lunes, septiembre 29, 2014

"Nueve cartas a Berta", de Basilio Martín Patino

Mis sueños son en blanco y negro. No sé si será algo peculiar o si se trata de una característica general del territorio de la ensoñación. Quizás el color no entra dentro de lo poco que queda en el recuerdo al rato de haber sonado el despertador. Sostenía Tarkovsky que no importaba si el cine se hacía en color o en blanco y negro, que lo verdaderamente importante era la luz y la sombra, que esa era la impronta que quedaba fijada en la mente. En cualquier caso, yo sueño en blanco y negro, sí, la misma ausencia cromática que padecía el chico de la moto, interpretado por Mickey Rourke, en "La ley de la calle" de Francis Ford Coppola. Y es posible que esa carencia, si es que debemos llamarla así, unida a que el rodaje de "Nueve cartas a Berta" se realizara en la ciudad de Salamanca, mapa habitual de mis paseos nocturnos (los que hago dormido y, cuando se da la ocasión, también despierto), sea la que produzca un impacto tan grande de esta película en mi consciencia. En mi conciencia, también.

Hay otras películas que retratan con maestría las condiciones sociales de España bajo la dictadura de Franco, títulos como "Surcos" de José Antonio Nieves Conde, "Calle Mayor" de Juan Antonio Bardem o "Mi tío Jacinto" de Ladislao Vajda; otras que hablan de exilio como "La guerra ha terminado" de Alain Resnais y otras en las que se empieza a vislumbrar la apertura, pero aún con la pesada losa del franquismo encima: "El desencanto" de Jaime Chávarri. La de Basilio Martín Patino tiene la virtud de reunir todos esos temas en un metraje individual. Todos esos y alguno más. La película con la que se podría establecer un paralelismo, no tan descabellado, para "Nueve cartas a Berta", sería "El graduado" de Mike Nichols, rodada al otro lado del Atlántico pocos años después. La encrucijada vital en la que se encuentran Lorenzo (Emilio Gutiérrez Caba) de esta parte y Benjamin (Dustin Hoffman) allende los mares, es prácticamente la misma. La diferencia más notable es que uno habita la escala de grises del invierno charro y el otro se tuesta bajo el sol de California, pero el despiste de ambos es similar: la encrucijada de la edad, del qué hacer con las ambiciones cuando se termina el periodo de formación y el pertenecer a una familia sin problemas económicos acuciantes concede cierta libertad de elección. Transcribo un párrafo del libro "Historia de la muerte en Occidente" de Philippe Ariès, que estoy leyendo actualmente y que me parece certero en esta reflexión: Hoy en día el adulto experimenta tarde o temprano -y cada vez más temprano que tarde-, el sentimiento de que ha fracasado, de que su vida de adulto no ha conseguido ninguna de las promesas de su adolescencia. Este sentimiento se halla en el origen del clima de depresión que se extiende entre las clases acomodadas de las sociedades industriales. "Nueve cartas a Berta" y el drama existencial de Lorenzo, frente al tono de comedia de "El graduado" relatando las tormentosas relaciones de Ben Braddock, surgen, en fin, del mismo sentimiento de insatisfacción y de las mismas ansias de enmendarlo. La crisis de los cuarenta ha bajado su media de edad de modo escandaloso en los últimos cincuenta años.

"Nueve cartas a Berta" es una historia de claudicación. Se puede pensar que no es claudicación sino conciliación, ese pacto con uno mismo que trae la edad, dicen, sentar la cabeza y madurar, pero no, es claudicación y derrota, dolorosa y sin retorno. Lorenzo escribe cartas a Berta, una joven que conoció durante una estancia en Londres. Ella es hija de un intelectual español exiliado y parece ser que el efecto que produjo esta chica en Lorenzo, en sus sentimientos y en sus esperanzas, fue demoledor. Berta representa no sólo el amor lejano, ese amor reforzado e idealizado por la distancia, sino también una forma de vida muy distinta: la libertad de pensamiento, las posibilidades ideológicas, las oportunidades profesionales más allá de la endogamia universitaria o del futuro acomodaticio de empleado de la caja de ahorros: sobremesas de mesa camilla y brasero, veladas de partida y puro en el casino, domingos de vermú en la Plaza Mayor a la salida de misa. ¡Ah!, la Iglesia, omnipresente de principio a fin de la película, recordando al espectador de 1966 cuál era uno de los más poderosos pilares del Estado (habrá quien piense que lo sigue siendo: se quedarían alucinados si supieran hasta dónde llegaba entonces su presencia).

El fin de la locura para Lorenzo, un final que nos destroza porque nos otorga un espejo para reconocernos. Basilio Martín Patino mueve su cámara, con más cariño que desprecio, por esta rancia capital de provincias (además de otras localizaciones como el cercano pueblo de Morille o, ya en la sierra, Valero: el paisaje serrano resulta ser transformador para el espíritu atormentado de Lorenzo: transformador pero no queda muy claro si para bien... o para mal). La cámara camina (nadie me podrá negar que ecos de la Nouvelle Vague resonaron en la calle Compañía) por la ciudad antigua en una temprana noche de invierno (un paseo parecido al que se relata en la novela "Sucinta historia del mes de noviembre" de Francisco J. Pastor González, otro enamorado sin remedio del Alto soto de torres), un trayecto mágico entre fantasmas de Humanismo y Renacimiento, de aularios y cafeterías, de piedras centenarias y farolas solitarias. El trayecto sin rumbo que, un día cualquiera, de diario, avanzado ya el otoño, cuando se apaguen los tumultos del turismo y de los estudiantes, entre la niebla y el silencio, lance rotundo al ánimo el peso de la memoria: la nostalgia por aquellas batallas perdidas que, sin dudarlo un instante, volverías a pelear. Y a perder.

martes, septiembre 23, 2014

"The Blues Brothers", de John Landis

Por favor, ¿me puede decir dónde están los discos de Aretha Franklin?, le preguntó el chico al bibliotecario. Éste, un tanto perplejo por la circunstancia inusual de que la solicitud la realizara un niño de 8 años, se levantó raudo de su asiento para acompañar al muchacho a la sección apropiada de la discoteca pública. Raudo, perplejo y quizás sonriente.

¿Aretha Franklin? Pues vamos a ponerle "Granujas a todo ritmo", o, mejor aún, "The Blues Brothers", que aunque sea lo mismo suena más auténtico, por algo el inglés es el idioma del rock, del blues, del soul o de cualquier otro estilo de música popular que merezca la pena ponerse a escuchar. Y vamos a disfrutar de una película de choques de coches y de canciones, poco más hay, nada más y nada menos, una sucesión alocada de números musicales y de destrozos de vehículos, increíbles montoneras de ellos, automóviles arrasando centros comerciales, cayendo desde alturas de aviación civil, saltando puentes, colapsando el centro de Chicago (la ciudad del viento convertida en un protagonista más) en persecuciones antológicas: mucha policía, mucha diversión.

Y mientras los fotogramas se agrietan con tanto siniestro total y tanta explosión, vibran también sacudidos por los temas interpretados (en la voz y la actuación) por mitos musicales como James Brown, Ray Charles, John Lee Hooker o la ya mencionada Aretha Franklin: el recuerdo de su "Think" arrojado a la cara del guitarrista Matt Murphy es la motivación primera de ver la película. El ritmo del celuloide se propaga sin remedio a la pierna derecha del espectador que, hechizo involuntario, no ha de parar de moverse hasta acabada la proyección (y gran parte de la post-proyección, me temo). Y vamos a flipar con el cameo apocalíptico de la princesa Leia, Carrie Fisher como una Tank Girl imparable, y con este guión tan pobre como innecesario, un hilillo argumental al servicio único de la pareja más groovy de la Historia del cine, los imposibles hermanos Blues, Jake y Elwood, John Belushi y Dan Aykroyd rompiendo el molde y creando una imagen inmortal: sin duda, una misión de Dios. A la cama poseídos por el swing, chasqueando los dedos y meneando la cintura. Everybody needs somebody... to love. Cuidado con las cult movies, sus efectos pueden ser hereditarios.

miércoles, septiembre 17, 2014

Ensayo. "Tokyo Connection. Una mirada al cine japonés", de José Ángel de Dios

José Ángel de Dios es el autor de este libro. José Ángel de Dios o Crowley, seudónimo con el que le conocí hace años, cuando él patroneaba el blog "Tengo boca y no puedo gritar". Nuestro contacto bloguero derivó en una invitación suya para participar en el fanzine digital que, Crowley, con un tesón poco frecuente, estaba dispuesto a poner en marcha. "La Caja de Pandora" comenzó su andadura con un número dedicado al Holocausto y continúa aún su viaje: pronto llegará el 9, especial Guerra.

Del blog a la revista y de ahí al libro, como una consecuencia natural de pasos encaminados hacia la dirección debida, pero una ecuación, sin embargo, resuelta por pocos, sólo por aquellos a los que el talento de la escritura (y la constancia amanuense: aquello del 1 % de inspiración y el 99% de transpiración) les haya sido otorgado. Tras un libro dedicado a la serie de televisión "Big Bang Theory", publicado en el año 2013, llega este "Tokyo Connection. Una mirada al cine japonés". Y su título delata con precisión el tema: mirada cinéfila, de pasión por el séptimo vicio y por explorar de modo incansable y desprejuiciado todos sus rincones, hasta los más lejanos en el tiempo y en la distancia, ya sea cultural o geográfica (distancias que han sido demolidas por la modernidad: tan lejos, tan cerca).

El cine japonés maravillará a todo el que tenga a bien dedicarle parte de su apretado tiempo de ocio audiovisual. Algunas de las mejores películas de la Historia del cine llevan la firma oriental de maestros como Kenji Mizoguchi, Yasujirô Ozu o Akira Kurosawa, y de ahí, desde esos imprescindibles (también se publicó un ejemplar de "La Caja de Pandora" dedicado al país del sol naciente, el número 7, especial Japón), conviene adentrarse en la obra de cineastas como Shôhei Imamura, Nagisa Oshima, Hiroshi Teshigahara, Takeshi Kitano, Hayao Miyazaki, Hirokazu Koreeda y muchos otros. El libro de José Ángel de Dios será un mapa imprescindible para no perderse en un maremágnum de estudios y de épocas, de géneros y subgéneros (la escrupulosidad con la que en el cine japonés se intenta bautizar cada vertiente temática es digna del naturalista Linneo: Goraku-eiga, Kaiju-eiga, Jidai-geki, Gendai-geki, Ken-geki, Yakuza-eiga, Karyo-mono, Anime, Chambara, Pinku-eiga y un largo etcétera: la lectura del libro aclarará de qué trata cada cual), de autores y de títulos: saber qué se debe mirar y sobre todo generar el ansia de hacerlo, un objetivo que para cualquier libro dedicado al cine ha de ser primordial.

Enhorabuena, Crowley.

martes, septiembre 09, 2014

"El Niño", de Daniel Monzón

Ese trío formado por el Niño, el Compi y Halil (Jesús Castro, Jesús Carroza y Saed Chatiby: en el reparto también figuran Luis Tosar, Sergi López o Eduard Fernández, pero en esta ocasión no se me ocurre nada que destacar de sus actuaciones) me ha recordado, en sus roles, a los de el Maki, el Popi y el Moromielda. Makinavaja, Popeye y Mustafá, las creaciones del gran Ivà, que durante años nos alucinaron desde las páginas de la revista "El Jueves", respondían a determinados prototipos de tipo duro, secundario gracioso y tercero en discordia al que le caen todas las bofetadas (pensándolo bien, puedes encontrar referencias de esa conjugación de caracteres hasta en Los Payasos de la Tele), arquetipos que se repiten una y otra vez y que anidan eternamente en ese ente denominado el inconsciente colectivo o la aún más mística ciencia infusa. En cualquier caso, los guiones del fallecido Ivà para sus historietas (al igual que sus inigualables personajes) superaban en mucho la trama, algo mecánica, que han pergeñado Daniel Monzón y Jorge Guerricaechevarría, colaboración que dio buenos frutos a propósito de la anterior película de Monzón, "Celda 211", si bien no está de más recordar que aquella historia carcelaria era una adaptación de la novela de Francisco Pérez Gandul.

De las aventuras de Makinavaja balanceo hacia "Corrupción en Miami", la serie televisiva que arrasó en los años 80 y que fijo que también echó raíces en el inconsciente mencionado. Mucho más alejada en el tiempo se sitúa "La posada de Jamaica" de Alfred Hitchcock: playas iluminadas por un tenue farol, trampas mortales de naufragio, vaciadas a toda prisa del cargamento del desdichado pecio. Si además añado al cóctel la novela "La reina del sur" de Arturo Pérez-Reverte y sus persecuciones de lanchas rápidas, cargadas de fardos de droga, navegando a toda velocidad por las aguas del Estrecho de Gibraltar, el déjà vu que produce "El Niño" es una sensación continua durante todo el metraje. ¿Todo visto? Pues no. Las localizaciones en las que se rueda "El Niño" (Gibraltar, Ceuta, Algeciras, Tetuán, Sotogrande, ...) y la escenas de acción (Policia Nacional y Guardia Civil jugándose el físico más allá de lo que exige una magra nómina, aunque, ay, la corrupción no sea cosa sólo de Miami), producirán un fuerte impacto (adrenalina delictiva a escasos kilómetros de la playa vacacional) en el espectador patrio, que comprobará en la película cuán cerca de casa se asienta el negocio del narcotráfico: narcotráfico hacia arriba y hacia abajo, de la mula al capo y regreso: aquel "Bajarse al moro" de Fernando Colomo pierde la inocencia ante los ajustes de cuentas de las mafias internacionales: albanokosovar se ha convertido en un sinónimo moderno de violencia impía dispuesta a todo, muy lejos de la imagen cuasi-entrañable que encarna la actividad económica folclórica, ecológica y sostenible sólidamente amenizada por los tambores de Ketama (de legalización se habla hoy mismo en la ONU).

Éxito para la taquilla del cine español, buena noticia, un éxito que, me apuntan, también puede estar provocado por otro éxito televisivo reciente, la serie "El príncipe", que no he visto pero que, al parecer, tiene bastantes puntos en común con "El Niño". No cabe duda: la conexión entre las cadenas de televisión y el cine español más visible (o sea, más promocionado) es cada vez más fuerte, y sólo hay que echar un vistazo a que la productora que presenta "El Niño" está detrás del otro taquillazo nacional reciente, "Ocho apellidos vascos" de Emilio Martínez-Lázaro, para ser consciente de que las casualidades no entran en el mundo del marketing, ¡Anda! ¡Si también es la cadena que ha emitido "El príncipe"! Cualquier día de estos nos empiezan a poner anuncios en la parte inferior de la proyección, ya lo verás... La cadena amiiiiga. El inconsciente colectivo lo tiene crudo.


jueves, septiembre 04, 2014

"Begin again", de John Carney

By Akebono


Yo escucho música que sólo existe en mi cabeza. Escucho armonías donde vosotros sólo oís una guitarra. Escucho una alfombra de piano donde amortiguan sus pasos el violín y el violonchelo. La burguesía de la cuerda. Oigo los acordes de la guitarra eléctrica y del bajo. La batería como esqueleto sobre el que sostener escalas, inversiones y cadencias.

No, no estoy loco. Sólo paso por una mala racha. Vivo en el agujero: here I am. Cuando ya no nos queda nada, es imposible no arriesgar: sólo podremos ganar o seguir igual. Why not? Es sólo una cuestión de confianza. Necesito que creas en mí aunque no te ofrezca ninguna garantía. Me lo debes. Soy el único que creerá en ti.

Somos dos perdedores que, al unirse, en sus vidas algo empieza a funcionar. Ahora tenemos un camino que nos conduce a un lugar, tenemos un futuro que alcanza más allá de las siguientes veinticuatro horas. Sólo necesitamos confianza ciega. No estamos solos. Ahora, no. Tenemos los pies en el suelo y la cabeza llena de música, que es menos que tenerla llena de pájaros. La música en la calle como una alegoría: sacaremos los pájaros de sus jaulas y que tu música vuele con ellos. No nos venderemos, no sacrificaremos el talento en aras del éxito efímero.

Nuestra historia nace de una casualidad, de un cruce de caminos en el minuto oportuno. Teníamos una posibilidad entre un millón y nos encontramos. Nueva York y una casualidad que todo lo cambia. Esto ya lo he leído. Esto es Paul Auster.