miércoles, noviembre 30, 2016

"Animales fantásticos y dónde encontrarlos", de David Yates

¿Qué es un muggle? Si usted no ha leído nunca un libro de la saga "Harry Potter" (como es mi caso), de la escritora J. K. Rowling, pero sí ha visto alguna de las adaptaciones al cine (como es mi caso) de las aventuras del joven mago, le sonará más escuchar la pronunciación "magel" (¿eso no es el nombre de un pastel?). ¿Nada? Pues sepa usted que es uno de ellos (como es mi caso: ya paro), excepto si es usted estadounidense: entonces sería un nomaj, según se cuenta en "Animales fantásticos y dónde encontrarlos", que no en vano trascurre en el país con más nomaj por milla cuadrada.
Un muggle es, precisamente, lo que todo aquel que se haya sentido absorbido por el mundo mágico de Harry Potter le gustaría dejar de ser. En 2017 se cumplirán veinte años de la publicación del primer tomo, "Harry Potter y la piedra filosofal", y a pesar del tiempo pasado el fenómeno sigue vigente: muchos de los niños y niñas de ahora siguen esperando cada mes de septiembre la carta que les acepte, al fin, como integrantes del selecto Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería, aunque ni en broma formarían parte de la casa Slytherin del mismo centro: a rezar para que el sombrero proclame Gryffindor en el reparto.
El universo de Harry Potter no es más que otra vía de escape para evitar la mediocridad cotidiana. Desde la más temprana infancia ya se percibe con rotundidad que los mundos producidos por la imaginación son sin duda mejores que aquel en el que ha tocado vivir: hobbits de Tolkien, jedis de Lucas, los Vengadores de Stan Lee y Jack Kirbi: la cultura popular ha aportado durante décadas los iconos necesarios para seguir soñando.
El séptimo y último volumen se publicó en 2007 y la entrega final en celuloide se estrenó en 2011. ¿Quién es el valiente capaz de matar la gallina de los huevos de oro? J. K. Rowling ha publicado otros libros, empleando el subterfugio del seudónimo trapacero, pero el éxito cosechado ha sido inversamente proporcional a la distancia tomada respecto de su creación principal. Ahora se pasa al guión cinematográfico, basándose en un libro suyo publicado en 2001, una suerte de catálogo de bichos, e inicia una nueva serie que resulta ser una precuela: el viejo truco. "Animales fantásticos y dónde encontrarlos" cruza el charco y se sitúa en Nueva York en los años veinte, aunque en un espacio histórico alternativo que enfrenta a magos y a muggles (o nomajs): la desconfianza hacia el otro, al distinto, peor aún, al más poderoso, una idea muy explotada en los cómics que nos hablaban de mutantes con superpoderes. Toma protagonismo un animalario de hálito mitológico, zoología fantástica también dotada de habilidades extraordinarias, con lo que la película termina emparentada con el género de catástrofes: Godzilla surgiendo de las aguas. La lograda ambientación de época se diluye en un hilo argumental desordenado, prolongado en exceso, algo que ya era patente en muchas de las películas del ciclo Potter. Aún así, un triunfo entre los fans de la escritora, devotos dispuestos a atrapar cualquier mínima pista que les acerque al espíritu de aquel gafotas inadaptado que volaba libre cabalgando una escoba. Harry somos todos.

lunes, noviembre 28, 2016

"600 millas", de Gabriel Ripstein

En Estados Unidos es más fácil comprar un rifle que un coche: ¿será esto lo que llaman la América de Trump? En realidad es la América de todos los presidentes que hubo antes de él: si alguno intentó ponerle límites a la famosa Segunda Enmienda, fracasó en el intento. Del sur al norte se produce tráfico de drogas, de animales exóticos, de personas, esas a las que se les quiere colocar un muro infranqueable. Pero, ¿qué se contrabandea en sentido contrario? Armas, una mercancía en eterno Black Friday: llenar el maletero de metralletas compradas en la armería de la esquina, calidad garantizada, y cruzar la frontera hacía México, donde los agentes de aduanas son mucho más permisivos que sus colegas del norte. Desde la facilidad de compra de un buen arsenal doméstico para cualquier pacífico ciudadano yanqui, las armas viajan hacia el mercado seguro de los cárteles de la droga. Igual que antes se traía tabaco de Andorra o pantalones de cuero de Melilla, el trapicheo de la oferta y la demanda asegura un negocio boyante e ininterrumpido: las balas del norte, los muertos del sur.
"600 millas", la cifra que alcanza el cuentakilómetros de una road movie que ilustra el viaje hacia el sur de un joven mexicano (Kristyan Ferrer) y un agente federal (Tim Roth). Cine de frontera para ilustrar la profunda hipocresía de unas relaciones entre países vecinos que se necesitan mutuamente, casi tanto como se desprecian: te quiero mientras me seas de utilidad, después te abandonaré sin el menor remordimiento. El apellido Ripstein del director es inequívoco. Como su padre, vocación por los planos secuencia, estáticos muchos de ellos, con la acción abandonando el encuadre para retornar a él y seguir desgranando pistas de este juego de la verdad, juego que termina con una mentira colocando los títulos de crédito y un espectador atónito ante la podredumbre del mundo.

lunes, noviembre 14, 2016

"Corre, Lola, corre", de Tom Tykwer

A finales de los años 90 se produce cierta evolución estética en la composición, en el montaje, se realizan películas imbricadas sobre una estructura de pegadizos temas pop y que por tanto se pueden considerar herederas del videoclip. En los estertores del grunge, cineastas novatos como Danny Boyle, Guy Ritchie o Baz Luhrmann, alumbran celuloides propicios para una generación urbanita que ha crecido mirando la MTV y que está capacitada para un nuevo lenguaje audiovisual.
La propuesta del alemán Tom Tykwer en "Corre, Lola, corre", aparece como una de las más imaginativas de la hornada, un collage técnico en el que sobresale la imagen rotunda, icónica, de Lola (Franka Potente, dibujo animado de pelo rojo al viento) corriendo con decisión de velocista por un Berlín recientemente reunificado. Lola, la hija descarriada del presidente de un banco, dispone de veinte minutos para salvar el pellejo de su novio Manni (Moritz Bleibtreu), un camello de poca monta que ha perdido una bolsa con el dinero de un traficante de escasa empatía.
¿Habíamos mencionado videoclip? ¿Por qué no mencionar también videojuego? Tres vidas y un tiempo limitado para superar la pantalla, para elegir el camino correcto y tomar las decisiones adecuadas: cruces entre universos paralelos que demarcan un futuro probable. De vuelta a la casilla de salida el juego se reinicia y a correr otra vez. Qué quieres que te diga, chica, Manni no parece mal tipo, pero... con un menda así te vas a hartar a correr.

domingo, noviembre 06, 2016

"El hogar de Miss Peregrine para niños peculiares", de Tim Burton

Conocía el factor de que esta película es la adaptación de una novela que ha sido un éxito de ventas, un best seller para el público lector infantil estadounidense. ¿Fidelidad al libro? No lo puedo saber, no lo he leído, pero espero que no sea otra "Alicia" que nadie quería ver. La obra inmortal de Lewis Carroll también es un superventas, lo es desde hace 150 años, y conocer que Tim Burton iba a abordar la historia de la niña que entró a la madriguera de un conejo fue motivo de júbilo hasta que presenciamos el resultado: queríamos una Alicia fiel a la letra leída que representara una alternativa icónica a la Alicia imaginada por los artistas de Disney en 1951, dibujo animado que seguirá siendo canónico, me temo.
De entrada el reparto anima. El protagonismo cae en Eva Green como Miss Peregrine (¿será el relevo fijo de Helena Bonham Carter?), actriz que ha dado sobradas muestras de virtuosismo macabro en la serie televisiva "Penny Dreadful", y en Asa Butterfield como Jacob (¿será el relevo fijo de
Johnny Depp?), aquel niño de profundos ojos melancólicos que deslumbró en "La invención de Hugo" de Martin Scorsese o en "El juego de Ender" de Gavin Hood, y al que se le puede aventurar un brillante futuro como actor. Pasaba por allí Samuel L. Jackson, que parece que se toma la película a cachondeo, y deja muestras de magisterio actoral el gran Terence Stamp.
Intentando ser imaginativa, la trama termina por ser embarullada: el bucle temporal que ancla la escuela de Miss Peregrine en un solitario día de 1943, inicialmente bien explicado, acaba siendo un laberinto de celuloide. Tenía buena pinta esa escuela de jóvenes talentos (versión X-Men) o de niños Jedi (versión Starwars), pues a pesar de no ser una idea excesivamente original, se compensa con las habilidades desconcertantes de los pequeños. Pero la película cansa por repetición, ya que la segunda mitad se centra en presentar múltiples enfrentamientos entre fuerzas del bien y del mal, en distintos escenarios, escenas de combate pobremente justificadas que redundan en cierto aburrimiento visual: aparece el tedio, el producto inflado, el guión paupérrimo.
En una escena se vislumbra el barrio de adopción de "Eduardo Manostijeras", prácticamente el mismo plano, aquel típico suburbio californiano que también era el entorno de origen de Tim Burton. Y al origen debería volver el cineasta de Burbank, en busca de las raíces de su estilo: menos es más: renunciar a la pirotecnia visual ("Big Eyes" parecía avanzar en ese sentido), al producto lucrativo, a que la firma Burton sea un parque temático. El cuento sencillo de "Big Fish", la trama patética de "Ed Wood", el relato lúgubre de "Sleepy Hollow": la imaginería sensible y macabra que caracterizaban a aquel fenómeno ilusionante que se denominó cine de Tim Burton.

domingo, octubre 16, 2016

"El caballo de Turín", de Béla Tarr

Béla Tarr es un cineasta de convicciones, dotado de una mirada propia, trascendente: no se trata de realizar un rodaje, sino de articular un discurso fílmico: cine intelectual. El diálogo en imágenes se establece con el espectador dispuesto a escuchar, y, como se trata de un diálogo, no de un monólogo, se procura pensar y ofrecer una respuesta que sea propia e independiente, más allá de lo que se puede vislumbrar en las intenciones del director. El que está al otro lado de la cuarta pared es el que debe dar las respuestas y, por supuesto, formular muchas preguntas: las películas que son fábricas de preguntas se elevan sobre su condición estética y ahondan en el ansia de conocimiento del ser humano.
Se cuenta que el filósofo Friedrich Nietzsche estaba dando un paseo por Turín cuando presenció una violenta escena: un cochero golpeando a su caballo, azotándole brutalmente con su látigo. Se asegura que el pensador alemán corrió hacia ellos y se abrazo llorando al cuello del animal, lanzando lamentos desconsolados: se dice que fue la última vez que habló. Diez años después, Nietzsche, sumido en un estado de demencia incurable, fallece. Pero, ¿qué fue del caballo?
El arranque de la película sujeta con fuerza los ojos del espectador, la fuerza que surge de fotogramas rotundos, en negro sobre gris, celuloide vapuleado por arcos de violonchelo que parecen impulsar el viento que azota al caballo y a su dueño, tan jamelgo huesudo el uno como el otro, desechos de una naturaleza inclemente. Secuencia de planos secuencia, muchos de los cuales, con cambios de ángulo, de encuadre, poco más, se repiten a lo largo de los seis días bíblicos que cubre la trama: será aquello del eterno retorno, entendido como la imposibilidad de escape ante un destino desgraciado. Vestirse, sacar agua del pozo, encender la lumbre, cocer las patatas, comerlas con hastío y sentarse detrás de la ventana a contemplar una porción ínfima e inalterable del mundo, a esperar que acabe otro día. Mejor que el viento, ese Dios que no ha muerto, arrase con todo. La semana que se retrata en el metraje, por tanto, no es de creación, sino de destrucción, de una decadencia imparable: el pozo, la lumbre, el caballo: todo agoniza hacía un fundido a negro, testamento cinematográfico del director húngaro Béla Tarr, un legado tan desesperanzado como lúcido.

domingo, octubre 02, 2016

"Moolaadé", de Ousmane Sembène

La ablación o mutilación genital femenina comprende una serie de prácticas consistentes en la extirpación total o parcial de los genitales externos de las niñas. Entre otras consecuencias, las niñas mutiladas padecerán durante toda su vida problemas de salud irreversibles. Se calcula que 70 millones de niñas y mujeres actualmente en vida han sido sometidas a la mutilación/ablación genital femenina, la mayor parte en África y en Oriente Medio. Además, las cifras están aumentando en Europa, Australia, Canadá y los Estados Unidos, principalmente entre los inmigrantes procedentes de África y Asia sudoccidental.
La ablación genital femenina constituye una violación fundamental de los derechos de las niñas. Es una práctica discriminatoria que vulnera el derecho a la igualdad de oportunidades, a la salud, a la lucha contra la violencia, el daño, el maltrato, la tortura y el trato cruel, inhumano y degradante; el derecho a la protección frente a prácticas tradicionales peligrosas y el derecho a decidir acerca de la propia reproducción. Estos derechos están protegidos por el Derecho internacional.
(Fuente: UNICEF)

Mis intentos anteriores por aproximarme al cine africano no lograron buenos resultados. Me dejé caer con curiosidad por varios títulos que habían llegado hasta mí, y en ningún caso conecté con lo que contaban aquellas películas. Pensé que con "Moolaadé" (significa protección, en el sentido del derecho de asilo, del "acogerse a sagrado" de la iglesia antigua), me sucedería otro tanto. Pero es imposible no sentir empatía por la trama que se desarrolla en esta cinta, una película que además está excelentemente rodada, con unas actuaciones llenas de convicción. Cuatro niñas que habitan en una zona rural de Mali, huyen del grupo de mujeres (brujas armadas con navajas cachicuernas) que les van a practicar la ablación. Están en esa situación porque sus padres las han conducido hasta allí, por supuesto, pero las pequeñas logran escapar, aterrorizadas, y se refugian en la casa de una mujer que en el pasado se negó a que su hija pasase por ese trance brutal e irreversible. La película será relato de una lucha desigual, un combate contra la ignorancia, la superstición, el sometimiento, conductas infames que para colmo son acordes a la ley de aquellos países (aunque la acción trascurre en Mali, en realidad el rodaje se realizó en Burkina Faso, una de las naciones africanas de mayoría musulmana en las que la ablación está prohibida, mas no por ello se consigue erradicarla).
Sin embargo el tono de la película es asombrosamente vital, a pesar de las situaciones terribles que muestra. El colorido, la música, la alegría, contrastan poderosamente con castas sacerdotales dispuestas a mantener con puño de hierro el régimen opresivo que sujeta a la población en una cultura medieval desquiciada: las radios que las mujeres atesoran como salvavidas, como vías de escape que les cuentan que otro mundo es posible, las radios que terminan arrojadas a una pira inquisitorial. Menos minaretes y más antenas de televisión, piden los fotogramas de "Moolaadé", historia ansiosa por una modernidad occidental democrática que nosotros, apoltronados en nuestro sillones, no paramos de criticar y desperdiciar, y que a ellos les parece el edén, un paraíso en la Tierra por el que merecerá la pena cruzar, como sea, el mar Mediterráneo. O morir en el intento.

viernes, septiembre 30, 2016

"Taxi Teherán", de Jafar Panahi

En el año 2010 el director de cine iraní Jafar Panahi fue encarcelado por rodar un documental que ponía el foco en las protestas que se producían en su país después de que las elecciones del 2009 hubieran proclamado ganador a Mahmud Ahmadinejad. Las sospechas de amaño en el escrutinio de los votos provocaron la revuelta popular de los descontentos, y en ciertos países del mundo, en fin, tomarse ciertas libertades que parecen fundamentales es más peligroso que en otros. En cualquier caso el cineasta es juzgado y condenado a seis años de cárcel, además de no poder viajar al extranjero ni hacer cine en un plazo de veinte años. Nada menos. Para un cineasta, un hombre armado con una cámara, la pena a cumplir parece un despropósito y la campaña internacional en favor de su causa da frutos rápidamente: tres meses después de su encarcelamiento es puesto en libertad bajo fianza.
Y en cuanto a lo de no hacer cine, bueno, desde entonces ya ha realizado tres películas (el empuje de Panahi por seguir adelante con su obra y con su oficio, frente a todo tipo de trabas y conflictos, es de los que no se creen), cintas en las que él mismo es protagonista y realizador: "Esto no es una película", rodada sin salir de su domicilio, "Pardé", que sería continuación de la primera, y al fin, "Taxi Teherán": el proscrito dando pasos cada vez más atrevidos hasta alcanzar de nuevo el exterior, y de nuevo, como una constante en su obra ("El círculo", "El espejo", "El globo blanco"), adentrándose en las pequeñas historias que se tejen cotidianamente en Teherán, vivencias que parecen intrascendentes y que sirven sin embargo para derribar fronteras, para hacernos pensar que la vida diaria en la capital persa no es tan distinta de la de cualquier otra parte del mundo, y que sus habitantes están tan lejos pero tan cerca de nosotros mismos.

domingo, septiembre 25, 2016

"The Purge: La noche de las bestias", de James DeMonaco

Entre las 19:00 del día 21 de marzo y las 7:00 del día 22 de marzo, en ese intervalo de 12 horas, cualquier crimen será legal, y por tanto no se producirá ninguna detención o enjuiciamiento de los ciudadanos que decidan ejercer actos violentos sobre el resto de la población. Se podrá emplear el tipo de armamento que se desee, exceptuando explosivos, bazucas, granadas, o cualquier otro arma de poder destructor superior. Durante ese tiempo, los servicios de emergencia estatales, como son bomberos, policías o ambulancias, estarán desactivados. Esta es la premisa sobre la que se asienta la trama de "The Purge", la abolición temporal del contrato social de Rousseau, del orden establecido, del imperio de la ley, una cláusula al margen de la constitución estadounidense para un futuro cercano.
La película asegura que, gracias a ese desenfreno violento del vecino contra el vecino, el "Duelo a garrotazos" de Goya en versión yanqui, el país ha logrado un crecimiento económico inusitado y unas tasas de paro despreciables. ¿Sería imaginable que una sociedad civilizada permitiera desmanes semejantes? Antecedentes los hay. Por ejemplo la Sharia, ley islámica que concede derecho de venganza a los familiares de un asesinado, leitmotiv de la reciente "Lejos de los hombres" de David Oelhoffen, protagonizada por Viggo Mortensen, y que transporta, de modo magnífico, aires de western al desierto de Argelia en la época de la guerra de independencia contra el poder colonial francés. Y muchos siglos antes, el ejemplo se encuentra en Esparta, donde existía la costumbre de la Krypteia, rito iniciático para los jóvenes guerreros espartanos, que eran soltados en el monte para que durante la noche asesinaran a todos los ilotas (casta de esclavos) que les viniera en gana. Esta lucha desigual entre ricos y pobres es la que realmente pone de manifiesto "The Purge": la purga, entendida como la masacre de sujetos indeseables para las clases altas, es decir, la caza del que no dispone de medios para pasar esa noche bien guarecido en casas convertidas en fortalezas. Eso y el ya tan familiar cariño de los habitantes de Estados Unidos por su arsenal doméstico, mascotas que gustan de sacar a pasear de vez en cuando, y, puestos en ello, poner a prueba en institutos, centros comerciales, o cualquier otra aglomeración de personal: decía André Bretón que el mayor gesto del surrealismo sería salir a la calle con un revólver en cada mano y ponerse a disparar, de modo azaroso, hacia la multitud: Estados Unidos, ese país surrealista: sólo hay que fijarse en que Donald Trump puede ser su presidente.
Pero todas estas divagaciones sólo se apuntan en "The Purge". En realidad la cinta apenas ahonda en las causas que llevan a una nación a promulgar un edicto semejante, algo que le otorgaría a la película un interés mayor, y se centra en ser una película de acción más, al estilo de "Asalto a la comisaria del distrito 13", pero no tanto en la versión de John Carpenter sino en el remake moderno de Jean-François Richet, también protagonizada por Ethan Hawke al igual que "The Purge": Mr. Hawke, ese flamante premio Donostia, pero que lo es por hacer películas que no son las mencionadas en esta entrada. Y se puede ir más atrás de aquella comisaría de Detroit, y con más acierto, aproximándonos a la casa que Dustin Hoffman defendía en "Perros de paja" de Sam Peckinpah, porque "The Purge" desemboca en la misma violencia sin control y acaba siendo violencia por violencia, un baño de sangre sin mayores pretensiones. Queda sin embargo un epílogo de empaque, una escena que invita a pensar cómo será el día siguiente para vecinos que han estado a punto de matarse y que se encontrarán, casualmente, en la cola de la pescadería. ¿Serán capaces de esperar un año?

jueves, septiembre 15, 2016

"La espera", de Piero Messina

La visita que nadie desea, la que cuando llega sume las habitaciones en penumbra, cubre con tela negra los espejos y rompe el silencio con llantos inconsolables: nadie debería sobrevivir nunca a sus hijos. En "Alps" de Yorgos Lanthimos, una agencia proporcionaba afectos de reemplazo: ante la pérdida irrecuperable, un actor ocupaba el puesto abandonado, procurando llenar el vacío afectivo. Así parece funcionar "La espera", la madre y la novia ahuyentando el luto, negando el suceso: no ha sido la muerte, ha sido la voluntad: se fue porque le dio la gana.

Para resaltar la vía de escape, los fotogramas se empeñan en colmarse de belleza, en lograr que cada encuadre capture el entorno siciliano donde se desarrolla la acción con el mayor esplendor posible, un vicio de opera prima que aquí despunta en virtud: naturaleza y juventud, tradición y madurez, frente a frente y desbordando cada plano.

Y, cómo no, Juliette Binoche desplegando una actuación sublime, tan contenido el gesto como intensa la emoción, sin conceder al espectador el desahogo de la lágrima fácil, un aplomo interpretativo que reafirma a la actriz en la cima del cine europeo y que coloca a su compañera de duelo y de protagonismo, Lou de Laâge, a la espera, precisamente, de otras cintas con menor competencia en el reparto.

sábado, septiembre 10, 2016

"Café Society", de Woody Allen

Al rato de estar viendo la película, estaba claro que algo había cambiado. Los ojos, acostumbrados a disfrutar del cine de Allen con cadencia anual, percibían algunas diferencias nítidas en los encuadres y en el tratamiento de la luz. La cámara se hacía patente, en mayor medida, de lo que había sido en las cintas dirigidas por el director neoyorquino en los últimos veinte años, más o menos. Después me enteré de que por primera vez abandonaba el celuloide para rodar en digital, algo a lo que se ven abocados, quieran o no, la mayoría de cineastas de la actualidad, pero además me enteré de que, por primera vez también, Vittorio Storaro, ya mítico director de fotografía, había perfilado los fotogramas de una película de Woody Allen con su característica paleta de colores cálidos. Con todo esto, lo que me pareció realmente es que la obra del octogenario autor nacido en Brooklyn tiene aún capacidad suficiente para sorprenderme.
En su nueva lección de cine Woody Allen establece una soterrada confrontación entre Nueva York y Los Ángeles, sin pudor en cuanto a dejar claras sus preferencias. Hollywood en los años 30 es una fábrica de películas dominada por los grandes estudios, un ecosistema feroz donde codicia y talento deben intentar acomodarse en el mismo hueco y que apenas deja resquicio para penetrar en él a los que no están dispuestos a aceptar las reglas del juego ("El último magnate" en novela inacabada de Fitzgerald o en la película de Kazan es la referencia habitual). Y sin embargo en la costa este sucede otro tanto: Café Society es un término referido a la Jet Set de entonces, aquella que cada noche acudía a lujosos clubes nocturnos a lucir su posición social junto al resto de la manada de potentados neoyorquinos. Y a escuchar música en directo, claro, la que nunca para de sonar en el cine de Allen.
Todos quieren trabajar para Woody. Debe haber bofetadas por trabajar a sus órdenes: raro es el actor o la actriz que repite. Repartos llenos de nombres conocidos dispuestos a rebajar sus sueldos al mínimo. Para esta historia de desamor (de religión, de muerte, de familia: los temas constantes, los dobles sentidos, los enredos, todo enriquecido por la sabiduría vital de sus diálogos geniales) la pareja protagonista la forman Kristen Stewart, que está muy bien (Allen es un estupendo director de actrices: en los últimos diez años dos premios Oscar para ellas) y Jesse Eisenberg, que no tanto: el protagonista masculino de sus películas ya sabe que tiene que hacer el papel que Woody Allen, por edad, ya no puede encarnar, pero Eisenberg sólo sabe hacer de Eisenberg, me temo. A ellos se une, a última hora, Steve Carell en un papel que iba a realizar Bruce Willis, pero que Carell defiende a la perfección, el papel del tercero en discordia. Gran actor, también surgido de la comedia, pero que a diferencia de Eisenberg sabe adaptarse sin problemas a las necesidades del libreto, una trama que en "Café Society" retrata la nostalgia de amores antiguos, los que a pesar de los años siguen unidos por un hilo invisible, rescoldos que en un ningún caso conviene remover y que es mejor dejarlos donde están, adornando días felices de un pasado inexistente.

martes, agosto 23, 2016

"Slow West", de John Maclean

Aquel tipo me recordaba a Peligro, un flacucho y desgarbado aspirante a boxeador que ganaba por KO a su imaginación, cada día, en el gimnasio en el que Morgan Freeman pasaba el mocho derrotado de su combate 109. Jay Baruchel se llamaba aquel actor moreno y huesudo, y supongo que habrá seguido haciendo cine, no lo sé, pero sí sé que, de momento, el papel para la posteridad se lo concedió Clint Eastwood en "Million Dollar Baby". El protagonista de "Slow West" me lo recordó: en el físico y sobre todo en el ánimo, esa esperanza ciega en los sueños que detesta las probabilidades. También en la inocencia, cervatillo en tierra de depredadores. Kodi Smit-McPhee interpreta al muchacho que viaja hacia el oeste en "Slow West", y resulta que sí, ya lo había visto antes pero en dirección sur, de la mano de Viggo Mortensen en la aterradora "La carretera" de John Hillcoat (aunque todo el desasosiego producido por aquella película lo recogía de la novela original de Cormac McCarthy en la que se basaba).
Amores imposibles. Él es el señorito, joven Lord Cavendish, y la plebeya que inunda su obsesión se llama Rose (Caren Pistorius): amores emigrados, a los que se les pone un océano por medio y aún así son incontenibles: si Marco pudo ir él solito de los Apeninos a los Andes en busca de su madre, malo será que un mozo más talludito no lo logre. Epopeyas del Nuevo Mundo. Sin embargo, el nombre que da lustre al afiche será otro, un actor de gran tirón en la última década, Michael Fassbender, que aún navega cerca de proyectos arriesgados, independientes, aunque sea el pseudo-indie del festival de Sundance. Son bien conocidos los casos de directores que han disparado a un actor a la popularidad mundial y después los han empleado continuamente hasta volverse actores fetiche de su filmografía. Para John Maclean el ejemplo sería el contrario, pues ha sido Fassbender el que ha apadrinado su carrera, confianza refrendada para la ópera prima del director, un debut en la pantalla grande que resulta prometedor, en cualquier caso.
El western moderno continúa desgranando obras, una cadencia parsimoniosa pero ininterrumpida. Tarantino ha sido el artífice de los mayores taquillazos recientes del lejano oeste ("Los odiosos ocho", "Django desencadenado") o ese indómito "El renacido" de Alejandro González Iñárritu, pero otros cineastas también se asoman, modestamente, al género más popular de la historia del cine, con menos afán recaudatorio pero la misma inquietud por lograr una cinta digna. Y "Slow West" lo logra, caracterizándose, precisamente, por un pulso lento que no renuncia a la intensidad de la trama, un relato viajero, una odisea mecida al compás de una estupenda banda sonora de melancólico tono folk, con fotogramas que se recrean en paisajes monumentales que abren el encuadre por pura necesidad, localizaciones naturales que resulta que están en... Nueva Zelanda. Peter Jackson ya lo sabía: el Sur existe.

martes, agosto 16, 2016

"Escuadrón suicida", de David Ayer

La formación de un equipo de especialistas, sección "elementos peligrosos" del pabellón de alta seguridad, para llevar a cabo una misión con escasas opciones de éxito, tiene larga tradición en el cine. No hace mucho, "Guardianes de la galaxia" de James Gunn, aventura también surgida de los papeles grapados de los tebeos de superhéroes. Pero si se rastrea entre los clásicos del celuloide, rápidamente aparecen títulos como la canónica "Grupo salvaje" de Sam Peckinpah, y, retrocediendo en el tiempo, "Doce del patíbulo" de Robert Aldrich, "Los siete magníficos" de John Sturges (que pronto estrenará remake: a temblar), hasta llegar a la seminal "Los siete samurais" de Akira Kurosawa. No incurriré en odiosas comparaciones.
Héroes y antihéroes. El antihéroe es un arquetipo dramático sumamente atractivo, un sujeto cínico que desde siempre ha orientado sus habilidades a actos fuera de la ley y que encuentra una oportunidad para enmendar su trayectoria. La paradoja moral del delincuente convertido en inopinado defensor de la justicia, es un filón para guionistas con pocas ganas de trabajar: decenas de tópicos argumentales a su disposición. Y "Escuadrón suicida" aún más, ya que las características de todos sus personajes se sustentan en el catálogo editorial de DC Comics. En "Batman v Superman: el amanecer de la justicia" de Zack Snyder, se cimentó el desembarco definitivo de los superhéroes y supervillanos de Gotham y Metropolis en las sagas cinematográficas heredadas del cómic que puntean en la actualidad la cartelera con cadencia anual, semestral o incluso menor: Marvel, con Disney, mostró el camino que DC, con Warner, no dudará en seguir.
El Joker era ella. En realidad es Jared Leto el que en el reparto toma el testigo, inalcanzable, de Heather Ledger, aquel Joker magnífico para "El caballero oscuro" de Christopher Nolan. Leto confecciona un Joker que parece un zombi salido de "The Walking Dead", una aparición prescindible que sólo sirve para presentarnos a su novia, Harley Quinn, antigua psiquiatra del Joker que terminó colgada por uno de los mayores colgados del noveno arte. Ese personaje femenino indomable es el que paga la entrada para ver "El escuadrón suicida". La actriz Margot Robbie ya fue de lo poco recuperable en la reciente "La leyenda de Tarzán" de David Yates, una Jane esforzada, pero a Harley Quinn le proporciona las máximas dosis de histrionismo indispensables para dar vida a una inquilina habitual del asilo Arkham: psicópata comediante tan juguetona como letal. Tanto ella como Will Smith interpretando a Deadshot (aunque, no hay que engañarse, hace de Will Smith), permiten elucubrar que el escuadrón podía haberse reducido a dúo: menos es más, aseguran circunspectos noctámbulos solitarios sentados delante de sus teclados, iluminados silenciosamente por la pálida luz de la luna de agosto.

lunes, agosto 08, 2016

"Los amantes del Pont-Neuf", de Leos Carax

No tenía la menor duda de que ese puente era el puente, no me parecía posible ninguna otra alternativa: el puente me convenció. Y luego me enteré de que no, de que el puente no era el puente, ese que, como sabrá todo el que haya cruzado por allí con una guía turística en la mano, de nuevo sólo tiene el nombre: del siglo XVI, el primero que se construía en piedra para unir las orillas del Sena a su paso por París, el más largo y el que más tiempo lleva mirando correr el río bajo sus arcos. Puente en restauración, anunciaba un plano de la película: claro, pensaba yo, seguro que necesita unos arreglos, el crujido de la edad, y aprovecharon el cierre al tránsito diario por obras para realizar el rodaje. En realidad el puente iba a ser el puente, pero una inoportuna lesión de Denis Lavant, actor protagonista, musa imprescindible para Leos Carax, provocó que se desperdiciara el permiso de rodaje de dos semanas concedido por el ayuntamiento parisiense. Ese incidente dio lugar al mayor presupuesto de la historia del cine francés: se construyó una replica espectacular del Pont-Neuf y de su entorno hasta los puentes vecinos, incluyendo las fachadas de los edificios de alrededor y, por supuesto, el rio: de París a los campos de Lansargues, pueblo del sur de Francia cercano al mar, donde había un terreno propicio para el proyecto. El cine estadounidense sí estaba acostumbrado a esfuerzos faraónicos semejantes. No hace muchos años, a la Plaza Mayor de Salamanca, ejemplo al alcance de la mano, le salió un clon mexicano para el rodaje de "En el punto de mira" de Pete Travis (la megalomanía de cartón piedra está en desuso desde que las imágenes generadas por ordenador han tomado el control de la puesta en escena y los ejércitos de albañiles dirigidos por decoradores han sido sustituidos por las legiones de animadores digitales que copan los créditos del cine moderno), pero para el cine europeo tantos ceros en los cheques produce un vértigo descomunal y una probable bancarrota del estudio que se atreva. O al menos era así en la época, finales de los años noventa, de la filmación de "Los amantes del Pont-Neuf".
Hollywood se lo gasta y por regla general lo rentabiliza (con "En el punto de mira", thriller de acción protagonizado por Dennis Quaid, Matthew Fox y Forrest Whitaker, por supuesto que fue así), generando taquilla en USA y en el resto del mundo, pero para las producciones del viejo continente es mucho más complicado, teniendo en cuenta que los estrenos europeos al otro lado del Atlántico quedan relegados al submundo de las salas de versión original.Y el cine de Leos Carax cuenta además con la condición de cine de "autor", ese veneno para la taquilla, dicen, ay. Esta historia de amor entre clochards, Alex y Michèle, Denis Lavant y Juliette Binoche (había sido también la pareja protagonista de la película anterior de Leos Carax, "Mala sangre", y esa historia de amor extraña que anticipa la de "Los amantes del Pont-Neuf", constituye otra joya en la carrera del director galo), que viven encima o debajo del puente según la estación del año, el acróbata cojo y la pintora ciega, apurando las noches interminables entre vapores de vino barato, no parece la trama más apropiada para un presupuesto multimillonario. Sin embargo Carax debía tener muy claro que la película sólo se podía realizar en ese puente y con esos protagonistas, que un travelling que se volvería mítico debía acompañar el baile enloquecido de los amantes corriendo por el Pont-Neuf, mientras los fuegos artificiales del segundo centenario de la Revolución Francesa rompían el cielo, que los que sobreviven a diario (tremenda la escena de inicio de la película en el albergue de Nanterre) en los arroyos de la sociedad tienen derecho a protagonizar pasiones románticas desmesuradas, que la libertad del vagabundo se ríe del estrés cotidiano del ejecutivo.
Llega el final, probable homenaje a "L'Atalante" de Jean Vigo: de París a Le Havre en barcaza ("Le Havre" de Aki Kaurismäki, otro experto en náufragos urbanos). Al parecer había dos posibles finales, uno alegre, otro triste. Sostiene Juliette Binoche que lo discutieron durante horas. El que se escogió no me pareció el mejor, aunque también es verdad que fue lo único de la película que no me convenció.