
La matanza de Katyn: 15000 tiros en la nuca. Hitler y Stalin se echan la culpa mutuamente (el dilema, que no la duda, llega hasta nuestros días) de haber asesinado y enterrado en fosas comunes a 15000 militares polacos, más de la mitad oficiales. Un dedo acusador imparcial señalaría sin dudarlo a los soviéticos, ya que los cadáveres se exhumaron en un territorio bajo su poder en 1940 y además eran prisioneros suyos. Irrefutable. Probablemente el padrecito Stalin pensó que los oficiales eran élites burguesas (médicos, ingenieros, abogados) que convenía exterminar: el pueblo es más fácil de doblegar si se purga a los peligrosos intelectuales y el ejercito se deshace si desaparecen sus mandos.
Entre los muertos de Katyn se encuentra el padre de Andrzej Wajda, capitán del ejercito polaco (el propio director de cine luchó contra los nazis cuando apenas tenía edad para afeitarse). Se puede pensar que la película es un ajuste de cuentas parcial y revanchista con los hechos acaecidos: nada que objetar. Sin embargo parece una tarea ineludible que el director, octogenario, debe afrontar para acallar viejos fantasmas. La obra de Wajda alrededor del desarrollo de la Segunda Guerra Mundial en Polonia es sobresaliente y, que yo haya visto, cuenta con otros tres títulos: "Generación", el patriotismo exacerbado de la resistencia; "Canal", mi favorita, un viaje horrendo a través de las cloacas de Varsovia por parte de un grupo de combatientes que huyen del ejercito alemán; y "Cenizas y diamantes", quizá la más famosa de las tres, que aborda el status quo polaco tras la guerra: para unos los soviéticos son unos libertadores, para otros unos invasores. "Katyn", es otra digna pieza de ese magistral mosaico cinematográfico.
La ignominia y el deshonor, reposan en oscuras fosas de vergüenza.