lunes, abril 13, 2015

10 años de Licantropunk

Hace unos días, apareció en Tembladeral de sílabas, el imprescindible blog de Angelus, el título de un poemario que me sedujo al instante: "Aullido de licántropo". El nombre de ese libro, del poeta jerezano Carlos Álvarez Cruz, y la estupenda crítica que Angelus escribió sobre él, apuntaban a que esos aullidos serían un regalo acertado para celebrar el décimo aniversario de este pequeño Licantropunk. Y así se lo chivé a Akebono, la persona que hace todos los regalos, que recuerda todas las fechas: otro año más. Gracias, gracias. Además, como en tantas otras ocasiones, la condición de que esa recomendación llegara desde otro blog sería doblemente certera, renovando el bendito tráfico de influencias que esta década bloguera ha supuesto. Compartir una afición, que en realidad es devoción, con otros comulgantes del celuloide, una forma de prolongar el placer de ver una película hasta mucho tiempo después de que aparezca el The End en la pantalla. Pensar el cine: incrustar el recuerdo en la memoria, recuperar el sentimiento, paladear el rescoldo de la emoción experimentada.
Aullidos de un licántropo cinéfilo. El contador de visitas del blog muestra una cifra que me parece apabullante. Ya me resultaría pasmoso que una décima parte de esos visitantes hubiera leído la entrada visitada, pero si encima les hubiese gustado, aunque sólo fuera un poco, quizás una línea, un adjetivo bien colocado, o, mejor aún, incitar a ver la película de la que se hablaba, entonces la recompensa sería invaluable para mí. Mi agradecimiento a todos ellos, sobre todo a aquellos que tuvieron la inmensa generosidad de redactar un comentario. Decía Albert Camus que los que escriben con claridad tienen lectores y los que no, comentaristas: no sabía el escritor francés lo feliz que le hace a uno esa retroalimentación de opiniones. A los paseantes asiduos, con los que en algunos casos llevo manteniendo correspondencia cibernética durante muchos años, amigos míos (no voy a nombrarlos por no cometer la torpeza de dejar alguno en el tintero: ellos saben que lo son: la mayoría tiene su rincón dispuesto en la parte derecha de esta página), miles de gracias. Seguimos en contacto.

miércoles, abril 08, 2015

"Home. Hogar dulce hogar", de Tim Johnson

Dreamworks Animation ha producido varias películas realmente buenas: "Kung Fu Panda", "El origen de los guardianes", "Cómo entrenar a tu dragón" o "Los Croods" (otras franquicias como "Shrek" o "Madagascar" han tenido enorme éxito pero no entran en mi lista de preferencias). Destacadas películas de dibujos animados que no eran la que lleva por nombre "Home". En esta ocasión, como en muchas otras, se adapta a la pantalla un cuento infantil, un best seller en Estados Unidos, que teje una historia de amistad chachi entre un alienígena tontuno y una niña perdida que busca a su mamá. Con esos postes extiendan ustedes el resto, sustrayendo de la mente lo más básico para generar hora y media de entretenimiento familiar sin muchas pretensiones. Gracietas fáciles de choque cultural (la alianza de civilizaciones trasportada a la "tercera fase" de la animación por ordenador), aderezadas de empacho cromático, incluido el colorido multiétnico, y de cosmopolitismo globalizador, que para eso hay compañías aéreas de bajo coste deseando vender billetes (a cualquier precio). Y de modo subliminal, o no tanto, un anuncio publicitario de principio a fin: el de la cantante Rihanna: omnipresente pop de ínfimo nivel a lo largo de todo el metraje, al que se le añade que la conocida (supongo) diva mezzosoprano (dice Wikipedia) de las pistas de baile, otorga su voz a la niña protagonista en la versión original de la película.
Si la banda sonora no tiene encaje racional en la trama, la trama a su vez no tiene por dónde cogerse. Uno de los peores vicios de las películas pensadas (demasiado suponer en este caso) para los niños, es tomar a estos por tontos y llenar los fotogramas de dosis desequilibradas de candor y pedorretas, como si el coeficiente intelectual de los menores de 12 años fuera digno de la sinapsis de las estrellas de mar (un saludo a Patricio Estrella, por cierto). Además la acción se desarrolla a toda castaña, de modo que el menor atisbo de comprensión del relato queda anulado por la avalancha de fotogramas: rodajes patrocinados por los fabricantes de Ritalín. La verdad es que dan ganas de que los marcianos nos invadan de verdad, y de que el ser humano, al fin, evolucione, empero retornando al estado primigenio y plácido de la ameba, ese humilde microorganismo que le da pinta a los Boov que salen en la película, una especie de allende las galaxias que está muy avanzada tecnológicamente y que sin embargo es imbécil. Dense un paseo por la calle y contemplen a sus conciudadanos mirando hipnotizados su smartphone. Ya están aquí.

lunes, marzo 30, 2015

"Enemy", de Denis Villeneuve

Se dice que todos tenemos un gemelo en alguna parte. En quién sabe qué rincón del mundo, se está paseando un fulano con nuestro mismo aspecto, puede que en Pernambuco, o tal vez sea en Tombuctú. Un doppelgänger, una proyección astral, una casualidad genética o quizás un hermano separado en la cuna. Muchos santos, como San Francisco de Asís, tenían la facultad de la bilocación, es decir, estar en misa y repicando, una habilidad que a tantos nos gustaría poseer, pero que cuando pretendemos ejercerla solemos toparnos con aquello de nadar y guardar la ropa. Nunca estamos satisfechos, ay, esa cualidad de supervivencia de la especie convertida en terrible muestra de codicia a poco que uno se descuide.
Anthony (Jake Gyllenhaal) es un triste profesor universitario de Historia. No triste porque sea una triste profesión la de transmisor de conocimientos, sólo faltaba, sino porque se le ve más triste que Marco el día de la madre. El afán cotidiano de dar clase, de no predicar en el desierto, los mismos discursos año tras año, como una piedra de Sísifo que termina aplastándote sin remedio. Ser otro: nowhere, fast. Apurar hasta la última gota la poción de Jekyll, encontrar al príncipe y darle el cambiazo por el mendigo. A Anthony se le propone un viaje a través del espejo, caer por el hueco del árbol, y la llave de Alicia resulta que está dentro de una película. Cómo no. Ver cine es la oportunidad más sensata y factible de vivir otras vidas, de experimentar emociones que ni por asomo tendremos en nuestra mediocre existencia social. El Macguffin no puede ser más acertado.
Avanza el metraje, doblándose en las esquinas y obligando al espectador a que se doble a su vez, a que visite zonas de su cerebro que, en mi caso, un tal David Lynch ha logrado abrir en varias ocasiones. Sería Lynch si la estética de "Enemy" hubiera decidido calentarse unos grados más, pero bien podría ser un Lynch más oscuro y menos neón. Y pensando en Lynch (y en "Mulholland drive" y en cuánto se echa de menos un largometraje suyo, van para diez años desde el último) surge Isabella Rossellini en los fotogramas, como una bofetada de azar.
Junto a Lynch tanta arquitectura, Toronto entero, arroja a la retina a otro gran esteta del celuloide, Michelangelo Antonioni, sobre todo el de "El grito" o "El desierto rojo": edificios que acumulan formas geométricas extrañas, laberinto hostil de hormigón y cristal en el que es tan sencillo perderse como encontrarse, encontrar al otro. Al otro Gyllenhaal. Cuento las películas que he visto de este actor como quien enumera alegrías. Desde "Donnie Darko" de Richard Kelly, film de culto, hasta la última que había visto de él, "Prisioneros", también a las órdenes del canadiense Denis Villeneuve. Jake Gyllenhaal se sitúa dentro de los personajes que interpreta a la perfección, caracteres que por lo general se colman de desesperanza, se sitúan unas millas más allá de estar de vuelta de todo, y conducen la trama a pozos oscuros, donde se mezclan sueño y realidad. 
Referencias, referencias, una película que hace saltar todas las conexiones cerebrales (como suele suceder con las grandes películas: fábricas de preguntas, no de certezas) con lo visto, con lo leído, con tránsitos desabridos hacia el otro lado: Gregorio Samsa quiere ser un insecto, Peter Pank un licántropo, Renfield un vampiro, Don Quijote un caballero andante... "La posesión" de Andrzej Zulawski sobre todo, ese final de impacto para terminar de demoler las certidumbres del espectador, pero también "Inseparables" de David Cronenberg, la bipolaridad tomando cuerpo. Al final de la película, al iniciar los créditos, aparece la referencia real: "El hombre duplicado" de José Saramago. No figura esa obra entre la media docena de novelas que he devorado del genial escritor portugués. Habrá que arreglarlo.

miércoles, marzo 25, 2015

"El hombre más buscado", de Anton Corbijn

John le Carré y el cine, una relación vigorosa. Y antigua. Desde "El espía que surgió del frío", dirigida en 1965 por Martin Ritt, hasta la reciente "El hombre más buscado", una apreciable cantidad de su veintena larga de novelas ha sido llevada a la pantalla grande, un plus de disfrute para la mayoría de los lectores (y también para aquellos que no se acercan a un libro pero que nunca desdeñarían una buena película de espías) de este escritor británico. Y escribo disfrute porque, en general, las adaptaciones cinematográficas realizadas han obtenido éxito: bien dirigidas y con repartos acertados. Como ahora: Anton Corbijn director y Philip Seymour Hoffman protagonista.
Anton Corbijn llega al cine desde la evolución natural de la fotografía, famoso fotógrafo del rock, pasando por la academia de la realización de videoclips musicales hasta alcanzar su debut como director en la película "Control", mirada profunda y sentida hacia los últimos tiempos de Ian Curtis, el ya mítico cantante de la banda Joy Division, uno de los muchos grupos a los que Corbijn apuntó con su cámara fotográfica: el blanco y negro en los negativos, como característica principal, y la intención de atrapar el instante, el gesto, sin artificios: desnudar la verdad. Dos serán los retratados en "El hombre más buscado": uno la ciudad de Hamburgo, paisaje urbano de ciudad portuaria, enfocada como mole poco amigable, una penumbra apenas iluminada por fluorescentes parpadeantes y la tenue luz del sol del norte; y el otro, Philip Seymour Hoffman, en un imprevisto canto del cisne fílmico, imprevisto pero que parece anticipatorio: el actor en su laberinto, encarnando a un personaje de vuelta de todo, resabiado y escéptico, y aún así capaz de albergar destellos de esperanza. Pero si hay esperanza, mayor será la pena.
El agente secreto Günther Bachmann, al que da cuerpo Hoffman, despide un intenso hálito de tristeza, de angustia vital, un ambiente crepuscular que resulta estremecedor para el espectador que ya sabe. Y hubiera sido estupendo que la película tuviera un happy ending brutal, catártico, pero esto acaba de puñetera pena. John le Carré sigue vertiendo toneladas de cinismo en sus líneas, por las páginas de sus novelas continúan fluyendo kilómetros de alcantarillas malolientes, esas sobre las que la Historia oficial clava sus pilotes. Se descongeló un bloque, alterando la polaridad mundial, pero no por ello han menguado los temas: de la hoz y el martillo el escritor se cambia a la medialuna, iconos que se alternan para marcar la actualidad, demostrando que a los postores de derechos cinematográficos no les faltará trabajo nunca.
John le Carré fotografiado por Anton Corbijn (Hamburgo, 2012)

domingo, marzo 15, 2015

"Bullhead", de Michael R. Roskam

En "De óxido y hueso" de Jacques Audiard aparecía un gigantón que llevaba a sus espaldas a Marion Cotillard, un tremendo bicharraco tan sobrado de musculatura como falto de luces, interpretado por el actor belga Matthias Schoenaerts (bueno, no sé si belga, si flamenco, si valón, y no sé si de Antwerp, o de Antwerpen, o de Amberes: como prefieran, el cacao territorial no es exclusivo de la Península Ibérica, por supuesto). De entonces quedó apuntado que el tal Schoenaerts ya había epatado en una producción anterior a "De óxido y hueso" (por la película de Audiard recibió un premio César), el drama "Bullhead", cinta que representó a Bélgica en los premios Óscar de 2012, logrando alcanzar las nominaciones finales, pero derrotada a la postre por "Nader y Simín, una separación" de Asghar Farhadi.
Matthias Schoenaerts es protagonista absoluto de "Bullhead", suya es la cabeza de toro, y también hace aquí el papel de un gran pedazo de carne con ojos. Y de carne va la cosa: thriller cárnico: mafias que trafican con hormonas, con surtidos ingentes de compuestos químicos destinados a engrosar los beneficios de cualquier establo europeo. La hormona del crecimiento puede tanto convertir en prodigio a un prometedor futbolista, como acelerar el plazo que emplea un ternero en convertirse en un animal adulto listo para pasar por el matadero. Y esta intriga policial, lumpen charcutero, ya sería suficientemente atractiva para despertar el interés de un público que, frecuentemente, escucha en los informativos noticias de impacto acerca de la mierda (con perdón) que nos alimenta: monstruosos filetes inyectados sin mesura para la deglución incansable de una sociedad europea sobrealimentada y ahíta hasta la náusea.
Sin embargo, la porción clembuterolesca del guión pierde peso para cedérselo al drama personal de Jacky Vanmarsenille, el personaje que interpreta Schoenaert, joven ganadero angustiado por un trauma infantil (tan psicológico como físico: sólo de recordarlo me dan mareos) de aquellos de los que no hay ni escapatoria posible ni terapeuta que lo arregle (será la actuación del desgraciado meat loaf, desesperación y rabia apenas contenidas en un cíclope trágico siempre a punto de estallar, el valor a destacar en este film). Las dos líneas argumentales se cruzan y descruzan a lo largo de la cinta hasta que llegan a embarullarse en demasía, nudo gordiano que, como bien sabía Alejandro, sólo se puede deshacer cortándolo de un diestro tajo. Y a otra cosa.

domingo, marzo 08, 2015

"La venus de las pieles", de Roman Polanski

Leopold von Sacher-Masoch. La segunda parte de ese apellido compuesto dio origen a un término de uso común que sirve para denominar un comportamiento sexual que de común tiene poco (supongo). La novela corta "La venus de las pieles", obra del mencionado escritor austriaco, sería un relato romántico más, amores corteses entre la alta sociedad decimonónica, de no ser porque a los amantes Severin y Vanda les va la marcha varios niveles por encima del mordisquito en la oreja: bondage y sumisión, ama y esclavo, fustas y mercromina. En la reciente "Nymphomaniac", catálogo de desviaciones sexuales varias, le dedicaba Lars Von Trier un pasaje a las prácticas que convirtieron a "La venus de las pieles" en un clásico de la literatura erótica, aunque no habrá referencia cinematográfica mejor que los latigazos que se le propinan a la divina Catherine Deneuve (que, por cierto, en esa película se llama Severine, como en "La venus de las pieles" se llama Severin el protagonista) una pareja de cocheros en medio de un bosque en "Belle de jour" de Luis Buñuel. Al director aragonés se le identifica, y no sin razón, en el atrevimiento a la hora de retratar lo prohibido, en mayor o menor medida sutil. No en vano reconocía una gran influencia en la lectura de las obras del Marques de Sade, y no sólo en él, sino en todo el movimiento surrealista. Sade y Masoch.
Thomas (Mathieu Amalric) es un autor teatral que ha realizado una adaptación de "La venus de las pieles" y que está componiendo el reparto para la representación de la obra. A deshora, en medio de la noche y la lluvia, cuando Thomas está sólo en el teatro y a punto de marcharse, aparece Vanda (Emmanuelle Seigner) con la intención de realizar una prueba para el papel de la protagonista de la novela de Sacher-Masoch, la otra Vanda. En la siguiente hora y media de película se va a asistir a un extraño prodigio, el de la inversión de papeles, la dominación cambiando de bando y de sexo, la relación de poder entre el director de la obra y la actriz principal tornándose hacia lo no previsto, igual que, en "El crepúsculo de los dioses" de Billy Wilder, Erich Von Stroheim se convertía en el mayordomo sumiso y obediente de Gloria Swanson. Ese encuentro con Vanda, de la que no va a quedar duda de que es Vanda, se convierte en la visita de la musa al creador, la idea que surge del dios y que queda confinada en tinta y en papel, pero que vuelve para desnudar lo escrito despojándolo de cualquier artificio, capas de estilo, hasta llegar a lo autobiográfico, a lo que todo escritor emplea de sí mismo cuando compone un relato.
 Dios le castigó, poniéndole en manos de una mujer, cita bíblica que encabeza la novela y que resulta certera, si bien apoya la sempiterna idea cristiana de identificar a la mujer con el mal y el pecado. Así, Emmanuelle Seigner, perfecta en su papel, se presenta como un súcubo nocturno, irreal, dispuesto a cercenar la voluntad del pobre Thomas y de conducirlo por senderos prohibidos. Seigner, señora de Polanski, ya encarnó un personaje similar en "Lunas de hiel", tentando entonces a un pánfilo Hugh Grant y haciéndolo ahora frente a la mirada nerviosa, febril, de Mathieu Amalric, que personifica a un director que no puede ser otro que el propio Roman Polanski, demasiado mayor quizás para realizar el papel de Thomas (de Severin), pero no para dirigir estupendamente esta compleja historia (la película está basada en una obra teatral escrita por David Ives) y crear, otra vez, una atmósfera plena de intensidad, tan seductora como inquietante.

sábado, febrero 28, 2015

"El francotirador", de Clint Eastwood

Para valorar adecuadamente la última película de Clint Eastwood, habría que dirimir una cuestión que permitiría separar su condición más evidente, habilitando la posibilidad de una lectura entre líneas: ¿Cuánto tiene de alegato belicista y cuánto tiene de retrato de la realidad? Si la balanza se inclinara hacia lo primero, tendríamos delante una película prescindible en su totalidad, cine propagandista y patriotero, emparentado con el "Rambo" firmado por George P. Cosmatos en plena era Reagan: el tío Sam te quiere, carne joven que alimentará un conflicto sangriento alentado por viles intereses económicos: la desgracia de vivir sobre un mar de petróleo. Así, si ese fuese el caso, el (probable, 85 años va a cumplir el californiano) epílogo cinematográfico de Eastwood sería un pobre colofón para una carrera que ha brillado con fuerza, tanto delante como detrás de la cámara, una cinta que mostraría más sus conocidas posturas ideológicas que su probada capacidad fílmica.
Ojalá se trate de lo segundo, que la intención de esta película, basada en la autobiografía de Chris Kyle, el francotirador más letal que nunca haya tenido el ejército de Estados Unidos (los criminales en serie que visten de uniforme y combaten en el lado victorioso alcanzan la categoría de héroe nacional: desde el principio de los tiempos y sin importar el bando, el conflicto, o la nación de procedencia: no es mi intención acusar sino definir), sea la de ser fiel al mensaje que contenga ese libro y dar cuenta de cómo un tipo cualquiera puede llegar a convertirse en una afinada máquina de matar. Dios, patria y familia. El rifle y la Biblia. El padre que enseña a su hijo a disparar y que contempla, orgulloso, cómo el niño abate de un disparo a su primera víctima (Y no era por hambre que iban a cazar, escribía Rubén Darío en "Los motivos del lobo"), presa indefensa y pacífica. Son los rambos que todos los niños quieren ser cuando sean mayores, en la letra de "Haz turismo", la canción de "Los Celtas Cortos", casi un himno generacional: los niños nos haciamos mayores y ya no queríamos saber nada ni de armas, ni de servicio militar: ejércitos, pero de objetores de conciencia. ¡Mili KK! ¿Quién se acuerda? En España se perdió hace muchas décadas el ardor guerrero pero en USA sigue vigente, no lo han perdido nunca, guerra continua, y supongo que esa es una característica esencial para entender los porqués. Join the army!
Parece que intento buscarle excusas a la película y, francamente, me está saliendo un ejercicio de abogado del diablo bastante pobre. La película, para ser equilibrada en sus propósitos, debería conceder voz al enemigo, y eso no aparece ni por fallos de racord: ellos son los malos pésimos, nosotros los buenos bonísimos. Punto. El suyo es el carnicero, el nuestro la leyenda. Un guión horrendo, ya sea en el campo de batalla o en el hogar de Texas, trama que, por lo visto y oído, debe proceder de un libro infame a su vez. Para más inri el protagonismo lo enhiesta Bradley Cooper, el valeroso soldado Cooper, un actor incapaz, en su mediocridad, de transmitir de forma afortunada el menor sentimiento al espectador. ¡Y sin embargo es su tercera nominación seguida al Óscar! Eso sí, con "El francotirador" ha logrado una cuarta, como productor de la película, opción que, teniendo en cuenta la pasta que lleva recaudada la cinta, podría haber sido el galardón más justo que obtuviera nunca. Ay.
Hazañas bélicas modernas de celuloide: "Black Hawk derribado" de Ridley Scott, "Banderas de nuestros padres" o "Cartas desde Iwo Jima" de Clint Eastwood, "La delgada línea roja" de Terrence Malick, "Salvad al soldado Ryan" de Steven Spielberg (qué primera media hora), "En tierra hostil" de Kathryn Bigelow (esa sí es una buena muestra de los efectos del estrés de combate y no la absurda mirada bobalicona de Mr. Cooper), "Enemigo a las puertas" de Jean-Jacques Annaud (propicia la comparación con "El francotirador", pero cualquier comparación sería odiosa, tanto en ambientación como en actuaciones), sin olvidar las que se han centrado en los conflictos de Oriente Medio como "Redacted" de Brian de Palma, "Jarhead" de Sam Mendes, "Tres reyes" de David O. Russel, "Syriana" de Stephen Gaghan, "La noche más oscura" de Kathryn Bigelow, o incluso la estupenda serie de televisión "Generation Kill" creada por David Simon (padre de "The Wire", nada menos). Los cineastas actuales han sabido dar lustre al género, mostrando de manera acertada múltiples matices: la sangre pero también el alma, la épica y a la vez la desgracia vital: las medallas y las alcantarillas. Algunas de estas películas se han ganado la eternidad. "El francotirador" también, pero sólo en las oficinas de reclutamiento.

lunes, febrero 16, 2015

"El gran hotel Budapest", de Wes Anderson

Con el fundido a negro del último fotograma de la película, aparece una frase que concede la inspiración del guión a los escritos de Stefan Zweig, figura protagonista del panorama literario europeo en el periodo de entreguerras. Y, más que inspiración, el propio escritor vienés será el narrador de este nostálgico cuento crepuscular localizado en la parte oriental de Europa: austrohúngaro, en palabras de Berlanga. Tom Wilkinson encarnará a Zweig, pero se presenta como el autor en mudanza, quizás en la última etapa de su exilio, en la ciudad brasileña de Petrópolis, donde el austriaco de ascendencia judía había recalado tras abandonar su patria, escapando del ascenso del nazismo: ese periplo de huida y de angustia, de no sentirse seguro en ninguna parte, concluiría con el suicidio del escritor y de su esposa. El Stefan Zweig maduro de Wilkinson deja paso al joven Zweig de Jude Law, alojado en el gran hotel Budapest, lugar donde se entrevista con un anciano millonario, el señor Moustafa (F. Murray Abraham), propietario del ya decadente establecimiento hotelero, que relata antiguas peripecias, los días en que era el botones Zero (Tony Revolori) y conoció a la figura que cambiaría su vida, el atildado conserje monsieur Gustave (Ralph Fiennes), auténtico eje de la trama: estructura de muñecas rusas: los recuerdos son ajenos y el relato se embellece y se aleja de la verdad en cada transición. Y para cada línea temporal, un ancho de fotograma distinto.
Aunque sea el nombre de Stefan Zweig el que se coloque en el telón, se podría pensar que una referencia segura para la trama y la estética del filme serían los tebeos de Tintín escritos y dibujados por el belga Hergé. Se cambia la república de Zubrowka por el reino de Syldavia, se invita a Bianca Castafiore a actuar en el salón principal, al conserje y al botones se les cambia la profesión (y el carácter) por los de capitán de barco y periodista y se completa la comparación con la estética de los villanos (fantástico el que interpreta Willem Dafoe, aunque esa pinta tiene mucho que ver, más bien, con el expresionismo alemán), la ambientación de los escenarios cuidados hasta el último detalle, el paisaje montañés... Cine de línea clara, muy colorido, recargado y barroco, marca de autor para Wes Anderson, que se lo pasa en grande jugando con sus personajes, siluetas recortables que se mueven por enormes casas de muñecas, por lo general sobreactuados (Gene Hackman en "Los Tenenbaums", Jason Schwartzman en "Academia Rushmore", o el mismo Schwartzman junto a Owen Wilson y Adrian Brody en "Viaje a Darjeeling" y, claro, todos los muñecos de "Fantastic Mr. Fox") para remarcar la condición de relato imaginado, simulación de la realidad pero completamente ajeno a ella.
Con un reparto cuajado de actores conocidos, muchos de ellos habituales en la filmografía de Anderson, crea el director esta cinta, la más exitosa de todas, la última de una carrera caracterizada por la minuciosa construcción de microcosmos que se han ido ensanchando hasta llegar a "El gran hotel Budapest", donde el ámbito del lujoso alojamiento se queda pequeño y se da entrada a un intento de perspectiva de época, la de los años previos a la Segunda Guerra Mundial, tiempos que traerán consigo el final definitivo de la vieja Europa, aquella del monóculo y el mostacho, del palacio y la carroza: la extinción de la nobleza elitista y privilegiada a la que ni el capitalismo, ni, sobre todo, el comunismo, van a garantizarle la salvaguardia secular del linaje: sólo cuenta la fortuna. La del banco, por supuesto.

jueves, febrero 05, 2015

"La isla mínima", de Alberto Rodríguez

El sur no sólo existe, como cantaba Joan Manuel Serrat en poemas de Mario Benedetti, sino que es territorio protagonista del último cine español. Ya la que fue considerada el año pasado como mejor película española, "Vivir es fácil con los ojos cerrados" de David Trueba, era un viaje iniciático, en busca de John Lennon, con destino Almeria. Otro de los éxitos actuales, "El Niño" de Daniel Monzón, incluso avanza un poco más allá y salta el estrecho de Gibraltar: bajarse al moro y volver a la Península a toda pastilla. Y el propio director de "La isla mínima", Alberto Rodríguez, situó su película anterior, "Grupo 7", en las calles de Sevilla, agitadas policialmente por la obsesión de limpiarlas antes de dar inicio a la convulsión universalista de la Expo 92.
Geografía sureña, andaluza, y, en el caso de "La isla mínima", marismeña: el estuario del río Guadalquivir: Doñana, los arrozales, El Rocío: la angula y el camarón. El entorno pantanoso trae al recuerdo el cine estadounidense que se localiza en Nueva Orleans y sus alrededores, el delta del Misisipi en el estado de Luisiana, donde habitan los cajunes, pueblo singular al que la literatura y el cine han concedido reminiscencias de realismo mágico. "Mud" de Jeff Nichols, "Bestias del sur salvaje" de Benh Zeitlin, "El corazón del ángel" o "Arde Misisipi" de Alan Parker (esta última sería la más comparable a "La isla mínima", cambiando franquismo por racismo: épocas de cambios convulsos), o, claro, el bombazo televisivo reciente de la serie "True Detective" (otra buddy movie). Sea cajún o marismeño, en la cinta se percibe un tono común: lo onírico, casi irreal, pero también la potencia del paisaje, magnificado en "La isla mínima" por unas poderosas tomas cenitales de gran belleza: rodaje Google Earth.
1980, en plena Transición. El semanario "El Caso" registra cómo la España negra de los sacamantecas se adapta a nuevos tiempos pero perpetuando los mismos crímenes horrendos. Todo cambia para que nada cambie, para que los personajes más siniestros de la dictadura del general Franco muden de piel y queden impunes frente al castigo que sin duda merecen: años de plomo, de tortura, de represión, de violencia institucional. La película de Alberto Rodríguez supera su condición de género para aportar el valor añadido de la perspectiva histórica, como si no sólo la película, sino el equipo de rodaje al completo, hubieran empleado un túnel del tiempo para viajar a la época, logrando la impronta de aquel cine de la Transición, donde la denuncia en fotogramas parecía querer hacer frente al cómodo olvido: en ese lejano 1980, la película "El crimen de Cuenca" de Pilar Miró, padecía el dudoso honor de ser la única película española a la que se le ha impedido el estreno después del establecimiento de la democracia. Gran cine molesto.
"La isla mínima" se apuntala, por tanto, no sólo en el disfrute de una intriga policial dotada de excelentes escenas de acción y emoción, desarrolladas con mucha convicción por su pareja protagonista, Javier Gutiérrez y Raúl Arévalo, y ambientadas con una fotografía excepcional. La cinta va más allá y mira de reojo hacia el pasado más oscuro, la memoria que se quiere mantener sepultada para siempre, y que, contra todo pronóstico, se resiste a la extinción y sigue viva. Hay casos que nunca se cierran, que ni siquiera llegan a abrirse, pero los cadáveres dejados atrás no pararán de arañar, noche tras noche, la amarga puerta del insomnio.

martes, enero 27, 2015

"A propósito de Llewyn Davis", de Ethan Coen y Joel Coen

Un paseo por Nueva York en los años 60, en concreto por el lado de Greenwich Village, conocido epicentro cultural de la Gran Manzana. Esa parte de Manhattan es símbolo de vida bohemia, urbanita, y en sus bares de música en directo se dieron a conocer artistas que después tendrían fama mundial como The Mamas & the Papas, Simon & Garfunkel, Joan Baez, Peter, Paul and Mary, Bob Dylan, Pete Seeger, Kris Kristofferson, etc. El folk se mezcla con el rock y resulta ser un medio estupendo para enviar mensajes revolucionarios, contraculturales, capaz de aunar en un solo himno la voz dispersa del inconformismo. The Times They are a-Changin.
Llewyn Davis (el actor Oscar Isaac: le recuerdo en "Ágora" de Alejandro Amenábar) será arquetipo de esa época. Pero los Coen no le van a colocar en la senda del éxito, sino en la legión de aspirantes que se quedó en el camino y que, sin lugar a dudas, representa la mayoría de las historias que se pueden contar de aquellos viejos tiempos. La estética del perdedor. En los escasos días a lo largo de los que trascurre la trama, a Llewyn Davis le van a caer golpes de todas las categorías y calibres, una odisea (no en vano lleva bajo el brazo a un gato llamado Ulises, un pequeño polizonte que sirve de McGuffin de buena parte del guión) vital que parece empeñada en hacerle colgar la guitarra y obligarle a sentar cabeza: búscate un trabajo serio, chico. Hasta el clima, invernal y grisáceo, parece en su contra, como si el mismo Poseidón se sumase al complot. "A propósito de Llewyn Davis" es el despertador, inmisericorde, del sueño americano (si se quiere disfrutar de un biopic para la otra cara de la moneda, se puede ver "I'm not there" de Todd Haynes: en busca de Robert Allen Zimmerman: no, no está allí).
Y poco más hay que ver en esta película de los hermanos Coen. Lo negro habitual en su cine (el negro en el humor y en el crimen) queda diluido en un discreto gris que, sin embargo, encierra un poderoso mensaje de melancolía. En un coche que avanza, a través de una sucia marea de aguanieve, por la ruta hacia Chicago, se reúnen un viejo jazzman drogadicto, un poeta beat ensimismado y el extraviado Llewyn Davis con su gato Ulises: un auténtico viaje hacia ninguna parte.

martes, enero 20, 2015

"Birdman o (la inesperada virtud de la ignorancia)", de Alejandro González Iñárritu

Bitelchús, Bitelchús, Bitelchús. Diga ese nombre tres veces y se aparecerá... Michael Keaton. El mejor papel de su carrera. ¿El de Birdman? No, no, aquel que hizo para la película "Beetlejuice" de Tim Burton, el personaje de un fantasma cachondo y salvaje capaz de expulsar, por las malas o las peores, a cualquier visita indeseada. Y de la mano de Burton también llegó Batman. Batman/Birdman. ¿Cómo no iba a ser Keaton el más indicado para la película de Iñárritu? "Birdman" es una metáfora de su propia carrera. En "Batman", con el actor enfundado en un musculado traje de vinilo negro y a las órdenes de la mente siniestra de Tim Burton, se renovó el género cinematográfico de superhéroes, llevándolo a un escalón superior, marcando pautas nuevas: bombazo mundial en taquilla. Ponerse una máscara y zumbarle a los malos parece que es muy rentable (Robert Downey Jr. es el actor mejor pagado de la actualidad por interpretar a cabeza de lata en las múltiples "Iron Man" y "Vengadores" que Hollywood considere necesario seguir rentabilizando) y, además, proporciona una fama universal al que encabeza los créditos
De una colección de recortes de prensa, de las vivencias que un actor tiene a lo largo de su carrera, surge el surtido de temas abordados en "Birdman": pasar de la fama al olvido y, si hay suerte, a la fama de nuevo (Billy Wilder dejó todo dicho en "El crepúsculo de los dioses"); la competencia con los compañeros de reparto, que puede llevar al odio absoluto, sobre todo sin son más jóvenes, más guapos y, ante todo, con más talento; la relación, enemigos mortales, con los críticos; los líos conyugales derivados de ser una estrella de cine a la que mucha gente le gustaría conocer más "íntimamente"; el embrollo monumental que es producir una película o una obra de teatro que tenga el ánimo de triunfar comercialmente; la esquizofrenia de la identificación con el personaje mundialmente conocido. Esta última faceta tiene gran importancia en la película: bipolaridad a través del espejo. Aparece cuando el espectador traspone al intérprete y a su interpretación, confunde el icono y su significado, y ese equívoco público termina por trasladarse a la vida privada del actor (el caso canónico de Béla Lugosi y Drácula). Muchos matices repasados pero ninguno rematado, pienso. Quizás el que me dejó sin parpadear fue el del enfrentamiento con la crítica teatral del New York Times, francotiradora solitaria que ejerce sin la menor piedad, acodada en la barra de un garito, su venganza intelectual contra el cine palomitero y sus retoños, esos que osan subirse a las sagradas tablas de un teatro, a rebufo de la fama popular y la pasta acaparada, para perpetrar navajazos dramatúrgicos contra autores de la talla literaria de, por ejemplo, Raymond Carver.
Con estos supuestos se puede entender que si Michael Keaton se lleva el Óscar será por desnudarse, y no sólo el alma, no: un sesentón paseándose en calzoncillos por la avenida Broadway bien vale una estatuilla: pornografía de la decrepitud, rentabilidad de la decadencia (¿Cuál es mayor éxito crítico de Jean-Claude Van Damme? Una en la que sale llorando, "JVCD" de Mabrouk El Mechri). La actuación es bastante convincente, de acuerdo, pero puede, sólo puede, que Edward Norton le robe la mayoría de planos cuando los comparten (no sólo porque lo diga el guión, claro; también sale en calzoncillos, por cierto: cortos, largos y... holgados). Y es posible también que Naomi Watts pase por esta película sin pena ni gloria, algo encasillada. Y cuidado con Emma Stone, joven airada, que está sensacional. Keaton, Norton y Stone, nominados en distintas categorías: felicidades.
Plano secuencia o secuencia de planos secuencia o para qué tanto alarde innecesario. Desde que Alejandro G. Iñárritu cortó con Guillermo Arriaga, guionista de sus grandes éxitos, "Amores perros", "21 gramos" y "Babel", y que reclamaba mayor consideración en la autoría del producto final, se puede pensar que el director mexicano está un poco obsesionado con demostrar su virtuosismo cinematográfico, lo gran director que, sin duda, es. "Biutiful", sin embargo, su película tras el divorcio mencionado, era un bodrio empapelado de empacho técnico, y aunque en "Birdman" no se llegue, ni de lejos, a esas cotas de ofuscamiento, la verdad es que tanta insistencia, inútil, en tener la cámara flotando y dando vueltas, termina por marear. Celuloide y biodramina. Para salir volando.

jueves, enero 15, 2015

"La gran belleza", de Paolo Sorrentino

Roma en perpetua decadencia. Al menos es así desde la época del emperador Marco Aurelio, desde la irrupción del cristianismo, desde las invasiones bárbaras. Ahora el invasor es otro, turismo invasor: un turista oriental cae al suelo desmayado por la extenuación de una jornada intensa, de recorrer un catálogo ingente de monumentos bajo el tórrido sol del verano romano o, causa más afortunada, fulminado por el síndrome de Stendhal. Cuánta belleza, gran belleza. El arte moderno, su expresión, que aparece en la película, resulta estéril, fatuo, de consumo fácil y fecha de caducidad temprana, contrastando con corredores en penumbra de antiguos palacios, colmados de esculturas y tapices que han aguantado el paso de los siglos: ruinas arqueológicas que aún levantan firmes sus osamentas ante el desprecio de la intemperie, lucha secular contra el abandono y el tiempo.
Jep Gambardella (Toni Servillo) cumple 65 años y se siente también como una ruina inútil, como el exponente de una generación vaciada, que ha perdido sus ideales y olvidado sus ambiciones, sobornada por los cantos de sirena del dinero, del lujo y de la fiesta continua. El sumo sacerdote de la religión de Jep es el cirujano plástico, el himno de su ejército lo perpetra un DJ ibicenco y el pozo de su talento literario queda consignado en los ecos de sociedad. Fiestas de vampiros: todos creen aparentar menos edad de la que realmente tienen: cuando tú te levantes por la mañana yo colocaré la tapa de mi ataúd. La sátira, la caricatura, lo grotesco. La ironía y el feísmo dominando el metraje, como en aquella otra película de Sorrentino, "Il divo", los últimos días en el poder de Giulio Andreotti, también con la piel de Toni Servillo en el papel protagonista. Pero cualquier referencia cinematográfica de "La gran belleza" deberá llevar el nombre de Fellini, claro: "La Dolce Vita", "Roma", "Giulietta de los espíritus", "Las noches de Cabiria". Una estética poderosa no exenta de ternura y que conduce de cabeza a la nostalgia. Y aunque la banda sonora no la firme Nino Rota, será igualmente perdurable en la memoria. Sostiene Jep que a Italia se la conoce mundialmente por la moda y la pizza. Y el cine, añado yo.
En su último tramo, la película toma una deriva realmente extravagante (aún más). Entra en escena una monja milagrosa (Roma llena de órdenes religiosas, una característica patente a lo largo de toda la cinta), trasunto de Teresa de Calcuta, virtud y mortificación absolutas, que parece representar lo opuesto a la pecaminosa existencia cotidiana de Jep. Ni la bailarina de striptease ni la santa en vida serán capaces de señalarle el camino: la percepción de la belleza, esa revelación trascendente que se tuvo con el primer amor, edad de la inocencia, y que se ha vuelto un sentimiento irrecuperable: no es posible bañarse dos veces en el mismo río, ni aunque ese río sea el Tíber, cauce primordial de la civilización de Occidente. Cada vida compone sus coplas manriqueñas, cada persona atesora sus ocasiones perdidas y, de cuando en cuando, mira hacia atrás y las contempla: la anestesia del recuerdo, lo que pudo ser y no fue. Esa posibilidad de haber sido es capaz de provocar un destello de esperanza en el ánimo nihilista de Jep. La melancolía autocomplaciente de la memoria.