lunes, septiembre 29, 2014

"Nueve cartas a Berta", de Basilio Martín Patino

Mis sueños son en blanco y negro. No sé si será algo peculiar o si se trata de una característica general del territorio de la ensoñación. Quizás el color no entra dentro de lo poco que queda en el recuerdo al rato de haber sonado el despertador. Sostenía Tarkovsky que no importaba si el cine se hacía en color o en blanco y negro, que lo verdaderamente importante era la luz y la sombra, que esa era la impronta que quedaba fijada en la mente. En cualquier caso, yo sueño en blanco y negro, sí, la misma ausencia cromática que padecía el chico de la moto, interpretado por Mickey Rourke, en "La ley de la calle" de Francis Ford Coppola. Y es posible que esa carencia, si es que debemos llamarla así, unida a que el rodaje de "Nueve cartas a Berta" se realizara en la ciudad de Salamanca, mapa habitual de mis paseos nocturnos (los que hago dormido y, cuando se da la ocasión, también despierto), sea la que produzca un impacto tan grande de esta película en mi consciencia. En mi conciencia, también.

Hay otras películas que retratan con maestría las condiciones sociales de España bajo la dictadura de Franco, títulos como "Surcos" de José Antonio Nieves Conde, "Calle Mayor" de Juan Antonio Bardem o "Mi tío Jacinto" de Ladislao Vajda; otras que hablan de exilio como "La guerra ha terminado" de Alain Resnais y otras en las que se empieza a vislumbrar la apertura, pero aún con la pesada losa del franquismo encima: "El desencanto" de Jaime Chávarri. La de Basilio Martín Patino tiene la virtud de reunir todos esos temas en un metraje individual. Todos esos y alguno más. La película con la que se podría establecer un paralelismo, no tan descabellado, para "Nueve cartas a Berta", sería "El graduado" de Mike Nichols, rodada al otro lado del Atlántico pocos años después. La encrucijada vital en la que se encuentran Lorenzo (Emilio Gutiérrez Caba) de esta parte y Benjamin (Dustin Hoffman) allende los mares, es prácticamente la misma. La diferencia más notable es que uno habita la escala de grises del invierno charro y el otro se tuesta bajo el sol de California, pero el despiste de ambos es similar: la encrucijada de la edad, del qué hacer con las ambiciones cuando se termina el periodo de formación y el pertenecer a una familia sin problemas económicos acuciantes concede cierta libertad de elección. Transcribo un párrafo del libro "Historia de la muerte en Occidente" de Philippe Ariès, que estoy leyendo actualmente y que me parece certero en esta reflexión: Hoy en día el adulto experimenta tarde o temprano -y cada vez más temprano que tarde-, el sentimiento de que ha fracasado, de que su vida de adulto no ha conseguido ninguna de las promesas de su adolescencia. Este sentimiento se halla en el origen del clima de depresión que se extiende entre las clases acomodadas de las sociedades industriales. "Nueve cartas a Berta" y el drama existencial de Lorenzo, frente al tono de comedia de "El graduado" relatando las tormentosas relaciones de Ben Braddock, surgen, en fin, del mismo sentimiento de insatisfacción y de las mismas ansias de enmendarlo. La crisis de los cuarenta ha bajado su media de edad de modo escandaloso en los últimos cincuenta años.

"Nueve cartas a Berta" es una historia de claudicación. Se puede pensar que no es claudicación sino conciliación, ese pacto con uno mismo que trae la edad, dicen, sentar la cabeza y madurar, pero no, es claudicación y derrota, dolorosa y sin retorno. Lorenzo escribe cartas a Berta, una joven que conoció durante una estancia en Londres. Ella es hija de un intelectual español exiliado y parece ser que el efecto que produjo esta chica en Lorenzo, en sus sentimientos y en sus esperanzas, fue demoledor. Berta representa no sólo el amor lejano, ese amor reforzado e idealizado por la distancia, sino también una forma de vida muy distinta: la libertad de pensamiento, las posibilidades ideológicas, las oportunidades profesionales más allá de la endogamia universitaria o del futuro acomodaticio de empleado de la caja de ahorros: sobremesas de mesa camilla y brasero, veladas de partida y puro en el casino, domingos de vermú en la Plaza Mayor a la salida de misa. ¡Ah!, la Iglesia, omnipresente de principio a fin de la película, recordando al espectador de 1966 cuál era uno de los más poderosos pilares del Estado (habrá quien piense que lo sigue siendo: se quedarían alucinados si supieran hasta dónde llegaba entonces su presencia).

El fin de la locura para Lorenzo, un final que nos destroza porque nos otorga un espejo para reconocernos. Pero Martín Patino mueve su cámara por esta rancia capital de provincias (además de otras localizaciones como el cercano pueblo de Arapiles o, ya en la sierra, Valero: el paisaje serrano resulta ser transformador para el espíritu atormentado de Lorenzo: transformador pero no queda muy claro si para bien... o para mal) con más cariño que desprecio. La cámara camina (nadie me podrá negar que ecos de la Nouvelle Vague resonaron en la calle Compañía) por la ciudad antigua en una temprana noche de invierno (un paseo parecido al que se relata en la novela "Sucinta historia del mes de noviembre" de Francisco J. Pastor González, otro enamorado sin remedio del Alto soto de torres), un trayecto mágico entre fantasmas de Humanismo y Renacimiento, de aularios y cafeterías, de piedras centenarias y farolas solitarias. El trayecto sin rumbo que, un día cualquiera, de diario, avanzado ya el otoño, cuando se apaguen los tumultos del turismo y de los estudiantes, entre la niebla y el silencio, lance rotundo al ánimo el peso de la memoria: la nostalgia por aquellas batallas perdidas que, sin dudarlo un instante, volverías a pelear. Y a perder.

martes, septiembre 23, 2014

"The Blues Brothers", de John Landis

Por favor, ¿me puede decir dónde están los discos de Aretha Franklin?, le preguntó el chico al bibliotecario. Éste, un tanto perplejo por la circunstancia inusual de que la solicitud la realizara un niño de 8 años, se levantó raudo de su asiento para acompañar al muchacho a la sección apropiada de la discoteca pública. Raudo, perplejo y quizás sonriente.

¿Aretha Franklin? Pues vamos a ponerle "Granujas a todo ritmo", o, mejor aún, "The Blues Brothers", que aunque sea lo mismo suena más auténtico, por algo el inglés es el idioma del rock, del blues, del soul o de cualquier otro estilo de música popular que merezca la pena ponerse a escuchar. Y vamos a disfrutar de una película de choques de coches y de canciones, poco más hay, nada más y nada menos, una sucesión alocada de números musicales y de destrozos de vehículos, increíbles montoneras de ellos, automóviles arrasando centros comerciales, cayendo desde alturas de aviación civil, saltando puentes, colapsando el centro de Chicago (la ciudad del viento convertida en un protagonista más) en persecuciones antológicas: mucha policía, mucha diversión.

Y mientras los fotogramas se agrietan con tanto siniestro total y tanta explosión, vibran también sacudidos por los temas interpretados (en la voz y la actuación) por mitos musicales como James Brown, Ray Charles, John Lee Hooker o la ya mencionada Aretha Franklin: el recuerdo de su "Think" arrojado a la cara del guitarrista Matt Murphy es la motivación primera de ver la película. El ritmo del celuloide se propaga sin remedio a la pierna derecha del espectador que, hechizo involuntario, no ha de parar de moverse hasta acabada la proyección (y gran parte de la post-proyección, me temo). Y vamos a flipar con el cameo apocalíptico de la princesa Leia, Carrie Fisher como una Tank Girl imparable, y con este guión tan pobre como innecesario, un hilillo argumental al servicio único de la pareja más groovy de la Historia del cine, los imposibles hermanos Blues, Jake y Elwood, John Belushi y Dan Aykroyd rompiendo el molde y creando una imagen inmortal: sin duda, una misión de Dios. A la cama poseídos por el swing, chasqueando los dedos y meneando la cintura. Everybody needs somebody... to love. Cuidado con las cult movies, sus efectos pueden ser hereditarios.

miércoles, septiembre 17, 2014

Ensayo. "Tokyo Connection. Una mirada al cine japonés", de José Ángel de Dios

José Ángel de Dios es el autor de este libro. José Ángel de Dios o Crowley, seudónimo con el que le conocí hace años, cuando él patroneaba el blog "Tengo boca y no puedo gritar". Nuestro contacto bloguero derivó en una invitación suya para participar en el fanzine digital que, Crowley, con un tesón poco frecuente, estaba dispuesto a poner en marcha. "La Caja de Pandora" comenzó su andadura con un número dedicado al Holocausto y continúa aún su viaje: pronto llegará el 9, especial Guerra.

Del blog a la revista y de ahí al libro, como una consecuencia natural de pasos encaminados hacia la dirección debida, pero una ecuación, sin embargo, resuelta por pocos, sólo por aquellos a los que el talento de la escritura (y la constancia amanuense: aquello del 1 % de inspiración y el 99% de transpiración) les haya sido otorgado. Tras un libro dedicado a la serie de televisión "Big Bang Theory", publicado en el año 2013, llega este "Tokyo Connection. Una mirada al cine japonés". Y su título delata con precisión el tema: mirada cinéfila, de pasión por el séptimo vicio y por explorar de modo incansable y desprejuiciado todos sus rincones, hasta los más lejanos en el tiempo y en la distancia, ya sea cultural o geográfica (distancias que han sido demolidas por la modernidad: tan lejos, tan cerca).

El cine japonés maravillará a todo el que tenga a bien dedicarle parte de su apretado tiempo de ocio audiovisual. Algunas de las mejores películas de la Historia del cine llevan la firma oriental de maestros como Kenji Mizoguchi, Yasujirô Ozu o Akira Kurosawa, y de ahí, desde esos imprescindibles (también se publicó un ejemplar de "La Caja de Pandora" dedicado al país del sol naciente, el número 7, especial Japón), conviene adentrarse en la obra de cineastas como Shôhei Imamura, Nagisa Oshima, Hiroshi Teshigahara, Takeshi Kitano, Hayao Miyazaki, Hirokazu Koreeda y muchos otros. El libro de José Ángel de Dios será un mapa imprescindible para no perderse en un maremágnum de estudios y de épocas, de géneros y subgéneros (la escrupulosidad con la que en el cine japonés se intenta bautizar cada vertiente temática es digna del naturalista Linneo: Goraku-eiga, Kaiju-eiga, Jidai-geki, Gendai-geki, Ken-geki, Yakuza-eiga, Karyo-mono, Anime, Chambara, Pinku-eiga y un largo etcétera: la lectura del libro aclarará de qué trata cada cual), de autores y de títulos: saber qué se debe mirar y sobre todo generar el ansia de hacerlo, un objetivo que para cualquier libro dedicado al cine ha de ser primordial.

Enhorabuena, Crowley.

martes, septiembre 09, 2014

"El Niño", de Daniel Monzón

Ese trío formado por el Niño, el Compi y Halil (Jesús Castro, Jesús Carroza y Saed Chatiby: en el reparto también figuran Luis Tosar, Sergi López o Eduard Fernández, pero en esta ocasión no se me ocurre nada que destacar de sus actuaciones) me ha recordado, en sus roles, a los de el Maki, el Popi y el Moromielda. Makinavaja, Popeye y Mustafá, las creaciones del gran Ivà, que durante años nos alucinaron desde las páginas de la revista "El Jueves", respondían a determinados prototipos de tipo duro, secundario gracioso y tercero en discordia al que le caen todas las bofetadas (pensándolo bien, puedes encontrar referencias de esa conjugación de caracteres hasta en Los Payasos de la Tele), arquetipos que se repiten una y otra vez y que anidan eternamente en ese ente denominado el inconsciente colectivo o la aún más mística ciencia infusa. En cualquier caso, los guiones del fallecido Ivà para sus historietas (al igual que sus inigualables personajes) superaban en mucho la trama, algo mecánica, que han pergeñado Daniel Monzón y Jorge Guerricaechevarría, colaboración que dio buenos frutos a propósito de la anterior película de Monzón, "Celda 211", si bien no está de más recordar que aquella historia carcelaria era una adaptación de la novela de Francisco Pérez Gandul.

De las aventuras de Makinavaja balanceo hacia "Corrupción en Miami", la serie televisiva que arrasó en los años 80 y que fijo que también echó raíces en el inconsciente mencionado. Mucho más alejada en el tiempo se sitúa "La posada de Jamaica" de Alfred Hitchcock: playas iluminadas por un tenue farol, trampas mortales de naufragio, vaciadas a toda prisa del cargamento del desdichado pecio. Si además añado al cóctel la novela "La reina del sur" de Arturo Pérez-Reverte y sus persecuciones de lanchas rápidas, cargadas de fardos de droga, navegando a toda velocidad por las aguas del Estrecho de Gibraltar, el déjà vu que produce "El Niño" es una sensación continua durante todo el metraje. ¿Todo visto? Pues no. Las localizaciones en las que se rueda "El Niño" (Gibraltar, Ceuta, Algeciras, Tetuán, Sotogrande, ...) y la escenas de acción (Policia Nacional y Guardia Civil jugándose el físico más allá de lo que exige una magra nómina, aunque, ay, la corrupción no sea cosa sólo de Miami), producirán un fuerte impacto (adrenalina delictiva a escasos kilómetros de la playa vacacional) en el espectador patrio, que comprobará en la película cuán cerca de casa se asienta el negocio del narcotráfico: narcotráfico hacia arriba y hacia abajo, de la mula al capo y regreso: aquel "Bajarse al moro" de Fernando Colomo pierde la inocencia ante los ajustes de cuentas de las mafias internacionales: albanokosovar se ha convertido en un sinónimo moderno de violencia impía dispuesta a todo, muy lejos de la imagen cuasi-entrañable que encarna la actividad económica folclórica, ecológica y sostenible sólidamente amenizada por los tambores de Ketama (de legalización se habla hoy mismo en la ONU).

Éxito para la taquilla del cine español, buena noticia, un éxito que, me apuntan, también puede estar provocado por otro éxito televisivo reciente, la serie "El príncipe", que no he visto pero que, al parecer, tiene bastantes puntos en común con "El Niño". No cabe duda: la conexión entre las cadenas de televisión y el cine español más visible (o sea, más promocionado) es cada vez más fuerte, y sólo hay que echar un vistazo a que la productora que presenta "El Niño" está detrás del otro taquillazo nacional reciente, "Ocho apellidos vascos" de Emilio Martínez-Lázaro, para ser consciente de que las casualidades no entran en el mundo del marketing, ¡Anda! ¡Si también es la cadena que ha emitido "El príncipe"! Cualquier día de estos nos empiezan a poner anuncios en la parte inferior de la proyección, ya lo verás... La cadena amiiiiga. El inconsciente colectivo lo tiene crudo.


jueves, septiembre 04, 2014

"Begin again", de John Carney

By Akebono


Yo escucho música que sólo existe en mi cabeza. Escucho armonías donde vosotros sólo oís una guitarra. Escucho una alfombra de piano donde amortiguan sus pasos el violín y el violonchelo. La burguesía de la cuerda. Oigo los acordes de la guitarra eléctrica y del bajo. La batería como esqueleto sobre el que sostener escalas, inversiones y cadencias.

No, no estoy loco. Sólo paso por una mala racha. Vivo en el agujero: here I am. Cuando ya no nos queda nada, es imposible no arriesgar: sólo podremos ganar o seguir igual. Why not? Es sólo una cuestión de confianza. Necesito que creas en mí aunque no te ofrezca ninguna garantía. Me lo debes. Soy el único que creerá en ti.

Somos dos perdedores que, al unirse, en sus vidas algo empieza a funcionar. Ahora tenemos un camino que nos conduce a un lugar, tenemos un futuro que alcanza más allá de las siguientes veinticuatro horas. Sólo necesitamos confianza ciega. No estamos solos. Ahora, no. Tenemos los pies en el suelo y la cabeza llena de música, que es menos que tenerla llena de pájaros. La música en la calle como una alegoría: sacaremos los pájaros de sus jaulas y que tu música vuele con ellos. No nos venderemos, no sacrificaremos el talento en aras del éxito efímero.

Nuestra historia nace de una casualidad, de un cruce de caminos en el minuto oportuno. Teníamos una posibilidad entre un millón y nos encontramos. Nueva York y una casualidad que todo lo cambia. Esto ya lo he leído. Esto es Paul Auster.

miércoles, agosto 27, 2014

"Guardianes de la galaxia", de James Gunn

"Los siete magníficos" de John Sturges, "Grupo salvaje" de Sam Peckinpah, incluso aquellos indómitos marines espaciales de "Aliens: el regreso" de James Cameron. Reuniones heterogéneas de tipos duros (y "tipas": me venía al pelo la mención a la de Cameron, con la soldado Vasquez lista para matar), muchos de ellos forajidos crueles, desesperados, cada uno de ellos dotado de un carácter singular y unas habilidades específicas, fácilmente identificables por el público, y que, de manera imprevista y poco meditada, deciden ponerse al servicio del bien común en vez del propio. Defender la causa, combatir el mal: cambiar de bando y ser un maldito héroe: el antihéroe como arquetipo que siempre quedó bien en el celuloide.

El espíritu ochentero (incluso setentero o anterior: la banda sonora así lo canta), no sólo por la onda musical, también por algunas expresiones del hombre desactualizado que no sé si se encuentran en el idioma original de la cinta, pero que quedan chachi. Pero poco simbolizará de forma tan certera una época como el walkman de Peter Quill, un monumento a la independencia juvenil. El walkman podía ser utilizado en cualquier parte y producía un aislamiento completo del entorno: él y tú frente a un mundo complicado: la redención que sólo una canción de tres minutos podía ofrecerte.

"Guardianes de la galaxia" está basada en personajes de la editorial Marvel, unos dibujos semidesconocidos para los que no sean avezados comiqueros, sin el tirón de otros superhéroes enormemente populares que no voy a mencionar. El universo Marvel es inmenso y en perpetua expansión pero, paradójicamente, es propicio a referenciarse y a cruzarse. "Guardianes de la galaxia" es otra vuelta de tuerca a las posibilidades argumentales inagotables que ofrece la ciencia ficción interestelar: razas alienígenas conviviendo con el ser humano en algún remoto confín del espacio. Conviviendo, pero con el conflicto siempre a punto de estallar: en cualquier momento un ente megalómano puede transformarse en un destructor total y merendarse un par de planetas sin apenas pestañear. Ante ello nada mejor que combatirlo con una de esas mezclas poderosas anunciadas al principio de la entrada: Peter Quill, exiliado terrestre, falto de superpoderes pero sobrado de gadgets (¿Rocketeer?) y de caradura (¿Han Solo?); Rocket, un mapache cibernético (¿Lobezno encogido?) que genera algunos de los mejores chistes de la película; Groot, el árbol, que desde el primer momento me trajo a la mente los Ent de Tolkien y que seguro será el espíritu benévolo que otorgue equilibrio al grupo; Drax, interpretado por el famoso luchador de Wrestling Batista: el intérprete perfecto: nada que añadir; y Gamora, rápida y mortal, la oveja negra (bueno, verde) que se vuelve contra los suyos, contra Thanos, su padre adoptivo, uno de esos villanos allmighty de la editorial y que al parecer tiene reservado más metraje en las próximas películas Marvel. Y, aunque no forme parte del grupo, hay que nombrar a ese secundario de vuelta de todo y con la espoleta siempre a punto de soltarse llamado Michael Rooker en el papel de Yondu Udonta.

El tono gamberro, pasota (otro arcaísmo, me temo), despreocupado de Peter Quill, da pie a una película muy divertida, de aventuras canónicas (comienza con una escena al estilo Indiana Jones, extrayendo un ídolo dorado del corazón de un templo perdido, y eso ya es empezar muy bien), con protagonistas ni de los buenos, ni de los malos, reconfortante clase media moral sometida a las tentaciones cotidianas del diablillo rojo en el hombre izquierdo y el angelito blanco sentado en el derecho: hacer cosas buenas, cosas malas, y un poco de ambas, como propone Quill.
Deseando ver la segunda parte.

sábado, agosto 23, 2014

"Mil veces buenas noches", de Erik Poppe

La secuencia inicial, unas duras escenas en las que se reconstruye el acto cotidiano de la muerte violenta e indiscriminada en zonas de conflicto (Kabul, la capital de Afganistán, en esta ocasión), puede hacer pensar que la película tiene más enjundia que la que delata su título y su cartel: pinta de película romántica protagonizada por Juliette Binoche y Nikolaj Coster-Waldau (a los que no le suene el nombre de este actor quizás les suene más el personaje que interpreta en la serie "Juego de tronos": Jamie Lannister, The Kingslayer). El comienzo de esta historia sobre una reportera de guerra (primer personaje femenino del celuloide con síndrome del Vietnam, que yo recuerde) parece conectar con la del yonqui de adrenalina bélica que retrataba Kathryn Bigelow en "En tierra hostil", una trama que trataba de forma sobresaliente la incapacidad de adaptarse a la vida normal para aquellos que han pasado mucho tiempo en el filo. Sin embargo el guión de "Mil veces buenas noches" (¿por qué se titulará así?) se edulcora sin remedio hacia un sonrojante (por facilón) conflicto sentimental-familiar, con madre que se pierde función teatral incluida: americanada: caracoles, caracoles. Del aroma Bigelow se percute al perfume Coixet, y los fotogramas nos empiezan a hacer meditar sobre la conocida pregunta de a qué narices huelen las nubes.

Conciliar la vida familiar y la laboral, dilema siempre complicado: la película reconfortará tanto a las estajanovistas de su trabajo como espabilará a las en exceso dedicadas al hogar: nadar entre dos aguas y contentar al mayor número de espectadores. Lo que no está tan claro es que la cinta guste en exceso a corresponsales de guerra reales, sea cual sea su sexo, esa casta periodística que, como decía el difunto Manuel Leguineche (grande entre grandes), era la de las tres des: depresivos, divorciados y dipsómanos. Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. 

jueves, agosto 07, 2014

"Cómo entrenar a tu dragón 2", de Dean DeBlois

En su día, cuando vi la primera entrega de "Cómo entrenar a tu dragón", de Dean DeBlois y Chris Sanders, la película se quedó sin entrada en el blog. No es tan raro: la cantidad de películas que quedan consignadas en Licantropunk está alejada de la cifra real de películas vistas. Me hubiera gustado revisar ahora lo que comenté de aquella, pero lo que no se me olvida es que me gustó mucho. Ya cuando escribí de "El origen de los guardianes" de Peter Ramsey, otra de las joyas de animación de la productora Dreamworks, mencioné "Cómo entrenar a tu dragón" como un ejemplo más de éxito (crítico y comercial) para la compañía del niño pescador. Y tras ese éxito vino una serie de televisión, que no he visto más que de pasada: la intención suele ser la de explotar el triunfo hasta el hartazgo, generalmente rebajando la calidad de la imagen y del guión, e infantilizando la trama para llegar al mayor número posible de público adicto al canal temático para niños. No negaré que entré a ver "Cómo entrenar a tu dragón 2", de nuevo con el director Dean DeBlois firmando la obra, con una mosca en la oreja del tamaño de un pterodáctilo.

Han pasado cinco años desde que los púberes del poblado vikingo de la isla de Mema empezaron a cabalgar los dragones que atacaban la aldea: llegó la paz en el enfrentamiento ancestral entre hombre y bestia. Pasa el tiempo y los chavales se convierten en adultos, maduran. ¿Será capaz también de madurar la historia? ¿Tendrán narices (por no mencionar otra parte) de realizar una secuela (que será saga: ya hay anunciada una tercera) en la que en vez de perpetrar la típica continuación que agote del modo más miserable lo bien hecho, resulte una evolución hacia delante, una producción que tire por el suelo el epitafio aquel de segundas partes nunca fueron buenas? Pues lo han hecho y ¡de qué manera!

Acero y fuego. Muchos años leyendo las historias de "Conán el barbaro", dibujadas por el mítico John Buscema para Marvel, o los oleos inigualables de Vicente Segrelles para la serie "El Mercenario" publicada en la revista Cimoc, o los trabajos de Richard Corben en Zona 84 o Metal Hurlant. No, que no se asuste nadie, pueden llevar tranquilamente a los niños al cine. En "Cómo entrenar a tu dragón 2" no aparecerá un bronceado cimmerio despedazando enemigos con su espada indómita, ni turgentes guerreras pelirrojas incendiando fotogramas del mismo modo que arrasaban tebeos, mientras suenan los himnos atronadores de los Manowar, pero algo de aquella fantasía épica canónica, de aquel espíritu sobrecogedor producido por peleas imposibles contra hechiceros oscuros y monstruos infernales, pervive en esta película, ciertas escenas que remueven todo ese bagaje pulp que empapelaba los kioskos de entonces y que consumíamos en la medida que la pasta propia y el préstamo de los colegas lo permitía. ¡Por Crom!

En 3D, formato que le viene perfecto a la película: la espectacularidad de los vuelos del joven Hipo a lomos del dragón Desdentao no hay ni que decir que es de las que quita el aliento. Además Dreamworks presume de un nuevo software de animación, denominado Apollo: uno ya se va acostumbrando a que en cada estreno de película de dibujos animados el detalle plasmado en el fotograma lo deje alucinando, pero en esta ocasión se lleva el nivel a realmente lo nunca visto: los personajes en vez de actuar parece que improvisen: sí, está entrada me está quedando algo exagerada: buena señal. Película de aventuras emocionante, divertida, apta para menores y, la mejor noticia, para mayores acompañados.


domingo, agosto 03, 2014

"Ida", de Pawel Pawlikowski

Desolación. El ánimo que deposita esta película en el espíritu sería ése, una desolación nihilista, sin remedio. Escribe el historiador Tony Judt en su libro "Postguerra: una historia de Europa desde 1945" lo siguiente: Muchos de los judíos supervivientes de Polonia se marcharon definitivamente de allí tras una serie de pogromos que tuvieron lugar durante la postguerra: 63.387 de ellos llegaron a Alemania procedentes de Polonia entre julio y septiembre de 1946. Con el fin de la Segunda Guerra Mundial no llegó la paz para una de las etnias que más persecución y masacre había sufrido durante el conflicto bélico. En "Shoah" de Claude Lanzmann se contaba cómo los desdichados pasajeros de los trenes que se dirigían a Treblinka, a Auschwitz y a tantos otros mataderos, contemplaban por los escuetos ventanucos de los vagones de transporte de ganado a sus compatriotas mirando sonrientes el convoy, pasándose felizmente el dedo pulgar por el gaznate en un gesto carnicero de odio secular. En cualquier guerra, la Guerra Civil Española incluida, las fosas comunes se llenan con envidias a la fortuna ajena: haciendas expoliadas, títulos de propiedad quemados, testamentos interrumpidos. Otra cita, ésta de la película "Las bicicletas son para el verano" de Jaime Chávarri (en realidad, de la obra de teatro en que se basa, escrita por Fernando Fernán Gómez): Con el final de la guerra no llegó la paz, sino que vino la victoria.

Anna, huérfana temprana recogida por unas monjas católicas, sólo ha vislumbrado el mundo a través de la celosía de las ventanas del convento, el retiro monacal apartado de cualquier tentación pero también de cualquier problema: la obediencia y el rezo son sus mayores preocupaciones: la paz de la ignorancia. Resulta que Anna no es Anna, es Ida. Emerger al exterior en un rito iniciático acelerado, desabrido y traumático: los fantasmas del pasado que regresan descarnados, como la calavera de Yorick, símbolo rotundo del no retorno. Pequeña road movie: romance de autoestopista con saxofón y todo. Suena "Naima" de John Coltrane y a qué negar que la espléndida fotografía en blanco y negro de la película alcanza lo sublime mecida por los prodigiosos acordes del saxofonista (y el colmo de la casualidad se produce cuando al día siguiente, en Radio 3, en el programa "A todo jazz" presentado por Cifu -para los amigos-, pinchan "Naima" interpretada por un quinteto polaco de jazz: lo raro sería no sorprenderse de que a uno le pasen estas cosas). Las dos actrices protagonistas, la tía Wanda (Agata Kulesza) y su recién conocida sobrina Ida (Agata Trzebuchowska) lucen excelentes sometidas a la intensa palidez de la luminosidad neblinosa de los años 60 en Polonia: caras blancas, ojos oscuros, de los aparecidos, de los desasosegados.Y llegan a la mente otros directores polacos geniales como Andrzej Wajda o Krzysztof Kieślowski, tanto por el tema como por la estética. ¿No podría haber firmado esta historia el director de "Cenizas y diamantes"? ¿Acaso no encajaría perfectamente "Ida" como un capítulo más del "Decálogo"? Grandes referencias para una película excelente, para un gran director, este Pawliowski.

Ida ya no es Anna, pero quizás le gustaría seguir siéndolo.
Y ahora, la canción.

jueves, julio 31, 2014

"La ciencia del sueño", de Michel Gondry

Sueño o realidad. La confusión del instante del despertar, cuando los ojos pugnan por abrirse mientras Morfeo aún no tiene ganas de aflojar su lazo. Un pie a cada lado de la frontera, produciendo un estado alterado, el viajero extraviado entre dos mundos: a veces no se quiere volver. Michel Gondry encuentra en ese terreno la excusa probable para simular una comedia romántica, de enredos, de las de siempre, un género dotado de unos resortes realmente simples que, liados en exceso, conducen a ninguna parte. Hacia lo fallido (Christopher Nolan, otro navegante de ensoñaciones, con "Origen", logró no perderse -por poco- en un territorio tan escasamente cartografiado, pero sus propósitos en aquella película eran totalmente distintos de los de Gondry, peonza incluida).

Dos grandes actores, Gael García Bernal y Charlotte Gainsbourg, excelencias individuales que no implican que si las juntas vayas a obtener un resultado excelente a su vez: la química se llega a vislumbrar pero se desmorona miserablemente y sin solución: pareja demasiado exótica. Por otro lado, la conocida vocación innovadora del director francés, el ansia de forzar la puesta en escena con recursos visuales imaginativos, afán que le conduce en esta ocasión a mezclar en la cinta técnicas de animación de escuela eslava con los actores de carne y hueso, una mezcla que aquí queda fatal (recuerdo a Bob Hoskins bordando su excursión a Dibulliwood en "¿Quién engañó a Roger Rabbit?" de Robert Zemeckis, por poner un ejemplo de éxito en el collage fílmico y de paso nombrar al estupendo actor, que falleció no hace mucho), rozando la cutrez más vergonzosa, estética que podría parecer hecha a propósito, pero a mi humilde ojo cinéfilo no le da esa impresión: mal preparado y peor rematado: la ciencia del mal sueño, de sueños que nadie tiene (sin duda ya habrán oído este verano la publicidad del departamento nacional de loterías y ludopatía: 'No tenemos sueños baratos'). Un guión que tenía muchos puntos para afrontar un resultado más que digno (la vecinita parisiense, la fauna del lugar de trabajo, el sonambulismo, las inquietudes artísticas, el ambiente onírico, los líos idiomáticos, el indudable talento en el reparto) queda atrapado en un sueño. O en una pesadilla.
No, aún me quedan dos semanas de vacaciones.

sábado, julio 19, 2014

"Laurence anyways", de Xavier Dolan

Hace unos meses que mi colega bloguero Darío, encantador del "Nido de serpientes" y responsable de las indispensables meditaciones allí depositadas, mencionó este título: lo tendré en cuenta, dije: lo he tenido. Además el nombre de su director, Xavier Dolan, lleva tiempo abordando el mundo cinéfilo más festivalero, Cannes y sus compadres, irrumpiendo sin temor desde su insultante juventud, paso a paso hasta que cualquier año de estos se lleve la palma. La de oro, claro. No había visto ninguna de sus películas (firma cinco largometrajes con sólo 25 años este canadiense) así que a propósito de Laurence, y de Darío, llega la oportunidad. Película larga que mostrará virtudes, momentos brillantes, mas no se esconderán los consejos de enmienda, ay.

La primera impresión es almodovariana: obvio teniendo en cuenta el tema tratado, un desencadenante de la acción que pone en mente "Todo sobre mi madre", algo menos "Tacones lejanos", y puestos a rebuscar en referencias por qué no mencionar aquella impactante "Juego de lágrimas" de Neil Jordan, aunque la cinta del director irlandés trascendía lo íntimo para adentrarse en lo social y lo político: ¿qué película irlandesa de aquella época no lo hacía? Me quedo con el factor Almodóvar, pues la historia contada en "Laurence anyways" se inicia a finales de los años 80 y recorre la década posterior, nutriendo el celuloide con vestuario, peinados o temas musicales ad hoc, factores ambientales que generan rubores casi olvidados de hombreras, cardados y camisas estampadas inclasificables: tal como éramos y tal como las cintas de Pedro Almodóvar pintan los decorados, si bien Dolan aplica mucha menos intensidad, en el fondo y en la trama: "Laurence anyways" es una película para todos los públicos, bastante edulcorada y amable, con cierto abuso de la estética videoclip y de la cámara lenta: enfatizar sentimientos dopando el fotograma.

Transexualidad. La transformación que no lo es si es entendida como transformarse en otra cosa, pues de lo que se trata es de transformarse en lo que se es en realidad. No, los que deben transformarse son los otros, son la familia, la pareja, los amigos, todos aquellos a los que la revelación les coge con el paso cambiado: él ha tenido un montón de años para pensárselo, para reafirmar sus sospechas, para dar el salto al vacío en el momento propicio, pero al resto le quitan de improviso el suelo bajo los pies. ¿Quién es Laurence? Laurence, anyways. El aspecto exterior cambia pero la persona sigue siendo la que era. Aceptación o repudio, esa es la decisión, pero el torbellino emocional está lanzado y ya no hay quien lo pare. Los protagonistas son Melvil Poupaud y Suzanne Clément. Al principio de la cinta aparecen demasiado sobreactuados sobre todo ella (¿no debería ser al revés?), sobreactuación que en mi opinión aparece por exceso de improvisación. El proceso de madurez al que la película asiste también incluye al propio rodaje, de modo que según llega el final se equilibra el ardor interpretativo. Esto conlleva, por otro lado, que el nivel de pasión se hunda y que el director opte por un flashback al pasado para cuajar un breve clímax final. Algo tramposo el joven Dolan y quizás demasiado joven para aceptar que hay asuntos que no deben tener ni segundas partes ni vuelta atrás. Caminos sin retorno: lo que hay delante es otra cosa.

jueves, julio 17, 2014

"Warrior", de Gavin O'Connor

El género de "combates" es muy amplio. Se puede incluir en él, como apartado más prestigioso, el dedicado al boxeo. El deporte de las doce cuerdas ha dado lugar a películas que brillan con fuerza en la historia del cine ("Toro salvaje" de Martin Scorsese, "Fat city" de John Huston,...), un éxito que tiene como uno de los ejemplos más recientes (bueno, ya pasó casi una década, ¡date cuenta!) la multipremiada "Million Dollar Baby" de Clint Eastwood. Y también se puede incluir, las cosas como son, un surtido casi infinito de macarradas infames que poblaban la estantería especializada del videoclub del barrio (de eso han pasado más décadas aún, me temo). Un catálogo ingente en el que lo menos que se puede pedir es que la película esté bien hecha, bien realizada, y que las actuaciones sean convincentes. El resto de ingredientes, ya se sabe: la venganza, el maniqueísmo: héroes y villanos de identificación rápida para el espectador: sentimientos básicos. Y toneladas de hostias pardas. Cuanto más alejada se encuentre la cinta de ese efectismo barato, mucho mejor será el resultado.

"Warrior" comienza muy bien, sólo sea porque suena un tema de "The National", una de mis bandas favoritas, acordes musicales que tendrán la buena idea de volver a aparecer a lo largo del metraje. Nick Nolte interpreta al padre de dos tipos que se van a meter en una jaula a partirse la crisma en un torneo llamado "Sparta", un certamen de postín, televisado, a lo "Pressing Catch" pero sin tongo, con un estilo de pelea mezcla de kick boxing y lucha grecorromana. Uno de los hermanos es un excombatiente de la guerra de Irak, más zumbado que las maracas de Machín, y el otro es un profesor de física de instituto que necesita el dinero del premio al ganador (5 millones de dolares) para pagar la hipoteca. Esto último no debería sorprender a nadie, sobre todo a los seguidores de la serie "Breaking Bad":  el ínclito Walter White pasaba de enseñar química en la aulas a practicar diestramente con la materia, hasta llegar a convertirse en un tremendo narcotraficante: todo sea por llegar a fin de mes. El guión de "Warrior" se salpicará con clichés a punta pala del género: el alcoholismo, el origen irlandés, la patria y la familia, el combate ganado en el último suspiro, algún ruso invencible y, claro, una buena catarsis final. Una de tantas pero no es de las malas, no. ¿Cómo lo sé? Pues porque los videoclub de los 80 hicieron mucho por asentarme el criterio en el tema, a qué negarlo.

viernes, julio 11, 2014

"Los Tenenbaums", de Wes Anderson

Las películas de Wes Anderson parecen sonsacar la excentricidad de lo más cotidiano, ya sea por su sello estético de ambiente sobrecargado y colorido (tanto en el equipamiento como en los personajes) que roza lo kitsch sin alcanzarlo, o por su narrativa de cuento moderno, voz en off incluida, que exagera el relato hasta convertirlo en una antología de batallitas del abuelo. Me recuerda su cine al de Jean-Pierre Jeunet, si bien el director francés tiene una vertiente imaginativa que se adentra en el realismo mágico, pero contemplo el discurso de "Los Tenenbaums" y a ratos me viene a la mente "Amélie" (son del mismo año ambas películas, del 2001), lo cual para mí es una virtud.

"Los Tenenbaums" cuenta la historia de una familia extravagante de la alta sociedad neoyorquina. El padre, encarnando magníficamente por Gene Hackman, es un ex-abogado caradura y vividor que ha pasado bastante de la educación de sus hijos, faceta de la que se ha encargado la madre, Anjelica Huston, que, como esas madres tigre orientales, ha potenciado las capacidades de los niños hasta convertirlos en unos pequeños genios: uno de las finanzas, otra del arte y el pequeño para el deporte. Niños superdotados: todos los padres piensan que tienen uno: el apoyo incondicional y deslumbrado durante la infancia desaparece con el aumento de la edad: de genio precoz a decepción adulta. La película es una alegoría del descalabro del tiempo. Los tres niños se convierten en Ben Stiller, Gwyneth Paltrow y Luke Wilson, y el reparto se completa con otros actores conocidos como Owen Wilson (firma el guión junto a Wes Anderson), Danny Glover o Bill Murray, actor fetiche de la filmografía del director. Sí, un buen montón de nombres de postín suele figurar en los rodajes de las historias de Anderson, lo que hace pensar que sus guiones se rifan: comedia de prestigio.

Decía que "Los Tenenbaums" es el descalabro, los traumas vitales, la traición del tiempo, pero también, o quizás sobre todo, la esperanza de las segundas oportunidades: la oveja descarriada y el anómalo desahuciado tienen posibilidades de enmienda siempre y cuando se dirijan hacia el buen camino. Algo de moralina destila la trama, no acaba de romper el molde un guión que por otro lado no está mal, pues obtiene algunas escenas extraordinarias en un montaje ágil que se contrapone a un tono frío, desapasionado y nihilista para las actuaciones de los retoños Tenenbaum, consiguiendo la cinta en ese contrapunto un cierto swing. Bueno, el swing también lo aporta su magnífica banda sonora. Espíritu independiente.


jueves, junio 26, 2014

"Violette", de Martin Provost

La salvación por el arte, arte salvador, la literatura en este caso, iluminando la vida aciaga de Violette Leduc, mujer bastarda, fea y maltratada, siempre enamorada de la persona que no le va a devolver el amor propuesto, siempre sola. Me vino otra película a la memoria, la excelente "Henry Fool" de Hal Hartley, donde Henry Fool, escritor bohemio, le daba al joven Simon Grim un consejo redentor: coge un cuaderno y un lápiz. En "Violette" ese puesto de pigmalión lo ocupará nada menos que Simone de Beauvoir, paradigma de intelectual francesa del siglo XX, feminista y rompedora: Violette Leduc volcará sus vivencias en papel, sin tapujos ni remordimientos, y conseguirá el éxito literario.

Si algo tuviera que destacar de "Violette", biopic femenino, un género que últimamente está muy presente en la cartelera, sería el ambiente, el retrato de la efervescencia cultural que se vivió en Francia después de la Segunda Guerra Mundial. Partiendo de vivencias de los días de la guerra muy bien realizadas (el estraperlo y la lucha cotidiana por la supervivencia: buscarse la vida como impulso vital ineludible), el trauma bélico desemboca en una época de suspicacia contra los colaboracionistas, de aceptación del ideario comunista como contraposición a cualquier rastro de fascismo (al menos en los primeros años) y por tanto de la puesta en cuestión de las tradiciones conservadoras burguesas. La figura de Albert Camus sobrevuela la película como auténtico gurú dominante, mientras que Jean Paul Sartre está por tomar el mando. Ni Camus ni Sartre aparecen en la cinta, sólo su nombre, como dioses incorpóreos, pero las presencias poderosas de Simone de Beauvoir, presencia omnipresente, o la de Jean Genet, literato total, enfant terrible, ladrón, chapero y vividor, avalan suficientemente el parnaso literario galo (por cierto, también aparece Jacques Guérin, millonario perfumista y mecenas artístico, bibliófilo coleccionista que entre otras joyas manuscritas de las muchas que consiguió se encuentran las de Marcel Proust, salvadas de una destrucción segura: se cuenta perfectamente en el libro "El abrigo de Proust" de Lorenza Foschini). Escritor@s, pensador@s, filosof@s, demostrando que la letra escrita es un arma potente: tiempos de "ismos", de querer cambiarlo todo y de no conseguir nada, claro, pero las ideas quedan, esperando que alguien las recoja y se salve.


domingo, junio 22, 2014

"Érase una vez en Anatolia", de Nuri Bilge Ceylan

Se ha cometido un asesinato, un acto brutal y sanguinario: un desecho del lumpen exterminado por su propia clase. Se tiene al presunto homicida pero no el cadáver, enterrado en medio del campo, junto a una fuente o debajo de un árbol o arrimado al hueco propicio de la cuneta. ¿Dónde estará? La partida de búsqueda se lanza a ciegas en medio de la noche, cuando el muerto está aún caliente. Aquí no, aquí tampoco. Un poco más adelante, quizás. Excursión al tuntún alentada por las pistas del detenido (frío, frío, caliente, caliente), que progresa hacia la decepción vertida en una manta de hostias sobre el confeso criminal. La expedición la forma un grupo repentinamente berlanguiano (los policías, el comisario, los sepultureros, el fiscal, el médico, los sospechosos), donde la sofisticación del proceso investigador es una pantomima que se queda para la brillantez de las series americanas (el escritor Friedrich Dürrenmatt, en "La promesa" -novela de la película "El cebo" de Ladislao Vajda: ya tenías que haberla visto- reprochaba que en la literatura negra o el cine más negro aún se retratara falsamente el trabajo de detective: ni deducciones felices, ni estéticas expresionistas, sino un trabajo burocrático y desapasionado anquilosado en pesquisas que se eternizaban durante años) a los que la cruda realidad de la falta de medios les obliga a bajarse todos, otra vez, para arrancar el vetusto coche oficial a empujones. ¡Mete segunda y suelta el freno! ¿Así cómo vamos a entrar en Europa?

El viaje de una noche recorriendo las zonas rurales de Anatolia, de Turquía, me sumerge inmediatamente en lo vivido hace décadas, en trayectos nocturnos por las carreteras secundarias de Salamanca, carreteras solitarias y estrechas que atravesaban el monte, pedregales salpicados de arboles robustos que lanzaban sus ramas sobre el cielo del asfalto. Sólo el hombre sólo, aunque viaje acompañado. "Érase una vez en Anatolia", el comienzo adecuado para el relato de un episodio que cualquiera que estuviera allí se animaría a contar muchas veces, como los ciegos que en las plazas de los pueblos daban cuenta de la crónica negra nacional en sus pliegos de cordel. Esa Turquía "moderna" develada por la mirada de Nuri Bilge Ceilan afirma el tópico de país atrapado entre férreas tradiciones y ansias de modernidad, anhelos de entrar en una Unión Europea que contempla el símbolo de la media Luna con suspicacia apenas disimulada. Grupo de hombres duros, oscuros, de profundas ojeras negras que se asoman afiladas sobre su bigote rotundo: si se proclamaran de nuevo las Cruzadas, en el cuerpo a cuerpo nunca escucharíamos la campana del segundo asalto, pobre hombre occidental arrasado por una cultura consumista infantiloide. Hombres duros que de repente se conmueven hasta la lágrima por la aparición de una niña, un ángel surgido en medio de la madrugada, la belleza que emerge deslumbrante hasta donde menos se la espera. Tras la fachada rocosa asoma lo mismo que en cualquier parte: el sentimiento, la decepción y la preocupación por la sangre de su sangre: el cariño y la piedad. La noche en vela, una vez superado el momento fatídico del sueño, arroja siempre conclusiones de una lucidez estremecedora: el hombre sólo se encuentra a sí mismo con las primeras luces del alba. La facultad de un cineasta para extraer lo universal diseccionando lo local, una autopsia del lugar más recóndito de Anatolia. Tan lejos, tan cerca. El tiempo es la única distancia.