jueves, mayo 21, 2015

"Vengadores: La era de Ultrón", de Joss Whedon

De nuevo Joss Whedon al mando de la adaptación cinematográfica de los cómic del grupo de superheroes más formidable que nunca haya salido de una imprenta: lo escrito en su día para "Los Vengadores", hace tres años, aplica sin tener que cambiar ni una sola coma. Sí, más de lo mismo: de nuevo un malvado megalómano intentando culminar sus malévolos planes contra la desamparada raza humana, y de nuevo un esforzado, desinteresado, pero ni mucho menos indefenso, puñado de guerreros dispuesto a derrotarlo. Épica a raudales, característica definitoria del género que las capacidades técnicas del cine actual colocan al nivel de lo nunca visto, desplegando en la pantalla grandiosas batallas, espectaculares hasta el último fotograma, destrucciones masivas en las que Hulk sigue siendo el puto amo.
Esta entrega incorpora nuevos personajes (hijos de Magneto, sintezoides ingenuos y promesas de villanos) y verlos aparecer supone una emoción añadida para los que han disfrutado de horas y horas de devorar aventuras asombrosas editadas en papel barato. Es fácil: pasar las páginas de un catálogo infinito de misteriosos enmascarados dotados de facultades de semidioses y denominaciones de frenopático, señalar uno con el dedo y apuntarlo al club. Los Vengadores llegaron a tener decenas de miembros, altas y bajas en el grupo según la saga que tocara desarrollar, de modo que si se quisiera exprimir a conciencia esta gallina de los huevos de oro y aumentar el ritmo de producción de blockbuster de éxito seguro, los guionistas no iban a tener el menor problema a la hora de extraer tramas del baúl de los tebeos. La segunda parte de los Vengadores tiene el propósito loable de introducirse aún más en la psique de estos triunfadores que son un desastre en su vida privada. Incluso se intenta establecer conexiones sentimentales entre algunos de ellos: la bella y la bestia, la doncella que atrapa al unicornio. Y no falta mostrar las tenues barreras que separan al héroe del villano, al salvador del criminal de guerra, al ídolo del monstruo: un gran poder conlleva una gran responsabilidad y todo eso: los comic book se hicieron adultos cuando abandonaron plúmbeas tramas maniqueas y decidieron dotar de matices las esperadas viñetas semanales.
Queda también claro que las Gemas del Infinito son el Macguffin que sirve de hilo conductor de la inmersión cinematográfica en el Universo Marvel, al menos desde "Thor", dirigida por Kenneth Branagh en 2011. Las piedras de poder son un símbolo ancestral del ansia del hombre por poseer objetos mágicos, amuletos, talismanes, cualquier cosa que permita cumplir deseos y demoler barreras: la lámpara de Aladino, el Santo Grial o las bolas de dragón de Goku: fuentes de energía que, mal empleadas, pueden convertirse en un destructor total: fuerzas desencadenadas capaces de arrasar el planeta: pobre mono bípedo ahíto de sueños de grandeza. El héroe es el tótem antiguo que vence al demonio y que restablece el equilibrio, una figura intemporal que no pierde vigencia. Ahora se crece al margen de los tebeos, ay, el fin definitivo de la caballería andante, extinción de quijotes, y estos desheredados de la fantasía épica saben lo que se han perdido porque acuden en masa a presenciar este celuloide hiperrentable, una máquina de fabricar dinero que no tiene visos de querer parar. Por mí, que no lo haga.

sábado, mayo 09, 2015

"The Monuments Men", de George Clooney

Película basada en el contenido de un libro de historia del mismo nombre, de lectura recomendable. En él, escrito de forma muy amena por el estadounidense Robert M. Edsel, se detallan los esfuerzos de una sección del ejercito aliado, la MFAA (Monuments, Fine Arts, and Archives), grupo empeñado en preservar, al tiempo que el frente se desplazaba en dirección Berlín, toda catedral, iglesia o edificio histórico que aún se mantuviera en pie: bombardea un poco más lejos de este punto, por favor. También tenían como misión recuperar todo el arte expoliado por el avance imparable de las fuerzas alemanas en los años previos al desembarco de Normandía. Hitler, ese pintor fracasado, tenía, entre sus sueños de grandeza, el de crear en la ciudad austriaca de Linz el museo más grande y mejor dotado del mundo, el Führermuseum, diseñado por él mismo (aparece en la película la maqueta del proyecto, y la bóveda principal, majestuosa, trae rauda a la mente los volúmenes orondos dibujados por el francés Étienne-Louis Boullée, arquitecto francés del siglo XVIII, y con ellos una película magistral, "El vientre de un arquitecto" del Peter Greenaway). El retablo de la catedral de Gante pintado por Jan Van Eyck, la Madonna de Brujas de Miguel Ángel, El astrónomo de Jan Vermer, puntos señalados en un listado enorme: miles de obras dispuestas al capricho saqueador de los gerifaltes nazis, omnipotentes en territorio conquistado. Obras del hombre, irreemplazables, irrepetibles, objetos que se deben preservar a toda costa: más valiosos que cualquier pozo petrolífero, que cualquier yermo terreno fronterizo en disputa, que la megalomanía homicida, que la codicia iletrada (la reciente destrucción de los restos asirios de la ciudad de Nínive, milenarios colosos barbudos con alas y cuerpo de león, destrozados a golpes por la mano insensata de fanáticos opacos y prescindibles: desolación sin retorno).
Que George Clooney se fuera a hacer cargo de la adaptación cinematográfica del libro, no era mala noticia: buen director de cine, ya estaba demostrado. Pero debió pensar que abordar el tema con seriedad sería veneno para la taquilla: mejor realizar una película ligera, de aventuras en el frente, el pelotón chiflado y tal. Tanto no querer ser serio, que la cinta se convierte en una broma: una reunión de amiguetes actores que parecen encantados de juntarse unos días a rodar una película en Europa, a jugar a las batallitas, pero que no acusan el mínimo esfuerzo para dar salida a un guión bastante descolocado de por sí. Cate Blanchett parece la única dispuesta, tampoco mucho, a meterse en el papel, sólo sea porque tiene la misión de encarnar a Rose Valand, auténtica heroína universal en esta odisea de apasionados por el Arte. A partir de los año 90 se produjo un resurgir del género bélico, un ciclo cinematográfico potente preocupado por mostrar más de una cara de los conflictos que retrata: los buenos no lo eran tanto, los malos tampoco. "The Monuments Men" no encaja en esos méritos: la irrefutable pena de la ocasión fallida, del tiempo perdido. Y del dinero malgastado.

sábado, mayo 02, 2015

"Big Eyes", de Tim Burton

"Big Eyes" es la primera película de Tim Burton que no me defrauda desde hace unos cuantos años: exactamente desde hace diez, desde el año 2005, año del estreno de "La novia cadáver", aquella fantástica oda a la necrofilia romántica, a novelistas decimonónicos ahítos de láudano y amores malditos. De aquella en adelante, los títulos que llevaban la firma del director californiano han sido una suma de decepciones, una tras otra, piedra de Sísifo harta de rodar cuesta abajo: otra vez. Pero "Big Eyes" no. Tampoco es que haya alcanzado el nivel de sus antiguas obras maestras, ni mucho menos: quizás había quedado ya tan bajo el listón, que con no oír despotricar a mis neuronas durante la proyección, se ha conseguido una victoria plena.
Los motivos de esta mejoría se podrían buscar en cierto abandono de la poderosa estética burtoniana, ese genial chorro de fantasía que creaba unos personajes ideales, pero que se había vuelto un lastre invasor, un abuso de imaginería, borrachera de barroquismo, que ahogaba la trama y despojaba de sentido los guiones que había que desarrollar. El sello Burton como aval y como losa. Bienvenido este soplo de aire fresco, sin merma de otra de las grandes virtudes del director, la creación de ambientes, y no sólo sórdidos, sino también cotidianos, como la casa donde se desarrolla "Bettlejuice" o aquel barrio de clase media en el que fue a aterrizar "Eduardo Manostijeras". La atmósfera beatnik de San Francisco a principios de la década de los 60, será la retratada de manera eficaz en "Big Eyes".
Si no recrearse en su estética (los obsesivos ojos grandes ya dan cuenta de ella) ha permitido ventilar el celuloide, no menos importante será la elección de la pareja protagonista, Amy Adams y Christoph Waltz, formidables ambos en su papel del matrimonio Keane. Un clavo saca a otro clavo, y parecía que no había forma de echar de los fotogramas de Burton a Johnny Deep y Helena Bonham Carter. No pretendo ser hipócrita: del actor Johnny Deep he visto películas estupendas, muchas de ellas de la mano de Tim Burton, o aquella interpretación de John Dillinger para "Enemigos públicos" de Michael Mann, pero últimamente se ha convertido en la caricatura de un actor, un delirio gestual hacia ninguna parte. Adams y Waltz dando el punto justo a sus interpretaciones, ella como una pintora entregada a su trabajo, entre el talento callado y la tristeza que destila en sus cuadros, y él como un vendedor locuaz y caradura, perfecto tendero para engatusar a un esquimal y venderle hielo.
La trama de "Big Eyes", basada en hechos reales, tiene referencia cinéfila de primer orden en "Perversidad" de Fritz Lang. En ella Edward G. Robinson interpreta a un pintor aficionado que tiene la buena costumbre de no firmar sus cuadros. El pobre hombre se cuela por Joan Bennet y el novio de ésta, un villano de libro interpretado por Dan Duryea, le pone firma falsa a los cuadros (la firma de ella) y los vende. Aquel ménage à trois de Fritz Lang, joya del cine negro, tiene su reflejo colorido en "Big Eyes", sólo que en ésta es ella la que pinta y él el que firma. La película permite arrojar una mirada profunda al mundo del arte: la idea original, la copia, el talento, el mercado: tan importante es el artista como el marchante, alguien que ponga tu obra en el mapa. Y más allá de caballetes y pinceles, la cinta recoge el espíritu reivindicativo de la época mostrada y se vuelca hacia el lado de la lucha feminista, de la igualdad de derechos y el movimiento de liberación de la mujer. Adiós al corsé.
Pósters para dormitorios de adolescentes, de niños, monerías de esas de las que compran los padres sin preguntar a sus hijos. Arte pop que genera iconos que se propagan de manera viral, a una velocidad y con un alcance que superan toda lógica. Todo el mundo quería uno, dice la película, y seguro que era verdad. Recuerdo las mujeres morenas que pintaba Julio Romero de Torres: no había hogar en los años del franquismo que no tuviera colgada una de esa láminas (de Romero de Torres o de otro pintor de gusto similar) en alguna pared destacada. Papel pintado lleno de flores y cuadros de payasos tristes: al baúl de los recuerdos habría que ponerle candados dobles. Y tirar las llaves.

lunes, abril 27, 2015

"Heli", de Amat Escalante

La detención de otro jefe narcotraficante mexicano volvió a desatar tiroteos y bloqueos de carreteras en tres municipios del... La muerte de una joven mexicana, cuyo cuerpo desmembrado fue encontrado hace unos días cerca de la frontera con Estados Unidos... En México, algunos carteles de la droga, como el que asesinó a 43 estudiantes, tienen nexos directos con... ¿Usted se cree todas esas noticias que, a cada poco, nos asaltan desde el telediario? ¿Es capaz de entender que en una nación donde la democracia es el sistema de gobierno que impera desde hace casi un siglo, se pueda alcanzar tal nivel de descomposición social? ¿No será todo exageración, sensacionalismo?
Aparte de los noticieros, muchos otros ya lo habían contado. Recientemente el libro "CeroCeroCero" de Roberto Saviano (no lo recomiendo en exceso: Saviano, aunque sea por motivos desgraciados, se ha convertido en su propia obra: demasiado ombligo en el texto), panorama mundial del tráfico de cocaína. O en las estupendas novelas negras de Élmer Mendoza como "Balas de plata" o "El amante de Janis Joplin". O, desde el otro lado de la frontera, "El poder del perro" de Don Wislow. Y uno de los primeros que me lo contaron, Arturo Pérez Reverte con "La reina del sur", novela mecida por los acordes rancheros de "Los tigres del norte": narcocorridos prohibidos, esos que invitan a poner unos pesos delante del busto sincrético de Jesús Malverde, patrón sicario. En cine no se puede dejar de mencionar "Traffic" de Steven Soderbergh, película que expuso el problema delante de millones de espectadores de todo el mundo, aunque si tuviera que destacar una filmografía profunda en sus reflexiones, cintas sin miedo que ponen el dedo en la llaga y aprietan con fuerza a ver si logran sanear el miembro, entonces las obras del director mexicano Luis Estrada son las indicadas: tanto "La ley de Herodes" como "El infierno" son valiosos relatos cinematográficos, colmados de humor negro, acerca de la surrealista situación de la sociedad mexicana, un ecosistema dominado por una corrupción tan brutal como la violencia que la genera y la salvaguarda, un ciclo lunático que no lleva a ninguna parte.
En "Heli" Amat Escalante no toma prisioneros, describe sin piedad el terror que se infiltra en la vida cotidiana, que lo abarca todo y a todos. Esta desoladora película resulta de una claridad rotunda: nadie se libra y ningún lugar es seguro: ni en la casa ni en la calle, ni con la policía ni mucho menos con los narcos. Cuando se vive en zonas donde la sociedad desciende al abismo de decidir que seguir vivo un día más es estupendo, que llegar a casa por la noche sano y salvo es un logro, entonces sin duda se está en guerra. No es extraño que muchos decidan seguir el camino del narco, al menos esa opción permite morir matando y alcanzar la pasta que el trabajo honrado, pero esclavo y sin futuro, nunca proporcionará en un entorno viciado hasta la nausea. Escalante lo cuenta, como muchos otros que mencioné, con el objetivo bien abierto pero nada de humor. Ni siquiera negro.

domingo, abril 19, 2015

"La sal de la tierra", de Herbert Biberman

Diez personas se negaron a responder las preguntas de la Comisión de Actividades Antiamericanas, diez cineastas que a partir de entonces quedarían apuntados en la Historia del Cine como "Los Diez de Hollywood": Alvah Bessie, Herbert Biberman, Lester Cole, Edward Dmytryk, Ring Lardner Jr., John Howard Lawson, Albert Maltz, Samuel Ornitz, Adrian Scott y Dalton Trumbo. Su resistencia a colaborar con un disparate inquisitorial, que pretendía asfixiar cualquier desviación ideológica que se apartara en lo más mínimo del canon capitalista, provocó que desde aquel 24 de noviembre de 1947 figuraran en una infame lista negra: multa, prisión y la imposibilidad de trabajar para Hollywood a no ser que cambiaran su actitud, confesaran y, aún peor, denunciaran a otros compañeros de profesión sospechosos de comportamiento subversivo. Esa lista negra se engrosaría hasta alcanzar, en 1951, la cifra de trescientos veinticuatro nombres.
En 1953 el director Herbert Biberman y otros integrantes de la lista como el productor Paul Jarrico, el guionista Michael Wilson o los actores Will Geer y Rosaura Revueltas, parecen tomar la decisión de que ya que te acusan, que sea por algo. Apartados de la industria hollywoodiense, con la producción independiente del Sindicato Internacional de Mineros y Trabajadores de Minas y Fundiciones, ruedan en Nuevo Mexico una genuina película de izquierdas, reivindicativa y social, de auténtica lucha obrera. La trama está basada en las huelgas que sacudieron en 1951 a la compañía minera Delaware Zinc Co., de Silver City, y en la película van a aparecer conflictos no sólo relacionados con el mundo del trabajo, con la mejora de las condiciones laborales y salariales que los mineros de origen mexicano reclaman sin descanso, sino también problemas de índole racista (los anglos y los panchos) y, de modo más intenso aún, de liberación de la mujer. Y todo ello tratado de forma inteligente, bastante alejada de dogmatismos sectarios, obteniendo una obra viva (muchos de sus actores no eran profesionales, aportando un verismo extraordinario a la cinta) que resulta insólitamente actual. Tristemente actual.
Demasiada agitación para los tiempos apasionados por lo inmóvil del Macarthismo. Al rodaje se le opusieron trabas de todo tipo (entre otros muchos problemas con los que se encontró la película, la actriz protagonista Rosaura Revueltas fue encarcelada y expulsada de Estados Unidos y tuvo que volver clandestinamente al país para terminar su trabajo) y tras su noche de estreno la película fue boicoteada y prohibida de facto hasta una década después. Sin embargo alcanzó éxito internacional y fue premiada en numerosos festivales. En la actualidad es una de las cien películas preservadas para la posteridad por la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos. Lo que no implica que a todos los congresistas estadounidenses les guste la película, claro.

lunes, abril 13, 2015

10 años de Licantropunk

Hace unos días, apareció en Tembladeral de sílabas, el imprescindible blog de Angelus, el título de un poemario que me sedujo al instante: "Aullido de licántropo". El nombre de ese libro, del poeta jerezano Carlos Álvarez Cruz, y la estupenda crítica que Angelus escribió sobre él, apuntaban a que esos aullidos serían un regalo acertado para celebrar el décimo aniversario de este pequeño Licantropunk. Y así se lo chivé a Akebono, la persona que hace todos los regalos, que recuerda todas las fechas: otro año más. Gracias, gracias. Además, como en tantas otras ocasiones, la condición de que esa recomendación llegara desde otro blog sería doblemente certera, renovando el bendito tráfico de influencias que esta década bloguera ha supuesto. Compartir una afición, que en realidad es devoción, con otros comulgantes del celuloide, una forma de prolongar el placer de ver una película hasta mucho tiempo después de que aparezca el The End en la pantalla. Pensar el cine: incrustar el recuerdo en la memoria, recuperar el sentimiento, paladear el rescoldo de la emoción experimentada.
Aullidos de un licántropo cinéfilo. El contador de visitas del blog muestra una cifra que me parece apabullante. Ya me resultaría pasmoso que una décima parte de esos visitantes hubiera leído la entrada visitada, pero si encima les hubiese gustado, aunque sólo fuera un poco, quizás una línea, un adjetivo bien colocado, o, mejor aún, incitar a ver la película de la que se hablaba, entonces la recompensa sería invaluable para mí. Mi agradecimiento a todos ellos, sobre todo a aquellos que tuvieron la inmensa generosidad de redactar un comentario. Decía Albert Camus que los que escriben con claridad tienen lectores y los que no, comentaristas: no sabía el escritor francés lo feliz que le hace a uno esa retroalimentación de opiniones. A los paseantes asiduos, con los que en algunos casos llevo manteniendo correspondencia cibernética durante muchos años, amigos míos (no voy a nombrarlos por no cometer la torpeza de dejar alguno en el tintero: ellos saben que lo son: la mayoría tiene su rincón dispuesto en la parte derecha de esta página), miles de gracias. Seguimos en contacto.

miércoles, abril 08, 2015

"Home. Hogar dulce hogar", de Tim Johnson

Dreamworks Animation ha producido varias películas realmente buenas: "Kung Fu Panda", "El origen de los guardianes", "Cómo entrenar a tu dragón" o "Los Croods" (otras franquicias como "Shrek" o "Madagascar" han tenido enorme éxito pero no entran en mi lista de preferencias). Destacadas películas de dibujos animados que no eran la que lleva por nombre "Home". En esta ocasión, como en muchas otras, se adapta a la pantalla un cuento infantil, un best seller en Estados Unidos, que teje una historia de amistad chachi entre un alienígena tontuno y una niña perdida que busca a su mamá. Con esos postes extiendan ustedes el resto, sustrayendo de la mente lo más básico para generar hora y media de entretenimiento familiar sin muchas pretensiones. Gracietas fáciles de choque cultural (la alianza de civilizaciones trasportada a la "tercera fase" de la animación por ordenador), aderezadas de empacho cromático, incluido el colorido multiétnico, y de cosmopolitismo globalizador, que para eso hay compañías aéreas de bajo coste deseando vender billetes (a cualquier precio). Y de modo subliminal, o no tanto, un anuncio publicitario de principio a fin: el de la cantante Rihanna: omnipresente pop de ínfimo nivel a lo largo de todo el metraje, al que se le añade que la conocida (supongo) diva mezzosoprano (dice Wikipedia) de las pistas de baile, otorga su voz a la niña protagonista en la versión original de la película.
Si la banda sonora no tiene encaje racional en la trama, la trama a su vez no tiene por dónde cogerse. Uno de los peores vicios de las películas pensadas (demasiado suponer en este caso) para los niños, es tomar a estos por tontos y llenar los fotogramas de dosis desequilibradas de candor y pedorretas, como si el coeficiente intelectual de los menores de 12 años fuera digno de la sinapsis de las estrellas de mar (un saludo a Patricio Estrella, por cierto). Además la acción se desarrolla a toda castaña, de modo que el menor atisbo de comprensión del relato queda anulado por la avalancha de fotogramas: rodajes patrocinados por los fabricantes de Ritalín. La verdad es que dan ganas de que los marcianos nos invadan de verdad, y de que el ser humano, al fin, evolucione, empero retornando al estado primigenio y plácido de la ameba, ese humilde microorganismo que le da pinta a los Boov que salen en la película, una especie de allende las galaxias que está muy avanzada tecnológicamente y que sin embargo es imbécil. Dense un paseo por la calle y contemplen a sus conciudadanos mirando hipnotizados su smartphone. Ya están aquí.

lunes, marzo 30, 2015

"Enemy", de Denis Villeneuve

Se dice que todos tenemos un gemelo en alguna parte. En quién sabe qué rincón del mundo, se está paseando un fulano con nuestro mismo aspecto, puede que en Pernambuco, o tal vez sea en Tombuctú. Un doppelgänger, una proyección astral, una casualidad genética o quizás un hermano separado en la cuna. Muchos santos, como San Francisco de Asís, tenían la facultad de la bilocación, es decir, estar en misa y repicando, una habilidad que a tantos nos gustaría poseer, pero que cuando pretendemos ejercerla solemos toparnos con aquello de nadar y guardar la ropa. Nunca estamos satisfechos, ay, esa cualidad de supervivencia de la especie convertida en terrible muestra de codicia a poco que uno se descuide.
Anthony (Jake Gyllenhaal) es un triste profesor universitario de Historia. No triste porque sea una triste profesión la de transmisor de conocimientos, sólo faltaba, sino porque se le ve más triste que Marco el día de la madre. El afán cotidiano de dar clase, de no predicar en el desierto, los mismos discursos año tras año, como una piedra de Sísifo que termina aplastándote sin remedio. Ser otro: nowhere, fast. Apurar hasta la última gota la poción de Jekyll, encontrar al príncipe y darle el cambiazo por el mendigo. A Anthony se le propone un viaje a través del espejo, caer por el hueco del árbol, y la llave de Alicia resulta que está dentro de una película. Cómo no. Ver cine es la oportunidad más sensata y factible de vivir otras vidas, de experimentar emociones que ni por asomo tendremos en nuestra mediocre existencia social. El Macguffin no puede ser más acertado.
Avanza el metraje, doblándose en las esquinas y obligando al espectador a que se doble a su vez, a que visite zonas de su cerebro que, en mi caso, un tal David Lynch ha logrado abrir en varias ocasiones. Sería Lynch si la estética de "Enemy" hubiera decidido calentarse unos grados más, pero bien podría ser un Lynch más oscuro y menos neón. Y pensando en Lynch (y en "Mulholland drive" y en cuánto se echa de menos un largometraje suyo, van para diez años desde el último) surge Isabella Rossellini en los fotogramas, como una bofetada de azar.
Junto a Lynch tanta arquitectura, Toronto entero, arroja a la retina a otro gran esteta del celuloide, Michelangelo Antonioni, sobre todo el de "El grito" o "El desierto rojo": edificios que acumulan formas geométricas extrañas, laberinto hostil de hormigón y cristal en el que es tan sencillo perderse como encontrarse, encontrar al otro. Al otro Gyllenhaal. Cuento las películas que he visto de este actor como quien enumera alegrías. Desde "Donnie Darko" de Richard Kelly, film de culto, hasta la última que había visto de él, "Prisioneros", también a las órdenes del canadiense Denis Villeneuve. Jake Gyllenhaal se sitúa dentro de los personajes que interpreta a la perfección, caracteres que por lo general se colman de desesperanza, se sitúan unas millas más allá de estar de vuelta de todo, y conducen la trama a pozos oscuros, donde se mezclan sueño y realidad. 
Referencias, referencias, una película que hace saltar todas las conexiones cerebrales (como suele suceder con las grandes películas: fábricas de preguntas, no de certezas) con lo visto, con lo leído, con tránsitos desabridos hacia el otro lado: Gregorio Samsa quiere ser un insecto, Peter Pank un licántropo, Renfield un vampiro, Don Quijote un caballero andante... "La posesión" de Andrzej Zulawski sobre todo, ese final de impacto para terminar de demoler las certidumbres del espectador, pero también "Inseparables" de David Cronenberg, la bipolaridad tomando cuerpo. Al final de la película, al iniciar los créditos, aparece la referencia real: "El hombre duplicado" de José Saramago. No figura esa obra entre la media docena de novelas que he devorado del genial escritor portugués. Habrá que arreglarlo.

miércoles, marzo 25, 2015

"El hombre más buscado", de Anton Corbijn

John le Carré y el cine, una relación vigorosa. Y antigua. Desde "El espía que surgió del frío", dirigida en 1965 por Martin Ritt, hasta la reciente "El hombre más buscado", una apreciable cantidad de su veintena larga de novelas ha sido llevada a la pantalla grande, un plus de disfrute para la mayoría de los lectores (y también para aquellos que no se acercan a un libro pero que nunca desdeñarían una buena película de espías) de este escritor británico. Y escribo disfrute porque, en general, las adaptaciones cinematográficas realizadas han obtenido éxito: bien dirigidas y con repartos acertados. Como ahora: Anton Corbijn director y Philip Seymour Hoffman protagonista.
Anton Corbijn llega al cine desde la evolución natural de la fotografía, famoso fotógrafo del rock, pasando por la academia de la realización de videoclips musicales hasta alcanzar su debut como director en la película "Control", mirada profunda y sentida hacia los últimos tiempos de Ian Curtis, el ya mítico cantante de la banda Joy Division, uno de los muchos grupos a los que Corbijn apuntó con su cámara fotográfica: el blanco y negro en los negativos, como característica principal, y la intención de atrapar el instante, el gesto, sin artificios: desnudar la verdad. Dos serán los retratados en "El hombre más buscado": uno la ciudad de Hamburgo, paisaje urbano de ciudad portuaria, enfocada como mole poco amigable, una penumbra apenas iluminada por fluorescentes parpadeantes y la tenue luz del sol del norte; y el otro, Philip Seymour Hoffman, en un imprevisto canto del cisne fílmico, imprevisto pero que parece anticipatorio: el actor en su laberinto, encarnando a un personaje de vuelta de todo, resabiado y escéptico, y aún así capaz de albergar destellos de esperanza. Pero si hay esperanza, mayor será la pena.
El agente secreto Günther Bachmann, al que da cuerpo Hoffman, despide un intenso hálito de tristeza, de angustia vital, un ambiente crepuscular que resulta estremecedor para el espectador que ya sabe. Y hubiera sido estupendo que la película tuviera un happy ending brutal, catártico, pero esto acaba de puñetera pena. John le Carré sigue vertiendo toneladas de cinismo en sus líneas, por las páginas de sus novelas continúan fluyendo kilómetros de alcantarillas malolientes, esas sobre las que la Historia oficial clava sus pilotes. Se descongeló un bloque, alterando la polaridad mundial, pero no por ello han menguado los temas: de la hoz y el martillo el escritor se cambia a la medialuna, iconos que se alternan para marcar la actualidad, demostrando que a los postores de derechos cinematográficos no les faltará trabajo nunca.
John le Carré fotografiado por Anton Corbijn (Hamburgo, 2012)

domingo, marzo 15, 2015

"Bullhead", de Michael R. Roskam

En "De óxido y hueso" de Jacques Audiard aparecía un gigantón que llevaba a sus espaldas a Marion Cotillard, un tremendo bicharraco tan sobrado de musculatura como falto de luces, interpretado por el actor belga Matthias Schoenaerts (bueno, no sé si belga, si flamenco, si valón, y no sé si de Antwerp, o de Antwerpen, o de Amberes: como prefieran, el cacao territorial no es exclusivo de la Península Ibérica, por supuesto). De entonces quedó apuntado que el tal Schoenaerts ya había epatado en una producción anterior a "De óxido y hueso" (por la película de Audiard recibió un premio César), el drama "Bullhead", cinta que representó a Bélgica en los premios Óscar de 2012, logrando alcanzar las nominaciones finales, pero derrotada a la postre por "Nader y Simín, una separación" de Asghar Farhadi.
Matthias Schoenaerts es protagonista absoluto de "Bullhead", suya es la cabeza de toro, y también hace aquí el papel de un gran pedazo de carne con ojos. Y de carne va la cosa: thriller cárnico: mafias que trafican con hormonas, con surtidos ingentes de compuestos químicos destinados a engrosar los beneficios de cualquier establo europeo. La hormona del crecimiento puede tanto convertir en prodigio a un prometedor futbolista, como acelerar el plazo que emplea un ternero en convertirse en un animal adulto listo para pasar por el matadero. Y esta intriga policial, lumpen charcutero, ya sería suficientemente atractiva para despertar el interés de un público que, frecuentemente, escucha en los informativos noticias de impacto acerca de la mierda (con perdón) que nos alimenta: monstruosos filetes inyectados sin mesura para la deglución incansable de una sociedad europea sobrealimentada y ahíta hasta la náusea.
Sin embargo, la porción clembuterolesca del guión pierde peso para cedérselo al drama personal de Jacky Vanmarsenille, el personaje que interpreta Schoenaert, joven ganadero angustiado por un trauma infantil (tan psicológico como físico: sólo de recordarlo me dan mareos) de aquellos de los que no hay ni escapatoria posible ni terapeuta que lo arregle (será la actuación del desgraciado meat loaf, desesperación y rabia apenas contenidas en un cíclope trágico siempre a punto de estallar, el valor a destacar en este film). Las dos líneas argumentales se cruzan y descruzan a lo largo de la cinta hasta que llegan a embarullarse en demasía, nudo gordiano que, como bien sabía Alejandro, sólo se puede deshacer cortándolo de un diestro tajo. Y a otra cosa.

domingo, marzo 08, 2015

"La venus de las pieles", de Roman Polanski

Leopold von Sacher-Masoch. La segunda parte de ese apellido compuesto dio origen a un término de uso común que sirve para denominar un comportamiento sexual que de común tiene poco (supongo). La novela corta "La venus de las pieles", obra del mencionado escritor austriaco, sería un relato romántico más, amores corteses entre la alta sociedad decimonónica, de no ser porque a los amantes Severin y Vanda les va la marcha varios niveles por encima del mordisquito en la oreja: bondage y sumisión, ama y esclavo, fustas y mercromina. En la reciente "Nymphomaniac", catálogo de desviaciones sexuales varias, le dedicaba Lars Von Trier un pasaje a las prácticas que convirtieron a "La venus de las pieles" en un clásico de la literatura erótica, aunque no habrá referencia cinematográfica mejor que los latigazos que se le propinan a la divina Catherine Deneuve (que, por cierto, en esa película se llama Severine, como en "La venus de las pieles" se llama Severin el protagonista) una pareja de cocheros en medio de un bosque en "Belle de jour" de Luis Buñuel. Al director aragonés se le identifica, y no sin razón, en el atrevimiento a la hora de retratar lo prohibido, en mayor o menor medida sutil. No en vano reconocía una gran influencia en la lectura de las obras del Marques de Sade, y no sólo en él, sino en todo el movimiento surrealista. Sade y Masoch.
Thomas (Mathieu Amalric) es un autor teatral que ha realizado una adaptación de "La venus de las pieles" y que está componiendo el reparto para la representación de la obra. A deshora, en medio de la noche y la lluvia, cuando Thomas está sólo en el teatro y a punto de marcharse, aparece Vanda (Emmanuelle Seigner) con la intención de realizar una prueba para el papel de la protagonista de la novela de Sacher-Masoch, la otra Vanda. En la siguiente hora y media de película se va a asistir a un extraño prodigio, el de la inversión de papeles, la dominación cambiando de bando y de sexo, la relación de poder entre el director de la obra y la actriz principal tornándose hacia lo no previsto, igual que, en "El crepúsculo de los dioses" de Billy Wilder, Erich Von Stroheim se convertía en el mayordomo sumiso y obediente de Gloria Swanson. Ese encuentro con Vanda, de la que no va a quedar duda de que es Vanda, se convierte en la visita de la musa al creador, la idea que surge del dios y que queda confinada en tinta y en papel, pero que vuelve para desnudar lo escrito despojándolo de cualquier artificio, capas de estilo, hasta llegar a lo autobiográfico, a lo que todo escritor emplea de sí mismo cuando compone un relato.
 Dios le castigó, poniéndole en manos de una mujer, cita bíblica que encabeza la novela y que resulta certera, si bien apoya la sempiterna idea cristiana de identificar a la mujer con el mal y el pecado. Así, Emmanuelle Seigner, perfecta en su papel, se presenta como un súcubo nocturno, irreal, dispuesto a cercenar la voluntad del pobre Thomas y de conducirlo por senderos prohibidos. Seigner, señora de Polanski, ya encarnó un personaje similar en "Lunas de hiel", tentando entonces a un pánfilo Hugh Grant y haciéndolo ahora frente a la mirada nerviosa, febril, de Mathieu Amalric, que personifica a un director que no puede ser otro que el propio Roman Polanski, demasiado mayor quizás para realizar el papel de Thomas (de Severin), pero no para dirigir estupendamente esta compleja historia (la película está basada en una obra teatral escrita por David Ives) y crear, otra vez, una atmósfera plena de intensidad, tan seductora como inquietante.

sábado, febrero 28, 2015

"El francotirador", de Clint Eastwood

Para valorar adecuadamente la última película de Clint Eastwood, habría que dirimir una cuestión que permitiría separar su condición más evidente, habilitando la posibilidad de una lectura entre líneas: ¿Cuánto tiene de alegato belicista y cuánto tiene de retrato de la realidad? Si la balanza se inclinara hacia lo primero, tendríamos delante una película prescindible en su totalidad, cine propagandista y patriotero, emparentado con el "Rambo" firmado por George P. Cosmatos en plena era Reagan: el tío Sam te quiere, carne joven que alimentará un conflicto sangriento alentado por viles intereses económicos: la desgracia de vivir sobre un mar de petróleo. Así, si ese fuese el caso, el (probable, 85 años va a cumplir el californiano) epílogo cinematográfico de Eastwood sería un pobre colofón para una carrera que ha brillado con fuerza, tanto delante como detrás de la cámara, una cinta que mostraría más sus conocidas posturas ideológicas que su probada capacidad fílmica.
Ojalá se trate de lo segundo, que la intención de esta película, basada en la autobiografía de Chris Kyle, el francotirador más letal que nunca haya tenido el ejército de Estados Unidos (los criminales en serie que visten de uniforme y combaten en el lado victorioso alcanzan la categoría de héroe nacional: desde el principio de los tiempos y sin importar el bando, el conflicto, o la nación de procedencia: no es mi intención acusar sino definir), sea la de ser fiel al mensaje que contenga ese libro y dar cuenta de cómo un tipo cualquiera puede llegar a convertirse en una afinada máquina de matar. Dios, patria y familia. El rifle y la Biblia. El padre que enseña a su hijo a disparar y que contempla, orgulloso, cómo el niño abate de un disparo a su primera víctima (Y no era por hambre que iban a cazar, escribía Rubén Darío en "Los motivos del lobo"), presa indefensa y pacífica. Son los rambos que todos los niños quieren ser cuando sean mayores, en la letra de "Haz turismo", la canción de "Los Celtas Cortos", casi un himno generacional: los niños nos haciamos mayores y ya no queríamos saber nada ni de armas, ni de servicio militar: ejércitos, pero de objetores de conciencia. ¡Mili KK! ¿Quién se acuerda? En España se perdió hace muchas décadas el ardor guerrero pero en USA sigue vigente, no lo han perdido nunca, guerra continua, y supongo que esa es una característica esencial para entender los porqués. Join the army!
Parece que intento buscarle excusas a la película y, francamente, me está saliendo un ejercicio de abogado del diablo bastante pobre. La película, para ser equilibrada en sus propósitos, debería conceder voz al enemigo, y eso no aparece ni por fallos de racord: ellos son los malos pésimos, nosotros los buenos bonísimos. Punto. El suyo es el carnicero, el nuestro la leyenda. Un guión horrendo, ya sea en el campo de batalla o en el hogar de Texas, trama que, por lo visto y oído, debe proceder de un libro infame a su vez. Para más inri el protagonismo lo enhiesta Bradley Cooper, el valeroso soldado Cooper, un actor incapaz, en su mediocridad, de transmitir de forma afortunada el menor sentimiento al espectador. ¡Y sin embargo es su tercera nominación seguida al Óscar! Eso sí, con "El francotirador" ha logrado una cuarta, como productor de la película, opción que, teniendo en cuenta la pasta que lleva recaudada la cinta, podría haber sido el galardón más justo que obtuviera nunca. Ay.
Hazañas bélicas modernas de celuloide: "Black Hawk derribado" de Ridley Scott, "Banderas de nuestros padres" o "Cartas desde Iwo Jima" de Clint Eastwood, "La delgada línea roja" de Terrence Malick, "Salvad al soldado Ryan" de Steven Spielberg (qué primera media hora), "En tierra hostil" de Kathryn Bigelow (esa sí es una buena muestra de los efectos del estrés de combate y no la absurda mirada bobalicona de Mr. Cooper), "Enemigo a las puertas" de Jean-Jacques Annaud (propicia la comparación con "El francotirador", pero cualquier comparación sería odiosa, tanto en ambientación como en actuaciones), sin olvidar las que se han centrado en los conflictos de Oriente Medio como "Redacted" de Brian de Palma, "Jarhead" de Sam Mendes, "Tres reyes" de David O. Russel, "Syriana" de Stephen Gaghan, "La noche más oscura" de Kathryn Bigelow, o incluso la estupenda serie de televisión "Generation Kill" creada por David Simon (padre de "The Wire", nada menos). Los cineastas actuales han sabido dar lustre al género, mostrando de manera acertada múltiples matices: la sangre pero también el alma, la épica y a la vez la desgracia vital: las medallas y las alcantarillas. Algunas de estas películas se han ganado la eternidad. "El francotirador" también, pero sólo en las oficinas de reclutamiento.