domingo, agosto 29, 2010

"Los mercenarios", de Sylvester Stallone

"Son los rambos que todos los niños quieren ser cuando sean mayores", decía la canción "Haz turismo" de los Celtas Cortos. Haz turismo invadiendo un país, claro, una opción vacacional que ha vuelto a las pantallas muchos años después: la testosterona rebosa de los fotogramas mientras las escabechinas se suceden en un imposible recuento de víctimas. Born to kill.
Rambo, el estereotipo de héroe bélico de los ochenta, un nombre propio (curiosamente inspirado en el del poeta Rimbaud) convertido en adjetivo reconocible para calificar a cualquier asesino en serie amparado por una bandera y un uniforme. El personaje nace en la novela "Primera sangre" de David Morrell, en el año 1972: la derrota de Vietnam y los soldados que al regresar a casa son vistos como perdedores y asesinos sangrientos. En la película "Acorralado" de Ted Kotcheff, basada en la novela, el enemigo de John Rambo es su propio pueblo, sus compatriotas, el sheriff que lo trata como un apestado. Pero Ronald Reagan debuta en la Casa Blanca y se terminan los complejos de culpa: "Rambo" de George P. Cosmatos, se estrena en 1985 y regresa a Vietnam a ajustar cuentas. "Tras ver Rambo anoche, ya sé lo que haré la próxima vez" dijo Reagan después de ver la película: un guerrero auténtico cumple su misión sin importarle las consecuencias y no obedece ordenes de burócratas endebles que son los que realmente pierden las guerras. "Government is the problem", dijo el ínclito actor-presidente en su toma de posesión. La guerra fría se calienta a toda pastilla y el cine se llena de combatientes solitarios armados con un M-16: Arnold Schwarzenegger, Michael Dudikoff, Chuck Norris (al parecer Chuck Norris también iba a aparecer en "Los mercenarios" pero durante el casting realizó una patada voladora que descabezó a la mitad del equipo de rodaje: Don't fuck with Chuck): más brutos que un arado de vertedera.
"Los mercenarios" será un homenaje y una parodia, pues no se lleva a engaño en cuanto a sus intenciones y expectativas (será la sabiduría de la edad y Stallone que sigue sacando réditos a pasados esplendores sin pretender deslumbrar con la profundidad psicológica de sus personajes: gracias), de aquel cine lleno de músculos, balas y sangre. Acción hiperviolenta condensada en 90 minutos, actores que están cerca o ya han sobrepasado la barrera de los 60 años de edad (Stallone y Schwarzenegger ya la han pasado, y Bruce Willis, Mickey Rourke o Dolph Lundgren no andan ya muy lejos de calcular los años de cotización para jubilarse; Dolph Lundgren, por cierto, está muy bien en su papel de soldado pasado de vueltas: cuidado con pensar que es el típico gigantón estúpido, ya que al parecer tiene un coeficiente intelectual de 160 y estudió en el MIT antes de dedicarse a la actuación) y una forma de hacer cine que ha pasado a la historia: ahora el héroe es tipo Matt Damon (o Jet Li o Jason Statham que también aparecen en "Los mercenarios" como ejemplos de cambio generacional), una máquina de matar con pinta de estudiante de intercambio: el amasijo gigantesco de carne, moldeado a base de pesas y anabolizantes, ya no está de moda, al menos en el celuloide.
Eso sí, la platea cuajada de chavalada sigue rugiendo más fuerte cuanto mayor es la salvajada o la fantasmada. Hay cosas que no cambian nunca. ¡Es la hora de las tortas!

domingo, agosto 22, 2010

"Las vidas posibles de Mr. Nobody", de Jaco Van Dormael

Si existen películas río, esta sería una película marisma: cauces de trama que se entrelazan, se conectan, se bifurcan y vuelven a separarse en dos, tres, cuatro corrientes distintas que en algún punto volverán a unirse. O no. Porque el director de esta cinta no permitirá que el espectador se deje llevar por un camino determinado, que crea que es el más cierto, el más seguro, el más bello o el más horrendo, sino que llegado el caso hará aparecer un precipicio o un callejón sin salida, devolverá al jugador a la primera casilla o invertirá el sentido de la marcha. Película laberinto y Nemo Nobody navegando por ella.
Encrucijadas vitales. ¿Qué hubiera sucedido si aquel día hubiera pronunciado palabras distintas, más oportunas, aquellas que puse en mi mente (iluminación tardía) cuando regresaba cabizbajo hacia casa, cuando la cosa ya no tenía remedio? Trenes que pasan una vez y que aún hacen sonar su silbato, nostalgia irreconciliable, desde alguna estación del pasado. Las oportunidades perdidas. Las vidas posibles que nunca se realizarán porque el tiempo sólo avanza en una dirección. O no. Película con momentos de divulgación científica y Jared Leto haciendo de Carl Sagan en "Cosmos". Big Bang, Big Crunch. El tiempo es lo que hace que las cosas sucedan una detrás de otra.
La cinta tiene una factura impecable (muy cara, al parecer; la factura, digo), llena de lenguaje cinematográfico. Fantasía visual de tono sci-fi que se combina con dramas cotidianos pero dotada de amable sentido del humor. La caracterización de Jared Leto como su álter ego anciano, último mortal disponible, es sencillamente formidable: un maquillaje sensacional acompañado de una gran actuación. Sarah Polley y Diane Kruger están excelentes en sus roles de novia loca una y perfecta media naranja la otra. Por poner algún pero hay pasajes donde el ritmo decae y otros en los que salta la alarma de haber alcanzado el máximo de la escala de ida de pinza: la película dura demasiado y quizás debería haberse metido un poco la tijera en la sala de montaje. También está algo rayado el disco de la canción "Mr. Sandman" a la hora de evocar la infancia del protagonista, más si se tiene en cuenta que esa parte de la acción transcurre en Europa a mediados de los años 70 y no en Chicago en 1957, por poner un ejemplo usamericano cualquiera.
Una agradable sorpresa: revisar la cartelera, mueca de fastidio al ver los estrenos del 20 de Agosto y una oportunidad a un título que lleva un tiempo en cartel y del que se han escrito opiniones opuestas. El azar, que es de lo que trata la historia. Bonita película.

martes, agosto 17, 2010

"Nosferatu, vampiro de la noche", de Werner Herzog

La película comienza con imágenes de antiguas momias mexicanas, desfile de muertos, intercalando el aleteo, a cámara lenta, de un poderoso murciélago: cuerpos desecados a los que se le ha extraído hasta la última gota de espíritu. Resta una envoltura miserable, evocación remota del ser humano.
Esta cinta es un homenaje directo del "Nosferatu" de F.W.Murnau, joya señera del cine mudo y del expresionismo alemán de los años 20: remake no sólo debido a la caracterización gemela del protagonista, sino también porque la narración en imágenes de Herzog fluye sin apenas necesidad de diálogos: la emoción es nítida en los rotundos gestos de los actores.
Klaus Kinski encarna a un vampiro melancólico, huidizo, rata calva cérea y sombría pero implacable en su ansia sangrienta; Bruno Ganz es el incauto Johathan Harker, conducido a la locura del transito al no-muerto, heredero involuntario de una tradición milenaria; Isabelle Adjani es la mejor Lucy Harker posible, un fotograma transportado desde el blanco y negro de la génesis del cinematógrafo hacia una doncella lánguida, belleza tísica, dispuesta a satisfacer el hambre vampírica hasta que aparezca la aurora. Impresionante plantel de actores que se redondea con la inquietante aparición de Roland Topor, el escritor de "El quimérico inquilino", en el papel de Renfield.
El piloto de un barco fantasma yace muerto amarrado al timón, transportando en las bodegas de su nave la pesadilla que se cierne sobre la ciudad de Wismar. Por la plaza mayor desfilan féretros blancos a hombros de caballeros decimonónicos vestidos de chistera y levita. El carnaval que precede la llegada de la muerte (apurar hasta la hez los últimos momentos de vida) baila entre un tropel de ratas (el director tuvo muchos problemas para que le permitieran rodar con tanto roedor suelto por las calles) que extiende la peste mortífera de su rey. El rey Drácula.
Obra maestra.

viernes, agosto 13, 2010

"Origen", de Christopher Nolan

Este director (y guionista: cine de autor para reventar taquillas) seguro que era de los que se hacían el cubo de Rubik con los ojos cerrados: le van los puzles. Puzles mentales y juegos de cámara. En su primer largometraje, la magnífica "Memento", dio rienda suelta a un genial montaje rewind que desvelaba el suspense adentrándose en el pasado del desmemoriado protagonista. El espectador tenía que descubrir las reglas del juego para acertar a comprender el sistema narrativo que se ponía ante sus ojos. Para "Origen" el folleto que acompaña el rompecabezas es necesariamente denso, de lectura farragosa, dado que el juego se desarrolla a muchos niveles y son varios los jugadores, piezas a su vez de un onírico tablero. Así, la primera parte de la película será un manual de usuario, el universo explicado por su creador omnipotente (no sé si el film está basado en alguna novela o relato de otro escritor, lo he buscado pero no lo he encontrado; si alguien sabe ese dato, que me llame). Instrucciones de uso.
Adentrarse en la mente de otro mientras duerme para arrebatarle secretos recónditos, confesiones que resisten cualquier tortura. O, dándole la vuelta al procedimiento, implantarle una idea en el subconsciente. Técnicas que harían las delicias de John Le Carre y que, ahora, sin espías que surjan del frío, se ponen en manos de las grandes corporaciones, los protagonistas de la auténtica guerra fría que está destruyendo el mundo, provocando guerras y sumiendo naciones en la ruina. Cine de espías, al fin y al cabo: espectacularidad y tensión inducida en las mentes de un grupo de personas que duermen a pierna suelta en la misma habitación: el espectador de la platea es el segundo nivel de la fábrica de sueños: alegoría cinéfila.
Sin embargo el mundo de los sueños en esta película resulta estar sometido a leyes físicas muy newtonianas. No sé que pensaría Freud de esto, pero resulta que si vuelas en sueños no se debe a un deseo sexual no recompensado, sino que está provocado porque duermes en el interior de una furgoneta que se cae de un puente. No importa. La película tendrá su parte de misterios de la mente, un capítulo cualquiera del programa "Redes" de Eduard Punset, que generará legiones de seguidores deslumbrados por la filosofía la vida es sueño que emana de la cinta (esos fenómenos paracinematográficos ya se daban con "Matrix" de Larry y Andy Wachowski y su la vida es realidad virtual o, también y mucho antes, con la fuerza de los caballeros Jedi, que incluso tienen secta religiosa propia: hace poco he visto "Los hombres que miraban fijamente a las cabras" de Grant Heslov, que es algo mala pero que lo mismo le hago una entrada por ser tan "yedi" y haberme hecho reír) pero donde realmente la cinta arrasa es en el apartado visual, por supuesto. Alucinante. Bueno, realmente lo alucinante es que la película esté colocada en el número 3 del ranking de IMDB. La película está bien pero no me parece para tanto: fotogramas subliminales que lanzan al público a votar una vez finalizados los créditos, fijo.
"Non, je ne regrette rien", suena de fondo mientras el surrealismo digital se desmorona en pantalla y la mirada de Marion Cotillard, Édith Piaf de celuloide, devora la cámara de un modo más efectivo que cualquier efecto especial. Leonardo DiCaprio vuelve a ser un personaje atormentado por tragedias familiares, como su Teddy Daniels en "Shutter Island" de Martin Scorsese: si unimos estos dos a su interpretación del pirado Howard Hughes de "El aviador", va en camino de convertirse en actor especializado en esquizofrenia: piloto avezado de mentes enfermas. Ken Watanabe mejor en otras películas, Michael Caine de cameo y, ¡anda!, ¡la chica de "Juno" esperando a dar el estirón! El reparto no está nada mal y la película se resuelve con soltura aunque en algún momento amenaza con perderse, sí, en el limbo. Pero Christopher Nolan es un gran director, no cabe duda. Buen final: todos mirando a la peonza a ver si se para o no se para.
¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción, y el mayor bien es pequeño; que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son.

lunes, agosto 02, 2010

"Toy Story 3", de Lee Unkrich


Anoche pasé frío y me desenamoré un poco.
Anoche pasé frío y fui poeta.
Anoche, mientras mi carne se helaba
y mi alma en mi cuerpo se escondía,
vi como mi amor para ti
era un juguete pasado ya de moda que ya nada valía.
Cualquier amanecer echarán
al viejo juguete de mi amor a un carro de basura,
y alejándose en la amarga soledad
oirá al carretero dar palos a su mula
que todo se lo da por un poco de paja
y, a veces, pochas uvas.
Y estaré allí donde ya nada vale nada
hasta que algún día una dulce gitanilla,
con mocos y pecas en la cara,
limpie con su manga grasienta
la suciedad que la sociedad pegó a mi alma;
y volveré a ser un juguete reluciente de amor y de alegría.
"Juguete de amor", Manolo Chinato

En los últimos años no hay verano en el que Pixar no dé una alegría cinematográfica: hace tres "Ratatouille", hace dos "Wall-E", el año pasado "Up" y ahora de nuevo una sonora campanada. La compañía del flexo saltarín se inició en la animación informatizada hace ya quince años con el primer "Toy Story", las aventuras de Woody y Buzz Lightyear que ahora ven estrenada la tercera parte de una saga que ha mantenido una frescura envidiable y nada fácil de lograr: que se lo pregunten al pobre "Shrek", buque insignia de la otra gran compañía competidora en esto de los dibujos animados blockbuster, Dreamworks: el ogro verde es sacado de nuevo de la ciénaga y arrastrado a una cuarta parte (se anuncia la quinta) que no he visto pero lo que he leído en la crítica no son ciertamente elogios. A Pixar, por lo visto en los últimos años, no le ha pasado factura su compra por Disney en el año 2006, ni mucho menos: parece que se mantiene el alto nivel de creación (si funciona no lo toques, no lo vayas a romper) y a cambio el ratón Mickey renueva su colosal zoológico de criaturas, ya un tanto acartonado, con el catálogo Pixar, mucho más cool, y amplía su merchandising con las enormes posibilidades que ofrece una película basada, precisamente, en juguetes.
¿Quién no ha hablado con un juguete cuando era un niño? ¿Quién no le ha puesto nombre a un muñeco y ha apoyado su imaginación en ese objeto para formar una historia, una aventura? "Toy Story 3", al igual que sus antecesoras, lleva a la pantalla los cuentos que cualquiera ha podido pergeñar en su infancia, rodeado de un montón (tambores redondos de detergente Colón llenos de cacharros) de muñequitos o piezas de construcción, en una tarde anodina tirado en el suelo de la habitación, en el balcón de casa, en la arena del parque: la ilimitada producción de fantasía que desechamos inconscientemente al cumplir años y que nunca volveremos a poseer. Juguetes rotos que nunca se tiraban porque un camión sin ruedas puede ser un barco o un geyperman cojo puede ir volando a todas partes. Cualquiera que haya jugado alguna vez, podrá identificarse afectivamente con el trasfondo sentimental de "Toy Story": juguetes abandonados en esta ocasión: los guardas, los regalas o los tiras, que ya eres mayor para estas cosas.
Pero la clave del éxito de la saga reside en hacer que las aventuras de este heterogéneo grupo de cachivaches sean tan emocionantes y espectaculares como si estuviéramos viendo al mismísimo Indiana Jones en vez de a Woody el sheriff de trapo: situaciones límite, de escapatoria imposible, de las que la panda de juguetes logra salir a base de amistad, sacrificio y, por supuesto, trabajo en equipo combinando las habilidades intrínsecas de cada cual: de perros muelle a señores Patata desmontables. En "Toy Story 3" una guardería de niños se convierte en la más atroz prisión de Alcatraz y un vertedero de basuras puede producir un clímax dramático tan intenso como el de Terminator a punto de caer en la fundición (esa escena donde los martillos golpean el yunque de la banda sonora mientras la cinta transportadora se dirige sin piedad hacia el incinerador... fantástica). Entre otros nuevos personajes tenemos a Ken, el amigo de Barbie, carne de psicoanalista. También aparece un oso amoroso que puede ser tan implacable como Don Vito Corleone o un Nenuco desechado haciendo del matón más fiero. Vaya, tiene buena pinta.
Y encima en el cine en verano está uno tan fresco.

domingo, agosto 01, 2010

Memorias. "París no se acaba nunca", de Enrique Vila-Matas

En nuestro caso París se acabó el viernes: Disneylandia se acabó unos días antes (Disneylandia no existe ya para ti, susurraban "Los burros" de Manolo García y Quimi Portet) aunque de primeras parecía que no se iba a acabar nunca: carrusel girando hasta el infinito... y más allá. Pero París no se acaba nunca, Vila-Matas tiene razón. De hecho aún no he terminado el libro así que la genial ironía que lo llena me acompañará durante un breve tiempo, prolongando la sensación de seguir caminando a orillas del Sena.
Enrique Vila-Matas habla de los dos años de su juventud (pobre e infeliz) que vivió en una buhardilla que le tenia alquilada Marguerite Duras: si de entrada esa es la casera, no sorprenderá que el anecdotario autobiográfico que ofrece el escritor esté repleto de nombres increíbles. Época de iniciación como escritor, llegó a París en 1974 buscando a Hemingway: el deseo de ser Hemingway, como un tópico de bohemia e inspiración literaria: el extranjero que conquista París. Pero la fiesta no era como la contaba el Nobel estadounidense: viajar aspirando los recuerdos de otros siempre produce una insatisfacción ineludible. Recuerdos que además siempre son falsos (léase el capítulo 71, cuando Enrique Vila-Matas asiste a una conferencia secreta de Jorge Luis Borges -nada menos- explicando la falsedad del pasado y la inexistencia del futuro) pero que en cualquier caso será mejor que lo que nosotros podamos encontrar en el camino: la literatura siempre es mejor que la realidad (bueno, hay escritores que logran empobrecer la realidad, que ya es complicado, pero este no es el caso). Eso sí, a nosotros, viajeros anónimos, nos queda la fortuna de poder encontrar cosas que conocíamos por una foto o por un escrito y que ahora vemos de verdad, haciéndonos contener el aliento, deteniendo el tiempo por un instante: la Torre Eiffel, un cuadro de Chagall, la maleta de Duchamp. Para qué contar si hay tanto que ver. Comprar el relato "Cat in the rain" de Hemingway en "Shakespeare & Co" porque Vila-Matas habla de él en el libro. Pasear llenando la retina: París te acompañará toda la vida.
Siempre que viajo (poco) procuro llevarme un libro que trascurra en el sitio al que voy. La primera vez que fui a París me acompañé de una biografía de Man Ray: Montparnasse, dadaísmo y surrealismo. Ahora, esta "conferencia" de Vila-Matas: mucha literatura y mucho cine (aquella fiesta en la que esperó que Isabelle Adjani -nada menos, también- se enamorara de él). Ya veremos a quién me llevo en la siguiente ocasión. Ojalá.