martes, enero 27, 2015

"A propósito de Llewyn Davis", de Ethan Coen y Joel Coen

Un paseo por Nueva York en los años 60, en concreto por el lado de Greenwich Village, conocido epicentro cultural de la Gran Manzana. Esa parte de Manhattan es símbolo de vida bohemia, urbanita, y en sus bares de música en directo se dieron a conocer artistas que después tendrían fama mundial como The Mamas & the Papas, Simon & Garfunkel, Joan Baez, Peter, Paul and Mary, Bob Dylan, Pete Seeger, Kris Kristofferson, etc. El folk se mezcla con el rock y resulta ser un medio estupendo para enviar mensajes revolucionarios, contraculturales, capaz de aunar en un solo himno la voz dispersa del inconformismo. The Times They are a-Changin.
Llewyn Davis (el actor Oscar Isaac: le recuerdo en "Ágora" de Alejandro Amenábar) será arquetipo de esa época. Pero los Coen no le van a colocar en la senda del éxito, sino en la legión de aspirantes que se quedó en el camino y que, sin lugar a dudas, representa la mayoría de las historias que se pueden contar de aquellos viejos tiempos. La estética del perdedor. En los escasos días a lo largo de los que trascurre la trama, a Llewyn Davis le van a caer golpes de todas las categorías y calibres, una odisea (no en vano lleva bajo el brazo a un gato llamado Ulises, un pequeño polizonte que sirve de McGuffin de buena parte del guión) vital que parece empeñada en hacerle colgar la guitarra y obligarle a sentar cabeza: búscate un trabajo serio, chico. Hasta el clima, invernal y grisáceo, parece en su contra, como si el mismo Poseidón se sumase al complot. "A propósito de Llewyn Davis" es el despertador, inmisericorde, del sueño americano (si se quiere disfrutar de un biopic para la otra cara de la moneda, se puede ver "I'm not there" de Todd Haynes: en busca de Robert Allen Zimmerman: no, no está allí).
Y poco más hay que ver en esta película de los hermanos Coen. Lo negro habitual en su cine (el negro en el humor y en el crimen) queda diluido en un discreto gris que, sin embargo, encierra un poderoso mensaje de melancolía. En un coche que avanza, a través de una sucia marea de aguanieve, por la ruta hacia Chicago, se reúnen un viejo jazzman drogadicto, un poeta beat ensimismado y el extraviado Llewyn Davis con su gato Ulises: un auténtico viaje hacia ninguna parte.

martes, enero 20, 2015

"Birdman o (la inesperada virtud de la ignorancia)", de Alejandro González Iñárritu

Bitelchús, Bitelchús, Bitelchús. Diga ese nombre tres veces y se aparecerá... Michael Keaton. El mejor papel de su carrera. ¿El de Birdman? No, no, aquel que hizo para la película "Beetlejuice" de Tim Burton, el personaje de un fantasma cachondo y salvaje capaz de expulsar, por las malas o las peores, a cualquier visita indeseada. Y de la mano de Burton también llegó Batman. Batman/Birdman. ¿Cómo no iba a ser Keaton el más indicado para la película de Iñárritu? "Birdman" es una metáfora de su propia carrera. En "Batman", con el actor enfundado en un musculado traje de vinilo negro y a las órdenes de la mente siniestra de Tim Burton, se renovó el género cinematográfico de superhéroes, llevándolo a un escalón superior, marcando pautas nuevas: bombazo mundial en taquilla. Ponerse una máscara y zumbarle a los malos parece que es muy rentable (Robert Downey Jr. es el actor mejor pagado de la actualidad por interpretar a cabeza de lata en las múltiples "Iron Man" y "Vengadores" que Hollywood considere necesario seguir rentabilizando) y, además, proporciona una fama universal al que encabeza los créditos
De una colección de recortes de prensa, de las vivencias que un actor tiene a lo largo de su carrera, surge el surtido de temas abordados en "Birdman": pasar de la fama al olvido y, si hay suerte, a la fama de nuevo (Billy Wilder dejó todo dicho en "El crepúsculo de los dioses"); la competencia con los compañeros de reparto, que puede llevar al odio absoluto, sobre todo sin son más jóvenes, más guapos y, ante todo, con más talento; la relación, enemigos mortales, con los críticos; los líos conyugales derivados de ser una estrella de cine a la que mucha gente le gustaría conocer más "íntimamente"; el embrollo monumental que es producir una película o una obra de teatro que tenga el ánimo de triunfar comercialmente; la esquizofrenia de la identificación con el personaje mundialmente conocido. Esta última faceta tiene gran importancia en la película: bipolaridad a través del espejo. Aparece cuando el espectador traspone al intérprete y a su interpretación, confunde el icono y su significado, y ese equívoco público termina por trasladarse a la vida privada del actor (el caso canónico de Béla Lugosi y Drácula). Muchos matices repasados pero ninguno rematado, pienso. Quizás el que dejo sin parpadear fue el del enfrentamiento con la crítica teatral del New York Times, francotiradora solitaria que ejerce sin la menor piedad, acodada en la barra de un garito, su venganza intelectual contra el cine palomitero y sus retoños, esos que osan subirse a las sagradas tablas de un teatro, a rebufo de la fama popular y la pasta acaparada, para perpetrar navajazos dramatúrgicos contra autores de la talla literaria de, por ejemplo, Raymond Carver.
Con estos supuestos se puede entender que si Michael Keaton se lleva el Óscar será por desnudarse, y no sólo el alma, no: un sesentón paseándose en calzoncillos por la avenida Broadway bien vale una estatuilla: pornografía de la decrepitud, rentabilidad de la decadencia (¿Cuál es mayor éxito crítico de Jean-Claude Van Damme? Una en la que sale llorando, "JVCD" de Mabrouk El Mechri). La actuación es bastante convincente, de acuerdo, pero puede, sólo puede, que Edward Norton le robe la mayoría de planos cuando los comparten (no sólo porque lo diga el guión, claro; también sale en calzoncillos, por cierto: cortos, largos y... holgados). Y es posible también que Naomi Watts pase por esta película sin pena ni gloria, algo encasillada. Y cuidado con Emma Stone, joven airada, que está sensacional. Keaton, Norton y Stone, nominados en distintas categorías: felicidades.
Plano secuencia o secuencia de planos secuencia o para qué tanto alarde innecesario. Desde que Alejandro G. Iñárritu cortó con Guillermo Arriaga, guionista de sus grandes éxitos, "Amores perros", "21 gramos" y "Babel", y que reclamaba mayor consideración en la autoría del producto final, se puede pensar que el director mexicano está un poco obsesionado con demostrar su virtuosismo cinematográfico, lo gran director que, sin duda, es. "Biutiful", sin embargo, su película tras el divorcio mencionado, era un bodrio empapelado de empacho técnico, y aunque en "Birdman" no se llegue, ni de lejos, a esas cotas de ofuscamiento, la verdad es que tanta insistencia, inútil, en tener la cámara flotando y dando vueltas, termina por marear. Celuloide y biodramina. Para salir volando.

jueves, enero 15, 2015

"La gran belleza", de Paolo Sorrentino

Roma en perpetua decadencia. Al menos es así desde la época del emperador Marco Aurelio, desde la irrupción del cristianismo, desde las invasiones bárbaras. Ahora el invasor es otro, turismo invasor: un turista oriental cae al suelo desmayado por la extenuación de una jornada intensa, de recorrer un catálogo ingente de monumentos bajo el tórrido sol del verano romano o, causa más afortunada, fulminado por el síndrome de Stendhal. Cuánta belleza, gran belleza. El arte moderno, su expresión, que aparece en la película, resulta estéril, fatuo, de consumo fácil y fecha de caducidad temprana, contrastando con corredores en penumbra de antiguos palacios, colmados de esculturas y tapices que han aguantado el paso de los siglos: ruinas arqueológicas que aún levantan firmes sus osamentas ante el desprecio de la intemperie, lucha secular contra el abandono y el tiempo.
Jep Gambardella (Toni Servillo) cumple 65 años y se siente también como una ruina inútil, como el exponente de una generación vaciada, que ha perdido sus ideales y olvidado sus ambiciones, sobornada por los cantos de sirena del dinero, del lujo y de la fiesta continua. El sumo sacerdote de la religión de Jep es el cirujano plástico, el himno de su ejército lo perpetra un DJ ibicenco y el pozo de su talento literario queda consignado en los ecos de sociedad. Fiestas de vampiros: todos creen aparentar menos edad de la que realmente tienen: cuando tú te levantes por la mañana yo colocaré la tapa de mi ataúd. La sátira, la caricatura, lo grotesco. La ironía y el feísmo dominando el metraje, como en aquella otra película de Sorrentino, "Il divo", los últimos días en el poder de Giulio Andreotti, también con la piel de Toni Servillo en el papel protagonista. Pero cualquier referencia cinematográfica de "La gran belleza" deberá llevar el nombre de Fellini, claro: "La Dolce Vita", "Roma", "Giulietta de los espíritus", "Las noches de Cabiria". Una estética poderosa no exenta de ternura y que conduce de cabeza a la nostalgia. Y aunque la banda sonora no la firme Nino Rota, será igualmente perdurable en la memoria. Sostiene Jep que a Italia se la conoce mundialmente por la moda y la pizza. Y el cine, añado yo.
En su último tramo, la película toma una deriva realmente extravagante (aún más). Entra en escena una monja milagrosa (Roma llena de órdenes religiosas, una característica patente a lo largo de toda la cinta), trasunto de Teresa de Calcuta, virtud y mortificación absolutas, que parece representar lo opuesto a la pecaminosa existencia cotidiana de Jep. Ni la bailarina de striptease ni la santa en vida serán capaces de señalarle el camino: la percepción de la belleza, esa revelación trascendente que se tuvo con el primer amor, edad de la inocencia, y que se ha vuelto un sentimiento irrecuperable: no es posible bañarse dos veces en el mismo río, ni aunque ese río sea el Tíber, cauce primordial de la civilización de Occidente. Cada vida compone sus coplas manriqueñas, cada persona atesora sus ocasiones perdidas y, de cuando en cuando, mira hacia atrás y las contempla: la anestesia del recuerdo, lo que pudo ser y no fue. Esa posibilidad de haber sido es capaz de provocar un destello de esperanza en el ánimo nihilista de Jep. La melancolía autocomplaciente de la memoria.

domingo, enero 11, 2015

"Big Hero 6", de Don Hall y Chris Williams

Disney explotando la veta Marvel, una "concesión minera" que adquirió en 2009 y que ha de proporcionarle suculentos beneficios. En el caso de "Big Hero 6", el filón se encontraba cavando en una miniserie de cómics nacida en el año 1998, una pequeña saga sobre un supergrupo que tuvo escasa expansión en el universo Marvel. Sin embargo, la marca del ratón Mickey ha demostrado que debajo de aquella alfombra de papel grapado había un tesoro y ha convertido las aventuras de Hiro y su robot Baymax en el taquillazo de animación de las pasadas navidades. Un triunfo merecido: la mejor opción para llevar a los chavales al cine e introducir fantasías de celuloide entre tantos días seguidos de vacaciones. Los creativos de Disney se han alejado bastante de la concepción original que los personajes tenían en el cómic, han realizado una transformación profunda a su diseño y a su estética. Si algún padre piensa que "Big Hero 6" en formato papel (en el caso de que los tebeos sean fáciles de encontrar en la actualidad, aunque es de esperar que el éxito de la película provoque la reedición de la obra) es un regalo apropiado para la salida del cine, bueno, en fin, mejor que los niños no sean demasiado pequeños: el Baymax de Marvel no resulta muy achuchable en realidad...
En el filme se ha alcanzado una afortunada mezcla entre las señas de identidad del género Manga y del sello Disney, de modo que el diseño de personajes, entre ellos el de Baymax como robot recauchutado, es sencillamente genial. Igual de natural funciona la conexión USA-Japón, representada en la hipotética ciudad de San Fransokyo, donde trascurre la acción: el sushi y el burguer, el Super Sentai de los Power Rangers y Sillicon Valley, el microchip y la astrofísica. Mención aparte merece la idea de los microbots que desbordan los fotogramas, infinitas piezas de ingeniería que cobran vida uniéndose en una marea alucinante de formas diversas, montura propicia para ser cabalgada por un temible villano, jinete negro de la robótica, oculto tras una máscara kabuki.
La pareja Hiro y Baymax funciona igual de bien que el ancestral dúo formado por el joven piloto Koji Kabuto y el imponente Mazinger Z: el robot como proyección del ansia de fuerza y de poder del niño, la varita mágica que permite sacudir al malo, al abusón: reparar la injusticia, poner orden en el mundo y equilibrar el entorno, ser otro y, de este modo, asfixiar los traumas de la adolescencia. "Big Hero 6" es un equipo integrado por empollones enfrascados en sus inventos tecnológicos, un conjunto de nerds que intentan superar múltiples desafíos físicos: superarlos y así superarse a sí mismos: el valor del ingenio, el esfuerzo, el estudio, la perseverancia, un rescoldo muy valioso que también es capaz de aportar la película, más allá del puro disfrute de verla: el estímulo creativo que puede alcanzar a un pequeño espectador y hacer que al cabo de unos días siga dándole vueltas a la cuestión de crear su propio robot: papel y lápiz: imaginación y trazo. El cine no tiene precio.
 ¿Y ese cacharro tan grande no está produciendo en realidad un agujero de gusano? "Interstellar", "The Imitation Game" o "Big Hero 6". Invitación a la ciencia. Para todos.

domingo, enero 04, 2015

"The Imitation Game (Descifrando Enigma)", de Morten Tyldum

 ¿Puede una persona, una sola, ganar una guerra? Seguramente no, seguro que hacen falta muchas más, sobre todo teniendo en cuenta la dimensión de un conflicto como la Segunda Guerra Mundial. La película, sin embargo, insistirá bastante en esa versión mesiánica, en colocar al matemático Alan Turing como al gran héroe desconocido (al menos fue así de desconocido hasta los años setenta, en los que empezaron a desempolvarse documentos clasificados de tres décadas antes) que consiguió un logro vital para el lado Aliado al encabezar el proyecto Ultra, un enorme esfuerzo técnico que culminó con el éxito de reventar el sistema de cifrado de la máquina Enigma, aparato utilizado por el ejercito alemán para sus comunicaciones secretas y que tenía fama de indescifrable.

Alan Turing era un nombre que aparecía habitualmente en las clases a las que yo asistía en la facultad. Curso tras curso eran varias las asignaturas en las que las ideas del británico servían para introducir un tema relacionado con problemas de inteligencia artificial, computación, automatismos, lógica, algorítmica, criptografía... Un genio indiscutible. Alan Turing es uno de esos tipos que, durante la primera mitad del siglo XX, revolucionaron el panorama científico mundial y anticiparon la llegada de una sociedad tecnificada hasta límites que sin duda hubieran desbordado sus más osadas previsiones teóricas. Pero, al parecer, Turing era homosexual. Ese "pero" que acabo de redactar parece una colosal estupidez, mas resultó ser importante para la sociedad en la que a Alan Turing le tocó vivir. Importante y trágico.

Película sensiblera, efectista, con un guión repleto de frases facilonas y autocomplacientes hasta forzar un cierto rubor de vergüenza ajena en el espectador atento. La biografía da paso al panegírico indisimulado (aquello del mesías heroico que mencioné al principio: supongo que la trama fuerza la nota para poner de relieve y de forma irrefutable la iniquidad de la "recompensa" que obtuvo Turing por sus servicios a la patria), y la cinta apunta certera y sin el mínimo temblor hacia los próximos premios Oscar (de momento a las nominaciones que se anunciarán en breve). Al director noruego Morten Tyldum le conocía de su anterior película, "Headhunters", un thriller nórdico bastante interesante, alejado del tono de "The Imitation Game". Pero el que no parece haber variado mucho el tono para realizar esta película es el protagonista, Benedict Cumberbatch, al que su "Sherlock" televisivo no cabe duda de que le sirve de pauta para ponerse en la piel de Turing. Sí, el taquillazo fácil, a qué negarlo, pero su vocación de denuncia de la injusticia histórica que se perpetró contra el personaje retratado hacen de "The Imitation Game" no sólo una película recomendable, sino obligatoria.


martes, diciembre 30, 2014

"El Hobbit: la batalla de los Cinco Ejercitos", de Peter Jackson

En un reportaje realizado a propósito del estreno de "El Hobbit: la batalla de los Cinco Ejércitos", comentaba Ian McKellen (Gandalf de celuloide: así va a ser para los restos) que el ambiente de rodaje y el compañerismo, con el resto del reparto, que se percibía cuando Peter Jackson abordó la trilogía de "El Señor de los Anillos" (rodada entre los años 1999 y 2000), no tenía nada que ver con el que se había producido en el tiempo (años 2011-2012) dedicado para componer "El Hobbit": aquello inicial había sido una experiencia vital extraordinaria, una aventura fílmica impulsada por un visionario dispuesto a abordar una tarea inmensa, un director de cine que además era un amante profundo de la obra de Tolkien, mientras que esto último había sido un trabajo: la inercia del éxito, de seguir exprimiendo el filón: un trabajo muy lucrativo, a fin de cuentas. Lo que empezó como un proyecto de dos películas a dirigir por Guillermo del Toro, terminó convertido en tres partes que dirigiría el propio Peter Jackson después de que la quiebra de Metro-Goldwyn-Mayer en 2010 amenazara con que esta adaptación del cuento de "El Hobbit" nunca viera la luz. Lo que mal empieza peor termina y esa dilatación de metraje se deja sentir sobremanera en esta última entrega.

Si bien "El Hobbit: un viaje inesperado" o "El Hobbit: la desolación de Smaug" habían sabido justificarse en su duración y argumento, "El Hobbit: la batalla de los Cinco Ejércitos" se convierte en un apéndice cansino y desganado. Sí, probablemente eran dos las películas que hacían falta para contar el cuento del primer portador del Anillo y no tres. "El Hobbit: la desolación de Smaug" dejaba la acción en un punto álgido, como esas series de televisión que colocan el Continuará... a la vez que una maldición sale de tu boca con la impaciencia de que ya fuera lunes de nuevo. Pues llegó el lunes (una año después) y pasado un cuarto de hora, pasó lo mejor, pasó Smaug, y la batalla de los Cinco Ejércitos ni se acercará a la del Abismo de Helm presentada en "El Señor de los Anillos: las dos torres" o a la de los Campos del Pelennor de "El Señor de los Anillos: el retorno del Rey". La épica apenas se vislumbra, la emoción del combate resulta insulsa: funcionarial, de trámite. Combates singulares que se eternizan y actores poco entregados a la causa: fotogramas postizos que producen películas ortopédicas. Triste colofón.


sábado, diciembre 27, 2014

"Tabú", de Miguel Gomes

Ayer saldé dos cuentas pendientes. Una fue ver la película que da título a esta entrada y otra fue leer el cómic "Ardalén" de Miguelanxo Prado: la fecha del 26 de diciembre propicia, entre festejos que despiden el hálito del interminable día de la Marmota de Bill Murray, un oasis de tiempo dilatado, más aún si la niebla del exterior invita a salir lo mismo que una cita con Jack "el destripador". A comerse los canelones de Sant Esteve y a digerirlos plácidamente con películas y libros, placidez no reñida con la emoción: leer o ver películas es vivir más de una vida. Y la sorpresa fue descubrir cómo "Ardalén" y "Tabú" tenían tantos puntos en común: la memoria aún cuando sea ajena, el mediocre presente, la mitificación del pasado. Además en ambas un pasado colonial: americano para el español, africano para el portugués. La conexión sentimental Cuba-Galicia o Cabo Verde-Lisboa, supone (para el europeo, por supuesto: el nativo del territorio "conquistado" seguramente albergue otra percepción del trato), la promesa incumplida de prosperidad, pasión y una vida intensa, tan lejana de los tonos grisáceos peninsulares que despiden el brasero, el orballo y el duro trabajo campesino.

Saudade. La costa atlántica de la península ibérica ha mirado desde siempre hacia otros continentes, una esfinge asomada al balcón de Europa, a la que no ha dudado nunca en dar la espalda. El indiano retorna pero sólo en parte: la melancolía de la infancia patria apenas podrá contener la nostalgia del regreso a la colonia, al lugar del descubrimiento, del salto al vacío que lo cambió todo. Forastero en todas partes. La saudade, un término tan vago como preciso, tan ambiguo como exacto a la hora de definir ese estado del ánimo. "Tabú", en blanco y negro y dividida en dos partes, una que muestra el presente de la acción y otra que viaja hacia el pasado, acoge el vocablo con intensidad y entronca con el cine portugués que he visto hasta el momento, el de Manoel de Oliveira o el de Pedro Costa, cine con vocación de parar el tiempo, sobre todo en el caso de Costa: ya se sabe que cuando se viaja a Portugal conviene dejar el reloj en el fondo de la maleta (no es una queja, ¡bendita sea esa cualidad!).

Y si encuentro a otros directores de cine portugueses en el camino de Miguel Gomes, en literatura no tengo otra referencia que alcance la magnitud de la de Antonio Lobo Antunes, genial escritor portugués que ha vertido en papel sus recuerdos de los últimos estertores del imperio colonial luso, dotándolos de una estética literaria magnífica. El segundo capítulo de "Tabú", el que se desarrolla en África, cuenta con la característica añadida, para acercarla a un cuento, a un relato de otro, de que es un narrador el que cuenta el periplo, un tono monocorde que contrasta profundamente con que esa parte de la película sea la que cuenta unos hechos más convulsos: la intención del director de sumergir la cinta en la atmósfera onírica del ensueño y de reducir pasado y presente a una misma condición.

Recuerdos y ensoñaciones. "Ardalén", en cuanto a estilo, será todo lo contrario: un estallido de color, empleado de forma magistral por el autor coruñés, y una trama lírica, de gran intensidad emocional. En "Ardalén" la saudade alcanza un escalón superior: saudade que no es de uno mismo, sino la impronta que la memoria de otros deja en el espíritu. En palabras de Miguelanxo Prado: Debió de ser un viento marino, errático e improbable, el que llenó su cabeza de aquellas historias míticas y oceánicas, haciéndolo náufrago de recuerdos ajenos, pecio increíble de una marejada remota.


lunes, diciembre 22, 2014

"Mr. Turner", de Mike Leigh

El retrato del retrato, mejor aún, del retratador, aunque en el caso del pintor inglés Joseph Mallord William Turner serán sus cuadros de paisajes y no de personas, la faceta pictórica que ha colocado al artista, con todo merecimiento, en los libros de historia del Arte. La fuerza de la naturaleza en sus óleos, trabajados, además, de una forma poco común para su época, despreciando el detalle en la figura y centrando todos sus esfuerzos en la captura de la luz, hacen de Turner un pintor adelantado, visionario, precursor del impresionismo que estaba por llegar y, por supuesto, un incomprendido para sus coetáneos cuando sus telas desplegaban sus mayores ataques vanguardistas. A caballo entre los siglos XVIII y XIX, pintores como Turner o el español Francisco de Goya vislumbran un salto de gigante en el mundo de la pintura. Es revelador (y tanto) un pasaje de la película en el que Turner acude a un estudio a tomar contacto con un novedoso invento: la cámara fotográfica y los primeros daguerrotipos. ¿Para qué trabajar durante días, armado de pinceles, colores y paciencia, en hacer una copia más o menos fiel de algo, cuando existe un aparato que realiza esa tarea mejor, más rápido y con muchísimo menos esfuerzo? Retratistas de brocha al paro. Puertas que se cierran, caminos que se abren: "Lluvia, vapor y velocidad", el título de uno de sus cuadros más conocidos.

Pero la película de Mike Leigh realmente no hace gran énfasis en el análisis del mundo artístico de Turner. Más bien se centra en mostrar la parte común del genio, abordarlo desde lo cotidiano, desde las miserias diarias (ese mosaico doméstico ya lo bordó magistralmente el director Mike Leigh en su película más conocida, "Secretos y mentiras", ganadora de la Palma de Oro de Cannes del año 1996 y en la que el actor Timothy Spall, Turner de celuloide, no dejaba dudas de su talla interpretativa). Y desde ese punto de vista, pocas simpatías puede despertar el personaje en el espectador: gruñón, misógino, intratable, egoísta, cruel. Pero no todo negro ni mucho menos blanco. Si se da la circunstancia, el cariño, la compasión, la generosidad o la emotividad, pueden hacer su aparición y por tanto las mejores intenciones del director serán las de lograr plasmar las tensiones interiores que dominan una personalidad, conectando ese fuerte carácter, la pasión del espíritu, con la energía que desprenden los cuadros.

"Mr. Turner" es una película ambiciosa: el retrato del retratador pasa a ser el retrato de una época. Incluso se puede pensar que el retrato es en realidad caricatura: resulta chocante la forma en que la película muestra cómo se desenvolvían las reglas sociales de aquel tiempo, pero hay que pensar que ese es el tono probable. Pasajes como los que se desarrollan alrededor del mundillo de la Royal Academy of Art, mercadeo de envidias y celos artísticos, en los que se muestra la rivalidad de Turner con el otro gran paisajista inglés, John Constable, son de los que hacen valer el precio de la entrada: el arte es la manifestación máxima del ego, por supuesto. El artista y su obra: el cuadro nunca acabado, la búsqueda que no tiene fin. Como un mantra atávico inserto en la conciencia humana desde tiempos inmemoriales: ¡El Sol es Dios! Y Turner uno de sus más fervorosos creyentes.

jueves, diciembre 11, 2014

"Relatos salvajes", de Damián Szifrón

Cuéntame un cuento. Mejor, cuéntame seis: "Pasternak", "Las ratas", "El más fuerte", "Bombita", "La propuesta" y "Hasta que la muerte nos separe". Seis, seis cortometrajes por el precio de un largo, un festival de relatos cinematográficos de autor. En Argentina ha arrasado, allí, en la meca de las agencias publicitarias: comerciales de medio minuto capaces de condensar tramas de rápido ingenio que hacen lamentar que el programa televisivo continúe su emisión. En Argentina se desarrollan estas historias, con el dedo puesto sobre Buenos Aires, ciudad que, por lo visto en la proyección, debe estar bastante cabreada, muestra avanzada de muchas otras urbes colmadas de habitantes que están a punto de explotar de ascopena. Y de rabia.

Películas ómnibus, un género promiscuo en el que abundan los ejemplos. Al igual que en "Relatos salvajes", puede ser un director para todo ("Night on Earth" de Jim Jarmusch, "Creepshow" de Georges A. Romero, incluso películas episódicas que confluyen de algún modo como "Vidas cruzadas" de Robert Altman, "Crash" de Paul Haggis, "Babel" de Alejandro González Iñárritu, "Grand Canyon" de Lawrence Kasdan) o un responsable de la firma de cada capítulo ("En los límites de la realidad" de Landis-Spielberg-Dante-Miller o "Historias de Nueva York" de Scorsese-Coppola-Allen), una autoría compartida que produce resultados más irregulares, a mi entender: mezcla de churras (o churros) y merinas. Pero pongamos un caso singular reciente que sirva de recomendación. Bueno, que sean dos (o tres), uno para el celuloide, la película "Gente en sitios" de Juan Cavestany, donde el corto pasa a ser micro, pasajes descolocadores que sitúan la mente del espectador en terrenos que no suele frecuentar, y otro para el papel, los libros de relatos "Como una historia de terror" o "Bajo el influjo del cometa" del escritor Jon Bilbao: lo cotidiano rebelándose contra su mediocre condición.

A su vez recomendar esta película de Damián Szifrón (triunfo de boca-oreja) que logra un excelente resultado apuntando hacia una línea virtuosa de violencia engendrada por la venganza. Virtuosa en lo cinematográfico, se entiende. Aunque tampoco es que sea un dechado de originalidad: más de un déjà vu escondido tras los fotogramas. El director incluso no duda en empuñar, en alguno de sus cuentos, el conocido rifle de Chejov. Se atribuye a a Antón Chéjov, cuentista por antonomasia, la siguiente sentencia: Si en el primer acto tienes un rifle colgado de la pared, entonces en el segundo o en el tercer acto debe ser disparado. Si no, no lo pongas ahí. Szifrón toma buena nota de esta ley del relato corto, un formato que funciona sin necesidad de subtramas y en la que todo lo que aparece tiene su importancia y acarrea consecuencias: consecuencias catastróficas: apunta y después dispara.
¿A quién no le gustan los cortometrajes? El cine en los tiempos del puñetero tweet. Lo bueno si breve... Pues no, si es bueno y extenso, mejor que mejor. ¿O no?


domingo, diciembre 07, 2014

"Winter sleep", de Nuri Bilge Ceylan

La identidad y la máscara
Capadocia, nombre asociado a destino turístico mundialmente conocido y anhelado, una equis en el mapa a la que a todo dominguero bien forrado le gustaría realizar una escapada: un vuelo cómodo y sin retrasos, un trayecto por tierra a ser posible más cómodo aún y después una estancia breve en un hotel de esos con encanto: saturar de imágenes el disco de memoria de una cámara fotográfica y pasearse por allí vestido como si uno fuera a coronar el Everest. El rey del mundo, del mundo convertido en un parque temático al que cualquiera puede entrar sin más que abonar el precio de la entrada. ¿Quiere un caballo? Ahora mismo le capturamos uno. Turismo pervertidor del propósito original de la construcción (Venecia se hunde bajo el peso de cientos de miles de gordos turistas indocumentados), paisaje de rocas horadadas antiguamente para que una población mísera se protegiera de gélidos inviernos y veranos abrasadores, para sobrevivir al clima y a las cabalgadas de ejércitos dispuestos a adueñarse, a sangre y fuego, del territorio del vecino. Todo preparado para acoger al visitante, cuerno de la abundancia, pero ninguno de esos excursionistas querrá rasgar el decorado y pasar a la zona de servicio, allí donde se encuentra la vida real del sitio visitado. No sólo es un hotel, también es el hogar de alguien. Segundo nivel del juego de máscaras.

La construcción del mundo
En su libro "Las sombras errantes" tiene Pascal Quignard una frase redentora: He buscado el descanso en todo el universo y no lo he encontrado más que en un rincón con un libro. Descubrir que la literatura es mejor que la vida y poner por delante un escudo vital, el refugio de la redención por el arte, el instante de la contemplación, de la revelación de lo trascendente. Pero es el hombre animal social, tiene familia (en este caso, una hermana recién divorciada, despechada y dispuesta a canalizar ese desprecio interior hacia los que se encuentran a su alrededor), tiene pareja (el desamor y el desarraigo como efectos secundarios indeseables para la enfermedad química del enamoramiento) y tiene conciencia. Momento de acudir a otro autor genial, Milan Kundera y "La inmortalidad": no es el pienso, luego existo, sino el siento, luego existo: Pienso luego existo, es el comentario de un intelectual que subestima el dolor de muelas. Siento luego existo es una verdad que posee una validez mucho más general y se refiere a todo lo vivo. (...) La base del yo no es el pensamiento, sino el sufrimiento, que es el más básico de todos los sentimientos. En el sufrimiento, ni siquiera un gato puede dudar de su insufrible yo. En un sufrimiento fuerte, el mundo desaparece y cada uno de nosotros está a solas consigo mismo. El sufrimiento es la universalidad del egocentrismo. Los celos, la soberbia, el odio: ser muy leído no inmuniza contra las pequeñas vanidades mundanas. Mucho resentimiento y poco amor. Película de soledades.

Los desposeídos
El tercer nivel del juego de máscaras impacta en la trama como una piedra que destroza un parabrisas. El dueño del hotel es un propietario, un notable, el rico del lugar: la bohemia intelectual se esconde y las gafas de leer se olvidan en cualquier parte cuando nos ponemos a hablar de números. ¿Quién vive en esas casas tan bonitas? El turismo rural se extiende por zonas en las que la vida cotidiana es dura: trabajo a la intemperie mal remunerado, economías de subsistencia y horizontes sin esperanza. Ahí el maná del turismo no llega, en esa frontera se seguirá a lo suyo varios siglos más, esperando una oportunidad de prosperar que le evitará eternamente. Pero mucho peor que ser pobre es dar lástima y que los vecinos sepan que no pagas tus deudas, que no eres honrado: guardar siempre las apariencias. No existen el buen salvaje ni la bucólica vida campestre. Lo que anida con fuerza es un profundo rencor clasista que permita, algún día, devolver el golpe. El orgullo como única riqueza.


jueves, noviembre 27, 2014

"Tres monos", de Nuri Bilge Ceylan

Tres monos, oír, ver y callar, una familia compuesta por tres personas, ella, él y el niño, un niño que ya es grande, todo un hombre, y que estudia y que debería aprobarlo todo para tener un futuro mejor que el presente de sus padres, pinche de cocina ella y chófer él, conductor y trusted man para un político turco que se ve envuelto en un turbio asunto, un marrón muy grande, marrón oscuro casi negro, que el chófer está dispuesto a comerse para seguir siendo el chófer, pero también para ganar un dinero extra, a ver si así la balsa de náufrago en la que vive junto a su familia se convierte en yate, sueños descabellados, y abandona, al fin, las rompientes de la pobreza, repitiéndose el sempiterno cuento de la lechera que, como siempre, acabará con el cántaro roto en mil pedazos sobre el suelo yermo y la leche derramada, pues el diablo está pendiente de todos los pactos secretos, oliendo a azufre y guardando la puerta del infierno, y Nuri Bilge Ceylan cuenta esta historia con la maestría que ya me ha demostrado en "Los climas" o en "Érase una vez en Anatolia", empleando las palabras justas para no interrumpir los más elocuentes silencios, poca palabrería mas muchos gestos, asentando que la imagen es la protagonista mayor del Arte de hacer cine, que el ambiente creado con sabiduría cinéfila es capaz de transmitir emociones de una manera rotunda, sin necesitar músicas ni abundar en explicaciones pero dejando todo muy claro, y que Turquía puede ser un país tan cinematográfico como cualquier otro. O incluso más.

domingo, noviembre 23, 2014

"Interstellar", de Christopher Nolan

En los días en los que el módulo de aterrizaje Philae ha alcanzado la superficie de un cometa (módulo enviado desde la sonda Rosetta, una misión iniciada hace diez años y que lleva la firma de la Agencia Espacial Europea: ¡chúpate esa, NASA!) y lo espacial vuelve a tomar protagonismo en los telediarios, llega "Interstellar" a los cines. Con el fin de la Guerra Fría (el 25 aniversario de la caída del muro de Berlín también se celebra este noviembre: remember, remember: como para olvidarlo) la carrera espacial comenzó a ralentizar su ritmo, entrando en el estado de crionización de un viajero... interestelar. El interés político cedió paso exclusivamente al científico y, desgraciadamente, al económico: si no hay guerra de las galaxias no hay pasta para viajar a otros mundos.

Nos queda el cine, siempre nos quedarán guionistas que miren hacia el cielo nocturno. Christopher Nolan firma el guión de "Interstellar" (junto a su hermano Jonathan) y vuelve a dejar patente su afición por los puzles: miren ese tatuaje del brazo y recuerden "Memento", fijen su mirada en esa peonza y "Origen" volverá a la memoria. En el caso de "Interstellar" habrá que echar mano de los recursos argumentales que las teorías de Albert Einstein, en forma de paradojas insensatas, posó en la sabiduría popular para hacer algo más comprensible el tremendo bagaje matemático de sus estudios. Todo está permitido más allá de las fronteras del conocimiento establecidas por las leyes físicas: el horizonte de sucesos es la última tierra de los sueños: aventura y ciencia: gravedad y relatividad. Los agujeros de gusano como túneles que necesariamente han de llevar a alguna parte, un lugar que además debe ser extraordinario. Nolan también ha recorrido un montón de agujeros de gusano: los que conectan la herencia del celuloide sci-fi de sus antecesores. La primera que apareció viendo "Interstellar" fue "Encuentros en la tercera fase" de Steven Spielberg, o cómo llegar al lugar donde uno lleva toda la vida destinado a estar. O "Armageddon" de Michael Bay, padres que deben salvar el mundo dejando a sus hijas atrás; además el tono chulesco y sobrado de la actuación de Matthew McConaughey no queda muy alejado del de un tal Bruce Willis. Por supuesto "Contact" de Robert Zemeckis (o mejor, de Carl Sagan, aunque la muerte precoz del astrónomo impidió que pudiera ver en el cine la adaptación cinematográfica de su novela: igual así se evitó un disgusto) donde el propio McConaughey tenía un papel protagonista: McConaughey entonces que no es el McConaughey de ahora: esa sí que es una buena paradoja de los gemelos, ese sí que es Lazarus.
Y para ahondar en la lista de películas "Prometheus" de Ridley Scott, "Planeta rojo" de Antony Hoffman, "Moon" de Duncan Jones, "Gravity" de Alfonso Cuarón, etc.

Claro, también voy a mencionarla, cómo no: "2001: Una odisea del espacio" de Stanley Kubrick. ¿Acaso el robot TARS, que tiene en sus circuitos la impronta de aquel HAL, esquizofrenia campando a sus anchas por chips de memoria, no es un "monolito con patas"? Entes cibernéticos rebelados contra las leyes de Asimov, otro recurso muy utilizado en el género. En "Interstellar" se mueve la entrada a otros mundos desde Júpiter a Saturno, y se dan muchas explicaciones frente a la sutilidad desnuda de "2001", pero la guía turística empleada en el viaje será la misma o al menos parecida. La suite despojada en la que reposaba el astronauta Dave no es la biblioteca mensajera de Cooper pero el punto del mapa con la equis encima varía poco. En cuanto a personajes, el Dave de Kubrick era un hombre sin pasado, sin ataduras sentimentales, frío en su temperamento: él mismo podría haber sido un androide, un replicante, y no se hubiera notado la diferencia: un hombre con una misión programada. Cooper es todo lo contrario de Dave: pasional y con fuertes anclas terrestres: más interesado por el pasado que por descubrir el siguiente escalón de la evolución humana. Y dotado de la mirada un tanto alucinada e inquietante del McConaughey actual, ese que viajó al pasado y se asesinó a sí mismo, esa mirada que no se sabe bien si es fruto de la actuación o si hay un punto de locura asomando tras la pupila... El hombre que mató a McConaughey.

La nave Endurance se aleja de Spielberg y se adentra en la alargada sombra de Kubrick, sombra que en vez de oscurecer ilumina y lleva a la película a sus mejores momentos: menos sentimentalismo, más trascendencia. Que nadie espere ver un documental de ciencia, a pesar de que el prestigioso físico Kip Thorne ha sido asesor científico de la aventura y se nota en la producción cierto esfuerzo por mantenerse dentro de los cauces académicos (me comentaba mi amigo Guillermo que eso de que la lanzadera necesitara de unos cohetes Saturno V para escapar de la gravedad terrestre y que en el resto de planetas visitados entrara y saliera de su atmósfera como si tal cosa, era algo realmente prodigioso...). "Interstellar" es una película sometida a los códigos cinematográficos de tantos otros filmes de ficción científica anteriores. Drama y épica: la Tierra en peligro y, cómo no, un yanki dispuesto al sacrificio supremo para salvar el mundo, ay: no preguntes lo que tu país puede hacer por ti y todo ese rollo patriótico, un vicio argumental facilón para que el espectador (sobre todo el estadounidense) se identifique rápidamente con los propósitos de la empresa: una treta que Kubrick y Tarkovsky (¿he mencionado "Solaris"? Pues no y no me parece) nunca hubieran consentido. Los motores a toda potencia para escapar de la atracción irresistible que ejerce el agujero negro de la comercialidad y poner rumbo hacia lo mejor que tiene la película, a lo que en realidad se debe valorar dentro de sus casi tres horas de proyección, lapso de tiempo que se pasa en un suspiro: será que el tiempo es relativo y se pliega sobre sí mismo, sobre todo cuando se pasa bien.
Volver a mirar hacia las estrellas en una época en que la mediocridad de la codicia que domina el mundo produce una náusea insoportable.


domingo, noviembre 16, 2014

Ensayo. "Historia del cine", de Román Gubern


La persona que recuerda todas las fechas y que me hace todos los regalos me trajo hace unos días uno realmente bueno. Ya me regaló hace años un libro que tenía exactamente el mismo nombre, "Historia del cine", escrito aquel por Mark Cousins, autor que se volvió más adelante popular para toda la cinefilia mundial al ponerle la firma, en el año 2011, como director y presentador, a la serie documental "La historia del cine: una odisea" (basada en lo que contaba en el libro), que en quince entregas daba una visión bastante completa de lo que ha sido el arte del cine desde sus orígenes, poniendo énfasis además en cinematografías locales menos conocidas pero no por ello menos importantes.

Veremos qué senderos recorre ésta que cuenta Román Gubern, un tocho de un tamaño manejable que tuvo su primera edición en 1969 y que ha sido posteriormente reeditado en varias ocasiones, hasta llegar al volumen que tengo delante de mí. Si Román Gubern, nacido en 1934, ya fue capaz de escribir un referente clásico en la materia cuando contaba con treinta y pocos años, es posible asumir que, 45 años después y una vez convertido en referente el propio nombre de Román Gubern, lo que se cuente en esta "Historia del cine" no ha de ser un escrito desdeñable, sino unas páginas de las que sientan cátedra. Cine y cómic, dos materiales en los que el Sr. Gubern ha demostrado ser primer experto nacional, un escritor digno de figurar en cualquier bibliografía sobre el tema y una opinión a tener muy en cuenta. ¿Cómo no te voy a querer?

Cuando hace años me ponía a leer un libro de este tipo, mi atención se distraía hacia títulos ignotos y directores desconocidos. Esas lagunas, mare tenebrosum, tan atrayentes como opacas, se han vuelto territorio transitado con el tiempo: la búsqueda realizada y el ánimo de seguir buscando, apoyado en cartografías como la de Román Gubern: una excusa para seguir viendo y descubriendo. El cine no se acaba nunca.

miércoles, noviembre 05, 2014

"Dos días, una noche", de Jean-Pierre y Luc Dardenne

Los caracteres generados por la imaginación cinematográfica de los directores belgas Jean-Pierre Dardenne y Luc Dardenne, presentan una cualidad común, que es la de tratarse de personajes en movimiento constante: hijos del agobio que se patean la ciudad de punta a punta buscando algo, persiguiendo un afán que se antoja indispensable, una cuestión de supervivencia que hay que resolver sí o sí. Ese rasgo, esa firma, es detectable en "Rosetta", "El hijo", "El niño", "El silencio de Lorna", "El niño de la bicicleta" y lo continúa siendo en "Dos días, una noche", cinta en la que hasta su título funciona como una cuenta atrás, un plazo que se agota, quizás una condena: un no parar.

Los trabajos de Hércules parecerán sencillos en comparación con la tarea que tiene que afrontar Sandra, interpretada por Marion Cotillard, actriz que ya tuvo ocasión de ponerse en la piel de una persona obligada a combatir las desgracias que la perra vida arroja en el camino en "De óxido y hueso" de Jacques Audiard. Y tanto en aquella como en "Dos días, una noche" sale más que airosa del trance: excelente actriz. De la desdichada Stéphanie de la película de Audiard a la no menos desgraciada Sandra: limitación y depresión. La fuente de problemas será esta vez más cotidiana, más al alcance de cualquiera, desgraciadamente, un ejemplo del perpetuo conflicto empresa-empleado que, en un infame juego de trileros, se torna conflicto empleado-empleado: no te echo yo, el jefe, sino aquellos Judas y sus treinta monedas, esos a los que llamabas compañeros: otra vuelta de tuerca a la esquizofrenia empresarial: al obrero despedido no le queda ni el consuelo de que al patrono le remuerda la conciencia o se le caiga la cara de vergüenza. Privatizar beneficios y socializar pérdidas, que la gráfica debe ascender siempre, sin dar cabida a ninguna clase de piedad: capitalismo homicida.

El cine en tiempos de crisis contemplado desde la óptica magistral de los hermanos Dardenne, exponentes supremos del cinéma vérité europeo actual. El espectador (al menos el mínimamente dotado para la empatía) no puede evitar experimentar como propia la angustia vital de Sandra, su pérdida de esperanza, al verse sumida en un callejón que parece sin salida. No es mendigar, le dicen. En realidad lo malo no es pedir ayuda, no, sino asistir indefenso al derrumbe de las convicciones de justicia social que uno ha levantado como fuertes columnas en las que sostener su moral a lo largo de una vida. Esa sí sería la derrota más cruel, la más devastadora e injusta.

Siempre hay un camino. The setting sun will always rise again, o, como se diría aquí, amanece, que no es poco.

Don't give up.