domingo, abril 13, 2014

Ensayo. "El autoremake en el cine. ¿Obsesión o repetición?", de Fernando de Cea

Este pequeño Licantropunk cumple hoy nueve años y, como cada año, la persona que recuerda todas las fechas aporta un regalo, el libro que da título a esta entrada, un detalle magnífico con el que reflejar la celebración: sí, nueve años es un periodo extenso que cualquier cosa feliz que lo alcance merece celebrarse. Aunque en mi opinión lo fastidiado es llegar a cuatro o cinco, de ahí en adelante la fuerza de la costumbre convierte la afición en necesidad y ya es más difícil abandonarlo que seguir en ello. Sigamos, pues.

El autor del libro es Fernando de Cea, Ethan para sus seguidores blogueros (yo mismo), a los que lleva muchos años llenando de asombro con su cultura cinéfila, plasmada mediante los escritos que cada poco publica en su imprescindible "El blog de Ethan". Y el asombro fue aún mayor cuando publicó hace un par de años una excelente novela negra que transcurría en las calles de Sevilla titulada "Puentes y sombras" y de la que recientemente ha publicado una segunda parte, "Cenizas para un blues". Esta fértil carrera de escritor se desmarca ahora de la ficción para adentrarse en el terreno del ensayo, del ensayo cinematográfico, por supuesto.

De este "El autoremake en el cine" que aún no he leído, claro, ya he tenido ocasión de disfrutar de un adelanto, pues Ethan tuvo a bien tentar a los futuros lectores del libro con la inclusión en su blog del capítulo dedicado a Howard Hawks y su película "Bola de fuego". Ese avance anticipa que éste será un gran libro sobre cine, bien documentado, un estudio serio y riguroso del tema propuesto y que, como sucede con la mayoría de la bibliografía fílmica, constituye una invitación a contemplar lo no visto y, por otro lado, remover con placer la memoria de celuloide atesorada por lo ya disfrutado. Aparte de Howard Hawks, el libro apunta en su índice otros cuatro nombres de directores del cine clásico estadounidense sobre los que se centrará el estudio, concretando su unidad temática: Cecil B. DeMille, Tod Browning, Frank Capra y Raoul Walsh. La Historia del cine se revela como un continuo tráfico de influencias, cineastas que aprenden el oficio de otros y que perfilan su mirada a través del enfoque que otros han realizado en el pasado, hasta conseguir asentar una carrera propia, característica, una evolución artística que alcanza un nivel sólido, líneas de éxito que son alentadas en su continuidad por las productoras, confiadas en la idea de repetir fórmulas para renovar triunfos. Pero también el autoremake por insatisfacción, por remediar aquel detalle que en algunas ocasiones sólo percibe el ojo del autor, testigo implacable del proceso creativo, y que se instala como una rémora del pasado, un estigma recurrente de autocrítica personal: la variación como camino de mejora (remake es en sí un término peligroso, pues si no se acota convenientemente, podemos llegar a la conclusión de que todo es remake, de uno mismo o de otros, de modo que buscar la originalidad sería una tarea imposible).

Seguro que la lectura de "El autoremake en el cine" proporcionará una experiencia cinéfila interesante y plancentera que invite a la reflexión, a pensar el cine.

Enhorabuena, Ethan.

La moda de los telares de gomitas que asuela la nación tiene afortunadas consecuencias. Alicia también ha querido hacerle un regalo a Licantropunk, un pequeño minion, uno de los infatigables sirvientes de Gru, nuestro villano favorito.

domingo, abril 06, 2014

Revista. La Caja de Pandora nº 8 "Superhéroes"

Ya está disponible para su lectura un nuevo número de la revista digital "La Caja de Pandora", publicación en la que tengo el placer de colaborar. En esta ocasión el tema elegido para dar unidad temática al número ha sido el de los superhéroes y, echando un vistazo al contenido final, sin duda todos los que escribimos en la revista no hemos dudado en ligar esa condición heroica al mundo del cómic. No podría ser de otro modo. La impronta que las superheroicidades consumidas en formato pulp durante décadas ha dejado en todos los que nos deleitamos con sus lecturas es imborrable, y aunque nuestras inquietudes intelectuales nos lleven por derroteros más elaborados, la patria será la infancia, por supuesto: pueriles sueños maniqueos de capa y de antifaz, de justicia y de acción.

Así, este pequeño Licantropunk contribuye al especial "Superhéroes" de "La Caja de Pandora" con un recuerdo sentimental que enlaza el séptimo y el noveno arte (¿quién narices sería el que dio estos números? Ordinales infames). "Superman" de Richard Donner fue el primer estreno cinematográfico al que tuve la suerte de acudir cuando era un niño, y digo suerte porque el espectáculo que presencié esa tarde de hace tantos años, en la extinguida sala Coliseum de Salamanca, fue una experiencia maravillosa y sorprendente. La magia del cine invadió mi mente infantil aquel día y ya nunca me abandonaría. Superman, el primero, el arquetipo, un icono global de poder y bondad cuya popularidad sigue vigente a pesar de los 75 años que cuenta en su haber. ¿Cuántos más cumplirá antes de caer en el olvido y el desinterés? ¿Será derrotado por la kryptonita del tiempo?

Enhorabuena por este número a los demás colaboradores y en especial a Crowley, José Ángel de Dios, Guardián de la Caja, pues sin su esfuerzo no habría nada. Me queda recomendar la lectura de la revista y esperar, con atención, cualquier comentario respecto a su contenido.

A "La Caja de Pandora" se puede acceder a través de:
http://cajadepandoramagazine.blogspot.com.es/2014/04/superheroes-la-caja-de-pandora-magazine.html

Enlace de descarga:
https://www.dropbox.com/s/29wq4hbk97o4ixe/SUPERH%C3%89ORES%20Caja%20de%20Pandora%208.pdf

martes, abril 01, 2014

"Ruby Sparks", de Jonathan Dayton y Valerie Faris

Los directores de "Ruby Sparks" fueron los responsables de aquella buena comedia de hace unos años titulada "Pequeña Miss Sunshine". Pareja de directores que además son marido y mujer, al igual que (me viene ahora a la mente) lo eran los cineastas franceses Jean-Marie Straub y Danièle Huillet ("Crónica de Anna Magdalena Bach" como título conocido), aunque su cine se localizaba en el entorno de la Nouvelle Vague, su generación, y tenía unos propósitos artísticos bastante alejados de lo que ofrecen Dayton-Faris. Straub-Huillet, Dayton-Faris, dos ejemplos de tándem artístico peculiar en la historia del cine (quizás no lo sea tanto y lo único peculiar sea la firma al alimón; tampoco). Peculiar podría ser también que la guionista de "Ruby Sparks", Zoe Kazan, sea la protagonista de la película, interpretando a la chica que da título a la cinta, y el ejemplo ahora es Matt Damon y Ben Affleck, que crearon el guión al que pondrían cara en "El indomable Will Hunting" de Gus Van Sant: a partir de ese éxito poco tiempo le dedicaron a la escritura. Si se puede dar ejemplos, en plural, entonces lo de guionista-actor tampoco ha de ser tan extraño. Zoe Kazan, ¿de qué me suena Kazan? Nieta de Elia, nada menos, me chiva la Wikipedia. ¿Dónde terminará esta lista de endogamia cinematográfica en la que me estoy metiendo hoy? ¿Terminará en que Paul Dano, protagonista masculino de "Ruby Sparks", es novio de Zoe Kazan desde hace años? ¡Vaya! ¡Voy a dejar de consultar la Wikipedia que esto se empieza a parecer al "Hola"!

Me recomendaron "Ruby Sparks" desde la comparación de su argumento con el de "Her" de Spike Jonze. En "Ruby Sparks" Calvin (Paul Dano), joven escritor, la promesa del momento para escribir la próxima gran novela americana, atraviesa una crisis espiritual: las musas pasan de largo, sobrevuelan impávidas su máquina de escribir portátil (cuando le vi sentarse a la máquina de marras estuve a punto de pasar a otra película, francamente, que hay mucho pendiente que ver). Pero una ensoñación madrugadora le arranca del sopor creativo y le arroja hacia una incontenible inspiración arrebatadora: un personaje femenino, Ruby Sparks (Zoe Kazan, como ya se dijo), le visitó en sueños. El escritor se enamora de esa experiencia onírica y es tan fuerte su amor, tan poderoso el sentimiento que le invade y que le tiene sujeto sin piedad a su maquinilla vintage, que la pasión pasa de súbito de platónica a carnal, una transubstanciación de papel mecanografiado a materia carnosa que ríete tú del milagro cotidiano de la misa del domingo: el verbo se hizo carne. Eso sí que es un deus ex machina y lo demás son hostias, literalmente. El recurso no es nuevo, en realidad. Ya en 1985, en "La mujer explosiva", de John Hughes (John Hughes, cineasta de culto del cine adolescente de los ochenta: "El club de los cinco", "La chica de rosa", "Todo en un día") dos chavales utilizan un ordenador para corporizar la mujer de sus sueños: les salió Kelly LeBrock, lo cual indica que la informática de entonces ya estaba realmente avanzada. Pero "La mujer explosiva" era la adaptación de un cómic y en ese universo el acto de crear un superhéroe (superheroína en este caso) admite cualquier excusa por descabellada que ésta sea.

Ruby aparece en la vida de Calvin y se desarrolla una trama romántica de lo más habitual (enamoramiento, celos, abulia, ruptura, reconciliación y vuelta a empezar), manipulada sin reparo, toque exótico de la historia, por la mágica máquina de escribir (que fíjate que me lo olía yo cuando se puso a teclear la primera vez, que me tenía que haber ido a la cama, cuando menos, que ese día cambiaban la hora y luego te levantas hecho polvo), conformando una cinta en la que está sobreactuado hasta el perro Scotty (las escenas en las que aparecen Antonio Banderas y Annette Bening... yo... he visto cosas que vosotros no creeríais). Paul Dano me ha gustado en otras películas en las que ha actuado, ("Pequeña Miss Sunshine", "Pozos de ambición", "12 años de esclavitud"), un secundario firme, de carácter, pero al asumir el protagonismo produce cierto empacho. Claro, que a ver quién es el guapo que le dice a la nieta de Kazan (y a los Dayton-Faris) que no. Casi seguro que escribió el papel de Calvin pensando en él, fijo que sí, pues en esta película la paradoja se revela en que no es Ruby Sparks la que brota de la fértil prosa de Calvin, sino el propio Calvin el que es pergeñado por la mente de Zoe Kazan. Todo queda en casa y a hincharse a comer perdices.

miércoles, marzo 26, 2014

"Dos o tres cosas que yo sé de ella", de Jean Luc-Godard

El Departamento de Empleo del Estado de Florida era un lugar agradable. No había tanta gente como en el de Los Ángeles, que estaba siempre a tope. Ya era hora de que tuviese un poco de suerte, no mucha, un poquito bastaba. Cierto que yo no tenía muchas ambiciones, pero tenía que haber un lugar para la gente sin ambiciones, quiero decir un sitio mejor que el que se reserva habitualmente para esta gente. ¿Cómo coño podía un hombre disfrutar si su sueño era interrumpido a las 6:30 de la mañana por el estrépito de un despertador, tenía que saltar fuera de la cama, vestirse, desayunar sin ganas, cagar, mear, cepillarse los dientes y el pelo y pelear con el tráfico hasta llegar a un lugar donde esencialmente ganaba cantidad de dinero para algún otro y aún así se le exigía mostrarse agradecido por tener la oportunidad de hacerlo?
Charles Bukowski "Factotum", Cap. 55

Este párrafo de "Factotum" circula por Internet (en concreto la larga interrogación del final, si bien en una traducción bastante más políticamente correcta que la que yo apunto: aplicar eufemismos a los textos de Bukowski es un sinsentido) como ejemplo de la mansedumbre forzosa de la clase trabajadora actual. La reflexión de Jean Luc-Godard en "Dos o o tres cosas que yo sé de ella" entronca con esa de Bukowski, si bien trasciende el objetivo expuesto de sobrevivir a toda costa, de ganar dinero como sea para mantener una casa, una familia o al menos esa loable ambición de alimentarse y dormir bajo un techo, para llevar esa postura a un podio descerebrado. Un ama de casa de una familia acomodada se prostituye y se va de tiendas a fundirse el beneficio: la prostitución como alegoría de la alienación total a las metas del capitalismo: consume hasta morir, compra sin descanso, vive atrapado en un maelstrom infinito de deseo vacuo, imposible de satisfacer. Si en "Vivir su vida" Godard ya había abordado el tema de la prostitución desde un punto de vista austero, enfocado en el drama vital de su protagonista (hipnótica Anna Karina), pincelando una estética desposeída y gris, en "Dos o tres cosas que yo sé de ella" la perspectiva será política: la civilización del culo que se anunciaba en "Pierrot el loco" es ahora diseccionada y analizada con propósito documental: documental estilo Godard, por supuesto. Intelectualismo cinematográfico extremo: descolocar al espectador que se interroga por la naturaleza de lo que está viendo, sometido a la subversión de las reglas narrativas del cine, obligado a encontrar la relación entre la imagen y su significado: relativismo fílmico. El fin es crear un lenguaje nuevo porque todo conocimiento humano está delimitado por una gramática descriptiva: sólo se conoce lo que se puede nombrar.

La guerra del Vietnam es protagonista del telón de fondo, conflicto alentado por el capitalismo que invade, que globaliza, proceso de aculturación que sólo tiene billete de ida, aculturación rentable y castradora en su uniformidad mediocre. Porque, ¿quién es ella, esa de la que se saben dos o tres cosas? Ella es París, una ciudad en plena transformación en los años 60. En el pasado uno se atribuía la ciudad, je suis parisienne, la ciudad formaba al individuo porque la ciudad poseía un carácter propio que se transmitía al habitante. Ahora es la no-ciudad la protagonista: centros históricos transformados en parques temáticos de los que se ha desterrado al nativo, convertido en habitante forzoso de periferias graníticas como nichos o de aberrantes extensiones de adosados clónicos. Comercios todos iguales, parques todos iguales, calles todas iguales, sin importar el pueblo, la provincia, el país. Sabes que estás en otra ciudad porque te lo dice el GPS o porque el oído percibe diferencias de pronunciación, y eso si es que llegas a entablar conversación con algún lugareño. El individuo más sólo cada vez, más prostituido y más angustiado, obnubilado por promesas fallidas de bienestar aséptico e insulso. Al año siguiente del estreno de "Dos o tres cosas que yo sé de ella" dicen los libros de historia que se produjo en Francia una fuerte reacción en contra de la sociedad de consumo que denunció Godard en su película, algo que llaman Mayo del 68.
Cine y revolución.


viernes, marzo 21, 2014

"Sombras y niebla", de Woody Allen

La noche y el misterio. La amenaza en la sombra. Adoquines abrillantados por la pátina aceitosa del aliento susurrante de la niebla. Las calles decrépitas de una vetusta ciudad europea, laberinto mortal por el que vagan los asediados de antiguas guerras, los pasados a cuchillo en cientos de saqueos, los cuerpos sin cabeza de las revoluciones defraudadas. Es la atmósfera, el ambiente, el escenario, el auténtico protagonista de esta película, claro homenaje a los vampiros homicidas de Fritz Lang, a los de Murnau, a la troupe vagabunda de "El rostro" de Ingmar Bergman e incluso a otro maestro de la ambientación, Roman Polanski (señal nítida: Donald Pleasence estrangulado bajo el cartel "Cul-de-sac"). Los claroscuros propios del expresionismo alemán difuminados por la presencia borrosa de la niebla, generando un espacio onírico donde cualquier cosa puede suceder, donde detrás de cada esquina puede surgir el terrible asesino: otro Jack apareciéndose en los callejones espectrales de Whitechapel.

Un reparto tan impresionante como irregular en su desempeño: del mencionado Donald Pleasence a John Malkovich, de Jodie Foster a Madonna, de John Cusack a Kathy Bates: de Woody Allen a Mia Farrow. Kleinman, el personaje interpretado por Woody Allen haciendo, como siempre, de Woody Allen, dando la nota cómica habitual de hombre apocado, pusilánime, empujado a la calle por sus vecinos para engrosar, pobremente, la partida de caza del estrangulador que aterroriza el barrio. Una noche de tensión y de angustia para el asustadizo Kleinman, que vagará por la ciudad insomne señalando paradas en el burdel, en la morgue, en la iglesia, hasta terminar en el circo (el sexo, la muerte, la religión, el espectáculo), y son tantas las referencias cinéfilas que acuden en cada uno de esos lugares, que mencionarlas sería enciclopédico. Suenan los acordes de "Mackie el navaja" de "La ópera de tres peniques" de Bertolt Bretch, y para adentrarse en la película no hay ni que abrir los ojos.


A propósito de ambientes sombríos pero circenses, hoy he visto esto.


lunes, marzo 17, 2014

"Dallas Buyers Club", de Jean-Marc Vallée

Al escribir sobre "Dallas Buyers Club" después de la gala de los Oscar, mis impresiones sobre la película se verán indudablemente lastradas por la resaca que sucede al más galáctico de los eventos cinematográficos. "Dallas Buyers Club", más allá del huracán Oscar, tiene componentes suficientes para disfrutar sobradamente de su visionado: sus actuaciones, su ambientación ochentera, la sorprendente aventura vital retratada y su explícita denuncia de los torvos manejos de las empresas farmacéuticas: la codicia es la única enfermedad sin cura. Pero el asunto será Matthew, me temo.

Premios Oscar otorgados como se conceden medallas al valor, a los caídos en combate, a los heridos de guerra que lucen sus vendajes y sus mutilaciones con efímero orgullo patriótico. Esa categoría de Oscar al dolor, a la enfermedad y a la minusvalía no es nueva, abundan los ejemplos. Uno de los más conocidos es el de Daniel Day-Lewis por "Mi pie izquierdo" de Jim Sheridan, título señero, si bien la actuación de Matthew McConaughey se aproxima mucho más a aquella de Tom Hanks en "Philadelphia" de Jonathan Demme. De repente aquel tipo gracioso era un actor dramático de primera fila. Y, una racha singular, al año siguiente repitió (en actores masculinos sólo Spencer Tracy había logrado algo semejante) con "Forrest Gump" de Robert Zemeckis: ¡vaya caja de bombones que se merendó Mr. Hanks! La comedia puede estar bien pagada, pero seguro que es un género con escaso (injustamente) reconocimiento artístico: cambiarse a la máscara de la derecha puede ser una gran idea. Pero para máscaras la que Charlize Theron se plantó en "Monster" de Patty Jenkins, desprendiéndose de su inusual belleza para que el espectador no se distrajera con los encantos de la actriz y se fijara sólo en la potencia de su actuación. Sí, el atractivo físico parece reñido con el gran premio y a McConaughey le ha ido mucho mejor en la apreciación crítica de su talento cambiando musculitos y guapura por la apariencia decrépita y tísica de un moribundo ambulante. ¿No consiguió así su Oscar Christian Bale por "The Fighter" de David O. Russell? (Christian Bale ya demostró hasta qué límites estaba dispuesto a llevar su cuerpo en pos de una buena actuación en "El maquinista" de Brad Anderson). El método Stanislavski y una buena metamorfosis como camino directo a la alfombra roja. La receta no tiene por qué funcionar siempre: Tom Cruise se aferró en 1989 a una silla de ruedas para interpretar a un protestón veterano del Vietnam en "Nacido el 4 de Julio" de Oliver Stone, un papel de Oscar fijo, pero tuvo la mala suerte de coincidir en la gala con el mencionado Daniel Day-Lewis, que le arrebató la estatuilla con un pie atado a la silla. Francamente, Daniel tenía pinta de estar bastante peor de lo suyo.

No se malinterprete el escrito, ni hiera la poco trabajada ironía. Cualquiera de los nombrados más arriba tiene méritos suficientes para el reconocimiento y la alabanza en su profesión. De hecho, ser candidato a un Oscar implica que el resto del gremio del nominado aprecia de modo notable los detalles técnicos o artísticos alcanzados en una película. Las nominaciones ya suponen un premio enorme por sí mismas. Pero la carrera hacia la meta final, las votaciones del conjunto de los académicos, es una competición en la que la pista está cubierta de dólares, que no de caucho. Y al inmenso marketing se une lo políticamente correcto, el premio social: vencen las historias de superación personal, de lucha contra la opresión y la injusticia, tramas que parten con varios segundos de ventaja sobre el resto, una apuesta segura para una masa académica que en gran medida ha superado la cincuentena. Catarsis y espíritu reconfortado para dirigir el dedo del votante a la tecla adecuada. Nada como un final made in Hollywood.

En mi particular quiniela aposté por Leonardo DiCaprio antes que por Matthew McConaughey, sospechando que era una osadía malpensante. En las quinielas no hay que poner lo que te gustaría que ganase, si no lo que piensas que va a ganar. "El lobo de Wall Street" se fue de vacío, una cinta en la que McConaughey realiza una breve aparición que ya valía un Oscar, demostrando que su giro al infierno pero hacia el Olimpo del cine se puede realizar vestido con un buen traje y sin tener que perder un montón de kilos. Me queda recomendarle a Leonardo DiCaprio que en su siguiente película haga precisamente eso, que pierda (o gane, como hizo Robert DeNiro con su Jake LaMotta) todo el peso posible y que, al menos, pille un catarro chungo. Siempre por exigencias del guión, por supuesto.


viernes, marzo 14, 2014

"Her", de Spike Jonze

Cuando alguien se adentra en los estudios de Inteligencia Artificial, uno de los paradigmas de la materia con los que se encontrará, será el conocido test de Turing: una persona lanza una serie de preguntas a un ordenador y a un ser humano, sin saber quién es quién, y al final de la prueba debe ser capaz de discernir cuál de los dos es la máquina. Si no es así, si el ente cibernético es indistinguible, se podrá afirmar que presenta un comportamiento inteligente y que, por tanto, es un artefacto inteligente. La inteligencia, esa desconocida. A los cinéfilos o a los lectores de Philip K. Dick, les sonará mucho más el test de Voight-Kampff, aquel ataque de preguntas que Rick Deckard lanzaba incansable hacia la fría Rachael con la esperanza de ver aparecer unas mejillas encarnadas, las respuestas ruborizantes que apenas lograban una leve vibración en la profunda pupila de Sean Young, suficiente señal, sin embargo, para condenarla al ocaso forzado de los replicantes. Samantha, la protagonista de "Her", anula el test de Turing, más aún, salta desde el puesto de jugador al de juez: será el humano el que tendrá que atestiguar que se encuentra al nivel de la máquina.

Se echa de menos una cara que adosarle a la voz de Samantha, pero esa característica incorpórea es ineludible a la condición de partida de la película: enamorado de una charla a ciegas, línea caliente que termina con el chico arrodillado y con un anillo de compromiso delante del teléfono, el amor que no entra por los ojos, sino por el oído: el ansia de ser comprendido, de escuchar un carácter alegre y abierto al que no le cueste empatizar con nuestras inquietudes. A Joaquin Phoenix, encarnando al sensible Theodore, le resta la carga notable de sacar adelante él solo (dar la cara en muchos primeros planos, una cara y una aspecto hipster -como el que presentaba en "I'm still here" de Casey Affleckque marca tendencia: vayan buscándose unos pantalones con la cintura a la altura del sobaco) la extraña trama amorosa que se desarrolla en la película, porque si Samantha fuera de carne y hueso la película se quedaría en comedia ñoña y tontuna, pero al no ser así, el filme provoca curiosidad en el espectador además de invitarle a determinadas reflexiones.

La infantilización forzosa de la sociedad tecnificada, una sociedad aséptica incubada en una atmósfera higienizada y después embotellada al vacío, el espacio cómodo que provoca la parálisis frente al compromiso, la incapacidad de afrontar una vida real en la que es imposible predecir y controlar todas las variables y el terror a padecer las conmociones emocionales de una relación sentimental. El individualismo como efecto falso e impostado del consumo, qué paradoja, de masas. "Her" me recuerda mucho (pero muchísimo, con las debidas desemejanzas, por supuesto) a "Tamaño natural" de Luis G. Berlanga: la ardorosa muñeca hinchable era la compañera ideal para Michel Piccoli, pero al igual que Samantha evoluciona en sus cualidades humanas, la muñeca de Piccoli termina poniéndole los cuernos y provocando un turbio crimen pasional por desinflamiento súbito. Ay, triste estampa ser rey de la creación. Si Berlanga y Rafael Azcona anticipaban el guión de Spike Jonze con cuarenta años de adelanto, se puede entender que algunas de las imágenes futuristas que adornan "Her" no lo son. De hecho prefiguran un futuro cercano, a pocos años (o meses) de distancia. Andamos por la calle entre presencias espectrales que únicamente fijan su mirada en el cristal de la palma de su mano (espejito, espejito), inmunes al entorno, a la vida en derredor, caminantes de frenopático que hablan solos, se ríen solos, absortos en la charla de sus dedos, conversación dirigida a una persona que quizás se siga llamando amigo, el viejo amigo al que ya nunca se ve, o se trate de uno de esos amigos presentados por el monopolio sentimental que están imponiendo las grandes corporaciones de Internet. La siguiente evolución del capitalismo será el capitalismo afectivo. Cómprese usted el amigo perfecto, la novia perfecta, el hijo ideal.
Insert coin.


miércoles, febrero 19, 2014

"12 años de esclavitud", de Steve McQueen

Todas las precauciones antes de ver una película con el telón de fondo de la esclavitud en Estados Unidos. Todas las precauciones porque se tiene la certeza de que se van a contemplar escenas realmente dolorosas: el drama dantesco, la violencia descarnada, el trato impío y salvaje que gira alrededor de una de las formas de producción más antigua (y más rentable) que puso en práctica alguna vez la descerebrada especie humana. Que sigue poniendo, lamentablemente. Las cadenas, las plantaciones, los latigazos, los mercados de esclavos y  las desgarradoras separaciones familiares, madres e hijos vendidos por separado, los trabajos forzados hasta la extenuación. Ambiente sureño de grandes mansiones blancas propiedad de despiadados amos blancos vestidos de más blanco aún, que se enriquecen con el sudor ajeno gratuito dedicado a cosechar algodón... blanco. La mirada se prepara para lo peor: el déjà vu se da por descontado. Y el problema es que aparte de ese déjà vu lleno de horror, poco más me ofrece "12 años de esclavitud".

Steve McQueen me deslumbró con "Shame", película de esclavitud también: esclavo del sexo (pienso en otra película donde la esclavitud sexual es protagonista bizarra y rotunda, "Saló o los 120 días de Sodoma" de Pier Paolo Pasolini, pero ya lo mencioné cuando escribí de "Shame": me repito, me temo). Y si aquella impresionante cinta, en la que Michael Fassbender no ofrecía la menor duda sobre su gran talento actoral, me gustó, la misma mente que se pone a la defensiva espera que la vuelvan a sorprender como entonces. Pero no ha sido así, exceptuando las grandes actuaciones por parte del reparto (una lista de actores magnífica), algo que era de esperar contando con una trama llena de papeles oportunos para el lucimiento. El que, raspando la impronta que dejó en la memoria la televisiva "Raices", consiguió epatar al espectador recientemente, sin duda fue Quentin Tarantino con "Django desencadenado": la victima transformada en verdugo, el esclavo rebelado, una historia de venganza envuelta en un guión de Oscar. En eso, en Oscars, "12 años de esclavitud" también promete.


domingo, febrero 16, 2014

"La Lego película", de Phil Lord y Christopher Miller

La aglomeración de piezas que se produce en la pantalla, un apelotonamiento de ladrillos de colores nunca visto, amenaza con engullir al espectador. Esa es la sensación que me queda, la de haber presenciado un tsunami descontrolado y excesivo, algo que ya me pasó en otra película de dibujos animados de esta pareja de directores, "Lluvia de albóndigas": poca historia y demasiada animación (otra películas de Lego me han gustado más, por ejemplo las parodias galácticas de la serie Lego Star Wars, "Las crónicas de Yoda"). Aparte de este barroquismo por inundación de despiece, el mensaje de la película es un elemento más para el despiste, un contrasentido absoluto. Las cajas de Lego contienen un montón de pequeñas piezas con las que realizar determinadas construcciones que cubren un inmenso catálogo de juguetes a la venta: edificios de todo tipo, diversos vehículos que van desde coches de policía hasta naves espaciales, paisajes históricos de la edad media o del lejano oeste, e incluso la posibilidad de recrear escenarios de "Los Simpson" o de películas de la saga "Star Wars" o de la más reciente "El Hobbit". Todo ello acompañado de un increíble surtido de pequeños personajes: increíble por todos los matices que los diseñadores de la juguetera obtienen con tan poco material. En muchos casos, lograr culminar el objetivo que aparece en la foto de la caja es una tarea de gran complejidad (pequeñas obras de ingeniería, llenas de detalle), imposible de alcanzar si no se siguen al pie de la letra los pasos del manual de montaje que acompaña al juguete. Y una vez alcanzada la meta, resulta un artefacto de mírame y no me toques, digno de colocar en una estantería pero poco adecuado para el trajín de jugar sobre una alfombra. Pues bien, la película defiende que lo que hay que hacer es remover todas las piezas en un saco y dejar que sea la imaginación la que construya lo que salga. Es decir, gastarse un montón de euros (las cajas de Lego no son baratas precisamente) en, por ejemplo, el Lego de "El Halcón Milenario", para terminar haciendo un par de casas y un barco mercante con Chewbacca de timonel. Qué bichos estos daneses.

Yo, por la generación a la que pertenezco, me tocó echarle muchas horas al Tente y al Exin Castillos, productos del estado autárquico español que, esos sí, eran propicios a la recreación de lo que se te ocurriera pergeñar durante una larga de tarde de invierno, auxiliado por un tambor de Colón lleno de cacharros, pero lo que observo en los últimos años de Lego en las jugueterías me parece un prêt-à-porter, no inclinado a estimular la imaginación, sino dirigido en realidad a lograr un producto bien delimitado: mercadotecnia cinéfila para bolsillos pudientes. Así, en la película la empresa Lego quiere ser a la vez el bueno y el malo, como el policía que aparece en el filme: poli bueno o poli malo sin más que girar su cabeza, un signo certero de la esquizofrenia del capitalismo moderno. ¡Anda! ¡Ahora sí que entendí la moraleja!

Por otro lado está bien claro que los juegos de construcción, sean de la marca que patrocina la película o de cualquier otra, son un excelente recurso para la animación stopmotion, técnica que "La Lego película" presume de haber empleado en la mayoría de su metraje, junto a la indispensable animación por ordenador. Como muestra de lo que se puede lograr pieza a pieza, adjunto este conocido vídeo musical del tema "Fell in Love with a Girl" de The White Stripes, vídeo dirigido por Michel Gondry, nada menos. Temazo, por cierto.

martes, febrero 11, 2014

"Agosto", de John Wells

"Agosto" es un culebrón: de marca, pero culebrón. Culebrón crepuscular, en todo caso, que por algo aparece Sam Shepard en el preludio. La pena es que aparece poco: guardo en la memoria su formidable interpretación en el reciente western "Blackthorn" de Mateo Gil. Seguro que todos tenemos escondido algún pariente que bien se merece un Oscar. Puede que una prima, un cuñado, quizás la propia madre. Nunca hay un cazatalentos cerca cuando realmente hace falta. Y es que la tendencia a montar un drama por todo es una cualidad artística que no está al alcance de cualquiera: cenas familiares convertidas de repente en un circo de tres pistas. Si a las personalidades inclinadas a la emoción sentimental se les añade un buen surtido de fármacos, la mezcla química propiciada causarán un efecto secundario imposible de analizar en ningún prospecto.

Precisamente una cena, tras un funeral, la comida fría e improvisada que se sirve más por inercia que por hambre, será la auténtica protagonista de esta cinta, la secuencia que paga el precio de la entrada en "Agosto". La cámara sienta al espectador a la mesa como un comensal más, a participar en el tono abrupto de una discusión cimentada en reproches larvados que se arrojan despiadados a quemarropa, con maestría en los diálogos y en la buenas actuaciones encabezadas por Meryl Streep (harta de dominar los papeles a su antojo) y Julia Roberts (adaptándose muy bien a papeles de madurez). Pero después quedarán dos actos más en esta adaptación de una exitosa obra de teatro escrita por Tracy Letts, y esa paternidad teatral será el principal lastre de la cinta, que no acaba de funcionar en celuloide por mucho que se busquen fotogramas de espacios abiertos y paisajes infinitos: Oklahoma, pero podría ser la Armuña, cambiando campos de trigo por cultivos de lenteja: los problemas de familia no dependen del mapa, en todas partes hay, pero el nivel de culebrón alcanzado en "Agosto" supera los límites de lo admisible, al menos para mí. Claro, que igual mi nivel de culebrón, no está muy entrenado.

viernes, febrero 07, 2014

Poemario. "Concierzo de viento", de Marcos Callau

El animal de interior siempre sueña los mares, escribe Marcos en su poema "Los brazos de Venus". El mar se antoja imposible en su ciudad natal, Zaragoza, pero el viento sopla firme y, como en tantas ciudades sin puerto, como en la mía, hincha las velas de su catedral, barco varado a la orilla del río, que se divisa desde lejos quebrando el horizonte. Poesía urbana para romper pasiones amorosas acostadas en lechos de asfalto y piedra milenaria, mecidas con acordes desgarrados por algún crooner insomne. Soledades reconfortadas en cafés musicales de aliento bohemio que se refugian del Cierzo: los versos de Marcos evocan humo de tabaco y de jazz, una nostalgia confundida que ansía volver al lugar donde se fue feliz, confundida porque no es nostalgia sino melancolía: el retorno es imposible. Palabras que sobrevuelan la ciudad como el sonido de Gershwin acompañando los planos de Woody Allen por Manhattan y que penetran todos los rincones alumbrando las intimidades de un cuadro de Hopper.

Marcos Callau traza habitualmente sus poemas en la pizarra de su blog, El tiempo detenido, pero, mucho antes aún, nuestro camino bloguero se cruzó en El sueño eterno, su morada anterior. Tantos años leyéndole, leyéndonos, compartiendo además escritos en "La caja de Pandora": tener ahora entre manos su libro es un placer enorme, una satisfacción. Porque lo digital está muy bien pero el papel, chico, no sé lo que tiene, y este poemario luce espléndido.

La poesía es el medio singular de expresar ciertas inquietudes, manifiestos del espíritu, con la exigencia añadida de desbrozar la palabra exacta, el verbo preciso, el adjetivo certero. El poeta que se atreve a hacer pública su obra, establece un compromiso: describir lo trascendente sabiendo que es lo necesario, lo único necesario, en realidad. Y ese compromiso tiene como destinatario al lector ajeno, la parte contratante que acepta el reto de sumergirse en el verso y capturar el sentimiento, como reflejado en un espejo: sentir lo que el poeta sintió y hacerlo suyo.
Enhorabuena, Marcos.

sábado, febrero 01, 2014

"La caza", de Thomas Vinterberg

La calumnia. Calumniad, calumniad que algo quedará, proclama Voltaire. O, mejor aún, más apropiado al tema de la película, en palabras de Bertrand Russell: La calumnia siempre es sencilla y verosímil (para aproximarse a la figura del filósofo y matemático, premio Nobel de literatura y una de las personalidades intelectuales más importantes del siglo XX, se puede disfrutar de una lectura poco farragosa en el cómic "Logicomix" de Apostolos Doxiadis y Christos H. Papadimitriou). La calumnia abre heridas que son muy difíciles de cerrar, una onda expansiva de mensaje breve que se propaga imparable, un acto de venganza y rencor que una vez puesto en marcha tiene una eficacia dañina sorprendente: las dudas asoman para intentar probar la inocencia, sin pararse a sopesar debidamente los indicios de culpabilidad: todo el mundo es culpable hasta que se demuestra lo contrario. Y ya puestos en citas y proverbios, la sabiduría popular asegura que en la boca de los niños (y en la de los borrachos: curiosa comparación) se encuentra la verdad. Lucas lo tiene chungo, me temo.

A Lucas lo interpreta Mads Mikkelsen, excelente actor danés al que descubrí en "Flame y Citron" de Ole Christian Madsen, un panegírico patriótico acerca de dos héroes de la resistencia de Dinamarca, contra el invasor nazi, durante la Segunda Guerra Mundial. Mikkelsen luego hizo de malo, de malo de James Bond nada menos, en "Casino Royale" de Martin Campbell, y en malvado televisivo alcanzó su mayor popularidad: el doctor Lecter en la reciente serie "Hannibal" creada por Bryan Fuller: su porte flemático y frío (hierática cara de esfinge, poderosa mandíbula nórdica) daban la talla de asesino calculador y despiadado, psiquiatra gastrónomo de peculiar gusto caníbal que mantiene al F.B.I. en perpetuo vaivén investigador, y que a mí me ha mantenido a la expectativa las últimas semanas. Bueno, como Anthony Hopkins ningún Lecter, opino. Pero Mikkelsen en "La caza" desarrolla su papel a la perfección, sin estridencias, concediendo a Lucas, la víctima de la historia, todos los posibles matices de cordero degollado que la locura paranoica de sus amigos y vecinos provocan con su acoso cotidiano. Linchado, emplumado, despreciado. El espectador, que conoce las circunstancias de la terrible acusación que pesa sobre Lucas, asiste impotente al desarrollo de la historia, incapaz de participar en los acontecimientos, de proporcionar las coartadas. La cuarta pared, infranqueable, aporta toda la tensión y aparta cualquier justicia.

La anterior película dirigida por Thomas Vinterberg fue "Submarino", y en aquella entrada lamentaba no haber visto aún "Celebración", obra magna de Vinterberg y cinta señera del movimiento Dogma 95 junto a "Los idiotas" de su paisano Lars Von Trier. Desde entonces tuve ya ocasión de disfrutar de "Celebración", película indispensable para entender aquel movimiento Dogma que sirvió (méritos artísticos por delante) para sacudir el anquilosado panorama cinematográfico mundial, lo cual no es poco, si bien y como de costumbre los manifiestos se suelen limitar a los círculos que los firman. Con "Celebración" tiene muchos puntos en común "La caza" y merece la pena valorarlas en conjunto. Una sería reverso de la otra: la calumnia de nuevo y de nuevo sometida al escrutinio de la platea, pero, de nuevo también, con los factores indispensables para que la balanza se incline únicamente hacia uno de los lados, el lado que el director quiere. El mismo delito, las mismas reuniones de amigos y familiares (ese ambiente festivo, vikingo, de asamblea tribal que escapa del hielo del exterior y que celebra la vida al caer la noche entre bebidas y cánticos) pero un juicio popular completamente distinto: de la aceptación de "La caza" a la incredulidad en "Celebración". Quizás es que en "Celebración" el acusador ya no era un niño y la sinceridad ya no la tiene garantizada por ningún refrán conocido. A no ser que se emborrache, claro.

jueves, enero 23, 2014

"El lobo de Wall Street", de Martin Scorsese

A Scorsese no le tiembla el pulso: con 71 años bien podría dedicarse a robar panderetas (Scorsese cuenta lo que Woody Allen no contó en "Blue Jasmine": el antes de, pero falto de cualquier pudor y de frenos). Ni un ápice de temblor. Dirige esta historia con maestría y sin cortapisas, produciendo un retrato rotundo y patético que permite percibir el aliento podrido de una época de excesos económicos: hace veinte años pero como ahora. O ahora peor. Y lo peor de todo es que me he reído con esta película. Un montón. Con "Margin call" de J. C. Chandor, no, aquella daba miedo: el origen de la crisis económica planteado como una tremenda historia de terror. Pero con este remake de "Los increíbles albóndigas" de Ivan Reitman, transportado del campus universitario a los rascacielos de Wall Street, me he divertido muchísimo. Ritmo trepidante (ayudado por una música incansable), que no te deja parpadear durante toda la proyección: el vértigo frenético de la adicción, de la codicia sin límite: fotogramas indelebles. Y cuando parece que la trama puede decaer, no es más que la necesidad de tomar aire para precipitarse hacia el vacío otra vez. Ray Liotta en "Uno de los nuestros" es la referencia que Leonardo DiCaprio, interpretando la vida loca del agente de bolsa Jordan Belfort, ha conseguido colar en mi memoria. A DiCaprio, cercano a los cuarenta, parece que le llega la hora de deslumbrar. Y ha costado, le ha costado a Martin Scorsese, que desde "Gangs of New York" confió las riendas protagonistas de sus filmes al talento del joven Leo. No era Howard Hughes en "El aviador" ni de lejos, ni tampoco daba del tipo más duro del garito en "Infiltrados", pero en "Shutter Island" empezaba a demostrar empaque (refrendado en "Django desencadenado" de Quentin Tarantino: vengan papeles extremos para el cara de niño, que se le dan bien). Además en "El lobo de Wall Street" despliega gran química con la que es, y no otra, pareja sentimental en la película: su colega Donnie, fantástica actuación de Jonah Hill: igual también los Oscar de este año consiguen emparejarlos.

Putas y cocaína. La economía global navega sin control como un barco en medio de una tormenta perfecta: las gráficas suben y bajan como el yate de Belfort luchando contra el oleaje. Al timón se encuentra una pandilla de monos (con perdón a los monos) empapados en crack. O en quaaludes. Nadie puede extrañarse del naufragio, lo insensato sería pensar que el navío llegará a buen puerto. Y no debe ser una caricatura anecdótica la que la película dibuja: los telediarios inundan al espectador de vergüenza ajena cuando se desgranan los detalles más cutres y horteras acerca de a qué destina su botín tanto financiero empaquetado en los últimos años. ¿Cómo puede caber tanta podredumbre en el exiguo espacio que ocupa una persona? La desmesura de sus vicios solo es comparable a la necedad de sus ambiciones. ¿Lobo? El lobo, el tiburón, animales indómitos que suelen emplearse para denotar las aptitudes de estos carroñeros de las finanzas: la hiena o la rata (que me perdonen las hienas y las ratas) conformarían un tótem más adecuado. Charlatanes de feria, predicadores con micrófono, reverendos de la secta del dólar, a la que, lamentablemente, no le faltan adeptos. El hatajo de tarados que aparece en la cinta dedicando las 24 horas del día a embaucar a pobres incautos para arrebatarles lo poco que les sobra y lo que no, ofrecen una visión demoledora del capitalismo ficción (definición certera de Vicente Verdú), telón de fondo que Scorsese explota genialmente para desvelarnos que el pretendido glamour del poder económico, no es más que un océano de mediocridad que se gesta en malolientes alcantarillas. Y que me perdonen las alcantarillas.


martes, enero 14, 2014

"La vida de Pi", de Ang Lee

El número Pi. Pi es la razón entre la longitud de una circunferencia y su diámetro. La razón. Pero resulta ser un número irracional: que no puede expresarse exactamente con números enteros ni fraccionarios. Por otro lado, su uso cotidiano, ligado a la geometría básica que se aprende en la escuela, choca también con otro de los adjetivos que sus cualidades algebraicas denotan: Pi es un número trascendente. Trascendente: que está más allá de los límites de cualquier conocimiento posible. Juegos de palabras surgidos de la combinación del Diccionario de la lengua española con el manual de matemáticas, dobles sentidos que permiten manifestar el conflicto interno de "La vida de Pi": razón y fe.

Piscine Molitor Patel (Suraj Sharma, debutante que defiende muy bien su papel protagonista). Las infinitas cifras decimales del comienzo de su nombre de pila (o de pilón), le sirven para escapar de la maldita ocurrencia de ponerle el nombre de una piscina pública de París, nombre que encima es fácilmente recortable hacía un monosílabo escatológico de burla inmediata para la masa cruel del patio de colegio: la matemática se alza rotunda ante tanta estupidez mediocre y deja a todo el mundo callado. Ese comienzo de la película alimenta la esperanza de que el joven Pi Patel, calculadora precoz, intente emular a su compatriota Ramanujan, genio matemático indio autodidacta, que dejó perplejas a las mentes más desarrolladas de su tiempo. Pero parece que Pi está más interesado en el alma que en el cerebro: hinduismo, catolicismo, Islam. Todo es poco para este pequeño Marcelino Pan y Vino que, en contra del racionalismo paterno, hace del sincretismo religioso virtud, de modo que la cábala sea la única parcela numérica a la que esté dispuesto a entregar sus dotes (la referencia cinematográfica acude rauda: "Pi" de Darren Aronofsky: la búsqueda del conocimiento absoluto se asoma a abismos de locura).

Un barquero tiene que pasar al otro lado del río a un lobo, una oveja y una col. El famoso problema de lógica seguro que ha copado los pensamientos de muchos en algún momento de sus vidas. Poca cosa en comparación con el embrollo de Pi: en una barca en medio del océano Pacífico hay un hombre, una cebra, un orangután, una hiena, un tigre... y una rata. Los dioses zoomorfos, totémicos, divinidades paganas de religiones ancestrales como la hindú, toman cuerpo para castigar a Pi, hereje tentado por aburridas creencias monoteístas. Y la mezcla de especies que sería realmente complicada de realizar en un plató (ya lo decía Alfred Hitchcock: nunca trabajes con niños, con animales o con Charles Laughton: lo debía decir por experiencia porque incumplió las tres condiciones) fue subsanada mediante "milagros" digitales (a mi compañera de proyección le tuve que aclarar esa circunstancia para que dejara de dar respingos). Belleza New Age, empacho fosforescente, colorido, espectacularidad, para adornar el inevitable aburrimiento de 227 días a la deriva, nada menos (sin necesidad de tanto recurso surrealista, en la novela "Relato de un náufrago" consigue Gabriel García Márquez una intensidad emocional extraordinaria, traspasando certeramente al papel la experiencia del protagonista del relato: al papel y al lector, por supuesto). Los profetas fundadores de las grandes religiones como Buda, Jesucristo o Mahoma, tienen en común el haber padecido largos periodos solitarios de privación y ayuno, eremitas que entran en contacto con la divinidad y la revelación mediante la infalible receta de cortar la alimentación del cerebro: misticismo y alucinación firmemente entrelazados. Además en Pi Patel se presenta un fuerte shock emocional acompañado del necesario mecanismo de protección de negación de la realidad. La mente vuela, el sueño toma forma (ver el cuadro de Salvador Dalí: Sueño causado por el vuelo de una abeja alrededor de una granada un segundo antes de despertar). La cuestión no es qué historia prefieres, no, sino cuál es la verdadera. El resto son remedios para ir tirando.

jueves, enero 09, 2014

"Broadway Danny Rose", de Woody Allen

Durante décadas un par de nombres, que se hicieron familiares al espectador e indisociables al propio nombre del celebérrimo director neoyorquino, aparecían acompañando al de Woody Allen en los créditos de sus películas: letras blancas sobre fondo negro surgen en pantalla mientras suenan unos suaves acordes de jazz: tipografía Windsor como marca de fábrica, permitiendo la identificación inmediata del autor que mostrará su celuloide acto seguido. Charles H. Joffe y Jack Rollins fueron los representantes de Woody Allen desde los años cincuenta, y hasta la época actual (Joffe falleció en 2008 pero Rollins, a pesar de almacenar casi cien años, sigue figurando en el equipo de la obra más reciente de Allen, "Blue Jasmine"), aparecen, no sabría decir en qué película no, participando en la producción del universo alleniano.

Si en "Broadway Danny Rose" Woody Allen pretendió reflejar cómo era su relación con sus managers, qué tipo de personas eran las que se ocupaban de las facetas más mundanas de su ya (1984 es la añada de la cinta) por entonces exitosa carrera, si ésa era su intención, no cabe duda de que Allen estaba muy contento con ellos. Danny Rose (Woody Allen) es un agente de artistas de segunda (o bastante más allá) fila: instrumentistas de copas de agua, modeladores de globos hinchables, xilofonistas ciegos, hipnotizadores capaces de dormir pero no de sacar del trance a sus... víctimas. Danny Rose pierde más tiempo y dinero con su humilde troupe del que sería soportable para la supervivencia de su negocio. Pero su optimismo incombustible y su amor por el vodevil, superan cualquier inconveniente. Entre sus protegidos hay uno que parece que puede llegar a triunfar, el cantante Lou Canova (Nick Apollo Forte), un one-hit wonder de los años dorados del rocanrol (su mayor éxito es una canción sobre la indigestión de comida italiana, "Agita"), reconvertido a cantante melódico al estilo Tom Jones (el tigre sexual más hortera del escenario) al que se le presenta la oportunidad de un buen contrato. Pero Lou tiene una amante, Tina (Mia Farrow), rubia vampiresa suburbial, malhablada y malhumorada: la chica del gangster. En esta historia Woody Allen intentó acercarse a la comedia italiana y ese espíritu se traslada al entorno familiar del personaje de Mia Farrow, Tina Vitale (Mia Farrow está irreconocible, escondida tras unas enormes gafas negras y un carácter chulesco y distante: gran actriz), y al estilo mafioso de un antiguo pretendiente que, celoso y pasional, confunde a Danny con Lou: ¡vendetta! El enredo inevitable de las películas de Woody Allen está servido y ese error de identificación es la peligrosa anécdota acerca de Danny Rose, que un grupo de veteranos personajes del gremio de la actuación recuerdan muertos de risa en una mesa del restaurante Carnegie Deli de Nueva York: memorias de la profesión que introducen la película como una historia muchas veces contada, recuerdos en sepia que se vuelven leyenda y que arrojan la sensación de asistir a un homenaje crepuscular, la descripción de un negociante honesto y apasionado, un arquetipo extinto que se vuelve legendario: Danny Rose, ese ingenuo enamorado de las candilejas y de los aplausos.


sábado, enero 04, 2014

"Elena", de Andrey Zvyagintsev

En la portada del DVD español de "Elena" hay una cita de una revista de cine en la que se sitúa a la película como ejemplo visual terrible del crudo universo darwiniano de la Rusia de Putin. No se puede poner en duda el contexto histórico, ya que la trama de la cinta parece situarse en la época actual, que seguro que será cruda, no hace falta irse a Rusia para comprobarlo, pero el adjetivo darwiniano, aplicado a las motivaciones que llevan a Elena a cometer el expeditivo acto que asegura sus planes, tiene más que ver con el instinto maternal que con las tesis de selección natural que propuso el genial naturalista inglés (la malinterpretación de sus teorías desembocó en el darwinismo social, una horrenda justificación de pretendida base biológica para avalar todo tipo de desmanes provocados por la especie humana sobre ella misma). Sin embargo sí que se puede ver "Elena" como una alegoría social, si bien parece más trasladable a la época de la revolución rusa y la lucha de clases: el derrocamiento de la oligarquía económica y la incautación de sus bienes, propiedades y medios de producción: del poder omnímodo del zar, se pasó al régimen implacable del Sóviet Supremo, otra oligarquia. Esa revolución económica también tiene lugar con la caída de la U.R.S.S. a finales de los años 80 del siglo XX: la privatización de los bienes nacionales que acompañó a la disolución de la Unión Soviética, produjo un torrente de nuevos ricos postcomunistas, aparte de unos catastróficos años de hambruna y crisis para gran parte de la población. De ahí parece proceder la fortuna de Vladimir (Andrey Smirnov) el marido de Elena (Nadezhda Markina), de aquella transición hacia el capitalismo que hubo que realizar a todo prisa (la novela "No será la tierra" de Jorge Volpi es una buena recomendación para aproximarse al ambiente político de la época). Vladimir, patriarcal y poderoso, otro padrecito, como Stalin, capaz de otorgar, de perdonar, de decidir, de salvar. Elena es la servidumbre, el pueblo que pide y que se desespera y que, en silencio, afila su guadaña.

El silencio. "Elena" me recordó a otra cinta tranquila pero demoledora, "La soledad" de Jaime Rosales, película que me alegró como nunca la velada de los premios Goya al alzarse, a la postre, con los más ansiados galardones de los repartidos aquella noche de febrero de 2008. La elocuencia del silencio transmutado en la imagen más habladora: el contraste entre el enorme piso de lujo para dos de Vladimir, el padrastro, con grandes cristaleras para disfrutar de la vista de frondosos parques moscovitas, frente al reducido hogar de Sergey (Aleksey Rozin), el hijastro, habitaciones angostas como pasillos en las que su familia estira la cabeza hacia estrechas ventanas por las que asoman las imponentes chimeneas humeantes de una fábrica. Al comienzo de la cinta, un largo plano fijo selecciona el público de "Elena", un espectador que debe estar preparado para disfrutar de la elipsis visual, dotado de paciencia cinéfila: a la espera del desarrollo calmo del conflicto: paladear fotogramas. La valoración moral de los actos de Elena conducirá hacia su más que probable condena, nos aclara el director de la película: la coartada criminal no exime de padecer años de remordimientos y de noches en vela: los cadáveres enterrados en el jardín se arrastran cada noche hasta la alcoba. El verdadero dios, como cualquiera puede experimentar en su propia vida, es el hijo, claro (se puede comprobar fácilmente dentro de un par de días, cuando lleguen los Reyes Magos), y después el hijo del hijo, pero retratados ambos aquí como divinidades indolentes y perezosas, desagradecidas y extraviadas de antemano, que no parecen merecer tanto sacrificio. Y ya no hay vuelta atrás.