lunes, julio 13, 2009

"Paranoid Park", de Gus Van Sant

Paranoid Park es el destino mítico de la juventud, aquel que atrae y aterra a partes iguales. Puede ser la perdida de la virginidad, la primera cerveza, llegar a casa al amanecer o entrar a aquel garito oscuro lleno de macarras: el fin de la adolescencia, la puerta que hay que atravesar para demostrar la hombría. Lo que esta claro es que algo se perderá en el trance. La inocencia, seguramente, porque toda iluminación, el riesgo del conocimiento, reside en que una vez alcanzado se perderán cómodos rincones donde se dormía el dulce sueño de la ignorancia: el tonto es feliz.
Gus Van Sant escoge a un joven skater (la elección es acertada: el patinete se desliza en un espejismo de facilidad, la caída siempre esta a punto de suceder: además con la música y la iluminación adecuadas, la belleza de las imágenes es rotunda, por supuesto) para mostrar la angustia y la desesperación de las faltas irreparables. La confesión, la aceptación, como única vía de escape.
"Paranoid Park" es la tercera de tres películas dedicadas a la muerte. "Elephant", la mejor de las tres, muestra desde distintos puntos de vista -testigos, asesinos y víctimas- el día de la celebre matanza del instituto Colombine: esta primera habla del asesinato brutal y premeditado. La segunda, "Last Days", la más extraña de ellas hasta reducirse a un ejercicio de estilo, son los imaginados last days de Kurt Cobain, el rockero estandarte del grunge que se suicidó a la edad de 27 (como Jim, Janis y Jimi: después de la J la K) encarnado en un tal Blake que vaga sin rumbo y sin encontrar un asidero que aleje su dedo del gatillo de la escopeta (como buscaba el protagonista de "El sabor de las cerezas" de Abbas Kiaorostami: el suicidio al final del callejón). Y así, "Paranoid Park", la tercera, será la muerte por accidente aunque no por ello menos dolorosa. Trilogía maestra.
La semana pasada oí hablar del estreno de "Paranoid Park" (dos años tarde) a la crítica de cine de "El ojo crítico" de Radio1. Minusvaloraba esta película, desaconsejando con fervor a los oyentes que pasaran por taquilla para ir a verla: esta muy lejos de aquella obra maestra del director que fue "El indomable Will Hunting", decía con la implacable temeridad de un francotirador serbio. ¡Vivir para oír!

viernes, julio 03, 2009

"Las vacaciones de M. Hulot", de Jacques Tati

Veo la película y al día siguiente me encuentro en "El País" un artículo de Diego Galán hablando del personaje: casualidades que te hacen levantar las cejas, levemente.
El artículo tiene el denunciante título de Manipular el pasado. Al parecer la Cinémathèque Française conmemora el 102 (la extraña cifra se puede vender como una ocurrencia delirante: quizás oculta un olvido imperdonable) aniversario del nacimiento de Tati y el cartel que anuncia el acontecimiento no emplea la imagen más conocida del personaje: se renuncia a su sempiterna pipa, no sea que los niños se lancen disparados al estanco más cercano. Lo mismo sucedió con el cartel de la reciente película "Coco" de Anne Fontaine del que, en las calles parisinas, se hizo desaparecer el cigarrillo de la mano de la famosa modista: lo políticamente correcto hace aparecer la estupidez mediocre del falto de imaginación, del alarmista ingenuo: del político incorrecto que se encuentra en el pedestal que no debe.
La pipa, el sombrero, el flequillo, unas perneras anchas pero insuficientes por las que asoman calcetines a rayas y un caminar sesgado pero decidido, de larga zancada. Señas de identidad chaplinescas: ¿qué sería Charlot sin bastón, sin bombín? Monsieur Hulot hereda a Chaplin, a Keaton. Retorna el humor del cine mudo a mediados del siglo XX. El slapstick de la patada en el trasero, del torpón inocente, del pelmazo educado y lleno de bondad al que todos rehuyen: ese carácter inquietante del que no tiene doblez. A Hulot lo heredarán Peter Sellers en "Bienvenido Mr. Chance" o "El guateque" o, más recientemente, el conocido Mr. Bean, pasándose el testigo de un patrón cómico intemporal.
"Las vacaciones de M. Hulot" es una tormenta (tranquila) de gags cómicos que en ocasiones parecen improvisados, no finalizados. La excusa para la puesta en escena serán los veraneos familiares de la clase media francesa en una época en que las playas son remansos placenteros y los hoteles un pequeño hogar de convivencia. Esa es la paradoja de esta comedia: contemplar la playa de Saint-Marc produce una tristeza melancólica infinita: cualquier parecido con un pueblo costero vacacional actual sería pura coincidencia.

lunes, junio 22, 2009

"Mi nombre es Harvey Milk", de Gus Van Sant

La lista de defensores de los derechos humanos que han sido asesinados a lo largo de la historia es realmente larga. Raza, sexualidad y religión, un trío maldito. Capítulo aparte merecen los perseguidos por su defensa de los derechos civiles (se distinguen estos de los derechos humanos en que son los que establece una nación dentro de su territorio) en Estados Unidos durante el siglo XX: desde las víctimas más conocidas hasta las más anónimas, que serán legión. Harvey Milk fue un conocido activista de los gay rights durante los años setenta en la ciudad de San Francisco, meca gay por antonomasia. Fue la primera persona que habiéndose declarado abiertamente homosexual alcanzó un alto cargo político y desde su situación de poder luchó por obtener lo que cualquier ciudadano tiene por el simple hecho de serlo, sin padecer ninguna discriminación por sus preferencias sexuales. Hasta hace bien poco esas discriminaciones existían en España y eran amparadas por las leyes. Ya no, al menos en el orden jurídico, porque en el orden social es más difícil terminar con los prejuicios.
Al ver la película llama la atención comprobar que el debate rancio de la consideración del homosexual como un enfermo, como un depravado, se sustentaba hace tantos años sobre los mismos argumentos insostenibles que siguen apareciendo en la actualidad. Y sorprende (o no sorprende nada) que el mismo apoyo a esas posturas conservadoras siga procediendo de sectores ultrareligiosos. Será verdad que veinte años no es nada (que febril la mirada) y que treinta son aún menos. Debate cansino.
El director Gus Van Sant, uno de mis favoritos, tiene dos trayectorias paralelas: una que se diría más independiente y otra más comercial en la que, paradójicamente, habría que situar "Mi nombre es Harvey Milk". Una cinta de típica factura hollywoodiense (sacrificio heroico, comunidad luchadora de nobles ideales, catarsis de la masa emocionada) con buenas actuaciones (la noche de los Oscar ganó Sean Penn pero debió ganar Mickey Rourke: también puedo resultar cansino si me lo propongo) que apenas se ve sacudida por escenas de amor que ya no pueden, no deben, espantar a nadie. Al que se escandalice por eso, que se lo haga mirar.

sábado, junio 13, 2009

"Coco Chanel", de Anne Fontaine

En un vistazo rápido a la biografía de Coco Chanel, descubro muchos asuntos que hubieran dado lugar a una película más interesante: enfermera durante la primera guerra mundial; amante del duque de Westminster; feminista primordial que frecuentó a las vanguardias artísticas de la época; modista de grandes estrellas de Hollywood durante los años 30 (Grace Nelly, Elizabeth Taylor, Katherine Hepburn); y sobre todo turbia relación amorosa con un miembro de la Gestapo (en alguna parte he leído adjetivos muy duros acerca de las ideas y el carácter de la mademoiselle) durante la Segunda Guerra Mundial: tras el fin de la guerra llega la acusación de colaboracionismo, exilio en Suiza y cierre de sus tiendas parisinas hasta 1954. Sí, seguramente ese oscuro apartado de su vida diera para un buen guión, pero la taquilla no recaudaría lo suficiente como para afrontar el aluvión de demandas de los abogados de la firma de las dos ces entrelazadas.
La película tiene un tono amable y rosa: sin altibajos, ni emoción, ni conflicto. Un anuncio publicitario de dos horas a mayor gloria de la fundadora de la casa Chanel: la diseñadora de fama mundial surgida de la nada; la liberación del apretado corsé, el aparatoso cancán y el insistente frufrú realizada por Cocó (vaya frase); meterse en la cama de los ricos para conseguir financiar sus proyectos (nada de moral escabrosa: es más una amistad con derecho a roce). Y si finalmente consideramos que Audrey Tautou es la nueva imagen de la marca y que, como dice www.imdb.com en su entrada dedicada a la película, 'Karl Lagerfeld art director of the House of Chanel, will assist in the recreation of dresses and accessories', pues entonces dos y dos son cuatro y no hay mucho más que decir: una mano mece la cuna.
Coco Chanel, esa gran mujer que salió de la pobreza para vestir a la riqueza: la exclusividad y el lujo para el que pueda pagarlo.
Será que soy un cutre envidioso que se compra camisetas de 10 euros.

sábado, junio 06, 2009

"Terminator Salvation", de McG

Brutal. ¡Menuda feria! Algún sismógrafo debió disparar su alarma en las proximidades de Salamanca porque el edificio del cine vibraba hasta los cimientos.
Dice Claude Chabrol en su libro "Cómo se hace una película" que una cinta se puede ver como una obra de reflexión o como una obra de sensación. De este modo un director puede decidir que lo más le importa es la cantidad de cacharros que se destripen, los destrozos y los disparos, las explosiones y la sangre, la sensación al fin y al cabo, y dejar la reflexión aparcada. Este otro proceso, el cine de reflexión, sólo puede surgir de un guión meditado y una puesta en escena cuidadosa, de modo que dicha reflexión se inicie en la mente del espectador: requiere colaboración (pensante) por parte del que ocupa la butaca: un mínimo esfuerzo intelectual. Hoy en día, qué duda cabe, el caballo ganador es el cine de la sensación (que no implica que sea sensacional: sensorial sería el término) y "Terminator Salvation" es el máximo exponente hasta la fecha: un 10 en sensación. De los diálogos insustanciales o de los personajes vacíos mejor no hablar: los primeros han sido incapaces de procesarlos mis tímpanos sacudidos y los segundos no han llegado a mi retina, poseída por el desenfreno de la lucha brutal contra las máquinas cibernéticas. Si la solución a la crisis del cine moderno (crisis económica, no artística: se siguen realizando películas extraordinarias) consiste en convertir las salas de proyección en parques de atracciones, este es el camino: sala llena (era el estreno, pero multitudinario) y público asombrado. Todavía no he visto ninguna de las recientes que anuncian que se pueden ver en 3D (ese pedazo de milagro de la transfiguración del actor en medio de la platea) pero deben ser la leche. La leche en bote, claro. Reflexión y sensación, sabiamente combinadas en mayor o menor medida, serán una receta de éxito y una virtud a perseguir.
De cualquier modo soy un fan incondicional de esta espectacular saga del autómata homicida: el recorrido de la trayectoria vital de John Connor desde su concepción, pasando por la adolescencia y la juventud, hasta llegar a ser un hombre hecho y derecho en esta cuarta entrega (interpretado por Christian Bale: el papel de John Connor debe molar tanto como si te ofrecieran el de Luke Skywalker), siempre amenazado por máquinas terribles, asesinas implacables, pero siempre victorioso. Y es una saga coherente en la que esta cuarta parte era necesaria. En "Terminator 2", de James Cameron, el problema quedó finiquitado (Sayonara, baby) con la destrucción de Cyberdine Systems y la fundición de los restos del T-800, pero en el año 2003 se realiza una nueva secuela, "Terminator 3: La rebelión de las máquinas" de Jonathan Mostow, ya sin Cameron al mando pero con el futuro gobernador de California, Arnold Schwarzenegger, aún repartiendo sopapos desde su cascarón metálico. Esa tercera parte finaliza con el ataque nuclear lanzado por Skynet: el futuro que mostraba "Terminator" en 1984 no se puede cambiar, no se puede rescribir y la única oportunidad para una humanidad moribunda es que John Connor lidere la resistencia contra el imperio de las máquinas. La tercera por tanto dejaba la puerta abierta a la cuarta, haciéndola obligatoria. Y, por qué no, habrá quinta y las que los productores (hasta cuatro he contando en los creditos frente a un sólo director desconocido, con nombre híbrido entre marca de coche inglés y dj cool ibicenco) quieran continuar financiando. Máquinas, sí, pero de hacer dinero.
"Terminator Salvation" es el espectáculo de la lucha demoledora, a cielo abierto, contra grandes trastos de guerra, en un mundo ceniciento y desértico, aunque tampoco se renuncia a escenas marca de la casa: esas peleas cuerpo a cuerpo, desiguales, en refinerías mal iluminadas que no terminan hasta que al bicho metálico se le apaga la luz roja de los ojos. En esta película John Connor tiene que liderar a la resistencia y tiene que encontrar a su futuro padre (en realidad, su pasado padre, claro: al que no conozca la saga todo esto que estoy escribiendo le debe sonar a chino) para mandarlo de vuelta a los ochenta y que salve a su madre. Las casetes que le dejó grabadas Sarah Connor, le indican las claves de los pasos a seguir. Tampoco podía faltar un cyborg que le eche una mano a John Connor y en este caso es Marcus Wright (interpretado, muy bien, por el actor australiano Sam Worthington), un golem de chapa con corazoncito (literalmente) que busca a su creador, igual que hiciera el replicante Roy Batty en "Bladerunner": el robot en el diván del psicoanalista se pregunta por los motivos de su existencia: inteligencia artificial con motivaciones freudianas.
En fin, muy entretenida (para el que guste del género) y ojalá sea un gran taquillazo para que, como aseguran las distribuidoras, la recaudación de este tipo de películas permita hacer películas de las otras, esas tan artísticas, tan reflexivas y tan lentas, que van a verlas cuatro gatos (si llegan a estrenarse) y que les hacen perder a las productoras toneladas de dinero aunque la crítica trasnochada diga que son obras de arte extraordinarias.
Si la taquilla va mal... volveré.

Hazte un Pollock

Y sin contratos.

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http://www.jacksonpollock.org/

jueves, junio 04, 2009

"El contrato del dibujante", de Peter Greenaway

Inglaterra, siglo XVII. Un dibujante, afamado paisajista, es contratado por la dueña de una hacienda, Mrs. Herbert, para realizar una serie de doce dibujos de distintos rincones de la finca: serán un regalo para congraciarse con su marido ausente: tiene doce días para hacerlos, antes del retorno del esposo. Ricos propietarios de vestuario barroco, terratenientes amanerados que combaten su aburrimiento holgazán con intrigas cortesanas que se plantean a la luz de las velas (la película tiene una fotografía prodigiosa, que evita el uso de iluminación artificial), ávidos de poder, enfermos de codicia. El dibujante participa de esos juegos peligrosos: su condición para aceptar el encargo es que la señora acepte a su vez cubrir las necesidades del artista durante el periodo que duren los trabajos. Sí, esas necesidades también. Contrato firmado.
En la primera parte de la película veremos trabajar el lápiz, aparecer la imagen y concretarse el modelo en el papel: una lección de dibujo acompañada de la genial banda sonora de Michael Nyman. El ojo del director es el del pintor que busca el encuadre adecuado, la simetría de las formas, la colocación obsesiva de cada detalle. Luz y sombra. Cada interior quiere ser un cuadro de Caravaggio, cada exterior, la obra de un paisajista clásico inglés. Las estatuas, testigos mudos en jardines tranquilos, cobran vida como duendes endemoniados.
Pero algunos contratos pueden ser mefistofélicos. En "Blow up" un crimen queda capturado en una foto azarosa. En "Bladerunner" la imagen digital, recorrida hasta ángulos imposibles, descubre detalles inadvertidos. Un dibujo a lápiz, aparentemente inocuo, también puede sacar a la luz detalles, indicios, pistas que sólo se encuentran en la mente de algunos observadores: reflejos de sus pecados, de sus depravaciones: la conciencia puesta en un espejo resulta una visión insoportable. El desenlace de "El contrato del dibujante" será terrible.
Peter Greenaway, guionista y director, filma una película extraordinaria.

domingo, mayo 31, 2009

"La doble vida de Verónica", de Krzysztof Kieslowski

Weronika y Véronique. La primera es una estrella emergente del canto clásico, en Polonia, en los años que siguieron a la caída del Muro. En el cuento "El ruiseñor y la rosa" de Oscar Wilde, el pájaro se ofrece a ayudar a un joven estudiante para que consiga una rosa roja que regalarle a su amada. Para ello el ruiseñor debe cantar toda la noche mientras una espina del rosal le atraviesa el pecho, hasta alcanzarle el corazón: rosa roja de sangre. "Cuanto más acerbo era su dolor, más impetuoso salía su canto, porque cantaba el amor sublimizado por la muerte, el amor que no acaba en la tumba", cuenta el escritor dublinés. Así muere Weronika, en su primer concierto, víctima de una dolencia cardiaca. Así morirá Kieslowski, a la temprana edad de 54 años, de un ataque al corazón: cine profecía.
Véronique, la francesa, la gemela, la otra: al otro lado del espejo. El director plantea la conexión entre ambas como un enigma sin solución. Weronika muere pero Véronique se salva abandonando sus clases de canto y acudiendo a la consulta de un médico que trate su enfermedad: el electrocardiograma traza la línea de la vida, la que dibuja a su vez el cordón del zapato de Weronika. Un mundo se extingue y otro sobrevive o, intentando interpretar las ideas del director, la vida en Polonia se acabó para empezar una nueva vida en Francia (a ese país de adopción le dedicaría su famosa trilogía "Tres colores": "Azul", "Blanco" y "Rojo"). El salto entre dos mundos cercanos, distintos a pesar de tener tanto en común: como Weronika y Véronique. Cine romántico, pleno de lirismo, lleno de símbolos, de música y de color. Y la sublime actuación de Irene Jacob. Cine europeo, como esas elecciones que no interesan a nadie.
Esta semana leía una entrevista a Fernando Arrabal: en la cumbre del panorama cultural francés: aquí se recuerda su escena del milenarismo pero no se lee su obra. Almodovar, ya se sabe, se siente más querido allende los Pirineos que en esta tierra cainita (el que no esté enterado aún de su conflicto con Carlos Boyero, que se ponga al día aquí: no tiene desperdicio: cineastas y críticos a degüello: qué pena que los duelos ya no estén de moda). O Victoria Abril, esa actriz francesa nacida en España. Chauvinismo a los franceses no les falta, seguro, pero si empiezo a buscar ejemplos del nadie es profeta en su tierra, me sale que muchos sí que lo fueron en Francia.

domingo, mayo 24, 2009

"La clase", de Laurent Cantet

Mañana por la tarde (hoy en realidad: ya es domingo, pero las madrugadas de los sábados suelen alargarse tanto como el metraje de la película que toque ver, más una cantidad variable en función de si apetece o no dedicar un rato a describir la sensación que quedó en la retina: hoy apetece) se sabrá la lista de los ganadores del festival de Cannes. El año pasado el gordo (aunque el azar no tenga mucho que ver y sí la calidad de las películas) cayó en Francia, en esta pequeña pero sorprendente cinta.
Basada en la novela "Entre les murs", su escritor, François Bégaudeau, es a la vez el guionista y el protagonista de la película. Describe sus experiencias como profesor de francés (no quiere decir que enseñe el idioma a otros: sería parecido a que un profesor de lenguaje en España fuera un profesor de español) durante un curso escolar cualquiera, dirigido a alumnos adolescentes que también son alumnos reales de cualquier instituto francés: todos ellos se interpretan a si mismos en mayor o menor medida, logrando una naturalidad extraordinaria: el mayor éxito de esta película es que sienta al espectador en el pupitre de un aula real. La fuerza de las interpretaciones genera un mundo virtual, el microcosmos de la clase, con una precisión tan grande que ya le gustaría ser capaces de obtener algo parecido a los apóstoles del 3D con gafitas: darle todo hecho al espectador le quita la mitad de la gracia.
El combate cotidiano entre el profesor y los alumnos, un combate dialéctico donde más que enseñar hay que convencer, resulta una tarea agotadora y desesperante. La sala de profesores parece el vestuario de un pabellón donde se esté desarrollando una velada de boxeo: unos aparecen derrotados después del combate y otros se preparan para saltar al cuadrilátero. La victoria, si la hay, será íntima y quizá tenga la forma de alumno agradecido o se alcance al tener la certeza del trabajo bien hecho. Quizá el único premio posible sea llegar al viernes. La película no cuenta nada más que el día a día, no hay hechos sorprendentes ni acontecimientos extraordinarios. El conflicto diario que se repite hasta el infinito.
En la novela "Jakob Von Gunten" de Robert Walser, se retrata la educación que se recibe en un instituto alemán de principios del siglo XX, el instituto Benjamenta. Educar no para desarrollar las capacidades intelectuales del alumno, sino para disciplinar sus instintos y encaminarle a acatar las convenciones morales y sociales del mundo que le va a tocar vivir. Destino marcado por la cuna: si eres pobre de cuna, serás pobre de mortaja. A pesar de la inutilidad del proceso educativo que se describe en la novela, el profesor es un dios venerable. En un pasaje del libro se describe como esperan los alumnos el comienzo de las clases: "Diez minutos antes, los alumnos ya estamos en nuestros puestos, cargados de tensión y expectantes, mirando fijamente la puerta por la que hará su aparición la directora": a más de un docente de hoy día, la frase le sonará a ciencia ficción.
La educación actual se basa en la igualdad de oportunidades. El objetivo último debe ser el de educación universal, para todos. Y de calidad, como dicen los políticos aunque no den detalles de cómo se alcanza esa meta. Jóvenes alienados por el consumo, repanchigados en el rincón más cómodo del tresillo, ignoran la magnitud de esa propuesta, el valor enorme que tiene el esfuerzo que otros dedican a diario para abrirles los ojos y que nunca más, finalizados los años de estudiante, van a disponer de tanto tiempo para investigar, indagar, explorar, profundizar. Provocar la necesidad de conocer, más allá del almacenamiento inútil de detalles enciclopédicos: la satisfacción del descubrimiento, de la curiosidad saciada. Leer a Walser, por ejemplo. O ver "La clase". Nunca el tiempo es perdido.

sábado, mayo 23, 2009

"Gran Torino", de Clint Eastwood

El jinete pálido cabalga de nuevo. O por última vez. Quizás.
Esta película se puede situar entre "El sargento de hierro" y "Sin perdón". Entre cómo sería la jubilación del duro instructor de marines, violento y malhablado y un western crepuscular traslado a los suburbios de cualquier ciudad estadounidense. En deuda con los arquetipos que él mismo ha generado. ¿Cuánta cuerda le queda aún al veterano, casi octogenario, después de más de cincuenta años de carrera? Actor, director y productor. Y además compositor del tema principal de la banda sonora. Este tipo debe hacer buenos desayunos.
"Gran Torino" es una mezcolanza de conflictos: racistas, familiares, adolescentes, religiosos, criminales, vecinales, generacionales. El común denominador de todos ellos es Walt Kowalski, un viudo reciente, solitario y cascarrabias, que ve como desaparecen las referencias sobre las que se han sustentado sus criterios morales. Ex-trabajador de una fábrica de automóviles, ex-combatiente de Corea, ex-vecino de otros blancos: en su barrio la población local se ha reciclado en una nutrida colonia de refugiados hmong, pueblo asiático que apoyó a Estados Unidos en su guerra del Vietnam y que, con la derrota norteamericana, fueron declarados enemigos prioritarios del régimen vietnamita. Miles de ellos murieron hasta que el gobierno estadounidense, después de haberlos dejado colgados, los declaró refugiados políticos. Y precisamente ahí reside la lectura moral y redentora de la película: el genuino héroe americano que, pese a su pasado turbio de criminal de guerra (o precisamente por ello), acude al socorro desinteresado de los desvalidos de otras naciones, de los inferiores, de los incapacitados para sobrevivir en los duros caminos del capitalismo. El tío más duro del barrio.
Clint siempre será mucho Clint.

sábado, mayo 16, 2009

"Fat City", de John Huston

Existe un libro titulado "Sobre el boxeo", escrito por Joyce Carol Oates. Lo leí hace tiempo pensando en encontrarme el punto de vista femenino (feminista) de la autora. Me di cuenta de que el único punto de vista erróneo era el mio. La escritora había dado con muchas claves y había logrado un gran ensayo.
El boxeo no es un deporte, aunque haya que estar en muy buena forma para practicarlo. Se puede considerar un espectáculo porque el público paga por verlo. Pero para entender qué es el boxeo sólo cabe ponerse en el lugar del boxeador: el boxeo, al fin, resulta ser una opción de ganarse la vida, una profesión arriesgada porque su esencia son los éxitos y los fracasos puestos a cada lado de la balanza: una profesión corta y mal pagada.
El cine en relación con el boxeo ha producido un puñado de enormes películas. "Más dura sera la caída", de Mark Robson: el tongo y los negocios sucios, la última de Bogart; "Marcado por el odio", de Robert Wise: el primer triunfo de Paul Newman; "Fat City", de John Huston: la estética del perdedor; "Toro Salvaje", de Martin Scorsese: la más grande de todas. Y se puede añadir "Rocky", de John G. Avildsen, con su relato optimista (y exitoso) del working class hero y el documental "Cuando éramos reyes" de Leon Gast, retratando el descomunal ego de Muhammad Ali peleando con George Foreman (y contra el mundo) en el Zaire de Mobutu.
En "Fat City", Billy Tully (Stacy Keach como nunca) es un boxeador fracasado que malvive en Stockton, ciudad californiana. En un ring de Panamá le cortaron las cejas con unas cuchillas de afeitar. La sangría producida forzó que el arbitro parara el combate: K.O técnico y fin del sueño. Arrastra su cuerpo alcoholizado por barras de garitos insomnes. El tren ya pasó y los boxeadores tienen tendencia a acabar mal: encarcelados, sonados, drogados, suicidados, alcoholizados. Coño, que triste es esto del boxeo: normal que se hagan buenas películas. En su vida se cruza Ernie (Jeff Bridges) joven aspirante a elevar los brazos al final de los combates, ya que a besar la lona no aspira nadie: no sabe aún todas las batallas que le va a tocar perder. Billy anima al chico a probar suerte y el mismo se concederá una segunda oportunidad pues como diría un castizo, más cornadas da el hambre (boxeadores y toreros: muy cerca).
Al final del combate de Tully contra Lucero, el perdedor se aleja solitario por los túneles del pabellón: la paliza recibida es lo de menos, lo que cuenta es la bolsa y conseguir pronto otro combate, así que entre el que gana y el que pierde no hay mucha diferencia: dinero fresco aunque orines sangre y tu cara parezca el Gran Cañón de las veces que te la han partido. "Hagas lo que hagas, la vida te lleva a una cloaca sin ilusiones", dice Billy Tully con la lucidez pastosa de un borracho: el terror a la mediocridad, a pasar la vida en el arroyo, sin ambiciones ni oportunidades.
Un boxeador. Un luchador.

jueves, mayo 14, 2009

"Cuentos de la luna pálida", de Kenji Mizoguchi

Cuentos de fantasmas. Un pobre campesino japonés del siglo XVI indefenso ante las dificultades que jalonan su destino. El es un hábil alfarero y ve en su oficio la oportunidad de progreso que una sociedad feudal, sometida a las guerras interminables de los señores samurais, no hace posible: el que nace pobre muere pobre sin remedio. Grupos de soldados arrasan aldeas, violan a las mujeres, roban la comida. Mundo violento en el que ellas son las víctimas más vulnerables: el director vivió muchos años con una hermana geisha y era buen conocedor de la intimidad femenina.
A perro flaco... Cuando se abre una esperanza en la vida del alfarero y vende con éxito su mercancía, se cruza en su camino una fantasmal princesa, un ser de otro mundo que le enamora y le atrapa sin remedio. Un puente tenue entre dos planos de existencia, un pasillo leve entre dos dimensiones que apenas se le insinúa al espectador: un giro elegante, una atmósfera pausada: un ser terrible del que será difícil escapar. Una obra maestra no exenta de enseñanzas morales, como todo buen cuento: el trabajo, la familia, la honradez, la templanza, el honor: esos valores tan japoneses.
Esta película supuso el descubrimiento en occidente del cine japonés, en los años de la expansión de los grandes festivales de cine, esos hitos anuales que siguen sirviendo de escaparate fundamental al cine de todo el mundo.

miércoles, mayo 06, 2009

"Control", de Anton Corbijn

Retrato fílmico de Ian Curtis, mítico cantante del grupo "Joy Division" que se suicidó en 1980, a la edad de 23 años. Vaya, ya conté el final. Para llevar a cabo este biopic, el director se ha basado en su experiencia personal con aquel grupo (Anton Corbijn es un famoso fotógrafo del mundo del rock; sus fotos de "Joy Division" son uno de sus primeros trabajos) y sobre todo en la biografía escrita por la viuda del cantante, Deborah Curtis. Esto último condiciona el punto de vista de la película, centrada principalmente en la vida sentimental del artista. Se casó muy pronto, antes incluso de empezar a cantar con el grupo y el conflicto que desemboca en su muerte apunta en la cinta hacia la incapacidad de compaginar su vida familiar y su condición de estrella emergente del rock, con amante incluida. De cualquier modo la personalidad de Ian Curtis era bastante inestable, sufría de epilepsia y puede que el temor a la enfermedad y a la locura fuera lo suficientemente fuerte como para no permitirle emprender su camino hacia el éxito: muere un día antes de iniciar una gira por Estados Unidos.
La película, rodada en blanco y negro, tiene una estética correcta pero no llega a dar la medida del personaje que representa, bastante bien (con voluntad) interpretado por el desconocido Sam Riley. Hay otras dos películas que me parece que pueden dar mejor impresión a los fans del grupo: la fantástica "24 Hour Party People" de Michael Winterbottom y el estupendo documental "Joy Division" de Grant Gee. Este último es una serie de entrevistas al resto de componentes del grupo (pasaron a ser "New Order": tuvieron mucho éxito en los 80 y 90) que mira con melancolía a la ciudad de Manchester de aquellos años de "Joy Division", mostrando sus transformaciones urbanas, los lugares que ya no existen, los ritmos que aún resuenan: la edad de oro que cada cual sitúa en los años de la propia juventud.
"Joy Division" eran una gran banda, herederos del sonido punk, pero que poco tenían que ver con la estética del movimiento o con los tópicos al uso de melodías poco cuidadas e instrumentos desafinados. Ver como Ian Curtis cantaba en directo es una experiencia hipnótica. Un hombre delgado, de ojos claros, bien vestido, que entraba en un trance desquiciado al interpretar sus canciones con voz profunda, envuelto en el sonido de un bajo y una batería prodigiosos. "Transmission", "She's Lost Control", "Atmosphere", "Love Will Tear Us Apart", "Glass" o "Digital", la canción que mejor representa la personalidad bipolar del aquel fulgurante mito del rock, son temas intemporales, himnos de la mejor música. Eternos.

"Transmission", Joy Division

jueves, abril 30, 2009

"Mulholland drive", de David Lynch

Hace unas semanas vi "Inland Empire", el último largometraje de David Lynch. Tengo que confesar que me perdí: el personaje de Laura Dern, Nikki Grace, atravesó el espejo y yo, incauto conejillo, no fui capaz de seguir la estela de su recorrido. Quedé hipnotizado, eso sí, y aquella noche, al rato de acostarme, el grito desgarrador de la protagonista me arrancó de aquella pesadilla: no olvides: nos encontraremos otra vez, al otro lado. El mundo de Lynch.
Dejaré pasar el tiempo y volveré a ver esa cinta que, casualmente (malditas películas malditas), como cumplimiento de la amenaza anunciada se me apareció en el blog de El tiempo ganado: para más inri con dedicatoria incluida. No había duda. El encuentro postergado pero sin posibilidad de renuncia.
Decidí revisar "Mulholland drive", otra de las grandes películas de David Lynch (si hay alguna mala, aún no la he visto), pues como decía Francisco Machuca en la entrada mencionada de su blog: pero sí es importante saber que "Inland Empire" se sitúa allí donde podía terminar "Mulholland Drive".
"Mulholland Drive" empieza con el intento de asesinato de una mujer (en una carretera oscura un auto avanza: vemos las luces y el asfalto y ya se reconoce al autor), una tremenda gachí (Laura Harring) que se salva por poco pero que pierde la memoria en el trance. Su fortuito encuentro con la bondadosa Betty (Naomi Watts), que la acoge y la protege, propiciará la investigación de ese pasado velado, de las circunstancias que la llevaron al borde de la muerte. Esa típica intriga del cine negro, vista por el cristal azul y rojo neón de David Lynch se convertirá en una sucesión de personajes anómalos, perversos, deformes, mefistofélicos, que habitan parajes urbanos de pesadilla. Llegado el momento, cuando la trama parezca a punto de resolverse, el director dará un salto en el tiempo para explicar el asunto pero manteniendo, a su vez, el orden de los acontecimientos: no es fácil de explicar, por supuesto: lo genial nunca ha sido trivial. En el cine de David Lynch se concreta el arte moderno en el que la respuesta está siempre en el ojo del espectador que es al final el que debe interpretar el producto de su subconsciente.
Cuidado con este cine.
Vaya, parece que un enano vestido de rojo está llamando a mi puerta. Disculpen.

domingo, abril 19, 2009

"Banda aparte", de Jean-Luc Godard

La productora de Quentin Tarantino se llama "A Band Apart" como homenaje y reconocimiento a esta película y, en definitiva, a una nueva forma de realizar cine que surgió en Francia a finales de los cincuenta: la Nouvelle Vague. Teniendo en cuenta que películas de Godard como "Banda aparte" o "Al final de la escapada" se inspiraban a su vez en el cine de gansters norteamericano, es posible afirmar que la base de la evolución del séptimo arte es un ciclo permanente de tráfico de influencias: miradas atrapadas en ciertos fotogramas, ven más allá, realizan un salto hacia delante, muchas veces sobre el vacío, y cambian radicalmente los conceptos agarrotados por los apasionados de lo inmóvil. Intelectuales del cine, arriesgados y visionarios, comprometidos políticamente, también, fundan una revista llamada Cahiers du Cinéma para dejar constancia escrita de sus pensamientos, para promover la reflexión y engrandecer el arte: cambiarlo todo para que todo cambie. Godard, Bazin, Truffaut, Chabrol. Con estos artistas se alcanzó un nivel superior, se llegó a otra parte.
Tres personajes sentados en la mesa de una cafetería de París. Dos chicos, Franz y Arthur, (Sami Frey y Claude Brasseur, interpretando a "primos cercanos" del Michel Poiccard de Belmondo) y una chica, Odile (Anna Karina, musa sensual de mirada atravesadora). De repente deciden dejar de hablar, ya se lo han contado todo, y durante un minuto se hace un corte absoluto de la banda sonora de la película. En otro momento se ponen a bailar los tres, una coreografía corta, repetitiva como un riff, en la que a cada poco la voz del narrador interrumpe la música pero no el baile: los pasos resuenan fuertes en el suelo del salón y a la vez se descubren los pensamientos de los danzantes (Arthur se mira los pies, pero piensa en la boca de Odile, en sus besos románticos; Odile se pregunta si se han fijado en que sus pechos se mueven debajo del sueter; Franz piensa en todo y nada, no sabe si el mundo se convierte en sueño, o el sueño en mundo). Secuencias que no aportan nada a la trama, que no aclaran el conflicto o que no ayudan a la comprensión de los personajes: la imagen deja de estar al servicio de la historia para cobrar sentido por sí misma. La cámara se dedica simplemente a recoger la belleza del instante: aquella suave nuca de Jean Seberg en "Al final de la escapada": saltos de cámara que recogen lo mismo desde distintos ángulos en un coche en movimiento. Una revolución se puso en marcha a la vez que ese automóvil y llegó hasta nuestros días. Hasta Tarantino, al menos.

lunes, abril 13, 2009

Ensayo. "La mirada encendida", de Angel Fernández-Santos

Cuatro años de blog. Tal día como hoy. De nuevo el aniversario tiene premio. De nuevo un libro.
Casi seguro que la primera crítica de una película que leí en mi vida, fue una de Angel Fernández-Santos en "El País" (o de Ivá en "El Jueves": tenía algunas antológicas: sarcasmo puro) y es casi seguro porque ese diario fue durante muchos años mi mayor referencia periodística. Y escribo fue, porque mi interés por él se ha ido diluyendo a la par que desaparecían las firmas que en su momento seguía con fervor. El propio Fernández-Santos, Eduardo Haro Tecglen (abría el periódico por su columna), Manuel Vázquez Montalbán, Joaquín Vidal, Terenci Moix, Santiago Segurola. Menos el último, todos están criando malvas. Claves perdidas que en su día apuntalaron una cierta educación crítica: la mía.
"El País" pasó de independiente a global. Ahora lo hojeo con desgana. Si me encuentro con Diego Galán, reviso con placer su acreditada melancolía cinéfila, pero si me topo con Carlos Boyero, nuevo titular de la plaza de crítico cinematográfico, lo leo con la misma precaución que le dedicaría al prospecto de un medicamento, ya que en cualquier momento aparece un desagradable efecto secundario: un tóxico mal explicado y peor argumentado. A veces parece que el cine le supone una inmensa tortura (sobre todo si ponen una de, por ejemplo, Kiarostami o Almodovar) y eso a pesar de que le pagan (supongo que muy bien) por pasar a la platea y echarle un par de horas al asunto. En fin. El crítico criticado.
"La mirada encendida" es un compendio de artículos sobre el séptimo arte, semblanzas de actores y directores, por supuesto críticas de películas. He leído el primer artículo, titulado "El cine como génesis: las vanguardias" y me ha parecido una delicia. El prólogo de este libro lo leí hace tiempo, de un ejemplar de biblioteca, y está escrito por Victor Erice. Su lectura provocó que acto seguido tomara prestada la novela "Parte de una historia" de Ignacio Aldecoa. Afortunadas consecuencias.

domingo, abril 05, 2009

"Slumdog millionaire", de Danny Boyle

La mejor película del año 2008, dijeron los Oscar. Espero que no, que el año haya dado películas mejores que esta: se me ocurren un par. Pero en cuestión de premios "Slumdog millionaire" se ha llevado un montón y ha rentabilizado sobradamente su condición de película de bajo presupuesto (¡hala! ¡ya salió el peine!: por eso es la mejor película, ¡porque es la que más perras ha ganado!). Muchos de sus actores eran reclutados en las localizaciones donde se rodó la cinta y al parecer sus protagonistas infantiles llevaron mal la vuelta al barrio después de dormir en los hotelazos de Hollywood. Seguro que la pasta recaudada por la cinta les habrá dejado la puerta abierta a una vida mejor: lo que a nuestros ojos puede ser poco dinero en ciertos lugares es una fortuna y a las productoras no les puede costar demasiado evitar la denuncia de aprovecharse del trabajo ajeno (de humilde procedencia, además: sería muy miserable), más aún después de haber recaudado un dineral en taquilla.
Hablando de money, ¿quién quiere ser millonario? Carlos Sobera y sus cejas contorsionistas arrasaron en la caja tonta, hace ya diez años, lanzando a diario esa pregunta. Y de preguntas sobre los temas más triviales iba el concurso. Las respuestas correctas, al no tratarse de un tema concreto, no se podían obtener más que de la propia experiencia, de una amplia curiosidad apuntalada en una buena memoria, de tener capacidad de asociación o, directamente y para los más arrojados, de la suerte: una entre cuatro y tira esos daditos que va a ser mi noche.
Un joven hindú (aunque era musulmán; un joven indio, aunque del lejano este) participa en el programa y, milagrosamente, va acertando todas las preguntas: las respuestas están alojadas en momentos significativos de su vida. Trayectoria dolorosa, de orfandad y pobreza: el adjetivo inglés dickensian es un certero calificativo para este tipo de relatos. Oliver Twist desde los barrios bajos de Mumbai (antes Bombay; Hawai, Mumbai: bueno, suena parecido), viajando en los techos de los trenes y esquivando varas de policías violentos. Imágenes coloristas, encuadres rebuscados de cámaras torcidas, ritmos locales (suena el "Paper planes" de M.I.A., que no es muy "étnico", precisamente, pero aporta el toque ragga; el bailecillo multitudinario del the end me ha recordado al de "Zatoichi", de Takeshi Kitano, aunque aquel del director japonés era un broche final más desconcertante) y belleza bollywoodiense: estética de videoclip y happy ending.
Pues no, no es "Trainspotting". Lamentablemente.

lunes, marzo 30, 2009

"Blowup", de Michelangelo Antonioni

El comienzo produce desconcierto. Se suceden intercaladas en el montaje las secuencias de unos hombres de aspecto triste, humilde, que parecen salir de una oscura fábrica o de un asilo para pobres, y las imágenes de un grupo de jóvenes que corren alborotando felices por la calle, disfrazados y maquillados como si celebraran un carnaval. ¿Qué sentido tendrá mezclar a unos que viven la realidad fría, callada, con otros inmersos en su fantasía festiva?
Un exitoso fotógrafo de moda (tirano soberbio y vanidoso), en medio del swinging London de los sesenta. Sus sesiones de fotos devoran a la modelo, se convierten en un clímax voyerista. Placer adicto, el infatigable ojo de la cámara arrasado por su pulsión artística acecha a una pareja en un parque: la mirada (la ventana, el objetivo, el plano) indiscreta hace que un cadáver se fije en el rollo de película desencadenando un thriller improbable:la duda del engaño de una mente agotada por la vida a la carrera.
Un concierto de "The Yardbirds". El público asiste impasible. De repente, un músico enfadado con su amplificador destroza su guitarra y arroja el mástil a la platea, produciendo una avalancha de fanáticos ávidos por recoger el fetiche, el tótem de su dios. El ganador huye con el objeto y después lo tira, despreocupado, en medio de la calle. ¿Para qué sirve un inútil trozo de guitarra o una enorme hélice de avión? ¿Por qué esa avaricia de coleccionista? Modernidad en busca de símbolos, de un carácter perdido o que nunca se tuvo.
La sensación que deja es que el director critica una sociedad (parte de un relato de Cortazar que no he leído: "Las babas del diablo") construida sobre apariencias en la que el mismo se ve inmerso: intrascendente arte pop de rápida factura y aún más rápida digestión; placer fácil de sexo sin compromisos y drogas a gogó. Horror vacui. Todo es efímero bajo el lema del consume hasta morir.
El fotógrafo se agacha y recoge la pelota invisible que un mimo lanzó.
Vaya, otra obra maestra.
Por cierto, la película fue famosa también por tener un plano de un desnudo en el que se muestra vello púbico: escena pueril donde las haya. Claro, visto ahora, que en aquel entonces debió ser la bomba.

jueves, marzo 26, 2009

"El carnicero", de Claude Chabrol

Todo comienza con una boda de pueblo. Ese "de" coloca un adjetivo peyorativo, pero nada más lejos de mi intención: si bien todas las bodas se parecen las que se celebran en los pueblos tienen algo especial: candidez e inocencia apenas tapada por cierta impostura (una escena tan humilde, tan simple, supone un pasaje de la película realmente bueno, rodado con maestría). Allí, en ese salón de banquetes de finales de los sesenta, surge la amistad entre un carnicero y una directora de colegio. Solteros solitarios que se aproximan en una ambiente desinhibido -a nadie le puede extrañar- entablando un cortejo educado. Ella viene de una grave decepción amorosa; él, de diez años de guerra: Argelia, Indochina: sangre a raudales sirviendo a la patria. Como amigos, punto.
El amor no correspondido, el estado de enamoramiento que altera el sueño, la mente, puede provocar que empiecen a aparecer mujeres muertas en los bosques cercanos, en las laderas rocosas. El asesino que aterroriza comarcas puede ser algún viajante que pasaba por allí o, aún peor, el vecino de al lado. Puede ser cualquiera: 'en el campo todos llevan una navaja de muelles', dice el inspector.
El director va a humanizar al monstruo, le va a redimir en el último momento de la forma más insospechada. Este ser sanguinario, este precisamente, es un enfermo creado por todos (el olor de la sangre en las botas del soldado) y dotado de instintos ancestrales (un paseo por las cuevas rupestre del Perigord francés avisa de un pasado violento): el criminal que no puede escapar a su cruenta compulsión.
Una obra maestra.

sábado, marzo 21, 2009

"Watchmen", de Zack Snyder

Adaptar un cómic al cine es una tarea complicada. Por un lado facilita la labor del director: el storyboard ya está hecho. Pero por otro limita la libertad de creación al quedar la imagen del celuloide anclada a la estética de las viñetas del original. El cómic "Watchmen" está firmado por dos autores: Alan Moore, guionista; Dave Gibbons, dibujante. El primero ha renegado de la adaptación cinematográfica y no aparece en los créditos de inicio, en los que figura una frase bastante "ortopédica", algo parecido (no me acuerdo del todo) a 'based upon the graphic novel co-created by Dave Gibbons'. Habrá que darle la razón al pataleo de Alan Moore: la película, aunque dura casi tres horas, no puede abarcar en su totalidad la extensión y complejidad (apabullante) de la historia que cuenta su madre de papel: tampoco creo que sea la finalidad: es una adaptación, es otro medio: es otro fin. No es la batalla que deba ganar la película.
Sin embargo creo que logra mejorar los dibujos algo sosos de Gibbons: le da algo de dignidad (estilo X-Men) a ciertos (sonrojantes) disfraces de superhéroe. Para ser un cómic de los ochenta, Dave Gibbons lo realizó como si fuera una creación de décadas anteriores, sin aprovechar la libertad formal que ya empleaban creaciones similares en aquellos tiempos. El director hace más explícito también el sexo y la violencia que presentaba el tebeo (en el papel, ni se le cortan los brazos al preso con una radial ni se usa un hacha para finiquitar al secuestrador; en cuanto al sexo, el intento de violación de Sally Jupiter, el "triunfo" del Buho Nocturno o el desnudo frontal del Dr. Manhattan, bueno, en pantalla todo es más provocador y en el cómic queda más velado), no sé con que finalidad excepto la de hacer pensar que se han equivocado de película a la nutrida parte del público que piensa que ha ido a ver otro Spiderman.
Este cómic de hace 20 años, ahora película, sólo se puede entender desde la perspectiva de los años 80. Guerra fría, pánico nuclear, botón rojo. Los diarios se pueblan de noticias de número de cabezas nucleares, megatones, alcance en miles de kilómetros: balística y exterminio. El reloj del fin del mundo: la cercanía de la tercera guerra mundial. Lo de Afganistan, que tanto aparece, fue otro golpe de estado urdido por la CIA (se cuenta en "Los nuevos gobernantes del mundo", extraordinario ensayo de John Pilger) contra un gobierno de izquierdas. Armaron y entrenaron a grupos de integristas musulmanes, los conocidos talibanes (cría cuervos), para provocar una guerra civil. Los tanques soviéticos entrarían más tarde, pero la chispa ya estaba encendida. "Watchmen" hay que situarlo en aquella época, que ahora puede parecer lejana con la guerra fría finiquitada (o no) pero en realidad los arsenales atómicos siguen apuntado hacia la Tierra: el mayor enemigo de la humanidad, ella misma.
Al comienzo de la película se presenta la transición de los "Minutemen" a los "Watchmen" mediante una sucesión muy lograda de escenas recreadas sobre fotos antiguas y el acompañamiento sentimental del "The times they are a-changin'" de Bob Dylan (la cinta tiene una estupenda banda sonora), en un evocador repaso a 40 años de guerra fría.
There's a battle outside
And it is ragin'.
It'll soon shake your windows
And rattle your walls
For the times they are a-changin'.

La película tiene sus momentos.
Zack Snyder resulta ser un buen falsificador.

jueves, marzo 19, 2009

"A ciegas", de Fernando Meirelles

Tengo en la retina la imagen de un niño ciego, en mi niñez. El estaba sentado junto a otros niños en el bordillo de una calle polvorienta. Sucio y despeinado, vestido con una camiseta raída y en calzoncillos: creo que lo que más llamó entonces mi atención fue su falta absoluta de pudor. Ojos descentrados que miraban a ninguna parte, se tocaba la cara con los dedos y sonreía al escuchar la charla de sus compañeros de juegos.
Suena el despertador, como cada mañana de un día laborable. En ocasiones, el sueño se resiste a abandonar la mente y eres consciente de que estás soñando (hace años leí que eso se podía entrenar, conseguir transitar a voluntad por el subconsciente dormido) y hay veces, afortunadamente pocas, que intentas despertar y por un instante no lo consigues: experiencia angustiosa ante unos párpados que no obedecen: la vida no arranca: pause.
Suena el despertador, abres los párpados y son los ojos los que no obedecen.
La vista es el más esencial de los sentidos. Una repentina afonía es una menudencia que puede incluso hacer gracia. Un ataque de sordera (¿es posible?) puede resultar más jodido (deseable ataque, según circunstancias). Pero quedarse ciego de golpe produce pavor de sólo pensarlo. Un mundo de ciegos repentinos, como zombis arrancados de sus tumbas.
La película aborda dos temas esenciales: por un lado la infinita ruindad humana que se abre paso hasta en las circunstancias más necesitadas de piedad y, por otro, la ceguera como cualidad prescindible de una sociedad enferma de hipocresia: "ciegos que, viendo, no ven", escribe Saramago. El mar blanco, llaman a la epidemia y el director satura de brillo la escena para poner al espectador en el lugar de los aterrados personajes. Sin embargo será la magnífica interpretación de Julianne Moore la que produzca mayor empatía en el espectador vidente: ella es la que ve, la que hace: la que se sacrifica.
La cinta no pertenece al género pero es una de terror, desde luego. Y muy buena.
Se encienden las luces de la sala y salimos al exterior. La luz de la tarde tiene un fulgor extraño.

domingo, marzo 15, 2009

"Europa", de Lars Von Trier

Europa en el diván del psicoanalista. Un continente arrasado por la guerra donde todos son culpables: por acción, por omisión. El narrador hipnotiza al paciente para hacerle retroceder a las circunstancias de sus traumas. La cuenta atrás que inicia el proceso de regresión, avanza como una vía que se adentra en la noche. El tren, la máquina de vapor que revolucionó la economía europea (nació la clase obrera, la burguesía propietaria, el éxodo rural, la democracia de las urnas, pero también germinaron los totalitarismos -surgidos de los votos: la democracia es el menos imperfecto de los sistemas- y las máquinas de guerra más poderosas: la bomba que Einstein, un europeo, sugirió a Roosevelt en su famosa carta: años después se lamentaría). El tren en movimiento como símbolo de la posibilidad de supervivencia de la Alemania moribunda, derruida, derrotada. Trenes que viajaron cargados de soldados destinados al frente, llenos de judíos arrojados a las cámaras de gas, que son ahora reciclados a su función original: trenes de pasajeros que no van a ninguna parte: trenes llenos de fantasmas. Europa vendida a los americanos, al amigo americano, apresurado en apoderarse de los secretos de la industria y de la ciencia alemana: las patentes, las fábricas, los científicos; productos químicos, motores, cohetes: todo embargado y catalogado para en pocos años ser los dominadores del mundo (nadie como los estadounidenses para apropiarse de una idea y llevarla a su máxima rentabilidad: el cine, sin ir más lejos). Europa culpable, Europa arrodillada.
La película no deja rendija abierta al optimismo. En eso recuerda a "Alemania año cero", de Roberto Rossellini. Sin embargo no se acercará a la genialidad de la obra del italiano, demoledora en su realismo y que era mucho más próxima en el tiempo al fin de la guerra como para aventurar que Alemania iba a resurgir de las cenizas: el milagro.
Lars Von Trier realiza una película visualmente aparatosa (todo lo contrario a lo que el propio director proclamará años después en el famoso manifiesto Dogma), con grandes influencias del cine del expresionismo alemán del periodo de entreguerras. Utilización general del blanco y negro, introduciendo el color en breves momentos para enfatizar el sentimentalismo de la escena; uso de proyecciones para mostrar el fuera de campo; cierta comicidad y algunas dosis (malogradas) de suspense; ambiente onírico e irreal. El propósito -parece claro- de crear una obra maestra (¿exagerada presunción?) y tanto fue así que cuando en el año 1991 la película no consiguió la Palma de Oro del festival de Cannes, el director no dudo en calificar de 'enano' (¿físico? ¿mental?) a Roman Polanski, a la sazón presidente del jurado. Esos europeos y sus guerras.

Muy fácil hacer humor usando el personaje de Raphael, pongo por ejemplo.
Pero para hacer una parodia con Lars Von Trier...
Para eso hay que echarle.

sábado, marzo 07, 2009

"Hard candy", de David Slade

Caperucita roja se come al lobo feroz.
Una cita entre un hombre de 32 y una niña de 14: el chat propicia encuentros inapropiados. Las letras tecleadas desde incógnitos rincones de la web, surgen en la pantalla y componen palabras de amor enlazado entre entidades anónimas, ocultas, alteradas por un medio aséptico que deja la puerta abierta a la perfección. Para conservar el encanto lo mejor sería que esas relaciones no escaparan del entorno virtual en el que se han generado: la decepción aparece sentándose a tu lado en la mesa de una concurrida cafetería del centro, con un clavel rojo en la mano y una sonrisa bobalicona de emoticón pasado de años o de kilos o de dioptrías. O de todo a la vez. Y todo se podría quedar en un encuentro penoso (o en felices para siempre: también lo habrá, seguro) inundado de bochorno y un café apresurado a sorbos de educada conversación. El problema es que hay ocasiones en que a la cita acude un hijo de puta. Uno auténtico, genuino: el monstruo social, el psicópata absoluto: el horror.
"Hard candy" puede parecer obvia en su finalidad y, fruto de ella, generar controversia a la hora de decidir dónde se debe poner el límite a la hora de castigar a los pederastas. Todos hemos oído la frase 'a ese había que caparlo' lanzada desde la indignación y la frustración públicas. Nihil obstat, pero el castrador que lleve hasta el final esa proclama, que asuma a su vez la cuantía de su delito. Sin embargo, lo que realmente atrapa al espectador de esta película, más allá de esa función de debate público, es observar como se intercambian los papeles de victima y verdugo, de cazador y de presa. La película consigue hacer que te preguntes ¿cuál es más hijo de puta de los dos?
Magníficas interpretaciones de Patrick Wilson y de Ellen Page (mejor que en "Juno": te crees más su papel en "Hard candy" -te atrapa- que el otro, aquel de adolescente embarazada sobrada de sabiduría: qué mundo más raro o qué raro soy yo mismo) en un complicado frente a frente que necesita de grandes dosis de verismo para no parecer el retrato de lo imposible.
El caso logra parecer bastante real. Que se lo digan a mis pelotas. Si las encuentran.

domingo, febrero 22, 2009

"The Wrestler", de Darren Aronofsky

No sé si cuando Darren Aronofsky escribía la historia de esta película, tenía otro protagonista en mente que no fuera Mickey Rourke: como anillo al dedo.
En "The Wrestler", un luchador que ha pasado toda su vida haciendo el bestia entre las doce cuerdas de un ring, practicando el tongo pactado y el amaño cotidiano de la lucha libre profesional, empieza a sentir los achaques de la edad. Victorias pactadas en los pabellones deportivos de los pueblos y ciudades de todo el país. El preferido del público, el rubio alto y fuerte (ario de bote: no sólo el pelo, el resto del cuerpo también se ha modelado a base de botes... de pastillas), el coloso norteamericano que le zumba la badana al punky, al moro, al negro: cada contrincante interpreta un rol primario para pulsar las fibras sensibles más básicas de un público sediento de sangre. Y aunque todo sea más falso que un duro de seis pesetas, hay ocasiones en las que los "actores" salen malheridos: no intenten hacer esto en sus casas.
El cuadrilátero como escenario de entremeses de odio y venganza resueltos en quince minutos. Y el "Carnero" siempre es el ganador. Pero el tiempo no perdona y nadie, excepto Brad Pitt, posee el reloj de Benjamin Button: lanzarse contra el suelo desde las cuerdas del ring no es apto para mayores de cincuenta años y The Ram/Rourke pasó esa barrera hace tiempo. La retirada. Las derrotas llegan una tras otras: tener un trabajo, tener una relación sentimental: tener una hija. "The Wrestler" se puede entender como una metáfora del éxito: la gloria de la vida pública esconde el fracaso del hombre corriente.
Mickey Rourke se mantuvo en la cresta de la ola durante los ochenta (un pasaje de la película evoca aquellos años dorados del actor). "Manhattan Sur", "Nueve semanas y media", "La ley de la calle", "El corazón del ángel", "Réquiem por los que van a morir", "Barfly". Éxito en las pantallas, icono sexual: el puto amo. Los años noventa y los infiernos personales del actor, se lo llevaron por delante. Ahora resurge (ya tuvo un buen papel interpretando a Marv en "Sin City", de Robert Rodríguez) interpretando/interpretándose, en la metáfora de su propia existencia.
Mickey Rourke, el último punk.
Y esta noche puede ganar el combate de su vida. ¡Tiembla Brad Pitt!


Para el que no lo haya visto, dejo aquí la versión manchega de "The Wrestler".
Chanante
y caldofrán.





O pinchando aqui

martes, febrero 17, 2009

"Juno", de Jason Reitman


Pero que superguay es eso de quedarse embarazada con dieciséis años ¿no? Dan ganas de probarlo después de ver esta película.
Vale, de acuerdo, seré un cerdo insensible, pero esta historia no tiene emoción, no tiene conflicto: ¡Hostias!, tiene un Oscar al mejor guión original. No tengo ni puta idea, lo reconozco.
Lo mejor de todo, cuando en la banda sonora han aparecido Belle&Sebastian (ese pequeño punto romántico que todos tenemos por ahí). En fin.
A propósito de problemas adolescentes, me viene a la mente una película llamada "Sweet Sixteen", de Ken Loach ...

domingo, febrero 15, 2009

"Camino", de Javier Fesser

Este año, entre los distintos papeles que interpretaban los actores masculinos que optaban a un premio Goya por sus interpretaciones, tres de ellos interpretaban el rol del cura: la sotana y el alzacuellos como vehículos directos a la gloria... cinematográfica. Pero han de ser curas malvados, que ya se sabe que el lucimiento del actor es mayor cuando se interpreta a un malo jugoso antes que a un héroe insípido.
Cine y religión, o mejor, cine español y catolicismo. De un tiempo a esta parte, la Iglesia suele quedar muy mal retratada en el celuloide: se retrata como un sistema jerarquizado opresor, contrario a la libertad individual y al conocimiento científico, dogmático e hipócrita, machista y sectario, retrógrado y manipulador. La cámara se adentra en los aspectos más negros de la institución y raramente se encontrarán ejemplos de sus labores piadosas o humanitarias, que también las hay, por supuesto. Pero pasan desapercibidas: se pasaron tantos años inculcándonos sus bondades, sus inmaculadas vidas, que ahora, en plena era de la información, las faltas que cometen son auténticas bombas mediáticas. Esta semana, sin ir más lejos, la prensa pone en titulares que el fundador de los Legionarios de Cristo, del que ya se sabía que era un cerdo pederasta, además tenía una amante y una hija, o que el propio Papa Ratzinger, que había coqueteado con el nazismo en su juventud, rehabilita a un obispo negacionista. Y esos titulares se acompañan de que la Iglesia ha aumentado en España sus ingresos del IRPF en el último año en casi un 40%: en plena crisis económica mundial y con un socialista en la Moncloa: para que luego digan que los milagros no existen.
"Camino" es una denuncia demoledora de la vida de las familias que pertenecen al Opus Dei. La religión es una enfermedad hereditaria: se transmite/impone de padres a hijos, pero el veneno está en la dosis y la mayoría de los cristianos no va a misa más que cuatro veces en su vida (bautizo, comunión, boda y funeral: además la primera y la última no cuentan porque se va obligado: bueno, a las otras dos puede que tampoco se vaya libremente). Secta es un término peyorativo, pertenecer a una no debe ser nada recomendable pero que le expliquen eso al que ya está dentro. Javier Fesser cuenta el drama de una niña gravemente enferma, asfixiada por una madre beata y meapilas (fantásticas actuaciones, merecidamente premiadas), que utiliza la imaginación y el amor platónico como válvula de escape. La película se fundamenta en el contraste entre las fantasías inocentes de la niña, sus ganas de vivir y de amar, y la sombría realidad que la rodea, mezquina y perversa, dispuesta incluso a la vil manipulación de su agonía a fin de conseguir llevar a la pequeña Camino a los altares. El contraste se exagera tanto que termina adentrándose en la caricatura: pierde la eficacia del ataque velado, de la insinuación sutil.
El ataque furibundo de la Obra, eso no se lo va a quitar nadie.

miércoles, febrero 11, 2009

"Queridísimos verdugos", de Basilio Martín Patino

Más cornadas da el hambre.
Con ese epitafio se podría cerrar la proyección de este fantástico documental y el espectador moderno, escandalizado ante tanta barbarie, debería poner mucho cuidado antes de emitir sentencia.
Tres pobres desgraciados, hartos de hambre y de penalidades, veteranos en guerras civiles y en frentes rusos, en trileros de feria y estraperlistas de necesidad, en chivatazos y cuartelillos, aceptan un empleo siniestro: si no lo haces tu, ya lo hará otro. Administradores de justicia, se autoproclaman, poniendo el cargo junto al nombre en pulcras tarjetas de visita: después del juez, ellos.
El documental los junta en la bodega de un mesón desconchado, trasegando vino para desatar la garganta y que fluya su terrible anecdotario (la celebérrima película de Berlanga le puso el humor negro a la profesión: Martín Patino se lo borra de un plumazo). Jarabo, la envenenadora de Valencia, Monchito, el gitano de Almendralejo, Salvador Puig Antic. Crónica negra del siglo XX español congelada en portadas de "El caso" (resulta difícil pensar que el ya mítico periódico, que ojeábamos furtivamente en la niñez, colgara hoy día de los escaparates de los quioscos: fotos demasiado duras para los tiempos hipócritas del políticamente correcto) y en titulares rotundos que anunciaban Sentencia Cumplida, nombrando al ajusticiado y ocultando la identidad del encargado de girar la manivela del garrote vil: extensión de la mano del caudillo, la mano del dios que quita, del dios que da.
También aparecen las opiniones de los médicos y abogados que se vieron envueltos en el proceso de las ejecuciones. Inmensa diferencia entre las opiniones de estos (y en los entornos de unos y de otros; profesionales de éxito entrevistados en sus lujosos despachos: el contraste es brutal entre clases sociales y se hace patente en la cinta) que guardan recuerdos horribles de los momentos de la ejecución, y el pragmatismo estoico de los verdugos: un ajusticiamiento, bien o mal hecho, vale mil duros, dietas incluidas. La cruda realidad.
El documental supone, desde el presente, un vistazo intenso a la España de 1973, un viaje en el tiempo que, dejando de lado la faceta violenta de la sociedad que se quiere reflejar, se inunda de nostalgia al contemplarlo tantos años después. Mirada de niño que se reencuentra en determinadas imágenes, vetustas, sepias. Las ropas, las palabras, los coches, la gente: una magdalena proustiana tras otra.
Hasta el aire: todo cambió. Y la pena de muerte es un recuerdo lejano.

domingo, febrero 08, 2009

"Redacted", de Brian de Palma

Una noche. Un grupo de soldados estadounidenses destinados en Iraq salen a escondidas de su cuartel y violan y matan a una niña de quince años. Y matan a toda su familia. Y queman sus cadáveres. Y también su casa. Y luego se van a la cama, a descansar, que mañana habrá que madrugar para seguir protegiendo a la población civil y seguir esforzándose, día a día, en reconstruir este país liberado de sus opresores, pueblo aligerado del oprobio, disueltas sus cadenas. Hip, hip... hurra.
El horror de la guerra parece mayor cuando se contempla cómo lo ejercen soldados bien alimentados, bien vestidos, sanos y educados, aquellos de los que se dice que han gozado del bienestar de los países avanzados: no les queda la excusa del hambre y la miseria, de las guerras enquistadas durante décadas que sumen a los pueblos en economías de subsistencia básica: infancias sumidas en la violencia absoluta que generan violencia porque no han conocido otra cosa. ¿El asesino nace? ¿Se hace? El mismo soldado que en la película comete el asesinato de la niña, días antes acribilla a balazos un vehículo que no se ha parado en un punto de control, matando a una mujer embarazada que viajaba en su interior: otro acto criminal, igual de salvaje, pero que se trata de un error militar realizado en el ámbito del cumplimiento del deber. Pues menos mal. Ordenes son ordenes y la esquizofrenia militar permite levantar tenues fronteras entre héroes y villanos. Enseñados a matar, les dan un arma cargada. Y van y matan. Perro come perro.
El argumento es parecido al de otras películas de denuncia de estas malditas guerras del petroleo, como "La batalla de Hadiza", "Jarhead" o la serie "Generation Kill". Brian de Palma, sin embargo, construye su relato generando escenas con los diferentes medios, formatos, aparatos que la tecnología moderna ofrece. Cámaras de vídeo, webcam, cámaras de vigilancia, cámaras de reporteros de guerra. Medios informativos árabes, documentalistas franceses, agencias de noticias europeas. Blogueros y youtuberos. El ser humano moderno es una cámara con patas (¿quién no tiene una cámara de fotos digital o de vídeo o un teléfono móvil con ambas cosas? Baja la mano, mentiroso), un ojo que puede registrar la noticia in situ, sin prohibiciones ni cuestionamientos morales, y que la puede publicar al alcance de cualquier ciudadano del mundo (en realidad en algunas partes esa tarea sigue siendo igual de imposible que si todavía no se hubiera inventado la imprenta). A un click. El debate moderno sobre la independencia de los medios, de la ética periodística y la búsqueda de la verdad, en fin, ha ido de la mano de la oportunidad de que cualquiera pueda ser informador a la vez que testigo. Las noticias sobre la guerra más censurada de la historia se han colado por los senderos de una red sin barreras, universal y libre, enseña el director. A ver cuanto dura.

domingo, febrero 01, 2009

"Los crímenes de Oxford", de Alex de la Iglesia

Esta noche se entregan los Goya. Este tipo de premios, tan publicitados y cacareados durante este fin de semana, concentran la atención de los medios alrededor del cine y esto provoca, directamente, que al pueblo llano nos llegue alguna onda sobre el estado del arte del cine español o alguna chispa de interés por ver las películas que participan en el evento (mañana, en los descansos del café, se hablará del ranking de premios, siempre que la victoria de Rafa Nadal en el Open de Australia deje algún hueco para el tema). Criticar la cutre-gala de turno, esperar el nombre de los ganadores, ver la cara que se le queda a los perdedores: solamente la sorpresa del gol de última hora de "La soledad" de Jaime Rosales del año pasado, justifica el interés para ver varias ediciones. En la categoría de cortometrajes de ficción están nominados dos directores salmantinos, Isabel de Ocampo con "Miente" y Hatem Khraiche Ruíz-Zorrilla con "Machu Picchu" (he escuchado perplejo como algún medio castellano-leones ha ignorado por completo a este último director al listar los nominados locales: supongo que para el informativo regional de RNE, el nombre no es compatible con haber nacido a la orilla del Tormes) así que esperemos que la lotería pasé por aquí esta noche.
"Los crímenes de Oxford" opta a las categorías reinas, junto a "Camino", "Los girasoles ciegos" y "Solo quiero caminar". Mala cosecha, dicen, la de este año, como si se tratará de la añada de un vino: no me parece tan distinta a la del año anterior: quitando "La soledad", que fue la gran sorpresa, "El orfanato", "13 rosas" y "Siete mesas de billar francés" no destacan especialmente. Dos años atrás, "El laberinto del fauno", "Volver" y "Alatriste", sí que conformaron un grupo potente. Habrá que echar una mirada a la categoría de director novel, donde supongo que "El truco del manco" de Santiago A. Zannou (el verdadero truco del manco es estrenarla dos semanas antes de los premios) lleva todas las papeletas para ganar, aunque puede que "Los cronocrímenes" de Nacho Vigalondo (ojalá) dé una pequeña sorpresa.
La película de Alex de la Iglesia está muy bien realizada, pero la trama de los crímenes, tan matemática y tan pitagórica, no acaba de resolverse con claridad. Leí la novela de Guillermo Martínez, en que se basa el guión de la película (otra nominación goyesca) hace un par de años. No es el estilo de novela policíaca que más me guste: las deducciones milagrosas (elementales, querido Watson) son en la mayoría de los casos piezas socorridas para cerrar un puzle imposible: me gustan más aquellas historias en las que a los soplones les parten las piernas y las páginas destilan bourbon antes de encontrar al asesino: el método convencional. Pero lo que importa es el suspense, como diría Hitchcock, y la novela lo sabe mantener bien. Mejor que la película.
El reparto lo componen esa cara de no haber roto un plato en su vida que tiene Elijah Wood, el gentleman perfecto, torvo y enigmático, que interpreta John Hurt y ¿qué hace ahí Leonor Watling? No es lo mejor del director, especialista en héroes anómalos y humor negro ("Acción mutante", "El día de la bestia" y "La comunidad" representan los hitos extraordinarios de su carrera), pero tampoco defrauda (como sí lo hizo "Perdita Durango" u "800 balas": un fan decepcionado no perdona).
Seguramente "Los crimenes de Oxford", la película española más taquillera del 2008, no triunfará hoy. Tampoco le hace falta.

sábado, enero 24, 2009

"Nazarín", de Luis Buñuel

Sus vecinos no acaban de creerse que sea un cura: no están acostumbrados a un párroco tan desprendido. Estajanovista de la caridad, botín fácil para pícaros y holgazanes, tonto de tan bueno. Recuerda al fraile Junípero de "Francisco, juglar de Dios", de Roberto Rossellini, otro ultra de la piedad que solía regresar desnudo al convento después de haberle entregado sus escasas ropas a cualquier paisano, más pobre que él, con el que se cruzara por el camino.
Retrato de la caridad, una de las virtudes cristianas más preciadas, esa que suele ir acompañada del adjetivo "malentendida". Buñuel la va a pulverizar tomando como pretexto la novela de Benito Pérez Galdós. Nazarín yerrará en cada una de sus buenas acciones: todas ellas terminan provocando desgracias. El incendio del mesón provocado por la prostituta que él ha cobijado en su casa o el capataz asesinado por sus trabajadores después de que este haya accedido a darle trabajo a Nazarín a cambio, unicamente, de un poco de comida (el santo esquirol). Sin embargo otros serán sus fracasos más dolorosos: ni consigue el arrepentimiento del ladrón que le salva la vida (el malhechor acepta sin dramas su condición de alma condenada: cada uno a lo suyo), ni mucho menos el de la enferma de peste que, en el lecho de muerte, prefiere evocar el amor que deja en este mundo antes que aceptar la equívoca promesa de la salvación ultraterrena.
Después de tanta decepción acumulada, ¿qué puede significar la resistencia a aceptar la piña que le ofrecen tan caritativamente al final de la película? La duda, por supuesto. Esa duda que quebranta hasta la fe más ciega.

viernes, enero 09, 2009

"Resident Evil 3: Extinción", de Russell Mulcahy

Milla Jovovich tiene sobrados puntos para ser nombrada la heroína número uno del cine de acción heredado de los videojuegos: la saga Resident Evil da prueba de ello: le da mil vueltas a los lamentables Tomb Raider de Angelina Jolie. Arrojada al estrellato con su brillante papel en "El quinto elemento", de Luc Besson, su rostro da una acertada mezcla de inocencia infantil y dureza felina, aparte de un físico apto para las patadas voladoras. También me gustó como la protagonista de "Juana de Arco", del mismo Luc Besson (su marido por entonces) y en "El hotel del millón de dolares", de Wim Wenders, película está última que pasó por las pantallas con más pena que gloría y que a mi, no sabría explicar el motivo, me gustó mucho, incluida su banda sonora (o sobre todo). Y sin embargo en "Resident Evil 3", lo que más me ha llamado la atención de esta actriz es el extraño color de cara que tiene en los primeros planos: o exceso de maquillaje o exceso de PhotoShop. Lo segundo, supongo. Cuando filmaban a Sara Montiel, en su madurez y a falta de tecnología digital, le colocaban a la lente de la cámara una media dorada para disimular los surcos del tiempo, pero que a una actriz de 33 años le borren las arrugas, más aún en un personaje que se dedica a descabezar zombies en medio del desierto, me parece pasarse de la raya (tirando a enfermizo) y hace que te fijes en aspectos de la filmación que distraen innecesariamente.
¿La película? Pues como la primera y la segunda: escabechina de muertos vivientes trepidante y bien realizada (algunos videojuegos dan pingües beneficios, se nota), con mucha estética "Mad Max" en esta última entrega, y que se despacha en hora y media. Para que no de tiempo a aburrirse.

sábado, enero 03, 2009

"My blueberry nights", de Wong Kar Wai

En el fondo la película no cuenta nada más que una historia de amor optimista y amable (si exceptuamos el capítulo que transcurre en Memphis, de tono trágico: de lo mejor de la película, además). Cambias a Jude Law por Tom Hanks, a Norah Jones por Meg Ryan y a Wong Kar Wai por Nora Ephron (directora/guionista de "Algo para recordar" o "Tienes un e-mail") y obtienes la típica comedia romántica que ha arrasado la taquilla en más de una temporada navideña. Entonces, ¿cuál es la diferencia? La diferencia es la mirada. Una estética inconfundible, una inquietud palpable por lograr que cada plano, cada encuadre, cada fotograma pueda sacarse del celuloide, enmarcarse y colocarse en cualquier exposición de arte fotográfico de vanguardia. La saturación del color y el grano de la película, la cámara que se asoma por las ventanas y escudriña desde cada rincón de la habitación, logrando calidez y cercanía, haciendo partícipe al espectador de la atmósfera de cada escena. Los ambientes urbanos capturados por Wong Kar Wai, con querencia demostrada por los locales nocturnos, las camareras y las luces de neón, resultan cercanos, cotidianos, vividos: costumbrismo del siglo XXI. Despersonalización, deslocalización: cualquier ciudad, cualquier noche.
"My blueberry nights" es la primera ocasión en la que el director occidentaliza su reparto, lleno de buenos actores. David Strathairn (el que deseaba "Buenas noches y buena suerte" en la película de George Clooney) y Rachel Weisz se entregan a fondo en su papel de pareja rota: pasión dramática de días de vino y rosas. Incluso Natalie Portman parece abandonar su eterno rol de tierna lolita del barrio (así la llamaban, hace ya muchos años, en "Beautiful Girls" de Ted Demme) y domina sus escenas con aplomo. El director también saca a Norah Jones de los estudios de grabación y las salas de conciertos y la coloca delante de la cámara, con un resultado aceptable. Ese plantel de caras conocidas, de las que llevan público a la sala por el mero hecho de aparecer su nombre en el cartel, puede producir la sensación de que esta es la película más comercial del autor. Puede que sí. De cualquier modo supongo que a la mayoría de las estrellas les encanta rodar con directores de culto que aporten credibilidad y consistencia a sus bamboleantes carreras. ¿Qué actor no querría salir en una de Woody Allen o de Tarantino o de Kusturica? El día que Almodovar cruce el charco (si lo cruza) ¿quién saldrá en la pelicula? ¿Uma Thurman arrojando un contestador por la ventana? ¿Johnny Deep travestido cantando un bolero?

Con esta, 200 entradas van ya en este blog. Sin prisa, pero sin pausa.

viernes, enero 02, 2009

"Los cronocrímenes", de Nacho Vigalondo

Buena película para empezar el año. Ciencia-ficción, intriga de origen nacional. El primer largometraje del director, escritor, actor (hace las tres cosas en esta película) Nacho Vigalondo merece un sobresaliente, si bien poco puede aportar mi criterio a la hora de calificar a un realizador que rozó el Oscar con su cortometraje "7:35 de la mañana". No me gustaría deslizar en estas líneas detalles de la trama que pudieran perjudicar el efecto sorpresa de futuros espectadores. Mejor verla, como dicen los anuncios de ventas de casas.
Comentamos al final de la película que esta parece candidata a que alguna compañía hollywoodense compre la historia y realice una versión que seguramente resulte nefasta, como aquella "Vanilla sky" de infausto recuerdo, pálida copia de la excelente "Abre los ojos" de Alejandro Amenábar. Una rápida comprobación vía Google confirma que United Artist, la productora de Tom Cruise, ya ha realizado la adquisición (sí, el mismo de "Vanilla sky", el mero, mero: ya le estoy viendo con la cara envuelta de vendas ensangrentadas, ¡ntchs!).
El director toma el rol del doctor Frankenstein y crea un monstruo (compararlo en su aspecto con el que interpretó Robert De Niro en el "Frankenstein" de Kenneth Branagh, me parece que no es ninguna tontería). Y Karra Elejalde está sencillamente genial: hacía mucho tiempo que no le veía interpretar un papel tan bueno, probablemente desde "Los sin nombre" de Jaume Balagueró, y ya hace un par de lustros de aquello.
El cine fantástico español existe, otra cosa es que las distribuidoras estén interesadas en darle el apoyo que merece. Y en cuanto a guión y calidad de la producción, le da mil vueltas a mucho pestiño usamericano para adolescentes. Pienso.

martes, diciembre 30, 2008

"Madagascar 2", de Eric Darnell y Tom McGrath

Continuación de las aventuras del león amante del baile y sus amigos el cebra, el jirafa y la hipopótama. Relaciones amistosas por vecindad de jaula de zoológico: otros abrazos le daría el león a sus amigos si la productora de la cinta fuera National Geographic. Pero la fabulación permite esas licencias. Las fábulas, relatos protagonizados habitualmente por animales personificados (o prosopopeyados, si se me admite el palabro) de los que suelen acabar con moraleja, aunque este no sea el caso. La única enseñanza moral posible en esta película reside en la pura subversión: un león desprovisto de fiereza que arregla sus problemas poniéndose a bailar; el jirafa y la hipopótama que inician una relación contra natura. ¡Pardiez! ¡Esto parece una clase de educación para la ciudadanía! ¡Nunca hay cerca una manifestación en defensa de la familia cuando de verdad hace falta! Esas tiernas mentes vírgenes de los infantes, tan indefensas las pobres.
La verdad es que esta segunda parte ha perdido la gracia de la primera entrega y se nota por la ausencia de carcajadas en una platea llena de niños. Igual es que todos la han visto ya una docena de veces gracias al eMule y se saben los chistes de memoria, de modo que el único propósito que les lleva a esta tarde de cine y palomitas sea el de desollar hasta el hueso los bolsillos de sus padres de la manera más estúpida: las largas tardes de las vacaciones navideñas, ay. Una cosa se salva y me parece una absoluta genialidad y es ese fantástico grupo de pingüinos (como tu ningüino) estajanovistas de las misiones imposibles y que provocan los momentos más ocurrentes de la cinta.
De cualquier forma será una película inolvidable: es la primera vez que Francisco va al cine.

viernes, diciembre 26, 2008

"La pianista", de Michael Haneke

Profesora de piano, virtuosa concertista, imparte clases por horas en academia de reconocido prestigio. Estricta y distante, esbelta esfinge hierática, amor platónico del aplicado alumno adolescente. Nadie sospecha que, tras el rictus de disciplina que se descuelga de las comisuras de sus finos labios prietos, se ocultan oscuras pulsiones sexuales: no hubo tiempo para aprender los secretos del oficio arremolinada en el asiento trasero de un coche y ahora se arrastran deseos furtivos, vaciados en ranuras de cabinas de peep show y ojeos voyeuristas de parejas en acción.
Audiciones, ensayos, exámenes. Horas gobernadas por el repaso infinito de cinco lineas paralelas salpicadas de genialidad. Se abre la tapa del piano y el instrumento sonríe con satisfacción caníbal: aquí serán devorados los días de tu juventud. Cuando te asomes al espejo, yerma y aburrida, contemplarás la decadencia de tu tiempo y el dolor punzante, sorprendido, que atravesará el pálido rostro de tu reflejo, no se verá recompensado por la cerrada ovación del auditorio. Le ganaste la partida a Schubert, pero a Schubert le importa un bledo. Miserable y rencorosa, jugarás vacilante la última moneda de tu faltriquera: el desastre de tu cara delata la cuantía del premio. Sola y vencida. Se alejan tus pasos.

martes, diciembre 23, 2008

"In this world", de Michael Winterbottom

El viaje terrible de dos jóvenes afganos desde un campo de refugiados en Pakistán hasta el paraíso londinense del trabajo esclavo. Una odisea moderna en donde en cada punto del camino hay una persona que debe acompañarte en el tránsito de la estación: la buena voluntad esperada, por bien pagada, que puede convertirse en un Polifemo devorador. Qatta, Teherán, Estambul, Trieste, París y, entre los ejes de un trailer, el Eurotúnel como pasadizo mágico final hacía el gran premio, la meta soñada que nunca es como se pensaba.
Michael Winterbottom logra una obra maestra del falso documental. A ratos es imposible discernir si lo que está sucediendo en la pantalla es la quinta toma de una escena difícil o la captura sutil de la realidad que se desenvuelve delante de la cámara. Este director demuestra una versatilidad tremenda: no hay genero que se le resista. Y cada película suya acrecienta la certeza de estar contemplando la obra de uno de los grandes. De los que dejarán huella.

domingo, diciembre 21, 2008

"Volverás", de Antonio Chavarrías

Se me escapó. Se murió antes de que nos encontráramos. Inesperada, insolente, a deshora: muerte por sorpresa que irrumpe al final de cualquier anodino boletín radiofónico: sensación de haber perdido una oportunidad, de que una tarea quedó inacabada. Hace poco ocurrió con el suicidio de David Foster Wallace, si bien al autor neoyorquino le había leído (el relato "Señor blandito", pocas semanas antes: por los pelos) y me gustó mucho su estilo extremo, ultradetallista en las descripciones, deslumbrante en su complejidad. Con Francisco Casavella no ha pasado. Dejé pasar las ocasiones de adentrarme en una de sus novelas, que más de una vez pasaron por mis manos al repasar las estanterías de cualquier librería, cualquier tarde de las que dejan media hora libre para el ojeo literario. Un día se vino a casa Ian Rankin, otro día Chuck Palahniuk, otro día Erskine Caldwell, el propio Foster Wallace. Etc., etc. Oyes hablar de ellos, nombres repetidos muchas veces en la sección cultural de cualquier medio y con esos encargos vas a la compra. Casavella se quedó en el anaquel y no sé muy bien por qué. "El día del Watusi", "Un enano español se suicida en Las Vegas", "Lo que sé de los vampiros". Reconozco al tipo que las escribió, que se murió sin yo haberlo leído nunca. Al menos esto último tendrá arreglo.
"Volverás" está basada en la novela "Un enano español se suicida en Las Vegas". Historía de dos hermanos, hijos de un importante arquitecto. El hermano pequeño, el buen hijo. El hermano mayor, la bala perdida. Su reencuentro propiciará un interesante juego de intercambió de personalidades. Las vidas construidas desde el orden, desde el objetivo de una vida acomodada y el éxito profesional, sienten una irrestible atracción vertiginosa por el lado salvaje, por los que viven a salto de mata, apurando las tentaciones nocturnas y descansando en cualquier cama. Vida fuera del cauce, debes dejar esta vida, la mala vida pero quizá tambien, la fácil vida o la gran vida o la vida plena. Envidia de sabado noche metido en casa.
La cámara acompaña a los dos hermanos (Tristán Ulloa y Unax Ugalde: muy buenos actores pero que se parecen como un huevo a una castaña, lo que perjudica algunos pasajes basados en que al pequeño le parten la cara porque le ¿confunden? con el grande) por timbas y garitos de la noche barcelonesa y logra una buena película. Y que me arrepienta aún más de no haber leído nunca a Casavella.

domingo, diciembre 14, 2008

"La batalla de Hadiza", de Nick Broomfield

No sé si llamarlo terrorismo iraquí. El concepto moderno de terrorismo apunta hacia una ataque premeditado y por sorpresa, efectuado sobre población civil desarmada. También el ataque a militares o policías que van a tomarse un café al bar, a regular el tráfico de la autopista o a pasar la mañana en la oficina leyendo el periódico. El objetivo es infundir terror para preparar las condiciones de un chantaje, del tipo que sea, dirigido a un poder establecido. Pero cuando la acción violenta se produce contra un ejercito que ha invadido injustificadamente un país, parece más apropiado llamarlo resistencia: ratones contra leones. O un término mixto: dos terroristas de la resistencia iraquí cavan un hoyo junto a una carretera y sepultan una bomba para hacerla estallar al paso de un convoy de vehículos de los Marines. La acción represiva llevada a cabo acto seguido por miembros del ejercito usamericano, ejercida contra los habitantes de la ciudad de Hadiza que viven en los alrededores del punto de la explosión, será brutal y despiadada: 24 muertos entre hombres, mujeres y niños. Iraq: 1, USA: 24, como el tanteo abrumador de un encuentro desigual. U.S. and allies have prevailed in Iraq, proclamó el idiota americano saliente. La batalla de Hadiza será el eufemismo de una masacre. La masacre que justifica cualquier resistencia.
El famoso documentalista Nick Broomfield tiene sobrada fama de autor polémico. Entre su obra se encuentra el documental "¿Quién mató a Kurt Cobain?" sobre la muerte -suicidio- del cantante de Nirvana, donde se culpaba a Courtney Love del asesinato del, ya, mito, o "Aileen, una asesina en serie", documental sobre la vida de Aileen Wuornos, que murió ejecutada en Florida después de ser acusada de la muerte de siete hombres (en "Monster", de Patty Jenkins, Charlize Theron recibiría el Oscar por interpretar a la tristemente célebre psicópata homicida). Así que el director se ha granjeado cierta imagen de carroñero de desgracias ajenas. Además con un considerable afán de protagonismo (a lo Michael Moore). Sin embargo lo que he visto de su trayectoria cinematográfica no está nada mal (como pasa con Mr. Moore), incluido "La batalla de Hadiza". Actores desconocidos, filmación cámara en mano, escenas de acción bien realizadas, puesta en escena realista: aplica fríamente su despiadado escalpelo a la trama para remover, sin escapatoria posible, la conciencia anti-guerra-de-Iraq del espectador más belicista. Recibió la Concha de Plata al mejor director del festival de San Sebastián del año 2007. Eso ya me parece excesivo.

sábado, diciembre 06, 2008

"Gomorra", de Matteo Garrone

Un trailer del libro. Supongo que si la película no me hubiera pillado cuando voy por la página 151 de su edición de bolsillo (8 euros bien gastados), la sensación final que me hubiera quedado sería diferente. Pero estas son las circunstancias que, sin duda, nublarán mi juicio al escribir estas líneas.
En la película la trama avanza por cuatro cauces que se entrelazan sin tocarse, al libre albedrío del director: los dos aprendices de gánster que quieren emular a Tony Montana en "El precio del poder" (la celebre escena de un escuálido joven disparando una metralleta en calzoncillos); el joven repartidor que pretende cambiar las bolsas de plástico llenas de comestibles del supermercado por el calibre 9 mm de una beretta: aprender a morir soportando un disparo a quemarropa parapetado detrás de un chaleco antibalas; los contratistas de recogidas de basura que buscan agujeros tamaño estadio (la reducción de costes, esencial en cualquier actividad capitalista) para enterrar bidones de residuos peligrosos: Nápoles está hasta el cuello de mierda, no sólo por los miles de toneladas de basura abandonada en sus calles; el sastre Pascuale, genuino símbolo de la bonanza que se levanta sobre la economía sumergida, talleres clandestinos que visten el glamour astronómico de Hollywood: oxigeno para que las grandes firmas apuntalen sus beneficios sobre el trabajo esclavo: porcentajes inalcanzables cuando las cosas se hacen como deben. Tanto asunto atractivo, tanto tema interesante. Y sin embargo poco explicado, inacabado, insuficiente para que el espectador que no tenga el libro a mano alcance a entender la magnitud del problema.
Si alguna virtud tiene el libro de Roberto Saviano, en el que está basado la película, es lo bien que quedan reflejados en el los mecanismos del Sistema (ningún napolitano lo llama Camorra, al parecer, utilizándose este otro nombre: eufemismos). Sus negocios en el mercado textil, la estructura jerarquizada del narcotráfico, las inimaginables formas de extorsión y ajustes de cuentas y, lo más terrible, su mimetismo con la población local y su tejido productivo, de forma que se acaba pensando que la Camorra es su único medio de subsistencia, el motor de su sociedad. Al escritor le han condenado a muerte: algunas páginas del libro parecen un listín telefónico por la cantidad de nombres que figuran en el: por decir las verdades perdí las amistades, que dice el refrán. Así que Roberto Saviano se convertirá en un merecido símbolo de búsqueda de la verdad y de deseo de justicia. La pluma es más poderosa que la espada. O no.
La película funciona en su estética de arrabal, pero poco más o menos que cualquier documental de "Callejeros". Rodada en parte en Las Velas, esos edificios enormes como pirámides: vetustos y decrépitos como ellas, también. Siniestras madrigueras de criminales, vigiladas por pequeños palis que desde la infancia recibirán como única alternativa vital la violenta vida del clan mafioso. Denuncian que Garrone pactó con la Camorra para poder realizar el rodaje de la película. Será por eso que el autor de la "Gomorra" filmada no ha recibido la misma sentencia tajante que el de su hermana escrita. Con uno que se muera..., como decía el payaso.

domingo, noviembre 30, 2008

"El amigo americano", de Wim Wenders

Te queda poco tiempo de vida y recibes una oferta que no puedes rechazar. I'll make him an offer he can't refuse. Una gran suma de dinero a cambio de cometer un crimen: la oportunidad de arreglar la herencia de tus deudos. Qué más te da, si te quedan dos cortes de pelo. Pero ¿qué es más atractivo en la motivación de un hombre corriente a la hora de decidir la firma de ese contrato mefistotélico? ¿la recompensa o la posibilidad real de atravesar el límite, de rebasar la frontera que delimita al hombre honesto del delincuente? Atragantarse con el mordisco jugoso de la fruta prohibida. It's better to burn out than to fade away, como decía el Kurgan en "Los inmortales". Mejor quemarse que consumirse.
A Tom Ripley, el personaje creado por Patricia Highsmith lo han interpretado grandes actores: Alain Delon, John Malkovich, Dennis Hopper, Matt Damon. El papel de Dennis Hopper es el que más se aleja de la forma que le ha dado el resto. El menos elegante, atildado, seductor. El más alocado, colgado (eso seguro), salvaje. Con su mono de trabajo y su sombrero de cowboy. El que más me gusta.
Retrato de Europa en construcción, primera generación de posguerra. Las nuevas construcciones junto al Sena, flamantes y modernas, contrastan con la decrepitud del puerto de Hamburgo: vencedores y vencidos. El amigo americano, omnipresente en esa reconstrucción europea, es el invitado que lleva una semana acostándose en tu casa, en el sofá cama del cuarto de invitados y que te sonríe pícaramente con el conocimiento cierto de que en realidad la casa, el cuarto y el sofá cama son suyos. Europa vendida a los usamericanos, al amigo americano.
Las casas del puerto, resquebrajadas y ruinosas, llenan la atmósfera de colores desvaídos configurando una estética reconocible, llena de melancolía, marca de autor. Pero la cinta no aporta sólo metáforas históricas, también una intriga criminal plena de suspense y tensión. El anodino Zimmermann (gran Bruno Ganz) sale de su taller de enmarcar cuadros y se sumerge en su brutal destino y, de paso, hará un amigo.

domingo, noviembre 23, 2008

"Ararat", de Atom Egoyan

Las circunstancias del rodaje de una película histórica pondrán en relación el drama que se está filmando y las vidas de las personas que participan en la realización del mismo: armenios que se asoman, encaramados al odio de las historias que han escuchado desde la niñez, a la tragedia del origen de su exilio: la violenta matanza que desencadenó la diáspora de su pueblo. El genocidio armenio.
El propio director, descendiente de armenios, formará parte de su guión en el personaje de Edward Saroyan (interpretado por Charles Aznavour, francés de padres armenios: su canción Ils sont tombés evoca a los muertos del genocidio). Exorcizar los demonios familiares, los odios ancestrales que se incorporan al código genético durante generaciones. En la película cobra protagonismo la figura del pintor Arshile Gorky, que vivió los hechos y cuya obra "El artista y su madre" es símbolo del doloroso recuerdo. Las manos inacabadas o borradas. Manos de madre muerta de hambre, de sufrimiento: el detalle más lacerante.
Llamar o no genocidio a la muerte de más de un millón de armenios es cuestión de debate. Los agresores defienden que lo sucedido fue una acción de guerra; los agredidos piensan que fue un intento de exterminio: el intento premeditado de acabar con una etnia que había vivido durante milenios al este de Anatolia. Ambas partes tenían el mismo pasaporte (turcos todos ellos), pero distinta religión. El sempiterno leitmotiv de la más grandes barbaridades de la historia de la humanidad.
Durante la Primera Guerra Mundial, el Imperio Otomano está perdiendo su batalla en el frente oriental. Rusia, al otro lado de la frontera, promueve el nacionalismo armenio que lleva ya décadas enfrentado al poder central turco. Conseguir un aliado afín no tiene precio en tiempos de guerra. Así, la excusa de la amenaza de una quinta columna, será el detonante de la matanza. Primero la desmovilización de todos los soldados armenios del ejercito otomano; segundo la detención de las élites; tercero la deportación. Todos los pasos llevados a cabo con la mayor violencia posible, con el propósito de lograr una rebelión: la justificación del ataque implacable del ejercito, como si el genocidio con atenuante de defensa propia fuera menos genocidio. Campos de concentración, exilio masivo, torturas y violaciones. Desolación y muerte.
Alemania es la única nación que ha reconocido haber realizado un genocidio sobre su propio pueblo. Será porque fue derrotada hasta las cenizas. Turquía niega el suyo. Y España...

domingo, noviembre 16, 2008

"Calles de fuego", de Walter Hill

Una fábula de rock n' roll.
Leía "Chamamé", la espléndida novela del argentino Leonardo Oyola, una road novel salvaje y vertiginosa sobre dos delincuentes brutales y su suicida carrera sin redención. En un pasaje uno de ellos decide tatuarse una frase en el antebrazo: A ningún lado, ya, traducción certera de Nowhere Fast, el título de la canción que aparece al comienzo de "Calles de fuego". Encontrarme el homenaje a la película de Walter Hill me dejó sin aliento. Pensaba que yo era el único flipado de este mundo que situaba esa película en la propia lista de culto y no, resulta que Manuel "Perro" Ovejero, un delincuente homicida, terror del asfalto y amante del rock n' roll, tiene los mismos gustos que yo. Hay que ver. Supongo que la película también le gusta al escritor de la novela, ya que la menciona. Es fácil establecer paralelismos entre la novela y el film: el mencionado "Perro" encaja en el papel de Tom Cody y su amistad peligrosa, Noé "El Pastor" (ese sorete, como le llama continuamente: en Argentina se usa para calificar a una persona de baja moral, despreciable; bueno,también significa mierda), sería sin duda el psicopata Raven Shaddock. Y si para ver la película en idioma original pongo subtítulos, también me habrían hecho falta para leer la novela y entender con soltura su banda escrita (sí, el argentino es un idioma distinto del castellano; la novela da prueba de ello).
En "Calles de fuego" Raven Shaddock (Willem Dafoe) secuestra a la cantante Ellen Aim (impresionante Diane Lane de 19 años). Un mero capricho: dos semanas de amor loco y después a secuestrar a otra. El suceso provoca el retorno de Tom Cody (interpretado por Michael Paré, un notable actor que pasó a la historia, no así sus dos compañeros de reparto que han mantenido un gran nivel en su carrera), antiguo novio de la cantante, perfecto tipo duro: el héroe con mirada de cowboy que se enfrentará al enloquecido motero rocker. Estética cincuentera que domina al completo la puesta en escena: rockabilly, tupés, teddy girls, motos custom, hells angels, grupos motown. Mucha música, incluidos los acordes de la guitarra de Ry Cooder prolongando en un vacío de vértigo la vibración de la cuerda: el momento del reencuentro. Y por encima de todo un romance. A true romance.
Mítica.

Otro gran Nowhere Fast:

sábado, noviembre 08, 2008

"El sur", de Victor Erice

"El sur" termina con Estrella (Icíar Bollaín) introduciendo en una maleta sus objetos más queridos: el péndulo de su padre (Omero Antonutti), la caja de puros con las estampas andaluzas (el sur protagonista de la cinta: la nostalgia aniquiladora) y un enigmático recibo de una conferencia telefónica: la última llamada del suicida. Espera un taxi que la lleve a la estación de trenes y así iniciar un viaje al pasado de su padre, a la tierra de la juventud de este, a los motivos que han hecho que se pegue un tiro. Un viaje hacia el sur. Y aquí llega el final de la proyección. Acompañando en su melancolía al difunto Agustín Arenas, el espectador, abatido a fotogramas, vencido por el buen cine, contempla satisfecho la aparición de los títulos de crédito. Obra maestra.
Sin embargo, en esta ocasión, al fin del programa le sucede una entrevista realizada a Víctor Erice. Relata el director, con cierta pena a pesar de los años pasados (25), que la película permanece inacabada. De los días planificados de rodaje, sólo se alcanzó la mitad de ellos. El productor, Elias Querejeta, se presenta en Santo Domingo de la Calzada (el rodaje tiene varias localizaciones: Zamora, Ezcaray, Estella, etc.) y le comunica al director que hay que dar por finalizado el rodaje con el material que se ha rodado hasta el momento. La puta pela. Eso sí, acuerdan montar una primera versión y más adelante finalizar la copia definitiva. La historia según la marca el guión: pacto de caballeros. Tras la participación en Cannes y el éxito de su estreno en España, el productor se desdice. Mejor no tocar, a ver si nos la vamos a cargar. El autor traicionado.
Cuenta Víctor Erice, en una maravillosa sucesión de spoilers de una proyección imaginaria, cómo era el deseado retorno al sur. La hija encontró bajo la almohada de su cama el péndulo de su padre como el encargo póstumo de realizar el viaje de retorno que el nunca se atrevió a llevar a cabo. En Carmona, tierra de su familia paterna, Estrella descubrirá a su oculto hermanastro Octavio, fruto del romance de su padre con la actriz Irene Ríos, y surgirá entre ambos un cierto amor incestuoso: el fin de "El sur" será un cierre de puertas entornadas, una atadura de cabos sueltos. El joven ha sido educado por un tío que iba a interpretar Fernando Fernán Gómez, en lo que se supone que sería otro gran papel del ya mítico actor. Suponer, porque la emoción que emplea el director al contar lo que no fue, es tan grande, tan buenas y meditadas sus explicaciones, que al espectador no le quedará más remedio que pensar, al final de la charla, que sí, que ha visto "El sur" acabado. El montaje del director que nunca fue rodado.
Genuino momento cinéfilo.

sábado, noviembre 01, 2008

"Z", de Costa Gavras

Cine político. Un diputado de izquierdas (interpretado por Yves Montand) es asesinado a la salida de un mitin. Los poderes fácticos (¿qué narices significará fáctico?) ven en la figura de ese político, que habla de libertad y pacifismo, un riesgo, un ataque a sus privilegios adquiridos a través de la imposición, del terror: propaganda y mano dura para perpetuarse en el poder.
La película es del año 1969 y está llena de espíritu sesentayochista. Al principio cuesta situar la trama en un país determinado. Europeo, seguro. A primera idea Francia, sólo sea por el idioma de la película, o incluso España, ya que el guionista es Jorge Semprún: en ambos países podría darse fácilmente un magnicidio de esas características en aquellos años. Pero la nacionalidad del director y las referencias a la monarquía (incluso la típica foto de despacho oficial: un rey y una reina, aunque sus rostros tapados por el intencionado reflejo de un foco) desvelan que el atentado se produce en Grecia.
Así, la película está basada en un suceso real: el político asesinado es Gregoris Lambrakis, lider del movimiento pacifista griego. En aquel tiempo los militares de ultraderecha tenían mucho poder (pocos años después se iniciaría una dictadura militar, aquella que terminó llevando al exilio a Constantino, el hermano de la reina Sofía) y veían todos los ismos (socialismo, comunismo, pacifismo, anarquismo) como una plaga que había que exterminar. En concreto la plaga del oidio, un hongo que ataca las viñas y que, de forma muy didáctica, se muestra a un grupo de militares al principio de la película cómo se combate. El oidio. Casual.
Dos matones de lumpen montados en un motocarro al que llaman el "kamikaze" irrumpen entre la multitud y, sin detener el vehículo, golpean con una porra en la cabeza del diputado que morirá en un hospital pocos días después. La investigación posterior destapará una trama urdida entre grupos de ultraderecha, militares conservadores, policías corruptos y jueces marioneta. La maestría del director convierte la trama en una sátira descarnada del proceso policial y judicial en el que se afirma la imposibilidad de alcanzar cualquier clase de justicia. Los tentáculos del poder alcanzan cualquier rincón y sus cloacas llegan a todo y a todos.
Hope
, proclama Barack Obama, invadiendo con esa pretendida consigna revolucionaria las pantallas de los televidentes, a golpe de talonario, claro. El discurso dialéctico de dos candidatos reducido a que uno quiere aumentar los impuestos y el otro reducir el gasto. Poco más. Si a Obama lo asesinaran antes del martes no creo que fuera por sus ideales, como le sucedió a Lambrakis, si no por motivos aún más estupidos: el color de su piel (si a Obama se lo cargan mañana, yo no tengo nada que ver, que conste; es más, ojalá gane).
La película se aleja de los parlamentos y las tribunas para mostrar la política de calle, el poder del mensaje directo. Las masas enfervorecidas, de uno otro bando, que se lían a golpes ante la pasividad policial: la dialéctica de los puños. El candidato convertido en héroe del pueblo, que sabe que se la juega en cada frase, en cada gesto, que se encamina hacía la muerte en una plaza sin escoltas ni defensas. El mártir inevitable.
Indispensable película.

El significado del título: the large Z, referring to the popular Greek protest slogan "Ζει" meaning "he (Lambrakis) lives."

sábado, octubre 25, 2008

Novela. "Los amigos del crimen perfecto", de Andrés Trapiello

Crimen perfecto: aquel que la sociedad no castiga.
En el ámbito literario o cinematográfico (=cine y novela negra) el crimen perfecto se considera un logro intelectual del delincuente: conocidas todas las circunstancias e identificado el criminal, es imposible encontrar la prueba concluyente: In dubio pro reo. "Zodiac" de David Fincher, podría servir de ejemplo.
Otros crímenes llegan a la condición de perfectos porque nunca se llegarán a juzgar: echar tierra sobre el asunto. Echar tierra y no sacarla.
Dice el escritor: "A la democracia no ha llegado todo el mundo de la misma manera. Los hay que han llegado frescos, limpios, en magníficas barcas de salvamento. En cambio otros han llegado derrotados, extenuados, como los náufragos, y algunos no han llegado, devueltos por el mar, ya ahogados. Lo que no se les puede decir ahora a los náufragos es que costeen de su dinero y de su dolor los cruceros de placer en los que han viajado tantos durante estos años".
Ni condenas, ni castigos ¿para qué? Sólo justicia: culpable o inocente. Echar luz en vez de tierra. Ya toca.

domingo, octubre 19, 2008

Cortometrajes. "IX Semana del Cortometraje Español".

Una invitación a una proyección de cortos es como recibir la caja de bombones de Forrest Gump (socorrida metáfora, me apuntan: cada vez es más complicado disimular las carencias irresolubles de un pobre intelecto). No sabes que te vas a encontrar, pero suele merecer la pena el riesgo: en más de una ocasión te encuentras una delicia que te hace preguntarte por qué se tarda 120 minutos en contar cosas que se abordan perfectamente en un cuarto de hora. De los cuatro días que duraba el ciclo, sólo pudimos asistir a uno. Cinco cortos: "Miente", inmigración y prostitución; "La aventura de Rosa", flechazos e indecisiones amorosas; "Machu Picchu", inmigración y racismo; "Padam...", inmigración y citas a ciegas (podrían haber hecho un ciclo propio sobre inmigración: los dramas cotidianos de los ciudadanos en tránsito); "Heterosexuales y casados", el viaje fatídico de la vida en pareja.
Me quedaré con dos, "Machu Picchu" del director salmantino Hatem Khraiche Ruiz-Zorrilla y que me pareció el mejor realizado de todos (en este destaca también la actuación de Cesáreo Estebánez, inmejorable papel de militar chusquero retirado) y "Heterosexuales y casados" de Vicente Villanueva.
"Heterosexuales y casados" se puede llegar a confundir, a primera vista, con un pase de "Escenas de matrimonio", la serie que hace furor en la cadena amiga. Situaciones de pareja, entre la tragedia y el esperpento, provocan la risa de un público que se ve reflejado en la pantalla más de lo que sería defendible sin rubor. Pero el relato del corto sabe ahondar en esas crisis cotidianas hasta mostrar la destrucción absoluta de las relaciones típicas, que se han distinguido siempre por derivar entre la pasión, los celos, el desdén, la costumbre y el odio. Enemigos íntimos. El hombre moderno evoluciona de heterosexual a metrosexual y, como única posibilidad final, a autosexual: Narciso posmoderno: nadie te quiere como te quieres a ti mismo, así que ¿para qué complicarse?. La historia acaba con genuino sabor hispano: acaba mal, claro.
Brilla en el corto, sin duda, la actuación de la protagonista Guadalupe Lancho. Su personaje parece pintado en cada fotograma por el rotulador de Robert Crumb: rotundo. Entregada en su papel hasta más de lo razonable en un trabajo en el que, como se anuncia al principio, nadie cobra. El camino del éxito está plagado de zancadillas y decepciones y en este caso no sobreviven los más fuertes, si no los convencidos del nivel de su talento. Rodar y rodar, y no me estoy refiriendo a la ranchera, si no a aprovechar cualquier ocasión para ponerse delante de una cámara. Esta actriz demuestra ambas cosas: persistencia y talento. Su aspecto puede ser un escollo: los estereotipos traicionados por la calidad que trasciende del celuloide.

Enlazo "Heterosexuales y casados". "Machu Picchu" no lo he encontrado.

"HETEROSEXUALES Y CASADOS", de Vicente Villanueva (1ª parte)


"HETEROSEXUALES Y CASADOS", de Vicente Villanueva (2ª parte)

domingo, octubre 12, 2008

Exposición. "Rock My Religion"


Una lista de lo que se puede ver/escuchar en la exposición:
  • The Rolling Stones
  • Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band
  • The Velvet Underground and Nico
  • Hello Again
  • God Save The Queen
  • Jimi Hendrix, quemando su guitarra
  • Some Girls
  • The Clash
  • Ian Curtis
  • Sid y Nancy
  • Warhol
  • Sweet Child o'Mine
  • Lou Reed
  • Love Will Tear Us Apart
  • Guns N' Roses
  • London Calling
  • The Factory
  • Sticky Fingers
  • Black Sabbath
  • John y Yoko, Two Virgins
  • Sonic Youth
  • Gimme Shelter
  • Patti Smith
  • The Cars
  • Joy Division
  • "Simpathy For The Devil", Jean-Luc Godard
,etc.

Rock, my religion.
Así es.
Y esta tarde el DA2 parecía su catedral.

Blog del DA2

"El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford", de Andrew Dominik

El título suena como el romance de cordel que el ciego va a recitar en la plaza, un día de mercado, a cambio de la generosa limosna de la concurrencia. Bandoleros de andanzas muchas veces relatadas, que recorren las generaciones: cuentos de lumbre que desbordaban las fantasías sin envilecer por la saturación visual indiscriminada del tubo catódico. Las correrías salvajes de cualquier forajido reunían los clásicos ingredientes de cualquier best seller moderno: crímenes, traiciones, intrigas, romances. Tan grande fue la raíz que la historia de alguno de ellos echó entre sus congéneres, que sin el menor esfuerzo ha llegado a nuestros días.
Hasta hoy Jesse James tenía la cara de Kris Kristofferson en "Los últimos días de Frank and Jesse James". Con barba Jesse James, afeitado Billy el Niño ("Pat Garrett & Billy the kid"), aunque en mi imaginario particular la cara de este último es sin duda la de Paul Newman en "El zurdo" (el ínclito William Bonney seguro que me lo agradece, asombrado por reflejarse en la cara del guapo Newman; ambos tienen ahora la oportunidad de compartir impresiones desde el otro barrio). Ahora es Brad Pitt el que hace el papel: hay que mostrar la faceta más violenta y paranoica del personaje y el actor tiene que darle la dosis justa para no estropear la leyenda del Robin Hood norteamericano (sobre todo en los estados del sur de Estados Unidos, ya que Jesse James era un héroe para el bando confederado: los maquis de los yanquis). Lo hace muy bien. Casey Affleck será, a la perfección, el cobarde Ford, el traidor mezquino y miserable odiado por todos: la bala que nunca se oye para Jesse James.
Robert Ford asesina al ídolo de la juventud, muerte necesaria para alcanzar la madurez. Matar al padre, que dicen los psicoanalistas. Y, de paso, parasitar la inmortalidad.

sábado, septiembre 20, 2008

"The Fountain", de Darren Aronofsky

Hace poco leí sobre el tiempo perdido en el tiempo ganado y esa reciente lectura me hace vincular esta película a ese tema. La búsqueda de la inmortalidad es ganarle la partida al tiempo, claro. Pero nadie quiere pasar esos años regalados, robados, convertido en una momia centenaria que pasa sus días postrada en un lecho: olor a naftalina y vinagre. La fuente de la eterna juventud (nada de muere joven y deja un cadáver bonito: que el cadáver sea bonito y cuanto más tarde mejor) será el mítico El Dorado. Pero el adjetivo eterno no resulta nada atractivo: ¡qué pesadez!. Es de lo que cualquiera escapa en una tarde aburrida (=eterna). Connor McLeod es el único inmortal superviviente tras siglos de luchar a espada en "Los inmortales" de Russell Mulcahy y, victorioso, reclama su premio final: el derecho a morir. Eutanasia o muerte sin sufrimiento (lo de muerte digna no lo entiendo: no creo que haya muertos indignos: esos ya no se preocupan; lo de agonizar sin dignidad, eso lo entiendo muy bien), que es lo que significa el término, aunque de todos modos muchos nos vamos como llegamos, dando gritos y llorando. Antes de ese momento, durante el tiempo que a cada uno le va a tocar gastar, cada cual se cuidará mucho de decidir bien donde emplearlo.
De este gran director (acaba de llevarse el León de Oro de la Mostra de Venecia por "The Wrestler") es la peor de las tres que ya he visto, lo cual no quiere decir que la película sea mala, si no que no alcanza el esplendido nivel de las otras dos: "Pi" y "Requiem por un sueño". "The Fountain" la protagonizan Rachel Weisz, a la que le basta esbozar su dulce sonrisa para llenar un fotograma, y Hugh "Lobezno" Jackman, al que en esta ocasión le cortaron sus tres garras. Enferma terminal ella, investigador médico enamorado él: tono sensiblero. El se siente terriblemente culpable (más allá del dolor) por no haber ido con ella de paseo una tarde de nevada que ella se lo pidió, poco antes de morir (¡hala!, ya conté que se muere). Esos pespuntes dramáticos me recuerdan aquel anuncio que promocionaba el cine español ironizando sobre la desgracia de un niño que está triste por que su padre no ha ido a verle jugar al beisbol (caracoles, caracoles). Sentimentalismo de todo a 100 como recurso comercial descarado. Si Hugh Jackman hiciera el papel de un borracho putero y maltratador que se gastaba al poker la pasta para las medicinas de ella, el remordimiento que le aflige estaría bastante más justificado. Pero el motivo de no ir de paseo es que su vida está ocupada en la búsqueda desesperada de una cura para el tumor que está matando a su mujer. En fin, el rollo ese del tiempo que contaba al principio.
La película tiene una parte fantástica muy amplia para que la historia no se quede en una trama de las típicas de Meg Ryan o Julia Roberts. Se trata de una rara mezcla de cultos mayas, budismo tibetano e inquisición española (leyenda negra hispana como tópico al uso de representación del mal que emerge de las religiones), muy espiritual pero que tampoco acaba de convencer, con mucho de búsqueda intelectual (como en "Pi") y de los riesgos de la ciencia (el moderno prometeo: en "Pi" se castigaba al que se asomaba al conocimiento absoluto). Y aunque es una parte que lía más que explica, muy bonitas las imágenes. Eso sí.

miércoles, septiembre 10, 2008

"WALL-E", de Andrew Stanton


vida.

(Del lat. vita).

1. f. Fuerza o actividad interna sustancial, mediante la que obra el ser que la posee.


El ser humano abocado a la extinción como una especie más: todas terminan por desaparecer por una u otra causa. La última esperanza reside en la fuerza vital de un robot abandonado durante siglos entre los despojos de un planeta anegado de basura. Robinson Crusoe y su fiel cucaracha Viernes. La inteligencia artificial dedicada a la elaboración de algoritmos de supervivencia, de lograr un autómata autónomo que lleve a cabo su misión indefinidamente: hay mucho que limpiar y una máquina que dura setecientos años a pleno rendimiento, justifica cualquier inversión: la utopía del movimiento continuo. Tarea inútil de cambiar la mierda de sitio, de colocarla, de reducir su espacio, de disimularla, como barrer las pelusas del suelo para esconderlas debajo de la alfombra. La empresa privada, uno de los villanos preferidos de la ciencia ficción, se ha adueñado del mundo y ha pensado en todas nuestras necesidades (el discurso moderno del crecimiento sostenible suena como la oración de ánimas que las mujeres de La Alberca pronuncian al anochecer entre toques de esquila: marketing de cementerio). Si este planeta ya no vale, nos hacen otro y ya está, que siempre andamos quejándonos de todo. Consume hasta morir.
Replicante en busca de sentimientos, pistas, respuestas. Roy Batty asesina a su padre ajedrecista pero Wall-e no tiene impulsos homicidas, esa instrucción no figura en su código fuente. Su evolución (algoritmos genéticos: intuición darwinista) le conduce por derroteros de comportamiento humano, senderos de empatía entre pasos de baile y estallidos de burbujas de embalajes: robot, maduro por obsolescencia, busca ente tecnológico afín para entablar amistad. Y si la máquina es capaz de acercarse a la deducción y el aprendizaje, al cariño y la ternura, también es capaz de caer en la locura, locura cibernética que introduzca el caos necesario para que brote la lucidez: alguien voló sobre el nido del cuco de la clínica para automatismos desahuciados.
Las máquinas cuidarán de los últimos restos de la humanidad como la tía solterona que se encarga de acompañar el final de una abuela moribunda, simplemente por tener una misión que cumplir, algo que hacer, un motivo para levantarse por las mañanas. Humanidad agonizante atrapada en un cuerpo mórbido: sanguijuela insaciable hinchada hasta la invalidez. Y el esclavo acaba convertido en el amo, con la referencia inevitable al HAL 9000 de "2001: una odisea del espacio" de Stanley Kubrik (y también la música de Richard Strauss, claro).
Suficientes elementos para considerarla una obra maestra del cine de animación, donde más allá de unos personajes dedicados al público infantil (en su momento pensé que era una continuación de aquel "Cortocircuito" de John Badham; afortunadamente, no, pero el cacharro se parece mucho) anida una historia potente, fascinante. Una gran película.
(Me leo y me doy miedo: igual me he pasado un poco con el tono trascendente. De hecho, si le preguntas a Alicia que de qué va la película, te dirá que es la historia de amor de Wall-E y EVE. La típica comedia romántica, en fin).