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miércoles, octubre 04, 2017

"American Graffiti", de George Lucas

La primera vez que vi esta película, en algún VHS de videoclub, yo era un joven inmortal. Entonces me pareció una comedia gamberra más, de esas en las que John Belushi ("Desmadre a la americana" o "The Blues Brothers", ambas de John Landis), por ejemplo, arremetía como el maestro de ceremonias descontrolado de la bacanal desaforada que, en la ficción y en la realidad, le llevó a la tumba: la noche, la fiesta: la locura adolescente pugnando por no ser atrapada en un uniforme, en un traje con corbata, en un manual de usuario. Bebo para que pase algo, sostenía Bukowski.
Cherchez la femme. Richard Dreyfuss, Curt, busca desesperadamente a la rubia que le guiñó un ojo (un acto divino, un milagro para el calenturiento sueño de una noche de verano) mientras que su colega Milner (Paul Le Mat) se encadena a su destino trágico del volante más rápido del valle: una leyenda sin futuro, un campeón de la nada: las batallas perdidas y las ganadas: todo se evaporará al amanecer.
Aquel día, en esa primera visión de la cinta, junto a las risas y el cachondeo que la trama despedía, uno sentía que algo iba mal, que una nube oscura se cernía sobre aquellos fotogramas que retrataban una larga noche de marcha, una de tantas, de las que apurábamos hasta los primeros rayos de sol. La pátina gris de la nostalgia tiznaba el celuloide, nostalgia que, ahora, vista la película tantos años después, es pura melancolía. El fin del verano en un pueblo de California que era el fin del verano en cualquier pueblo español. Y el fin del verano siempre es triste: la constatación terrible de que un territorio que recién se empezaba a dominar, mutaría hacia una incógnita, hacia lo desconocido, hacia algo que puede ser mejor o peor, pero desde el que no habrá posibilidad de retorno.