martes, julio 21, 2015

"Del revés", de Pete Docter y Ronaldo del Carmen

Película terrible: la trayectoria demoledora del tiempo, el giro inmisericorde y rotundo de las agujas del reloj. Recuerdos dorados condenados a sobrevivir teñidos de melancolía, fantasmas de momentos felices que sabemos que nunca volverán: sólo podemos bañarnos una vez en el mismo río. El cedazo de la memoria selecciona nada más que unas pocas semillas, sin que sepamos a qué obedece su caprichoso criterio, para plantarlas profundamente en nuestro cerebro y hacerlas germinar en una raigambre que dirigirá, casi sin que se note, la toma de decisiones definitoria del carácter de cada cual. Sin embargo ese limo primordial, pozo de experiencias, puede servir también de suave bálsamo con el que aplacar el dolor de las heridas: me recojo en la templanza de la tregua que me da la anestesia del recuerdo. Vivimos de los recuerdos y nos alimentamos de ellos.
Miedo, asco, ira, alegría, tristeza. Sentimientos básicos, cinco colores que mezclar en una paleta para terminar formando una escala de grises más coherente con la mediocridad cotidiana de la edad adulta. De repente, un trauma. La crisis como oportunidad, como forma de avance, dicen, sin avisar de que ese impulso lo da la desesperación, no la reflexión: la crisis te empuja porque no te queda otra opción, eso o la nada: cuestión de supervivencia: amarga victoria. Llegó la pérdida de la inocencia. La primera etapa pictórica de nuestra vida concluye destruyendo todos los cuadros pintados: ni la técnica, ni el estilo, ni mucho menos los modelos, volverán a ser los mismos. Otra vez a aprender a pintar.
En un momento de la proyección, el nutrido público infantil de la sala, excesivamente infantil, amenaza con ser sepultado bajo el peso de un vocabulario que parece salido del verbo cadencioso de un episodio del programa "Redes" de Eduard Punset. Recordaba a un antiguo documental Disney, "Nuestro amigo el átomo", nada menos, o aquel dibujo animado de la televisión ochentera, "M. I. M., Mi Inteligente Muñeco". Para contrarrestar el mensaje subliminal de neurociencia de la película, parece que existe un ánimo de forzar el candor de algunos personajes, como en el elefante "invisible" Bing Bong o en el exceso de colorido del celuloide, señales que encienden la alarma de que la película termine pareciéndose a la reciente "Home. Hogar dulce hogar" de Tim Johnson, por ejemplo. No, otro Disney moderno no, por favor.
Y no. De repente se enciende el flexo de Pixar, muchos años olvidado en el trastero, y la trama despega hacia otra parte, hacia esos rincones que esta productora de dibujos animados iluminaba como nadie cada verano, y las lágrimas de los mayores, de los arrasados por la memoria, de los únicos capaces de reconocer el momento y de reconocerse en él, fluyen al fin. El alivio del llanto, tan necesario, tan inoportuno.

miércoles, julio 15, 2015

"Mad Max: Fury Road", de George Miller

Treinta años después, una continuación de la saga. Se puede pensar que es innecesaria, más allá del beneficio taquillero que seguro que reporta este espectacular nuevo episodio, pero quedaban tan lejanas ya aquellas marabuntas del motor, aquellos chiflados en sus locos cacharros, lanzados en persecuciones suicidas repletas de explosiones, acción y violencia, que se agradece el revival. Y mucho. Si encima la dirige George Miller, responsable de todas las entregas realizadas hasta el momento, más aún (gran virtud no haber abusado de infografía y que los vehículos tengan consistencia real: humo, aceite y acero).
Es curioso ver cómo ha ido cambiando el entorno depredador de "El loco" Max. En la primera se percibían vestigios de un mundo civilizado que se estaba desmoronando a pasos agigantados. El público que acudía al cine en 1979 tenía pocos motivos para el optimismo. La segunda crisis del petróleo sacudía con fuerza la economía mundial, impulsada por motores de gasolina, al disparar el precio del crudo hasta el triple de su valor previo. Por otro lado, el reloj del apocalipsis nuclear, implacable baremo del grado de conflicto durante la Guerra Fría, seguía con las agujas muy cerca de la medianoche. De aquel espíritu bebe sin freno "Mad Max: Salvajes de la autopista", y su estética nihilista y postpunk tiene sus referentes en autores de cómic distópicos como Moebius, Richard Corben, Jodorowsky y otros, que en la época dejaban constancia de su arte en revistas míticas como Métal Hurlant o Totem. En las siguientes partes el panorama empeora sin remedio. De la refinería, acosada como un fuerte del far west, de la segunda película, "Mad Max 2: El guerrero de la carrtera" (recuerda a lo que se hizo más tarde en "Waterworld" de Kevin Reynolds, muchas similitudes, pero desierto de agua salada en ese caso), a la bulliciosa Negociudad de la tercera, "Mad Max, más allá de la cúpula del trueno": Tina Turner, en la cima de su popularidad, interpretando a la reina del saloon (la Vianna de "Johnny Guitar" de Nicholas Ray: mujer que domina un territorio de hombres salvajes) en una especie de indómito poblado minero que requiere mucha mano dura para seguir funcionando: duelos singulares para dirimir diferencias y ruletas de la fortuna para decidir destinos: el juicio de Dios sigue impartiendo justicia tras el fin del mundo. Niños perdidos y mitos fundacionales. Los guiones de las aventuras de Mad Max siempre han estado bien rematados.
Y en la cuarta el ecosistema evoluciona hacia la cultura mística de La Ciudadela: el Motor es la divinidad suprema, los símbolos de sus sacramentos son el volante, los pistones, el cromado o el V8, y el líder absoluto, el sumo sacerdote Immortan Joe, parece sacado de las portadas de los discos de Motorhead, Megadeth o Iron Maiden: estética metalera como una consecuencia obvia para la saga: las crestas mohawk pasaron a la historia. La Ciudadela es una colmena bien organizada, donde cualquier ser humano ha sido reducido a la condición de insecto, destinado desde niño a ocupar una casta uniforme en aspecto y funcionalidad, prescindible en su anonimato. No hay civilización sin revolución, ni revolución sin héroe, y de nuevo surge, procedente de ninguna parte, el australiano errante, más antihéroe que héroe, entre el altruismo y la lucha por la propia supervivencia, condenado a vagar eternamente por el desierto. ¿Quién es Mad Max? ¿Tom Hardy? ¿Charlize Theron? Quizás sean los dos, quizás no lo sea ninguno. Me temo que Mel Gibson sea el único actor capaz de portar el nombre del loco, el de un lunático de mirada tan alucinada como desvalida, que trasmitía eficazmente sentimientos de dolor y desesperación: el trauma iniciático y sin retorno que consumía sus días. El loco que hace tres décadas dejó una huella cinéfila imborrable.

martes, julio 07, 2015

"Perdida", de David Fincher

Sostenía Luigi Pirandello que somos la suma de la mirada de los demás, lo que los otros ven en uno y no lo que uno piensa o sabe que es. Ese aforismo relativista es aún más cierto en el caso de que tu profesión sea la de actor, claro: conocemos a esa gente porque aparecen en una pantalla interpretando a un personaje, y, por tanto, mintiendo, lo cual hará muy complicado que nos hagamos una idea cierta de quién es la persona detrás de la actuación, ese trabajador del séptimo arte que tendrá una vida propia al terminar los rodajes. Sólo podríamos juzgar, por ejemplo, si el personaje, Nick Dunne, la creación del guionista, es una buena o mala persona, pero no si lo es Ben Affleck (de Affleck lo que podemos calibrar es su actuación: más adelante). Y nuestro juicio también sería mentira, al menos hasta que termine la película y el director tenga la bondad de darnos un veredicto fundamentado: nuestra sociedad de la información inmediata y ubicua, pero poco meditada, tiene el vicio de dictar sentencia, de confundir imputado con culpable, detenido con condenado, un cruel epitafio para el piensa mal y acertarás: los prejuicios que, como su propio nombre indica, se realizan sin esperar al juicio, esa facultad humana tan desconocida. Como caricatura del tribunal mediático que las televisiones ejercen a diario, sin la menor cordura, "Perdida" alcanza su mayor valor.
Chasing Amy. Ben Affleck ya buscó una Amy una vez, en "Persiguiendo a Amy" de Kevin Smith. Reviso lo que escribí en aquella entrada, una de las primeras en el blog, hace más de una década, y mi apreciación acerca de la labor de Affleck en la película fue realmente pésima. Poco ha cambiado esa valoración. Siguiendo a Pirandello, resulta que la suma crítica mayoritaria sobre el actor Ben Affleck, por lo que he leído durante estos años, es bastante pobre: la gente no ve a Affleck como un actor, ciertamente. Será otra cosa. Basta que se diga que va a ser el próximo Batman, para que los seguidores de las aventuras del Hombre Murciélago sufran un repentino corte de digestión. Para mí es un tanto haragán: no le veo esforzándose en exceso ante la cámara y quizás sea la herencia laboral de aquellas películas a las órdenes de Kevin Smith, comedias gamberras y tontunas con las que se hizo famoso y que sólo le exigían salir guapo y pasota. Sin duda la ocasión en que le vi emplearse más a fondo fue en "Argo", como si trabajar para uno mismo fuera el acicate necesario para poner el despertador y salir de la cama temprano.
Perdida o pérdida. Tras la formidable "Zodiac", las películas que ha realizado David Fincher no han logrado asombrarme como sí lo hizo en el pasado: ni "El curioso caso de Benjamin Button", ni "La red social", ni "Perdida". Mi admiración por Fincher ha ido disminuyendo a la par que reventaba taquillas, curiosamente. En "Perdida" no es únicamente que no me haya convencido Affleck, es que el guión tiene unos agujeros del tamaño de Iowa, lo cual es poco acertado a la hora de poner en celuloide la elaboración de un thriller criminal. Leo que el guión corre a cargo de Gillian Flynn, la escritora de la novela en la que se basa la película, bestseller que, me chiva Internet, desbancó a "Cincuenta sombras de Grey", nada menos. De la experiencia anterior como guionista cinematográfica de Flynn no me aparece nada, lamentablemente. Ah, pero sostiene haber visto "Psicosis" un millón de veces. Ay, Pirandello.

lunes, junio 29, 2015

"La mujer del chatarrero", de Danis Tanovic

Veo, fascinado, la escena del desmembramiento del coche, y pienso en tramperos atrapados en el invierno, al borde del círculo polar ártico, en un territorio salvaje y despiadado, hombres alejados de cualquier tipo de civilización, que despedazan la reciente pieza de caza, carne de fortuna. El chatarrero convierte en chatarra su propio vehículo como el explorador que sacrifica su caballo, en la última frontera, para sobrevivir un día más. Pero el chatarrero vive aquí cerca.
Veo al chatarrero retroceder a la ocupación primigenia de cazador-recolector, la misión paleolítica de recorrer el entorno jornada tras jornada para conseguir, honradamente, un puñado de euros con los que alimentar a los suyos, cortar leña furtivamente para procurarles un hábitat mínimo que deje el frío más allá de las ventanas, despojarse de todo lo que tiene para pagar la luz que evite vivir en tinieblas hasta el amanecer y, sobre todo, cubrir un vergonzoso gasto sanitario (el mismo día que leo a Paul Krugman dar hurras por el "Obamacare": parece mentira que haya que darlos), auténtico Leitmotiv de esta cinta, verídica y amarga. El chatarrero vive a la vuelta de la esquina, aunque la película dice que es en Bosnia Herzegovina: malvive en las cercanías del opulento régimen económico europeo, en cualquier caso.
Veo el mismo fin de semana otro DVD, que también trata de relaciones de pareja: "10.000 km" de Carlos Marques-Marcet, reciente premio Goya a la dirección novel. El contraste es tan denso entre ambas historias que, me temo, "10.000 km", pretendido relato de "la crisis", se va llevar el palo: elogio de la imbecilidad: decir que estos pijos barceloneses bienalimentados están en crisis (no me queda tampoco más remedio que salvar la actuación de Natalia Tena, gran actriz), ya sea laboral o de pareja, supone un insulto a los personajes reales de Danis Tanovic. Supongo que "10.000 km" intenta tomarse en serio a sí misma, pero sólo consigue el retrato de una pasión vacía, drama tecnificado y aburrido, el cénit de una generación agobiada porque la hicieron creer que eran los reyes del universo, un prodigio etéreo y falso, y que no está dispuesta a despertar del jet lag de sus ambiciones truncadas. Puestos a comparar, sería más justo poner en valor "10.000 km" contra la excelente "Stockholm" dirigida por Rodrigo Sorogoyen, ganador del mismo premio en los Goya del año anterior y que, con supuestos similares (y en ésta la actriz que deslumbra es Aura Garrido), no titubeó a la hora de dejar claro el mensaje: la fiesta se acabó.

jueves, junio 18, 2015

"The drop (la entrega)", de Michael R. Roskam

Las novelas del escritor Dennis Lehane han dado lugar a espléndidas adaptaciones cinematográficas, películas que han brillado con fuerza en el panorama cinéfilo, como pueden ser "Mystic River" de Clint Eastwood o "Shutter Island" de Martin Scorsese. Sus tramas ofrecen una profunda penetración psicológica en los personajes, apartando capas y capas de encubrimiento social hasta descubrir las verdaderas motivaciones, oscuras y violentas, de sus actos. Historias adornadas en ambientes lumpen, preferentemente de los que celebran el día de San Patricio por todo lo alto, el ecosistema tácito y contenido del barrio obrero, tradicional, donde todo el mundo sabe y donde todo el mundo calla, la justicia al margen de la ley y una corona de flores en cada farola fundida: los cadáveres de los chivatos beben cerveza negra sentados en el bordillo del callejón.
En "The drop" esa jungla urbana fija su acción en un epicentro geográfico indiscutible: el bar, por supuesto: más importante que la iglesia, que el lugar de trabajo, que el hogar familiar: el bar de uno. Cousin Marv's se denomina el garito, y al tal Marv lo interpreta James Gandolfini, entregando al celuloide la última muestra de su talento, tan prematuramente perdido. Un primo Marv perfecto, de nuevo el papel de delincuente inseguro o de ciudadano tentado por el crimen, asaltado por las dudas, figura de la que logró construir un arquetipo televisivo en la serie "Los Soprano". Sólo por contemplar a Gandolfini en su inesperado epílogo, merecería la pena ver "The drop". Adiós, maestro. Pero la película, magnífico thriller criminal, está llena de actuaciones notables, la de una generación de potentes actores treintañeros, como si el rotundo carácter de Gandolfini se hubiera apartado para dar paso a un caudal incontenible de savia nueva, que está abordando la taquilla con paso firme: Matthias Schoenaert, Noomi Rapace y Tom Hardy.
Matthias Schoenaert, actor belga que descubrí en "De óxido y hueso" de Jacques Audiard, que ya sirvió a la órdenes del director Michael R. Roskam (belga también) en "Bullhead", donde no dejó duda de su talento, y que anda en cartelera con "Suite francesa" de Saul Dibb y "Lejos del mundanal ruido" de Thomas Vinterberg, nada menos. Noomi Rapace, sueca (de madre, pues su padre fue un cantaor de Badajoz llamado Rogelio Durán), que encarnó a Lisbeth Salander para llevar al cine las celebérrimas novelas negro-nórdicas de Stieg Larsson, un papel que catapulta directamente a la fama: no sólo eso, más adelante tomó el relevo de Sigourney Weaver, nada menos también, para combatir extraterrestres poco amistosos en "Prometheus" de Ridley Scott. En cuanto al británico Tom Hardy (vaya, la acción transcurre en Brooklyn, pero ninguno de los tres parece que tenga mucha relación anterior con el barrio), la referencia estaba en "Warrior" de Gavin O'Connor, notable cinta de peleas en el ring, entre el melodrama de boxeo y las más macarras de artes marciales de Van Damme, a la que se añade su, irreconocible, papel del villano Bane en "El caballero oscuro: La leyenda renace", tercera entrega de los Batman de Christopher Nolan, para el que también trabajó en "Origen". Ahora se le puede ver (aún no lo he hecho, pero espero hacerlo pronto) como el Max Rockatansky del siglo XXI, heredero del cuero polvoriento de Mel Gibson, para "Mad Max: Furia en la carretera" de George Miller. Nada menos, sí, y van tres. Nada más.

miércoles, junio 10, 2015

"Tierra prometida", de Gus Van Sant

La película del fracking: todo lo que usted siempre quiso saber sobre el fracking y nunca se atrevió a preguntar. ¿Qué es el fracking? Una definición tan sucinta como rotunda es la que una vez escribió mi amigo Pablo: el fracking es caca. Algún otro pensará, y defenderá, que se trata de una fuente de energía que hay que explotar y aprovechar, un recurso natural en el subsuelo de países que, hace tiempo, esquilmaron las reservas de cualquier cosa al alcance de la mano que se pudiera vender. Y ahí se puede encontrar el principal problema: la voracidad: maximizar el beneficio a base de reducir costes y relajar a la vez las mínimas precauciones y márgenes de seguridad que cualquier explotación industrial debe respetar sí o sí: en ocasiones es no. La economía mundial está al servicio de un grupo de ancianos residentes en el perpetuo verano de Miami, bronceados jubilados que exigen el mayor rédito a sus milmillonarias cuentas y a sus laberínticos entramados financieros: si la gráfica no sube hasta perforar el techo, te vas a la calle: búscate la vida y haz lo que tengas que hacer, que yo me voy a echar otros nueve hoyos.
Matt Damon y Frances McDormand interpretan a una pareja de representantes de una compañía gasística estadounidense. Su trabajo es convencer a granjeros del interior del país de que les vendan sus tierras, a sabiendas de que perforando debajo de ellas e inyectando agua a presión mezclada con diversos componentes químicos, se obtendrá el preciado gas natural atrapado entre las rocas: el prado del abuelo es una mina, quién lo iba a decir. Más allá de los imprescindibles dilemas entre ecologismo y capitalismo, entre conservar la heredad o canjear el billete de lotería, la cinta aborda el retorno al origen, a la sociedad primitiva del buen salvaje dedicado al trabajo agrícola y ganadero: el yuppie despierta de la pesadilla alucinada del capitalismo de ficción y queda atrapado entre la virtud del arado y las nobles camisas de franela. De la oficina al granero. Y que cante el gallo.

jueves, junio 04, 2015

"Leviatán", de Andrey Zvyagintsev

Gulag. Aleksandr Solzhenitsyn lo escribió en "Un día en la vida de Iván Denísovich". Inopinadamente la novela atravesó la férrea censura soviética de los años 60 para que Nikita Jrushchov, héroe del cerco de Stalingrado (lo interpretaba Bob Hoskins en "Enemigo a las puertas" de Jean-Jacques Annaud: gran actor, recientemente fallecido, y gran director Annaud, aunque el adjetivo irregular le cae bien: ahora anda por ahí un estreno suyo, "El último lobo"), ventilara el régimen, abriera puertas para que corriera el aire y ajustara cuentas con los oscuros filos del bigote de Stalin: las purgas, la represión brutal, la paranoia anticapitalista, las cazas de brujas: vacaciones en Sibería a cargo de la denuncia más surrealista. En denuncias parece que se está especializando el director Andrey Zvyangintsev: así lo era en su anterior película, "Elena", extraordinaria, llena de silencios sutiles que contrastaban con actitudes rotundas. Y en denunciar progresa este Leviatán, la mascota de Dios (tienen su lugar en la cinta los popes ortodoxos: la religión como eterna tercera pata del poder), monstruo bíblico capaz de devorar el mundo: barcos rotos horadados por la constancia del salitre, osamentas de pecios, de ancestrales bestias marinas: la persistencia del tiempo y de la pena. El rayo que no cesa.
Siempre han existido excelsos practicantes del ejercicio del poder, la oligarquía como equipo de élite preparado para superar cualquier record a la hora de disparar las mayores barrabasadas imaginables en el innoble deporte de la codicia premeditada. Alcaldes elegidos democráticamente que se convierten en mafiosos impíos en cuanto tienen cerca la oportunidad de firmar un papel: la expropiación no es más que la ampliación del cortijo. Podría ser el burgomaestre de alguna capital castellana, empeñado en plantar áticos, pero en el caso de "Leviatán" el punto de mira se sitúa en una latitud y longitud muy superiores y unas formas más violentas: hasta en el último confín del mundo cuecen habas: comunistas reciclados en un curso acelerado de capitalismo salvaje: nuevos ricos con ejército privado y ningún escrúpulo a la hora de maximizar beneficios a cargo de la gestión pública (la reciente "Un toque de violencia", del director chino Jia Zhang Ke, también abordaba estas brutales transiciones hacia la economía de mercado: lo que era de todos no parecía mucho, pero en manos dispuestas, avarientas, se transforma en una espléndida multinacional).
Habrá que sacar el AK47 de debajo del colchón, atiborrarse a vodka, cazar al Leviatán en su guarida. Pero la ley del talión no pasará de la estéril venganza en efigie: acribillar a balazos retratos de antiguos mandatarios. Uno planea durante todo el metraje, uno que aún no se ha descolgado de la pared del despacho oficial, uno que parece que podría, si quisiera, poner orden: fama de mano dura no le falta. Otro Padrecito, me temo. Gulag y olvido.

jueves, mayo 28, 2015

"Donde la ciudad termina", de Martin Ritt

Al director Martin Ritt se le puede asociar, libremente, a William Faulkner por un lado de la cámara y a Paul Newman por el otro: "El largo y cálido verano", "El ruido y la furia", "Hud", "Un hombre". El resto de su extensa carrera cinematográfica se me pierde un tanto. "Donde la ciudad termina" es su ópera prima: también se puede asociar, sin tanta libertad sino por obligación, a dos películas previas: "La ley del silencio" de Elia Kazan y "Rebelde sin causa" de Nicholas Ray: turbios asuntos de estibadores de los muelles de Nueva York y chicos perdidos que se escapan de casa, insólitamente, en la América del Sueño, en la bonanza (no la de la familia Cartwright) de los años 50. La comparación con las obras maestras de Kazan y Ray sería desmedida: más pequeña, menos ambiciosa. Tampoco se podría poner a John Cassavetes en el pedestal de Marlon Brando o James Dean: Cassavetes dará lo mejor de sí cuando se convierta en director: puntal del cine independiente, una carrera de libertad creativa que abrió camino a muchos otros francotiradores camarógrafos. Sin embargo la cinta de Ritt aporta con gran fuerza una componente racial al drama, convirtiéndose en pionera a la hora de mostrar la relación de amistad entre un negro y un blanco en el cine: más aún, Sidney Poitier (éste sí merecería su lugar junto a Brando o Dean: "Adivina quién viene a cenar esta noche" de Stanley Kramer, "Rebelión en las aulas" de James Clavell, "En el calor de la noche" de Norman Jewison, "Semilla de maldad" de Richard Brooks: una carrera fulgurante la de Sidney Poitier: sin duda también fue pionero) es el que ostenta el rol superior: el hermano mayor de la televisión transportado al rudo ambiente portuario.
Una amistad tan profunda, tan sincera y desinteresada (¿Qué quieres de mí?, pregunta con insistencia el recién llegado Cassavetes a su benefactor, al poco de conocerse ambos, mosqueado por tanto interés protector), tan candorosa y juguetona que, en algún momento, se puede pensar si se llegaría a lanzar, en plena guerra fría, un misil del calibre de sobrepasar lo interracial para abordar lo homosexual. Rápidamente se busca mujer a uno y novia a otro y fin de la sospecha, compadre. La película no acaba de romper, algunas situaciones se vuelven artificiosas, los colegas no afinan su química (Cassavetes tiene unas facciones demasiado rotundas como para resultar convincente en su desamparo juvenil) y el drama termina de modo abrupto. Pero no por ello se dejará de disfrutar de un clásico intemporal, de nostálgicos ambientes neoyorquinos, de una fantástica fotografía en blanco y negro, de un formidable Poitier y del no menos sensacional secundario Jack Warden. Una pregunta cinéfila a la par que necrófila, no vale emplear el buscador: ¿Sidney Poiter sigue vivo? ¿Y Jack Warden? Cassavetes ya les digo yo que no. Murió prematuramente, en los años ochenta, con mucho cine dentro.

jueves, mayo 21, 2015

"Vengadores: La era de Ultrón", de Joss Whedon

De nuevo Joss Whedon al mando de la adaptación cinematográfica de los cómic del grupo de superheroes más formidable que nunca haya salido de una imprenta: lo escrito en su día para "Los Vengadores", hace tres años, aplica sin tener que cambiar ni una sola coma. Sí, más de lo mismo: de nuevo un malvado megalómano intentando culminar sus malévolos planes contra la desamparada raza humana, y de nuevo un esforzado, desinteresado, pero ni mucho menos indefenso, puñado de guerreros dispuesto a derrotarlo. Épica a raudales, característica definitoria del género que las capacidades técnicas del cine actual colocan al nivel de lo nunca visto, desplegando en la pantalla grandiosas batallas, espectaculares hasta el último fotograma, destrucciones masivas en las que Hulk sigue siendo el puto amo.
Esta entrega incorpora nuevos personajes (hijos de Magneto, sintezoides ingenuos y promesas de villanos) y verlos aparecer supone una emoción añadida para los que han disfrutado de horas y horas de devorar aventuras asombrosas editadas en papel barato. Es fácil: pasar las páginas de un catálogo infinito de misteriosos enmascarados dotados de facultades de semidioses y denominaciones de frenopático, señalar uno con el dedo y apuntarlo al club. Los Vengadores llegaron a tener decenas de miembros, altas y bajas en el grupo según la saga que tocara desarrollar, de modo que si se quisiera exprimir a conciencia esta gallina de los huevos de oro y aumentar el ritmo de producción de blockbuster de éxito seguro, los guionistas no iban a tener el menor problema a la hora de extraer tramas del baúl de los tebeos. La segunda parte de los Vengadores tiene el propósito loable de introducirse aún más en la psique de estos triunfadores que son un desastre en su vida privada. Incluso se intenta establecer conexiones sentimentales entre algunos de ellos: la bella y la bestia, la doncella que atrapa al unicornio. Y no falta mostrar las tenues barreras que separan al héroe del villano, al salvador del criminal de guerra, al ídolo del monstruo: un gran poder conlleva una gran responsabilidad y todo eso: los comic book se hicieron adultos cuando abandonaron plúmbeas tramas maniqueas y decidieron dotar de matices las esperadas viñetas semanales.
Queda también claro que las Gemas del Infinito son el Macguffin que sirve de hilo conductor de la inmersión cinematográfica en el Universo Marvel, al menos desde "Thor", dirigida por Kenneth Branagh en 2011. Las piedras de poder son un símbolo ancestral del ansia del hombre por poseer objetos mágicos, amuletos, talismanes, cualquier cosa que permita cumplir deseos y demoler barreras: la lámpara de Aladino, el Santo Grial o las bolas de dragón de Goku: fuentes de energía que, mal empleadas, pueden convertirse en un destructor total: fuerzas desencadenadas capaces de arrasar el planeta: pobre mono bípedo ahíto de sueños de grandeza. El héroe es el tótem antiguo que vence al demonio y que restablece el equilibrio, una figura intemporal que no pierde vigencia. Ahora se crece al margen de los tebeos, ay, el fin definitivo de la caballería andante, extinción de quijotes, y estos desheredados de la fantasía épica saben lo que se han perdido porque acuden en masa a presenciar este celuloide hiperrentable, una máquina de fabricar dinero que no tiene visos de querer parar. Por mí, que no lo haga.

sábado, mayo 09, 2015

"The Monuments Men", de George Clooney

Película basada en el contenido de un libro de historia del mismo nombre, de lectura recomendable. En él, escrito de forma muy amena por el estadounidense Robert M. Edsel, se detallan los esfuerzos de una sección del ejercito aliado, la MFAA (Monuments, Fine Arts, and Archives), grupo empeñado en preservar, al tiempo que el frente se desplazaba en dirección Berlín, toda catedral, iglesia o edificio histórico que aún se mantuviera en pie: bombardea un poco más lejos de este punto, por favor. También tenían como misión recuperar todo el arte expoliado por el avance imparable de las fuerzas alemanas en los años previos al desembarco de Normandía. Hitler, ese pintor fracasado, tenía, entre sus sueños de grandeza, el de crear en la ciudad austriaca de Linz el museo más grande y mejor dotado del mundo, el Führermuseum, diseñado por él mismo (aparece en la película la maqueta del proyecto, y la bóveda principal, majestuosa, trae rauda a la mente los volúmenes orondos dibujados por el francés Étienne-Louis Boullée, arquitecto francés del siglo XVIII, y con ellos una película magistral, "El vientre de un arquitecto" del Peter Greenaway). El retablo de la catedral de Gante pintado por Jan Van Eyck, la Madonna de Brujas de Miguel Ángel, El astrónomo de Jan Vermer, puntos señalados en un listado enorme: miles de obras dispuestas al capricho saqueador de los gerifaltes nazis, omnipotentes en territorio conquistado. Obras del hombre, irreemplazables, irrepetibles, objetos que se deben preservar a toda costa: más valiosos que cualquier pozo petrolífero, que cualquier yermo terreno fronterizo en disputa, que la megalomanía homicida, que la codicia iletrada (la reciente destrucción de los restos asirios de la ciudad de Nínive, milenarios colosos barbudos con alas y cuerpo de león, destrozados a golpes por la mano insensata de fanáticos opacos y prescindibles: desolación sin retorno).
Que George Clooney se fuera a hacer cargo de la adaptación cinematográfica del libro, no era mala noticia: buen director de cine, ya estaba demostrado. Pero debió pensar que abordar el tema con seriedad sería veneno para la taquilla: mejor realizar una película ligera, de aventuras en el frente, el pelotón chiflado y tal. Tanto no querer ser serio, que la cinta se convierte en una broma: una reunión de amiguetes actores que parecen encantados de juntarse unos días a rodar una película en Europa, a jugar a las batallitas, pero que no acusan el mínimo esfuerzo para dar salida a un guión bastante descolocado de por sí. Cate Blanchett parece la única dispuesta, tampoco mucho, a meterse en el papel, sólo sea porque tiene la misión de encarnar a Rose Valand, auténtica heroína universal en esta odisea de apasionados por el Arte. A partir de los año 90 se produjo un resurgir del género bélico, un ciclo cinematográfico potente preocupado por mostrar más de una cara de los conflictos que retrata: los buenos no lo eran tanto, los malos tampoco. "The Monuments Men" no encaja en esos méritos: la irrefutable pena de la ocasión fallida, del tiempo perdido. Y del dinero malgastado.

sábado, mayo 02, 2015

"Big Eyes", de Tim Burton

"Big Eyes" es la primera película de Tim Burton que no me defrauda desde hace unos cuantos años: exactamente desde hace diez, desde el año 2005, año del estreno de "La novia cadáver", aquella fantástica oda a la necrofilia romántica, a novelistas decimonónicos ahítos de láudano y amores malditos. De aquella en adelante, los títulos que llevaban la firma del director californiano han sido una suma de decepciones, una tras otra, piedra de Sísifo harta de rodar cuesta abajo: otra vez. Pero "Big Eyes" no. Tampoco es que haya alcanzado el nivel de sus antiguas obras maestras, ni mucho menos: quizás había quedado ya tan bajo el listón, que con no oír despotricar a mis neuronas durante la proyección, se ha conseguido una victoria plena.
Los motivos de esta mejoría se podrían buscar en cierto abandono de la poderosa estética burtoniana, ese genial chorro de fantasía que creaba unos personajes ideales, pero que se había vuelto un lastre invasor, un abuso de imaginería, borrachera de barroquismo, que ahogaba la trama y despojaba de sentido los guiones que había que desarrollar. El sello Burton como aval y como losa. Bienvenido este soplo de aire fresco, sin merma de otra de las grandes virtudes del director, la creación de ambientes, y no sólo sórdidos, sino también cotidianos, como la casa donde se desarrolla "Bettlejuice" o aquel barrio de clase media en el que fue a aterrizar "Eduardo Manostijeras". La atmósfera beatnik de San Francisco a principios de la década de los 60, será la retratada de manera eficaz en "Big Eyes".
Si no recrearse en su estética (los obsesivos ojos grandes ya dan cuenta de ella) ha permitido ventilar el celuloide, no menos importante será la elección de la pareja protagonista, Amy Adams y Christoph Waltz, formidables ambos en su papel del matrimonio Keane. Un clavo saca a otro clavo, y parecía que no había forma de echar de los fotogramas de Burton a Johnny Deep y Helena Bonham Carter. No pretendo ser hipócrita: del actor Johnny Deep he visto películas estupendas, muchas de ellas de la mano de Tim Burton, o aquella interpretación de John Dillinger para "Enemigos públicos" de Michael Mann, pero últimamente se ha convertido en la caricatura de un actor, un delirio gestual hacia ninguna parte. Adams y Waltz dando el punto justo a sus interpretaciones, ella como una pintora entregada a su trabajo, entre el talento callado y la tristeza que destila en sus cuadros, y él como un vendedor locuaz y caradura, perfecto tendero para engatusar a un esquimal y venderle hielo.
La trama de "Big Eyes", basada en hechos reales, tiene referencia cinéfila de primer orden en "Perversidad" de Fritz Lang. En ella Edward G. Robinson interpreta a un pintor aficionado que tiene la buena costumbre de no firmar sus cuadros. El pobre hombre se cuela por Joan Bennet y el novio de ésta, un villano de libro interpretado por Dan Duryea, le pone firma falsa a los cuadros (la firma de ella) y los vende. Aquel ménage à trois de Fritz Lang, joya del cine negro, tiene su reflejo colorido en "Big Eyes", sólo que en ésta es ella la que pinta y él el que firma. La película permite arrojar una mirada profunda al mundo del arte: la idea original, la copia, el talento, el mercado: tan importante es el artista como el marchante, alguien que ponga tu obra en el mapa. Y más allá de caballetes y pinceles, la cinta recoge el espíritu reivindicativo de la época mostrada y se vuelca hacia el lado de la lucha feminista, de la igualdad de derechos y el movimiento de liberación de la mujer. Adiós al corsé.
Pósters para dormitorios de adolescentes, de niños, monerías de esas de las que compran los padres sin preguntar a sus hijos. Arte pop que genera iconos que se propagan de manera viral, a una velocidad y con un alcance que superan toda lógica. Todo el mundo quería uno, dice la película, y seguro que era verdad. Recuerdo las mujeres morenas que pintaba Julio Romero de Torres: no había hogar en los años del franquismo que no tuviera colgada una de esa láminas (de Romero de Torres o de otro pintor de gusto similar) en alguna pared destacada. Papel pintado lleno de flores y cuadros de payasos tristes: al baúl de los recuerdos habría que ponerle candados dobles. Y tirar las llaves.

lunes, abril 27, 2015

"Heli", de Amat Escalante

La detención de otro jefe narcotraficante mexicano volvió a desatar tiroteos y bloqueos de carreteras en tres municipios del... La muerte de una joven mexicana, cuyo cuerpo desmembrado fue encontrado hace unos días cerca de la frontera con Estados Unidos... En México, algunos carteles de la droga, como el que asesinó a 43 estudiantes, tienen nexos directos con... ¿Usted se cree todas esas noticias que, a cada poco, nos asaltan desde el telediario? ¿Es capaz de entender que en una nación donde la democracia es el sistema de gobierno que impera desde hace casi un siglo, se pueda alcanzar tal nivel de descomposición social? ¿No será todo exageración, sensacionalismo?
Aparte de los noticieros, muchos otros ya lo habían contado. Recientemente el libro "CeroCeroCero" de Roberto Saviano (no lo recomiendo en exceso: Saviano, aunque sea por motivos desgraciados, se ha convertido en su propia obra: demasiado ombligo en el texto), panorama mundial del tráfico de cocaína. O en las estupendas novelas negras de Élmer Mendoza como "Balas de plata" o "El amante de Janis Joplin". O, desde el otro lado de la frontera, "El poder del perro" de Don Wislow. Y uno de los primeros que me lo contaron, Arturo Pérez Reverte con "La reina del sur", novela mecida por los acordes rancheros de "Los tigres del norte": narcocorridos prohibidos, esos que invitan a poner unos pesos delante del busto sincrético de Jesús Malverde, patrón sicario. En cine no se puede dejar de mencionar "Traffic" de Steven Soderbergh, película que expuso el problema delante de millones de espectadores de todo el mundo, aunque si tuviera que destacar una filmografía profunda en sus reflexiones, cintas sin miedo que ponen el dedo en la llaga y aprietan con fuerza a ver si logran sanear el miembro, entonces las obras del director mexicano Luis Estrada son las indicadas: tanto "La ley de Herodes" como "El infierno" son valiosos relatos cinematográficos, colmados de humor negro, acerca de la surrealista situación de la sociedad mexicana, un ecosistema dominado por una corrupción tan brutal como la violencia que la genera y la salvaguarda, un ciclo lunático que no lleva a ninguna parte.
En "Heli" Amat Escalante no toma prisioneros, describe sin piedad el terror que se infiltra en la vida cotidiana, que lo abarca todo y a todos. Esta desoladora película resulta de una claridad rotunda: nadie se libra y ningún lugar es seguro: ni en la casa ni en la calle, ni con la policía ni mucho menos con los narcos. Cuando se vive en zonas donde la sociedad desciende al abismo de decidir que seguir vivo un día más es estupendo, que llegar a casa por la noche sano y salvo es un logro, entonces sin duda se está en guerra. No es extraño que muchos decidan seguir el camino del narco, al menos esa opción permite morir matando y alcanzar la pasta que el trabajo honrado, pero esclavo y sin futuro, nunca proporcionará en un entorno viciado hasta la nausea. Escalante lo cuenta, como muchos otros que mencioné, con el objetivo bien abierto pero nada de humor. Ni siquiera negro.

domingo, abril 19, 2015

"La sal de la tierra", de Herbert Biberman

Diez personas se negaron a responder las preguntas de la Comisión de Actividades Antiamericanas, diez cineastas que a partir de entonces quedarían apuntados en la Historia del Cine como "Los Diez de Hollywood": Alvah Bessie, Herbert Biberman, Lester Cole, Edward Dmytryk, Ring Lardner Jr., John Howard Lawson, Albert Maltz, Samuel Ornitz, Adrian Scott y Dalton Trumbo. Su resistencia a colaborar con un disparate inquisitorial, que pretendía asfixiar cualquier desviación ideológica que se apartara en lo más mínimo del canon capitalista, provocó que desde aquel 24 de noviembre de 1947 figuraran en una infame lista negra: multa, prisión y la imposibilidad de trabajar para Hollywood a no ser que cambiaran su actitud, confesaran y, aún peor, denunciaran a otros compañeros de profesión sospechosos de comportamiento subversivo. Esa lista negra se engrosaría hasta alcanzar, en 1951, la cifra de trescientos veinticuatro nombres.
En 1953 el director Herbert Biberman y otros integrantes de la lista como el productor Paul Jarrico, el guionista Michael Wilson o los actores Will Geer y Rosaura Revueltas, parecen tomar la decisión de que ya que te acusan, que sea por algo. Apartados de la industria hollywoodiense, con la producción independiente del Sindicato Internacional de Mineros y Trabajadores de Minas y Fundiciones, ruedan en Nuevo Mexico una genuina película de izquierdas, reivindicativa y social, de auténtica lucha obrera. La trama está basada en las huelgas que sacudieron en 1951 a la compañía minera Delaware Zinc Co., de Silver City, y en la película van a aparecer conflictos no sólo relacionados con el mundo del trabajo, con la mejora de las condiciones laborales y salariales que los mineros de origen mexicano reclaman sin descanso, sino también problemas de índole racista (los anglos y los panchos) y, de modo más intenso aún, de liberación de la mujer. Y todo ello tratado de forma inteligente, bastante alejada de dogmatismos sectarios, obteniendo una obra viva (muchos de sus actores no eran profesionales, aportando un verismo extraordinario a la cinta) que resulta insólitamente actual. Tristemente actual.
Demasiada agitación para los tiempos apasionados por lo inmóvil del Macarthismo. Al rodaje se le opusieron trabas de todo tipo (entre otros muchos problemas con los que se encontró la película, la actriz protagonista Rosaura Revueltas fue encarcelada y expulsada de Estados Unidos y tuvo que volver clandestinamente al país para terminar su trabajo) y tras su noche de estreno la película fue boicoteada y prohibida de facto hasta una década después. Sin embargo alcanzó éxito internacional y fue premiada en numerosos festivales. En la actualidad es una de las cien películas preservadas para la posteridad por la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos. Lo que no implica que a todos los congresistas estadounidenses les guste la película, claro.