domingo, julio 17, 2016

"Independence Day: Contraataque", de Roland Emmerich

Roland Emmerich, heraldo del apocalipsis cinematográfico. Seguro que es el director de cine que más ciudades, megaurbes superpobladas, ha reventado en una sucesión impactante de fotogramas desmesurados: la catástrofe como leitmotiv artístico. El desencadenante puede ser una invasión extraterrestre, un monstruo surgido del océano o, el peor de todos en cuanto a que es el que tiene más posibilidades de producirse, el efecto devastador del cambio climático. Y a Emmerich se le podrá acusar tanto de alentar panoramas poco halagüeños para el futuro de la humanidad, como de exhibir una vena patriotera que lo mismo rompe que enmienda: el héroe, por supuesto estadounidense (Emmerich, por cierto, es alemán, allí inició su carrera, cine fantástico y de ciencia ficción, hasta que tuvo la oportunidad de saltar el charco para dirigir nada menos que a Jean-Claude Van Damme en "Soldado universal", uno de los mayores éxitos del karateka belga). Hollywood paga los platos rotos, y, puestos a elucubrar, el héroe puede ser el mismísimo Señor Presidente. ¿Se imaginan a Mariano Rajoy pilotando un F-18? Pues Bill Pullman, aquel músico de "Carretera perdida" de David Lynch, pasará a la posteridad del cine como el actor que encarnó al sacrificado presidente Thomas J. Whitmore. Estas cosas sólo pasan en el cine, me temo. La película tiene un guión pésimo en su mayoría, colmado de diálogos insulsos y previsibles, en eso no hay ninguna sorpresa, como tampoco es sorprendente el abrumador despliegue de efectos especiales: de hecho es uno de los motivos de pagar la entrada.
20 años han pasado de la "Independence Day" original: la ocasión la pintan calva para hacer pasar de nuevo al público por caja. En 1996 "Independence Day" desbordó las taquillas mundiales, colocando a la vez en primera línea al actor Will Smith, ese primo rapero y gracioso de la comedia televisiva que no se perdía nadie en los noventa, "El principe de Bel-Air". A Will Smith, a su desvergüenza fresca y cachonda (supongo que dos décadas después ya no es esa su característica principal como actor) se le echa de menos en esta segunda parte, secuela que, por otro lado, tiene su mejor punto en el rencuentro con muchos de los secundarios (las dos partes lucen reparto coral) que dieron lustre a la primera: Jeff Goldblum, encasillado como mente brillante, deus ex machina, desde que hizo "Parque jurásico" para Steven Spielberg o el mencionado Bill Pullman sacado del asilo pero dispuesto, de nuevo, para el combate. Dos serán los actores de reparto que, sin embargo, marcarán la diferencia: el magnifico Judd Hirsch interpretando al padre de Goldblum y dando, otra vez, la réplica de Sancho Panza a tanto iluminado megalómano, y el inquietante Brent Spiner como el doctor Okun (se hizo famoso interpretando al androide Data de "Star Trek: La nueva generación": no intenten buscar el parecido). Si Goldblum encarna a la ciencia responsable, sostenible y concienciada, un poco meliflua, Spiner da rienda suelta al científico que va a pulsar el botón rojo sí o sí, aquel para el que la obtención del conocimiento es una meta a la que no se le pueden interponer barreras morales. Y sí, en la película también aparecen otro montón de actores, jóvenes y guapos, cuyo nombre desconozco y que no pienso buscar, actores que no tienen ninguna otra virtud más allá de su juventud y su belleza. Veinte años perdidos, en fin.

jueves, junio 30, 2016

"Jauja", de Lisandro Alonso

Jauja es una palabra capaz de hacer que masas de europeos cruzaran el Mare Tenebrarum al final de la Edad Media para llegar a América, la misma palabra mágica que provoca en nuestros días que otras masas, con otro punto de origen, se arrojen ahora al mar Mediterráneo para llegar a Europa. Jauja no como símbolo de la codicia de riquezas, si bien uno es libre de fantasear en su mente con los cuentos de la lechera que desee. En el siglo XV, como ahora, la codicia podía tratarse simplemente del ánimo de comer cada día, de sobrevivir a una jornada más. Las emigraciones que han trazado la senda de la humanidad desde sus inicios, nunca fueron por gusto.
Un western. Las tribus de indios de las praderas raptaban a los hijos de los pioneros: también la conquista del Lejano Oeste fue detrás de Jauja. En "Dos cabalgan juntos" de John Ford, una de las escenas más trágicas de la película, y de todo el género que Ford completó con obras maestras, fue la que muestra el linchamiento por parte de los colonos del joven al que se llevaron los comanches cuando era un niño y que una vez devuelto a los "civilizados" emigrantes europeos se muestra indomable. El retorno a lo salvaje es un camino de ida sin vuelta, pero que fascinaba a todos aquellos que habían saltado un océano con la cama de la abuela y la biblia a cuestas: sepultar cualquier vestigio de civilización y retornar a la caverna, demoler la cultura, el pensamiento, y recurrir al instinto como fuente natural de supervivencia. Joseph Conrad y "El corazón de la tinieblas". "Jauja" tiene su propio Kurtz, un tal Zuloaga, un nombre que en la película se invoca con tanto temor como admiración.
Los hijos, una fuerza aún mayor que la de Jauja. Odiseas antiguas y modernas llevadas a cabo para asegurar el bienestar de la descendencia: el impulso genético de la perpetuación de la especie, el sentido único y certero de la vida. Todo el tiempo está conectado: el pasado se hace presente, el futuro nos sale al encuentro. Cada acción deja su huella: el descubridor clavaba su estandarte en la arena de la playa y transformaba el mundo, pero no la Historia, la Historia no cambia, la Historia sucede, sucedió, y volver la vista atrás y contemplarla es un modo eficaz de no volver a cometer los mismos errores, esos que cierran círculos, esos viciosos.

lunes, junio 27, 2016

"Maps to the Stars", de David Cronenberg

Las guías turísticas de Los Angeles deben incluir, obligatoriamente, información sobre el lugar donde viven sus vecinos más famosos: más estrellas que en el cielo, como se titulaba aquel programa cinéfilo que presentaba Terenci Moix: more stars than in heaven, como presumía, seguro que con razón, la Metro Goldwyn Mayer en sus años dorados: Clark Gable, Greta Garbo, Judy Garland, Mickey Rooney, Katharine Hepburn, Spencer Tracy, James Stewart,... Desde sus inicios la industria del cinematógrafo se percató del tirón que los protagonistas de sus películas ejercían sobre legiones de espectadores que los contemplaban arrebatados: Rodolfo Valentino, inventor de las fans desmayadas. El imaginario popular atribuía al actor o a la actriz, esforzados trabajadores del séptimo arte, las virtudes que interpretaban en sus personajes: valor, romanticismo, heroísmo, seducción, bondad sin límites. Y los grandes estudios se empleaban a fondo para que el telón no cayera fuera de la sala de cine, para que el glamour se perpetuara noche y día, sin dejar al descubierto las debilidades intrínsecas a cualquier fábrica de sueños. Que sueños son.
De vez en cuando algún director mira hacia el ombligo de la profesión, tira de la manta y expone la cara oculta, esa que las autopistas de la información han convertido en un territorio transitado: fichas policiales, caras sin maquillar, sobredosis, clínicas rehab, cirugías estéticas salvajes. Lo peor de todo, el olvido: caducadas estrellas infantiles exprimidas hasta la última gota y esquizofrénicas estrellas antiguas locas por que las dejen secas otra vez. El precio de la fama abona terrenos de demencia, de confusión mental disparada hacia la violencia, lugares en los que David Cronenberg se mueve como un pez en el agua. Como un tiburón, en realidad.

lunes, mayo 30, 2016

"Dheepan", de Jacques Audiard

Pasó Cannes y el que se llevó la Palma de Oro fue Ken Loach: con una película de Ken Loach, claro: no la he visto pero me puedo hacer una idea de cómo será la película: qué grande es el cine. También puedo estar bastante seguro de que me gustará cuando la vea y podría jurar que "Yo, Donald Blake" no se parecerá en nada a "El viento que agita la cebada", la otra Palma de Oro que Ken Loach logró hace diez años y que en realidad no se parecía demasiado al cine de Ken Loach: bueno, a "Tierra y libertad", sí. Una característica del festival de cine de Cannes son los abucheos durante la entrega de premios, rasgo que lo engrandece, ya que es un certamen en el que nada se puede dar por supuesto. Cada año un jurado distinto, intrépido grupo salvaje, elige como ganadora a la película que le da la real gana, dictamen que puede coincidir o no con todas las estrellitas que durante esos días los críticos convocados a las proyecciones se deleitan en ir colocando o no junto al título visto: a este le pongo cuatro, que es un máquina, y a este le quito dos, que me cae mal. Dice la leyenda que cuando no tienen muy clara la ganadora, premian una película francesa.
Entre esos arbitrajes caseros debió colarse "Dheepan", película que ganó en 2015, y que trata el tema candente de los refugiados, si bien sitúa el enfoque de una manera curiosa, poniendo en un lado de la balanza a los Tigres Tamiles, grupo armado del norte de Sri Lanka que estuvo más de veinte años en guerra con el gobierno de aquel país, y en el otro a los delincuentes comunes de un barrio de la banlieue parisiense, Le Pré (en la magnífica "La Haine" plantó Mathieu Kassovitz hace veinte años el aviso de suburbios franceses a punto de explotar, una alerta que nadie escuchó). Comparar a Dheepan con John Rambo sería a todas luces desmedido, pero Jacques Audiard, el director de la estupenda "El profeta", no parece haber tenido reparos en evitar que se disparen esos resortes cinéfilos. Igual es lo que pretendía. Igual hay veces en las que se abuchea con razón.

martes, mayo 17, 2016

"Stardust Memories", de Woody Allen

El chico más gracioso del barrio. Pero basta de comedias, esas que le han dado fama mundial: reafirmar el poder creativo, la independencia del autor para elegir, un derecho que sigue ejerciendo tantos años después (la emoción de la búsqueda de la belleza, el ánimo de alcanzar un instante que detenga el tiempo, un segundo en el que parezca que todo tiene sentido). El enclenque vecino de Brooklyn arrasado por la fama: autógrafos, conferencias, seguidores, abogados, contables, periodistas y, claro, mujeres: el amor voluble, el constante estado de enamoramiento: trucos de magia. El nostálgico hotel Stardust de Atlantic City suplanta al balneario al que acudía Marcello Mastroiani con sus gafas oscuras: el artista y la crisis.
En 1980, con diez películas en su filmografía (será poca cosa en comparación con las más de cincuenta que lleva dirigidas), Woody Allen realiza una mirada temprana hacia su ombligo, hacia la profesión de cineasta, un esfuerzo introspectivo que otros directores han llevado a cabo en algún punto de su carrera: Federico Fellini en "8½" instaurando el arquetipo, pero también François Truffaut en "La noche americana", Takeshi Kitano en "Takeshis'", Pedro Almodóvar en "Los abrazos rotos", Charlie Kaufman en "Adaptation": los ejemplos de metacine, de cine dentro del cine, no escasean.
Ozymandias Melancholia. "Nada queda a su lado. Alrededor de la decadencia de estas colosales ruinas, infinitas y desnudas se extienden, a lo lejos, las solitarias y llanas arenas", resuena en la última estrofa del conocido soneto de Percy Shelley, una idea que en más de una ocasión ha aparecido en la trayectoria de Allen. El director es un dios, un creador que mueve a la adoración a legiones de seguidores, fanáticos ciegos entregados a ese tío tan divertido, acólitos que sin embargo serían capaces de matarle por atreverse a un cambio de registro. Pero ¿qué quedará después de su muerte? ¿Cuál será su legado artístico? ¿Algo banal como una película de risa? Pero no es hacer reír cosa trivial, una sonrisa muchas veces alcanzada mediante el doble sentido: el gag que ampara un sentimiento más profundo, trágico incluso. Comienza la película con un tren cargado de gente triste, rostros grotescos de estética felliniana que se dirigen a un destino incierto, que sin duda merecen ser salvados. Y, sin pretenderlo, otra comedia, cómo no, el autor en su remolino. Pero para el público, no por el público.

jueves, mayo 12, 2016

"Julieta", de Pedro Almodóvar

A "Julieta" la interpretan dos actrices distintas: demasiado distintas y no sólo en sus rasgos. Primero Emma Suárez, luego Adriana Ugarte y de nuevo Emma Suárez. En el lenguaje cinematográfico es solución habitual que, al iniciarse un flashback al pasado, sobre todo si es un pasado al que se llega descontando décadas, sea otra cara, más joven, la que se le ponga al personaje. No le puede asombrar a nadie: miramos fotos antiguas y apenas nos reconocemos en ellas. El flashback se inserta en la trama y el espectador, acostumbrado desde chico a que le cuenten vidas en fotogramas, no se pierde en el relato. Dos actrices, un carácter. Lo que al espectador le puede chocar en "Julieta" es el truco del director a la hora de devolver su papel al personaje principal, una transformación mágica que, en mi caso, me hace cuestionarme la necesidad de incluir a Adriana Ugarte en el reparto. ¿No habría sido suficientemente capaz Emma Suárez, actriz impresionante, de llevar a cabo toda la función?
Emma Suárez vale la entrada de esta película. El resto de nombres que aparecen en los créditos son más o menos canjeables según el gusto de cada cual, excepto, claro, Rossy de Palma, tan inquietante en "Julieta" como lo era hace treinta años en "La ley del deseo". Una película de mujeres, una historia de mujeres, de nuevo, de nuevo Almodóvar dirigiendo sentimientos femeninos con maestría, trama inspirada esta vez en relatos de la premio Nobel Alice Munro. Una cinta, sin embargo, con la que no logro empatizar: no me emociona este melodrama, melodrama excesivamente acompañado por la melodía de Alberto Iglesias: a veces es importante escuchar el silencio en una película. Que no me emocione no significa que me aburra. La película sabe mantener la atención del espectador en todo momento y su final, falto de catarsis, hace que el patio de butacas, ávido de más fotogramas, exclame con disgusto, "¡¿Ya se ha terminado?!"
"Julieta" competirá este año por la Palma de Oro en Cannes, festival que ha comenzado esta semana. La última vez que un director español entró en liza por obtener el preciado galardón, fue también Pedro Almodóvar con "La piel que habito" en el año 2011. Y el director manchego ya había figurado anteriormente en la prestigiosa lista anual con "Los abrazos rotos" en 2009, con "Volver" en 2006 o con "Todo sobre mi madre" en 1999. Una vez podía ser casualidad, pero cinco...

miércoles, abril 27, 2016

"Macbeth", de Justin Kurzel

Pasó el Día del Libro de 2016, pasó el cuarto centenario y supongo que también pasó el furor, más bien breve, por la figura del escritor Miguel de Cervantes. El baño quijotesco de la semana pasada quedó sepultado en un país en el que, para qué nos vamos a engañar, el interés por la literatura (y la cultura en general) es tan escaso como sospechoso: el lector, ese ser asocial que se toma el lujo de perder el tiempo entre legajos, nublando su entendimiento con zarandajas: Don Quijote sigue cabalgando. Cervantes al baúl, al lado de la camiseta de la selección española, guardado en un cajón hasta que una nueva ocasión patriótica obligue a desempolvarlo. Hasta ese momento seguiremos escuchando de vez en cuando esa tontería vacía de sentido de que "Don Quijote de la Mancha" es el libro más traducido junto a La Biblia, y la tontería aún mayor de su lectura como deber cívico para todo español que se precie, como si en leyendo El Quijote se cumpliera un cupo inexcusable. Tantas cosas habría que leer... Y se preparan todo tipo de coartadas para facilitar la tarea: ediciones simplificadas, adaptaciones al lenguaje moderno, en cómic, en audio-libro, en vídeo, en tuits con abrefácil o en sobres monodosis solubles en agua. Como si un libro lleno de aventuras, de humor, de lectura ágil y entretenida, necesitara ser introducido a presión en la cabeza de tanto iletrado políglota que sólo lo leerá para presumir de ello, para hacerse un selfie con el careto pegado a la portada. Ay. Leerlo o no leerlo, esa es la...
Sí, a la par se celebraba otro centenario luctuoso, claro, el de William Shakespeare. Tengo la impresión de que la obra del inglés ha sido mejor tratada por el tiempo, de que despierta más interés en el mundo, algo que sin duda se debe también al dominio de la civilización anglosajona a nivel mundial, ya sea por una dictadura idiomática incontestable, ya sea por su profunda penetración en la cultura popular. La verdad es que sus obras teatrales son magníficas y encima son multitud: demasiados molinos para un único, aunque archiconocido, Don Quijote. "Hamlet", "Romeo y Julieta", "Macbeth", "Otelo", "El rey Lear", "Julio César", "Ricardo III", "El mercader de Venecia", etc. Tragedias de todo tipo que revelaban verdades absolutas de la condición humana hasta constituirse en arquetipos. "Macbeth" es alegoría de la ambición sin límites, de llegar al poder y luchar por conservarlo: el jardín colmado de cadáveres acuchillados y los sueños de gloria desvelados por una conciencia aterrorizada ante la dimensión de los pecados cometidos. Macbeth dominado por la profecía, esclavo del fatum, del designio de las parcas, que imponen un sentido gramatical en sus sentencias imposible de parafrasear: lo que no puede suceder encuentra los vericuetos precisos para ser implacable. La voluntad humana como juego de obsesiones, un equilibrio tenue a punto siempre de ser vencido por decisiones inconscientes: en un cruce de caminos, siempre elegir el peor.
Se han sucedido múltiples adaptaciones cinematográficas de "Macbeth". A destacar las de Orson Welles o Roman Polanski, o la menos ortodoxa "Trono de sangre" de Akira Kurosawa. El "Macbeth" que ocupa el título de esta entrada animaba a ser visto, principalmente, por los componentes de su pareja protagonista, Michael Fassbender y Marion Cotillard, excelentes actores los dos. Por otro lado, a la película se le ha dado una estética "minimalista recargada" que puede recordar a "Braveheart" de Mel Gibson, a "300" de Zack Snyder, y sobre todo a mucho videoclip musical para canciones no demasiado alegres (descubro que el siguiente proyecto del director Justin Kurzel es la adaptación del videojuego "Assassin's Creed", dato que no me sorprende en exceso: sí me ha sorprendido algo más enterarme de que Fassbender y Cotillard también protagonizarán esa cinta). No hay problema, cualquiera sabe cómo era el reino de ese caudillo escocés del siglo XI. Lo que no tiene excusa es convertir una obra de teatro que ha fascinado al público durante cuatro siglos, en un plomo. Mi reino por una película.

miércoles, abril 20, 2016

"Libre te quiero", de Basilio Martín Patino

20N, 23F, 11S, 11M. Dos guarismos y una letra mayúscula codificando la Historia, abreviando explicaciones: tres caracteres que condensan un suceso trascendental, de esos que cuando tuvieron lugar siempre recordamos dónde nos pilló la noticia. Los medios de comunicación, hartos de repetir la combinación de día, mes y año, esparcen el código hasta lograr su arraigo en la memoria colectiva: no hay duda de a qué se refieren.
15M. El 15 de mayo del año 2011, se convoca una manifestación en Madrid. Una manifestación para protestar, por supuesto, no recuerdo el motivo exacto, pero, sumergidos en una dura crisis económica, motivos seguro que no faltaban. Siguen sin faltar. Termina la manifestación con sus manifiestos leídos, en la Puerta del Sol, como toda manifestación que se precie, y unos cuantos manifestantes deciden quedarse a dormir allí mismo: en ese momento dejó de ser una manifestación como las demás. Cuando salíamos de marcha y nos lo estábamos pasando bien, sobrepasado el umbral en el que todo se tiñe de un aura de irrealidad, la trascendente magia de la sublimación de la amistad, el amor y la alegría, buscábamos ávidamente el último garito abierto para prolongar el instante supremo, esa extraña luz de la madrugada: a casa ni muerto. Algo así debió suceder en Madrid esa noche. ¡La calle es nuestra!, no sólo de Manuel Fraga. En realidad no fue una idea original: en Grecia o en Túnez ya se habían tomado calles y plazas, se había acampado y se había protestado: se había intentado cambiar la Historia. Pero la Historia no cambia, la Historia únicamente sucede.
No sé si 15M será una referencia que perdure, si dentro de unas pocas décadas, cuando se diga "15M", se producirá la identificación con toda aquella movida que sacudió las plazas de muchas ciudades españolas entre mayo y octubre de aquel aciago año. Por lo que puedo apostar es por que la magnífica película documental de Basilio Martín Patino constituirá un camino directo para todo el que quiera acercarse a lo que pasó: experimentar el ambiente, revivir las sensaciones. Los lemas y los cánticos, los indignados y la policía, los desalojos forzosos y los retornos forzados, las lonas cubriendo una plaza, habitándola de improvisación y de ilusión, atronándola con música festiva y proclamas esperanzadas: con manos silenciosas agitando el viento. La Puerta del Sol, el Kilómetro Cero de España, el inicio de un viaje. Y los viajes siempre son a alguna parte, aunque quizás sea un sitio al que no se llegue nunca.
Canta Amancio Prada el viejo poema de Agustín García Calvo:
Libre te quiero como arroyo que brinca de peña en peña, pero no mía. 

miércoles, abril 13, 2016

Once

Once. Once upon a time in the west: in the west of Spain, claro. Once años escribiendo en un blog los pensamientos que una película provoca, estimable poso de reflexión. Después de once años, ¿se puede seguir?, ¿quedan palabras que rebuscar?, ¿no será ya un ejercicio vacuo de repetición? Apunto lo visto el pasado fin de semana (si algo ha cambiado en estos años es que para decidir el menú hay dos personas más, llenas de curiosidad, desconocedoras de la excusa de la paciencia), unas que ya había visto y otras que no, y pienso sobre qué podría escribir:
  • "Pacific Rim", de Guillermo del Toro: el cine kaiju eiga, el catastrofismo nipón, la estética en la obra de este director.
  • "Los pájaros", de Alfred Hitchcock: los celos, el Apocalipsis, las rubias con abrigo de visón que manejan lanchas motoras.
  • "Babadook", de Jennifer Kent: el terror en los cuentos infantiles, el síndrome de Medea, la locura del insomnio.
  • "La rosa púrpura de El Cairo", de Woody Allen: el Cine.
En "La rosa púrpura de El Cairo", Cecilia, interpretada por Mia Farrow, escapa de la vida sumergiéndose en el edén de una sala de cine y rompiendo, al fin, la cuarta pared: salvada por el arte. Decía Truffaut que once años es una edad en la que se empieza a ser consciente de que el cine y la literatura surgen como unos de los mejores modos de contemplar la vida. No puedo estar más de acuerdo. Ojalá que con la excusa del cine no deje nunca de escribir, aunque sea mal y poco, alimentándome hasta el fin de mis días de películas y de libros, viviendo no una vez, sino muchas.
Este pequeño Licantropunk cumple once años y, como de costumbre, la persona que recuerda todas las fechas le hace un regalo, el libro "Yo soy Espartaco", escrito por el actor Kirk Douglas. El hijo del trapero, que cumplirá, D.m., cien años (eso sí que es una cifra) el 9 de diciembre de 2016, dirige una mirada, que supongo que será esclarecedora, al accidentado rodaje de una de las películas fundamentales de su filmografía y también de la historia del séptimo arte. A leer. Y a ver.

jueves, abril 07, 2016

"En el calor de la noche", de Norman Jewison

Un negro con traje. ¿O es un traje con negro? El traje hace al hombre, dicen, la vestimenta como ineludible carta de presentación: la primera imagen, antes de abrir siquiera la boca, desatando un montón de mecanismos autónomos de interpretación de señales asentados en nuestra memoria evolutiva. Puede ser cierta la frase, supongo que lo será, pero en 1967 en Sparta, un pequeño pueblo del estado sureño de Mississippi, solo parecía verdadera si dentro del traje iba un blanco. En aquella época y en aquel lugar, un traje con un blanco dentro era un traje, pero un traje vistiendo a un negro era un negro: un negro engreído, además. Y en esa cualidad, la de interpretar a un negro con ínfulas, Sidney Poitier era un maestro: guapo, listo y formal: la mirada penetrante que fulminaba a toda la basura blanca que el director de turno le pusiera por delante.
Poitier interpretó con éxito (primer actor de color en recibir un premio Óscar, en 1964 por "Los lirios del valle" de Ralph Nelson) y en multitud de películas, al símbolo certero de la lucha por los derechos civiles que se desarrolló en los Estados Unidos al inicio de la segunda mitad del siglo XX: el cine como primer vehículo cultural para transportar en aquellos años ideas de cambio social: hasta el último proyector del mundo. Caracteres íntegros, indomables, que no están dispuestos a dejar pasar de largo la oportunidad de sepultar milenios de esclavitud y opresión racista.
Un negro con dinero, de paso, que espera el tren en la estación: un bulto sospechoso. Virgil Tibbs termina con sus huesos en la comisaría local: se ha cometido un crimen. El señor Colbert, rico empresario, ha sido asesinado, dejando un cadáver roto y desplumado. Y para colmo hace mucho calor, el calor pegajoso del sur, el que coloca el insomnio nocturno dentro de un horno y arranca la espoleta del despropósito. La atmósfera de la película se puede mascar de puro densa, a punto de estallar en cualquier momento. El jefe de policía Gillespie suda copiosamente, embutido en el corpachón lleno de talento del actor Rod Steiger: el tópico sheriff sudista que masca su chicle incombustible, parapetado detrás de unas gafas de sol, una interpretación sin embargo matizada, que le valió un merecido Óscar (la cinta ganó 4 estatuillas más, incluida la de mejor película). Poitier y Steiger en intenso duelo actoral, rodeados de potentes actores secundarios, batiendo el cobre de sus egos disparados, mientras la banda sonora de Quincy Jones sigue calentando la noche.

jueves, marzo 31, 2016

"Batman v Superman: El amanecer de la justicia", de Zack Snyder

El problema esencial al que se enfrentará un guionista que quiera elaborar una historia sobre Superman, será el de cómo hacerle daño al personaje. Cuando Jerry Siegel y Joe Shuster crearon al superhéroe en la década de los 30, dibujaron un ser todopoderoso que exponía escasos puntos débiles al enemigo (a la figura de Superman le dediqué hace un par de años un largo artículo que fue publicado en la ya legendaria revista "La caja de Pandora", para su no menos mítico número 8 especial "Superhéroes"). Queda la kryptonita, escaso mineral de color verde del que habrá que usar la mayor cantidad disponible para poder frenar al hombre de acero. Y así se llamaba la anterior película sobre Superman, "El hombre de acero", dirigida también por Zack Snyder. Esa producción del año 2013 ya contaba con Henry Cavill como imagen moderna de Clark Kent y era una cinta bastante plomiza, tanto como el color ceniciento que la dominaba y que también sepultó el rojo fuerte de la capa del héroe, así como su carácter, vencido hacia la circunspección y la melancolía. Con aquel antecedente, remake del "Superman II" de Richard Lester, el resultado de "Batman v Superman" se esperanzaba incierto, cuando menos, más aún si el ínclito Ben Affleck iba a ser el encargado de ponerse el traje del otro archiconocido superhéroe huérfano de la DC Comics, Batman. Ay.
Un espectador prejuicioso lo tiene crudo si quiere disfrutar del cine en su plenitud. Y si encima se ha empapado de críticas poco favorables, ni te cuento, mejor pasar la tarde en otros menesteres. Al rato de estar viendo "Batman v Superman", pienso que quizás nos hemos equivocado de sala. ¿Esta es la cinta motivo de tanto troleo, de tanto escarnio y desprecio? Ni Henry Cavill ni Ben Affleck despertarán pasiones por la actuación que desarrollan, pero tampoco molestan (¿Christian Bale es el mejor Batman de la historia del cine? A Bale le sacudió tal tunda actoral el malogrado Heather Ledger en "El caballero oscuro" de Christopher Nolan, que supongo que recalculó las oportunidades de lucimiento que le puede reportar seguir interpretando al hombre murciélago). Por si acaso, se ha sabido rodear a los dos protagonistas de un reparto excelente, con talento probado en los nombres de Amy Adams, Jeremy Irons, Holly Hunter, Laurence Fihsburne, Diane Lane, a los que se une la avasalladora aparición de Gal Gadot como Wonder Woman: las escenas de combate de esta chica maravilla son alucinantes. Sí, no he mencionado un actor, Jesse Eisenberg: su Lex Luthor es lo que merece pasar al olvido en esta película, un Luthor que no se sabe si quiere ser Luthor o si quiere ser Joker y que al final no es uno ni otro: me temo, encima, que el parloteo frenético de Eisenberg seguirá buscando kryptonita en futuras entregas de la saga. Porque se avecina saga, no les quepa duda. El universo DC, a rebufo del éxito taquillero que la factoría Marvel (¿o es Disney?) ha extraído y seguirá extrayendo de su catálogo de Vengadores, está ansioso por hacer caja en años venideros.
Zack Snyder, hábil falsificador de cómics, como demostró en "300" o en "Watchmen", se enfrenta ahora al desafío de pasar a celuloide los tebeos de dos de los superhéroes más famosos que existen, probablemente el primero y el segundo de la lista, personajes que, con sendas firmas de Richard Donner y Tim Burton, ya habían sido retratados con éxito en el séptimo arte. Snyder arriesga con la estética (con buen resultado) pero la película no se la juega con el guión, ¿para qué? Ambos defensores del bien tienen distintas concepciones de la justicia, perfectamente delimitadas desde hace décadas: uno es más boyscout y otro es más canalla, caracteres forjados en la infancia: aunque los dos perdieron a sus padres biológicos a edad temprana, a uno lo criaron amorosos padres adoptivos en una granja de Kansas, mientras que el otro fue carne de internado al que rodeaban avarientos tiburones de las finanzas deseosos de hincarle el diente a la fortuna familiar: pobre niño rico. Personalidades distintas que son la base de cualquier buddy movie que se precie: odio a primera vista. Una de las ensoñaciones que se muestran en la película, aquella en la que en un futuro distópico Batman aparece como un líder de la resistencia enfrentado al régimen impuesto por un Superman totalitario (sacado del fantástico cómic "Superman: Red Son" de Mark Millar: ¿qué hubiera pasado si en vez de en U.S.A., Superman hubiera aterrizado en la U.R.S.S?), lleva al extremo la desconfianza mutua que se profesa el dúo: el enfrentamiento latente, el combate que será a muerte. Pero la muerte no es el final, no. En los cines habrá Liga de la Justicia para rato.

lunes, marzo 28, 2016

"Lo que hacemos en las sombras", de Taika Waititi y Jemaine Clement


Propongo que ésta es la película más divertida que he visto últimamente, al menos en la sección de novedades (hace poco he vuelto a ver "El apartamento" de Billy Wilder, pero no cuenta: revisar comedias y comprobar que el mecanismo de la felicidad que producían sigue funcionando). "Lo que hacemos en las sombras" me recordó a una película de 1984 dirigida por Rob Reiner y que se titulaba "This is Spinal Tap"y que también era muy divertida. En ella se retrataba el "vivir cada día" de una banda de heavy metal que, desterrados los días de gloria, se vapuleaba mutuamente por el camino de la decadencia y el olvido. Las pequeñas miserias cotidianas de este grupo de músicos, conformaban la trama de un falso documental, lustros antes de que el termino reality show dominara gran parte de la parrilla televisiva. Se jugaba con el mito preestablecido por la masa popular en cuanto al glamour que uno puede pensar que domina la vida de las rutilantes estrellas del rock, para comprobar que la realidad era mucho menos atractiva: desmitificación y conmiseración.
"Lo que hacemos en las sombras" funciona exactamente igual que aquella fantástica película de Rob Reiner, poniendo el foco mockumentary en unos vampiros que viven en la capital de Nueva Zelanda, Wellington, compartiendo piso. Y a cualquiera que se haya visto (o se vea) en alguna fase de su vida en la situación de vivir bajo el mismo techo que unos desconocidos, unidos un buen día por el animo de compartir el pago de un alquiler a fin de mes, no tardará ni cinco minutos en empezar a sonreír: el don limpio, el fiestas, el que no sale de su habitación: esa fauna entrañable que se sentaba a charlar rodeada de cacharros sucios y a pergeñar inoperantes turnos de limpieza. ¡Bah! Pasa de todo y vamos a tomar una birra al bar de abajo. Aquello sí que era vivir el instante, ay. Y no, no hay nada como reírse de uno mismo (la sitcom moderna se maneja con precaución cuando frecuenta estereotipos políticamente incorrectos en humor de trazo grueso: ni negros, ni judíos, ni homosexuales, ni musulmanes: a la menor llega un lobby de algo y te sacude un pleito millonario, o algo peor: mejor hacer chistes de blancos occidentales y a ser posible pobres: lectura recomendada para este tema es "Chavs, la demonización de la clase obrera", escrito por Owen Jones).
La parte risible de la vida vampírica será sin duda la que se muestra cercana a la cotidianidad costumbrista del ser humano, condición anterior del vampiro y que ahora resulta ser la especie que le sirve de alimento. Y a pesar de haber alcanzado un escalón evolutivo superior, parece que el pasado mortal de un vampiro pesa demasiado: ataduras mundanas de vanidad y melancolía de las que resulta imposible deshacerse en la ultratumba. Vampiros glam y hombres lobo con barriga cervecera, siguen sintiendo la necesidad compulsiva de ir al bar cuando cae la noche, haya luna llena o no. Y da igual que te hayan mordido aquí o en Wellington: bares, qué lugares.

domingo, febrero 28, 2016

"El renacido", de Alejandro González Iñárritu

Dentro de escasas horas se entregarán los premios Oscar. Esta tarde hubo ocasión de ir al cine y las opciones eran "El renacido" o "Carol", la excelente, según se oye, película de Todd Haynes. Nos decantamos por "El renacido", película que, con 12 candidaturas, tiene muchas opciones de encabezar los telediarios de mañana. Y en ese hipotético avance de las noticias, la imagen de Leonardo Di Caprio empuñando una estatuilla sería la primera, sin lugar a dudas. Debió ganarlo hace un par de años, cuando interpretó magníficamente al embaucador Jordan Belfort para "El lobo de Wall Street" de Martin Scorsese. Pero se lo arrebató Matthew McConaughey por "Dallas Buyers Club" de Jean-Marc Vallée: es que a Matthew se le notaba que se había esforzado mucho. Sí, Hollywood tiene tendencia a premiar el esfuerzo de sus trabajadores, gran noticia, y cuando se nota en la pantalla que un actor se ha dejado la piel en su interpretación, ya sea mareando la báscula hacia arriba o hacia abajo, sentándose en una silla de ruedas, o simulando todo tipo de minusvalías, la marca en el voto del académico está más cercana que nunca. Y quién puede afirmar que Di Caprio no las ha pasado canutas rodando "El renacido": cuánta penuria, cuánta moribundez: Rasputín, al que hubo que envenenar, tirotear y arrojar a las heladas aguas del río Neva para matarlo (al final murió ahogado), era un debilucho comparado con este indómito Hugh Glass, que de glass no tiene nada: duro como un pedernal. Y lo cierto es que un aire a Rasputín, ese afable monje ruso, sí lo tiene.
En "El renacido" a los guionistas se les ha ido la mano sacudiendo la badana, vistiendo de torero a Di Caprio hasta dejarlo como a un ecce homo. Tanto es así que la casquería salpica la pantalla y amenaza con regurgitarle al espectador la comida del domingo. Por mucho que insista el cartel de la película en su frase "Inspirada en hechos reales", este cuento de tramperos de principios del siglo XIX no hay médico del SAMUR que se lo crea. Éste podría ser el principal problema del cine de Iñárritu: el alarde. Tiene tanta ansia el director en dejar a todo el mundo epatado con su obra, que se pasa de efectista: se percibe demasiado la mano que mece la cuna en la cámara que realiza movimientos inverosímiles (pasó en "Birdman"), en la fotografía extática, en el suceso improbable: el espectador termina por salirse de la trama, meditando sobre la verosimilitud del relato en vez de empatizando con él. Te deja frío este renacido, oh Lázaro redivivo.
Al oso es al que deberían darle el Oscar, dicen, por protagonizar una de las escenas más impactantes e increíbles de la película. La capacidad de digitalizar fotogramas está pulverizando las barreras de lo que se puede rodar o no al hacer cine, pero esa potencia está sepultando a la vez el asombro de la mirada: no nos creemos nada y ese oso hace que añoremos a Yogui: yo, al menos, me lo creía mucho más. Las formas en cinematografía ascienden en un crescendo imparable a la vez que el fondo desciende en la misma medida. De este modo "El renacido" se procura un hálito de profundidad infatuada mediante el salpique de una serie de secuencias oníricas, ejemplos de chamanismo new age trasnochado, que ansían llevar a la película a un plano trascendente que, por otro lado, no necesita alcanzar: ya quisiera "El renacido" ni tan siquiera acercarse a Tarkovski o Mallick, como he leído en alguna aberrante comparación, ay. Basta con que "El renacido" quiera ser lo que es: una epopeya de pioneros, una leyenda de territorios fronterizos e inhóspitos, de paisajes milenarios donde el invasor europeo arramplaba con todo lo que se podía vender y exterminaba a todo lo que se movía. Incluido él mismo.

jueves, febrero 25, 2016

"Creed: La leyenda de Rocky", de Ryan Coogler

¿Por qué ver esta película? Creed, nos ordena su título. ¿Pero en qué? ¿Qué esperanzas se pueden depositar en ella? ¿Qué fe puede empujarnos a verla? Su guión no, desde luego, una trama anticipada y simple: el chico quiere ser boxeador. Creed, el hijo de Apollo Creed. Creed. Pero ya se han rodado muchas películas de boxeo, algunas de ellas auténticas obras maestras, que nos relataban con rotundidad la dureza del camino hacia la cumbre, y hacia el olvido, de los combatientes del ring. La excusa para detenerse en esta cinta, episodio séptimo (otro episodio séptimo) de una saga iniciada hace cuatro décadas (otras cuatro décadas), será el propio Rocky. Y punto. Contemplar a Sylvester Stallone enfundado de nuevo en la piel de El potro italiano, echando el cierre (o no) al papel que le lanzó directo al estrellato de Hollywood, es lo que justifica el precio de la entrada: verle subir por última vez los escalones que conducen al Museo de Arte de Filadelfia, una escalera cinéfila tan mítica como la de "El acorazado Potemkin" de Serguéi Eisenstein.
Stallone generó dos iconos cinematográficos que se convirtieron en símbolos universales, en imágenes genuinas del siglo XX. Tanto Rocky como Rambo surgieron de buenas películas: "Rocky", dirigida por John G. Avildsen en 1976, y "Acorralado", de Ted Kotcheff, estrenada en 1982. Ambos eran arquetipos del héroe de la clase trabajadora: el humilde chico de barrio que para escapar del lumpen elige el gimnasio y el rudo oficio de boxeador o, peor aún, la oficina de reclutamiento y el destino desgraciado de la guerra de Vietnam. El problema de estas películas fue, precisamente, su éxito, un triunfo mundial que condujo a una sucesión terrible de secuelas, a cual peor: el icono y la caricatura. Sin embargo, la sátira común de sus dotes como actor parece haber conducido a Sly a un estado de aceptación tácita: el reírse de uno mismo, eso tan sano. Así se retrata al Rocky crepuscular de "Creed", un vejete bonachón de sonrisa fácil, corpachón de boxeador sonado y el regalo de la sabiduría de la experiencia, un ídolo antiguo abatido por las ausencias, por la nostalgia de todos aquellos a los que ha sobrevivido. Con aquel Rocky del 76, consiguió Sylvester Stallone dos nominaciones, una como mejor actor y otra como mejor guionista, nada menos. No se llevó ningún Oscar aquella noche de 1977. A la tercera, ya se sabe. O no.