sábado, febrero 28, 2015

"El francotirador", de Clint Eastwood

Para valorar adecuadamente la última película de Clint Eastwood, habría que dirimir una cuestión que permitiría separar su condición más evidente, habilitando la posibilidad de una lectura entre líneas: ¿Cuánto tiene de alegato belicista y cuánto tiene de retrato de la realidad? Si la balanza se inclinara hacia lo primero, tendríamos delante una película prescindible en su totalidad, cine propagandista y patriotero, emparentado con el "Rambo" firmado por George P. Cosmatos en plena era Reagan: el tío Sam te quiere, carne joven que alimentará un conflicto sangriento alentado por viles intereses económicos: la desgracia de vivir sobre un mar de petróleo. Así, si ese fuese el caso, el (probable, 85 años va a cumplir el californiano) epílogo cinematográfico de Eastwood sería un pobre colofón para una carrera que ha brillado con fuerza, tanto delante como detrás de la cámara, una cinta que mostraría más sus conocidas posturas ideológicas que su probada capacidad fílmica.
Ojalá se trate de lo segundo, que la intención de esta película, basada en la autobiografía de Chris Kyle, el francotirador más letal que nunca haya tenido el ejército de Estados Unidos (los criminales en serie que visten de uniforme y combaten en el lado victorioso alcanzan la categoría de héroe nacional: desde el principio de los tiempos y sin importar el bando, el conflicto, o la nación de procedencia: no es mi intención acusar sino definir), sea la de ser fiel al mensaje que contenga ese libro y dar cuenta de cómo un tipo cualquiera puede llegar a convertirse en una afinada máquina de matar. Dios, patria y familia. El rifle y la Biblia. El padre que enseña a su hijo a disparar y que contempla, orgulloso, cómo el niño abate de un disparo a su primera víctima (Y no era por hambre que iban a cazar, escribía Rubén Darío en "Los motivos del lobo"), presa indefensa y pacífica. Son los rambos que todos los niños quieren ser cuando sean mayores, en la letra de "Haz turismo", la canción de "Los Celtas Cortos", casi un himno generacional: los niños nos haciamos mayores y ya no queríamos saber nada ni de armas, ni de servicio militar: ejércitos, pero de objetores de conciencia. ¡Mili KK! ¿Quién se acuerda? En España se perdió hace muchas décadas el ardor guerrero pero en USA sigue vigente, no lo han perdido nunca, guerra continua, y supongo que esa es una característica esencial para entender los porqués. Join the army!
Parece que intento buscarle excusas a la película y, francamente, me está saliendo un ejercicio de abogado del diablo bastante pobre. La película, para ser equilibrada en sus propósitos, debería conceder voz al enemigo, y eso no aparece ni por fallos de racord: ellos son los malos pésimos, nosotros los buenos bonísimos. Punto. El suyo es el carnicero, el nuestro la leyenda. Un guión horrendo, ya sea en el campo de batalla o en el hogar de Texas, trama que, por lo visto y oído, debe proceder de un libro infame a su vez. Para más inri el protagonismo lo enhiesta Bradley Cooper, el valeroso soldado Cooper, un actor incapaz, en su mediocridad, de transmitir de forma afortunada el menor sentimiento al espectador. ¡Y sin embargo es su tercera nominación seguida al Óscar! Eso sí, con "El francotirador" ha logrado una cuarta, como productor de la película, opción que, teniendo en cuenta la pasta que lleva recaudada la cinta, podría haber sido el galardón más justo que obtuviera nunca. Ay.
Hazañas bélicas modernas de celuloide: "Black Hawk derribado" de Ridley Scott, "Banderas de nuestros padres" o "Cartas desde Iwo Jima" de Clint Eastwood, "La delgada línea roja" de Terrence Malick, "Salvad al soldado Ryan" de Steven Spielberg (qué primera media hora), "En tierra hostil" de Kathryn Bigelow (esa sí es una buena muestra de los efectos del estrés de combate y no la absurda mirada bobalicona de Mr. Cooper), "Enemigo a las puertas" de Jean-Jacques Annaud (propicia la comparación con "El francotirador", pero cualquier comparación sería odiosa, tanto en ambientación como en actuaciones), sin olvidar las que se han centrado en los conflictos de Oriente Medio como "Redacted" de Brian de Palma, "Jarhead" de Sam Mendes, "Tres reyes" de David O. Russel, "Syriana" de Stephen Gaghan, "La noche más oscura" de Kathryn Bigelow, o incluso la estupenda serie de televisión "Generation Kill" creada por David Simon (padre de "The Wire", nada menos). Los cineastas actuales han sabido dar lustre al género, mostrando de manera acertada múltiples matices: la sangre pero también el alma, la épica y a la vez la desgracia vital: las medallas y las alcantarillas. Algunas de estas películas se han ganado la eternidad. "El francotirador" también, pero sólo en las oficinas de reclutamiento.

lunes, febrero 16, 2015

"El gran hotel Budapest", de Wes Anderson

Con el fundido a negro del último fotograma de la película, aparece una frase que concede la inspiración del guión a los escritos de Stefan Zweig, figura protagonista del panorama literario europeo en el periodo de entreguerras. Y, más que inspiración, el propio escritor vienés será el narrador de este nostálgico cuento crepuscular localizado en la parte oriental de Europa: austrohúngaro, en palabras de Berlanga. Tom Wilkinson encarnará a Zweig, pero se presenta como el autor en mudanza, quizás en la última etapa de su exilio, en la ciudad brasileña de Petrópolis, donde el austriaco de ascendencia judía había recalado tras abandonar su patria, escapando del ascenso del nazismo: ese periplo de huida y de angustia, de no sentirse seguro en ninguna parte, concluiría con el suicidio del escritor y de su esposa. El Stefan Zweig maduro de Wilkinson deja paso al joven Zweig de Jude Law, alojado en el gran hotel Budapest, lugar donde se entrevista con un anciano millonario, el señor Moustafa (F. Murray Abraham), propietario del ya decadente establecimiento hotelero, que relata antiguas peripecias, los días en que era el botones Zero (Tony Revolori) y conoció a la figura que cambiaría su vida, el atildado conserje monsieur Gustave (Ralph Fiennes), auténtico eje de la trama: estructura de muñecas rusas: los recuerdos son ajenos y el relato se embellece y se aleja de la verdad en cada transición. Y para cada línea temporal, un ancho de fotograma distinto.
Aunque sea el nombre de Stefan Zweig el que se coloque en el telón, se podría pensar que una referencia segura para la trama y la estética del filme serían los tebeos de Tintín escritos y dibujados por el belga Hergé. Se cambia la república de Zubrowka por el reino de Syldavia, se invita a Bianca Castafiore a actuar en el salón principal, al conserje y al botones se les cambia la profesión (y el carácter) por los de capitán de barco y periodista y se completa la comparación con la estética de los villanos (fantástico el que interpreta Willem Dafoe, aunque esa pinta tiene mucho que ver, más bien, con el expresionismo alemán), la ambientación de los escenarios cuidados hasta el último detalle, el paisaje montañés... Cine de línea clara, muy colorido, recargado y barroco, marca de autor para Wes Anderson, que se lo pasa en grande jugando con sus personajes, siluetas recortables que se mueven por enormes casas de muñecas, por lo general sobreactuados (Gene Hackman en "Los Tenenbaums", Jason Schwartzman en "Academia Rushmore", o el mismo Schwartzman junto a Owen Wilson y Adrian Brody en "Viaje a Darjeeling" y, claro, todos los muñecos de "Fantastic Mr. Fox") para remarcar la condición de relato imaginado, simulación de la realidad pero completamente ajeno a ella.
Con un reparto cuajado de actores conocidos, muchos de ellos habituales en la filmografía de Anderson, crea el director esta cinta, la más exitosa de todas, la última de una carrera caracterizada por la minuciosa construcción de microcosmos que se han ido ensanchando hasta llegar a "El gran hotel Budapest", donde el ámbito del lujoso alojamiento se queda pequeño y se da entrada a un intento de perspectiva de época, la de los años previos a la Segunda Guerra Mundial, tiempos que traerán consigo el final definitivo de la vieja Europa, aquella del monóculo y el mostacho, del palacio y la carroza: la extinción de la nobleza elitista y privilegiada a la que ni el capitalismo, ni, sobre todo, el comunismo, van a garantizarle la salvaguardia secular del linaje: sólo cuenta la fortuna. La del banco, por supuesto.

jueves, febrero 05, 2015

"La isla mínima", de Alberto Rodríguez

El sur no sólo existe, como cantaba Joan Manuel Serrat en poemas de Mario Benedetti, sino que es territorio protagonista del último cine español. Ya la que fue considerada el año pasado como mejor película española, "Vivir es fácil con los ojos cerrados" de David Trueba, era un viaje iniciático, en busca de John Lennon, con destino Almeria. Otro de los éxitos actuales, "El Niño" de Daniel Monzón, incluso avanza un poco más allá y salta el estrecho de Gibraltar: bajarse al moro y volver a la Península a toda pastilla. Y el propio director de "La isla mínima", Alberto Rodríguez, situó su película anterior, "Grupo 7", en las calles de Sevilla, agitadas policialmente por la obsesión de limpiarlas antes de dar inicio a la convulsión universalista de la Expo 92.
Geografía sureña, andaluza, y, en el caso de "La isla mínima", marismeña: el estuario del río Guadalquivir: Doñana, los arrozales, El Rocío: la angula y el camarón. El entorno pantanoso trae al recuerdo el cine estadounidense que se localiza en Nueva Orleans y sus alrededores, el delta del Misisipi en el estado de Luisiana, donde habitan los cajunes, pueblo singular al que la literatura y el cine han concedido reminiscencias de realismo mágico. "Mud" de Jeff Nichols, "Bestias del sur salvaje" de Benh Zeitlin, "El corazón del ángel" o "Arde Misisipi" de Alan Parker (esta última sería la más comparable a "La isla mínima", cambiando franquismo por racismo: épocas de cambios convulsos), o, claro, el bombazo televisivo reciente de la serie "True Detective" (otra buddy movie). Sea cajún o marismeño, en la cinta se percibe un tono común: lo onírico, casi irreal, pero también la potencia del paisaje, magnificado en "La isla mínima" por unas poderosas tomas cenitales de gran belleza: rodaje Google Earth.
1980, en plena Transición. El semanario "El Caso" registra cómo la España negra de los sacamantecas se adapta a nuevos tiempos pero perpetuando los mismos crímenes horrendos. Todo cambia para que nada cambie, para que los personajes más siniestros de la dictadura del general Franco muden de piel y queden impunes frente al castigo que sin duda merecen: años de plomo, de tortura, de represión, de violencia institucional. La película de Alberto Rodríguez supera su condición de género para aportar el valor añadido de la perspectiva histórica, como si no sólo la película, sino el equipo de rodaje al completo, hubieran empleado un túnel del tiempo para viajar a la época, logrando la impronta de aquel cine de la Transición, donde la denuncia en fotogramas parecía querer hacer frente al cómodo olvido: en ese lejano 1980, la película "El crimen de Cuenca" de Pilar Miró, padecía el dudoso honor de ser la única película española a la que se le ha impedido el estreno después del establecimiento de la democracia. Gran cine molesto.
"La isla mínima" se apuntala, por tanto, no sólo en el disfrute de una intriga policial dotada de excelentes escenas de acción y emoción, desarrolladas con mucha convicción por su pareja protagonista, Javier Gutiérrez y Raúl Arévalo, y ambientadas con una fotografía excepcional. La cinta va más allá y mira de reojo hacia el pasado más oscuro, la memoria que se quiere mantener sepultada para siempre, y que, contra todo pronóstico, se resiste a la extinción y sigue viva. Hay casos que nunca se cierran, que ni siquiera llegan a abrirse, pero los cadáveres dejados atrás no pararán de arañar, noche tras noche, la amarga puerta del insomnio.

martes, enero 27, 2015

"A propósito de Llewyn Davis", de Ethan Coen y Joel Coen

Un paseo por Nueva York en los años 60, en concreto por el lado de Greenwich Village, conocido epicentro cultural de la Gran Manzana. Esa parte de Manhattan es símbolo de vida bohemia, urbanita, y en sus bares de música en directo se dieron a conocer artistas que después tendrían fama mundial como The Mamas & the Papas, Simon & Garfunkel, Joan Baez, Peter, Paul and Mary, Bob Dylan, Pete Seeger, Kris Kristofferson, etc. El folk se mezcla con el rock y resulta ser un medio estupendo para enviar mensajes revolucionarios, contraculturales, capaz de aunar en un solo himno la voz dispersa del inconformismo. The Times They are a-Changin.
Llewyn Davis (el actor Oscar Isaac: le recuerdo en "Ágora" de Alejandro Amenábar) será arquetipo de esa época. Pero los Coen no le van a colocar en la senda del éxito, sino en la legión de aspirantes que se quedó en el camino y que, sin lugar a dudas, representa la mayoría de las historias que se pueden contar de aquellos viejos tiempos. La estética del perdedor. En los escasos días a lo largo de los que trascurre la trama, a Llewyn Davis le van a caer golpes de todas las categorías y calibres, una odisea (no en vano lleva bajo el brazo a un gato llamado Ulises, un pequeño polizonte que sirve de McGuffin de buena parte del guión) vital que parece empeñada en hacerle colgar la guitarra y obligarle a sentar cabeza: búscate un trabajo serio, chico. Hasta el clima, invernal y grisáceo, parece en su contra, como si el mismo Poseidón se sumase al complot. "A propósito de Llewyn Davis" es el despertador, inmisericorde, del sueño americano (si se quiere disfrutar de un biopic para la otra cara de la moneda, se puede ver "I'm not there" de Todd Haynes: en busca de Robert Allen Zimmerman: no, no está allí).
Y poco más hay que ver en esta película de los hermanos Coen. Lo negro habitual en su cine (el negro en el humor y en el crimen) queda diluido en un discreto gris que, sin embargo, encierra un poderoso mensaje de melancolía. En un coche que avanza, a través de una sucia marea de aguanieve, por la ruta hacia Chicago, se reúnen un viejo jazzman drogadicto, un poeta beat ensimismado y el extraviado Llewyn Davis con su gato Ulises: un auténtico viaje hacia ninguna parte.

martes, enero 20, 2015

"Birdman o (la inesperada virtud de la ignorancia)", de Alejandro González Iñárritu

Bitelchús, Bitelchús, Bitelchús. Diga ese nombre tres veces y se aparecerá... Michael Keaton. El mejor papel de su carrera. ¿El de Birdman? No, no, aquel que hizo para la película "Beetlejuice" de Tim Burton, el personaje de un fantasma cachondo y salvaje capaz de expulsar, por las malas o las peores, a cualquier visita indeseada. Y de la mano de Burton también llegó Batman. Batman/Birdman. ¿Cómo no iba a ser Keaton el más indicado para la película de Iñárritu? "Birdman" es una metáfora de su propia carrera. En "Batman", con el actor enfundado en un musculado traje de vinilo negro y a las órdenes de la mente siniestra de Tim Burton, se renovó el género cinematográfico de superhéroes, llevándolo a un escalón superior, marcando pautas nuevas: bombazo mundial en taquilla. Ponerse una máscara y zumbarle a los malos parece que es muy rentable (Robert Downey Jr. es el actor mejor pagado de la actualidad por interpretar a cabeza de lata en las múltiples "Iron Man" y "Vengadores" que Hollywood considere necesario seguir rentabilizando) y, además, proporciona una fama universal al que encabeza los créditos
De una colección de recortes de prensa, de las vivencias que un actor tiene a lo largo de su carrera, surge el surtido de temas abordados en "Birdman": pasar de la fama al olvido y, si hay suerte, a la fama de nuevo (Billy Wilder dejó todo dicho en "El crepúsculo de los dioses"); la competencia con los compañeros de reparto, que puede llevar al odio absoluto, sobre todo sin son más jóvenes, más guapos y, ante todo, con más talento; la relación, enemigos mortales, con los críticos; los líos conyugales derivados de ser una estrella de cine a la que mucha gente le gustaría conocer más "íntimamente"; el embrollo monumental que es producir una película o una obra de teatro que tenga el ánimo de triunfar comercialmente; la esquizofrenia de la identificación con el personaje mundialmente conocido. Esta última faceta tiene gran importancia en la película: bipolaridad a través del espejo. Aparece cuando el espectador traspone al intérprete y a su interpretación, confunde el icono y su significado, y ese equívoco público termina por trasladarse a la vida privada del actor (el caso canónico de Béla Lugosi y Drácula). Muchos matices repasados pero ninguno rematado, pienso. Quizás el que me dejó sin parpadear fue el del enfrentamiento con la crítica teatral del New York Times, francotiradora solitaria que ejerce sin la menor piedad, acodada en la barra de un garito, su venganza intelectual contra el cine palomitero y sus retoños, esos que osan subirse a las sagradas tablas de un teatro, a rebufo de la fama popular y la pasta acaparada, para perpetrar navajazos dramatúrgicos contra autores de la talla literaria de, por ejemplo, Raymond Carver.
Con estos supuestos se puede entender que si Michael Keaton se lleva el Óscar será por desnudarse, y no sólo el alma, no: un sesentón paseándose en calzoncillos por la avenida Broadway bien vale una estatuilla: pornografía de la decrepitud, rentabilidad de la decadencia (¿Cuál es mayor éxito crítico de Jean-Claude Van Damme? Una en la que sale llorando, "JVCD" de Mabrouk El Mechri). La actuación es bastante convincente, de acuerdo, pero puede, sólo puede, que Edward Norton le robe la mayoría de planos cuando los comparten (no sólo porque lo diga el guión, claro; también sale en calzoncillos, por cierto: cortos, largos y... holgados). Y es posible también que Naomi Watts pase por esta película sin pena ni gloria, algo encasillada. Y cuidado con Emma Stone, joven airada, que está sensacional. Keaton, Norton y Stone, nominados en distintas categorías: felicidades.
Plano secuencia o secuencia de planos secuencia o para qué tanto alarde innecesario. Desde que Alejandro G. Iñárritu cortó con Guillermo Arriaga, guionista de sus grandes éxitos, "Amores perros", "21 gramos" y "Babel", y que reclamaba mayor consideración en la autoría del producto final, se puede pensar que el director mexicano está un poco obsesionado con demostrar su virtuosismo cinematográfico, lo gran director que, sin duda, es. "Biutiful", sin embargo, su película tras el divorcio mencionado, era un bodrio empapelado de empacho técnico, y aunque en "Birdman" no se llegue, ni de lejos, a esas cotas de ofuscamiento, la verdad es que tanta insistencia, inútil, en tener la cámara flotando y dando vueltas, termina por marear. Celuloide y biodramina. Para salir volando.

jueves, enero 15, 2015

"La gran belleza", de Paolo Sorrentino

Roma en perpetua decadencia. Al menos es así desde la época del emperador Marco Aurelio, desde la irrupción del cristianismo, desde las invasiones bárbaras. Ahora el invasor es otro, turismo invasor: un turista oriental cae al suelo desmayado por la extenuación de una jornada intensa, de recorrer un catálogo ingente de monumentos bajo el tórrido sol del verano romano o, causa más afortunada, fulminado por el síndrome de Stendhal. Cuánta belleza, gran belleza. El arte moderno, su expresión, que aparece en la película, resulta estéril, fatuo, de consumo fácil y fecha de caducidad temprana, contrastando con corredores en penumbra de antiguos palacios, colmados de esculturas y tapices que han aguantado el paso de los siglos: ruinas arqueológicas que aún levantan firmes sus osamentas ante el desprecio de la intemperie, lucha secular contra el abandono y el tiempo.
Jep Gambardella (Toni Servillo) cumple 65 años y se siente también como una ruina inútil, como el exponente de una generación vaciada, que ha perdido sus ideales y olvidado sus ambiciones, sobornada por los cantos de sirena del dinero, del lujo y de la fiesta continua. El sumo sacerdote de la religión de Jep es el cirujano plástico, el himno de su ejército lo perpetra un DJ ibicenco y el pozo de su talento literario queda consignado en los ecos de sociedad. Fiestas de vampiros: todos creen aparentar menos edad de la que realmente tienen: cuando tú te levantes por la mañana yo colocaré la tapa de mi ataúd. La sátira, la caricatura, lo grotesco. La ironía y el feísmo dominando el metraje, como en aquella otra película de Sorrentino, "Il divo", los últimos días en el poder de Giulio Andreotti, también con la piel de Toni Servillo en el papel protagonista. Pero cualquier referencia cinematográfica de "La gran belleza" deberá llevar el nombre de Fellini, claro: "La Dolce Vita", "Roma", "Giulietta de los espíritus", "Las noches de Cabiria". Una estética poderosa no exenta de ternura y que conduce de cabeza a la nostalgia. Y aunque la banda sonora no la firme Nino Rota, será igualmente perdurable en la memoria. Sostiene Jep que a Italia se la conoce mundialmente por la moda y la pizza. Y el cine, añado yo.
En su último tramo, la película toma una deriva realmente extravagante (aún más). Entra en escena una monja milagrosa (Roma llena de órdenes religiosas, una característica patente a lo largo de toda la cinta), trasunto de Teresa de Calcuta, virtud y mortificación absolutas, que parece representar lo opuesto a la pecaminosa existencia cotidiana de Jep. Ni la bailarina de striptease ni la santa en vida serán capaces de señalarle el camino: la percepción de la belleza, esa revelación trascendente que se tuvo con el primer amor, edad de la inocencia, y que se ha vuelto un sentimiento irrecuperable: no es posible bañarse dos veces en el mismo río, ni aunque ese río sea el Tíber, cauce primordial de la civilización de Occidente. Cada vida compone sus coplas manriqueñas, cada persona atesora sus ocasiones perdidas y, de cuando en cuando, mira hacia atrás y las contempla: la anestesia del recuerdo, lo que pudo ser y no fue. Esa posibilidad de haber sido es capaz de provocar un destello de esperanza en el ánimo nihilista de Jep. La melancolía autocomplaciente de la memoria.

domingo, enero 11, 2015

"Big Hero 6", de Don Hall y Chris Williams

Disney explotando la veta Marvel, una "concesión minera" que adquirió en 2009 y que ha de proporcionarle suculentos beneficios. En el caso de "Big Hero 6", el filón se encontraba cavando en una miniserie de cómics nacida en el año 1998, una pequeña saga sobre un supergrupo que tuvo escasa expansión en el universo Marvel. Sin embargo, la marca del ratón Mickey ha demostrado que debajo de aquella alfombra de papel grapado había un tesoro y ha convertido las aventuras de Hiro y su robot Baymax en el taquillazo de animación de las pasadas navidades. Un triunfo merecido: la mejor opción para llevar a los chavales al cine e introducir fantasías de celuloide entre tantos días seguidos de vacaciones. Los creativos de Disney se han alejado bastante de la concepción original que los personajes tenían en el cómic, han realizado una transformación profunda a su diseño y a su estética. Si algún padre piensa que "Big Hero 6" en formato papel (en el caso de que los tebeos sean fáciles de encontrar en la actualidad, aunque es de esperar que el éxito de la película provoque la reedición de la obra) es un regalo apropiado para la salida del cine, bueno, en fin, mejor que los niños no sean demasiado pequeños: el Baymax de Marvel no resulta muy achuchable en realidad...
En el filme se ha alcanzado una afortunada mezcla entre las señas de identidad del género Manga y del sello Disney, de modo que el diseño de personajes, entre ellos el de Baymax como robot recauchutado, es sencillamente genial. Igual de natural funciona la conexión USA-Japón, representada en la hipotética ciudad de San Fransokyo, donde trascurre la acción: el sushi y el burguer, el Super Sentai de los Power Rangers y Sillicon Valley, el microchip y la astrofísica. Mención aparte merece la idea de los microbots que desbordan los fotogramas, infinitas piezas de ingeniería que cobran vida uniéndose en una marea alucinante de formas diversas, montura propicia para ser cabalgada por un temible villano, jinete negro de la robótica, oculto tras una máscara kabuki.
La pareja Hiro y Baymax funciona igual de bien que el ancestral dúo formado por el joven piloto Koji Kabuto y el imponente Mazinger Z: el robot como proyección del ansia de fuerza y de poder del niño, la varita mágica que permite sacudir al malo, al abusón: reparar la injusticia, poner orden en el mundo y equilibrar el entorno, ser otro y, de este modo, asfixiar los traumas de la adolescencia. "Big Hero 6" es un equipo integrado por empollones enfrascados en sus inventos tecnológicos, un conjunto de nerds que intentan superar múltiples desafíos físicos: superarlos y así superarse a sí mismos: el valor del ingenio, el esfuerzo, el estudio, la perseverancia, un rescoldo muy valioso que también es capaz de aportar la película, más allá del puro disfrute de verla: el estímulo creativo que puede alcanzar a un pequeño espectador y hacer que al cabo de unos días siga dándole vueltas a la cuestión de crear su propio robot: papel y lápiz: imaginación y trazo. El cine no tiene precio.
 ¿Y ese cacharro tan grande no está produciendo en realidad un agujero de gusano? "Interstellar", "The Imitation Game" o "Big Hero 6". Invitación a la ciencia. Para todos.

domingo, enero 04, 2015

"The Imitation Game (Descifrando Enigma)", de Morten Tyldum

 ¿Puede una persona, una sola, ganar una guerra? Seguramente no, seguro que hacen falta muchas más, sobre todo teniendo en cuenta la dimensión de un conflicto como la Segunda Guerra Mundial. La película, sin embargo, insistirá bastante en esa versión mesiánica, en colocar al matemático Alan Turing como al gran héroe desconocido (al menos fue así de desconocido hasta los años setenta, en los que empezaron a desempolvarse documentos clasificados de tres décadas antes) que consiguió un logro vital para el lado Aliado al encabezar el proyecto Ultra, un enorme esfuerzo técnico que culminó con el éxito de reventar el sistema de cifrado de la máquina Enigma, aparato utilizado por el ejercito alemán para sus comunicaciones secretas y que tenía fama de indescifrable.

Alan Turing era un nombre que aparecía habitualmente en las clases a las que yo asistía en la facultad. Curso tras curso eran varias las asignaturas en las que las ideas del británico servían para introducir un tema relacionado con problemas de inteligencia artificial, computación, automatismos, lógica, algorítmica, criptografía... Un genio indiscutible. Alan Turing es uno de esos tipos que, durante la primera mitad del siglo XX, revolucionaron el panorama científico mundial y anticiparon la llegada de una sociedad tecnificada hasta límites que sin duda hubieran desbordado sus más osadas previsiones teóricas. Pero, al parecer, Turing era homosexual. Ese "pero" que acabo de redactar parece una colosal estupidez, mas resultó ser importante para la sociedad en la que a Alan Turing le tocó vivir. Importante y trágico.

Película sensiblera, efectista, con un guión repleto de frases facilonas y autocomplacientes hasta forzar un cierto rubor de vergüenza ajena en el espectador atento. La biografía da paso al panegírico indisimulado (aquello del mesías heroico que mencioné al principio: supongo que la trama fuerza la nota para poner de relieve y de forma irrefutable la iniquidad de la "recompensa" que obtuvo Turing por sus servicios a la patria), y la cinta apunta certera y sin el mínimo temblor hacia los próximos premios Oscar (de momento a las nominaciones que se anunciarán en breve). Al director noruego Morten Tyldum le conocía de su anterior película, "Headhunters", un thriller nórdico bastante interesante, alejado del tono de "The Imitation Game". Pero el que no parece haber variado mucho el tono para realizar esta película es el protagonista, Benedict Cumberbatch, al que su "Sherlock" televisivo no cabe duda de que le sirve de pauta para ponerse en la piel de Turing. Sí, el taquillazo fácil, a qué negarlo, pero su vocación de denuncia de la injusticia histórica que se perpetró contra el personaje retratado hacen de "The Imitation Game" no sólo una película recomendable, sino obligatoria.


martes, diciembre 30, 2014

"El Hobbit: la batalla de los Cinco Ejercitos", de Peter Jackson

En un reportaje realizado a propósito del estreno de "El Hobbit: la batalla de los Cinco Ejércitos", comentaba Ian McKellen (Gandalf de celuloide: así va a ser para los restos) que el ambiente de rodaje y el compañerismo, con el resto del reparto, que se percibía cuando Peter Jackson abordó la trilogía de "El Señor de los Anillos" (rodada entre los años 1999 y 2000), no tenía nada que ver con el que se había producido en el tiempo (años 2011-2012) dedicado para componer "El Hobbit": aquello inicial había sido una experiencia vital extraordinaria, una aventura fílmica impulsada por un visionario dispuesto a abordar una tarea inmensa, un director de cine que además era un amante profundo de la obra de Tolkien, mientras que esto último había sido un trabajo: la inercia del éxito, de seguir exprimiendo el filón: un trabajo muy lucrativo, a fin de cuentas. Lo que empezó como un proyecto de dos películas a dirigir por Guillermo del Toro, terminó convertido en tres partes que dirigiría el propio Peter Jackson después de que la quiebra de Metro-Goldwyn-Mayer en 2010 amenazara con que esta adaptación del cuento de "El Hobbit" nunca viera la luz. Lo que mal empieza peor termina y esa dilatación de metraje se deja sentir sobremanera en esta última entrega.

Si bien "El Hobbit: un viaje inesperado" o "El Hobbit: la desolación de Smaug" habían sabido justificarse en su duración y argumento, "El Hobbit: la batalla de los Cinco Ejércitos" se convierte en un apéndice cansino y desganado. Sí, probablemente eran dos las películas que hacían falta para contar el cuento del primer portador del Anillo y no tres. "El Hobbit: la desolación de Smaug" dejaba la acción en un punto álgido, como esas series de televisión que colocan el Continuará... a la vez que una maldición sale de tu boca con la impaciencia de que ya fuera lunes de nuevo. Pues llegó el lunes (una año después) y pasado un cuarto de hora, pasó lo mejor, pasó Smaug, y la batalla de los Cinco Ejércitos ni se acercará a la del Abismo de Helm presentada en "El Señor de los Anillos: las dos torres" o a la de los Campos del Pelennor de "El Señor de los Anillos: el retorno del Rey". La épica apenas se vislumbra, la emoción del combate resulta insulsa: funcionarial, de trámite. Combates singulares que se eternizan y actores poco entregados a la causa: fotogramas postizos que producen películas ortopédicas. Triste colofón.


sábado, diciembre 27, 2014

"Tabú", de Miguel Gomes

Ayer saldé dos cuentas pendientes. Una fue ver la película que da título a esta entrada y otra fue leer el cómic "Ardalén" de Miguelanxo Prado: la fecha del 26 de diciembre propicia, entre festejos que despiden el hálito del interminable día de la Marmota de Bill Murray, un oasis de tiempo dilatado, más aún si la niebla del exterior invita a salir lo mismo que una cita con Jack "el destripador". A comerse los canelones de Sant Esteve y a digerirlos plácidamente con películas y libros, placidez no reñida con la emoción: leer o ver películas es vivir más de una vida. Y la sorpresa fue descubrir cómo "Ardalén" y "Tabú" tenían tantos puntos en común: la memoria aún cuando sea ajena, el mediocre presente, la mitificación del pasado. Además en ambas un pasado colonial: americano para el español, africano para el portugués. La conexión sentimental Cuba-Galicia o Cabo Verde-Lisboa, supone (para el europeo, por supuesto: el nativo del territorio "conquistado" seguramente albergue otra percepción del trato), la promesa incumplida de prosperidad, pasión y una vida intensa, tan lejana de los tonos grisáceos peninsulares que despiden el brasero, el orballo y el duro trabajo campesino.

Saudade. La costa atlántica de la península ibérica ha mirado desde siempre hacia otros continentes, una esfinge asomada al balcón de Europa, a la que no ha dudado nunca en dar la espalda. El indiano retorna pero sólo en parte: la melancolía de la infancia patria apenas podrá contener la nostalgia del regreso a la colonia, al lugar del descubrimiento, del salto al vacío que lo cambió todo. Forastero en todas partes. La saudade, un término tan vago como preciso, tan ambiguo como exacto a la hora de definir ese estado del ánimo. "Tabú", en blanco y negro y dividida en dos partes, una que muestra el presente de la acción y otra que viaja hacia el pasado, acoge el vocablo con intensidad y entronca con el cine portugués que he visto hasta el momento, el de Manoel de Oliveira o el de Pedro Costa, cine con vocación de parar el tiempo, sobre todo en el caso de Costa: ya se sabe que cuando se viaja a Portugal conviene dejar el reloj en el fondo de la maleta (no es una queja, ¡bendita sea esa cualidad!).

Y si encuentro a otros directores de cine portugueses en el camino de Miguel Gomes, en literatura no tengo otra referencia que alcance la magnitud de la de Antonio Lobo Antunes, genial escritor portugués que ha vertido en papel sus recuerdos de los últimos estertores del imperio colonial luso, dotándolos de una estética literaria magnífica. El segundo capítulo de "Tabú", el que se desarrolla en África, cuenta con la característica añadida, para acercarla a un cuento, a un relato de otro, de que es un narrador el que cuenta el periplo, un tono monocorde que contrasta profundamente con que esa parte de la película sea la que cuenta unos hechos más convulsos: la intención del director de sumergir la cinta en la atmósfera onírica del ensueño y de reducir pasado y presente a una misma condición.

Recuerdos y ensoñaciones. "Ardalén", en cuanto a estilo, será todo lo contrario: un estallido de color, empleado de forma magistral por el autor coruñés, y una trama lírica, de gran intensidad emocional. En "Ardalén" la saudade alcanza un escalón superior: saudade que no es de uno mismo, sino la impronta que la memoria de otros deja en el espíritu. En palabras de Miguelanxo Prado: Debió de ser un viento marino, errático e improbable, el que llenó su cabeza de aquellas historias míticas y oceánicas, haciéndolo náufrago de recuerdos ajenos, pecio increíble de una marejada remota.


lunes, diciembre 22, 2014

"Mr. Turner", de Mike Leigh

El retrato del retrato, mejor aún, del retratador, aunque en el caso del pintor inglés Joseph Mallord William Turner serán sus cuadros de paisajes y no de personas, la faceta pictórica que ha colocado al artista, con todo merecimiento, en los libros de historia del Arte. La fuerza de la naturaleza en sus óleos, trabajados, además, de una forma poco común para su época, despreciando el detalle en la figura y centrando todos sus esfuerzos en la captura de la luz, hacen de Turner un pintor adelantado, visionario, precursor del impresionismo que estaba por llegar y, por supuesto, un incomprendido para sus coetáneos cuando sus telas desplegaban sus mayores ataques vanguardistas. A caballo entre los siglos XVIII y XIX, pintores como Turner o el español Francisco de Goya vislumbran un salto de gigante en el mundo de la pintura. Es revelador (y tanto) un pasaje de la película en el que Turner acude a un estudio a tomar contacto con un novedoso invento: la cámara fotográfica y los primeros daguerrotipos. ¿Para qué trabajar durante días, armado de pinceles, colores y paciencia, en hacer una copia más o menos fiel de algo, cuando existe un aparato que realiza esa tarea mejor, más rápido y con muchísimo menos esfuerzo? Retratistas de brocha al paro. Puertas que se cierran, caminos que se abren: "Lluvia, vapor y velocidad", el título de uno de sus cuadros más conocidos.

Pero la película de Mike Leigh realmente no hace gran énfasis en el análisis del mundo artístico de Turner. Más bien se centra en mostrar la parte común del genio, abordarlo desde lo cotidiano, desde las miserias diarias (ese mosaico doméstico ya lo bordó magistralmente el director Mike Leigh en su película más conocida, "Secretos y mentiras", ganadora de la Palma de Oro de Cannes del año 1996 y en la que el actor Timothy Spall, Turner de celuloide, no dejaba dudas de su talla interpretativa). Y desde ese punto de vista, pocas simpatías puede despertar el personaje en el espectador: gruñón, misógino, intratable, egoísta, cruel. Pero no todo negro ni mucho menos blanco. Si se da la circunstancia, el cariño, la compasión, la generosidad o la emotividad, pueden hacer su aparición y por tanto las mejores intenciones del director serán las de lograr plasmar las tensiones interiores que dominan una personalidad, conectando ese fuerte carácter, la pasión del espíritu, con la energía que desprenden los cuadros.

"Mr. Turner" es una película ambiciosa: el retrato del retratador pasa a ser el retrato de una época. Incluso se puede pensar que el retrato es en realidad caricatura: resulta chocante la forma en que la película muestra cómo se desenvolvían las reglas sociales de aquel tiempo, pero hay que pensar que ese es el tono probable. Pasajes como los que se desarrollan alrededor del mundillo de la Royal Academy of Art, mercadeo de envidias y celos artísticos, en los que se muestra la rivalidad de Turner con el otro gran paisajista inglés, John Constable, son de los que hacen valer el precio de la entrada: el arte es la manifestación máxima del ego, por supuesto. El artista y su obra: el cuadro nunca acabado, la búsqueda que no tiene fin. Como un mantra atávico inserto en la conciencia humana desde tiempos inmemoriales: ¡El Sol es Dios! Y Turner uno de sus más fervorosos creyentes.

jueves, diciembre 11, 2014

"Relatos salvajes", de Damián Szifrón

Cuéntame un cuento. Mejor, cuéntame seis: "Pasternak", "Las ratas", "El más fuerte", "Bombita", "La propuesta" y "Hasta que la muerte nos separe". Seis, seis cortometrajes por el precio de un largo, un festival de relatos cinematográficos de autor. En Argentina ha arrasado, allí, en la meca de las agencias publicitarias: comerciales de medio minuto capaces de condensar tramas de rápido ingenio que hacen lamentar que el programa televisivo continúe su emisión. En Argentina se desarrollan estas historias, con el dedo puesto sobre Buenos Aires, ciudad que, por lo visto en la proyección, debe estar bastante cabreada, muestra avanzada de muchas otras urbes colmadas de habitantes que están a punto de explotar de ascopena. Y de rabia.

Películas ómnibus, un género promiscuo en el que abundan los ejemplos. Al igual que en "Relatos salvajes", puede ser un director para todo ("Night on Earth" de Jim Jarmusch, "Creepshow" de Georges A. Romero, incluso películas episódicas que confluyen de algún modo como "Vidas cruzadas" de Robert Altman, "Crash" de Paul Haggis, "Babel" de Alejandro González Iñárritu, "Grand Canyon" de Lawrence Kasdan) o un responsable de la firma de cada capítulo ("En los límites de la realidad" de Landis-Spielberg-Dante-Miller o "Historias de Nueva York" de Scorsese-Coppola-Allen), una autoría compartida que produce resultados más irregulares, a mi entender: mezcla de churras (o churros) y merinas. Pero pongamos un caso singular reciente que sirva de recomendación. Bueno, que sean dos (o tres), uno para el celuloide, la película "Gente en sitios" de Juan Cavestany, donde el corto pasa a ser micro, pasajes descolocadores que sitúan la mente del espectador en terrenos que no suele frecuentar, y otro para el papel, los libros de relatos "Como una historia de terror" o "Bajo el influjo del cometa" del escritor Jon Bilbao: lo cotidiano rebelándose contra su mediocre condición.

A su vez recomendar esta película de Damián Szifrón (triunfo de boca-oreja) que logra un excelente resultado apuntando hacia una línea virtuosa de violencia engendrada por la venganza. Virtuosa en lo cinematográfico, se entiende. Aunque tampoco es que sea un dechado de originalidad: más de un déjà vu escondido tras los fotogramas. El director incluso no duda en empuñar, en alguno de sus cuentos, el conocido rifle de Chejov. Se atribuye a a Antón Chéjov, cuentista por antonomasia, la siguiente sentencia: Si en el primer acto tienes un rifle colgado de la pared, entonces en el segundo o en el tercer acto debe ser disparado. Si no, no lo pongas ahí. Szifrón toma buena nota de esta ley del relato corto, un formato que funciona sin necesidad de subtramas y en la que todo lo que aparece tiene su importancia y acarrea consecuencias: consecuencias catastróficas: apunta y después dispara.
¿A quién no le gustan los cortometrajes? El cine en los tiempos del puñetero tweet. Lo bueno si breve... Pues no, si es bueno y extenso, mejor que mejor. ¿O no?