jueves, agosto 27, 2015

"Magical girl", de Carlos Vermut


Todos los caminos me llevan al infierno.
Pero ¡si el infierno soy yo!
¡Si por profundo que sea su abismo,
tengo dentro de mí otro más horrible!

"El paraíso perdido", John Milton

El mundo, el demonio y la carne, los enemigos del alma, tres partes en las que se divide la película, anunciando que cualquier virtud que se pretenda mostrar está prohibida y que el único camino a señalar será el que conduce a las puertas de la perdición: atravesar la entrada a la estancia coronada por un lagarto negro, que en la película simboliza la última casilla de un juego sin premio. Pulsión de muerte, como teorizaba Sigmun Freud en "Más allá del principio del placer": de la "Venus de las pieles" de Leopold von Sacher-Masoch a "Justine" de Sade, de "La historia de O" de Pauline Réage a la última transgresión cinematográfica de Lars Von Trier en "Nymphomaniac". Bárbara, la niña de fuego de la canción de Manolo Caracol (al final incluyo una versión de ese tema realizada por Pony Bravo: no pretendo decir que sea mejor que la original, pero yo la he oído más veces): La Niña de Fuego te llama la gente y te están dejando que mueras de sed. De Eros a Tánatos.
Magical girls, uno de los múltiples subgéneros de los que está dotado el manga japonés (Carlos Vermut procede del mundo del cómic), niñas con habilidades mágicas, poseedoras de un objeto que les confiere un poder especial: el traje de Yukiko y su imprescindible varita mágica son el talismán apropiado para derrotar los terrores de la infancia, peor aún, del desfiladero de la adolescencia, peor aún, de la angustia irredenta de la edad adulta. El estilo de dibujo, lolitas japonesas de ojos lunares esculpidas en cera con sabor a fresa, esconde cierta perversión, deseos inconfesables de otakus descarriados, perturbados por la visión de la cosplay más bella de la última comic-con.
"Diamond flash", aquella película de superhéroes (más cómic por tanto), ópera prima de Carlos Vermut, creaba una atmósfera irreal, también se alimentaba de magia: de brujería en realidad, de legiones del mal contras fuerzas del bien. En "Magical girl", su segunda película, ha mejorado la estructura del guión resultando una cinta mucho más accesible que la ciertamente bizarra y desconcertante (no por ello mala) "Diamond flash". Y gana sobre todo en interpretaciones. Los actores de "Magical girl" realizan a la perfección su cometido. Todos son víctimas, formándose dos pérfidas relaciones ama-esclavo: de un lado Alicia (Lucía Pollán), la niña que quiere ser mágica, y Luis (Luis Bermejo) el padre desesperado por complacer a su hija; del otro Bárbara (Bárbara Lennie), que aparece como una antigua magical girl desolada por un poder que no supo controlar o que el resto del mundo no supo entender (los descarrilados de los cauces de la normalidad) y Damián (José Sacristán) profesor de Bárbara cuando era niña, al que un momento mágico encadenó, para siempre, al destino de la chica.
Pero esas dominaciones cambian de signo, de sentido e incluso de pareja, a lo largo de la trama, que termina volcándose en ambientes sórdidos y escenas violentas (aunque Carlos Vermut tiene el gran acierto de ser sutil y no explícito a la hora de mostrar barbaridades), moduladas por el pulso inigualable de la voz de José Sacristán (qué mal se les entiende a algunos actores jóvenes en el cine español actual, más allá de que estén más o menos dotados para la interpretación: cuando hay que hablar no vale eso de lucir abdominales y poner ojitos: son incapaces de vocalizar, dándote ganas de activar los subtítulos del DVD, así que si aparece algún maestro como Sacristán en pantalla y empieza a hablar, tus oídos se estremecen como si estuvieran escuchando una sinfonía de Beethoven). Diamond Flash era el nombre de un superhéroe salvador: de Diamond a Damián. De superhéroe a antihéroe.
El laberinto en que la película amenaza con llegar a convertirse, jeroglífico sin manual de instrucciones (el puzle inacabado de Damián), se solventa con acierto, generando una cinta extraña que logra mantener en todo momento la atención del espectador. Desenlaces fatales, pero círculos cerrados, aunque sin dar todas las explicaciones: en la vida real no existen las varitas mágicas. Además, así, haciéndote discurrir sobre lo visto y oído, esto del cine es mucho más interesante.

martes, agosto 25, 2015

"Qué extraño llamarse Federico", de Ettore Scola

El título de la película está tomado de los versos de otro Federico, del poema de Lorca "De otro modo": Llegan mis cosas esenciales. / Son estribillos de estribillos. / Entre los juncos y la baja-tarde, ¡qué raro que me llame Federico! El "raro" pasó a ser "strano" en la traducción italiana de los poemas del granadino (com'è strano chiamarsi Federico!) y extrañamente se ha quedado en la vuelta al español del título de la película. Federico y Ettore, nombres raros, les dice una prostituta, que recuerda a Anouk Aimée, a la que la pareja de directores de cine recogen en uno de sus paseos nocturnos en macchina, garbeos insomnes a la caza de conversaciones, de imágenes, de transeúntes fellinianos que sirvieran para construir su mítico imaginario. A mí no me parecen extraños. Federico por supuesto que no, en desuso en todo caso, una más de las denominaciones repudiadas por una modernidad iletrada y mediocre. Y el de Ettore tampoco, curiosamente, sólo sea por las tantas veces que Anna Magnani pronuncia el nombre de su hijo en la magnífica "Mamma Roma" de Pier Paolo Pasolini, alargando entre la resignación y la alegría la e inicial. ¡Eeeettore!
El biopic cinematográfico suele construirse basándose en recuerdos de otros. Se parte del interés por un personaje más o menos conocido, y la recopilación de hechos vitales del mismo desemboca en un retrato firmado que intente desvelar las claves de su existencia. Ettore Scola no ha tenido más necesidad que recurrir a las fuentes de la propia memoria. A propósito del vigésimo aniversario de la muerte de Fellini, Scola, amigo íntimo del gran maestro, desempolva el álbum de fotos, daguerrotipos felices, y elabora un alegre palimpsesto sentimental en el que al grabado ajeno termina superniendo los recortes de la vida de Scola, algo que a la vez que aporta veracidad al informe, lo llena de caracteres subjetivos. El retrato de Federico, el retrato de Ettore. No conozco la obra de Ettore Scola, clásico director de comedias italianas. Me temo que de la cinematografía de aquel país me he dedicado, esencialmente, a devorar títulos de directores cuyo apellido terminaba en "ni": Fellini, Rossellini, Pasolini, Antonioni. Seguro que a Scola también merece la pena descubrirle (bueno, no hay que exagerar, he visto películas de muchos otros directores italianos, películas que me han deslumbrado: De Sica, Visconti, Bertolucci, Moretti, Monicelli, Olmi, Pontecorvo, Garrone, Sorrentino, etc. Italia es uno de los grandes países de la Historia del Cine).
La película arranca con brillantez, los tiempos teñidos de sepia en los que ambos iniciaron sus carreras profesionales trabajando en el semanario satírico "Marc'Aurelio", escuela del chiste mayúsculo del humor gráfico, en la época en que existían publicaciones que vendían cientos de miles de ejemplares y apuntalaban a dibujantes, escritores y sus creaciones de cita semanal, como personajes de máxima popularidad. Buenos tiempos para el papel impreso que ya nunca volverán. El ambiente de la redacción de "Marc'Aurelio" construido por Ettore Scola me recuerda al mostrado por Óscar Aibar en "El gran Vázquez", al dibujado mucho antes por Carlos Giménez en "Los profesionales", o más recientemente por Paco Roca en "El invierno del dibujante": humildes oficinas editoriales rebosantes de creatividad y de ilusión por la sagrada tarea de maquetar las páginas de un periódico. 
Tras esa revisión de la juventud, la película (en la taquilla del cine la clasificaban como documental: no lo parece) se enreda en un vaivén de instantáneas improvisadas, como un anciano senil que desgrana sus recuerdos y al que le resulta, paradójicamente, más sencillo desenredar lo más antiguo. El estudio 5 de Cinecittà donde Fellini realizó la mayoría de sus obras, los ya mencionados paseos nocturnos, las figuras imprescindibles de Marcello Mastroianni y Giulietta Masina, los cinco premios Oscar, su multitudinario funeral. Y pasajes de sus películas: el circo y la melancolía mezclándose para engendrar una alegría de vivir inacabable.

lunes, agosto 24, 2015

"Locke", de Steven Knight

La puesta en escena sería la mejor cualidad de "Locke", más por desacostumbrada que por sorprendente. De hecho, si a la película se le suprimieran los diálogos, sustituyéndolos por una banda sonora tenue y lánguida, se obtendría un anuncio de coches de hora y media de duración, similar a aquel del eslogan ¿Te gusta conducir? que, hace unos años, se resistía a mostrar el vehículo y su marca, intentando vender únicamente sensaciones. "Locke" sería, precisamente, un comercial de la misma fábrica de automóviles: supongo que esos avispados alemanes habrán subvencionado adecuadamente el emplazamiento del producto. Y ese emplazamiento bien delimitado es el valor de "Locke", el valor y el riesgo, pues se puede terminar por cansar al espectador si no se produce un grado de tensión dramática que alimente la curiosidad por el viaje existencial, nocturno y solitario de Ivan Locke, Tom Hardy como aislado objeto de enfoque, en una interpretación que no admite lucimientos. Locke y sus circunstancias.
Una caja, un hombre y un teléfono. Así era la magnífica "Buried" dirigida por Rodrigo Cortés, la claustrofóbica cinta que hace unos años llevó a buen fin el reto de rodar en un espacio reducido la desventura de un tipo secuestrado en Irak y enterrado vivo. El aroma hitchcockiano que desprendía la película, transmitía con suma eficacia la angustia del pobre Ryan Reynolds al espectador de su desgracia. "Locke" también intenta encontrar la empatía del patio de butacas mediante el pinchazo de las conversaciones telefónicas del angustiado chófer: problemas familiares y problemas laborales, unos enlazando con los otros, nudo gordiano imposible de resolver sin cortarlo por lo sano. Los primeros, los personales, me parece que dan poco empaque al guión, sea porque ya están muy vistos. En todo caso me puedo solidarizar con los segundos: la voraz absorción vital que ejerce la empresa moderna sobre sus trabajadores, chupóptero insaciable de tiempo, de atención, de pensamientos, de desvelos. A pesar de ello para Locke aún existe la pasión por el trabajo bien hecho, el orgullo insobornable que produce la obra acabada, un afán insomne que no se paga ni con todo el oro del mundo. Quizás sea esa, realmente, la publicidad subliminal de la película.

lunes, agosto 03, 2015

"Mommy", de Xavier Dolan


Because maybe
You're gonna be the one that saves me
And after all
You're my wonderwall

"Wonderwall", Oasis

El ciclo veraniego de cine en versión original, programado un año más por los cines Van Dyck, proporciona la oportunidad de poder ver en pantalla grande esta película de Xavier Dolan, un título que llevaba tiempo prendido a la lista de pendientes, una lista que crece y crece cada día: el cine no se acaba nunca. La ocasión no se podía dejar pasar y sin duda mereció la pena. De Xavier Dolan, ese joven prodigio canadiense, había visto "Laurence anyways", y lo que me gustó, ahora se ve reforzado hacia un nivel mayor de excelencia. Almodovariano, escribí entonces, y ese adjetivo podría volver a aplicarlo: si en aquella era la transexualidad, en ésta son las madres, otro de los personajes mejor tratados por Pedro Almodóvar. En cualquier caso y aunque la referencia sea inmejorable, en "Mommy" Dolan demuestra que es Dolan, sin necesidad de auparse a los hombros de nadie.
El silencio. Curioso que en una película en la que se habla constantemente, verborrea incesante, sea tan importante lo que se calla: el dolor del pasado, del momento trascendental en que sucede algo y sabes que tu vida cambiará por completo, que ya nada será como fue, que no hay retorno. Madre e hijo, Die (Anne Dorval) y Steve (Antoine-Olivier Pilon), deben seguir adelante pero delante no hay nada, sólo un mañana imposible. Yocasta y Edipo (en algún momento de la proyección se asomó Louis Malle con "Un soplo al corazón", obra maestra sobre el amor maternal: rastrear "Madre e hijo" de Aleksandr Sokúrov sería mucho más complicado) perdidos en un laberinto del que no pueden salir juntos (cierta ley S-14 de Canadá se menciona antes de empezar la película, como un prólogo que puede convertirse en epitafio).
Die y Steve arrastrados por un temperamento pasional extremo, como si quisieran devorar cada instante de la vida, sobre todo en el caso del chico, que parece un dibujo animado escapado de Dibulliwood. La pareja encuentra el contrapunto ideal en el carácter tácito y en proceso de reinicio de su vecina Kyla (Suzanne Clément), otra naúfraga: tres robinsones que improvisan una balsa entrelazando sus dramas vitales como si fueran maderos recuperados del último pecio. Kyla es el personaje perfecto para que la película respire, para que el encuadre se rompa a la vez que suenan los acordes de "Wonderwall" de Oasis: el cine es un estado de ánimo (las viejas canciones que albergan el hálito de otros tiempos, el resguardo de la melancolía por lo que no ha de volver a vivirse jamás, pero que al menos fue vivido). Xavier Dolan demuestra en su cine una gran energía narrativa, fuerza cinematográfica al servicio de la cual no duda en poner en marcha cualquier recurso apropiado, técnico o artístico. Cine para conmover y para convencer. Gran Dolan.

viernes, julio 31, 2015

"Whiplash", de Damien Chazelle

El actor Louis Gossett Jr. generó un arquetipo del instructor bronco e inflexible al dar vida al sargento Emil Foley en la célebre "Oficial y caballero", dirigida por Taylor Hackford en 1982. Entre él y Debra Winger, consiguieron que el guaperas Richard Gere (el cadete "Mayonesa": en Kansas sólo hay vacas y maricones: cuánta geografía aprendida en el cine) se graduara como alférez de la Marina. Años más tarde, Clint Eastwood refinó el modelo hasta llevarlo al máximo de "chusquerismo" que sólo la mirada acerada del californiano podría lograr. "El sargento de hierro", filmada por el propio Eastwood, dejaría para la posteridad un puñado de frases, exabruptos modulados por la inolvidable voz de doblaje de Constantino Romero y colmadas de los tacos más gordos del diccionario, frases de un guión para olvidar, algunas de ellas tan bestias que sin duda terminarán formando parte del acervo popular. Para rematar el trío, mi preferido: Ronald Lee Ermey como el sargento mayor Hartman en "La chaqueta metálica" de Stanley Kubrick. Y es mi preferido en la lista no sólo porque esta película deje a las otras dos a ras del suelo, sino porque el vociferante Hartman encontró su merecido a mitad de la proyección. En cualquier caso ahí estaban esos sargentos "nasio pa matá" (gran Ivá: puta mili), figuras paternales sustitutivas, que, en el fondo, eran más buenos que el pan y querían a esos chicos como a sus hijos. O más. Sí, el mensaje era que estos tipos hacían evolucionar, a patadas, a la pálida carne de cañón que caía en sus manos, la loable misión de convertir a unos paletos red necks en afinadas máquinas de matar: romperlos, disciplinarlos y obtener un perfecto psicópata, aunque un profesional muy hábil para lo suyo, eso sí: para hacer una tortilla hay que romper huevos, pero siempre son los huevos de otro.
¿Qué tiene que ver toda esta parrafada previa con "Whiplash"? Pues que la cinta me ha recordado a una de cuartel de Marines estadounidenses. Peor aún, ya que en aquellas la camaradería entre reclutas era la regla de oro, todos como una piña, y en "Whiplash" los estudiantes de música del selecto conservatorio Shaffer de Nueva York, se pasan la proyección sacándose de la espalda los puñales que, sin el menor miramiento, se clavan unos a otros a la menor ocasión. Terrible carrera por el éxito. Así que más allá de disfrutar de la música de jazz de la película (las diferentes temporadas de la serie de televisión "Tremé", situada en Nueva Orleans, son una buena recomendación para disfrutar, un capítulo tras otro, de una selección musical imbatible) la cuestión a discernir será si la estresante relación entre el profesor Fletcher (J. K. Simmons) y el aspirante a baterista Andrew (Miles Teller: los dos actores están formidables en la película), verdugo y víctima, terminará en catarsis, con las baquetas lanzadas por el aire como gorras de soldado que ha terminado su instrucción, o de mala manera: el tiro que el recluta "Patoso" le disparó al sargento Hartman en medio de la noche, en las letrinas del cuartel, escena cumbre de la obra maestra de Kubrick. Como dije, me gustaba más esta segunda opción.

martes, julio 21, 2015

"Del revés", de Pete Docter y Ronaldo del Carmen

Película terrible: la trayectoria demoledora del tiempo, el giro inmisericorde y rotundo de las agujas del reloj. Recuerdos dorados condenados a sobrevivir teñidos de melancolía, fantasmas de momentos felices que sabemos que nunca volverán: sólo podemos bañarnos una vez en el mismo río. El cedazo de la memoria selecciona nada más que unas pocas semillas, sin que sepamos a qué obedece su caprichoso criterio, para plantarlas profundamente en nuestro cerebro y hacerlas germinar en una raigambre que dirigirá, casi sin que se note, la toma de decisiones definitoria del carácter de cada cual. Sin embargo ese limo primordial, pozo de experiencias, puede servir también de suave bálsamo con el que aplacar el dolor de las heridas: me recojo en la templanza de la tregua que me da la anestesia del recuerdo. Vivimos de los recuerdos y nos alimentamos de ellos.
Miedo, asco, ira, alegría, tristeza. Sentimientos básicos, cinco colores que mezclar en una paleta para terminar formando una escala de grises más coherente con la mediocridad cotidiana de la edad adulta. De repente, un trauma. La crisis como oportunidad, como forma de avance, dicen, sin avisar de que ese impulso lo da la desesperación, no la reflexión: la crisis te empuja porque no te queda otra opción, eso o la nada: cuestión de supervivencia: amarga victoria. Llegó la pérdida de la inocencia. La primera etapa pictórica de nuestra vida concluye destruyendo todos los cuadros pintados: ni la técnica, ni el estilo, ni mucho menos los modelos, volverán a ser los mismos. Otra vez a aprender a pintar.
En un momento de la proyección, el nutrido público infantil de la sala, excesivamente infantil, amenaza con ser sepultado bajo el peso de un vocabulario que parece salido del verbo cadencioso de un episodio del programa "Redes" de Eduard Punset. Recordaba a un antiguo documental Disney, "Nuestro amigo el átomo", nada menos, o aquel dibujo animado de la televisión ochentera, "M. I. M., Mi Inteligente Muñeco". Para contrarrestar el mensaje subliminal de neurociencia de la película, parece que existe un ánimo de forzar el candor de algunos personajes, como en el elefante "invisible" Bing Bong o en el exceso de colorido del celuloide, señales que encienden la alarma de que la película termine pareciéndose a la reciente "Home. Hogar dulce hogar" de Tim Johnson, por ejemplo. No, otro Disney moderno no, por favor.
Y no. De repente se enciende el flexo de Pixar, muchos años olvidado en el trastero, y la trama despega hacia otra parte, hacia esos rincones que esta productora de dibujos animados iluminaba como nadie cada verano, y las lágrimas de los mayores, de los arrasados por la memoria, de los únicos capaces de reconocer el momento y de reconocerse en él, fluyen al fin. El alivio del llanto, tan necesario, tan inoportuno.

miércoles, julio 15, 2015

"Mad Max: Fury Road", de George Miller

Treinta años después, una continuación de la saga. Se puede pensar que es innecesaria, más allá del beneficio taquillero que seguro que reporta este espectacular nuevo episodio, pero quedaban tan lejanas ya aquellas marabuntas del motor, aquellos chiflados en sus locos cacharros, lanzados en persecuciones suicidas repletas de explosiones, acción y violencia, que se agradece el revival. Y mucho. Si encima la dirige George Miller, responsable de todas las entregas realizadas hasta el momento, más aún (gran virtud no haber abusado de infografía y que los vehículos tengan consistencia real: humo, aceite y acero).
Es curioso ver cómo ha ido cambiando el entorno depredador de "El loco" Max. En la primera se percibían vestigios de un mundo civilizado que se estaba desmoronando a pasos agigantados. El público que acudía al cine en 1979 tenía pocos motivos para el optimismo. La segunda crisis del petróleo sacudía con fuerza la economía mundial, impulsada por motores de gasolina, al disparar el precio del crudo hasta el triple de su valor previo. Por otro lado, el reloj del apocalipsis nuclear, implacable baremo del grado de conflicto durante la Guerra Fría, seguía con las agujas muy cerca de la medianoche. De aquel espíritu bebe sin freno "Mad Max: Salvajes de la autopista", y su estética nihilista y postpunk tiene sus referentes en autores de cómic distópicos como Moebius, Richard Corben, Jodorowsky y otros, que en la época dejaban constancia de su arte en revistas míticas como Métal Hurlant o Totem. En las siguientes partes el panorama empeora sin remedio. De la refinería, acosada como un fuerte del far west, de la segunda película, "Mad Max 2: El guerrero de la carrtera" (recuerda a lo que se hizo más tarde en "Waterworld" de Kevin Reynolds, muchas similitudes, pero desierto de agua salada en ese caso), a la bulliciosa Negociudad de la tercera, "Mad Max, más allá de la cúpula del trueno": Tina Turner, en la cima de su popularidad, interpretando a la reina del saloon (la Vianna de "Johnny Guitar" de Nicholas Ray: mujer que domina un territorio de hombres salvajes) en una especie de indómito poblado minero que requiere mucha mano dura para seguir funcionando: duelos singulares para dirimir diferencias y ruletas de la fortuna para decidir destinos: el juicio de Dios sigue impartiendo justicia tras el fin del mundo. Niños perdidos y mitos fundacionales. Los guiones de las aventuras de Mad Max siempre han estado bien rematados.
Y en la cuarta el ecosistema evoluciona hacia la cultura mística de La Ciudadela: el Motor es la divinidad suprema, los símbolos de sus sacramentos son el volante, los pistones, el cromado o el V8, y el líder absoluto, el sumo sacerdote Immortan Joe, parece sacado de las portadas de los discos de Motorhead, Megadeth o Iron Maiden: estética metalera como una consecuencia obvia para la saga: las crestas mohawk pasaron a la historia. La Ciudadela es una colmena bien organizada, donde cualquier ser humano ha sido reducido a la condición de insecto, destinado desde niño a ocupar una casta uniforme en aspecto y funcionalidad, prescindible en su anonimato. No hay civilización sin revolución, ni revolución sin héroe, y de nuevo surge, procedente de ninguna parte, el australiano errante, más antihéroe que héroe, entre el altruismo y la lucha por la propia supervivencia, condenado a vagar eternamente por el desierto. ¿Quién es Mad Max? ¿Tom Hardy? ¿Charlize Theron? Quizás sean los dos, quizás no lo sea ninguno. Me temo que Mel Gibson sea el único actor capaz de portar el nombre del loco, el de un lunático de mirada tan alucinada como desvalida, que trasmitía eficazmente sentimientos de dolor y desesperación: el trauma iniciático y sin retorno que consumía sus días. El loco que hace tres décadas dejó una huella cinéfila imborrable.

martes, julio 07, 2015

"Perdida", de David Fincher

Sostenía Luigi Pirandello que somos la suma de la mirada de los demás, lo que los otros ven en uno y no lo que uno piensa o sabe que es. Ese aforismo relativista es aún más cierto en el caso de que tu profesión sea la de actor, claro: conocemos a esa gente porque aparecen en una pantalla interpretando a un personaje, y, por tanto, mintiendo, lo cual hará muy complicado que nos hagamos una idea cierta de quién es la persona detrás de la actuación, ese trabajador del séptimo arte que tendrá una vida propia al terminar los rodajes. Sólo podríamos juzgar, por ejemplo, si el personaje, Nick Dunne, la creación del guionista, es una buena o mala persona, pero no si lo es Ben Affleck (de Affleck lo que podemos calibrar es su actuación: más adelante). Y nuestro juicio también sería mentira, al menos hasta que termine la película y el director tenga la bondad de darnos un veredicto fundamentado: nuestra sociedad de la información inmediata y ubicua, pero poco meditada, tiene el vicio de dictar sentencia, de confundir imputado con culpable, detenido con condenado, un cruel epitafio para el piensa mal y acertarás: los prejuicios que, como su propio nombre indica, se realizan sin esperar al juicio, esa facultad humana tan desconocida. Como caricatura del tribunal mediático que las televisiones ejercen a diario, sin la menor cordura, "Perdida" alcanza su mayor valor.
Chasing Amy. Ben Affleck ya buscó una Amy una vez, en "Persiguiendo a Amy" de Kevin Smith. Reviso lo que escribí en aquella entrada, una de las primeras en el blog, hace más de una década, y mi apreciación acerca de la labor de Affleck en la película fue realmente pésima. Poco ha cambiado esa valoración. Siguiendo a Pirandello, resulta que la suma crítica mayoritaria sobre el actor Ben Affleck, por lo que he leído durante estos años, es bastante pobre: la gente no ve a Affleck como un actor, ciertamente. Será otra cosa. Basta que se diga que va a ser el próximo Batman, para que los seguidores de las aventuras del Hombre Murciélago sufran un repentino corte de digestión. Para mí es un tanto haragán: no le veo esforzándose en exceso ante la cámara y quizás sea la herencia laboral de aquellas películas a las órdenes de Kevin Smith, comedias gamberras y tontunas con las que se hizo famoso y que sólo le exigían salir guapo y pasota. Sin duda la ocasión en que le vi emplearse más a fondo fue en "Argo", como si trabajar para uno mismo fuera el acicate necesario para poner el despertador y salir de la cama temprano.
Perdida o pérdida. Tras la formidable "Zodiac", las películas que ha realizado David Fincher no han logrado asombrarme como sí lo hizo en el pasado: ni "El curioso caso de Benjamin Button", ni "La red social", ni "Perdida". Mi admiración por Fincher ha ido disminuyendo a la par que reventaba taquillas, curiosamente. En "Perdida" no es únicamente que no me haya convencido Affleck, es que el guión tiene unos agujeros del tamaño de Iowa, lo cual es poco acertado a la hora de poner en celuloide la elaboración de un thriller criminal. Leo que el guión corre a cargo de Gillian Flynn, la escritora de la novela en la que se basa la película, bestseller que, me chiva Internet, desbancó a "Cincuenta sombras de Grey", nada menos. De la experiencia anterior como guionista cinematográfica de Flynn no me aparece nada, lamentablemente. Ah, pero sostiene haber visto "Psicosis" un millón de veces. Ay, Pirandello.

lunes, junio 29, 2015

"La mujer del chatarrero", de Danis Tanovic

Veo, fascinado, la escena del desmembramiento del coche, y pienso en tramperos atrapados en el invierno, al borde del círculo polar ártico, en un territorio salvaje y despiadado, hombres alejados de cualquier tipo de civilización, que despedazan la reciente pieza de caza, carne de fortuna. El chatarrero convierte en chatarra su propio vehículo como el explorador que sacrifica su caballo, en la última frontera, para sobrevivir un día más. Pero el chatarrero vive aquí cerca.
Veo al chatarrero retroceder a la ocupación primigenia de cazador-recolector, la misión paleolítica de recorrer el entorno jornada tras jornada para conseguir, honradamente, un puñado de euros con los que alimentar a los suyos, cortar leña furtivamente para procurarles un hábitat mínimo que deje el frío más allá de las ventanas, despojarse de todo lo que tiene para pagar la luz que evite vivir en tinieblas hasta el amanecer y, sobre todo, cubrir un vergonzoso gasto sanitario (el mismo día que leo a Paul Krugman dar hurras por el "Obamacare": parece mentira que haya que darlos), auténtico Leitmotiv de esta cinta, verídica y amarga. El chatarrero vive a la vuelta de la esquina, aunque la película dice que es en Bosnia Herzegovina: malvive en las cercanías del opulento régimen económico europeo, en cualquier caso.
Veo el mismo fin de semana otro DVD, que también trata de relaciones de pareja: "10.000 km" de Carlos Marques-Marcet, reciente premio Goya a la dirección novel. El contraste es tan denso entre ambas historias que, me temo, "10.000 km", pretendido relato de "la crisis", se va llevar el palo: elogio de la imbecilidad: decir que estos pijos barceloneses bienalimentados están en crisis (no me queda tampoco más remedio que salvar la actuación de Natalia Tena, gran actriz), ya sea laboral o de pareja, supone un insulto a los personajes reales de Danis Tanovic. Supongo que "10.000 km" intenta tomarse en serio a sí misma, pero sólo consigue el retrato de una pasión vacía, drama tecnificado y aburrido, el cénit de una generación agobiada porque la hicieron creer que eran los reyes del universo, un prodigio etéreo y falso, y que no está dispuesta a despertar del jet lag de sus ambiciones truncadas. Puestos a comparar, sería más justo poner en valor "10.000 km" contra la excelente "Stockholm" dirigida por Rodrigo Sorogoyen, ganador del mismo premio en los Goya del año anterior y que, con supuestos similares (y en ésta la actriz que deslumbra es Aura Garrido), no titubeó a la hora de dejar claro el mensaje: la fiesta se acabó.

jueves, junio 18, 2015

"The drop (la entrega)", de Michael R. Roskam

Las novelas del escritor Dennis Lehane han dado lugar a espléndidas adaptaciones cinematográficas, películas que han brillado con fuerza en el panorama cinéfilo, como pueden ser "Mystic River" de Clint Eastwood o "Shutter Island" de Martin Scorsese. Sus tramas ofrecen una profunda penetración psicológica en los personajes, apartando capas y capas de encubrimiento social hasta descubrir las verdaderas motivaciones, oscuras y violentas, de sus actos. Historias adornadas en ambientes lumpen, preferentemente de los que celebran el día de San Patricio por todo lo alto, el ecosistema tácito y contenido del barrio obrero, tradicional, donde todo el mundo sabe y donde todo el mundo calla, la justicia al margen de la ley y una corona de flores en cada farola fundida: los cadáveres de los chivatos beben cerveza negra sentados en el bordillo del callejón.
En "The drop" esa jungla urbana fija su acción en un epicentro geográfico indiscutible: el bar, por supuesto: más importante que la iglesia, que el lugar de trabajo, que el hogar familiar: el bar de uno. Cousin Marv's se denomina el garito, y al tal Marv lo interpreta James Gandolfini, entregando al celuloide la última muestra de su talento, tan prematuramente perdido. Un primo Marv perfecto, de nuevo el papel de delincuente inseguro o de ciudadano tentado por el crimen, asaltado por las dudas, figura de la que logró construir un arquetipo televisivo en la serie "Los Soprano". Sólo por contemplar a Gandolfini en su inesperado epílogo, merecería la pena ver "The drop". Adiós, maestro. Pero la película, magnífico thriller criminal, está llena de actuaciones notables, la de una generación de potentes actores treintañeros, como si el rotundo carácter de Gandolfini se hubiera apartado para dar paso a un caudal incontenible de savia nueva, que está abordando la taquilla con paso firme: Matthias Schoenaert, Noomi Rapace y Tom Hardy.
Matthias Schoenaert, actor belga que descubrí en "De óxido y hueso" de Jacques Audiard, que ya sirvió a la órdenes del director Michael R. Roskam (belga también) en "Bullhead", donde no dejó duda de su talento, y que anda en cartelera con "Suite francesa" de Saul Dibb y "Lejos del mundanal ruido" de Thomas Vinterberg, nada menos. Noomi Rapace, sueca (de madre, pues su padre fue un cantaor de Badajoz llamado Rogelio Durán), que encarnó a Lisbeth Salander para llevar al cine las celebérrimas novelas negro-nórdicas de Stieg Larsson, un papel que catapulta directamente a la fama: no sólo eso, más adelante tomó el relevo de Sigourney Weaver, nada menos también, para combatir extraterrestres poco amistosos en "Prometheus" de Ridley Scott. En cuanto al británico Tom Hardy (vaya, la acción transcurre en Brooklyn, pero ninguno de los tres parece que tenga mucha relación anterior con el barrio), la referencia estaba en "Warrior" de Gavin O'Connor, notable cinta de peleas en el ring, entre el melodrama de boxeo y las más macarras de artes marciales de Van Damme, a la que se añade su, irreconocible, papel del villano Bane en "El caballero oscuro: La leyenda renace", tercera entrega de los Batman de Christopher Nolan, para el que también trabajó en "Origen". Ahora se le puede ver (aún no lo he hecho, pero espero hacerlo pronto) como el Max Rockatansky del siglo XXI, heredero del cuero polvoriento de Mel Gibson, para "Mad Max: Furia en la carretera" de George Miller. Nada menos, sí, y van tres. Nada más.

miércoles, junio 10, 2015

"Tierra prometida", de Gus Van Sant

La película del fracking: todo lo que usted siempre quiso saber sobre el fracking y nunca se atrevió a preguntar. ¿Qué es el fracking? Una definición tan sucinta como rotunda es la que una vez escribió mi amigo Pablo: el fracking es caca. Algún otro pensará, y defenderá, que se trata de una fuente de energía que hay que explotar y aprovechar, un recurso natural en el subsuelo de países que, hace tiempo, esquilmaron las reservas de cualquier cosa al alcance de la mano que se pudiera vender. Y ahí se puede encontrar el principal problema: la voracidad: maximizar el beneficio a base de reducir costes y relajar a la vez las mínimas precauciones y márgenes de seguridad que cualquier explotación industrial debe respetar sí o sí: en ocasiones es no. La economía mundial está al servicio de un grupo de ancianos residentes en el perpetuo verano de Miami, bronceados jubilados que exigen el mayor rédito a sus milmillonarias cuentas y a sus laberínticos entramados financieros: si la gráfica no sube hasta perforar el techo, te vas a la calle: búscate la vida y haz lo que tengas que hacer, que yo me voy a echar otros nueve hoyos.
Matt Damon y Frances McDormand interpretan a una pareja de representantes de una compañía gasística estadounidense. Su trabajo es convencer a granjeros del interior del país de que les vendan sus tierras, a sabiendas de que perforando debajo de ellas e inyectando agua a presión mezclada con diversos componentes químicos, se obtendrá el preciado gas natural atrapado entre las rocas: el prado del abuelo es una mina, quién lo iba a decir. Más allá de los imprescindibles dilemas entre ecologismo y capitalismo, entre conservar la heredad o canjear el billete de lotería, la cinta aborda el retorno al origen, a la sociedad primitiva del buen salvaje dedicado al trabajo agrícola y ganadero: el yuppie despierta de la pesadilla alucinada del capitalismo de ficción y queda atrapado entre la virtud del arado y las nobles camisas de franela. De la oficina al granero. Y que cante el gallo.

jueves, junio 04, 2015

"Leviatán", de Andrey Zvyagintsev

Gulag. Aleksandr Solzhenitsyn lo escribió en "Un día en la vida de Iván Denísovich". Inopinadamente la novela atravesó la férrea censura soviética de los años 60 para que Nikita Jrushchov, héroe del cerco de Stalingrado (lo interpretaba Bob Hoskins en "Enemigo a las puertas" de Jean-Jacques Annaud: gran actor, recientemente fallecido, y gran director Annaud, aunque el adjetivo irregular le cae bien: ahora anda por ahí un estreno suyo, "El último lobo"), ventilara el régimen, abriera puertas para que corriera el aire y ajustara cuentas con los oscuros filos del bigote de Stalin: las purgas, la represión brutal, la paranoia anticapitalista, las cazas de brujas: vacaciones en Sibería a cargo de la denuncia más surrealista. En denuncias parece que se está especializando el director Andrey Zvyangintsev: así lo era en su anterior película, "Elena", extraordinaria, llena de silencios sutiles que contrastaban con actitudes rotundas. Y en denunciar progresa este Leviatán, la mascota de Dios (tienen su lugar en la cinta los popes ortodoxos: la religión como eterna tercera pata del poder), monstruo bíblico capaz de devorar el mundo: barcos rotos horadados por la constancia del salitre, osamentas de pecios, de ancestrales bestias marinas: la persistencia del tiempo y de la pena. El rayo que no cesa.
Siempre han existido excelsos practicantes del ejercicio del poder, la oligarquía como equipo de élite preparado para superar cualquier record a la hora de disparar las mayores barrabasadas imaginables en el innoble deporte de la codicia premeditada. Alcaldes elegidos democráticamente que se convierten en mafiosos impíos en cuanto tienen cerca la oportunidad de firmar un papel: la expropiación no es más que la ampliación del cortijo. Podría ser el burgomaestre de alguna capital castellana, empeñado en plantar áticos, pero en el caso de "Leviatán" el punto de mira se sitúa en una latitud y longitud muy superiores y unas formas más violentas: hasta en el último confín del mundo cuecen habas: comunistas reciclados en un curso acelerado de capitalismo salvaje: nuevos ricos con ejército privado y ningún escrúpulo a la hora de maximizar beneficios a cargo de la gestión pública (la reciente "Un toque de violencia", del director chino Jia Zhang Ke, también abordaba estas brutales transiciones hacia la economía de mercado: lo que era de todos no parecía mucho, pero en manos dispuestas, avarientas, se transforma en una espléndida multinacional).
Habrá que sacar el AK47 de debajo del colchón, atiborrarse a vodka, cazar al Leviatán en su guarida. Pero la ley del talión no pasará de la estéril venganza en efigie: acribillar a balazos retratos de antiguos mandatarios. Uno planea durante todo el metraje, uno que aún no se ha descolgado de la pared del despacho oficial, uno que parece que podría, si quisiera, poner orden: fama de mano dura no le falta. Otro Padrecito, me temo. Gulag y olvido.

jueves, mayo 28, 2015

"Donde la ciudad termina", de Martin Ritt

Al director Martin Ritt se le puede asociar, libremente, a William Faulkner por un lado de la cámara y a Paul Newman por el otro: "El largo y cálido verano", "El ruido y la furia", "Hud", "Un hombre". El resto de su extensa carrera cinematográfica se me pierde un tanto. "Donde la ciudad termina" es su ópera prima: también se puede asociar, sin tanta libertad sino por obligación, a dos películas previas: "La ley del silencio" de Elia Kazan y "Rebelde sin causa" de Nicholas Ray: turbios asuntos de estibadores de los muelles de Nueva York y chicos perdidos que se escapan de casa, insólitamente, en la América del Sueño, en la bonanza (no la de la familia Cartwright) de los años 50. La comparación con las obras maestras de Kazan y Ray sería desmedida: más pequeña, menos ambiciosa. Tampoco se podría poner a John Cassavetes en el pedestal de Marlon Brando o James Dean: Cassavetes dará lo mejor de sí cuando se convierta en director: puntal del cine independiente, una carrera de libertad creativa que abrió camino a muchos otros francotiradores camarógrafos. Sin embargo la cinta de Ritt aporta con gran fuerza una componente racial al drama, convirtiéndose en pionera a la hora de mostrar la relación de amistad entre un negro y un blanco en el cine: más aún, Sidney Poitier (éste sí merecería su lugar junto a Brando o Dean: "Adivina quién viene a cenar esta noche" de Stanley Kramer, "Rebelión en las aulas" de James Clavell, "En el calor de la noche" de Norman Jewison, "Semilla de maldad" de Richard Brooks: una carrera fulgurante la de Sidney Poitier: sin duda también fue pionero) es el que ostenta el rol superior: el hermano mayor de la televisión transportado al rudo ambiente portuario.
Una amistad tan profunda, tan sincera y desinteresada (¿Qué quieres de mí?, pregunta con insistencia el recién llegado Cassavetes a su benefactor, al poco de conocerse ambos, mosqueado por tanto interés protector), tan candorosa y juguetona que, en algún momento, se puede pensar si se llegaría a lanzar, en plena guerra fría, un misil del calibre de sobrepasar lo interracial para abordar lo homosexual. Rápidamente se busca mujer a uno y novia a otro y fin de la sospecha, compadre. La película no acaba de romper, algunas situaciones se vuelven artificiosas, los colegas no afinan su química (Cassavetes tiene unas facciones demasiado rotundas como para resultar convincente en su desamparo juvenil) y el drama termina de modo abrupto. Pero no por ello se dejará de disfrutar de un clásico intemporal, de nostálgicos ambientes neoyorquinos, de una fantástica fotografía en blanco y negro, de un formidable Poitier y del no menos sensacional secundario Jack Warden. Una pregunta cinéfila a la par que necrófila, no vale emplear el buscador: ¿Sidney Poiter sigue vivo? ¿Y Jack Warden? Cassavetes ya les digo yo que no. Murió prematuramente, en los años ochenta, con mucho cine dentro.