martes, julio 31, 2012

"La fortaleza escondida", de Akira Kurosawa

La película que inspiró a George Lucas para realizar "La Guerra de las Galaxias", dicen. De las luchas feudales del Japón de los samuráis, a los conflictos de poder en el espacio interestelar; de las katanas a los sables láser; de 1958 a 1977. Seguramente es verdad: hay planos que recuerdan mucho a aquellos de las extensiones desérticas de Tatooine, hogar de los moradores de las arenas, ecosistema sólo apto para banthas. Y la trama también: una princesa (Misa Uehara), garante de una estirpe, de una dinastía, que debe ser salvada a toda costa de la persecución de sus enemigos. Para ello contará con la protección de un guerrero invencible, el general Rokurota Makabe (Toshiro Mifune, quién si no), y la compañía "accidental" de un eficaz dúo cómico, (Minoru Chiaki y Kamatari Fujiwara) Tahei y Matashichi, trasuntos primigenios y no robóticos de C3PO y R2D2, aunque más guiados por la codicia del oro que viaja junto a la princesa Yuki, que por las leyes de Asimov.

Al final, misión cumplida y una ceremonia de entrega de medallas que, vaya, también sale en su heredera del espacio. A propósito de premios, Akira Kurosawa recibió un Oscar honorífico en 1990, galardón entregado por George Lucas y Steven Spielberg. Es de buenos hijos... De cualquier modo, no es necesario que los problemas genealógicos de Luke Skywalker sean del agrado del espectador, ni mucho menos, para acercarse a este clásico de Kurosawa, una de las mejores del director japonés en el género de aventuras: cineasta en plenitud.

Si George Lucas recibía influencias de, entre otros, un maestro del cine como Akira Kurosawa, nada malo se podría esperar. El problema fue cuando la influencia dejó de ser esa y se puso en marcha la máquina de hacer dólares. Se cuenta mejor en el vídeo que figura a continuación, ingenioso remake del del tema "Somebody that I used to know" del cantante Gotye, y que conocí a través de Turpentine. No se puede negar que tiene su gracia: esa relación amor-odio entre George Lucas y los fans de la saga galáctica.

The Star Wars that I used to know


sábado, julio 21, 2012

"La piel que habito", de Pedro Almodovar

La relación entre el doctor Robert Legard, el cirujano plástico interpretado por Antonio Banderas, y su paciente/cautiva Vera, la piel que habita Elena Anaya, plantea un enigma al comienzo de la película. Qué ha llevado a esos personajes, acompañados por el ama de llaves encarnada de modo inigualable por Marisa Paredes (me recordó a su personaje en "Tras el cristal", de Agustí Villaronga: cult movie hispana: "La piel que habito" tiene sus similitudes con aquella cinta antigua de Villaronga) a habitar ese cigarral toledano, antigua finca de recreo transformada en clínica discreta para arrugas acaudaladas, pero que posee además la doble identidad de castillo del doctor loco, de cripta de los horrores: las líneas maestras de la trama de "La piel que habito" van directas hacia el clásico "Los ojos sin rostro" de Georges Franju. Pero a la película de Franju, terror poético, le dedicaré un artículo en el próximo número de "La caja de Pandora", el que saldrá en septiembre. Hoy tocó fijarse en su "heredero" manchego.

El enigma que comentaba, va a producir un thriller sofisticado a la par que extravagante: una historia de tragedias familiares y venganzas rebuscadas que mantiene el interés hasta la mitad de la cinta, más o menos, hasta que ese enigma, la identidad de Vera y el motivo de su "átame" con Robert, queda desvelado. A partir de ese momento, la trama declina. Quizá el punto de inflexión sea tan inusitado, tan increíble, que poco más se puede esperar después: en el cine generalmente los golpes de efecto se suelen dejar para el final, de modo que el cenit argumental te conduzca boquiabierto hacia los créditos. No es el caso, si bien Pedro Almodovar sabe perfilar un emotivo colofón: las madres y el cine de Almodovar.

El trío de actores protagonistas ya sabe lo que es ser chico/chica Almodovar, un adjetivo que durante décadas ha sido una catapulta segura hacía una carrera cinematográfica posterior. No me ha convencido demasiado Antonio Banderas en su retorno, como actor, al cine español: más aún, retorno al primer director que le colocó en un fotograma, con "Laberinto de pasiones". Marisa Paredes, por otro lado, inmensa, una de las mejores actrices de la historia del cine nacional. Elena Anaya tampoco debe haberlo hecho mal, pues se llevó el Goya en la última edición. Y al trío se añade un cuarto, Jan Cornet en el papel de Vicente: premio Goya al mejor actor revelación por esta película. Lo que yo decía, una catapulta.

domingo, julio 08, 2012

"No habrá paz para los malvados", de Enrique Urbizu

La estética del perdedor: personajes que rozaron la gloria y que ven su vida reducida a una cuestión de supervivencia, de aguantar otro día: atesorar recuerdos de esplendores pasados: el epílogo indeseado: vidas ajenas. Múltiples ejemplos en el cine, grandes obras maestras: el arroyo insalvable para un ex-boxeador en "Fat City", de John Huston, o el declive barroco de una estrella del cine mudo, apagándose directa hacia la locura, en "El crepúsculo de los dioses", de Billy Wilder. El cine español también aporta lo suyo, como aquella maravilla del neorrealismo español (que también lo hubo) titulada "Mi tío Jacinto", de Ladislao Vajda: el toreo, en cuanto a perdedores, a figuras que nunca llegaron a serlo, puede aportar toneladas de guiones. 

Pero si nos trasladamos al cine policíaco, la figura del perdedor y el género cinematográfico son indisociables: ese personaje conforma el género en sí mismo. El inspector duro e implacable, alcohólico y divorciado, asocial y cínico: el compañero que nadie quiere porque los problemas acaban salpicándote: el policía de vuelta de todo que conserva su trabajo por puro milagro. Aquí sería inútil dar ejemplos: cualquiera. A mí, sin embargo, al ver "No habrá paz para los malvados" me vino a la cabeza "El último Boy Scout", de Tony Scott, lo cual no está nada mal, pues esa película forma parte del puñado de cintas del hermano pequeño de Ridley Scott que me gustan. Supongo que el paralelismo entre el Joe interpretado por Bruce Willis y el Santos Trinidad de José Coronado, nace en que ambos parecen haber tocado fondo y luego haber seguido cavando algunos metros más. Los dos topan con un caso que puede rescatarles del pozo. Pero ahí se acaban las coincidencias. El estadounidense, a pesar del hundimiento, conserva la conciencia suficiente para que sus actos partan de la bondad y el altruismo, mientras que Santos Trinidad no mostrará ni el menor atisbo de virtud: cualquier heroicidad será accidental, un indeseado efecto colateral. Sí, el cine americano y el cine europeo divergen irremediablemente. De este lado del charco, no hay redención posible, la vida es cruel hasta el fin, y si el héroe es capaz de poner orden en el mundo, de derrotar al malvado, el héroe mismo debería morir para nivelar la balanza, para que el equilibrio de fuerzas entre el bien y el mal se preserve ad infinitum. Ya en la antigua Grecia era la areté uno de los valores más apreciados: tras la hazaña en la batalla, mejor no regresar. 

"No habrá paz para los malvados" arrampló con suficientes premios Goya como para ser considerada la mejor película española del 2011, si bien los elogios dirigidos al film parecían más encaminados a alabar la trayectoria de su director, Enrique Urbizu, (¿cuántas veces he oído llamarle artesano? ¿qué quiere decir eso en el cine? ¿se fabrica su propio celuloide?) o la actuación de José "ya era hora de que se lo dieran" Coronado. No tiene mayor importancia. En cualquier festival de cine, en Cannes mismo, el premio a veces cae porque en su día no se premió la película del cineasta que realmente lo merecía. El protagonista y la puesta en escena, sórdida y lumpen, de "No habrá paz para los malvados", es suficiente aval como para situarla en el podio. Pero el guión, la trama, se puede debilitar al abusar de clichés que caricaturizan más que retratan, herencias del cine de acción más que del cine negro y que parecen innecesarias. Todo en su justa medida y los Rambos mejor dejarlos aparcados en la era Reagan. O dejarlos para remakes que saben que son parodias.