El nombre de este director filipino, un nombre tan sonoro y recordable, lleva años asomando desde las publicaciones cinematográficas especializadas: un director festivalero, una procedencia exótica, un asiduo de las carteleras de Cannes o de Berlín. Creo que nunca se había distribuido una película suya en España y ahora surgió la oportunidad en los estrenos del fin de semana: la oportunidad que condujo directa a cierta decepción.
El plantel de actores aparece encabezado por Isabelle Huppert (única referencia posible en un reparto de mayoría filipina), lo que supone un buen augurio: no recuerdo una película en la que intervenga ella (y he visto unas cuantas) que no me haya gustado. Isabelle se va a la selva, por el lado donde a Felipe II le seguía calentando el sol, formando parte de un grupo de rehenes secuestrados por unos terroristas islámicos. Los separatistas de Abu Sayyaf, reclaman la soberanía de una parte de ese archipiélago de más de 7000 islas, habitado por cerca de 100 millones de personas. Los conflictos religiosos y la redefinición de fronteras siguen siendo algunas de las excusas preferidas para no cesar de causar muertos por todo el mundo. El secuestro del extranjero, del occidental que parece un millonario cuando viaja a tierras remotas, debe ser una actividad altamente lucrativa, un método expeditivo de recaudar fondos para alimentar la lucha: las balas cuestan caras. En los créditos finales de la película aparecen los nombres de los tres guardaespaldas que han protegido a Mme. Huppert durante el rodaje en Filipinas, así que el tema no debe ser ninguna broma.
La cinta cuenta la historia de ese cautiverio, más de un año vagabundeando por una isla, en constante movimiento, viviendo en condiciones penosas y sufriendo ataques tanto del ejercito, que no tiene muchos miramientos a la hora de disparar sin distinguir entre guerrilleros o rehenes, como de distintas variedades del síndrome de Estocolmo: el roce (aunque sea un roce muy brusco) hace el cariño. Me recordó (vagamente porque hace muchos años que lo leí) "Noticia de un secuestro" de Gabriel García Márquez, seguramente el último gran libro del premio Nobel, pues Colombia es el país del que más hemos oído hablar de este tipo de sucesos, llevados a cabo por narcotraficantes o las guerrillas de las FARC (el famoso secuestro de Íngrid Betancourt que duró más de seis años) o por delincuentes comunes (la reciente experiencia de los españoles Concepción Marlaska y Ángel Sánchez, un ejemplo recurrente de secuestro express). "Cautiva" también se basa en hechos reales, acontecidos en el año 2000, y si el libro de García Márquez denunciaba los chantajes al poder por parte del cartel de Medellín liderado por el tristemente célebre (qué adjetivo tópico) Pablo Escobar, la película de Brillante Mendoza también parece querer denunciar algo: no se sabe si al gobierno filipino o a los secuestradores. Quizás a ambos.
Entre tiroteos y penurias pasan los días de una trama que (dentro de lo kafkiano de esos conflictos) debe ceñirse a lo esperable, a la noticia del telediario, y a pesar de algún intento del director por aportar detalles personales, sobre todo en cuanto a la relación del hombre con la naturaleza, convivencia necesaria y llevada a cabo entre el enfrentamiento y la armonía (hay una penosa escena malograda por mostrar una especie de flamante ave del paraíso ¡generada por ordenador!), la película se queda en convencional. Al renombrado Brillante Mendoza habrá que buscarle en otra.
martes, julio 30, 2013
sábado, julio 27, 2013
"El ansia", de Tony Scott
Por la senda de hemoglobina bélica y feroz de "Abraham Lincoln: cazador de vampiros", hacia otra historia vampírica, mucho más estilizada y sensual, en esta ocasión: poco tienen que ver una con otra, aparte de la implacable sed de sangre. Tres décadas separan ambas producciones y si "Abraham Lincoln: cazador de vampiros" resulta convencional para la época actual, incluida la transgresión del mito nacional de Lincoln (ya no se respeta nada, es cierto, pero Mel Brooks o Monty Python ya daban abundantes muestras de ello long time ago), "El ansia" (1983) resultó más impactante en su día, tanto como incomprendida: fracaso en taquilla y rechazo de la crítica. A principios de los años ochenta el noir se vuelve blue. Las películas se llenan de atmósferas oníricas ambientadas en grandes estancias atravesadas por largas cortinas blancas mecidas por el viento, en penumbras azuladas espantadas por el vuelo intruso de unas cuantas palomas urbanas, mientras llueve en la calle iluminada de neón y una tenue música electrónica se inserta suavemente en la acción. Cuero negro y gafas de sol para apagar las estrellas de la noche. Ridley Scott, Michael Mann, Adrian Lyne, Alan Parker. La estética cinematográfica que se establece en aquella década para el cine comercial de prestigio es muy reconocible: la new wave lo invade todo: la música, la publicidad, la imagen. Nuevos románticos engullidos por la máquina del tiempo.
Catherine Deneuve, David Bowie y Susan Sarandon. El erotismo que desprende este ménage à trois vampírico es incuestionable, arrebatador, más aún, claro, cuando la ambigüedad de Ziggy Stardust desaparece de escena y las dos actrices, que nunca se han distinguido por su pudor frente a la cámara, prenden fuego a los fotogramas con tanta pasión como elegancia. La vampira Miriam (Catherine Deneuve) busca compañía para mitigar su soledad milenaria. Compañía a cualquier precio, amistad a la fuerza, el amor a las cadenas para una relación de sumisión absoluta: el ansia y la opción de aplacarlo establecen una alegoría directa con los años de la eclosión del SIDA y la adicción a la heroína dominando las calles. El vampiro es un drogadicto y Sarah (Susan Sarandon) escenifica a la perfección el mono del dependiente, el terror compulsivo de la abstinencia. El drogadicto es un esclavo. Miriam y Sarah: Lakmé y Mallika: Catherine Deneuve toca al piano el pasaje del "Dúo de las flores" de la ópera "Lakmé" de Leo Delibes (Tony Scott volvería a utilizar esa melodía, esa canción, en otra escena inolvidable: el duelo verbal entre Dennis Hopper y Christopher Walken en "Amor a quemarropa") y ese momento de sensualidad contenida es suficiente aval para disfrutar de la primera película de Tony Scott, fallecido recientemente, un director que, aunque irregular en los recursos que ponía en escena ("El ansia" tiene un final..., eso, irregular), solía contar con buenos repartos y no tenía por costumbre aburrir al espectador con sus películas. No es poca cosa.
Catherine Deneuve, David Bowie y Susan Sarandon. El erotismo que desprende este ménage à trois vampírico es incuestionable, arrebatador, más aún, claro, cuando la ambigüedad de Ziggy Stardust desaparece de escena y las dos actrices, que nunca se han distinguido por su pudor frente a la cámara, prenden fuego a los fotogramas con tanta pasión como elegancia. La vampira Miriam (Catherine Deneuve) busca compañía para mitigar su soledad milenaria. Compañía a cualquier precio, amistad a la fuerza, el amor a las cadenas para una relación de sumisión absoluta: el ansia y la opción de aplacarlo establecen una alegoría directa con los años de la eclosión del SIDA y la adicción a la heroína dominando las calles. El vampiro es un drogadicto y Sarah (Susan Sarandon) escenifica a la perfección el mono del dependiente, el terror compulsivo de la abstinencia. El drogadicto es un esclavo. Miriam y Sarah: Lakmé y Mallika: Catherine Deneuve toca al piano el pasaje del "Dúo de las flores" de la ópera "Lakmé" de Leo Delibes (Tony Scott volvería a utilizar esa melodía, esa canción, en otra escena inolvidable: el duelo verbal entre Dennis Hopper y Christopher Walken en "Amor a quemarropa") y ese momento de sensualidad contenida es suficiente aval para disfrutar de la primera película de Tony Scott, fallecido recientemente, un director que, aunque irregular en los recursos que ponía en escena ("El ansia" tiene un final..., eso, irregular), solía contar con buenos repartos y no tenía por costumbre aburrir al espectador con sus películas. No es poca cosa.
viernes, julio 26, 2013
"Abraham Lincoln: cazador de vampiros", de Timur Bekmambetov
Pues lo que anuncia el título, ni más ni menos: el insigne mandatario, ejemplo inigualable para generaciones venideras, es en realidad un shaolin del hachazo bañado en plata. Cuando escribí sobre "Lincoln", de Steven Spielberg, y "La conspiración", de Robert Redford, películas grandilocuentes (¿qué querrá decir grandilocuente?) y panegíricas (eso sí sé lo que quiere decir: algo sobre el proceso de amasado en la industria panificadora postmoderna) como pocas en cuanto a ensalzar la figura del occiso presidente de Estados Unidos, intuí la posibilidad de que "Abraham Lincoln: cazador de vampiros" fuera el vistazo certero y necesario a la cara oculta de tanta bondad y virtud: no hay yin sin yang.
Y la película no ha decepcionado en absoluto: expresa de modo claro y contundente las verdaderas motivaciones del antiguo presidente, ese liberador de una raza que pasó siglos oprimida por otra: la codicia sin límites de unos monstruos sedientos de sangre, de sanguijuelas humanas que, al parecer, no se extinguieron durante los feroces combates de la Guerra Civil estadounidense. La película no decepciona porque es completamente honesta: enseña lo que pone en el cartel, y el que la vea esperando otra cosa, el que no piense que se mete en un mashup cinematográfico sin prejuicios de ningún tipo, se perderá una película de acción (llamar terror a lo que muestra esta cinta no viene a cuento) estupendamente realizada (combates que recuerdan a "Matrix" de los hermanos Wachowski o a "300" de Zack Snyder) y con la feria del efecto especial generado por ordenador funcionando a todo trapo (excepto en la nariz postiza que le han colocado al protagonista: el empaste se ve a la legua). Sí, Lincoln era eso. No tengo duda alguna.
Y la película no ha decepcionado en absoluto: expresa de modo claro y contundente las verdaderas motivaciones del antiguo presidente, ese liberador de una raza que pasó siglos oprimida por otra: la codicia sin límites de unos monstruos sedientos de sangre, de sanguijuelas humanas que, al parecer, no se extinguieron durante los feroces combates de la Guerra Civil estadounidense. La película no decepciona porque es completamente honesta: enseña lo que pone en el cartel, y el que la vea esperando otra cosa, el que no piense que se mete en un mashup cinematográfico sin prejuicios de ningún tipo, se perderá una película de acción (llamar terror a lo que muestra esta cinta no viene a cuento) estupendamente realizada (combates que recuerdan a "Matrix" de los hermanos Wachowski o a "300" de Zack Snyder) y con la feria del efecto especial generado por ordenador funcionando a todo trapo (excepto en la nariz postiza que le han colocado al protagonista: el empaste se ve a la legua). Sí, Lincoln era eso. No tengo duda alguna.
domingo, julio 14, 2013
"El hipnotista", de Lasse Hallström
Estocolmo, la capital europea más peligrosa (¿dónde quedó el símbolo del estado del bienestar?), un lugar emponzoñado de sangre y violencia, un arrabal de criminalidad a la altura del Poisonville de Dashiell Hammett o el Sin City de Frank Miller. O así se puede pensar si se hace caso a la tramas que el boom de literatura nórdica, género negro venido del frío, ha arrojado a las estanterías más inquietantes de las librerías que aún están por cerrar, un maná literario (los editores y los libreros defienden el best seller como el salvavidas económico que les permite dar salida a los títulos que realmente merecen la pena) iniciado por el éxito tremendo de "Los hombres que no amaban a las mujeres" de Stieg Larsson y a cuya estela se han unido multitud de apellidos escandinavos. Aparte del título mencionado de Larsson, una lectura disfrutada, apenas me he adentrado en otras páginas del aluvión norteño. Se detecta cierta tendencia a introducir personajes superdotados y a mí en lo criminal me gusta el estilo hard boiled: inspectores que tienen que patearse muchas calles y apretar muchas tuercas (qué eufemismo) para solucionar sus casos. Muchas veces ni eso. James Ellroy, Jim Thompson, Raymond Chandler o Ian Rankin, encabezarían ese lista implacable.
"El hipnotista", adaptación de la novela de Lars Kepler, ya nos avanza en el cartel de dónde va a salir el Deus ex Machina que engrase el engranaje judicial. No me resisto a comparar "El hipnotista" con una serie de televisión, otra intriga criminal, también localizada al norte, en Copenhague, "Forbrydelsen", de Søren Sveistrup. ¿Será verdad que el mejor cine de género actual es el que se hace para televisión? Porque es cine, igual, sí, con la ventaja de que desarrollar una historia para la caja tonta no se circunscribe a la duración de un metraje convencional, sino que se puede alargar lo que se crea necesario (siempre y cuando el público responda y la audiencia cubra las expectativas comerciales de las cadenas) y además a las televisiones en los últimos años parece que se les han caído de los ojos las vendas de la censura y la mojigatería. La primera temporada de "Forbrydelsen" (se ha hecho una versión para la televisión estadounidense llamada "The Killing", que no he visto) podría convertirse en una película de una docena de horas y aún así no soltaría al espectador hasta el final: la detective Sarah Lund (Sofie Gråbøl) y la penumbra danesa atrapándote sin remedio. ¿Por qué contar en dos horas lo que puedes contar en trece? Sí, los cines también se despueblan porque las series han despertado: la cartelera atrae más en el prime time del canal privado que en la marquesina del cine amenazado de extinción.
La película de Lasse Hallström (de su carrera se pueden destacar "Las normas de la casa de la sidra" o "Atando cabos"), cineasta emigrado tempranamente a Hollywood y retornado a casa para hacer "El hipnotista", resulta bastante convencional, entretenida, con el aliciente de ver paisajes cubiertos de nieve (me vino a la mente "Fargo" de los hermanos Coen) y gente abrigándose mientras aquí padecemos un asfixiante mes de julio. Apetece mucho darse una vuelta por el norte: hay tanto que ver: Ingmar Bergman, Carl Theodor Dreyer, Aki Kaurismaki, Tomas Alfredson, Lars Von Trier, Gabriel Axel, Thomas Vinterberg, Lukas Moodysson, Nicolas Winding Refn. Un largo viaje.
"El hipnotista", adaptación de la novela de Lars Kepler, ya nos avanza en el cartel de dónde va a salir el Deus ex Machina que engrase el engranaje judicial. No me resisto a comparar "El hipnotista" con una serie de televisión, otra intriga criminal, también localizada al norte, en Copenhague, "Forbrydelsen", de Søren Sveistrup. ¿Será verdad que el mejor cine de género actual es el que se hace para televisión? Porque es cine, igual, sí, con la ventaja de que desarrollar una historia para la caja tonta no se circunscribe a la duración de un metraje convencional, sino que se puede alargar lo que se crea necesario (siempre y cuando el público responda y la audiencia cubra las expectativas comerciales de las cadenas) y además a las televisiones en los últimos años parece que se les han caído de los ojos las vendas de la censura y la mojigatería. La primera temporada de "Forbrydelsen" (se ha hecho una versión para la televisión estadounidense llamada "The Killing", que no he visto) podría convertirse en una película de una docena de horas y aún así no soltaría al espectador hasta el final: la detective Sarah Lund (Sofie Gråbøl) y la penumbra danesa atrapándote sin remedio. ¿Por qué contar en dos horas lo que puedes contar en trece? Sí, los cines también se despueblan porque las series han despertado: la cartelera atrae más en el prime time del canal privado que en la marquesina del cine amenazado de extinción.
La película de Lasse Hallström (de su carrera se pueden destacar "Las normas de la casa de la sidra" o "Atando cabos"), cineasta emigrado tempranamente a Hollywood y retornado a casa para hacer "El hipnotista", resulta bastante convencional, entretenida, con el aliciente de ver paisajes cubiertos de nieve (me vino a la mente "Fargo" de los hermanos Coen) y gente abrigándose mientras aquí padecemos un asfixiante mes de julio. Apetece mucho darse una vuelta por el norte: hay tanto que ver: Ingmar Bergman, Carl Theodor Dreyer, Aki Kaurismaki, Tomas Alfredson, Lars Von Trier, Gabriel Axel, Thomas Vinterberg, Lukas Moodysson, Nicolas Winding Refn. Un largo viaje.
domingo, julio 07, 2013
"La mejor oferta", de Giuseppe Tornatore
El cine como refugio, oasis, no sólo por la evasión de la mente, inmersa durante un par de horas en vivencias ajenas, sino con el más prosaico fin de escapar del clima: cualquier excusa es buena para ir al cine, esta asfixiante canícula también. Geoffrey Rush dirigido por Guiseppe Tornatore, dice el cartel, y quizás sea la mejor opción de la cartelera: la mejor oferta, tal cual. En mi caso la balanza se inclina por el actor australiano más que por el director italiano. De Tornatore "Cinema Paradiso", sí, aquella hermosa declaración de amor cinéfilo, nostalgia de espectáculo popular, la magia al alcance de todos. Sin embargo se empleaban unos resortes de conexión sentimental con el espectador excesivamente facílones: tan bella como tramposa. En cuanto a Geoffrey Rush, me ha parecido siempre acertado en sus actuaciones. Desde "Shine" de Scott Hicks, el papel que le dio fama mundial, Oscar de por medio, interpretando a un pianista, genio precoz, obsesionado con la música de Rachmaninov. O cuando mostró la sonrisa borrada, el lado menos divertido del gran Peter Sellers en "Llámame Peter" de Stephen Hopkins, o el éxito reciente de "El discurso del rey" de Tom Hopper. Hasta de pirata fantasmagórico (el capitán Hector Barbossa de la saga "Piratas del Caribe" de Gore Verbinski) está bien este tipo. Toda una garantía, en fin.
"La mejor oferta" construye una relación amorosa dominada por la incapacidad de dos personajes para demoler las barreras que han dispuesto ellos mismos a su alrededor, un caparazón infranqueable al que habrá que echarle mucha paciencia para abrirlo. Rush como Virgin Oldman recuerda a Jack Nicholson en "Mejor... imposible" de James L. Brooks, aquel escritor maniático, Melvin, que configuró el arquetipo cinematográfico de la neurosis. Pero el atildado Oldman tiene una faceta sexual mucho más interesante: el fetichismo de retratos femeninos, obras de arte de todos los tiempos que colecciona compulsivamente. Así, el objeto de su deseo, la joven Claire (Sylvia Hoeks), sería la belleza lánguida de una mujer salida de un cuadro, una madonna renacentista, pálida y distante, el último pedazo de "El jardín de los Finzi-Contini" de Vittorio de Sica: la antigüedad, la decadencia, lo extinto. La pintura toma vida, juntos al fin, un encuentro representado en un ambiente de misterio y decrepitud que contrasta con fuerza con otro de lujo y mediocridad. Vaya, realmente estoy disfrutando esta película.
Si la envoltura que el mundo del arte proporciona a la cinta y a ese amor imposible no fuera suficiente, la trama contiene además una intriga realmente buena, una incertidumbre que se va adueñando del público, que intuye que algo va a pasar, que esta historia esconde una amenaza que se va desentrañando lentamente. Qué será, será. Tornatore (written and directed) opta por una solución tan espectacular como rebuscada, un giro que más que atar cabos conduce al espectador directamente hacia la incredulidad y el desconcierto. Y es una pena. La navaja de Ockham nunca está a mano cuando de verdad hace falta (qué bonita es la sencillez, a veces) y yo para ver espectáculos de trileros prefiero ir los domingos al Rastro. Claro que también habrá a quien le parezca un cierre espléndido. Vean y decidan.
"La mejor oferta" construye una relación amorosa dominada por la incapacidad de dos personajes para demoler las barreras que han dispuesto ellos mismos a su alrededor, un caparazón infranqueable al que habrá que echarle mucha paciencia para abrirlo. Rush como Virgin Oldman recuerda a Jack Nicholson en "Mejor... imposible" de James L. Brooks, aquel escritor maniático, Melvin, que configuró el arquetipo cinematográfico de la neurosis. Pero el atildado Oldman tiene una faceta sexual mucho más interesante: el fetichismo de retratos femeninos, obras de arte de todos los tiempos que colecciona compulsivamente. Así, el objeto de su deseo, la joven Claire (Sylvia Hoeks), sería la belleza lánguida de una mujer salida de un cuadro, una madonna renacentista, pálida y distante, el último pedazo de "El jardín de los Finzi-Contini" de Vittorio de Sica: la antigüedad, la decadencia, lo extinto. La pintura toma vida, juntos al fin, un encuentro representado en un ambiente de misterio y decrepitud que contrasta con fuerza con otro de lujo y mediocridad. Vaya, realmente estoy disfrutando esta película.
Si la envoltura que el mundo del arte proporciona a la cinta y a ese amor imposible no fuera suficiente, la trama contiene además una intriga realmente buena, una incertidumbre que se va adueñando del público, que intuye que algo va a pasar, que esta historia esconde una amenaza que se va desentrañando lentamente. Qué será, será. Tornatore (written and directed) opta por una solución tan espectacular como rebuscada, un giro que más que atar cabos conduce al espectador directamente hacia la incredulidad y el desconcierto. Y es una pena. La navaja de Ockham nunca está a mano cuando de verdad hace falta (qué bonita es la sencillez, a veces) y yo para ver espectáculos de trileros prefiero ir los domingos al Rastro. Claro que también habrá a quien le parezca un cierre espléndido. Vean y decidan.
lunes, julio 01, 2013
Revista. La Caja de Pandora nº 6 "Políticamente incorrecto"
Desde hoy se puede disfrutar (espero) de la lectura de un nuevo número de la revista "La Caja de Pandora". La clave elegida en esta ocasión para dar cohesión temática a las ciento y pico páginas de las que consta el magacín, es lo políticamente incorrecto, un término que en realidad ya ha tenido gran presencia en los anteriores números de la revista. Así pues, encontrar una película que apunte contra la ortodoxia no ha de ser una tarea difícil: cine y cineastas transgresores, un montón, sí, pero es mi intención que el artículo tenga el ánimo de buscar más lo sutil que lo evidente.
Este pequeño Licantropunk contribuye con un escrito sobre la película "Relámpago sobre agua": el rodaje de los últimos días de Nicholas Ray, colocados en la perspectiva cinematográfica de su amigo y colega, el director alemán Wim Wenders. Fotogramas agónicos, dolorosos, desde los que habrá que escapar veloz en busca de la huella del gran Nick Ray, uno de los cineastas más brillantes de Hollywood durante los años cincuenta y en cuya obra, en lo mejor de ella, se encuentra un rotundo espíritu inconformista y crítico con la sociedad de su tiempo.
Para lectura online:
http://issuu.com/cajadepandoramagazine/docs/politicamente_incorrecto
Para descarga:
https://www.dropbox.com/s/ttc8zcrji2iiylb/POLITICAMENTE%20INCORRECTO.pdf
Ojalá les guste.
Este pequeño Licantropunk contribuye con un escrito sobre la película "Relámpago sobre agua": el rodaje de los últimos días de Nicholas Ray, colocados en la perspectiva cinematográfica de su amigo y colega, el director alemán Wim Wenders. Fotogramas agónicos, dolorosos, desde los que habrá que escapar veloz en busca de la huella del gran Nick Ray, uno de los cineastas más brillantes de Hollywood durante los años cincuenta y en cuya obra, en lo mejor de ella, se encuentra un rotundo espíritu inconformista y crítico con la sociedad de su tiempo.
Para lectura online:
http://issuu.com/cajadepandoramagazine/docs/politicamente_incorrecto
Para descarga:
https://www.dropbox.com/s/ttc8zcrji2iiylb/POLITICAMENTE%20INCORRECTO.pdf
Ojalá les guste.
martes, junio 25, 2013
"Searching for Sugar Man", de Malik Bendjelloul
A veces es mejor no saber la verdad. El mito dice que se suicidó encima de un escenario, atormentado por un público inclemente. Qué gran historia, metáfora certera del genio incomprendido. Al parecer no fue así. Quizás sólo fue cuestión de mala suerte: la diosa fortuna pasó de largo: no se encontraron en el camino el momento preciso y el lugar adecuado. ¿Sabes que tu blog está entre los tres más visitados de Antofagasta? Cuando le dedicas una entrada a una película, el DVD de la misma se agota en todas las tiendas y la copia que circule por Internet, tanto la legal como la de costumbre, consume la mayor parte del ancho de banda de las descargas de esos días. Ya, ya, y a los recién nacidos les ponen Licantropunk, ¿no?
Sí, muchas veces mejor no saber, mas nunca dejar de imaginar.
El éxito esquivo se encuentra exiliado, nos relata de modo fantástico "Searching for Sugar Man". Nadie es profeta en su tierra, un aforismo elevado a la enésima potencia, según este documental. Sixto Rodríguez arrojado de improviso a la gloria en un apartado punto del planeta y de ahí, vía Oscar de Hollywood, a la fama mundial. Músico incógnito damnificado por el cine. De Detroit a ninguna parte, de Sudáfrica al cielo.
La búsqueda de la autenticidad, del artista incorrupto, del territorio virgen donde habita el talento. Una misión ardua en estos tiempos en los que hasta Iggy Pop vende gaseosas: el icono desconchado. Una tarea difícil, pero de ningún modo imposible. ¿No es así, Mr. Rodríguez?
Sí, muchas veces mejor no saber, mas nunca dejar de imaginar.
El éxito esquivo se encuentra exiliado, nos relata de modo fantástico "Searching for Sugar Man". Nadie es profeta en su tierra, un aforismo elevado a la enésima potencia, según este documental. Sixto Rodríguez arrojado de improviso a la gloria en un apartado punto del planeta y de ahí, vía Oscar de Hollywood, a la fama mundial. Músico incógnito damnificado por el cine. De Detroit a ninguna parte, de Sudáfrica al cielo.
La búsqueda de la autenticidad, del artista incorrupto, del territorio virgen donde habita el talento. Una misión ardua en estos tiempos en los que hasta Iggy Pop vende gaseosas: el icono desconchado. Una tarea difícil, pero de ningún modo imposible. ¿No es así, Mr. Rodríguez?
miércoles, junio 12, 2013
"Lincoln", de Steven Spielberg, y "La conspiración", de Robert Redford
Acaba la una y empieza la otra (si bien yo vi la de Redford en su día y ahora tiene turno la de Spielberg: el orden de los factores no será trascendental, sin embargo). Muere Abraham Lincoln asesinado de un disparo a bocajarro mientras asistía a una representación teatral (¡vaya!, ya metí un spoiler y encima para las dos cintas) y, acto seguido (sería un buen programa doble), en "La conspiración" se recrea el juicio llevado a cabo contra los magnicidas. Entre ellos una mujer, Mary Surrat (Robyn Wright: la princesa prometida vestida de viuda puritana, pero una mirada lánguida que no envejece), dueña de la pensión donde se gestaba la confabulación y para la que, cuando menos, existe una duda razonable en cuanto a su responsabilidad criminal. Lincoln contra el pueblo o la venganza de estado: muere el príncipe pero Maquiavelo no descansa.
"Lincoln" no es una película biográfica, más allá de presentar un periodo concreto de su presidencia: los tejemanejes políticos para conseguir una mayoría de votos a favor de introducir un cambio en la constitución estadounidense, la enmienda decimotercera que erradique la práctica de la esclavitud en aquel país. El antiesclavismo de Lincoln, un ideal por el que morir y que, a través del sello de Spielberg, se torna una epopeya romántica y por supuesto maniquea, de buenos contra malos. Al principio de la cinta Lincoln conversa con unos soldados. Estos contemplan al altísimo mandatario como a una figura épica, como a una divinidad o a un mesías, incluso recitan de memoria sus discursos como si fueran pasajes bíblicos. Sin duda luchan por Lincoln, encarnación del bien. Sí, el sello Spielberg.
La cinta de Steven Spielberg emana una idea de confianza en las instituciones, en la clase política, el convencimiento de que los sentimientos más elevados prevalecen y resultan finalmente victoriosos, una victoria que, en el caso de "Lincoln", tiene un coste tan elevado, al menos, como la moral de la causa defendida: cuatro años de guerra civil y 600.000 muertos en combate (un millón de victimas en total: hasta la segunda guerra mundial no empezó a haber más muertos entre los civiles que entre los soldados) para sacar de la esclavitud a cuatro millones de personas, como la propia película nos recuerda (fue la lucha del Norte industrial contra el Sur agrícola, una lucha entre dos mundos distintos, entre uno llamado a dominarlo todo, planeta incluido, y otro abocado a la extinción y el olvido). El legado de Lincoln se podría concretar en que hay que minimizar el impacto del sacrificio personal ante el inigualable afán del bien común. Un sacrificio al que no escapó ni el propio Lincoln.
Pero Robert Redford plantea el reverso de la cuestión: una sola muerte injusta es suficiente para echar por tierra cualquier causa loable. La constitución, a partir de la cual se crean las leyes de la nación, es apartada sin miramientos con tal de servir a los intereses del gobierno de turno. Muere Lincoln y le sucede Andrew Johnson, al que en "La conspiración" no se duda en calificar de borracho y que aparece (en realidad no sale) como un títere en manos del secretario de guerra Edwin Stanton ("La conspiración" será alegoría poco disimulada de otra administración moderna, la del presidente George W. Bush y su secretario Donald Rumsfeld). El escarmiento debe ser ejemplar y al Sur hay que derrotarlo hasta en el alma, o sobre todo.
"Lincoln", tan laudatoria como inocente, todavía más al compararla con el thriller legal, torvo, que se presenta en "La conspiración": las cloacas del poder. Dos buenas películas en cualquier caso, repletas de actuaciones convincentes y magníficas recreaciones históricas, y que exponen dos posturas opuestas, el estado protector frente al estado asesino. O muchos tonos de gris entre medias. Para salir de dudas no me va a quedar otra que ver "Abraham Lincoln: cazador de vampiros". Me temo.
La cinta de Steven Spielberg emana una idea de confianza en las instituciones, en la clase política, el convencimiento de que los sentimientos más elevados prevalecen y resultan finalmente victoriosos, una victoria que, en el caso de "Lincoln", tiene un coste tan elevado, al menos, como la moral de la causa defendida: cuatro años de guerra civil y 600.000 muertos en combate (un millón de victimas en total: hasta la segunda guerra mundial no empezó a haber más muertos entre los civiles que entre los soldados) para sacar de la esclavitud a cuatro millones de personas, como la propia película nos recuerda (fue la lucha del Norte industrial contra el Sur agrícola, una lucha entre dos mundos distintos, entre uno llamado a dominarlo todo, planeta incluido, y otro abocado a la extinción y el olvido). El legado de Lincoln se podría concretar en que hay que minimizar el impacto del sacrificio personal ante el inigualable afán del bien común. Un sacrificio al que no escapó ni el propio Lincoln.
"Lincoln", tan laudatoria como inocente, todavía más al compararla con el thriller legal, torvo, que se presenta en "La conspiración": las cloacas del poder. Dos buenas películas en cualquier caso, repletas de actuaciones convincentes y magníficas recreaciones históricas, y que exponen dos posturas opuestas, el estado protector frente al estado asesino. O muchos tonos de gris entre medias. Para salir de dudas no me va a quedar otra que ver "Abraham Lincoln: cazador de vampiros". Me temo.
martes, junio 04, 2013
La Petition.be - THE CULTURAL EXCEPTION IS NON-NEGOTIABLE!
La Petition.be - THE CULTURAL EXCEPTION IS NON-NEGOTIABLE!
¡LA EXCEPCIÓN CULTURAL NO ES NEGOCIABLE!
El 13 de mayo puede convertirse en un importante – y también escandaloso - punto de inflexión en la construcción europea.
Ése fue el día en que la Comisión Europea, bajo la dirección del Comisario Karel de Gucht, decidió pisotear la excepción cultural y adoptar un borrador de mandato de negociación que incluye a los servicios audiovisuales y cinematográficos en las negociaciones comerciales UE-EE.UU. que comienzan este verano.
Están ya olvidadas las apasionadas palabras del Presidente Barroso del año 2005: “en una escala de valores la cultura va antes que la economía”. También lo están las declaraciones de amor al Cine del Presidente Barroso cuando los directores se vieron forzados a defender el Programa MEDIA. ¿Y qué ha sido del eslogan de la Comisión “Europa ama al cine”?
Unos pocos meses antes de que termine su presidencia, no entendemos qué huella quiere dejar el señor Barroso en la historia europea. Hasta el momento, desafortunadamente, predomina la imagen de la renuncia cultural. Parece también que ha olvidado su propia lección de no hace tanto tiempo: “la cultura es la respuesta a la crisis”
Seamos francos: el mandato de negociación propuesto es una renuncia. Es una capitulación y un punto de ruptura.
Hace 20 años, la voluntad común de apoyar la creación y promover su diversidad se forjó aquí en Europa.
La cultura está en el corazón mismo de los ideales de la identidad europea.
Hace 20 años, la excepción cultural irrumpió en la escena internacional, llevando al reconocimiento de un estatus específico para las obras audiovisuales ya que no son bienes como los demás y por lo tanto deben ser excluidos de las negociaciones comerciales.
Hace 20 años, gracias a la excepción cultural que surgió de la batalla de los acuerdos del GATS, a la creación y a la diversidad lingüística se les concedió el derecho a continuar beneficiándose de las reglas dirigidas a protegerlas y apoyarlas.
El resultado es positivo: la diversidad cultural es ahora una realidad en la mayoría de los lugares de toda Europa. Es lo que permite los intercambios y el entendimiento mutuo y es también un vector para el crecimiento y la creación de empleo.
La Europa que nosotros amamos trabajó duro para conseguir que la Convención de la UNESCO sobre la Protección y la Promoción de la Diversidad de las Expresiones Culturales de 2005 se hiciera realidad. La Europa que nosotros amamos ratificó posteriormente esta Convención junto con otros 126 países de todo el mundo. La Europa que nosotros amamos es admirada en todo el mundo porque inició y apoyó esta gran iniciativa.
FIRMA LA PETICIÓN DE CINEASTAS EUROPEOS
¡LA EXCEPCIÓN CULTURAL NO ES NEGOCIABLE!
El 13 de mayo puede convertirse en un importante – y también escandaloso - punto de inflexión en la construcción europea.
Ése fue el día en que la Comisión Europea, bajo la dirección del Comisario Karel de Gucht, decidió pisotear la excepción cultural y adoptar un borrador de mandato de negociación que incluye a los servicios audiovisuales y cinematográficos en las negociaciones comerciales UE-EE.UU. que comienzan este verano.
Están ya olvidadas las apasionadas palabras del Presidente Barroso del año 2005: “en una escala de valores la cultura va antes que la economía”. También lo están las declaraciones de amor al Cine del Presidente Barroso cuando los directores se vieron forzados a defender el Programa MEDIA. ¿Y qué ha sido del eslogan de la Comisión “Europa ama al cine”?
Unos pocos meses antes de que termine su presidencia, no entendemos qué huella quiere dejar el señor Barroso en la historia europea. Hasta el momento, desafortunadamente, predomina la imagen de la renuncia cultural. Parece también que ha olvidado su propia lección de no hace tanto tiempo: “la cultura es la respuesta a la crisis”
Seamos francos: el mandato de negociación propuesto es una renuncia. Es una capitulación y un punto de ruptura.
Hace 20 años, la voluntad común de apoyar la creación y promover su diversidad se forjó aquí en Europa.
La cultura está en el corazón mismo de los ideales de la identidad europea.
Hace 20 años, la excepción cultural irrumpió en la escena internacional, llevando al reconocimiento de un estatus específico para las obras audiovisuales ya que no son bienes como los demás y por lo tanto deben ser excluidos de las negociaciones comerciales.
Hace 20 años, gracias a la excepción cultural que surgió de la batalla de los acuerdos del GATS, a la creación y a la diversidad lingüística se les concedió el derecho a continuar beneficiándose de las reglas dirigidas a protegerlas y apoyarlas.
El resultado es positivo: la diversidad cultural es ahora una realidad en la mayoría de los lugares de toda Europa. Es lo que permite los intercambios y el entendimiento mutuo y es también un vector para el crecimiento y la creación de empleo.
La Europa que nosotros amamos trabajó duro para conseguir que la Convención de la UNESCO sobre la Protección y la Promoción de la Diversidad de las Expresiones Culturales de 2005 se hiciera realidad. La Europa que nosotros amamos ratificó posteriormente esta Convención junto con otros 126 países de todo el mundo. La Europa que nosotros amamos es admirada en todo el mundo porque inició y apoyó esta gran iniciativa.
Con la adopción del mandato de negociación, que reduciría la cultura a nada más que a una mercancía, la Comisión Europea (excepto los tres Comisarios que votaron en contra) ha abandonado su posición a favor de la excepción cultural, yendo de esta manera en contra de sus propios objetivos y de sus previos compromisos, y demostrando una nefasta duplicidad.
Nosotros refutamos esta Europa que está dispuesta a abandonar los principios de la Convención, y en particular el principio de la soberanía cultural de los Estados.
Frente a los Estados Unidos donde la industria del entretenimiento es la segunda mayor fuente de las exportaciones, la liberalización del sector audiovisual y cinematográfico llevará a la destrucción de todo lo que hasta ahora había protegido, promovido y ayudado a desarrollar las culturas europeas. Esta política, junto con la concesión de ventajas fiscales excesivas a los campeones digitales estadounidenses, sorprendentemente parece como un deseo consciente de llevar a la cultura europea al borde del desastre.
Aquellos que, en el nombre de Europa, hayan aceptado esta renuncia serán siempre culpables a los ojos de la historia. La diversidad cultural no debe ser solo una herramienta de negociación. Debe seguir siendo una ambición, una demanda legítima, y un compromiso.
Nosotros refutamos esta Europa que está dispuesta a abandonar los principios de la Convención, y en particular el principio de la soberanía cultural de los Estados.
Frente a los Estados Unidos donde la industria del entretenimiento es la segunda mayor fuente de las exportaciones, la liberalización del sector audiovisual y cinematográfico llevará a la destrucción de todo lo que hasta ahora había protegido, promovido y ayudado a desarrollar las culturas europeas. Esta política, junto con la concesión de ventajas fiscales excesivas a los campeones digitales estadounidenses, sorprendentemente parece como un deseo consciente de llevar a la cultura europea al borde del desastre.
Aquellos que, en el nombre de Europa, hayan aceptado esta renuncia serán siempre culpables a los ojos de la historia. La diversidad cultural no debe ser solo una herramienta de negociación. Debe seguir siendo una ambición, una demanda legítima, y un compromiso.
¡No es demasiado tarde!
Nosotros continuaremos luchando por la capacidad de Europa de escribir su Historia desde la perspectiva de la diversidad de sus pueblos y culturas; y por la capacidad de los ciudadanos europeos de encontrar respuestas complejas y profundas a los retos actuales.
Los firmantes, originarios de todas partes de Europa, hacemos un llamamiento a los Jefes de Estado europeos para que apoyen la exclusión de los servicios audiovisuales y cinematográficos de las negociaciones comerciales UE-EEUU.
Los firmantes, originarios de todas partes de Europa, hacemos un llamamiento a los Jefes de Estado europeos para que apoyen la exclusión de los servicios audiovisuales y cinematográficos de las negociaciones comerciales UE-EEUU.
viernes, mayo 31, 2013
"Un verano con Mónica", de Ingmar Bergman
En un acantilado colgado sobre el mar Báltico, iluminado por la brumosa luz crepuscular del norte, el caballero y la muerte juegan al ajedrez. Sin prisas, demorando tácitamente el instante definitivo, el caballero se cuestiona su vida dialogando con su oponente. Saber si sus días, su camino, marcado por el fanatismo bélico y sanguinario de las Cruzadas han servido en realidad a una causa verdadera o a un mito sin fundamento: la fe como excusa vital: la duda metafísica, religiosa, puntal del cine de Bergman, se retrata magistralmente en "El Séptimo Sello".
"Un verano con Mónica", dos fugitivos en el Paraíso de la naturaleza huyendo del Infierno de la ciudad, sensualidad y pasión en un entorno costero tan desnudo como hermoso: dos jóvenes que no necesitan nada más que el amor mutuo: dos expulsados tras el robo de la fruta prohibida, en un paralelismo bíblico innegable. La pregunta que tiene que dilucidar el joven Harry (Lars Ekborg) es si aquel verano en que abandonó todo por Mónica (Harriet Andersson) para ser más tarde abandonado él mismo, mereció o no la pena (Mónica mira hacía la cámara acercándose hasta el primer plano: no me juzgues, no me importa: "Monika, the story of a bad girl" fue el título elegido en Estados Unidos, un título tan escandaloso como trivializante, que invita al espectador a confundir las intenciones de la historia). Saber si aquel tiempo dulce como un sueño y del que despertó para caer en una pesadilla, será capaz por sí solo de justificar una existencia que se aventura gris y desesperada. Y la respuesta es que sí, que es mucho peor no haber amado.
Obra maestra.
Cherchez la femme.
"Un verano con Mónica", dos fugitivos en el Paraíso de la naturaleza huyendo del Infierno de la ciudad, sensualidad y pasión en un entorno costero tan desnudo como hermoso: dos jóvenes que no necesitan nada más que el amor mutuo: dos expulsados tras el robo de la fruta prohibida, en un paralelismo bíblico innegable. La pregunta que tiene que dilucidar el joven Harry (Lars Ekborg) es si aquel verano en que abandonó todo por Mónica (Harriet Andersson) para ser más tarde abandonado él mismo, mereció o no la pena (Mónica mira hacía la cámara acercándose hasta el primer plano: no me juzgues, no me importa: "Monika, the story of a bad girl" fue el título elegido en Estados Unidos, un título tan escandaloso como trivializante, que invita al espectador a confundir las intenciones de la historia). Saber si aquel tiempo dulce como un sueño y del que despertó para caer en una pesadilla, será capaz por sí solo de justificar una existencia que se aventura gris y desesperada. Y la respuesta es que sí, que es mucho peor no haber amado.
Obra maestra.
Cherchez la femme.
miércoles, mayo 08, 2013
"Sueños de un seductor", de Herbert Ross
¿Quién liga más, Humphrey Bogart o Woody Allen? ¿Qué modelo masculino tiene más posibilidades de salir emparejado de una discoteca, el distante o el gracioso? ¿El canalla castigador o el buenazo vulnerable? Porque ninguno de los dos es un adonis, para qué nos vamos a engañar: Bogart más fotogénico, eso sí, o, al menos, dotado de mejor percha para llevar sombreros y gabardinas además de una oportuna ausencia de dioptrías: gansters contra gafapastas, eterno combate. O no. Rick se despide de Ilsa para siempre, pierde lo que más desea empujándola a tomar un avión, pero ningún espectador duda de su victoria mientras él se aleja en compañía del capitán Louis Renault, a punto de celebrar su recién iniciada amistad. Allan (o Allen) desvanecerá finalmente las diferencias con su contrario, con su anhelo y su inspiración, al darse cuenta de que la estética del perdedor es la que realmente cultivó Bogart en su mítico Café Américain.
Play it again, Sam, tócala otra vez, la frase más famosa de "Casablanca" de Michael Curtiz: la más famosa y la que nunca se pronuncia: play it, Sam, le pide Ingrid Bergman al pianista interpretado por Dooley Wilson, que cantaba estupendamente "As Times Goes By" pero que no sabía tocar el piano: cántala pero no la toques de nuevo, amigo, eso será imposible. Sin embargo la frase play it again, Sam se volvió un ruego de uso popular, hizo fortuna, porque Woody Allen tituló así la obra de teatro en la que se basa la película. Vamos a ver "Casablanca" otra vez, Sam, vamos a verla una y mil veces, again and again, atrapados en la atmósfera de ese celuloide magnético y cautivador: por encima de todo "Sueños de un seductor" es un nítido homenaje cinéfilo. Y hacía mucho que no la veía pero he comprobado que me sigo riendo con ella. Gran Woody.
Diane Keaton inicia en "Sueños de un seductor" su trayectoria cinematográfica junto a Woody Allen, formando una de las parejas más perfectas que se hayan plasmado en fotogramas: química completa. De hecho la actriz ya había realizado el papel de Linda en la obra de teatro, había triunfado en Broadway, y el mismo año en que rodó "Sueños de un seductor" interpretó a Kay, la novia de Michael Corleone, para Francis Ford Coppola en "El Padrino": directa hacia las estrellas. La década de los 70 fue de intenso trabajo junto a Woody Allen, tarea que culminó con el Oscar por "Annie Hall". La última en la que Keaton actuó a las ordenes del director neoyorquino fue "Misterioso asesinato en Manhattan", hace veinte años. Sí, ya llovió desde aquello, pero ambos, cada uno por su lado, siguen rodando y rodando. ¿Qué tal juntarse a hacer otra película y comprobar que los rescoldos aún dan calor? Desde luego que convencer a Mia Farrow iba a ser mucho más complicado.
Play it again, Sam, tócala otra vez, la frase más famosa de "Casablanca" de Michael Curtiz: la más famosa y la que nunca se pronuncia: play it, Sam, le pide Ingrid Bergman al pianista interpretado por Dooley Wilson, que cantaba estupendamente "As Times Goes By" pero que no sabía tocar el piano: cántala pero no la toques de nuevo, amigo, eso será imposible. Sin embargo la frase play it again, Sam se volvió un ruego de uso popular, hizo fortuna, porque Woody Allen tituló así la obra de teatro en la que se basa la película. Vamos a ver "Casablanca" otra vez, Sam, vamos a verla una y mil veces, again and again, atrapados en la atmósfera de ese celuloide magnético y cautivador: por encima de todo "Sueños de un seductor" es un nítido homenaje cinéfilo. Y hacía mucho que no la veía pero he comprobado que me sigo riendo con ella. Gran Woody.
Diane Keaton inicia en "Sueños de un seductor" su trayectoria cinematográfica junto a Woody Allen, formando una de las parejas más perfectas que se hayan plasmado en fotogramas: química completa. De hecho la actriz ya había realizado el papel de Linda en la obra de teatro, había triunfado en Broadway, y el mismo año en que rodó "Sueños de un seductor" interpretó a Kay, la novia de Michael Corleone, para Francis Ford Coppola en "El Padrino": directa hacia las estrellas. La década de los 70 fue de intenso trabajo junto a Woody Allen, tarea que culminó con el Oscar por "Annie Hall". La última en la que Keaton actuó a las ordenes del director neoyorquino fue "Misterioso asesinato en Manhattan", hace veinte años. Sí, ya llovió desde aquello, pero ambos, cada uno por su lado, siguen rodando y rodando. ¿Qué tal juntarse a hacer otra película y comprobar que los rescoldos aún dan calor? Desde luego que convencer a Mia Farrow iba a ser mucho más complicado.
domingo, mayo 05, 2013
"Hasta el fin del mundo", de Wim Wenders
Jeanne Moraeu está ciega y Max Von Sydow intenta combatir esa ceguera mediante una máquina que captura visiones ajenas para poder ser inyectadas en el cerebro de otra persona. Más allá aún, pues una evolución de la máquina permitiría registrar los sueños, rodaje del subconsciente dormido, para poder visualizarlos posteriormente. Pocas veces recordamos lo que soñamos: la fábrica de sueños genera muchas imágenes que se pierden irremediablemente, como esas películas que no se estrenan nunca, enlatadas hasta pudrirse. Ver esa parte prohibida, abrir una carta que no recordábamos haber escrito y que acabó perdida en un cajón, se revela una tarea adictiva para el usuario de la máquina. Ver más, seguir mirando. No es extraño. ¿No son las drogas alucinógenas un hábito irresistible? ¿No lo ha de ser también la alucinación de uno mismo? ¿No es el cine una adicción?
Esa parte de "Hasta el fin de mundo" sería suficiente para salvar una película que resulta prescindible en la mayoría de su metraje (excesivo, además). Una gran producción para los años de la caída del Muro (estrenada en 1991), con vocación internacional, director de prestigio y reparto de estrellas, que mueve la trama por todo el planeta apoyada en la ilusión de libertad de la demolición del sistema comunista soviético, pero que sigue teniendo los mismos temores de destrucción total, representados ahora por un satélite nuclear indio: la bomba no era sólo cosa de dos. Ese recorrido se sitúa en el futuro, en el año 1999, fin de milenio, y la acción pasa por múltiples puntos del globo (15 ciudades de siete países de cuatro continentes) como buscando algo que merezca la pena salvar. Finaliza en mitad del desierto australiano, con los aborígenes y su Tiempo del Sueño: a principios de los noventa el New Age pegaba fuerte. La trama llega, por fin, a Australia, hasta Jeanne Moreau y Max Von Sydow, y también llega el cine y su metáfora vital. Aparece la película que debe ser y se deja atrás toda la morralla intrascendente.
Porque la mezcla de cine negro con la ciencia ficción funciona bastante mal en esta película, sobre todo por tener un guión deslavazado y unas interpretaciones poco convincentes (el detective privado que aparece en ella es el más patético que yo haya visto nunca, aunque tiene un gran acierto, una intuición vidente como pocas: el ordenador para buscar personas: las compras electrónicas, las cámaras CCTV: el detective trabaja sin salir de su despacho en los tiempos que anteceden a Internet). Aún así, la película tiene momentos de gran cine, como el referido al comienzo de esta entrada: película de destellos, como los tenían incluso las peores películas de Nicholas Ray, el director amado por Wim Wenders ("Hasta el fin del mundo" se titula así por las palabras finales de "Rey de reyes" de Nicholas Ray: la relación Ray-Wenders merecerá pronto gran atención por mi parte). Y también posee una buena banda sonora, con la inclusión de temas de muchos de los mejores grupos de la época.
Solveig Dommartin enganchada a sus sueños. En realidad, a una pantalla a pilas que sujeta en su mano y de la que no puede apartar la vista. Eso sí que fue una buena premonición. En la actualidad el pulgar se desliza hacia arriba y hacia abajo por la pantalla del teléfono móvil, desgranando las cuentas de un rosario tecnológico: el chip es el dios único. Reuniones de personas en las que ninguna habla, atareados en recibir mensajes de remotos desconocidos, gilipolleces de menos de un par de frases, cuanto más corta la tontería mejor, encorvados sobre la palma de su mano, mirando al suelo en vez de al que tiene enfrente, que con suerte estará haciendo la misma imbecilidad que su compañero de mesa, porque como intente entablar una charla amigable, la decepción y la incredulidad serán su única compañía. ¿Adictos a qué? A la mediocridad más absurda, a la frase banal.
"París, Texas", "El amigo americano", "El cielo sobre Berlín",...
¡Ojo! Que nadie se meta con Wenders, ¡que no me lo toque nadie!
Entonces no quedará sino batirnos... Liarnos a escopetazos, en fin.
Esa parte de "Hasta el fin de mundo" sería suficiente para salvar una película que resulta prescindible en la mayoría de su metraje (excesivo, además). Una gran producción para los años de la caída del Muro (estrenada en 1991), con vocación internacional, director de prestigio y reparto de estrellas, que mueve la trama por todo el planeta apoyada en la ilusión de libertad de la demolición del sistema comunista soviético, pero que sigue teniendo los mismos temores de destrucción total, representados ahora por un satélite nuclear indio: la bomba no era sólo cosa de dos. Ese recorrido se sitúa en el futuro, en el año 1999, fin de milenio, y la acción pasa por múltiples puntos del globo (15 ciudades de siete países de cuatro continentes) como buscando algo que merezca la pena salvar. Finaliza en mitad del desierto australiano, con los aborígenes y su Tiempo del Sueño: a principios de los noventa el New Age pegaba fuerte. La trama llega, por fin, a Australia, hasta Jeanne Moreau y Max Von Sydow, y también llega el cine y su metáfora vital. Aparece la película que debe ser y se deja atrás toda la morralla intrascendente.
Porque la mezcla de cine negro con la ciencia ficción funciona bastante mal en esta película, sobre todo por tener un guión deslavazado y unas interpretaciones poco convincentes (el detective privado que aparece en ella es el más patético que yo haya visto nunca, aunque tiene un gran acierto, una intuición vidente como pocas: el ordenador para buscar personas: las compras electrónicas, las cámaras CCTV: el detective trabaja sin salir de su despacho en los tiempos que anteceden a Internet). Aún así, la película tiene momentos de gran cine, como el referido al comienzo de esta entrada: película de destellos, como los tenían incluso las peores películas de Nicholas Ray, el director amado por Wim Wenders ("Hasta el fin del mundo" se titula así por las palabras finales de "Rey de reyes" de Nicholas Ray: la relación Ray-Wenders merecerá pronto gran atención por mi parte). Y también posee una buena banda sonora, con la inclusión de temas de muchos de los mejores grupos de la época.
Solveig Dommartin enganchada a sus sueños. En realidad, a una pantalla a pilas que sujeta en su mano y de la que no puede apartar la vista. Eso sí que fue una buena premonición. En la actualidad el pulgar se desliza hacia arriba y hacia abajo por la pantalla del teléfono móvil, desgranando las cuentas de un rosario tecnológico: el chip es el dios único. Reuniones de personas en las que ninguna habla, atareados en recibir mensajes de remotos desconocidos, gilipolleces de menos de un par de frases, cuanto más corta la tontería mejor, encorvados sobre la palma de su mano, mirando al suelo en vez de al que tiene enfrente, que con suerte estará haciendo la misma imbecilidad que su compañero de mesa, porque como intente entablar una charla amigable, la decepción y la incredulidad serán su única compañía. ¿Adictos a qué? A la mediocridad más absurda, a la frase banal.
"París, Texas", "El amigo americano", "El cielo sobre Berlín",...
¡Ojo! Que nadie se meta con Wenders, ¡que no me lo toque nadie!
Entonces no quedará sino batirnos... Liarnos a escopetazos, en fin.
domingo, abril 28, 2013
"La noche americana", de François Truffaut
Eres un actor excelente.
Sé que la vida privada cuenta, pero siempre renquea.
El cine es más bello que la vida, no hay atascos ni tiempos muertos.
Avanza como un tren atravesando la noche.
Hemos nacido para ser felices con nuestro trabajo, haciendo cine.
Confío en ti.
Así le habla Ferrand (François Truffaut) a Alphonse (Jean-Pierre Léaud), dulcemente pero con decisión: el director convenciendo al actor de que la vida real es un paréntesis, de que lo único que cuenta es hacer la película. Más importante que la vida:. Moi, j'aime le cinema. Y pocos ejemplos de la mezcla de vida y cine como el caso de Jean-Pierre Léaud, transposición al celuloide de Truffaut. Porque el director francés es el que era en realidad Antoine Doinel en "Los cuatrocientos golpes" y lo siguió siendo en las películas en las que Léaud volvió a interpretar a Doinel: 20 años entre "Los cuatrocientos golpes" y "El amor en fuga". Confundir ficción y realidad, convertir una cosa en la otra hasta identificarlas, igual que el recurso de la noche americana convierte el día en noche colocando un filtro delante de la cámara.
"La noche americana" es la película de un rodaje. Mostrar el trabajo del rodaje, ni más ni menos, sin pretensiones artísticas más elevadas, apuntando al cine clásico estadounidense más que a la nouvelle vague, y sin caer en la nostalgia ("La noche americana" recuerda a "Intervista" de Federico Fellini, pero François Truffaut acababa de cumplir 40 años cuando rodó su película y aún era pronto para melancolías: hace poco leía a Francisco Machuca distinguiendo con maestría nostalgia de melancolía: la nostalgia implica un deseo de retorno, la melancolía sabe que ese pasado se ha perdido: creo que en Fellini se daban ambas). El rodaje como interrupción de la vida cotidiana para un conjunto de personas que entran en un mundo irreal, absurdo y alternativo como un campamento de verano. Una filmación es un trabajo en equipo donde todos son importantes y nadie es imprescindible: ante cualquier dificultad se improvisa sobre la marcha y si se diera el caso más extremo, si, por ejemplo, uno de los protagonistas fallece (tal cual), se adapta el guión o se filma a un doble de espaldas: la película se termina sí o sí. Aparecen todas las especialidades implicadas en un rodaje, todos los gremios que luego se agruparán en los créditos, esa parte de la proyección de la que nunca hay que levantarse hasta que haya aparecido el último nombre y se encienda la luz de la sala. De todos ellos, los más neuróticos serán los actores, si bien hay que tener en cuenta que su labor es la que más críticas recibe, un juicio del público que no termina nunca, que se renueva cada vez que la película se vuelve a ver por un espectador primerizo, incluso décadas después. Una mala actuación en una película de cine: ni siquiera la muerte apacigua esa condena.
Visión feliz de la profesión del cine, abierta declaración de amor: Truffaut sueña con un niño que se acerca por la noche a la puerta de un cine para robar afiches de "Ciudadano Kane": la esperanza de igualar a los mitos, de acercarse al óptimo, de superación constante. El director recibe un paquete de libros y de él salen portadas con los nombres de Buñuel, Dreyer, Lubitsch, Bergman, Godard, Hitchcock, Rossellini, Hawks, Bresson,... Nunca se verá en una película una proclama de admiración cinéfila tan simple y profunda como ésta. El apellido Truffaut se colocó, con toda justicia, junto al de todos ellos.
domingo, abril 21, 2013
"Contra la pared", de Fatih Akin
Pendiente desde hace años, los ocho que lleva este blog abierto, nada más. Atando cabos sueltos resuelvo una expectativa que no se ha visto defraudada: una de las mejores películas que he contemplado últimamente.
Entre Hamburgo y Estambul se desarrolla esta historia de amor a quemarropa, de personajes desahuciados, autodestructivos, siempre a punto de tirar de la espoleta del final más trágico. Esas dos ciudades representan dos modelos culturales, dos polos situados en extremos opuestos: del movimiento punk a la tradición islámica: del individualismo nihilista y epicúreo, a la familia y sus reglamentos rígidos, tan protectores como excluyentes: la asfixia del hogar paterno frente a la liberación definitiva del concierto de rock. ¿Dónde se desatarán mejor las emociones, la angustia de la intensidad vital de la juventud, si no es en el gran teatro del rock? Escribe Servando Rocha en su imprescindible ensayo sobre el punk titulado "Agotados de esperar el fin" que 'En el caso del estilo punk estamos ante una subcultura que, paralelamente, se transformó casi de manera inmediata en una contracultura (oposición/proposición) al difundir una ética y un modo de hacer las cosas que impugnaba instancias culturales tan elevadas como los conceptos de artista, industria o comunicación. Finalmente, y en gran medida, el estilo punk cuestionó la autoridad, (...)'. Oposición, destrucción y renacimiento.
El punk lo cambió todo y murió el día en que "The Clash" firmó con CBS, como todo el mundo sabe.
Pero punk is not dead!, grita Cahit (Birol Ünel), punki crepuscular, en pleno éxtasis pogo junto a Sibel (Sibel Kekilli), la chica que encarna el deseo feroz de ser punk, redimidos los dos por la energía del rock a todo volumen (la banda sonora de la cinta realiza contrapuntos certeros entre guitarrazos amplificados y el folk turco: la mezcla enriquece). Ay, el punk es un pecado de juventud: la sociedad termina colocándote una corbata o arrojándote al arroyo. O ambas cosas.
¿Tradición o modernidad? Fatih Akin pone en la balanza, en el telón de fondo de esta pasión amorosa, la misma cuestión que expondría más tarde en otra excelente película, "Al otro lado". La respuesta será que el que busca el extremo se termina por despeñar y las buenas intenciones pavimentan el camino del infierno. Pero a mí me ha parecido que la moraleja, como en aquel "Surcos" de José Antonio Nieves Conde, es que el terruño tira mucho.
Entre Hamburgo y Estambul se desarrolla esta historia de amor a quemarropa, de personajes desahuciados, autodestructivos, siempre a punto de tirar de la espoleta del final más trágico. Esas dos ciudades representan dos modelos culturales, dos polos situados en extremos opuestos: del movimiento punk a la tradición islámica: del individualismo nihilista y epicúreo, a la familia y sus reglamentos rígidos, tan protectores como excluyentes: la asfixia del hogar paterno frente a la liberación definitiva del concierto de rock. ¿Dónde se desatarán mejor las emociones, la angustia de la intensidad vital de la juventud, si no es en el gran teatro del rock? Escribe Servando Rocha en su imprescindible ensayo sobre el punk titulado "Agotados de esperar el fin" que 'En el caso del estilo punk estamos ante una subcultura que, paralelamente, se transformó casi de manera inmediata en una contracultura (oposición/proposición) al difundir una ética y un modo de hacer las cosas que impugnaba instancias culturales tan elevadas como los conceptos de artista, industria o comunicación. Finalmente, y en gran medida, el estilo punk cuestionó la autoridad, (...)'. Oposición, destrucción y renacimiento.
El punk lo cambió todo y murió el día en que "The Clash" firmó con CBS, como todo el mundo sabe.
Pero punk is not dead!, grita Cahit (Birol Ünel), punki crepuscular, en pleno éxtasis pogo junto a Sibel (Sibel Kekilli), la chica que encarna el deseo feroz de ser punk, redimidos los dos por la energía del rock a todo volumen (la banda sonora de la cinta realiza contrapuntos certeros entre guitarrazos amplificados y el folk turco: la mezcla enriquece). Ay, el punk es un pecado de juventud: la sociedad termina colocándote una corbata o arrojándote al arroyo. O ambas cosas.
¿Tradición o modernidad? Fatih Akin pone en la balanza, en el telón de fondo de esta pasión amorosa, la misma cuestión que expondría más tarde en otra excelente película, "Al otro lado". La respuesta será que el que busca el extremo se termina por despeñar y las buenas intenciones pavimentan el camino del infierno. Pero a mí me ha parecido que la moraleja, como en aquel "Surcos" de José Antonio Nieves Conde, es que el terruño tira mucho.
sábado, abril 13, 2013
Libro. "El Señor de los Anillos", de J. R. R. Tolkien
Tres Anillos para los Reyes Elfos bajo el cielo...
No, no voy a comentar este libro: ya debería haberlo leído el que no lo haya hecho aún. Y, por supuesto, no basta con haber visto la magnífica trilogía cinematográfica dirigida por Peter Jackson para acercarse a la obra de este genial escritor: la imaginación hay que desbordarla llenándola con las palabras del libro, hasta que se alcance el punto de no saber a ciencia cierta en qué mundo se habita, si en el real o en el fantástico. O mejor aún, que la pregunta no tenga sentido: el tao literario, el lector transportado. Inmersión profunda.
Felicidades, pequeño (ya no tanto) Licantropunk, en tu octavo cumpleaños. Ocho años de blog van y la cifra alcanzada empieza a ser preocupante por amplia. ¿Inmovilismo? ¿Inercia? ¿La fuerza de la costumbre? No lo sé, no me importa, porque, como sucede cuando lees a Tolkien, al escribir también la mente se fuga, evasión buscando palabras como otros buscan setas, y, establecido el paralelismo micológico, si esas setas fueran alucinógenas uno podría pensar que la escritura es una actividad que genera adicción. Será eso. El pensamiento se centra pertinaz en un asunto y ahí quedan luego cuatro lineas mal escritas, que a ver si para otra vez me sale mejor. Para colmo, en ocasiones alguien más las lee y recibes la increíble recompensa de un comentario. Muchas gracias a todos los que han pasado por este rincón, amigos míos.
La persona que sabe todas las fechas me entrega hoy un fantástico regalo, el libro que da nombre a esta entrada en una magnífica edición ilustrada por Alan Lee. Sólo con ver la portada dan ganas de volver a sumergirse. La lectura, eso fijo que es adictivo. Leer no es un pasatiempo, no, es una necesidad.
viernes, abril 05, 2013
"Los últimos días", de Alex Pastor y David Pastor
"They're here, the end times"
Saul Goodman
"Breaking Bad"
Temporada 4, Episodio 12, "End times"
Temporada 4, Episodio 12, "End times"
El astuto abogado de Walter White (Bryan Craston), Saul Goodman (interpretado a la perfección por Bob Odenkirk: uno de los mejores personajes que ofrece la serie: Better call Saul!) anticipaba en su afirmación la certeza antigua de que el tortuoso camino delictivo trazado a lo largo de la serie "Breaking Bad" había llegado a un desgraciado final en aquel capítulo: este asunto no podía terminar bien. Lo mismo debe haber pensado el cine español, ya que en los últimos tiempos parece haberse asomado al cine apocalíptico y de catástrofe global: "Fin" de Jorge Torregrossa o "Extraterrestre" de Nacho Vigalondo" o, en cierta medida, "Lo imposible" de Juan Antonio Bayona, serían ejemplos de esa tendencia.
En "Los últimos días", una distopía futurista ubicada en un posible presente, una plaga asuela la civilización occidental. Ese mal funciona como alegoría de una sociedad aséptica y climatizada, pulida tecnológicamente hasta el mínimo detalle de confort y disponibilidad. Toda actividad se puede realizar cómodamente desde casa: trabajar, hacer la compra, incluso ligar. ¿Para qué salir? Se vive de espaldas a la naturaleza pero esquilmándola con codicia irreparable, desenfrenada: la venganza será terrible: volver a la caverna y dejar que el bosque inunde el asfalto (como sucede en Pripyat, la ciudad abandonada tras el accidente de Chernobyl y que ahora está poblada por animales salvajes de todo tipo, tranquilos ante la ausencia de la peor plaga, el hombre). Sin embargo el retorno a Pachamama no implica alcanzar la condición benigna del buen salvaje. Salvaje y punto: acuciado por la necesidad el amable vecino se vuelve un bárbaro, un animal acorralado dispuesto al asesinato y al robo y que teme constantemente ser presa de otro: ahora sí que vas a a tener stress por algo cierto y no por obsesiones paranoicas. Esa aparición de los peores instintos en situaciones críticas de pandemia ya quedó patente en "A ciegas" de Fernando Meirelles, película con un punto de arranque parecido al de "Los últimos días", o en las terribles "La carretera" de John Hillcoat (si "A ciegas" se basaba en un escrito de José Saramago, "La carretera" lo hacía en uno de Cormac McCarthy: así es difícil hacer un mal guión) y "El tiempo del lobo" de Michael Haneke: devorar al resto de la especie a falta de otra cosa que llevar a la mesa.
"Los últimos días" es una película de buena factura, entretenida y vibrante. La acción se sitúa en escenarios de Barcelona, de los que están a la vista y de los que no: underground poblado de masas de refugiados, en alcantarillas y túneles de metro: el hombre transformado en rata de cloaca, al fin. La trama adolece de un guión hollywoodiense (emociones fáciles y acciones inverosímiles) pero es una tara que se puede perdonar porque la película no aburre y sabe mantener la tensión desde el primer momento: una road movie caminada, una odisea urbana llena de complicaciones: Ulises buscando a Penélope, aquella del bolso de piel marrón, los zapatos de tacón y (Barcelona..., Serrat..., está claro..., ¿o no?) el vestido de domingo.
Y al final... ¿eso es de "Mad Max III"?
We don't need another hero, my friend.
miércoles, marzo 27, 2013
"Tenemos que hablar de Kevin", de Lynne Ramsay
Las miradas cinematográficas alrededor de las masacres escolares estadounidenses (una extensa lista de sucesos), esas tragedias estrepitosas que nos dejan sin habla y que de vez en cuando nos asaltan en el telediario. Concretando el enfoque en la famosa matanza del instituto Columbine, se cuentan dos películas excelentes, de formato muy distinto. En una esquina "Bowling for Columbine", de Michael Moore, realizada en un rompedor estilo documental y egocéntrico, y en el rincón opuesto "Elephant", de Gus Van Sant, no menos sorprendente en su profundo lirismo desapasionado y nihilista. Esta última infiltraba una cámara en el instituto, fantasma que recorría pasillos y se asomaba a las estancias escolares, observando a sus jóvenes habitantes, llenos de problemas existenciales y dudas vitales, adolescentes que aún no saben que para que te acepten primero hay que conseguir aceptarse a uno mismo. La de Michael Moore, por otro lado, ampliaba mucho más el ángulo de visión y rastreaba las causas de tanta violencia, un lastre traumático fundacional que había moldeado una sociedad paranoica y asustadiza, dispuesta más al dispara primero y pregunta después que a la obviedad de lo contrario. En "Ultimátum a la tierra", cinta de ciencia ficción dirigida por Robert Wise en 1951, un extraterrestre desciende de su platillo volante, aterrizado en pleno Washington, proclamando tópicamente que viene en son de paz: el primer saludo que recibe, acto seguido, es un balazo en el pecho. Pero volvamos a los chavales, al pánico al futuro, desbocado en tendencias suicidas o violentas, o en la idea de la fuga: irse de casa, buscar el cambio, ser otro. Ese miedo lo retrataba in extremis y lo proyectaba como un arma mutante homicida Brian de Palma en la clásica "Carrie": la tensión sexual no resuelta, acumulada en décadas de bailes de fin de curso, se libera indomable. Un ejemplo mucho más cotidiano de la búsqueda desesperada de aceptación, de pertenencia a un grupo a cualquier precio, lo muestra la excelente "This is England", de Shane Meadows: botas Doc Martens y cráneos rapados: rudas señas de identidad.
En "Tenemos que hablar de Kevin", al fin, los motivos del asesino jovenzuelo (la "jumentud" que decía un añorado maestro) se desmarcan de cualquier razonamiento y se determinan inherentes al ser, adquiridas por nacimiento (o por, qué curioso, la fiesta de la Tomatina de Buñol que aparece al comienzo de la cinta: charcos de zumo de tomate como remedo alegórico de los ríos de sangre por desbordar: ¿Tomating for Columbine?). Alumbrar un pequeño Damian al que sólo le falta un 666 tatuado en el cuero cabelludo, de modo que esta school shooting massacre parece más una de terror que de análisis social. Y el terror siempre es exagerado. Pero "Tenemos que hablar de Kevin" ofrece un punto de vista novedoso: la madre del asesino: vidas arrasadas por actos ajenos de los que sin embargo se es causa motriz y primera. En ese papel Tilda Swinton carga de modo abrupto y sin contemplaciones (Sísifo maternal) con penas desgarradoras y rencores eternos, arrojando al celuloide una actuación para recordar.
En "Tenemos que hablar de Kevin", al fin, los motivos del asesino jovenzuelo (la "jumentud" que decía un añorado maestro) se desmarcan de cualquier razonamiento y se determinan inherentes al ser, adquiridas por nacimiento (o por, qué curioso, la fiesta de la Tomatina de Buñol que aparece al comienzo de la cinta: charcos de zumo de tomate como remedo alegórico de los ríos de sangre por desbordar: ¿Tomating for Columbine?). Alumbrar un pequeño Damian al que sólo le falta un 666 tatuado en el cuero cabelludo, de modo que esta school shooting massacre parece más una de terror que de análisis social. Y el terror siempre es exagerado. Pero "Tenemos que hablar de Kevin" ofrece un punto de vista novedoso: la madre del asesino: vidas arrasadas por actos ajenos de los que sin embargo se es causa motriz y primera. En ese papel Tilda Swinton carga de modo abrupto y sin contemplaciones (Sísifo maternal) con penas desgarradoras y rencores eternos, arrojando al celuloide una actuación para recordar.
domingo, marzo 24, 2013
"Los Croods", de Kirk de Micco y Chris Sanders
En 1981 el realizador francés Jean-Jacques Annaud ("El nombre de la rosa", "El oso", "Enemigo a las puertas": director avezado en ambientes cinematográficos rematados con perfección extraordinaria) dirigió "En busca del fuego", una aventura prehistórica en la que se mostraban cómo podrían ser los encuentros entre distintas especies homo que, a pesar de estar situadas en escalones evolutivos distintos, compartieran el mismo ecosistema: neanderthales y sapiens caminan por territorios comunes y llegan a conocerse bien: conocerse hasta en el sentido bíblico del término, incluso con éxito reproductor como recientemente ha sido demostrado: el abuelo era un troglodita de mandíbula poderosa y frente huidiza capaz de estrujarte de un abrazo. En "En busca del fuego" se procuró que los personajes se comunicaran y se comportaran como sería de esperar desde el punto de vista antropológico más ortodoxo y científico: ni un gruñido de más (Ron Perlman, por cierto, debutaba ante las cámaras como un neanderthal sin exceso de maquillaje). Habrá que volver a verla para comprobar si el celuloide prehistórico resiste la prueba del carbono 14. En su día me gustó mucho.
"Los Croods" también escenifica el choque cultural neanderthal versus sapiens, como si fuera un remake de la de Annaud, pero pulverizando cualquier intento de emular una portada de la revista Science. De hecho las características de la familia Crood, de la fauna que los rodea o de los paisajes por los que vagan, hace pensar que la acción haya sido transportada a otro planeta, más allá de la mítica Pangea. No importa lo más mínimo: no será paleontología lo que aporte la cinta, sino una acción trepidante, muy entretenida y divertida, y repleta de escenarios magníficos (aquellos que, sin embargo, fueron tan denostados de "El árbol de la vida" de Terrence Malick, porque parecían no venir a cuento). Y en el trasfondo, Prometeo y Platón: el fuego y la cueva, resonando con fuerza en un mundo animado (¡y tanto!), penetrando casi sin quererlo en el subconsciente de pequeños espectadores dispuestos a pasar un buen rato frente a la pantalla del cine, no más. Pero ahí queda el poso: la moraleja de confiar en el poder de la razón y vivir sin miedo, mirando hacia el mañana. No es mal consejo el de los Croods.
"Los Croods" también escenifica el choque cultural neanderthal versus sapiens, como si fuera un remake de la de Annaud, pero pulverizando cualquier intento de emular una portada de la revista Science. De hecho las características de la familia Crood, de la fauna que los rodea o de los paisajes por los que vagan, hace pensar que la acción haya sido transportada a otro planeta, más allá de la mítica Pangea. No importa lo más mínimo: no será paleontología lo que aporte la cinta, sino una acción trepidante, muy entretenida y divertida, y repleta de escenarios magníficos (aquellos que, sin embargo, fueron tan denostados de "El árbol de la vida" de Terrence Malick, porque parecían no venir a cuento). Y en el trasfondo, Prometeo y Platón: el fuego y la cueva, resonando con fuerza en un mundo animado (¡y tanto!), penetrando casi sin quererlo en el subconsciente de pequeños espectadores dispuestos a pasar un buen rato frente a la pantalla del cine, no más. Pero ahí queda el poso: la moraleja de confiar en el poder de la razón y vivir sin miedo, mirando hacia el mañana. No es mal consejo el de los Croods.
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