miércoles, agosto 27, 2014

"Guardianes de la galaxia", de James Gunn

"Los siete magníficos" de John Sturges, "Grupo salvaje" de Sam Peckinpah, incluso aquellos indómitos marines espaciales de "Aliens: el regreso" de James Cameron. Reuniones heterogéneas de tipos duros (y "tipas": me venía al pelo la mención a la de Cameron, con la soldado Vasquez lista para matar), muchos de ellos forajidos crueles, desesperados, cada uno de ellos dotado de un carácter singular y unas habilidades específicas, fácilmente identificables por el público, y que, de manera imprevista y poco meditada, deciden ponerse al servicio del bien común en vez del propio. Defender la causa, combatir el mal: cambiar de bando y ser un maldito héroe: el antihéroe como arquetipo que siempre quedó bien en el celuloide.

El espíritu ochentero (incluso setentero o anterior: la banda sonora así lo canta), no sólo por la onda musical, también por algunas expresiones del hombre desactualizado que no sé si se encuentran en el idioma original de la cinta, pero que quedan chachi. Pero poco simbolizará de forma tan certera una época como el walkman de Peter Quill, un monumento a la independencia juvenil. El walkman podía ser utilizado en cualquier parte y producía un aislamiento completo del entorno: él y tú frente a un mundo complicado: la redención que sólo una canción de tres minutos podía ofrecerte.

"Guardianes de la galaxia" está basada en personajes de la editorial Marvel, unos dibujos semidesconocidos para los que no sean avezados comiqueros, sin el tirón de otros superhéroes enormemente populares que no voy a mencionar. El universo Marvel es inmenso y en perpetua expansión pero, paradójicamente, es propicio a referenciarse y a cruzarse. "Guardianes de la galaxia" es otra vuelta de tuerca a las posibilidades argumentales inagotables que ofrece la ciencia ficción interestelar: razas alienígenas conviviendo con el ser humano en algún remoto confín del espacio. Conviviendo, pero con el conflicto siempre a punto de estallar: en cualquier momento un ente megalómano puede transformarse en un destructor total y merendarse un par de planetas sin apenas pestañear. Ante ello nada mejor que combatirlo con una de esas mezclas poderosas anunciadas al principio de la entrada: Peter Quill, exiliado terrestre, falto de superpoderes pero sobrado de gadgets (¿Rocketeer?) y de caradura (¿Han Solo?); Rocket, un mapache cibernético (¿Lobezno encogido?) que genera algunos de los mejores chistes de la película; Groot, el árbol, que desde el primer momento me trajo a la mente los Ent de Tolkien y que seguro será el espíritu benévolo que otorgue equilibrio al grupo; Drax, interpretado por el famoso luchador de Wrestling Batista: el intérprete perfecto: nada que añadir; y Gamora, rápida y mortal, la oveja negra (bueno, verde) que se vuelve contra los suyos, contra Thanos, su padre adoptivo, uno de esos villanos allmighty de la editorial y que al parecer tiene reservado más metraje en las próximas películas Marvel. Y, aunque no forme parte del grupo, hay que nombrar a ese secundario de vuelta de todo y con la espoleta siempre a punto de soltarse llamado Michael Rooker en el papel de Yondu Udonta.

El tono gamberro, pasota (otro arcaísmo, me temo), despreocupado de Peter Quill, da pie a una película muy divertida, de aventuras canónicas (comienza con una escena al estilo Indiana Jones, extrayendo un ídolo dorado del corazón de un templo perdido, y eso ya es empezar muy bien), con protagonistas ni de los buenos, ni de los malos, reconfortante clase media moral sometida a las tentaciones cotidianas del diablillo rojo en el hombre izquierdo y el angelito blanco sentado en el derecho: hacer cosas buenas, cosas malas, y un poco de ambas, como propone Quill.
Deseando ver la segunda parte.

sábado, agosto 23, 2014

"Mil veces buenas noches", de Erik Poppe

La secuencia inicial, unas duras escenas en las que se reconstruye el acto cotidiano de la muerte violenta e indiscriminada en zonas de conflicto (Kabul, la capital de Afganistán, en esta ocasión), puede hacer pensar que la película tiene más enjundia que la que delata su título y su cartel: pinta de película romántica protagonizada por Juliette Binoche y Nikolaj Coster-Waldau (a los que no le suene el nombre de este actor quizás les suene más el personaje que interpreta en la serie "Juego de tronos": Jamie Lannister, The Kingslayer). El comienzo de esta historia sobre una reportera de guerra (primer personaje femenino del celuloide con síndrome del Vietnam, que yo recuerde) parece conectar con la del yonqui de adrenalina bélica que retrataba Kathryn Bigelow en "En tierra hostil", una trama que trataba de forma sobresaliente la incapacidad de adaptarse a la vida normal para aquellos que han pasado mucho tiempo en el filo. Sin embargo el guión de "Mil veces buenas noches" (¿por qué se titulará así?) se edulcora sin remedio hacia un sonrojante (por facilón) conflicto sentimental-familiar, con madre que se pierde función teatral incluida: americanada: caracoles, caracoles. Del aroma Bigelow se percute al perfume Coixet, y los fotogramas nos empiezan a hacer meditar sobre la conocida pregunta de a qué narices huelen las nubes.

Conciliar la vida familiar y la laboral, dilema siempre complicado: la película reconfortará tanto a las estajanovistas de su trabajo como espabilará a las en exceso dedicadas al hogar: nadar entre dos aguas y contentar al mayor número de espectadores. Lo que no está tan claro es que la cinta guste en exceso a corresponsales de guerra reales, sea cual sea su sexo, esa casta periodística que, como decía el difunto Manuel Leguineche (grande entre grandes), era la de las tres des: depresivos, divorciados y dipsómanos. Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. 

jueves, agosto 07, 2014

"Cómo entrenar a tu dragón 2", de Dean DeBlois

En su día, cuando vi la primera entrega de "Cómo entrenar a tu dragón", de Dean DeBlois y Chris Sanders, la película se quedó sin entrada en el blog. No es tan raro: la cantidad de películas que quedan consignadas en Licantropunk está alejada de la cifra real de películas vistas. Me hubiera gustado revisar ahora lo que comenté de aquella, pero lo que no se me olvida es que me gustó mucho. Ya cuando escribí de "El origen de los guardianes" de Peter Ramsey, otra de las joyas de animación de la productora Dreamworks, mencioné "Cómo entrenar a tu dragón" como un ejemplo más de éxito (crítico y comercial) para la compañía del niño pescador. Y tras ese éxito vino una serie de televisión, que no he visto más que de pasada: la intención suele ser la de explotar el triunfo hasta el hartazgo, generalmente rebajando la calidad de la imagen y del guión, e infantilizando la trama para llegar al mayor número posible de público adicto al canal temático para niños. No negaré que entré a ver "Cómo entrenar a tu dragón 2", de nuevo con el director Dean DeBlois firmando la obra, con una mosca en la oreja del tamaño de un pterodáctilo.

Han pasado cinco años desde que los púberes del poblado vikingo de la isla de Mema empezaron a cabalgar los dragones que atacaban la aldea: llegó la paz en el enfrentamiento ancestral entre hombre y bestia. Pasa el tiempo y los chavales se convierten en adultos, maduran. ¿Será capaz también de madurar la historia? ¿Tendrán narices (por no mencionar otra parte) de realizar una secuela (que será saga: ya hay anunciada una tercera) en la que en vez de perpetrar la típica continuación que agote del modo más miserable lo bien hecho, resulte una evolución hacia delante, una producción que tire por el suelo el epitafio aquel de segundas partes nunca fueron buenas? Pues lo han hecho y ¡de qué manera!

Acero y fuego. Muchos años leyendo las historias de "Conán el barbaro", dibujadas por el mítico John Buscema para Marvel, o los oleos inigualables de Vicente Segrelles para la serie "El Mercenario" publicada en la revista Cimoc, o los trabajos de Richard Corben en Zona 84 o Metal Hurlant. No, que no se asuste nadie, pueden llevar tranquilamente a los niños al cine. En "Cómo entrenar a tu dragón 2" no aparecerá un bronceado cimmerio despedazando enemigos con su espada indómita, ni turgentes guerreras pelirrojas incendiando fotogramas del mismo modo que arrasaban tebeos, mientras suenan los himnos atronadores de los Manowar, pero algo de aquella fantasía épica canónica, de aquel espíritu sobrecogedor producido por peleas imposibles contra hechiceros oscuros y monstruos infernales, pervive en esta película, ciertas escenas que remueven todo ese bagaje pulp que empapelaba los kioskos de entonces y que consumíamos en la medida que la pasta propia y el préstamo de los colegas lo permitía. ¡Por Crom!

En 3D, formato que le viene perfecto a la película: la espectacularidad de los vuelos del joven Hipo a lomos del dragón Desdentao no hay ni que decir que es de las que quita el aliento. Además Dreamworks presume de un nuevo software de animación, denominado Apollo: uno ya se va acostumbrando a que en cada estreno de película de dibujos animados el detalle plasmado en el fotograma lo deje alucinando, pero en esta ocasión se lleva el nivel a realmente lo nunca visto: los personajes en vez de actuar parece que improvisen: sí, está entrada me está quedando algo exagerada: buena señal. Película de aventuras emocionante, divertida, apta para menores y, la mejor noticia, para mayores acompañados.


domingo, agosto 03, 2014

"Ida", de Pawel Pawlikowski

Desolación. El ánimo que deposita esta película en el espíritu sería ése, una desolación nihilista, sin remedio. Escribe el historiador Tony Judt en su libro "Postguerra: una historia de Europa desde 1945" lo siguiente: Muchos de los judíos supervivientes de Polonia se marcharon definitivamente de allí tras una serie de pogromos que tuvieron lugar durante la postguerra: 63.387 de ellos llegaron a Alemania procedentes de Polonia entre julio y septiembre de 1946. Con el fin de la Segunda Guerra Mundial no llegó la paz para una de las etnias que más persecución y masacre había sufrido durante el conflicto bélico. En "Shoah" de Claude Lanzmann se contaba cómo los desdichados pasajeros de los trenes que se dirigían a Treblinka, a Auschwitz y a tantos otros mataderos, contemplaban por los escuetos ventanucos de los vagones de transporte de ganado a sus compatriotas mirando sonrientes el convoy, pasándose felizmente el dedo pulgar por el gaznate en un gesto carnicero de odio secular. En cualquier guerra, la Guerra Civil Española incluida, las fosas comunes se llenan con envidias a la fortuna ajena: haciendas expoliadas, títulos de propiedad quemados, testamentos interrumpidos. Otra cita, ésta de la película "Las bicicletas son para el verano" de Jaime Chávarri (en realidad, de la obra de teatro en que se basa, escrita por Fernando Fernán Gómez): Con el final de la guerra no llegó la paz, sino que vino la victoria.

Anna, huérfana temprana recogida por unas monjas católicas, sólo ha vislumbrado el mundo a través de la celosía de las ventanas del convento, el retiro monacal apartado de cualquier tentación pero también de cualquier problema: la obediencia y el rezo son sus mayores preocupaciones: la paz de la ignorancia. Resulta que Anna no es Anna, es Ida. Emerger al exterior en un rito iniciático acelerado, desabrido y traumático: los fantasmas del pasado que regresan descarnados, como la calavera de Yorick, símbolo rotundo del no retorno. Pequeña road movie: romance de autoestopista con saxofón y todo. Suena "Naima" de John Coltrane y a qué negar que la espléndida fotografía en blanco y negro de la película alcanza lo sublime mecida por los prodigiosos acordes del saxofonista (y el colmo de la casualidad se produce cuando al día siguiente, en Radio 3, en el programa "A todo jazz" presentado por Cifu -para los amigos-, pinchan "Naima" interpretada por un quinteto polaco de jazz: lo raro sería no sorprenderse de que a uno le pasen estas cosas). Las dos actrices protagonistas, la tía Wanda (Agata Kulesza) y su recién conocida sobrina Ida (Agata Trzebuchowska) lucen excelentes sometidas a la intensa palidez de la luminosidad neblinosa de los años 60 en Polonia: caras blancas, ojos oscuros, de los aparecidos, de los desasosegados.Y llegan a la mente otros directores polacos geniales como Andrzej Wajda o Krzysztof Kieślowski, tanto por el tema como por la estética. ¿No podría haber firmado esta historia el director de "Cenizas y diamantes"? ¿Acaso no encajaría perfectamente "Ida" como un capítulo más del "Decálogo"? Grandes referencias para una película excelente, para un gran director, este Pawliowski.

Ida ya no es Anna, pero quizás le gustaría seguir siéndolo.
Y ahora, la canción.

jueves, julio 31, 2014

"La ciencia del sueño", de Michel Gondry

Sueño o realidad. La confusión del instante del despertar, cuando los ojos pugnan por abrirse mientras Morfeo aún no tiene ganas de aflojar su lazo. Un pie a cada lado de la frontera, produciendo un estado alterado, el viajero extraviado entre dos mundos: a veces no se quiere volver. Michel Gondry encuentra en ese terreno la excusa probable para simular una comedia romántica, de enredos, de las de siempre, un género dotado de unos resortes realmente simples que, liados en exceso, conducen a ninguna parte. Hacia lo fallido (Christopher Nolan, otro navegante de ensoñaciones, con "Origen", logró no perderse -por poco- en un territorio tan escasamente cartografiado, pero sus propósitos en aquella película eran totalmente distintos de los de Gondry, peonza incluida).

Dos grandes actores, Gael García Bernal y Charlotte Gainsbourg, excelencias individuales que no implican que si las juntas vayas a obtener un resultado excelente a su vez: la química se llega a vislumbrar pero se desmorona miserablemente y sin solución: pareja demasiado exótica. Por otro lado, la conocida vocación innovadora del director francés, el ansia de forzar la puesta en escena con recursos visuales imaginativos, afán que le conduce en esta ocasión a mezclar en la cinta técnicas de animación de escuela eslava con los actores de carne y hueso, una mezcla que aquí queda fatal (recuerdo a Bob Hoskins bordando su excursión a Dibulliwood en "¿Quién engañó a Roger Rabbit?" de Robert Zemeckis, por poner un ejemplo de éxito en el collage fílmico y de paso nombrar al estupendo actor, que falleció no hace mucho), rozando la cutrez más vergonzosa, estética que podría parecer hecha a propósito, pero a mi humilde ojo cinéfilo no le da esa impresión: mal preparado y peor rematado: la ciencia del mal sueño, de sueños que nadie tiene (sin duda ya habrán oído este verano la publicidad del departamento nacional de loterías y ludopatía: 'No tenemos sueños baratos'). Un guión que tenía muchos puntos para afrontar un resultado más que digno (la vecinita parisiense, la fauna del lugar de trabajo, el sonambulismo, las inquietudes artísticas, el ambiente onírico, los líos idiomáticos, el indudable talento en el reparto) queda atrapado en un sueño. O en una pesadilla.
No, aún me quedan dos semanas de vacaciones.

sábado, julio 19, 2014

"Laurence anyways", de Xavier Dolan

Hace unos meses que mi colega bloguero Darío, encantador del "Nido de serpientes" y responsable de las indispensables meditaciones allí depositadas, mencionó este título: lo tendré en cuenta, dije: lo he tenido. Además el nombre de su director, Xavier Dolan, lleva tiempo abordando el mundo cinéfilo más festivalero, Cannes y sus compadres, irrumpiendo sin temor desde su insultante juventud, paso a paso hasta que cualquier año de estos se lleve la palma. La de oro, claro. No había visto ninguna de sus películas (firma cinco largometrajes con sólo 25 años este canadiense) así que a propósito de Laurence, y de Darío, llega la oportunidad. Película larga que mostrará virtudes, momentos brillantes, mas no se esconderán los consejos de enmienda, ay.

La primera impresión es almodovariana: obvio teniendo en cuenta el tema tratado, un desencadenante de la acción que pone en mente "Todo sobre mi madre", algo menos "Tacones lejanos", y puestos a rebuscar en referencias por qué no mencionar aquella impactante "Juego de lágrimas" de Neil Jordan, aunque la cinta del director irlandés trascendía lo íntimo para adentrarse en lo social y lo político: ¿qué película irlandesa de aquella época no lo hacía? Me quedo con el factor Almodóvar, pues la historia contada en "Laurence anyways" se inicia a finales de los años 80 y recorre la década posterior, nutriendo el celuloide con vestuario, peinados o temas musicales ad hoc, factores ambientales que generan rubores casi olvidados de hombreras, cardados y camisas estampadas inclasificables: tal como éramos y tal como las cintas de Pedro Almodóvar pintan los decorados, si bien Dolan aplica mucha menos intensidad, en el fondo y en la trama: "Laurence anyways" es una película para todos los públicos, bastante edulcorada y amable, con cierto abuso de la estética videoclip y de la cámara lenta: enfatizar sentimientos dopando el fotograma.

Transexualidad. La transformación que no lo es si es entendida como transformarse en otra cosa, pues de lo que se trata es de transformarse en lo que se es en realidad. No, los que deben transformarse son los otros, son la familia, la pareja, los amigos, todos aquellos a los que la revelación les coge con el paso cambiado: él ha tenido un montón de años para pensárselo, para reafirmar sus sospechas, para dar el salto al vacío en el momento propicio, pero al resto le quitan de improviso el suelo bajo los pies. ¿Quién es Laurence? Laurence, anyways. El aspecto exterior cambia pero la persona sigue siendo la que era. Aceptación o repudio, esa es la decisión, pero el torbellino emocional está lanzado y ya no hay quien lo pare. Los protagonistas son Melvil Poupaud y Suzanne Clément. Al principio de la cinta aparecen demasiado sobreactuados sobre todo ella (¿no debería ser al revés?), sobreactuación que en mi opinión aparece por exceso de improvisación. El proceso de madurez al que la película asiste también incluye al propio rodaje, de modo que según llega el final se equilibra el ardor interpretativo. Esto conlleva, por otro lado, que el nivel de pasión se hunda y que el director opte por un flashback al pasado para cuajar un breve clímax final. Algo tramposo el joven Dolan y quizás demasiado joven para aceptar que hay asuntos que no deben tener ni segundas partes ni vuelta atrás. Caminos sin retorno: lo que hay delante es otra cosa.

jueves, julio 17, 2014

"Warrior", de Gavin O'Connor

El género de "combates" es muy amplio. Se puede incluir en él, como apartado más prestigioso, el dedicado al boxeo. El deporte de las doce cuerdas ha dado lugar a películas que brillan con fuerza en la historia del cine ("Toro salvaje" de Martin Scorsese, "Fat city" de John Huston,...), un éxito que tiene como uno de los ejemplos más recientes (bueno, ya pasó casi una década, ¡date cuenta!) la multipremiada "Million Dollar Baby" de Clint Eastwood. Y también se puede incluir, las cosas como son, un surtido casi infinito de macarradas infames que poblaban la estantería especializada del videoclub del barrio (de eso han pasado más décadas aún, me temo). Un catálogo ingente en el que lo menos que se puede pedir es que la película esté bien hecha, bien realizada, y que las actuaciones sean convincentes. El resto de ingredientes, ya se sabe: la venganza, el maniqueísmo: héroes y villanos de identificación rápida para el espectador: sentimientos básicos. Y toneladas de hostias pardas. Cuanto más alejada se encuentre la cinta de ese efectismo barato, mucho mejor será el resultado.

"Warrior" comienza muy bien, sólo sea porque suena un tema de "The National", una de mis bandas favoritas, acordes musicales que tendrán la buena idea de volver a aparecer a lo largo del metraje. Nick Nolte interpreta al padre de dos tipos que se van a meter en una jaula a partirse la crisma en un torneo llamado "Sparta", un certamen de postín, televisado, a lo "Pressing Catch" pero sin tongo, con un estilo de pelea mezcla de kick boxing y lucha grecorromana. Uno de los hermanos es un excombatiente de la guerra de Irak, más zumbado que las maracas de Machín, y el otro es un profesor de física de instituto que necesita el dinero del premio al ganador (5 millones de dolares) para pagar la hipoteca. Esto último no debería sorprender a nadie, sobre todo a los seguidores de la serie "Breaking Bad":  el ínclito Walter White pasaba de enseñar química en la aulas a practicar diestramente con la materia, hasta llegar a convertirse en un tremendo narcotraficante: todo sea por llegar a fin de mes. El guión de "Warrior" se salpicará con clichés a punta pala del género: el alcoholismo, el origen irlandés, la patria y la familia, el combate ganado en el último suspiro, algún ruso invencible y, claro, una buena catarsis final. Una de tantas pero no es de las malas, no. ¿Cómo lo sé? Pues porque los videoclub de los 80 hicieron mucho por asentarme el criterio en el tema, a qué negarlo.

viernes, julio 11, 2014

"Los Tenenbaums", de Wes Anderson

Las películas de Wes Anderson parecen sonsacar la excentricidad de lo más cotidiano, ya sea por su sello estético de ambiente sobrecargado y colorido (tanto en el equipamiento como en los personajes) que roza lo kitsch sin alcanzarlo, o por su narrativa de cuento moderno, voz en off incluida, que exagera el relato hasta convertirlo en una antología de batallitas del abuelo. Me recuerda su cine al de Jean-Pierre Jeunet, si bien el director francés tiene una vertiente imaginativa que se adentra en el realismo mágico, pero contemplo el discurso de "Los Tenenbaums" y a ratos me viene a la mente "Amélie" (son del mismo año ambas películas, del 2001), lo cual para mí es una virtud.

"Los Tenenbaums" cuenta la historia de una familia extravagante de la alta sociedad neoyorquina. El padre, encarnando magníficamente por Gene Hackman, es un ex-abogado caradura y vividor que ha pasado bastante de la educación de sus hijos, faceta de la que se ha encargado la madre, Anjelica Huston, que, como esas madres tigre orientales, ha potenciado las capacidades de los niños hasta convertirlos en unos pequeños genios: uno de las finanzas, otra del arte y el pequeño para el deporte. Niños superdotados: todos los padres piensan que tienen uno: el apoyo incondicional y deslumbrado durante la infancia desaparece con el aumento de la edad: de genio precoz a decepción adulta. La película es una alegoría del descalabro del tiempo. Los tres niños se convierten en Ben Stiller, Gwyneth Paltrow y Luke Wilson, y el reparto se completa con otros actores conocidos como Owen Wilson (firma el guión junto a Wes Anderson), Danny Glover o Bill Murray, actor fetiche de la filmografía del director. Sí, un buen montón de nombres de postín suele figurar en los rodajes de las historias de Anderson, lo que hace pensar que sus guiones se rifan: comedia de prestigio.

Decía que "Los Tenenbaums" es el descalabro, los traumas vitales, la traición del tiempo, pero también, o quizás sobre todo, la esperanza de las segundas oportunidades: la oveja descarriada y el anómalo desahuciado tienen posibilidades de enmienda siempre y cuando se dirijan hacia el buen camino. Algo de moralina destila la trama, no acaba de romper el molde un guión que por otro lado no está mal, pues obtiene algunas escenas extraordinarias en un montaje ágil que se contrapone a un tono frío, desapasionado y nihilista para las actuaciones de los retoños Tenenbaum, consiguiendo la cinta en ese contrapunto un cierto swing. Bueno, el swing también lo aporta su magnífica banda sonora. Espíritu independiente.


jueves, junio 26, 2014

"Violette", de Martin Provost

La salvación por el arte, arte salvador, la literatura en este caso, iluminando la vida aciaga de Violette Leduc, mujer bastarda, fea y maltratada, siempre enamorada de la persona que no le va a devolver el amor propuesto, siempre sola. Me vino otra película a la memoria, la excelente "Henry Fool" de Hal Hartley, donde Henry Fool, escritor bohemio, le daba al joven Simon Grim un consejo redentor: coge un cuaderno y un lápiz. En "Violette" ese puesto de pigmalión lo ocupará nada menos que Simone de Beauvoir, paradigma de intelectual francesa del siglo XX, feminista y rompedora: Violette Leduc volcará sus vivencias en papel, sin tapujos ni remordimientos, y conseguirá el éxito literario.

Si algo tuviera que destacar de "Violette", biopic femenino, un género que últimamente está muy presente en la cartelera, sería el ambiente, el retrato de la efervescencia cultural que se vivió en Francia después de la Segunda Guerra Mundial. Partiendo de vivencias de los días de la guerra muy bien realizadas (el estraperlo y la lucha cotidiana por la supervivencia: buscarse la vida como impulso vital ineludible), el trauma bélico desemboca en una época de suspicacia contra los colaboracionistas, de aceptación del ideario comunista como contraposición a cualquier rastro de fascismo (al menos en los primeros años) y por tanto de la puesta en cuestión de las tradiciones conservadoras burguesas. La figura de Albert Camus sobrevuela la película como auténtico gurú dominante, mientras que Jean Paul Sartre está por tomar el mando. Ni Camus ni Sartre aparecen en la cinta, sólo su nombre, como dioses incorpóreos, pero las presencias poderosas de Simone de Beauvoir, presencia omnipresente, o la de Jean Genet, literato total, enfant terrible, ladrón, chapero y vividor, avalan suficientemente el parnaso literario galo (por cierto, también aparece Jacques Guérin, millonario perfumista y mecenas artístico, bibliófilo coleccionista que entre otras joyas manuscritas de las muchas que consiguió se encuentran las de Marcel Proust, salvadas de una destrucción segura: se cuenta perfectamente en el libro "El abrigo de Proust" de Lorenza Foschini). Escritor@s, pensador@s, filosof@s, demostrando que la letra escrita es un arma potente: tiempos de "ismos", de querer cambiarlo todo y de no conseguir nada, claro, pero las ideas quedan, esperando que alguien las recoja y se salve.


domingo, junio 22, 2014

"Érase una vez en Anatolia", de Nuri Bilge Ceylan

Se ha cometido un asesinato, un acto brutal y sanguinario: un desecho del lumpen exterminado por su propia clase. Se tiene al presunto homicida pero no el cadáver, enterrado en medio del campo, junto a una fuente o debajo de un árbol o arrimado al hueco propicio de la cuneta. ¿Dónde estará? La partida de búsqueda se lanza a ciegas en medio de la noche, cuando el muerto está aún caliente. Aquí no, aquí tampoco. Un poco más adelante, quizás. Excursión al tuntún alentada por las pistas del detenido (frío, frío, caliente, caliente), que progresa hacia la decepción vertida en una manta de hostias sobre el confeso criminal. La expedición la forma un grupo repentinamente berlanguiano (los policías, el comisario, los sepultureros, el fiscal, el médico, los sospechosos), donde la sofisticación del proceso investigador es una pantomima que se queda para la brillantez de las series americanas (el escritor Friedrich Dürrenmatt, en "La promesa" -novela de la película "El cebo" de Ladislao Vajda: ya tenías que haberla visto- reprochaba que en la literatura negra o el cine más negro aún se retratara falsamente el trabajo de detective: ni deducciones felices, ni estéticas expresionistas, sino un trabajo burocrático y desapasionado anquilosado en pesquisas que se eternizaban durante años) a los que la cruda realidad de la falta de medios les obliga a bajarse todos, otra vez, para arrancar el vetusto coche oficial a empujones. ¡Mete segunda y suelta el freno! ¿Así cómo vamos a entrar en Europa?

El viaje de una noche recorriendo las zonas rurales de Anatolia, de Turquía, me sumerge inmediatamente en lo vivido hace décadas, en trayectos nocturnos por las carreteras secundarias de Salamanca, carreteras solitarias y estrechas que atravesaban el monte, pedregales salpicados de arboles robustos que lanzaban sus ramas sobre el cielo del asfalto. Sólo el hombre sólo, aunque viaje acompañado. "Érase una vez en Anatolia", el comienzo adecuado para el relato de un episodio que cualquiera que estuviera allí se animaría a contar muchas veces, como los ciegos que en las plazas de los pueblos daban cuenta de la crónica negra nacional en sus pliegos de cordel. Esa Turquía "moderna" develada por la mirada de Nuri Bilge Ceilan afirma el tópico de país atrapado entre férreas tradiciones y ansias de modernidad, anhelos de entrar en una Unión Europea que contempla el símbolo de la media Luna con suspicacia apenas disimulada. Grupo de hombres duros, oscuros, de profundas ojeras negras que se asoman afiladas sobre su bigote rotundo: si se proclamaran de nuevo las Cruzadas, en el cuerpo a cuerpo nunca escucharíamos la campana del segundo asalto, pobre hombre occidental arrasado por una cultura consumista infantiloide. Hombres duros que de repente se conmueven hasta la lágrima por la aparición de una niña, un ángel surgido en medio de la madrugada, la belleza que emerge deslumbrante hasta donde menos se la espera. Tras la fachada rocosa asoma lo mismo que en cualquier parte: el sentimiento, la decepción y la preocupación por la sangre de su sangre: el cariño y la piedad. La noche en vela, una vez superado el momento fatídico del sueño, arroja siempre conclusiones de una lucidez estremecedora: el hombre sólo se encuentra a sí mismo con las primeras luces del alba. La facultad de un cineasta para extraer lo universal diseccionando lo local, una autopsia del lugar más recóndito de Anatolia. Tan lejos, tan cerca. El tiempo es la única distancia.


martes, junio 10, 2014

"Los climas", de Nuri Bilge Ceylan

La entrada anterior planeaba sobre la coincidencia de dos eventos trascendentales: la final de la Copa de Europa de fútbol y la entrega de la Palma de Oro de Cannes. Todo el mundo sabe quién ganó lo primero, pero, ¿quién venció en Cannes? Nuri Bilge Ceylan con la película "Winter sleep". De entrada no sé si se trata de hombre o mujer (¿Nuri de Nuria?) si bien la ausencia del sexo femenino en la historia del palmarés (creo que la única directora ganadora de la Palma de Oro ha sido Jane Campion en 1993 por "El piano") puede ser una condición de doble filo: o se sigue la estadística o se rompe la racha. Pues director, sí, y además turco. ¡Vaya! Creo que esa nacionalidad no figura en mi filmografía. Si acaso Fatih Akin por ascendencia o, por lo mismo y algo más rebuscado, el árbol genealógico armenio de Atom Egoyan. ¿Quién es Nuri Bilge Ceylan?

A la espera del estreno de "Winter sleep", espera que puede ser larga (supongo que se estrenará: película turca de más de tres horas de duración: la Palma de Oro lo hará posible, porque si no es por eso...), habrá que echar un vistazo a su obra. "Los climas", me proporciona la biblioteca pública de Salamanca, y resulta que está muy bien. Buena película. Historia de una ruptura de pareja que, precisando el titulo, se produce en verano e intenta ser enmendada en invierno. Ay, si el invierno viene frío... La fotografía aprovecha a la perfección esas condiciones meteorológicas: de las playas soleadas de Kaş, en el sur de Turquía, Licia helénica de paisajes mediterráneos salpicados por antiguas columnas de templos desguarnecidos, hasta las cumbres nevadas del oriente turco, la provincia de Ağrı cercana al monte Ararat, con temperaturas invernales que poco tienen que envidiar a las de la estepa siberiana. Paisajes desasosegantes por extremos pero que conducen muy bien la dinámica del relato, realizando una película ágil, dotada de giros rotundos a pesar de que predominen los planos largos, largos pero necesarios para vislumbrar los sentimientos profundos de los personajes sin dar demasiadas explicaciones: la loable intención de no pensar que el espectador es tonto. A ese desasosiego visual se une que en algunas tomas el director lleva la grabación del audio al punto límite, hasta captar la respiración, la inhalación del silencio, transmitiendo aún más la angustia de los personajes, personajes despistados, víctimas de la constante insatisfacción humana: la infidelidad es un pobre parche para los desencantados, conversos ansiosos por retornar a la devoción primaria.

¡Cuántos Ceylan aparecen en los créditos iniciales! Resulta que el director es también el protagonista. Y la actriz con la que disputa desvelos sentimentales es su esposa en la vida real, Ebru Ceylan. Hasta salen sus padres, los Ceylan, haciendo de los padres, claro, cada entrada en el reparto desarrollando con sutileza sus parámetros de comportamiento, rompiendo la tensión para conectar lo íntimo con lo público pero sin dar nada por sentado, sopesando la sinceridad de unos y de otros hasta alcanzar lo único verdadero: la reacción imprevisible. ¿Qué hay más humano que eso?


sábado, mayo 24, 2014

"La vida de Adèle", de Abdellatif Kechiche

Toda mi vida he amado el cine, lo que me hace lo que soy es haber visto muchas películas. Me gustan las que tienen una visión propia, una manera única de ver el mundo.
Jane Campion
Conferencia de prensa inaugural del Festival de Cannes 2014

Hace unas semanas me preguntaron qué me parecería ir a Lisboa a presenciar la final de la Copa de Europa de fútbol que se disputa hoy. Contesté que no era algo en lo que estuviera especialmente interesado, pero que si la oferta cambiaba de forma y de destino, si se trataba, por ejemplo, de darse una vuelta por el festival de cine de Cannes, entonces esa sería una oferta de las que no podría rechazar. A la misma hora a la que se disputa el partido se pronunciará el dictamen del jurado presidido por Jane Campion, proclamando la película ganadora de la Palma de Oro de este año. Al ínclito Carlos Boyero, crítico de cine más leído de el país y conocido merengue, le escuché lamentar la coincidencia horaria: su obligación y su devoción estarían peleadas en ese momento (de otro famoso madridista, el actor José Bódalo, se decía que cuando jugaba el Real Madrid y a la vez él tenía función teatral, salía a las tablas con un auricular oculto en la oreja para no perderse la marcha del encuentro: Boyero puede hacer lo mismo: supongo que lo hará). Pensarán los lectores de sus críticas que la devoción primera de ese señor será el cine, pero en cualquier caso está disculpada la tensión de su espíritu: muchos años yendo a Cannes, tantos que la ilusión de acudir a festivales declara no ser ya la que era, y en cambio el acontecimiento de que el equipo de los amores de uno juegue una finalísima no suele ser un evento de cadencia anual. El acontecimiento y la oportunidad de presenciarlo en vivo, ser un coleccionista de instantes que luego pueda presumir de ello, del yo-estuve-allí, del yo-lo-presencié: su intervención no pasará de la grada, pero la ilusión de atribuirse por ósmosis las proezas de otros no se la quitará nadie. Yo no lo pensaría dos veces, hoy preferiría estar en Cannes, pero no quiero que suene a hipocresía, sé que esta entrada corre ese riesgo. A mí también me gusta ver fútbol y disfrutar con la victoria del equipo del que me considero seguidor, pero tantos años de blog supongo que demuestran suficientemente mi amor por el cine y avalan la coartada de mi opción preferida. Sin embargo me temo que ni Cannes, ni Lisboa: esta noche a ver el fútbol por televisión y a enterarse por Internet del ganador de Cannes.


En esencia todo es cuestión de equilibrio. Sin el menor problema uno puede ser capaz de disfrutar de 90 minutos de un partido y de una película de tres horas como la que hoy pone nombre a la entrada. Leí hace poco un artículo excelente en la revista Jot Down, "La democracia según John Stuart Mill". Mill fue un filósofo inglés del siglo XIX, un pensador que argumentó, entre otras muchas cuestiones, acerca de cómo un gobierno podía hacer felices a los ciudadanos. Para ello se propone una separación cualitativa de los placeres, de modo que los placeres intelectuales y morales serían superiores a las formas más físicas de placer y son esos placeres superiores los que un estado debe promover por encima de todos. Para John Stuart Mill la felicidad se encuentra muy por encima de la satisfacción:

Es mejor ser un ser humano insatisfecho que un cerdo satisfecho; mejor ser un Sócrates insatisfecho que un necio satisfecho. Y si el necio o el cerdo tienen una opción diferente es porque sólo conocen su propio lado de la cuestión.

Y esa cuestión es la cuestión: atreverse a conocer el otro lado. Ver un partido de fútbol carece de toda reflexión: el cerebro se puede poner en off (también se puede cantar, beber cerveza y fumar un puro a la vez: prodigio de multitarea del sistema nervioso vegetativo) y sólo queda esperar el momento de la alegría o de la decepción, un sentimiento tan rápido cómo efímero. Pero ponerse delante de ciertos libros, de determinadas películas, eso puede cambiar las percepciones subjetivas para siempre, tras ese proceso se puede terminar transformado en otra persona, nada menos: la declaración de Jane Campion que apunto al principio y que me pareció tan simple como certera. Que cada cual busque ese libro y esa película, porque cada cual tendrá los suyos. Y quizás no los encuentre nunca, pero la búsqueda ya habrá merecido la pena.


Ah, sí, "La vida de Adèle", algo habrá que contar de ella. Una actuación portentosa la de la actriz Adèle Exarchopoulos. Poderosa Afrodita con una intensidad y una fuerza en la mirada que resultan magnéticas, demoledoras, realizando el papel de Adèle, la otra Adèle que será ella misma, a la perfección en todas las secuencias en las que aparece, que son todas las de la película: tres horas de protagonismo absoluto en un eterno encuadre de primer plano general: Adèle. Las dudas amorosas adolescentes, las opciones que pasan a ser certezas y después vuelven a colgar del alambre, pues nada es blanco o negro y generalmente asistimos, asombrados, al espectáculo formidable de infinitos tonos intermedios. El enamoramiento y la primera relación con posibilidades sexuales plenas, un continuo acoplarse y desacoplarse, sin hambre ni mañana, como bien sabe todo el mundo que haya pasado por ese adictivo parque de atracciones. Alta intensidad erótica en algunos pasajes, incluso demasiada: los límites de la actuación que no deben ser rebasados, pues exigir tanto a unas actrices tan jóvenes me parece descabellado, y se corre el riesgo de que la película se clasifique como lo que no es (leí que el rodaje de estas chicas a las ordenes del director Abdellatif Kechiche no había sido un camino de rosas, precisamente). Más sutil y menos explicito, una cualidad que siempre se debe sopesar (la película está basada en el cómic "El azul es el color más cálido", de Julie Maroh: me gustó más el celuloide, por una vez, aunque recomiendo la lectura del cómic, mucho más amargo que la película, y de este modo comparar y poner en valor alternativas argumentales). Pero el resultado final no se ve lastrado en una película extraordinaria, conmovedora por inquietante, que el año pasado mereció con toda justicia el galardón máximo del festival de cine más importante del mundo.


A ver quién gana esta noche.
En cada cosa.

miércoles, mayo 21, 2014

"Ocho apellidos vascos", de Emilio Martínez-Lázaro

 Mi compañero Nacho se jubila hoy. ¡Enhorabuena! Las charlas cinéfilas que hemos compartido (qué te parece aquel clásico, qué piensas de este estreno) se han despedido esta mañana a propósito de "Ocho apellidos vascos", ese éxito. Su valoración se ha apuntalado en considerarla un ejemplo de tolerancia, de ruptura de fronteras inexistentes, a la vez que un divertido muestrario de tópicos que él, que ha compartido vivencias con españoles de todas las latitudes, considera bastante aproximado a la sonrojante realidad: idiosincrasia desvelada. El cine, vehículo de comunicación, alegoría de realidad social, es capaz de lanzar un mensaje amigable y desdramatizador que en el caso de esta película habrá que valorar: Romeo y Julieta, chapelas y peinetas, el amor lo puede todo. Pero ese positivismo no bastará, o al menos a mí me lo parece, para ensalzar también las virtudes cinematográficas de la cinta, menos aún para justificar el tsunami taquillero que de forma inusitada ha provocado su estreno.

Chistes de monólogo televisivo no demasiado inspirado y media hora final de sopor, para sólo 98 minutos de metraje que se hacen realmente largos (¡pero no acaba esto!), esperando el previsible momento de la catarsis romántica, que para eso gusta tanto esta película, y que termina siendo una escena que sólo sirve para asentar la ya depauperada sensación. Los guionistas, Borja Cobeaga y Diego San José, escribieron muchos diálogos para el programa de humor "Vaya semanita", emitido varias temporadas por la cadena vasca ETB 2: aquellos extractos de vídeo que algún conocido mandaba al correo electrónico y que sorprendían por su transgresión: sorprendían los primeros, luego el efecto se diluye: la transgresión funciona hasta que se convierte en costumbre. Es de suponer que de aquellos polvos, estos lodos. Quizás por esa herencia "Ocho apellidos vascos" tenga tanta toma aérea de publireportaje para televisión autonómica, aparte de sus abundantes gags de comedia regionalista que me temo que resultarán incomprensibles para el público extranjero, si es que tienen la intención de que el producto triunfe allende los mares. En cuanto al reparto, sólo está bien, incluso muy bien, el debutante Dani Rovira, el resto de actores no termina de conectar con la historia, Karra Elejalde incluido, al que he visto espléndido y convincente en multitud de películas que no eran ésta. El director, Emilio Martínez-Lázaro, tiene una trayectoria que cabecea del drama a la comedia y que parece que ha encontrado el apoyo incondicional del público en la segunda máscara teatral. Me reí bastante con otra película suya, "El otro lado de la cama", aunque de esa película sólo recuerdo aquello, la risa.

La risa, manifestación de alegría que en la sala de cine se suele producir por el efecto "manada", porque los tipos de al lado se parten el pecho a carcajadas y esa risa desinteresada es realmente contagiosa: el mismo efecto que conduce a los ñus a precipitarse por un acantilado y a las ovejas a arracimarse sobre la vía de un tren. No, no me he reído con "Ocho apellidos vascos", la entrada en el blog podría reducirse a esta frase. Será que me he vuelto un rancio. Y encima me faltan un montón de años para jubilarme. Normal que Nacho sí se ría.

domingo, mayo 18, 2014

"Las aventuras de Peabody y Sherman", de Rob Minkoff

Tarde de sábado de cine familiar. La mitad a la sala 3, para ver "Violetta: la emoción del concierto", de Matthew Amos. La otra parte a la sala 2, a "Las aventuras de Peabody y Sherman", del oscarizado Rob Minkoff ("El rey León", firmada a medias con Roger Allers, que después de lo visto ayer me huelo que era el bueno de la pareja). Un progenitor o progenitora y un niño o niña por sala, gracias. La preferencia infantil marca el título y el adulto es el convidado de piedra, aunque muchas veces ha habido suerte (¡ay, aquellos años de Pixar!). Sinceramente creo que me lo hubiera pasado mejor contemplando el concierto milanés de la gira mundial heredada del gran éxito del "Fama" argentino para pre-adolescentes, "Violetta". Al menos no habría dudas de los fines del espectáculo al que se va a asistir.


"Las aventuras de Peabody y Sherman" se construye alrededor de los enredos provocados por los viajes en el tiempo de un perro llamado Peabody y su hijo adoptivo Sherman: animal y humano invirtiendo la relación del doctor Emmett "Doc" Brown (Christopher Lloyd) y su peludo amigo Einstein para "Regreso al futuro" de Robert Zemeckis. Pero, como se dice en la película, si un hombre puede tener un perro, por qué no lo contrario. ¡Uff! Por cierto, imdb me chiva un dato curioso: ¿será casualidad que en una de las famosas escenas de "Regreso al futuro", aquella en la que Marty McFly, recién llegado al pasado, al año 1955, es confundido con un extraterrestre por una familia de granjeros, la familia Peabody -¡Mutante hijo de puta!, le grita el padre a McFly mientras le dispara con su escopeta-, el hijo se llame Sherman? ¡Sherman Peabody! ¡Vaya! Bueno, en todo caso fue el guionista de "Regreso al futuro" el que realizó el homenaje bautizando personajes, un recuerdo que estaría dirigido hacia una serie estadounidense de dibujos animados de los años 50 llamada "La Improbable Historia de Peabody", producción bastante desconocida en España y que es en la que se basa "Las aventuras de Peabody y Sherman".


La película debe ser poco más que eso, un revival para fans. Me temo que sería la única excusa para querer verla. Esa o que te toque sujetar la vela, claro. Otra cuestión es el destrozo de la Historia mundial que perpetra la cinta: la Revolución Francesa se produjo porque a María Antonieta le gustaban mucho las tartas: espero que fuera una metáfora. Quizás se puede pensar que conseguir que un niño sepa relacionar el personaje y su época es un premio nada desdeñable, pero el rechinar de mis dientes tampoco tiene precio.