lunes, junio 29, 2015

"La mujer del chatarrero", de Danis Tanovic

Veo, fascinado, la escena del desmembramiento del coche, y pienso en tramperos atrapados en el invierno, al borde del círculo polar ártico, en un territorio salvaje y despiadado, hombres alejados de cualquier tipo de civilización, que despedazan la reciente pieza de caza, carne de fortuna. El chatarrero convierte en chatarra su propio vehículo como el explorador que sacrifica su caballo, en la última frontera, para sobrevivir un día más. Pero el chatarrero vive aquí cerca.
Veo al chatarrero retroceder a la ocupación primigenia de cazador-recolector, la misión paleolítica de recorrer el entorno jornada tras jornada para conseguir, honradamente, un puñado de euros con los que alimentar a los suyos, cortar leña furtivamente para procurarles un hábitat mínimo que deje el frío más allá de las ventanas, despojarse de todo lo que tiene para pagar la luz que evite vivir en tinieblas hasta el amanecer y, sobre todo, cubrir un vergonzoso gasto sanitario (el mismo día que leo a Paul Krugman dar hurras por el "Obamacare": parece mentira que haya que darlos), auténtico Leitmotiv de esta cinta, verídica y amarga. El chatarrero vive a la vuelta de la esquina, aunque la película dice que es en Bosnia Herzegovina: malvive en las cercanías del opulento régimen económico europeo, en cualquier caso.
Veo el mismo fin de semana otro DVD, que también trata de relaciones de pareja: "10.000 km" de Carlos Marques-Marcet, reciente premio Goya a la dirección novel. El contraste es tan denso entre ambas historias que, me temo, "10.000 km", pretendido relato de "la crisis", se va llevar el palo: elogio de la imbecilidad: decir que estos pijos barceloneses bienalimentados están en crisis (no me queda tampoco más remedio que salvar la actuación de Natalia Tena, gran actriz), ya sea laboral o de pareja, supone un insulto a los personajes reales de Danis Tanovic. Supongo que "10.000 km" intenta tomarse en serio a sí misma, pero sólo consigue el retrato de una pasión vacía, drama tecnificado y aburrido, el cénit de una generación agobiada porque la hicieron creer que eran los reyes del universo, un prodigio etéreo y falso, y que no está dispuesta a despertar del jet lag de sus ambiciones truncadas. Puestos a comparar, sería más justo poner en valor "10.000 km" contra la excelente "Stockholm" dirigida por Rodrigo Sorogoyen, ganador del mismo premio en los Goya del año anterior y que, con supuestos similares (y en ésta la actriz que deslumbra es Aura Garrido), no titubeó a la hora de dejar claro el mensaje: la fiesta se acabó.

jueves, junio 18, 2015

"The drop (la entrega)", de Michael R. Roskam

Las novelas del escritor Dennis Lehane han dado lugar a espléndidas adaptaciones cinematográficas, películas que han brillado con fuerza en el panorama cinéfilo, como pueden ser "Mystic River" de Clint Eastwood o "Shutter Island" de Martin Scorsese. Sus tramas ofrecen una profunda penetración psicológica en los personajes, apartando capas y capas de encubrimiento social hasta descubrir las verdaderas motivaciones, oscuras y violentas, de sus actos. Historias adornadas en ambientes lumpen, preferentemente de los que celebran el día de San Patricio por todo lo alto, el ecosistema tácito y contenido del barrio obrero, tradicional, donde todo el mundo sabe y donde todo el mundo calla, la justicia al margen de la ley y una corona de flores en cada farola fundida: los cadáveres de los chivatos beben cerveza negra sentados en el bordillo del callejón.
En "The drop" esa jungla urbana fija su acción en un epicentro geográfico indiscutible: el bar, por supuesto: más importante que la iglesia, que el lugar de trabajo, que el hogar familiar: el bar de uno. Cousin Marv's se denomina el garito, y al tal Marv lo interpreta James Gandolfini, entregando al celuloide la última muestra de su talento, tan prematuramente perdido. Un primo Marv perfecto, de nuevo el papel de delincuente inseguro o de ciudadano tentado por el crimen, asaltado por las dudas, figura de la que logró construir un arquetipo televisivo en la serie "Los Soprano". Sólo por contemplar a Gandolfini en su inesperado epílogo, merecería la pena ver "The drop". Adiós, maestro. Pero la película, magnífico thriller criminal, está llena de actuaciones notables, la de una generación de potentes actores treintañeros, como si el rotundo carácter de Gandolfini se hubiera apartado para dar paso a un caudal incontenible de savia nueva, que está abordando la taquilla con paso firme: Matthias Schoenaert, Noomi Rapace y Tom Hardy.
Matthias Schoenaert, actor belga que descubrí en "De óxido y hueso" de Jacques Audiard, que ya sirvió a la órdenes del director Michael R. Roskam (belga también) en "Bullhead", donde no dejó duda de su talento, y que anda en cartelera con "Suite francesa" de Saul Dibb y "Lejos del mundanal ruido" de Thomas Vinterberg, nada menos. Noomi Rapace, sueca (de madre, pues su padre fue un cantaor de Badajoz llamado Rogelio Durán), que encarnó a Lisbeth Salander para llevar al cine las celebérrimas novelas negro-nórdicas de Stieg Larsson, un papel que catapulta directamente a la fama: no sólo eso, más adelante tomó el relevo de Sigourney Weaver, nada menos también, para combatir extraterrestres poco amistosos en "Prometheus" de Ridley Scott. En cuanto al británico Tom Hardy (vaya, la acción transcurre en Brooklyn, pero ninguno de los tres parece que tenga mucha relación anterior con el barrio), la referencia estaba en "Warrior" de Gavin O'Connor, notable cinta de peleas en el ring, entre el melodrama de boxeo y las más macarras de artes marciales de Van Damme, a la que se añade su, irreconocible, papel del villano Bane en "El caballero oscuro: La leyenda renace", tercera entrega de los Batman de Christopher Nolan, para el que también trabajó en "Origen". Ahora se le puede ver (aún no lo he hecho, pero espero hacerlo pronto) como el Max Rockatansky del siglo XXI, heredero del cuero polvoriento de Mel Gibson, para "Mad Max: Furia en la carretera" de George Miller. Nada menos, sí, y van tres. Nada más.

miércoles, junio 10, 2015

"Tierra prometida", de Gus Van Sant

La película del fracking: todo lo que usted siempre quiso saber sobre el fracking y nunca se atrevió a preguntar. ¿Qué es el fracking? Una definición tan sucinta como rotunda es la que una vez escribió mi amigo Pablo: el fracking es caca. Algún otro pensará, y defenderá, que se trata de una fuente de energía que hay que explotar y aprovechar, un recurso natural en el subsuelo de países que, hace tiempo, esquilmaron las reservas de cualquier cosa al alcance de la mano que se pudiera vender. Y ahí se puede encontrar el principal problema: la voracidad: maximizar el beneficio a base de reducir costes y relajar a la vez las mínimas precauciones y márgenes de seguridad que cualquier explotación industrial debe respetar sí o sí: en ocasiones es no. La economía mundial está al servicio de un grupo de ancianos residentes en el perpetuo verano de Miami, bronceados jubilados que exigen el mayor rédito a sus milmillonarias cuentas y a sus laberínticos entramados financieros: si la gráfica no sube hasta perforar el techo, te vas a la calle: búscate la vida y haz lo que tengas que hacer, que yo me voy a echar otros nueve hoyos.
Matt Damon y Frances McDormand interpretan a una pareja de representantes de una compañía gasística estadounidense. Su trabajo es convencer a granjeros del interior del país de que les vendan sus tierras, a sabiendas de que perforando debajo de ellas e inyectando agua a presión mezclada con diversos componentes químicos, se obtendrá el preciado gas natural atrapado entre las rocas: el prado del abuelo es una mina, quién lo iba a decir. Más allá de los imprescindibles dilemas entre ecologismo y capitalismo, entre conservar la heredad o canjear el billete de lotería, la cinta aborda el retorno al origen, a la sociedad primitiva del buen salvaje dedicado al trabajo agrícola y ganadero: el yuppie despierta de la pesadilla alucinada del capitalismo de ficción y queda atrapado entre la virtud del arado y las nobles camisas de franela. De la oficina al granero. Y que cante el gallo.

jueves, junio 04, 2015

"Leviatán", de Andrey Zvyagintsev

Gulag. Aleksandr Solzhenitsyn lo escribió en "Un día en la vida de Iván Denísovich". Inopinadamente la novela atravesó la férrea censura soviética de los años 60 para que Nikita Jrushchov, héroe del cerco de Stalingrado (lo interpretaba Bob Hoskins en "Enemigo a las puertas" de Jean-Jacques Annaud: gran actor, recientemente fallecido, y gran director Annaud, aunque el adjetivo irregular le cae bien: ahora anda por ahí un estreno suyo, "El último lobo"), ventilara el régimen, abriera puertas para que corriera el aire y ajustara cuentas con los oscuros filos del bigote de Stalin: las purgas, la represión brutal, la paranoia anticapitalista, las cazas de brujas: vacaciones en Sibería a cargo de la denuncia más surrealista. En denuncias parece que se está especializando el director Andrey Zvyangintsev: así lo era en su anterior película, "Elena", extraordinaria, llena de silencios sutiles que contrastaban con actitudes rotundas. Y en denunciar progresa este Leviatán, la mascota de Dios (tienen su lugar en la cinta los popes ortodoxos: la religión como eterna tercera pata del poder), monstruo bíblico capaz de devorar el mundo: barcos rotos horadados por la constancia del salitre, osamentas de pecios, de ancestrales bestias marinas: la persistencia del tiempo y de la pena. El rayo que no cesa.
Siempre han existido excelsos practicantes del ejercicio del poder, la oligarquía como equipo de élite preparado para superar cualquier record a la hora de disparar las mayores barrabasadas imaginables en el innoble deporte de la codicia premeditada. Alcaldes elegidos democráticamente que se convierten en mafiosos impíos en cuanto tienen cerca la oportunidad de firmar un papel: la expropiación no es más que la ampliación del cortijo. Podría ser el burgomaestre de alguna capital castellana, empeñado en plantar áticos, pero en el caso de "Leviatán" el punto de mira se sitúa en una latitud y longitud muy superiores y unas formas más violentas: hasta en el último confín del mundo cuecen habas: comunistas reciclados en un curso acelerado de capitalismo salvaje: nuevos ricos con ejército privado y ningún escrúpulo a la hora de maximizar beneficios a cargo de la gestión pública (la reciente "Un toque de violencia", del director chino Jia Zhang Ke, también abordaba estas brutales transiciones hacia la economía de mercado: lo que era de todos no parecía mucho, pero en manos dispuestas, avarientas, se transforma en una espléndida multinacional).
Habrá que sacar el AK47 de debajo del colchón, atiborrarse a vodka, cazar al Leviatán en su guarida. Pero la ley del talión no pasará de la estéril venganza en efigie: acribillar a balazos retratos de antiguos mandatarios. Uno planea durante todo el metraje, uno que aún no se ha descolgado de la pared del despacho oficial, uno que parece que podría, si quisiera, poner orden: fama de mano dura no le falta. Otro Padrecito, me temo. Gulag y olvido.

jueves, mayo 28, 2015

"Donde la ciudad termina", de Martin Ritt

Al director Martin Ritt se le puede asociar, libremente, a William Faulkner por un lado de la cámara y a Paul Newman por el otro: "El largo y cálido verano", "El ruido y la furia", "Hud", "Un hombre". El resto de su extensa carrera cinematográfica se me pierde un tanto. "Donde la ciudad termina" es su ópera prima: también se puede asociar, sin tanta libertad sino por obligación, a dos películas previas: "La ley del silencio" de Elia Kazan y "Rebelde sin causa" de Nicholas Ray: turbios asuntos de estibadores de los muelles de Nueva York y chicos perdidos que se escapan de casa, insólitamente, en la América del Sueño, en la bonanza (no la de la familia Cartwright) de los años 50. La comparación con las obras maestras de Kazan y Ray sería desmedida: más pequeña, menos ambiciosa. Tampoco se podría poner a John Cassavetes en el pedestal de Marlon Brando o James Dean: Cassavetes dará lo mejor de sí cuando se convierta en director: puntal del cine independiente, una carrera de libertad creativa que abrió camino a muchos otros francotiradores camarógrafos. Sin embargo la cinta de Ritt aporta con gran fuerza una componente racial al drama, convirtiéndose en pionera a la hora de mostrar la relación de amistad entre un negro y un blanco en el cine: más aún, Sidney Poitier (éste sí merecería su lugar junto a Brando o Dean: "Adivina quién viene a cenar esta noche" de Stanley Kramer, "Rebelión en las aulas" de James Clavell, "En el calor de la noche" de Norman Jewison, "Semilla de maldad" de Richard Brooks: una carrera fulgurante la de Sidney Poitier: sin duda también fue pionero) es el que ostenta el rol superior: el hermano mayor de la televisión transportado al rudo ambiente portuario.
Una amistad tan profunda, tan sincera y desinteresada (¿Qué quieres de mí?, pregunta con insistencia el recién llegado Cassavetes a su benefactor, al poco de conocerse ambos, mosqueado por tanto interés protector), tan candorosa y juguetona que, en algún momento, se puede pensar si se llegaría a lanzar, en plena guerra fría, un misil del calibre de sobrepasar lo interracial para abordar lo homosexual. Rápidamente se busca mujer a uno y novia a otro y fin de la sospecha, compadre. La película no acaba de romper, algunas situaciones se vuelven artificiosas, los colegas no afinan su química (Cassavetes tiene unas facciones demasiado rotundas como para resultar convincente en su desamparo juvenil) y el drama termina de modo abrupto. Pero no por ello se dejará de disfrutar de un clásico intemporal, de nostálgicos ambientes neoyorquinos, de una fantástica fotografía en blanco y negro, de un formidable Poitier y del no menos sensacional secundario Jack Warden. Una pregunta cinéfila a la par que necrófila, no vale emplear el buscador: ¿Sidney Poiter sigue vivo? ¿Y Jack Warden? Cassavetes ya les digo yo que no. Murió prematuramente, en los años ochenta, con mucho cine dentro.

jueves, mayo 21, 2015

"Vengadores: La era de Ultrón", de Joss Whedon

De nuevo Joss Whedon al mando de la adaptación cinematográfica de los cómic del grupo de superheroes más formidable que nunca haya salido de una imprenta: lo escrito en su día para "Los Vengadores", hace tres años, aplica sin tener que cambiar ni una sola coma. Sí, más de lo mismo: de nuevo un malvado megalómano intentando culminar sus malévolos planes contra la desamparada raza humana, y de nuevo un esforzado, desinteresado, pero ni mucho menos indefenso, puñado de guerreros dispuesto a derrotarlo. Épica a raudales, característica definitoria del género que las capacidades técnicas del cine actual colocan al nivel de lo nunca visto, desplegando en la pantalla grandiosas batallas, espectaculares hasta el último fotograma, destrucciones masivas en las que Hulk sigue siendo el puto amo.
Esta entrega incorpora nuevos personajes (hijos de Magneto, sintezoides ingenuos y promesas de villanos) y verlos aparecer supone una emoción añadida para los que han disfrutado de horas y horas de devorar aventuras asombrosas editadas en papel barato. Es fácil: pasar las páginas de un catálogo infinito de misteriosos enmascarados dotados de facultades de semidioses y denominaciones de frenopático, señalar uno con el dedo y apuntarlo al club. Los Vengadores llegaron a tener decenas de miembros, altas y bajas en el grupo según la saga que tocara desarrollar, de modo que si se quisiera exprimir a conciencia esta gallina de los huevos de oro y aumentar el ritmo de producción de blockbuster de éxito seguro, los guionistas no iban a tener el menor problema a la hora de extraer tramas del baúl de los tebeos. La segunda parte de los Vengadores tiene el propósito loable de introducirse aún más en la psique de estos triunfadores que son un desastre en su vida privada. Incluso se intenta establecer conexiones sentimentales entre algunos de ellos: la bella y la bestia, la doncella que atrapa al unicornio. Y no falta mostrar las tenues barreras que separan al héroe del villano, al salvador del criminal de guerra, al ídolo del monstruo: un gran poder conlleva una gran responsabilidad y todo eso: los comic book se hicieron adultos cuando abandonaron plúmbeas tramas maniqueas y decidieron dotar de matices las esperadas viñetas semanales.
Queda también claro que las Gemas del Infinito son el Macguffin que sirve de hilo conductor de la inmersión cinematográfica en el Universo Marvel, al menos desde "Thor", dirigida por Kenneth Branagh en 2011. Las piedras de poder son un símbolo ancestral del ansia del hombre por poseer objetos mágicos, amuletos, talismanes, cualquier cosa que permita cumplir deseos y demoler barreras: la lámpara de Aladino, el Santo Grial o las bolas de dragón de Goku: fuentes de energía que, mal empleadas, pueden convertirse en un destructor total: fuerzas desencadenadas capaces de arrasar el planeta: pobre mono bípedo ahíto de sueños de grandeza. El héroe es el tótem antiguo que vence al demonio y que restablece el equilibrio, una figura intemporal que no pierde vigencia. Ahora se crece al margen de los tebeos, ay, el fin definitivo de la caballería andante, extinción de quijotes, y estos desheredados de la fantasía épica saben lo que se han perdido porque acuden en masa a presenciar este celuloide hiperrentable, una máquina de fabricar dinero que no tiene visos de querer parar. Por mí, que no lo haga.

sábado, mayo 09, 2015

"The Monuments Men", de George Clooney

Película basada en el contenido de un libro de historia del mismo nombre, de lectura recomendable. En él, escrito de forma muy amena por el estadounidense Robert M. Edsel, se detallan los esfuerzos de una sección del ejercito aliado, la MFAA (Monuments, Fine Arts, and Archives), grupo empeñado en preservar, al tiempo que el frente se desplazaba en dirección Berlín, toda catedral, iglesia o edificio histórico que aún se mantuviera en pie: bombardea un poco más lejos de este punto, por favor. También tenían como misión recuperar todo el arte expoliado por el avance imparable de las fuerzas alemanas en los años previos al desembarco de Normandía. Hitler, ese pintor fracasado, tenía, entre sus sueños de grandeza, el de crear en la ciudad austriaca de Linz el museo más grande y mejor dotado del mundo, el Führermuseum, diseñado por él mismo (aparece en la película la maqueta del proyecto, y la bóveda principal, majestuosa, trae rauda a la mente los volúmenes orondos dibujados por el francés Étienne-Louis Boullée, arquitecto francés del siglo XVIII, y con ellos una película magistral, "El vientre de un arquitecto" del Peter Greenaway). El retablo de la catedral de Gante pintado por Jan Van Eyck, la Madonna de Brujas de Miguel Ángel, El astrónomo de Jan Vermer, puntos señalados en un listado enorme: miles de obras dispuestas al capricho saqueador de los gerifaltes nazis, omnipotentes en territorio conquistado. Obras del hombre, irreemplazables, irrepetibles, objetos que se deben preservar a toda costa: más valiosos que cualquier pozo petrolífero, que cualquier yermo terreno fronterizo en disputa, que la megalomanía homicida, que la codicia iletrada (la reciente destrucción de los restos asirios de la ciudad de Nínive, milenarios colosos barbudos con alas y cuerpo de león, destrozados a golpes por la mano insensata de fanáticos opacos y prescindibles: desolación sin retorno).
Que George Clooney se fuera a hacer cargo de la adaptación cinematográfica del libro, no era mala noticia: buen director de cine, ya estaba demostrado. Pero debió pensar que abordar el tema con seriedad sería veneno para la taquilla: mejor realizar una película ligera, de aventuras en el frente, el pelotón chiflado y tal. Tanto no querer ser serio, que la cinta se convierte en una broma: una reunión de amiguetes actores que parecen encantados de juntarse unos días a rodar una película en Europa, a jugar a las batallitas, pero que no acusan el mínimo esfuerzo para dar salida a un guión bastante descolocado de por sí. Cate Blanchett parece la única dispuesta, tampoco mucho, a meterse en el papel, sólo sea porque tiene la misión de encarnar a Rose Valand, auténtica heroína universal en esta odisea de apasionados por el Arte. A partir de los año 90 se produjo un resurgir del género bélico, un ciclo cinematográfico potente preocupado por mostrar más de una cara de los conflictos que retrata: los buenos no lo eran tanto, los malos tampoco. "The Monuments Men" no encaja en esos méritos: la irrefutable pena de la ocasión fallida, del tiempo perdido. Y del dinero malgastado.

sábado, mayo 02, 2015

"Big Eyes", de Tim Burton

"Big Eyes" es la primera película de Tim Burton que no me defrauda desde hace unos cuantos años: exactamente desde hace diez, desde el año 2005, año del estreno de "La novia cadáver", aquella fantástica oda a la necrofilia romántica, a novelistas decimonónicos ahítos de láudano y amores malditos. De aquella en adelante, los títulos que llevaban la firma del director californiano han sido una suma de decepciones, una tras otra, piedra de Sísifo harta de rodar cuesta abajo: otra vez. Pero "Big Eyes" no. Tampoco es que haya alcanzado el nivel de sus antiguas obras maestras, ni mucho menos: quizás había quedado ya tan bajo el listón, que con no oír despotricar a mis neuronas durante la proyección, se ha conseguido una victoria plena.
Los motivos de esta mejoría se podrían buscar en cierto abandono de la poderosa estética burtoniana, ese genial chorro de fantasía que creaba unos personajes ideales, pero que se había vuelto un lastre invasor, un abuso de imaginería, borrachera de barroquismo, que ahogaba la trama y despojaba de sentido los guiones que había que desarrollar. El sello Burton como aval y como losa. Bienvenido este soplo de aire fresco, sin merma de otra de las grandes virtudes del director, la creación de ambientes, y no sólo sórdidos, sino también cotidianos, como la casa donde se desarrolla "Bettlejuice" o aquel barrio de clase media en el que fue a aterrizar "Eduardo Manostijeras". La atmósfera beatnik de San Francisco a principios de la década de los 60, será la retratada de manera eficaz en "Big Eyes".
Si no recrearse en su estética (los obsesivos ojos grandes ya dan cuenta de ella) ha permitido ventilar el celuloide, no menos importante será la elección de la pareja protagonista, Amy Adams y Christoph Waltz, formidables ambos en su papel del matrimonio Keane. Un clavo saca a otro clavo, y parecía que no había forma de echar de los fotogramas de Burton a Johnny Deep y Helena Bonham Carter. No pretendo ser hipócrita: del actor Johnny Deep he visto películas estupendas, muchas de ellas de la mano de Tim Burton, o aquella interpretación de John Dillinger para "Enemigos públicos" de Michael Mann, pero últimamente se ha convertido en la caricatura de un actor, un delirio gestual hacia ninguna parte. Adams y Waltz dando el punto justo a sus interpretaciones, ella como una pintora entregada a su trabajo, entre el talento callado y la tristeza que destila en sus cuadros, y él como un vendedor locuaz y caradura, perfecto tendero para engatusar a un esquimal y venderle hielo.
La trama de "Big Eyes", basada en hechos reales, tiene referencia cinéfila de primer orden en "Perversidad" de Fritz Lang. En ella Edward G. Robinson interpreta a un pintor aficionado que tiene la buena costumbre de no firmar sus cuadros. El pobre hombre se cuela por Joan Bennet y el novio de ésta, un villano de libro interpretado por Dan Duryea, le pone firma falsa a los cuadros (la firma de ella) y los vende. Aquel ménage à trois de Fritz Lang, joya del cine negro, tiene su reflejo colorido en "Big Eyes", sólo que en ésta es ella la que pinta y él el que firma. La película permite arrojar una mirada profunda al mundo del arte: la idea original, la copia, el talento, el mercado: tan importante es el artista como el marchante, alguien que ponga tu obra en el mapa. Y más allá de caballetes y pinceles, la cinta recoge el espíritu reivindicativo de la época mostrada y se vuelca hacia el lado de la lucha feminista, de la igualdad de derechos y el movimiento de liberación de la mujer. Adiós al corsé.
Pósters para dormitorios de adolescentes, de niños, monerías de esas de las que compran los padres sin preguntar a sus hijos. Arte pop que genera iconos que se propagan de manera viral, a una velocidad y con un alcance que superan toda lógica. Todo el mundo quería uno, dice la película, y seguro que era verdad. Recuerdo las mujeres morenas que pintaba Julio Romero de Torres: no había hogar en los años del franquismo que no tuviera colgada una de esa láminas (de Romero de Torres o de otro pintor de gusto similar) en alguna pared destacada. Papel pintado lleno de flores y cuadros de payasos tristes: al baúl de los recuerdos habría que ponerle candados dobles. Y tirar las llaves.

lunes, abril 27, 2015

"Heli", de Amat Escalante

La detención de otro jefe narcotraficante mexicano volvió a desatar tiroteos y bloqueos de carreteras en tres municipios del... La muerte de una joven mexicana, cuyo cuerpo desmembrado fue encontrado hace unos días cerca de la frontera con Estados Unidos... En México, algunos carteles de la droga, como el que asesinó a 43 estudiantes, tienen nexos directos con... ¿Usted se cree todas esas noticias que, a cada poco, nos asaltan desde el telediario? ¿Es capaz de entender que en una nación donde la democracia es el sistema de gobierno que impera desde hace casi un siglo, se pueda alcanzar tal nivel de descomposición social? ¿No será todo exageración, sensacionalismo?
Aparte de los noticieros, muchos otros ya lo habían contado. Recientemente el libro "CeroCeroCero" de Roberto Saviano (no lo recomiendo en exceso: Saviano, aunque sea por motivos desgraciados, se ha convertido en su propia obra: demasiado ombligo en el texto), panorama mundial del tráfico de cocaína. O en las estupendas novelas negras de Élmer Mendoza como "Balas de plata" o "El amante de Janis Joplin". O, desde el otro lado de la frontera, "El poder del perro" de Don Wislow. Y uno de los primeros que me lo contaron, Arturo Pérez Reverte con "La reina del sur", novela mecida por los acordes rancheros de "Los tigres del norte": narcocorridos prohibidos, esos que invitan a poner unos pesos delante del busto sincrético de Jesús Malverde, patrón sicario. En cine no se puede dejar de mencionar "Traffic" de Steven Soderbergh, película que expuso el problema delante de millones de espectadores de todo el mundo, aunque si tuviera que destacar una filmografía profunda en sus reflexiones, cintas sin miedo que ponen el dedo en la llaga y aprietan con fuerza a ver si logran sanear el miembro, entonces las obras del director mexicano Luis Estrada son las indicadas: tanto "La ley de Herodes" como "El infierno" son valiosos relatos cinematográficos, colmados de humor negro, acerca de la surrealista situación de la sociedad mexicana, un ecosistema dominado por una corrupción tan brutal como la violencia que la genera y la salvaguarda, un ciclo lunático que no lleva a ninguna parte.
En "Heli" Amat Escalante no toma prisioneros, describe sin piedad el terror que se infiltra en la vida cotidiana, que lo abarca todo y a todos. Esta desoladora película resulta de una claridad rotunda: nadie se libra y ningún lugar es seguro: ni en la casa ni en la calle, ni con la policía ni mucho menos con los narcos. Cuando se vive en zonas donde la sociedad desciende al abismo de decidir que seguir vivo un día más es estupendo, que llegar a casa por la noche sano y salvo es un logro, entonces sin duda se está en guerra. No es extraño que muchos decidan seguir el camino del narco, al menos esa opción permite morir matando y alcanzar la pasta que el trabajo honrado, pero esclavo y sin futuro, nunca proporcionará en un entorno viciado hasta la nausea. Escalante lo cuenta, como muchos otros que mencioné, con el objetivo bien abierto pero nada de humor. Ni siquiera negro.

domingo, abril 19, 2015

"La sal de la tierra", de Herbert Biberman

Diez personas se negaron a responder las preguntas de la Comisión de Actividades Antiamericanas, diez cineastas que a partir de entonces quedarían apuntados en la Historia del Cine como "Los Diez de Hollywood": Alvah Bessie, Herbert Biberman, Lester Cole, Edward Dmytryk, Ring Lardner Jr., John Howard Lawson, Albert Maltz, Samuel Ornitz, Adrian Scott y Dalton Trumbo. Su resistencia a colaborar con un disparate inquisitorial, que pretendía asfixiar cualquier desviación ideológica que se apartara en lo más mínimo del canon capitalista, provocó que desde aquel 24 de noviembre de 1947 figuraran en una infame lista negra: multa, prisión y la imposibilidad de trabajar para Hollywood a no ser que cambiaran su actitud, confesaran y, aún peor, denunciaran a otros compañeros de profesión sospechosos de comportamiento subversivo. Esa lista negra se engrosaría hasta alcanzar, en 1951, la cifra de trescientos veinticuatro nombres.
En 1953 el director Herbert Biberman y otros integrantes de la lista como el productor Paul Jarrico, el guionista Michael Wilson o los actores Will Geer y Rosaura Revueltas, parecen tomar la decisión de que ya que te acusan, que sea por algo. Apartados de la industria hollywoodiense, con la producción independiente del Sindicato Internacional de Mineros y Trabajadores de Minas y Fundiciones, ruedan en Nuevo Mexico una genuina película de izquierdas, reivindicativa y social, de auténtica lucha obrera. La trama está basada en las huelgas que sacudieron en 1951 a la compañía minera Delaware Zinc Co., de Silver City, y en la película van a aparecer conflictos no sólo relacionados con el mundo del trabajo, con la mejora de las condiciones laborales y salariales que los mineros de origen mexicano reclaman sin descanso, sino también problemas de índole racista (los anglos y los panchos) y, de modo más intenso aún, de liberación de la mujer. Y todo ello tratado de forma inteligente, bastante alejada de dogmatismos sectarios, obteniendo una obra viva (muchos de sus actores no eran profesionales, aportando un verismo extraordinario a la cinta) que resulta insólitamente actual. Tristemente actual.
Demasiada agitación para los tiempos apasionados por lo inmóvil del Macarthismo. Al rodaje se le opusieron trabas de todo tipo (entre otros muchos problemas con los que se encontró la película, la actriz protagonista Rosaura Revueltas fue encarcelada y expulsada de Estados Unidos y tuvo que volver clandestinamente al país para terminar su trabajo) y tras su noche de estreno la película fue boicoteada y prohibida de facto hasta una década después. Sin embargo alcanzó éxito internacional y fue premiada en numerosos festivales. En la actualidad es una de las cien películas preservadas para la posteridad por la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos. Lo que no implica que a todos los congresistas estadounidenses les guste la película, claro.

lunes, abril 13, 2015

10 años de Licantropunk

Hace unos días, apareció en Tembladeral de sílabas, el imprescindible blog de Angelus, el título de un poemario que me sedujo al instante: "Aullido de licántropo". El nombre de ese libro, del poeta jerezano Carlos Álvarez Cruz, y la estupenda crítica que Angelus escribió sobre él, apuntaban a que esos aullidos serían un regalo acertado para celebrar el décimo aniversario de este pequeño Licantropunk. Y así se lo chivé a Akebono, la persona que hace todos los regalos, que recuerda todas las fechas: otro año más. Gracias, gracias. Además, como en tantas otras ocasiones, la condición de que esa recomendación llegara desde otro blog sería doblemente certera, renovando el bendito tráfico de influencias que esta década bloguera ha supuesto. Compartir una afición, que en realidad es devoción, con otros comulgantes del celuloide, una forma de prolongar el placer de ver una película hasta mucho tiempo después de que aparezca el The End en la pantalla. Pensar el cine: incrustar el recuerdo en la memoria, recuperar el sentimiento, paladear el rescoldo de la emoción experimentada.
Aullidos de un licántropo cinéfilo. El contador de visitas del blog muestra una cifra que me parece apabullante. Ya me resultaría pasmoso que una décima parte de esos visitantes hubiera leído la entrada visitada, pero si encima les hubiese gustado, aunque sólo fuera un poco, quizás una línea, un adjetivo bien colocado, o, mejor aún, incitar a ver la película de la que se hablaba, entonces la recompensa sería invaluable para mí. Mi agradecimiento a todos ellos, sobre todo a aquellos que tuvieron la inmensa generosidad de redactar un comentario. Decía Albert Camus que los que escriben con claridad tienen lectores y los que no, comentaristas: no sabía el escritor francés lo feliz que le hace a uno esa retroalimentación de opiniones. A los paseantes asiduos, con los que en algunos casos llevo manteniendo correspondencia cibernética durante muchos años, amigos míos (no voy a nombrarlos por no cometer la torpeza de dejar alguno en el tintero: ellos saben que lo son: la mayoría tiene su rincón dispuesto en la parte derecha de esta página), miles de gracias. Seguimos en contacto.

miércoles, abril 08, 2015

"Home. Hogar dulce hogar", de Tim Johnson

Dreamworks Animation ha producido varias películas realmente buenas: "Kung Fu Panda", "El origen de los guardianes", "Cómo entrenar a tu dragón" o "Los Croods" (otras franquicias como "Shrek" o "Madagascar" han tenido enorme éxito pero no entran en mi lista de preferencias). Destacadas películas de dibujos animados que no eran la que lleva por nombre "Home". En esta ocasión, como en muchas otras, se adapta a la pantalla un cuento infantil, un best seller en Estados Unidos, que teje una historia de amistad chachi entre un alienígena tontuno y una niña perdida que busca a su mamá. Con esos postes extiendan ustedes el resto, sustrayendo de la mente lo más básico para generar hora y media de entretenimiento familiar sin muchas pretensiones. Gracietas fáciles de choque cultural (la alianza de civilizaciones trasportada a la "tercera fase" de la animación por ordenador), aderezadas de empacho cromático, incluido el colorido multiétnico, y de cosmopolitismo globalizador, que para eso hay compañías aéreas de bajo coste deseando vender billetes (a cualquier precio). Y de modo subliminal, o no tanto, un anuncio publicitario de principio a fin: el de la cantante Rihanna: omnipresente pop de ínfimo nivel a lo largo de todo el metraje, al que se le añade que la conocida (supongo) diva mezzosoprano (dice Wikipedia) de las pistas de baile, otorga su voz a la niña protagonista en la versión original de la película.
Si la banda sonora no tiene encaje racional en la trama, la trama a su vez no tiene por dónde cogerse. Uno de los peores vicios de las películas pensadas (demasiado suponer en este caso) para los niños, es tomar a estos por tontos y llenar los fotogramas de dosis desequilibradas de candor y pedorretas, como si el coeficiente intelectual de los menores de 12 años fuera digno de la sinapsis de las estrellas de mar (un saludo a Patricio Estrella, por cierto). Además la acción se desarrolla a toda castaña, de modo que el menor atisbo de comprensión del relato queda anulado por la avalancha de fotogramas: rodajes patrocinados por los fabricantes de Ritalín. La verdad es que dan ganas de que los marcianos nos invadan de verdad, y de que el ser humano, al fin, evolucione, empero retornando al estado primigenio y plácido de la ameba, ese humilde microorganismo que le da pinta a los Boov que salen en la película, una especie de allende las galaxias que está muy avanzada tecnológicamente y que sin embargo es imbécil. Dense un paseo por la calle y contemplen a sus conciudadanos mirando hipnotizados su smartphone. Ya están aquí.

lunes, marzo 30, 2015

"Enemy", de Denis Villeneuve

Se dice que todos tenemos un gemelo en alguna parte. En quién sabe qué rincón del mundo, se está paseando un fulano con nuestro mismo aspecto, puede que en Pernambuco, o tal vez sea en Tombuctú. Un doppelgänger, una proyección astral, una casualidad genética o quizás un hermano separado en la cuna. Muchos santos, como San Francisco de Asís, tenían la facultad de la bilocación, es decir, estar en misa y repicando, una habilidad que a tantos nos gustaría poseer, pero que cuando pretendemos ejercerla solemos toparnos con aquello de nadar y guardar la ropa. Nunca estamos satisfechos, ay, esa cualidad de supervivencia de la especie convertida en terrible muestra de codicia a poco que uno se descuide.
Anthony (Jake Gyllenhaal) es un triste profesor universitario de Historia. No triste porque sea una triste profesión la de transmisor de conocimientos, sólo faltaba, sino porque se le ve más triste que Marco el día de la madre. El afán cotidiano de dar clase, de no predicar en el desierto, los mismos discursos año tras año, como una piedra de Sísifo que termina aplastándote sin remedio. Ser otro: nowhere, fast. Apurar hasta la última gota la poción de Jekyll, encontrar al príncipe y darle el cambiazo por el mendigo. A Anthony se le propone un viaje a través del espejo, caer por el hueco del árbol, y la llave de Alicia resulta que está dentro de una película. Cómo no. Ver cine es la oportunidad más sensata y factible de vivir otras vidas, de experimentar emociones que ni por asomo tendremos en nuestra mediocre existencia social. El Macguffin no puede ser más acertado.
Avanza el metraje, doblándose en las esquinas y obligando al espectador a que se doble a su vez, a que visite zonas de su cerebro que, en mi caso, un tal David Lynch ha logrado abrir en varias ocasiones. Sería Lynch si la estética de "Enemy" hubiera decidido calentarse unos grados más, pero bien podría ser un Lynch más oscuro y menos neón. Y pensando en Lynch (y en "Mulholland drive" y en cuánto se echa de menos un largometraje suyo, van para diez años desde el último) surge Isabella Rossellini en los fotogramas, como una bofetada de azar.
Junto a Lynch tanta arquitectura, Toronto entero, arroja a la retina a otro gran esteta del celuloide, Michelangelo Antonioni, sobre todo el de "El grito" o "El desierto rojo": edificios que acumulan formas geométricas extrañas, laberinto hostil de hormigón y cristal en el que es tan sencillo perderse como encontrarse, encontrar al otro. Al otro Gyllenhaal. Cuento las películas que he visto de este actor como quien enumera alegrías. Desde "Donnie Darko" de Richard Kelly, film de culto, hasta la última que había visto de él, "Prisioneros", también a las órdenes del canadiense Denis Villeneuve. Jake Gyllenhaal se sitúa dentro de los personajes que interpreta a la perfección, caracteres que por lo general se colman de desesperanza, se sitúan unas millas más allá de estar de vuelta de todo, y conducen la trama a pozos oscuros, donde se mezclan sueño y realidad. 
Referencias, referencias, una película que hace saltar todas las conexiones cerebrales (como suele suceder con las grandes películas: fábricas de preguntas, no de certezas) con lo visto, con lo leído, con tránsitos desabridos hacia el otro lado: Gregorio Samsa quiere ser un insecto, Peter Pank un licántropo, Renfield un vampiro, Don Quijote un caballero andante... "La posesión" de Andrzej Zulawski sobre todo, ese final de impacto para terminar de demoler las certidumbres del espectador, pero también "Inseparables" de David Cronenberg, la bipolaridad tomando cuerpo. Al final de la película, al iniciar los créditos, aparece la referencia real: "El hombre duplicado" de José Saramago. No figura esa obra entre la media docena de novelas que he devorado del genial escritor portugués. Habrá que arreglarlo.