miércoles, octubre 29, 2014

"Rompiendo las olas", de Lars Von Trier

La chica del corazón de oro. Un cuento sobre una niña llamada Corazón de oro, un recuerdo infantil, condujo a Lars Von Trier a escribir y rodar "Rompiendo las olas". I crossed the ocean for a heart of gold, cantaba Neil Young. Pero Bess (Emily Watson) no será la única chica buena que aparezca en la filmografía del director danés. Selma (Björk) en "Bailar en la oscuridad" o Grace (Nicole Kidman) en "Dogville", alcanzarán notables cotas de bondad, si bien sería más acertado definir su comportamiento como sumisión a la voluntad ajena o, mejor aún, a la maldad ajena: tonta de puro buena: estajanovistas del consentimiento. Lars Von Trier es un estupendo director de actrices. Consigue que algunas de ellas echen el resto y borden actuaciones capaces de alzarse con el aprecio rotundo de la crítica internacional. De hecho, he leído escritos feroces contra las películas de Von Trier pero no recuerdo malas críticas hacia las interpretaciones de sus protagonistas absolutas. Mira por dónde, hoy igual le cae una...

La mujer y la religión, temas recurrentes en su carrera. Bess vive en un ambiente opresivo, tierras de penumbra del norte de Escocia dominadas por una severa comunidad calvinista, impermeable a cualquier señal de alegría (¿cómo no recordar "El festín de Babette" aquella joya de otro gran director danés, Gabriel Axel? El dogma vencido por el pecado de la gula). Se casa con un trabajador de una plataforma petrolífera, Jan (Stellan Skarsgård), historia de amor que parece contagiarse por el hedor rancio y malsano que emana del pueblo de Bess y que amenaza con terminar no mal, sino mucho peor: el barco donde los ojos claros de Udo Kier, un habitual del cine de Lars Von Trier, vigilan la puerta del Infierno. La verdad es que "Rompiendo las olas" se encuentra entre las películas de este director que menos me han gustado. La estética sucia, el movimiento continuo de la cámara, el estilo documental, el grano gordo de la fotografía, la dictadura del paisaje (la naturaleza poderosa y el hombre sometido a lo que ésta quiera hacer de él: el cine de Antonioni y sobre todo "El grito", aunque en ésa la víctima sea el hombre), todo estupendo. Pero creo que el hartazgo y el aburrimiento me surgen por la actuación intensa de Emily Watson, lunática, bipolar y alucinada que, aunque sean exigencias del guión, se conduce con una impostura (le quedaría mucho por rodar, era su debut frente a las cámaras) que me arroja fuera de los fotogramas, me desconecta de la trama y me induce al bostezo: tan plomiza la atmósfera que el celuloide terminó por convertirse en un plomo.
Una lástima.

Pero la canción de Neil Young, no.

jueves, octubre 23, 2014

"NYMPH()MANIAC", de Lars Von Trier

Cierre (de momento y si fueran tres) a la trilogía de la depresión, junto a "Anticristo" y "Melancolía", de la depresión que el director danés, parece ser, padeció en su día. Trilogía genial, al menos en las dos primeras, no tanto en esta larguísima (en dos volúmenes) "Nymphomaniac". Trilogía del trampantojo: ni "Anticristo" es una película de terror, ni "Melancolía" es cine de catástrofes, ni "Nymphomaniac" es una porno. En las tres se exploran estados alterados de la personalidad, ya sean producidos por circunstancias externas, altamente traumáticas, que desencadenan el drama, o por las características ocultas en la naturaleza del ser humano, alelos combinados de forma caprichosa y sorprendente: pura química: la química de la mente y de los recuerdos, sobre todo de éstos, que se desvanecen como el nitrato de plata de un antiguo daguerrotipo, produciendo una impronta siempre falsa: lo único que es importante recordar, que todo recuerdo es mentiroso.

En "Nymphomaniac" se acude constantemente al recuerdo, flash-back, que si no mentiroso, al menos puede resultar increíble por descabellado: será que mis recuerdos tienen más de descabello que de descabellados. La confesión al ser puro, al individuo alejado de cualquier contaminación mundana, aquel en el que toda experiencia adquirida nunca fue experimentada, en el que todo conocimiento surge de las páginas asépticas de los libros. Es, por tanto, el conocimiento teórico del sacerdote (en teoría: la virtud del sacerdote se supone, perdón, se suponía), del que no conoce el pecado y sin embargo, gran paradoja, está acreditado para escuchar relatos tumultuosos y emitir dictámenes. Acotaciones será lo que reparta con fruición de listillo Seligman (Stellan Skarsgård) al escuchar las andanzas de Joe (Charlotte Gainsbourg) y esas acotaciones son lo mejor que ofrece esta cinta: la transformación en parábolas, en conexiones metafóricas que dan pie a un sermón de propósitos moralizantes: la religión forma buena parte del trasfondo ético de la trama: el pecado (volumen I) y la penitencia (volumen II): Joe el demonio y el judío Seligman... el otro. Sus diálogos son la parte más interesante de la película.

La búsqueda acaparadora de Joe, el ansia frenética de agotar sus capacidades sexuales destruye a todo el que se acerca a ella, Seligman incluido, y su trayectoria vital se pude asimilar a la de una yonki irredenta, una persona desahuciada de sí misma que antepone satisfacer su adicción a cualquier otra cosa, el yonki que cada vez necesita una dosis mayor para retornar al nirvana del chute, una cumbre del gozo que termina siendo inalcanzable. Charlotte Gainsbourg exigida al máximo, otra vez: Lars Von Trier no le ha concedido tregua en las películas mencionadas en esta entrada. Y sorprende toparse con Shia LaBeouf lejos de automóviles robóticos y ropajes hollywoodienses, lo mismo que sorprende la intervención genial de Uma Thurman en otro de los mejores pasajes (la señora H. del tercer episodio de los ocho que componen "Nymphomaniac") de la cinta, uno que remite al cine más antiguo de Von Trier, el de "Los idiotas" y el nihilismo cinematográfico del movimiento Dogma.

Genitales digitales: si la pornografía es sexualidad circense simulada, en algunas escenas de "Nymphomaniac" la cualidad de simulación es mucho más extrema aún. Y si el efecto que pretende la pornografía es el de conducir al espectador a un estado de excitación sexual, "Nymphomaniac" lo único que puede conseguir en ese sentido es que el voyeur ocasional aborrezca el sexo para el resto de sus días. Joe balancea de la lujuria a la tristeza post coitum y de ahí a la impotencia y la ira. El pecado capital se hace mortal y de nuevo Lars Von Trier, ese loco, pero magistral, cineasta danés, ni hace prisioneros, ni da cuartel.


sábado, octubre 18, 2014

Revista. La Caja de Pandora nº 9 "Guerra"

Art by Tomas Serrano

"La Caja de Pandora", fanzine digital sobre cine y otras artes, revista en la que tengo el placer de participar, lanza un nuevo número. En esta ocasión un especial "Guerra", uno de los géneros cinematográficos por excelencia, sobre todo desde que se verificó su efecto propagandístico y patriotero, su capacidad para inflamar el espíritu guerrero del ciudadano más pacífico: de la sala de cine a la de reclutamiento.

Este pequeño Licantropunk contribuye al contenido de la publicación con un escrito sobre una película que quedó marcada en su día como uno de los títulos más dolorosos que jamás contemplé: "La tumba de las luciérnagas" de Isao Takahata. El cine bélico muestra en esta cinta su vertiente más acertada: el cine antibélico: los desastres de la guerra. Desde el candoroso anime del estudio Gibli surgen unos fotogramas desgarradores que no tienen contemplaciones a la hora de remover conciencias, de desvelar toda la crudeza que la situación de huérfanos de guerra abandonados a su suerte puede contener. Un verdadero horror. Una película que hay que ver.


Enhorabuena por este fantástico ejemplar de la revista a todos los que colaboran en ella y, por supuesto. a José Ángel de Dios, su director, coordinador, maquetador, además de articulista: nueve números ya y otro anunciado.

A "La Caja de Pandora" se puede acceder a través de:
http://cajadepandoramagazine.blogspot.com.es/2014/10/la-caja-de-pandora-especial-guerra.html

Lectura on-line: http://content.yudu.com/Library/A364xo/LaCajadePandoraEspec/resources/index.htm?referrerUrl=http%3A%2F%2Ffree.yudu.com%2Fitem%2Fdetails%2F2407083%2FLa-Caja-de-Pandora-Especial-Guerra 

Enlace de descarga:
https://www.dropbox.com/s/lef6bw0k1h3mqs9/LA%20CAJA%20PANDORA%20GUERRA.pdf?dl=0

lunes, octubre 06, 2014

"Boyhood", de Richard Linklater

Lo importante será poner en valor esta película más allá de su condición especial, es decir, saber si hay una película detrás del experimento técnico cinematográfico. A fin de cuentas, el espectador no tiene por qué conocer de antemano las circunstancias del rodaje de esta cinta. Supongamos que un montador extrae una secuencia de cada uno de los capítulos de las tropecientas temporadas de la serie "Cuéntame como pasó" y las pone una a continuación de otra, de modo que se obtenga un metraje de tres horas (un montador realmente avezado en condensación de tramas) en el que se asiste a la evolución del niño Carlos Alcántara (Ricardo Gómez) desde los siete a los veinte años. Cuestiones de estilo y estética aparte, ¿no se obtendrían dos películas muy parecidas? Y si, en vez de acudir al famoso culebrón sobre la Transición, tomamos a François Truffaut rodando la episódica vida de Antoine Doinel desde la crecedera piel de Jean-Pierre Léaud (en un intervalo de veinte años, interpretó a Doinel en cinco títulos distintos) el ejemplo tendrá más lustre.

Pero la apuesta de Richard Linklater ha sido otra, un ejercicio antropológico rodado durante más de una década, apenas tres días de rodaje por año, un ejercicio premeditado, sin depender de que un índice de audiencia permita que una historia, y su grupo de actores, prolongue la trama hasta límites sólo alcanzables por productos televisivos. Y Linklater no es un novato en ese no uso del maquillaje para caracterizar la edad de sus actores: su trilogía romántica "Antes del... amanecer, atardecer y anochecer" es otro ejemplo de paciencia cinematográfica, de proyecto a largo plazo. Podría haber realizado un documental, pero "Boyhood", la niñez de un chico, es una ficción que procura ser veraz. Y lo logra. Nadie puede poner en duda que las circunstancias vitales del joven Mason (Ellar Coltrane) son creíbles. ¿Qué caracteriza, qué restringe y condiciona la infancia más que ninguna otra cosa? ¿El divorcio de los padres? ¿El trato violento de los mayores? ¿La humillación del colegio? ¿Las compañías, sean las buenas o las malas? Saltos en el tiempo hacia momentos que pueden ser clave o no, lo fundamental o lo cotidiano, y un espectador que debe llenar el espacio en blanco entre escenas, para adivinar los cambios en la vida de Mason. Nada del otro mundo, tampoco: una dramatización que intenta representar una realidad bastante estándar: la falta de pasión de la costumbre.

El paso de la edad representado de forma un tanto simplona por la ambientación, pistas almacenadas en una cápsula del tiempo: la evolución de las videoconsolas, de los televisores, de los teléfonos móviles, de la música, hasta el fenómeno Harry Potter hace presencia. Ellar Coltrane y Lorelei Linklater (sí, hija de) dos hermanos prisioneros en un álbum de recuerdos de familia, no logran producir gran empatía, sobre todo ella, que de un inicio prometedor (la graciosa escena de falsa pelea en el dormitorio) de niña de armas tomar se diluye rápidamente en adolescente sosa. Si algún personaje de la trama ha conseguido conmoverme, sin duda será el del padre, interpretado por Ethan Hawke, un actor que nació casi el mismo año y casi el mismo día que yo: su metamorfosis en los fotogramas será aterradora: adiós al Pontiac GTO y a la pinta de músico cool, hola al rifle y la Biblia, o, lo que es lo mismo, la rebeldía aplacada por la edad y eso tan perro llamado circunstancias. Y la música como única redención posible.

Mason convertido en fotógrafo: la vida filmada ahora es el ojo que mira y se rebela además contra la invasión tecnológica actual: romper la cuarta pared, salir por la puerta de atrás del decorado y, como Truman, el hombre verdadero, el que logró escapar de la caverna platónica, ponerse a salvo de la mirada constante (la palabra precisa, la sonrisa perfecta) y no volver nunca más. Y, por si no nos vemos luego, buenos días, buenas tardes y buenas noches (esto último, dedicado especialmente a su mencionada trilogía, Mr. Linklater).

lunes, septiembre 29, 2014

"Nueve cartas a Berta", de Basilio Martín Patino

Mis sueños son en blanco y negro. No sé si será algo peculiar o si se trata de una característica general del territorio de la ensoñación. Quizás el color no entra dentro de lo poco que queda en el recuerdo al rato de haber sonado el despertador. Sostenía Tarkovsky que no importaba si el cine se hacía en color o en blanco y negro, que lo verdaderamente importante era la luz y la sombra, que esa era la impronta que quedaba fijada en la mente. En cualquier caso, yo sueño en blanco y negro, sí, la misma ausencia cromática que padecía el chico de la moto, interpretado por Mickey Rourke, en "La ley de la calle" de Francis Ford Coppola. Y es posible que esa carencia, si es que debemos llamarla así, unida a que el rodaje de "Nueve cartas a Berta" se realizara en la ciudad de Salamanca, mapa habitual de mis paseos nocturnos (los que hago dormido y, cuando se da la ocasión, también despierto), sea la que produzca un impacto tan grande de esta película en mi consciencia. En mi conciencia, también.

Hay otras películas que retratan con maestría las condiciones sociales de España bajo la dictadura de Franco, títulos como "Surcos" de José Antonio Nieves Conde, "Calle Mayor" de Juan Antonio Bardem o "Mi tío Jacinto" de Ladislao Vajda; otras que hablan de exilio como "La guerra ha terminado" de Alain Resnais y otras en las que se empieza a vislumbrar la apertura, pero aún con la pesada losa del franquismo encima: "El desencanto" de Jaime Chávarri. La de Basilio Martín Patino tiene la virtud de reunir todos esos temas en un metraje individual. Todos esos y alguno más. La película con la que se podría establecer un paralelismo, no tan descabellado, para "Nueve cartas a Berta", sería "El graduado" de Mike Nichols, rodada al otro lado del Atlántico pocos años después. La encrucijada vital en la que se encuentran Lorenzo (Emilio Gutiérrez Caba) de esta parte y Benjamin (Dustin Hoffman) allende los mares, es prácticamente la misma. La diferencia más notable es que uno habita la escala de grises del invierno charro y el otro se tuesta bajo el sol de California, pero el despiste de ambos es similar: la encrucijada de la edad, del qué hacer con las ambiciones cuando se termina el periodo de formación y el pertenecer a una familia sin problemas económicos acuciantes concede cierta libertad de elección. Transcribo un párrafo del libro "Historia de la muerte en Occidente" de Philippe Ariès, que estoy leyendo actualmente y que me parece certero en esta reflexión: Hoy en día el adulto experimenta tarde o temprano -y cada vez más temprano que tarde-, el sentimiento de que ha fracasado, de que su vida de adulto no ha conseguido ninguna de las promesas de su adolescencia. Este sentimiento se halla en el origen del clima de depresión que se extiende entre las clases acomodadas de las sociedades industriales. "Nueve cartas a Berta" y el drama existencial de Lorenzo, frente al tono de comedia de "El graduado" relatando las tormentosas relaciones de Ben Braddock, surgen, en fin, del mismo sentimiento de insatisfacción y de las mismas ansias de enmendarlo. La crisis de los cuarenta ha bajado su media de edad de modo escandaloso en los últimos cincuenta años.

"Nueve cartas a Berta" es una historia de claudicación. Se puede pensar que no es claudicación sino conciliación, ese pacto con uno mismo que trae la edad, dicen, sentar la cabeza y madurar, pero no, es claudicación y derrota, dolorosa y sin retorno. Lorenzo escribe cartas a Berta, una joven que conoció durante una estancia en Londres. Ella es hija de un intelectual español exiliado y parece ser que el efecto que produjo esta chica en Lorenzo, en sus sentimientos y en sus esperanzas, fue demoledor. Berta representa no sólo el amor lejano, ese amor reforzado e idealizado por la distancia, sino también una forma de vida muy distinta: la libertad de pensamiento, las posibilidades ideológicas, las oportunidades profesionales más allá de la endogamia universitaria o del futuro acomodaticio de empleado de la caja de ahorros: sobremesas de mesa camilla y brasero, veladas de partida y puro en el casino, domingos de vermú en la Plaza Mayor a la salida de misa. ¡Ah!, la Iglesia, omnipresente de principio a fin de la película, recordando al espectador de 1966 cuál era uno de los más poderosos pilares del Estado (habrá quien piense que lo sigue siendo: se quedarían alucinados si supieran hasta dónde llegaba entonces su presencia).

El fin de la locura para Lorenzo, un final que nos destroza porque nos otorga un espejo para reconocernos. Pero Martín Patino mueve su cámara por esta rancia capital de provincias (además de otras localizaciones como el cercano pueblo de Arapiles o, ya en la sierra, Valero: el paisaje serrano resulta ser transformador para el espíritu atormentado de Lorenzo: transformador pero no queda muy claro si para bien... o para mal) con más cariño que desprecio. La cámara camina (nadie me podrá negar que ecos de la Nouvelle Vague resonaron en la calle Compañía) por la ciudad antigua en una temprana noche de invierno (un paseo parecido al que se relata en la novela "Sucinta historia del mes de noviembre" de Francisco J. Pastor González, otro enamorado sin remedio del Alto soto de torres), un trayecto mágico entre fantasmas de Humanismo y Renacimiento, de aularios y cafeterías, de piedras centenarias y farolas solitarias. El trayecto sin rumbo que, un día cualquiera, de diario, avanzado ya el otoño, cuando se apaguen los tumultos del turismo y de los estudiantes, entre la niebla y el silencio, lance rotundo al ánimo el peso de la memoria: la nostalgia por aquellas batallas perdidas que, sin dudarlo un instante, volverías a pelear. Y a perder.

martes, septiembre 23, 2014

"The Blues Brothers", de John Landis

Por favor, ¿me puede decir dónde están los discos de Aretha Franklin?, le preguntó el chico al bibliotecario. Éste, un tanto perplejo por la circunstancia inusual de que la solicitud la realizara un niño de 8 años, se levantó raudo de su asiento para acompañar al muchacho a la sección apropiada de la discoteca pública. Raudo, perplejo y quizás sonriente.

¿Aretha Franklin? Pues vamos a ponerle "Granujas a todo ritmo", o, mejor aún, "The Blues Brothers", que aunque sea lo mismo suena más auténtico, por algo el inglés es el idioma del rock, del blues, del soul o de cualquier otro estilo de música popular que merezca la pena ponerse a escuchar. Y vamos a disfrutar de una película de choques de coches y de canciones, poco más hay, nada más y nada menos, una sucesión alocada de números musicales y de destrozos de vehículos, increíbles montoneras de ellos, automóviles arrasando centros comerciales, cayendo desde alturas de aviación civil, saltando puentes, colapsando el centro de Chicago (la ciudad del viento convertida en un protagonista más) en persecuciones antológicas: mucha policía, mucha diversión.

Y mientras los fotogramas se agrietan con tanto siniestro total y tanta explosión, vibran también sacudidos por los temas interpretados (en la voz y la actuación) por mitos musicales como James Brown, Ray Charles, John Lee Hooker o la ya mencionada Aretha Franklin: el recuerdo de su "Think" arrojado a la cara del guitarrista Matt Murphy es la motivación primera de ver la película. El ritmo del celuloide se propaga sin remedio a la pierna derecha del espectador que, hechizo involuntario, no ha de parar de moverse hasta acabada la proyección (y gran parte de la post-proyección, me temo). Y vamos a flipar con el cameo apocalíptico de la princesa Leia, Carrie Fisher como una Tank Girl imparable, y con este guión tan pobre como innecesario, un hilillo argumental al servicio único de la pareja más groovy de la Historia del cine, los imposibles hermanos Blues, Jake y Elwood, John Belushi y Dan Aykroyd rompiendo el molde y creando una imagen inmortal: sin duda, una misión de Dios. A la cama poseídos por el swing, chasqueando los dedos y meneando la cintura. Everybody needs somebody... to love. Cuidado con las cult movies, sus efectos pueden ser hereditarios.

miércoles, septiembre 17, 2014

Ensayo. "Tokyo Connection. Una mirada al cine japonés", de José Ángel de Dios

José Ángel de Dios es el autor de este libro. José Ángel de Dios o Crowley, seudónimo con el que le conocí hace años, cuando él patroneaba el blog "Tengo boca y no puedo gritar". Nuestro contacto bloguero derivó en una invitación suya para participar en el fanzine digital que, Crowley, con un tesón poco frecuente, estaba dispuesto a poner en marcha. "La Caja de Pandora" comenzó su andadura con un número dedicado al Holocausto y continúa aún su viaje: pronto llegará el 9, especial Guerra.

Del blog a la revista y de ahí al libro, como una consecuencia natural de pasos encaminados hacia la dirección debida, pero una ecuación, sin embargo, resuelta por pocos, sólo por aquellos a los que el talento de la escritura (y la constancia amanuense: aquello del 1 % de inspiración y el 99% de transpiración) les haya sido otorgado. Tras un libro dedicado a la serie de televisión "Big Bang Theory", publicado en el año 2013, llega este "Tokyo Connection. Una mirada al cine japonés". Y su título delata con precisión el tema: mirada cinéfila, de pasión por el séptimo vicio y por explorar de modo incansable y desprejuiciado todos sus rincones, hasta los más lejanos en el tiempo y en la distancia, ya sea cultural o geográfica (distancias que han sido demolidas por la modernidad: tan lejos, tan cerca).

El cine japonés maravillará a todo el que tenga a bien dedicarle parte de su apretado tiempo de ocio audiovisual. Algunas de las mejores películas de la Historia del cine llevan la firma oriental de maestros como Kenji Mizoguchi, Yasujirô Ozu o Akira Kurosawa, y de ahí, desde esos imprescindibles (también se publicó un ejemplar de "La Caja de Pandora" dedicado al país del sol naciente, el número 7, especial Japón), conviene adentrarse en la obra de cineastas como Shôhei Imamura, Nagisa Oshima, Hiroshi Teshigahara, Takeshi Kitano, Hayao Miyazaki, Hirokazu Koreeda y muchos otros. El libro de José Ángel de Dios será un mapa imprescindible para no perderse en un maremágnum de estudios y de épocas, de géneros y subgéneros (la escrupulosidad con la que en el cine japonés se intenta bautizar cada vertiente temática es digna del naturalista Linneo: Goraku-eiga, Kaiju-eiga, Jidai-geki, Gendai-geki, Ken-geki, Yakuza-eiga, Karyo-mono, Anime, Chambara, Pinku-eiga y un largo etcétera: la lectura del libro aclarará de qué trata cada cual), de autores y de títulos: saber qué se debe mirar y sobre todo generar el ansia de hacerlo, un objetivo que para cualquier libro dedicado al cine ha de ser primordial.

Enhorabuena, Crowley.

martes, septiembre 09, 2014

"El Niño", de Daniel Monzón

Ese trío formado por el Niño, el Compi y Halil (Jesús Castro, Jesús Carroza y Saed Chatiby: en el reparto también figuran Luis Tosar, Sergi López o Eduard Fernández, pero en esta ocasión no se me ocurre nada que destacar de sus actuaciones) me ha recordado, en sus roles, a los de el Maki, el Popi y el Moromielda. Makinavaja, Popeye y Mustafá, las creaciones del gran Ivà, que durante años nos alucinaron desde las páginas de la revista "El Jueves", respondían a determinados prototipos de tipo duro, secundario gracioso y tercero en discordia al que le caen todas las bofetadas (pensándolo bien, puedes encontrar referencias de esa conjugación de caracteres hasta en Los Payasos de la Tele), arquetipos que se repiten una y otra vez y que anidan eternamente en ese ente denominado el inconsciente colectivo o la aún más mística ciencia infusa. En cualquier caso, los guiones del fallecido Ivà para sus historietas (al igual que sus inigualables personajes) superaban en mucho la trama, algo mecánica, que han pergeñado Daniel Monzón y Jorge Guerricaechevarría, colaboración que dio buenos frutos a propósito de la anterior película de Monzón, "Celda 211", si bien no está de más recordar que aquella historia carcelaria era una adaptación de la novela de Francisco Pérez Gandul.

De las aventuras de Makinavaja balanceo hacia "Corrupción en Miami", la serie televisiva que arrasó en los años 80 y que fijo que también echó raíces en el inconsciente mencionado. Mucho más alejada en el tiempo se sitúa "La posada de Jamaica" de Alfred Hitchcock: playas iluminadas por un tenue farol, trampas mortales de naufragio, vaciadas a toda prisa del cargamento del desdichado pecio. Si además añado al cóctel la novela "La reina del sur" de Arturo Pérez-Reverte y sus persecuciones de lanchas rápidas, cargadas de fardos de droga, navegando a toda velocidad por las aguas del Estrecho de Gibraltar, el déjà vu que produce "El Niño" es una sensación continua durante todo el metraje. ¿Todo visto? Pues no. Las localizaciones en las que se rueda "El Niño" (Gibraltar, Ceuta, Algeciras, Tetuán, Sotogrande, ...) y la escenas de acción (Policia Nacional y Guardia Civil jugándose el físico más allá de lo que exige una magra nómina, aunque, ay, la corrupción no sea cosa sólo de Miami), producirán un fuerte impacto (adrenalina delictiva a escasos kilómetros de la playa vacacional) en el espectador patrio, que comprobará en la película cuán cerca de casa se asienta el negocio del narcotráfico: narcotráfico hacia arriba y hacia abajo, de la mula al capo y regreso: aquel "Bajarse al moro" de Fernando Colomo pierde la inocencia ante los ajustes de cuentas de las mafias internacionales: albanokosovar se ha convertido en un sinónimo moderno de violencia impía dispuesta a todo, muy lejos de la imagen cuasi-entrañable que encarna la actividad económica folclórica, ecológica y sostenible sólidamente amenizada por los tambores de Ketama (de legalización se habla hoy mismo en la ONU).

Éxito para la taquilla del cine español, buena noticia, un éxito que, me apuntan, también puede estar provocado por otro éxito televisivo reciente, la serie "El príncipe", que no he visto pero que, al parecer, tiene bastantes puntos en común con "El Niño". No cabe duda: la conexión entre las cadenas de televisión y el cine español más visible (o sea, más promocionado) es cada vez más fuerte, y sólo hay que echar un vistazo a que la productora que presenta "El Niño" está detrás del otro taquillazo nacional reciente, "Ocho apellidos vascos" de Emilio Martínez-Lázaro, para ser consciente de que las casualidades no entran en el mundo del marketing, ¡Anda! ¡Si también es la cadena que ha emitido "El príncipe"! Cualquier día de estos nos empiezan a poner anuncios en la parte inferior de la proyección, ya lo verás... La cadena amiiiiga. El inconsciente colectivo lo tiene crudo.


jueves, septiembre 04, 2014

"Begin again", de John Carney

By Akebono


Yo escucho música que sólo existe en mi cabeza. Escucho armonías donde vosotros sólo oís una guitarra. Escucho una alfombra de piano donde amortiguan sus pasos el violín y el violonchelo. La burguesía de la cuerda. Oigo los acordes de la guitarra eléctrica y del bajo. La batería como esqueleto sobre el que sostener escalas, inversiones y cadencias.

No, no estoy loco. Sólo paso por una mala racha. Vivo en el agujero: here I am. Cuando ya no nos queda nada, es imposible no arriesgar: sólo podremos ganar o seguir igual. Why not? Es sólo una cuestión de confianza. Necesito que creas en mí aunque no te ofrezca ninguna garantía. Me lo debes. Soy el único que creerá en ti.

Somos dos perdedores que, al unirse, en sus vidas algo empieza a funcionar. Ahora tenemos un camino que nos conduce a un lugar, tenemos un futuro que alcanza más allá de las siguientes veinticuatro horas. Sólo necesitamos confianza ciega. No estamos solos. Ahora, no. Tenemos los pies en el suelo y la cabeza llena de música, que es menos que tenerla llena de pájaros. La música en la calle como una alegoría: sacaremos los pájaros de sus jaulas y que tu música vuele con ellos. No nos venderemos, no sacrificaremos el talento en aras del éxito efímero.

Nuestra historia nace de una casualidad, de un cruce de caminos en el minuto oportuno. Teníamos una posibilidad entre un millón y nos encontramos. Nueva York y una casualidad que todo lo cambia. Esto ya lo he leído. Esto es Paul Auster.

miércoles, agosto 27, 2014

"Guardianes de la galaxia", de James Gunn

"Los siete magníficos" de John Sturges, "Grupo salvaje" de Sam Peckinpah, incluso aquellos indómitos marines espaciales de "Aliens: el regreso" de James Cameron. Reuniones heterogéneas de tipos duros (y "tipas": me venía al pelo la mención a la de Cameron, con la soldado Vasquez lista para matar), muchos de ellos forajidos crueles, desesperados, cada uno de ellos dotado de un carácter singular y unas habilidades específicas, fácilmente identificables por el público, y que, de manera imprevista y poco meditada, deciden ponerse al servicio del bien común en vez del propio. Defender la causa, combatir el mal: cambiar de bando y ser un maldito héroe: el antihéroe como arquetipo que siempre quedó bien en el celuloide.

El espíritu ochentero (incluso setentero o anterior: la banda sonora así lo canta), no sólo por la onda musical, también por algunas expresiones del hombre desactualizado que no sé si se encuentran en el idioma original de la cinta, pero que quedan chachi. Pero poco simbolizará de forma tan certera una época como el walkman de Peter Quill, un monumento a la independencia juvenil. El walkman podía ser utilizado en cualquier parte y producía un aislamiento completo del entorno: él y tú frente a un mundo complicado: la redención que sólo una canción de tres minutos podía ofrecerte.

"Guardianes de la galaxia" está basada en personajes de la editorial Marvel, unos dibujos semidesconocidos para los que no sean avezados comiqueros, sin el tirón de otros superhéroes enormemente populares que no voy a mencionar. El universo Marvel es inmenso y en perpetua expansión pero, paradójicamente, es propicio a referenciarse y a cruzarse. "Guardianes de la galaxia" es otra vuelta de tuerca a las posibilidades argumentales inagotables que ofrece la ciencia ficción interestelar: razas alienígenas conviviendo con el ser humano en algún remoto confín del espacio. Conviviendo, pero con el conflicto siempre a punto de estallar: en cualquier momento un ente megalómano puede transformarse en un destructor total y merendarse un par de planetas sin apenas pestañear. Ante ello nada mejor que combatirlo con una de esas mezclas poderosas anunciadas al principio de la entrada: Peter Quill, exiliado terrestre, falto de superpoderes pero sobrado de gadgets (¿Rocketeer?) y de caradura (¿Han Solo?); Rocket, un mapache cibernético (¿Lobezno encogido?) que genera algunos de los mejores chistes de la película; Groot, el árbol, que desde el primer momento me trajo a la mente los Ent de Tolkien y que seguro será el espíritu benévolo que otorgue equilibrio al grupo; Drax, interpretado por el famoso luchador de Wrestling Batista: el intérprete perfecto: nada que añadir; y Gamora, rápida y mortal, la oveja negra (bueno, verde) que se vuelve contra los suyos, contra Thanos, su padre adoptivo, uno de esos villanos allmighty de la editorial y que al parecer tiene reservado más metraje en las próximas películas Marvel. Y, aunque no forme parte del grupo, hay que nombrar a ese secundario de vuelta de todo y con la espoleta siempre a punto de soltarse llamado Michael Rooker en el papel de Yondu Udonta.

El tono gamberro, pasota (otro arcaísmo, me temo), despreocupado de Peter Quill, da pie a una película muy divertida, de aventuras canónicas (comienza con una escena al estilo Indiana Jones, extrayendo un ídolo dorado del corazón de un templo perdido, y eso ya es empezar muy bien), con protagonistas ni de los buenos, ni de los malos, reconfortante clase media moral sometida a las tentaciones cotidianas del diablillo rojo en el hombre izquierdo y el angelito blanco sentado en el derecho: hacer cosas buenas, cosas malas, y un poco de ambas, como propone Quill.
Deseando ver la segunda parte.

sábado, agosto 23, 2014

"Mil veces buenas noches", de Erik Poppe

La secuencia inicial, unas duras escenas en las que se reconstruye el acto cotidiano de la muerte violenta e indiscriminada en zonas de conflicto (Kabul, la capital de Afganistán, en esta ocasión), puede hacer pensar que la película tiene más enjundia que la que delata su título y su cartel: pinta de película romántica protagonizada por Juliette Binoche y Nikolaj Coster-Waldau (a los que no le suene el nombre de este actor quizás les suene más el personaje que interpreta en la serie "Juego de tronos": Jamie Lannister, The Kingslayer). El comienzo de esta historia sobre una reportera de guerra (primer personaje femenino del celuloide con síndrome del Vietnam, que yo recuerde) parece conectar con la del yonqui de adrenalina bélica que retrataba Kathryn Bigelow en "En tierra hostil", una trama que trataba de forma sobresaliente la incapacidad de adaptarse a la vida normal para aquellos que han pasado mucho tiempo en el filo. Sin embargo el guión de "Mil veces buenas noches" (¿por qué se titulará así?) se edulcora sin remedio hacia un sonrojante (por facilón) conflicto sentimental-familiar, con madre que se pierde función teatral incluida: americanada: caracoles, caracoles. Del aroma Bigelow se percute al perfume Coixet, y los fotogramas nos empiezan a hacer meditar sobre la conocida pregunta de a qué narices huelen las nubes.

Conciliar la vida familiar y la laboral, dilema siempre complicado: la película reconfortará tanto a las estajanovistas de su trabajo como espabilará a las en exceso dedicadas al hogar: nadar entre dos aguas y contentar al mayor número de espectadores. Lo que no está tan claro es que la cinta guste en exceso a corresponsales de guerra reales, sea cual sea su sexo, esa casta periodística que, como decía el difunto Manuel Leguineche (grande entre grandes), era la de las tres des: depresivos, divorciados y dipsómanos. Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. 

jueves, agosto 07, 2014

"Cómo entrenar a tu dragón 2", de Dean DeBlois

En su día, cuando vi la primera entrega de "Cómo entrenar a tu dragón", de Dean DeBlois y Chris Sanders, la película se quedó sin entrada en el blog. No es tan raro: la cantidad de películas que quedan consignadas en Licantropunk está alejada de la cifra real de películas vistas. Me hubiera gustado revisar ahora lo que comenté de aquella, pero lo que no se me olvida es que me gustó mucho. Ya cuando escribí de "El origen de los guardianes" de Peter Ramsey, otra de las joyas de animación de la productora Dreamworks, mencioné "Cómo entrenar a tu dragón" como un ejemplo más de éxito (crítico y comercial) para la compañía del niño pescador. Y tras ese éxito vino una serie de televisión, que no he visto más que de pasada: la intención suele ser la de explotar el triunfo hasta el hartazgo, generalmente rebajando la calidad de la imagen y del guión, e infantilizando la trama para llegar al mayor número posible de público adicto al canal temático para niños. No negaré que entré a ver "Cómo entrenar a tu dragón 2", de nuevo con el director Dean DeBlois firmando la obra, con una mosca en la oreja del tamaño de un pterodáctilo.

Han pasado cinco años desde que los púberes del poblado vikingo de la isla de Mema empezaron a cabalgar los dragones que atacaban la aldea: llegó la paz en el enfrentamiento ancestral entre hombre y bestia. Pasa el tiempo y los chavales se convierten en adultos, maduran. ¿Será capaz también de madurar la historia? ¿Tendrán narices (por no mencionar otra parte) de realizar una secuela (que será saga: ya hay anunciada una tercera) en la que en vez de perpetrar la típica continuación que agote del modo más miserable lo bien hecho, resulte una evolución hacia delante, una producción que tire por el suelo el epitafio aquel de segundas partes nunca fueron buenas? Pues lo han hecho y ¡de qué manera!

Acero y fuego. Muchos años leyendo las historias de "Conán el barbaro", dibujadas por el mítico John Buscema para Marvel, o los oleos inigualables de Vicente Segrelles para la serie "El Mercenario" publicada en la revista Cimoc, o los trabajos de Richard Corben en Zona 84 o Metal Hurlant. No, que no se asuste nadie, pueden llevar tranquilamente a los niños al cine. En "Cómo entrenar a tu dragón 2" no aparecerá un bronceado cimmerio despedazando enemigos con su espada indómita, ni turgentes guerreras pelirrojas incendiando fotogramas del mismo modo que arrasaban tebeos, mientras suenan los himnos atronadores de los Manowar, pero algo de aquella fantasía épica canónica, de aquel espíritu sobrecogedor producido por peleas imposibles contra hechiceros oscuros y monstruos infernales, pervive en esta película, ciertas escenas que remueven todo ese bagaje pulp que empapelaba los kioskos de entonces y que consumíamos en la medida que la pasta propia y el préstamo de los colegas lo permitía. ¡Por Crom!

En 3D, formato que le viene perfecto a la película: la espectacularidad de los vuelos del joven Hipo a lomos del dragón Desdentao no hay ni que decir que es de las que quita el aliento. Además Dreamworks presume de un nuevo software de animación, denominado Apollo: uno ya se va acostumbrando a que en cada estreno de película de dibujos animados el detalle plasmado en el fotograma lo deje alucinando, pero en esta ocasión se lleva el nivel a realmente lo nunca visto: los personajes en vez de actuar parece que improvisen: sí, está entrada me está quedando algo exagerada: buena señal. Película de aventuras emocionante, divertida, apta para menores y, la mejor noticia, para mayores acompañados.


domingo, agosto 03, 2014

"Ida", de Pawel Pawlikowski

Desolación. El ánimo que deposita esta película en el espíritu sería ése, una desolación nihilista, sin remedio. Escribe el historiador Tony Judt en su libro "Postguerra: una historia de Europa desde 1945" lo siguiente: Muchos de los judíos supervivientes de Polonia se marcharon definitivamente de allí tras una serie de pogromos que tuvieron lugar durante la postguerra: 63.387 de ellos llegaron a Alemania procedentes de Polonia entre julio y septiembre de 1946. Con el fin de la Segunda Guerra Mundial no llegó la paz para una de las etnias que más persecución y masacre había sufrido durante el conflicto bélico. En "Shoah" de Claude Lanzmann se contaba cómo los desdichados pasajeros de los trenes que se dirigían a Treblinka, a Auschwitz y a tantos otros mataderos, contemplaban por los escuetos ventanucos de los vagones de transporte de ganado a sus compatriotas mirando sonrientes el convoy, pasándose felizmente el dedo pulgar por el gaznate en un gesto carnicero de odio secular. En cualquier guerra, la Guerra Civil Española incluida, las fosas comunes se llenan con envidias a la fortuna ajena: haciendas expoliadas, títulos de propiedad quemados, testamentos interrumpidos. Otra cita, ésta de la película "Las bicicletas son para el verano" de Jaime Chávarri (en realidad, de la obra de teatro en que se basa, escrita por Fernando Fernán Gómez): Con el final de la guerra no llegó la paz, sino que vino la victoria.

Anna, huérfana temprana recogida por unas monjas católicas, sólo ha vislumbrado el mundo a través de la celosía de las ventanas del convento, el retiro monacal apartado de cualquier tentación pero también de cualquier problema: la obediencia y el rezo son sus mayores preocupaciones: la paz de la ignorancia. Resulta que Anna no es Anna, es Ida. Emerger al exterior en un rito iniciático acelerado, desabrido y traumático: los fantasmas del pasado que regresan descarnados, como la calavera de Yorick, símbolo rotundo del no retorno. Pequeña road movie: romance de autoestopista con saxofón y todo. Suena "Naima" de John Coltrane y a qué negar que la espléndida fotografía en blanco y negro de la película alcanza lo sublime mecida por los prodigiosos acordes del saxofonista (y el colmo de la casualidad se produce cuando al día siguiente, en Radio 3, en el programa "A todo jazz" presentado por Cifu -para los amigos-, pinchan "Naima" interpretada por un quinteto polaco de jazz: lo raro sería no sorprenderse de que a uno le pasen estas cosas). Las dos actrices protagonistas, la tía Wanda (Agata Kulesza) y su recién conocida sobrina Ida (Agata Trzebuchowska) lucen excelentes sometidas a la intensa palidez de la luminosidad neblinosa de los años 60 en Polonia: caras blancas, ojos oscuros, de los aparecidos, de los desasosegados.Y llegan a la mente otros directores polacos geniales como Andrzej Wajda o Krzysztof Kieślowski, tanto por el tema como por la estética. ¿No podría haber firmado esta historia el director de "Cenizas y diamantes"? ¿Acaso no encajaría perfectamente "Ida" como un capítulo más del "Decálogo"? Grandes referencias para una película excelente, para un gran director, este Pawliowski.

Ida ya no es Anna, pero quizás le gustaría seguir siéndolo.
Y ahora, la canción.

jueves, julio 31, 2014

"La ciencia del sueño", de Michel Gondry

Sueño o realidad. La confusión del instante del despertar, cuando los ojos pugnan por abrirse mientras Morfeo aún no tiene ganas de aflojar su lazo. Un pie a cada lado de la frontera, produciendo un estado alterado, el viajero extraviado entre dos mundos: a veces no se quiere volver. Michel Gondry encuentra en ese terreno la excusa probable para simular una comedia romántica, de enredos, de las de siempre, un género dotado de unos resortes realmente simples que, liados en exceso, conducen a ninguna parte. Hacia lo fallido (Christopher Nolan, otro navegante de ensoñaciones, con "Origen", logró no perderse -por poco- en un territorio tan escasamente cartografiado, pero sus propósitos en aquella película eran totalmente distintos de los de Gondry, peonza incluida).

Dos grandes actores, Gael García Bernal y Charlotte Gainsbourg, excelencias individuales que no implican que si las juntas vayas a obtener un resultado excelente a su vez: la química se llega a vislumbrar pero se desmorona miserablemente y sin solución: pareja demasiado exótica. Por otro lado, la conocida vocación innovadora del director francés, el ansia de forzar la puesta en escena con recursos visuales imaginativos, afán que le conduce en esta ocasión a mezclar en la cinta técnicas de animación de escuela eslava con los actores de carne y hueso, una mezcla que aquí queda fatal (recuerdo a Bob Hoskins bordando su excursión a Dibulliwood en "¿Quién engañó a Roger Rabbit?" de Robert Zemeckis, por poner un ejemplo de éxito en el collage fílmico y de paso nombrar al estupendo actor, que falleció no hace mucho), rozando la cutrez más vergonzosa, estética que podría parecer hecha a propósito, pero a mi humilde ojo cinéfilo no le da esa impresión: mal preparado y peor rematado: la ciencia del mal sueño, de sueños que nadie tiene (sin duda ya habrán oído este verano la publicidad del departamento nacional de loterías y ludopatía: 'No tenemos sueños baratos'). Un guión que tenía muchos puntos para afrontar un resultado más que digno (la vecinita parisiense, la fauna del lugar de trabajo, el sonambulismo, las inquietudes artísticas, el ambiente onírico, los líos idiomáticos, el indudable talento en el reparto) queda atrapado en un sueño. O en una pesadilla.
No, aún me quedan dos semanas de vacaciones.

sábado, julio 19, 2014

"Laurence anyways", de Xavier Dolan

Hace unos meses que mi colega bloguero Darío, encantador del "Nido de serpientes" y responsable de las indispensables meditaciones allí depositadas, mencionó este título: lo tendré en cuenta, dije: lo he tenido. Además el nombre de su director, Xavier Dolan, lleva tiempo abordando el mundo cinéfilo más festivalero, Cannes y sus compadres, irrumpiendo sin temor desde su insultante juventud, paso a paso hasta que cualquier año de estos se lleve la palma. La de oro, claro. No había visto ninguna de sus películas (firma cinco largometrajes con sólo 25 años este canadiense) así que a propósito de Laurence, y de Darío, llega la oportunidad. Película larga que mostrará virtudes, momentos brillantes, mas no se esconderán los consejos de enmienda, ay.

La primera impresión es almodovariana: obvio teniendo en cuenta el tema tratado, un desencadenante de la acción que pone en mente "Todo sobre mi madre", algo menos "Tacones lejanos", y puestos a rebuscar en referencias por qué no mencionar aquella impactante "Juego de lágrimas" de Neil Jordan, aunque la cinta del director irlandés trascendía lo íntimo para adentrarse en lo social y lo político: ¿qué película irlandesa de aquella época no lo hacía? Me quedo con el factor Almodóvar, pues la historia contada en "Laurence anyways" se inicia a finales de los años 80 y recorre la década posterior, nutriendo el celuloide con vestuario, peinados o temas musicales ad hoc, factores ambientales que generan rubores casi olvidados de hombreras, cardados y camisas estampadas inclasificables: tal como éramos y tal como las cintas de Pedro Almodóvar pintan los decorados, si bien Dolan aplica mucha menos intensidad, en el fondo y en la trama: "Laurence anyways" es una película para todos los públicos, bastante edulcorada y amable, con cierto abuso de la estética videoclip y de la cámara lenta: enfatizar sentimientos dopando el fotograma.

Transexualidad. La transformación que no lo es si es entendida como transformarse en otra cosa, pues de lo que se trata es de transformarse en lo que se es en realidad. No, los que deben transformarse son los otros, son la familia, la pareja, los amigos, todos aquellos a los que la revelación les coge con el paso cambiado: él ha tenido un montón de años para pensárselo, para reafirmar sus sospechas, para dar el salto al vacío en el momento propicio, pero al resto le quitan de improviso el suelo bajo los pies. ¿Quién es Laurence? Laurence, anyways. El aspecto exterior cambia pero la persona sigue siendo la que era. Aceptación o repudio, esa es la decisión, pero el torbellino emocional está lanzado y ya no hay quien lo pare. Los protagonistas son Melvil Poupaud y Suzanne Clément. Al principio de la cinta aparecen demasiado sobreactuados sobre todo ella (¿no debería ser al revés?), sobreactuación que en mi opinión aparece por exceso de improvisación. El proceso de madurez al que la película asiste también incluye al propio rodaje, de modo que según llega el final se equilibra el ardor interpretativo. Esto conlleva, por otro lado, que el nivel de pasión se hunda y que el director opte por un flashback al pasado para cuajar un breve clímax final. Algo tramposo el joven Dolan y quizás demasiado joven para aceptar que hay asuntos que no deben tener ni segundas partes ni vuelta atrás. Caminos sin retorno: lo que hay delante es otra cosa.