sábado, julio 19, 2014

"Laurence anyways", de Xavier Dolan

Hace unos meses que mi colega bloguero Darío, encantador del "Nido de serpientes" y responsable de las indispensables meditaciones allí depositadas, mencionó este título: lo tendré en cuenta, dije: lo he tenido. Además el nombre de su director, Xavier Dolan, lleva tiempo abordando el mundo cinéfilo más festivalero, Cannes y sus compadres, irrumpiendo sin temor desde su insultante juventud, paso a paso hasta que cualquier año de estos se lleve la palma. La de oro, claro. No había visto ninguna de sus películas (firma cinco largometrajes con sólo 25 años este canadiense) así que a propósito de Laurence, y de Darío, llega la oportunidad. Película larga que mostrará virtudes, momentos brillantes, mas no se esconderán los consejos de enmienda, ay.

La primera impresión es almodovariana: obvio teniendo en cuenta el tema tratado, un desencadenante de la acción que pone en mente "Todo sobre mi madre", algo menos "Tacones lejanos", y puestos a rebuscar en referencias por qué no mencionar aquella impactante "Juego de lágrimas" de Neil Jordan, aunque la cinta del director irlandés trascendía lo íntimo para adentrarse en lo social y lo político: ¿qué película irlandesa de aquella época no lo hacía? Me quedo con el factor Almodóvar, pues la historia contada en "Laurence anyways" se inicia a finales de los años 80 y recorre la década posterior, nutriendo el celuloide con vestuario, peinados o temas musicales ad hoc, factores ambientales que generan rubores casi olvidados de hombreras, cardados y camisas estampadas inclasificables: tal como éramos y tal como las cintas de Pedro Almodóvar pintan los decorados, si bien Dolan aplica mucha menos intensidad, en el fondo y en la trama: "Laurence anyways" es una película para todos los públicos, bastante edulcorada y amable, con cierto abuso de la estética videoclip y de la cámara lenta: enfatizar sentimientos dopando el fotograma.

Transexualidad. La transformación que no lo es si es entendida como transformarse en otra cosa, pues de lo que se trata es de transformarse en lo que se es en realidad. No, los que deben transformarse son los otros, son la familia, la pareja, los amigos, todos aquellos a los que la revelación les coge con el paso cambiado: él ha tenido un montón de años para pensárselo, para reafirmar sus sospechas, para dar el salto al vacío en el momento propicio, pero al resto le quitan de improviso el suelo bajo los pies. ¿Quién es Laurence? Laurence, anyways. El aspecto exterior cambia pero la persona sigue siendo la que era. Aceptación o repudio, esa es la decisión, pero el torbellino emocional está lanzado y ya no hay quien lo pare. Los protagonistas son Melvil Poupaud y Suzanne Clément. Al principio de la cinta aparecen demasiado sobreactuados sobre todo ella (¿no debería ser al revés?), sobreactuación que en mi opinión aparece por exceso de improvisación. El proceso de madurez al que la película asiste también incluye al propio rodaje, de modo que según llega el final se equilibra el ardor interpretativo. Esto conlleva, por otro lado, que el nivel de pasión se hunda y que el director opte por un flashback al pasado para cuajar un breve clímax final. Algo tramposo el joven Dolan y quizás demasiado joven para aceptar que hay asuntos que no deben tener ni segundas partes ni vuelta atrás. Caminos sin retorno: lo que hay delante es otra cosa.

jueves, julio 17, 2014

"Warrior", de Gavin O'Connor

El género de "combates" es muy amplio. Se puede incluir en él, como apartado más prestigioso, el dedicado al boxeo. El deporte de las doce cuerdas ha dado lugar a películas que brillan con fuerza en la historia del cine ("Toro salvaje" de Martin Scorsese, "Fat city" de John Huston,...), un éxito que tiene como uno de los ejemplos más recientes (bueno, ya pasó casi una década, ¡date cuenta!) la multipremiada "Million Dollar Baby" de Clint Eastwood. Y también se puede incluir, las cosas como son, un surtido casi infinito de macarradas infames que poblaban la estantería especializada del videoclub del barrio (de eso han pasado más décadas aún, me temo). Un catálogo ingente en el que lo menos que se puede pedir es que la película esté bien hecha, bien realizada, y que las actuaciones sean convincentes. El resto de ingredientes, ya se sabe: la venganza, el maniqueísmo: héroes y villanos de identificación rápida para el espectador: sentimientos básicos. Y toneladas de hostias pardas. Cuanto más alejada se encuentre la cinta de ese efectismo barato, mucho mejor será el resultado.

"Warrior" comienza muy bien, sólo sea porque suena un tema de "The National", una de mis bandas favoritas, acordes musicales que tendrán la buena idea de volver a aparecer a lo largo del metraje. Nick Nolte interpreta al padre de dos tipos que se van a meter en una jaula a partirse la crisma en un torneo llamado "Sparta", un certamen de postín, televisado, a lo "Pressing Catch" pero sin tongo, con un estilo de pelea mezcla de kick boxing y lucha grecorromana. Uno de los hermanos es un excombatiente de la guerra de Irak, más zumbado que las maracas de Machín, y el otro es un profesor de física de instituto que necesita el dinero del premio al ganador (5 millones de dolares) para pagar la hipoteca. Esto último no debería sorprender a nadie, sobre todo a los seguidores de la serie "Breaking Bad":  el ínclito Walter White pasaba de enseñar química en la aulas a practicar diestramente con la materia, hasta llegar a convertirse en un tremendo narcotraficante: todo sea por llegar a fin de mes. El guión de "Warrior" se salpicará con clichés a punta pala del género: el alcoholismo, el origen irlandés, la patria y la familia, el combate ganado en el último suspiro, algún ruso invencible y, claro, una buena catarsis final. Una de tantas pero no es de las malas, no. ¿Cómo lo sé? Pues porque los videoclub de los 80 hicieron mucho por asentarme el criterio en el tema, a qué negarlo.

viernes, julio 11, 2014

"Los Tenenbaums", de Wes Anderson

Las películas de Wes Anderson parecen sonsacar la excentricidad de lo más cotidiano, ya sea por su sello estético de ambiente sobrecargado y colorido (tanto en el equipamiento como en los personajes) que roza lo kitsch sin alcanzarlo, o por su narrativa de cuento moderno, voz en off incluida, que exagera el relato hasta convertirlo en una antología de batallitas del abuelo. Me recuerda su cine al de Jean-Pierre Jeunet, si bien el director francés tiene una vertiente imaginativa que se adentra en el realismo mágico, pero contemplo el discurso de "Los Tenenbaums" y a ratos me viene a la mente "Amélie" (son del mismo año ambas películas, del 2001), lo cual para mí es una virtud.

"Los Tenenbaums" cuenta la historia de una familia extravagante de la alta sociedad neoyorquina. El padre, encarnando magníficamente por Gene Hackman, es un ex-abogado caradura y vividor que ha pasado bastante de la educación de sus hijos, faceta de la que se ha encargado la madre, Anjelica Huston, que, como esas madres tigre orientales, ha potenciado las capacidades de los niños hasta convertirlos en unos pequeños genios: uno de las finanzas, otra del arte y el pequeño para el deporte. Niños superdotados: todos los padres piensan que tienen uno: el apoyo incondicional y deslumbrado durante la infancia desaparece con el aumento de la edad: de genio precoz a decepción adulta. La película es una alegoría del descalabro del tiempo. Los tres niños se convierten en Ben Stiller, Gwyneth Paltrow y Luke Wilson, y el reparto se completa con otros actores conocidos como Owen Wilson (firma el guión junto a Wes Anderson), Danny Glover o Bill Murray, actor fetiche de la filmografía del director. Sí, un buen montón de nombres de postín suele figurar en los rodajes de las historias de Anderson, lo que hace pensar que sus guiones se rifan: comedia de prestigio.

Decía que "Los Tenenbaums" es el descalabro, los traumas vitales, la traición del tiempo, pero también, o quizás sobre todo, la esperanza de las segundas oportunidades: la oveja descarriada y el anómalo desahuciado tienen posibilidades de enmienda siempre y cuando se dirijan hacia el buen camino. Algo de moralina destila la trama, no acaba de romper el molde un guión que por otro lado no está mal, pues obtiene algunas escenas extraordinarias en un montaje ágil que se contrapone a un tono frío, desapasionado y nihilista para las actuaciones de los retoños Tenenbaum, consiguiendo la cinta en ese contrapunto un cierto swing. Bueno, el swing también lo aporta su magnífica banda sonora. Espíritu independiente.


jueves, junio 26, 2014

"Violette", de Martin Provost

La salvación por el arte, arte salvador, la literatura en este caso, iluminando la vida aciaga de Violette Leduc, mujer bastarda, fea y maltratada, siempre enamorada de la persona que no le va a devolver el amor propuesto, siempre sola. Me vino otra película a la memoria, la excelente "Henry Fool" de Hal Hartley, donde Henry Fool, escritor bohemio, le daba al joven Simon Grim un consejo redentor: coge un cuaderno y un lápiz. En "Violette" ese puesto de pigmalión lo ocupará nada menos que Simone de Beauvoir, paradigma de intelectual francesa del siglo XX, feminista y rompedora: Violette Leduc volcará sus vivencias en papel, sin tapujos ni remordimientos, y conseguirá el éxito literario.

Si algo tuviera que destacar de "Violette", biopic femenino, un género que últimamente está muy presente en la cartelera, sería el ambiente, el retrato de la efervescencia cultural que se vivió en Francia después de la Segunda Guerra Mundial. Partiendo de vivencias de los días de la guerra muy bien realizadas (el estraperlo y la lucha cotidiana por la supervivencia: buscarse la vida como impulso vital ineludible), el trauma bélico desemboca en una época de suspicacia contra los colaboracionistas, de aceptación del ideario comunista como contraposición a cualquier rastro de fascismo (al menos en los primeros años) y por tanto de la puesta en cuestión de las tradiciones conservadoras burguesas. La figura de Albert Camus sobrevuela la película como auténtico gurú dominante, mientras que Jean Paul Sartre está por tomar el mando. Ni Camus ni Sartre aparecen en la cinta, sólo su nombre, como dioses incorpóreos, pero las presencias poderosas de Simone de Beauvoir, presencia omnipresente, o la de Jean Genet, literato total, enfant terrible, ladrón, chapero y vividor, avalan suficientemente el parnaso literario galo (por cierto, también aparece Jacques Guérin, millonario perfumista y mecenas artístico, bibliófilo coleccionista que entre otras joyas manuscritas de las muchas que consiguió se encuentran las de Marcel Proust, salvadas de una destrucción segura: se cuenta perfectamente en el libro "El abrigo de Proust" de Lorenza Foschini). Escritor@s, pensador@s, filosof@s, demostrando que la letra escrita es un arma potente: tiempos de "ismos", de querer cambiarlo todo y de no conseguir nada, claro, pero las ideas quedan, esperando que alguien las recoja y se salve.


domingo, junio 22, 2014

"Érase una vez en Anatolia", de Nuri Bilge Ceylan

Se ha cometido un asesinato, un acto brutal y sanguinario: un desecho del lumpen exterminado por su propia clase. Se tiene al presunto homicida pero no el cadáver, enterrado en medio del campo, junto a una fuente o debajo de un árbol o arrimado al hueco propicio de la cuneta. ¿Dónde estará? La partida de búsqueda se lanza a ciegas en medio de la noche, cuando el muerto está aún caliente. Aquí no, aquí tampoco. Un poco más adelante, quizás. Excursión al tuntún alentada por las pistas del detenido (frío, frío, caliente, caliente), que progresa hacia la decepción vertida en una manta de hostias sobre el confeso criminal. La expedición la forma un grupo repentinamente berlanguiano (los policías, el comisario, los sepultureros, el fiscal, el médico, los sospechosos), donde la sofisticación del proceso investigador es una pantomima que se queda para la brillantez de las series americanas (el escritor Friedrich Dürrenmatt, en "La promesa" -novela de la película "El cebo" de Ladislao Vajda: ya tenías que haberla visto- reprochaba que en la literatura negra o el cine más negro aún se retratara falsamente el trabajo de detective: ni deducciones felices, ni estéticas expresionistas, sino un trabajo burocrático y desapasionado anquilosado en pesquisas que se eternizaban durante años) a los que la cruda realidad de la falta de medios les obliga a bajarse todos, otra vez, para arrancar el vetusto coche oficial a empujones. ¡Mete segunda y suelta el freno! ¿Así cómo vamos a entrar en Europa?

El viaje de una noche recorriendo las zonas rurales de Anatolia, de Turquía, me sumerge inmediatamente en lo vivido hace décadas, en trayectos nocturnos por las carreteras secundarias de Salamanca, carreteras solitarias y estrechas que atravesaban el monte, pedregales salpicados de arboles robustos que lanzaban sus ramas sobre el cielo del asfalto. Sólo el hombre sólo, aunque viaje acompañado. "Érase una vez en Anatolia", el comienzo adecuado para el relato de un episodio que cualquiera que estuviera allí se animaría a contar muchas veces, como los ciegos que en las plazas de los pueblos daban cuenta de la crónica negra nacional en sus pliegos de cordel. Esa Turquía "moderna" develada por la mirada de Nuri Bilge Ceilan afirma el tópico de país atrapado entre férreas tradiciones y ansias de modernidad, anhelos de entrar en una Unión Europea que contempla el símbolo de la media Luna con suspicacia apenas disimulada. Grupo de hombres duros, oscuros, de profundas ojeras negras que se asoman afiladas sobre su bigote rotundo: si se proclamaran de nuevo las Cruzadas, en el cuerpo a cuerpo nunca escucharíamos la campana del segundo asalto, pobre hombre occidental arrasado por una cultura consumista infantiloide. Hombres duros que de repente se conmueven hasta la lágrima por la aparición de una niña, un ángel surgido en medio de la madrugada, la belleza que emerge deslumbrante hasta donde menos se la espera. Tras la fachada rocosa asoma lo mismo que en cualquier parte: el sentimiento, la decepción y la preocupación por la sangre de su sangre: el cariño y la piedad. La noche en vela, una vez superado el momento fatídico del sueño, arroja siempre conclusiones de una lucidez estremecedora: el hombre sólo se encuentra a sí mismo con las primeras luces del alba. La facultad de un cineasta para extraer lo universal diseccionando lo local, una autopsia del lugar más recóndito de Anatolia. Tan lejos, tan cerca. El tiempo es la única distancia.


martes, junio 10, 2014

"Los climas", de Nuri Bilge Ceylan

La entrada anterior planeaba sobre la coincidencia de dos eventos trascendentales: la final de la Copa de Europa de fútbol y la entrega de la Palma de Oro de Cannes. Todo el mundo sabe quién ganó lo primero, pero, ¿quién venció en Cannes? Nuri Bilge Ceylan con la película "Winter sleep". De entrada no sé si se trata de hombre o mujer (¿Nuri de Nuria?) si bien la ausencia del sexo femenino en la historia del palmarés (creo que la única directora ganadora de la Palma de Oro ha sido Jane Campion en 1993 por "El piano") puede ser una condición de doble filo: o se sigue la estadística o se rompe la racha. Pues director, sí, y además turco. ¡Vaya! Creo que esa nacionalidad no figura en mi filmografía. Si acaso Fatih Akin por ascendencia o, por lo mismo y algo más rebuscado, el árbol genealógico armenio de Atom Egoyan. ¿Quién es Nuri Bilge Ceylan?

A la espera del estreno de "Winter sleep", espera que puede ser larga (supongo que se estrenará: película turca de más de tres horas de duración: la Palma de Oro lo hará posible, porque si no es por eso...), habrá que echar un vistazo a su obra. "Los climas", me proporciona la biblioteca pública de Salamanca, y resulta que está muy bien. Buena película. Historia de una ruptura de pareja que, precisando el titulo, se produce en verano e intenta ser enmendada en invierno. Ay, si el invierno viene frío... La fotografía aprovecha a la perfección esas condiciones meteorológicas: de las playas soleadas de Kaş, en el sur de Turquía, Licia helénica de paisajes mediterráneos salpicados por antiguas columnas de templos desguarnecidos, hasta las cumbres nevadas del oriente turco, la provincia de Ağrı cercana al monte Ararat, con temperaturas invernales que poco tienen que envidiar a las de la estepa siberiana. Paisajes desasosegantes por extremos pero que conducen muy bien la dinámica del relato, realizando una película ágil, dotada de giros rotundos a pesar de que predominen los planos largos, largos pero necesarios para vislumbrar los sentimientos profundos de los personajes sin dar demasiadas explicaciones: la loable intención de no pensar que el espectador es tonto. A ese desasosiego visual se une que en algunas tomas el director lleva la grabación del audio al punto límite, hasta captar la respiración, la inhalación del silencio, transmitiendo aún más la angustia de los personajes, personajes despistados, víctimas de la constante insatisfacción humana: la infidelidad es un pobre parche para los desencantados, conversos ansiosos por retornar a la devoción primaria.

¡Cuántos Ceylan aparecen en los créditos iniciales! Resulta que el director es también el protagonista. Y la actriz con la que disputa desvelos sentimentales es su esposa en la vida real, Ebru Ceylan. Hasta salen sus padres, los Ceylan, haciendo de los padres, claro, cada entrada en el reparto desarrollando con sutileza sus parámetros de comportamiento, rompiendo la tensión para conectar lo íntimo con lo público pero sin dar nada por sentado, sopesando la sinceridad de unos y de otros hasta alcanzar lo único verdadero: la reacción imprevisible. ¿Qué hay más humano que eso?


sábado, mayo 24, 2014

"La vida de Adèle", de Abdellatif Kechiche

Toda mi vida he amado el cine, lo que me hace lo que soy es haber visto muchas películas. Me gustan las que tienen una visión propia, una manera única de ver el mundo.
Jane Campion
Conferencia de prensa inaugural del Festival de Cannes 2014

Hace unas semanas me preguntaron qué me parecería ir a Lisboa a presenciar la final de la Copa de Europa de fútbol que se disputa hoy. Contesté que no era algo en lo que estuviera especialmente interesado, pero que si la oferta cambiaba de forma y de destino, si se trataba, por ejemplo, de darse una vuelta por el festival de cine de Cannes, entonces esa sería una oferta de las que no podría rechazar. A la misma hora a la que se disputa el partido se pronunciará el dictamen del jurado presidido por Jane Campion, proclamando la película ganadora de la Palma de Oro de este año. Al ínclito Carlos Boyero, crítico de cine más leído de el país y conocido merengue, le escuché lamentar la coincidencia horaria: su obligación y su devoción estarían peleadas en ese momento (de otro famoso madridista, el actor José Bódalo, se decía que cuando jugaba el Real Madrid y a la vez él tenía función teatral, salía a las tablas con un auricular oculto en la oreja para no perderse la marcha del encuentro: Boyero puede hacer lo mismo: supongo que lo hará). Pensarán los lectores de sus críticas que la devoción primera de ese señor será el cine, pero en cualquier caso está disculpada la tensión de su espíritu: muchos años yendo a Cannes, tantos que la ilusión de acudir a festivales declara no ser ya la que era, y en cambio el acontecimiento de que el equipo de los amores de uno juegue una finalísima no suele ser un evento de cadencia anual. El acontecimiento y la oportunidad de presenciarlo en vivo, ser un coleccionista de instantes que luego pueda presumir de ello, del yo-estuve-allí, del yo-lo-presencié: su intervención no pasará de la grada, pero la ilusión de atribuirse por ósmosis las proezas de otros no se la quitará nadie. Yo no lo pensaría dos veces, hoy preferiría estar en Cannes, pero no quiero que suene a hipocresía, sé que esta entrada corre ese riesgo. A mí también me gusta ver fútbol y disfrutar con la victoria del equipo del que me considero seguidor, pero tantos años de blog supongo que demuestran suficientemente mi amor por el cine y avalan la coartada de mi opción preferida. Sin embargo me temo que ni Cannes, ni Lisboa: esta noche a ver el fútbol por televisión y a enterarse por Internet del ganador de Cannes.


En esencia todo es cuestión de equilibrio. Sin el menor problema uno puede ser capaz de disfrutar de 90 minutos de un partido y de una película de tres horas como la que hoy pone nombre a la entrada. Leí hace poco un artículo excelente en la revista Jot Down, "La democracia según John Stuart Mill". Mill fue un filósofo inglés del siglo XIX, un pensador que argumentó, entre otras muchas cuestiones, acerca de cómo un gobierno podía hacer felices a los ciudadanos. Para ello se propone una separación cualitativa de los placeres, de modo que los placeres intelectuales y morales serían superiores a las formas más físicas de placer y son esos placeres superiores los que un estado debe promover por encima de todos. Para John Stuart Mill la felicidad se encuentra muy por encima de la satisfacción:

Es mejor ser un ser humano insatisfecho que un cerdo satisfecho; mejor ser un Sócrates insatisfecho que un necio satisfecho. Y si el necio o el cerdo tienen una opción diferente es porque sólo conocen su propio lado de la cuestión.

Y esa cuestión es la cuestión: atreverse a conocer el otro lado. Ver un partido de fútbol carece de toda reflexión: el cerebro se puede poner en off (también se puede cantar, beber cerveza y fumar un puro a la vez: prodigio de multitarea del sistema nervioso vegetativo) y sólo queda esperar el momento de la alegría o de la decepción, un sentimiento tan rápido cómo efímero. Pero ponerse delante de ciertos libros, de determinadas películas, eso puede cambiar las percepciones subjetivas para siempre, tras ese proceso se puede terminar transformado en otra persona, nada menos: la declaración de Jane Campion que apunto al principio y que me pareció tan simple como certera. Que cada cual busque ese libro y esa película, porque cada cual tendrá los suyos. Y quizás no los encuentre nunca, pero la búsqueda ya habrá merecido la pena.


Ah, sí, "La vida de Adèle", algo habrá que contar de ella. Una actuación portentosa la de la actriz Adèle Exarchopoulos. Poderosa Afrodita con una intensidad y una fuerza en la mirada que resultan magnéticas, demoledoras, realizando el papel de Adèle, la otra Adèle que será ella misma, a la perfección en todas las secuencias en las que aparece, que son todas las de la película: tres horas de protagonismo absoluto en un eterno encuadre de primer plano general: Adèle. Las dudas amorosas adolescentes, las opciones que pasan a ser certezas y después vuelven a colgar del alambre, pues nada es blanco o negro y generalmente asistimos, asombrados, al espectáculo formidable de infinitos tonos intermedios. El enamoramiento y la primera relación con posibilidades sexuales plenas, un continuo acoplarse y desacoplarse, sin hambre ni mañana, como bien sabe todo el mundo que haya pasado por ese adictivo parque de atracciones. Alta intensidad erótica en algunos pasajes, incluso demasiada: los límites de la actuación que no deben ser rebasados, pues exigir tanto a unas actrices tan jóvenes me parece descabellado, y se corre el riesgo de que la película se clasifique como lo que no es (leí que el rodaje de estas chicas a las ordenes del director Abdellatif Kechiche no había sido un camino de rosas, precisamente). Más sutil y menos explicito, una cualidad que siempre se debe sopesar (la película está basada en el cómic "El azul es el color más cálido", de Julie Maroh: me gustó más el celuloide, por una vez, aunque recomiendo la lectura del cómic, mucho más amargo que la película, y de este modo comparar y poner en valor alternativas argumentales). Pero el resultado final no se ve lastrado en una película extraordinaria, conmovedora por inquietante, que el año pasado mereció con toda justicia el galardón máximo del festival de cine más importante del mundo.


A ver quién gana esta noche.
En cada cosa.

miércoles, mayo 21, 2014

"Ocho apellidos vascos", de Emilio Martínez-Lázaro

 Mi compañero Nacho se jubila hoy. ¡Enhorabuena! Las charlas cinéfilas que hemos compartido (qué te parece aquel clásico, qué piensas de este estreno) se han despedido esta mañana a propósito de "Ocho apellidos vascos", ese éxito. Su valoración se ha apuntalado en considerarla un ejemplo de tolerancia, de ruptura de fronteras inexistentes, a la vez que un divertido muestrario de tópicos que él, que ha compartido vivencias con españoles de todas las latitudes, considera bastante aproximado a la sonrojante realidad: idiosincrasia desvelada. El cine, vehículo de comunicación, alegoría de realidad social, es capaz de lanzar un mensaje amigable y desdramatizador que en el caso de esta película habrá que valorar: Romeo y Julieta, chapelas y peinetas, el amor lo puede todo. Pero ese positivismo no bastará, o al menos a mí me lo parece, para ensalzar también las virtudes cinematográficas de la cinta, menos aún para justificar el tsunami taquillero que de forma inusitada ha provocado su estreno.

Chistes de monólogo televisivo no demasiado inspirado y media hora final de sopor, para sólo 98 minutos de metraje que se hacen realmente largos (¡pero no acaba esto!), esperando el previsible momento de la catarsis romántica, que para eso gusta tanto esta película, y que termina siendo una escena que sólo sirve para asentar la ya depauperada sensación. Los guionistas, Borja Cobeaga y Diego San José, escribieron muchos diálogos para el programa de humor "Vaya semanita", emitido varias temporadas por la cadena vasca ETB 2: aquellos extractos de vídeo que algún conocido mandaba al correo electrónico y que sorprendían por su transgresión: sorprendían los primeros, luego el efecto se diluye: la transgresión funciona hasta que se convierte en costumbre. Es de suponer que de aquellos polvos, estos lodos. Quizás por esa herencia "Ocho apellidos vascos" tenga tanta toma aérea de publireportaje para televisión autonómica, aparte de sus abundantes gags de comedia regionalista que me temo que resultarán incomprensibles para el público extranjero, si es que tienen la intención de que el producto triunfe allende los mares. En cuanto al reparto, sólo está bien, incluso muy bien, el debutante Dani Rovira, el resto de actores no termina de conectar con la historia, Karra Elejalde incluido, al que he visto espléndido y convincente en multitud de películas que no eran ésta. El director, Emilio Martínez-Lázaro, tiene una trayectoria que cabecea del drama a la comedia y que parece que ha encontrado el apoyo incondicional del público en la segunda máscara teatral. Me reí bastante con otra película suya, "El otro lado de la cama", aunque de esa película sólo recuerdo aquello, la risa.

La risa, manifestación de alegría que en la sala de cine se suele producir por el efecto "manada", porque los tipos de al lado se parten el pecho a carcajadas y esa risa desinteresada es realmente contagiosa: el mismo efecto que conduce a los ñus a precipitarse por un acantilado y a las ovejas a arracimarse sobre la vía de un tren. No, no me he reído con "Ocho apellidos vascos", la entrada en el blog podría reducirse a esta frase. Será que me he vuelto un rancio. Y encima me faltan un montón de años para jubilarme. Normal que Nacho sí se ría.

domingo, mayo 18, 2014

"Las aventuras de Peabody y Sherman", de Rob Minkoff

Tarde de sábado de cine familiar. La mitad a la sala 3, para ver "Violetta: la emoción del concierto", de Matthew Amos. La otra parte a la sala 2, a "Las aventuras de Peabody y Sherman", del oscarizado Rob Minkoff ("El rey León", firmada a medias con Roger Allers, que después de lo visto ayer me huelo que era el bueno de la pareja). Un progenitor o progenitora y un niño o niña por sala, gracias. La preferencia infantil marca el título y el adulto es el convidado de piedra, aunque muchas veces ha habido suerte (¡ay, aquellos años de Pixar!). Sinceramente creo que me lo hubiera pasado mejor contemplando el concierto milanés de la gira mundial heredada del gran éxito del "Fama" argentino para pre-adolescentes, "Violetta". Al menos no habría dudas de los fines del espectáculo al que se va a asistir.


"Las aventuras de Peabody y Sherman" se construye alrededor de los enredos provocados por los viajes en el tiempo de un perro llamado Peabody y su hijo adoptivo Sherman: animal y humano invirtiendo la relación del doctor Emmett "Doc" Brown (Christopher Lloyd) y su peludo amigo Einstein para "Regreso al futuro" de Robert Zemeckis. Pero, como se dice en la película, si un hombre puede tener un perro, por qué no lo contrario. ¡Uff! Por cierto, imdb me chiva un dato curioso: ¿será casualidad que en una de las famosas escenas de "Regreso al futuro", aquella en la que Marty McFly, recién llegado al pasado, al año 1955, es confundido con un extraterrestre por una familia de granjeros, la familia Peabody -¡Mutante hijo de puta!, le grita el padre a McFly mientras le dispara con su escopeta-, el hijo se llame Sherman? ¡Sherman Peabody! ¡Vaya! Bueno, en todo caso fue el guionista de "Regreso al futuro" el que realizó el homenaje bautizando personajes, un recuerdo que estaría dirigido hacia una serie estadounidense de dibujos animados de los años 50 llamada "La Improbable Historia de Peabody", producción bastante desconocida en España y que es en la que se basa "Las aventuras de Peabody y Sherman".


La película debe ser poco más que eso, un revival para fans. Me temo que sería la única excusa para querer verla. Esa o que te toque sujetar la vela, claro. Otra cuestión es el destrozo de la Historia mundial que perpetra la cinta: la Revolución Francesa se produjo porque a María Antonieta le gustaban mucho las tartas: espero que fuera una metáfora. Quizás se puede pensar que conseguir que un niño sepa relacionar el personaje y su época es un premio nada desdeñable, pero el rechinar de mis dientes tampoco tiene precio.


domingo, mayo 11, 2014

"Stoker", de Chan-wook Park

Tres protagonistas hermosos, la madre, la hija, el tío, tres personas elegantes, cultivadas, de gustos refinados, clase alta que habita lujosas mansiones mientras entran raudales de dinero para fabricar el certificado de rancio abolengo, la superioridad social sostenida durante generaciones. La familia y los inconfesables pecados familiares: la abundancia de cadáveres en el jardín amenaza con traspasar los límites de la finca.

La excursión americana de Chan-wook Park no altera los presupuestos temáticos de su excelente carrera cinematográfica: la venganza y el homicidio, actos brutales que no lo parecen tanto cuando la estética es capaz de destilar todo el refinamiento y delicadeza posibles. Los grandes cineastas son capaces de generar un universo visual propio y reconocible y el director surcoreano asienta el suyo en metáforas visuales perfiladas al detalle, matizadas con una perfección orientalista que tiene mucho de psicológica y poco de exótica. Al cambiar a una productora estadounidense y el idioma inglés en el rodaje, no ha traicionado su ideario: cambia el escenario, el país, los rasgos faciales del casting, pero no el estilo. Recuerdo algún "exilio" de cineasta moderno en Hollywood no demasiado afortunado, como fue el de Emir Kusturica para realizar "El sueño de Arizona", Fernando Trueba en "Two much" o incluso el prescindible autoremake de Michael Haneke para "Funny games". Viajes intrascendentes con billete de ida y vuelta.

Con "Stoker" no, no ha asomado la decepción y sí la sorpresa, el giro, la escena afortunada, el fotograma que encaja a la perfección. Desde la primera película suya que degusté, "Oldboy", segunda entrega de su conocida trilogía de la venganza (luego vería las otras dos, magníficas, "Sympathy for Mr. Vengeance" y "Sympathy for Lady Vengeance": sí, está claro de que esto trataba de venganzas), quedé atrapado en la belleza violenta de la imaginería de Chan-wook Park, encarcelamiento prolongado en el delirio robótico de la curiosa "Soy un ciborg", y más adelante otro delirio, el vampírico de "Thirst": la perturbación mental, el estado alterado de la personalidad, marca de la casa. Con "Thirst", penúltima obra, parece que "Stoker" llega a enlazar temáticamente: el asesinato como adicción necesaria e insuperable. Mia Wasikowska en el papel de India Stoker (esta chica era de lo poco que se podía salvar en "Alicia en el País de las Maravillas" de Tim Burton; demostró ser una actriz versátil en la interesante "Restless" de Gus Van Sant), coge con aplomo su fusil, asumiendo la herencia sangrienta y desdichada del apellido Stoker. O no tan desdichada, porque la verdad es que se la ve tan contenta.

martes, mayo 06, 2014

"Gertrud", de Carl Theodor Dreyer

No sería la película que yo recomendara al que pretenda adentrarse en la filmografía del genial director danés: no es la primera que hay que. Dura de ver, sí, monótona, con tomas largas, larguísimas, como ya lo eran las de su primera obra maestra, "La pasión de Juana de Arco" (1928): el continuo primer plano mudo, pero repleto de expresividad, de la actriz Maria Falconetti desgarrando fotogramas. El encuadre fijo, sin apenas movimientos de cámara, sin cortes, cualidad de teatro rodado ("Gertrud" esta basada, precisamente, en una obra teatral del año 1906 del autor Hjalmar Söderberg), donde la iluminación del escenario (luz que en algunos momentos alcanza una intensidad cegadora, que en otros sume la estancia en sombras) es señal firme de la emotividad que quiere transmitir la secuencia. "Gertrud" es la última película de Dreyer, año 1964, y sorprende su factura antigua, de filme que parece rodado treinta años antes, pero que supone la sublimación de su estilo ascético, de una puesta en escena desposeída que sin embargo hace asomar sentimientos profundos, rotundos.

Gertrud es una cantante de ópera retirada, casada con un importante abogado que está a punto de convertirse en ministro. El tedio predestinado (predestinación luterana) de las clases altas decimonónicas, sometidas al rigor de la vida en sociedad, de las formas y los amores convenientes, del desamparo afectivo y el rictus de la buena educación. Gertrud no se resigna a su destino y debate sus posibilidades románticas: su poco amado marido (el presente), el poeta que la pretendió hace muchos años (el pasado) y un joven músico bohemio, amante objeto de deseo (el futuro). La sombra del filósofo danes Søren Kierkegaard, negra como un ala de cuervo: las encrucijadas vitales, las angustias existencialistas: el salto de fe. Ninguno de esos hombres le ofrece a Gertrud el ideal de amor incondicional y egoísta que ella ansía, ya que todos ellos anteponen su profesión a sus emociones. Romper con todo y terminar sus días convertida en una figura intelectual solitaria y aislada, pero soledad y aislamiento reales, físicos, buscados y autoimpuestos, no las circunstancias simuladas y paradójicas de una vida en común enrarecida por una convivencia aséptica y plena de hartazgo. Yo y yo. Crudo epitafio cinematográfico el que redactó el gran Carl Theodor Dreyer.

viernes, abril 25, 2014

"La chinoise", de Jean-Luc Godard

Años de efervescencia revolucionaria, de comités y de movimientos, de grupos de izquierdas, de células maoístas como en la que Godard infiltra su cámara para ofrecer una visión, su visión, que sin duda es la de alguien comprometido con la causa pero que no por ello elude su condición de mirada crítica. Los que combatieron el nazismo, los vencedores, y sus hijos, los hijos de los burgueses que consideran que Francia en 1967 es un montón de platos sucios: capitalista igual a gaullista: el libro rojo de Mao leído en voz alta en el holgado piso de París. Aquí Radio Pekín, anuncia el altavoz clandestino de la onda corta. La filosofía marxista encuentra su último refugio en China, el único comunismo verdadero, pues el camino soviético se ha vuelto decadente, revisionista, y en la U.R.S.S. se ha comprobado que la lucha de clases no desaparece con la dictadura del proletariado. Puño en alto y gorra Mao mientras se apura el tazón de café con leche y se moja en él la baguette untada con mantequilla. Pasolini sostenía, a propósito del Mayo del 68, que los antidisturbios eran hijos de agricultores que no pudieron elegir otro trabajo, mientras que los manifestantes, los estudiantes universitarios, eran unos burgueses hijos de papá. You grow up and you calm down, you're working for the clampdown, cantaba The Clash. La reacción revolucionaria de los descendientes de industriales, de banqueros, de empresarios, suponía una forma idónea para el afán freudiano de matar al padre. Entusiasmo juvenil poblado de contradicciones: Godard lo muestra (como lo había hecho recientemente en "Dos o tres cosas que yo sé de ella") empleando la prostitución como alegoría de sometimiento al capitalismo para lograr la supervivencia del brazo armado que posibilite su destrucción. Contradicción irresoluble. La muerte dulce de la izquierda europea fagocitada por los cantos de sirena del libre mercado: la sociedad del bienestar como escuela de burgueses indolentes. Queda (quedaba) China, se proclama en interminables debates ideológicos, la última esperanza antes de posponer indefinidamente el estandarte de la hoz y el martillo: el desastre de la Revolución Cultural china apagará cualquier rescoldo utópico.

Odiar al sistema, al imperialismo estadounidense (el Partido Comunista Francés ataca rabiosamente "Johnny Guitar" de Nicholas Ray no porque fuera mala, que no se lo pareció, sino por ser americana) y proponer una revolución, un cambio absoluto sin saber adónde llevará eso. La condiciones de vida en Rusia o en China pre-revolucionarias no se podían comparar con las de Francia en los años 60. La revuelta no podía recabar un apoyo popular suficientemente fuerte como para defender incondicionalmente acciones armadas o de desobediencia civil que paralizaran el país hasta llevarlo hacia la guerra, hasta la sangre en las calles y las balas en los paredones. Ya decía Buñuel que él se declaraba comunista, aunque nunca había pertenecido al partido, pero que si tenía que elegir entre vivir en Nueva York o en Moscú, no tendría la menor duda en cuanto a su elección.

Cahiers Marxistes Leninistes. Godard ironiza, caricaturiza, no ahorra sarcasmo a la hora de mostrar a la célula "Aden Arabie" (nadie dio tanto en el clavo a la hora de desnudar la sopa ideológica, sopa de letras de los movimientos revolucionarios, que los Monty Python en "La vida de Brian" con su Frente Popular de Judea: A los únicos que odiamos más aún que al pueblo romano es a los cabrones del Frente del Pueblo Judaico. ¡Disidentes!). No es una visión sectaria la del autor, más bien poliédrica. Lumière, uno de los últimos impresionistas, crea el noticiario, mientras que con Méliès, cambio de siglo, el cine se empieza a convertir en arte: Méliès era brechtiano, se dice en "La chinoise". Godard, también. El efecto de distanciamiento en el teatro de Bertolt Brecht: ausencia de sentimentalismo, hacer que el espectador reflexione sin esperar que empatice con el tema mostrado, buscando despertar su conciencia crítica, no su lágrima fácil. Vale, es ficción pero me he acercado a la realidad, frase aclaratoria en el último plano.
El verano acaba y empiezan las clases.
Aquella locura no fue más que otro paso en la larga marcha.

domingo, abril 13, 2014

Ensayo. "El autoremake en el cine. ¿Obsesión o repetición?", de Fernando de Cea

Este pequeño Licantropunk cumple hoy nueve años y, como cada año, la persona que recuerda todas las fechas aporta un regalo, el libro que da título a esta entrada, un detalle magnífico con el que reflejar la celebración: sí, nueve años es un periodo extenso que cualquier cosa feliz que lo alcance merece celebrarse. Aunque en mi opinión lo fastidiado es llegar a cuatro o cinco, de ahí en adelante la fuerza de la costumbre convierte la afición en necesidad y ya es más difícil abandonarlo que seguir en ello. Sigamos, pues.

El autor del libro es Fernando de Cea, Ethan para sus seguidores blogueros (yo mismo), a los que lleva muchos años llenando de asombro con su cultura cinéfila, plasmada mediante los escritos que cada poco publica en su imprescindible "El blog de Ethan". Y el asombro fue aún mayor cuando publicó hace un par de años una excelente novela negra que transcurría en las calles de Sevilla titulada "Puentes y sombras" y de la que recientemente ha publicado una segunda parte, "Cenizas para un blues". Esta fértil carrera de escritor se desmarca ahora de la ficción para adentrarse en el terreno del ensayo, del ensayo cinematográfico, por supuesto.

De este "El autoremake en el cine" que aún no he leído, claro, ya he tenido ocasión de disfrutar de un adelanto, pues Ethan tuvo a bien tentar a los futuros lectores del libro con la inclusión en su blog del capítulo dedicado a Howard Hawks y su película "Bola de fuego". Ese avance anticipa que éste será un gran libro sobre cine, bien documentado, un estudio serio y riguroso del tema propuesto y que, como sucede con la mayoría de la bibliografía fílmica, constituye una invitación a contemplar lo no visto y, por otro lado, remover con placer la memoria de celuloide atesorada por lo ya disfrutado. Aparte de Howard Hawks, el libro apunta en su índice otros cuatro nombres de directores del cine clásico estadounidense sobre los que se centrará el estudio, concretando su unidad temática: Cecil B. DeMille, Tod Browning, Frank Capra y Raoul Walsh. La Historia del cine se revela como un continuo tráfico de influencias, cineastas que aprenden el oficio de otros y que perfilan su mirada a través del enfoque que otros han realizado en el pasado, hasta conseguir asentar una carrera propia, característica, una evolución artística que alcanza un nivel sólido, líneas de éxito que son alentadas en su continuidad por las productoras, confiadas en la idea de repetir fórmulas para renovar triunfos. Pero también el autoremake por insatisfacción, por remediar aquel detalle que en algunas ocasiones sólo percibe el ojo del autor, testigo implacable del proceso creativo, y que se instala como una rémora del pasado, un estigma recurrente de autocrítica personal: la variación como camino de mejora (remake es en sí un término peligroso, pues si no se acota convenientemente, podemos llegar a la conclusión de que todo es remake, de uno mismo o de otros, de modo que buscar la originalidad sería una tarea imposible).

Seguro que la lectura de "El autoremake en el cine" proporcionará una experiencia cinéfila interesante y plancentera que invite a la reflexión, a pensar el cine.

Enhorabuena, Ethan.

La moda de los telares de gomitas que asuela la nación tiene afortunadas consecuencias. Alicia también ha querido hacerle un regalo a Licantropunk, un pequeño minion, uno de los infatigables sirvientes de Gru, nuestro villano favorito.

domingo, abril 06, 2014

Revista. La Caja de Pandora nº 8 "Superhéroes"

Ya está disponible para su lectura un nuevo número de la revista digital "La Caja de Pandora", publicación en la que tengo el placer de colaborar. En esta ocasión el tema elegido para dar unidad temática al número ha sido el de los superhéroes y, echando un vistazo al contenido final, sin duda todos los que escribimos en la revista no hemos dudado en ligar esa condición heroica al mundo del cómic. No podría ser de otro modo. La impronta que las superheroicidades consumidas en formato pulp durante décadas ha dejado en todos los que nos deleitamos con sus lecturas es imborrable, y aunque nuestras inquietudes intelectuales nos lleven por derroteros más elaborados, la patria será la infancia, por supuesto: pueriles sueños maniqueos de capa y de antifaz, de justicia y de acción.

Así, este pequeño Licantropunk contribuye al especial "Superhéroes" de "La Caja de Pandora" con un recuerdo sentimental que enlaza el séptimo y el noveno arte (¿quién narices sería el que dio estos números? Ordinales infames). "Superman" de Richard Donner fue el primer estreno cinematográfico al que tuve la suerte de acudir cuando era un niño, y digo suerte porque el espectáculo que presencié esa tarde de hace tantos años, en la extinguida sala Coliseum de Salamanca, fue una experiencia maravillosa y sorprendente. La magia del cine invadió mi mente infantil aquel día y ya nunca me abandonaría. Superman, el primero, el arquetipo, un icono global de poder y bondad cuya popularidad sigue vigente a pesar de los 75 años que cuenta en su haber. ¿Cuántos más cumplirá antes de caer en el olvido y el desinterés? ¿Será derrotado por la kryptonita del tiempo?

Enhorabuena por este número a los demás colaboradores y en especial a Crowley, José Ángel de Dios, Guardián de la Caja, pues sin su esfuerzo no habría nada. Me queda recomendar la lectura de la revista y esperar, con atención, cualquier comentario respecto a su contenido.

A "La Caja de Pandora" se puede acceder a través de:
http://cajadepandoramagazine.blogspot.com.es/2014/04/superheroes-la-caja-de-pandora-magazine.html

Enlace de descarga:
https://www.dropbox.com/s/29wq4hbk97o4ixe/SUPERH%C3%89ORES%20Caja%20de%20Pandora%208.pdf

martes, abril 01, 2014

"Ruby Sparks", de Jonathan Dayton y Valerie Faris

Los directores de "Ruby Sparks" fueron los responsables de aquella buena comedia de hace unos años titulada "Pequeña Miss Sunshine". Pareja de directores que además son marido y mujer, al igual que (me viene ahora a la mente) lo eran los cineastas franceses Jean-Marie Straub y Danièle Huillet ("Crónica de Anna Magdalena Bach" como título conocido), aunque su cine se localizaba en el entorno de la Nouvelle Vague, su generación, y tenía unos propósitos artísticos bastante alejados de lo que ofrecen Dayton-Faris. Straub-Huillet, Dayton-Faris, dos ejemplos de tándem artístico peculiar en la historia del cine (quizás no lo sea tanto y lo único peculiar sea la firma al alimón; tampoco). Peculiar podría ser también que la guionista de "Ruby Sparks", Zoe Kazan, sea la protagonista de la película, interpretando a la chica que da título a la cinta, y el ejemplo ahora es Matt Damon y Ben Affleck, que crearon el guión al que pondrían cara en "El indomable Will Hunting" de Gus Van Sant: a partir de ese éxito poco tiempo le dedicaron a la escritura. Si se puede dar ejemplos, en plural, entonces lo de guionista-actor tampoco ha de ser tan extraño. Zoe Kazan, ¿de qué me suena Kazan? Nieta de Elia, nada menos, me chiva la Wikipedia. ¿Dónde terminará esta lista de endogamia cinematográfica en la que me estoy metiendo hoy? ¿Terminará en que Paul Dano, protagonista masculino de "Ruby Sparks", es novio de Zoe Kazan desde hace años? ¡Vaya! ¡Voy a dejar de consultar la Wikipedia que esto se empieza a parecer al "Hola"!

Me recomendaron "Ruby Sparks" desde la comparación de su argumento con el de "Her" de Spike Jonze. En "Ruby Sparks" Calvin (Paul Dano), joven escritor, la promesa del momento para escribir la próxima gran novela americana, atraviesa una crisis espiritual: las musas pasan de largo, sobrevuelan impávidas su máquina de escribir portátil (cuando le vi sentarse a la máquina de marras estuve a punto de pasar a otra película, francamente, que hay mucho pendiente que ver). Pero una ensoñación madrugadora le arranca del sopor creativo y le arroja hacia una incontenible inspiración arrebatadora: un personaje femenino, Ruby Sparks (Zoe Kazan, como ya se dijo), le visitó en sueños. El escritor se enamora de esa experiencia onírica y es tan fuerte su amor, tan poderoso el sentimiento que le invade y que le tiene sujeto sin piedad a su maquinilla vintage, que la pasión pasa de súbito de platónica a carnal, una transubstanciación de papel mecanografiado a materia carnosa que ríete tú del milagro cotidiano de la misa del domingo: el verbo se hizo carne. Eso sí que es un deus ex machina y lo demás son hostias, literalmente. El recurso no es nuevo, en realidad. Ya en 1985, en "La mujer explosiva", de John Hughes (John Hughes, cineasta de culto del cine adolescente de los ochenta: "El club de los cinco", "La chica de rosa", "Todo en un día") dos chavales utilizan un ordenador para corporizar la mujer de sus sueños: les salió Kelly LeBrock, lo cual indica que la informática de entonces ya estaba realmente avanzada. Pero "La mujer explosiva" era la adaptación de un cómic y en ese universo el acto de crear un superhéroe (superheroína en este caso) admite cualquier excusa por descabellada que ésta sea.

Ruby aparece en la vida de Calvin y se desarrolla una trama romántica de lo más habitual (enamoramiento, celos, abulia, ruptura, reconciliación y vuelta a empezar), manipulada sin reparo, toque exótico de la historia, por la mágica máquina de escribir (que fíjate que me lo olía yo cuando se puso a teclear la primera vez, que me tenía que haber ido a la cama, cuando menos, que ese día cambiaban la hora y luego te levantas hecho polvo), conformando una cinta en la que está sobreactuado hasta el perro Scotty (las escenas en las que aparecen Antonio Banderas y Annette Bening... yo... he visto cosas que vosotros no creeríais). Paul Dano me ha gustado en otras películas en las que ha actuado, ("Pequeña Miss Sunshine", "Pozos de ambición", "12 años de esclavitud"), un secundario firme, de carácter, pero al asumir el protagonismo produce cierto empacho. Claro, que a ver quién es el guapo que le dice a la nieta de Kazan (y a los Dayton-Faris) que no. Casi seguro que escribió el papel de Calvin pensando en él, fijo que sí, pues en esta película la paradoja se revela en que no es Ruby Sparks la que brota de la fértil prosa de Calvin, sino el propio Calvin el que es pergeñado por la mente de Zoe Kazan. Todo queda en casa y a hincharse a comer perdices.