese, ahora toca otro dios, un dios del arte, otro incomprendido de su tiempo que tuvo morir para alcanzar un aura de grandeza inmortal y atravesar esa puerta de la eternidad, la del reconocimiento mundano, una travesía que no está al alcance de cualquiera. Pasados los sesenta Willem Dafoe interpreta a un pintor que falleció con treinta y siete, pero la elección del protagonista por parte de Julian Schnabel parece acertada: interpretación mesiánica.
En la película Vincent Van Gogh es presentado como un místico, una existencia arrebatada por la dedicación en cuerpo y alma al arte, un eremita del óleo que despide cierto halo de santidad y que considera que tiene la misión trascendente de salvar a la humanidad con sus pinturas. Cinta lisérgica, onírica en muchos aspectos, en la que el lado realista lo aporta otro gran actor, Oscar Isaac como Paul Gauguin, pero que en la mayor parte de su metraje está protagonizada por la cámara: la búsqueda constante del plano extraviado, del desenfoque molesto, del punto de vista inquieto, llegando en algún momento a ser tan excesivo el abuso del recurso, que el alarde técnico se hace pesado: la consciencia de que existe la cámara conduce al espectador fuera de la acción (no sé si se quería hacer patente que Van Gogh tenía problemas en la vista, como cataratas u otro mal parecido, pero eso solo da pie a la teoría absurda de la genialidad como defecto de fábrica, como si la capacidad de poseer una mirada alternativa sobre la realidad la pudiera conceder únicamente una tara física).
Aún así esta obra quedará instalada en el anaquel de las mejores películas sobre el mundo de la pintura y, sobre todo, del Arte como dedicación absoluta, como manifestación de una voluntad creadora indomable que es capaz de dictar una vida y justificarla aunque durante esa existencia no se haya sido capaz de vender ni un cuadro: la eternidad es una cualidad ajena, concedida por otros, y bastante tiene uno con afrontar el reloj cotidiano como para tener que preocuparse además de que el nombre propio supere la última frontera de la lápida del cementerio.
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domingo, abril 14, 2019
jueves, junio 03, 2010
"La escafandra y la mariposa", de Julian Schnabel
Como no podía ser de otra manera, esta película recuerda mucho a "Johnny cogió su fusil", la obra maestra (y la única que dirigió: fue guionista de muchísimas y también fue una famosa víctima de la caza de brujas del macarthismo, uno de los diez de Hollywood) de Dalton Trumbo. Pero si aquella era todo claustrofobia, desasosiego y desesperación, una de las películas más aterradoras que haya visto nunca, esta otra destaca por su luminosidad y por su hálito de esperanza.Síndrome del cautivo. Julian Schnabel ya había dirigido la historia de otro cautivo, el poeta cubano Reinaldo Arenas en "Antes que anochezca", la primera vez que Javier Bardem rozó el Oscar. Para "La escafandra y la mariposa" también utiliza una historia real, la de Jean-Dominique Bauby, redactor jefe de la revista "Elle" cuyo cuerpo queda completamente paralizado después de sufrir un infarto: guiñar el ojo izquierdo una vez para decir sí, dos veces para decir no: webcam valiosa para un insólito ordenador orgánico de 70 kg inútiles: el ser humano reducido a un cerebro en plenitud que oye y que ve: exilio interior. Los guiños disparados al abecedario recitado por una paciente anotadora lograrán terminar un libro, testimonio de los pensamientos íntimos, cartas desde la cárcel más penosa: la condena más dura.
Al principio de la cinta el director coloca al observador en la misma celda que habita el enfermo: el ojo es cámara de rodaje. De este modo el espectador dotado para la empatía podrá experimentar intensamente la penosa angustia del pobre protagonista (el zurcido del ojo derecho para que no se ulcere es...). Pero si otras películas que han tocado temas similares han derivado hacia la eutanasia como única forma de liberación ("Mar adentro" de Alejandro Amenábar, "Million dollar baby" de Clint Eastwood), la película de Schnabel consigue un tono optimista: la redención por el sentido del humor, por una memoria llena de recuerdos bellos, por la capacidad de fabular con las cosas cotidianas y construir relatos que terminen bien. A ese tono contribuye rodear al paciente de guapas enfermeras (la película tiene muchos primeros planos entre ellos el de Emmanuelle Seigner, señora de Polanski, haciendo de mujer de Jean-Do y el de Elvis Polanski, hijo del mismo, haciendo de Jean-Do de pequeño: curiosidad), un sanatorio al borde del mar, un ejercito de profesionales dispuestos a alimentar, lavar, mover, mimar. Alguna pequeña ofensa como cambiarle el canal de la televisión cuando está viendo un partido, el desdén hacia el vegetal plantado entre las sabanas cuando un técnico llega a instalar un teléfono sin altavoz o domingos de soledad cuando hay menos actividad en el sanatorio.
Familias que cuidan durante décadas, 7 x 24, en sus pequeñas viviendas sin ascensor, a pacientes tetrapléjicos o en coma: a esas otras historias es más complicado sacarles tanto lustre.
Buena película: amable sería un adjetivo acertado. Y nada lacrimógena: ¡anda que no se lloraba con la de Amenábar o la de Eastwood! ¡ríos corrían por la platea!
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