"Fellini's Roma", su título inglés, indica sin rodeos de qué trata la película: la visión personal, personalísima, que el director tiene de la ciudad de Roma.Comienza con la idealización del niño que escucha en la escuela hablar de historia antigua, del pasado de esplendor imperial, legendario: las frases de Julio Cesar, el mito fundacional de la loba que amamanta a Romulo y Remo (importante imagen felliniana). La familia entera que acude al cine (incluida la doméstica) y un plano contrapicado de la pantalla de cine vista desde la primera fila: cuando eramos niños la pantalla nos parecía aún más grande, colosal, y teníamos tendencia a colocarnos en las primeras filas: ahora nos costaría una tortícolis.
El primer viaje a Roma en los albores de la segunda guerra mundial, sitúa el centro de la nostalgia del director, los años felices del descubrimiento de la ciudad. La llegada en tren. La pensión llena de personajes estrambóticos. La cena en la calle entre vecinos, llena de gritos y algarabía: la alegría de vivir. Como colofón a este pasaje, una prostituta gorda entre las ruinas de los arrabales de la ciudad, señal de la perdida de la virginidad, de la inocencia.
La trama salta al momento del retorno a la ciudad treinta años después, la época actual para el año de realización de la película. En estilo documental, aparece el propio director, se accede a Roma por una autopista abarrotada, entre campos poblados de grúas y edificios en construcción. La lluvia, el humo, el barro, hacen que parezca un territorio de guerra, una advertencía al viajero que se adentra en terreno peligroso. Se puede interpretar como una dura crítica al crecimiento urbano caótico y esto quedará aún más patente cuando la cámara se introduzca en las obras del Metro, símbolo de la profanación de las raíces de Roma, de sus entrañas. Los obreros toparán con una antigua casa romana enterrada, un auténtico tesoro arqueológico con paredes llenas de magníficos frescos que se verán estropeados por el aire del exterior: la modernidad que rompe con la cultura tradicional, que no respeta las convenciones del pasado.
Tantas imágenes que merecen por si mismas una reflexión: el vodevil y sus actores aficionados y el público con su guirigay de gallinero; los ligues en el refugio antiaéreo; los burdeles para soldados de permiso que parecen manicomios y las casas de citas para generales y ministros, entre oropeles y terciopelo rojo; la decadencia de la aristocracia romana y el poder eclesiástico, Roma eterna, los auténticos reyes de Italia. Mención aparte merece el desfile de moda religiosa y su espectacular puesta en escena, la escena más característica de esta película: los curas en patines alcanzan antes la salvación: el mundo moderno debe adaptarse a la Iglesia, no al revés.
La riqueza inmensa de un cine extraordinario, audaz, lleno de sentido del humor y de simbolismo, sirve al director para enaltecer el pasado, su pasado, y mostrar su desilusión por el presente, su presente también ya que la película es del año 1972 y ahora los cosas son distintas. O no.



































