sábado, marzo 13, 2010

"Carretera asfaltada en dos direcciones", de Monte Hellman

También podría ser mítica porque los papeles del conductor y el mecánico de ese Chevrolet gris del 55, un cuatro latas dopado de caballos hasta el techo, están encarnados por los músicos James Taylor y Dennis Wilson: espíritu hippie y hedonismo existencial. Película lenta que apoya su trama en el culto a la velocidad, paradoja que sin duda propició la incomprensión de la taquilla. Pero aquí está el paso del tiempo para poner cada cosa en su sitio y darle a esta película el reconocimiento merecido: road movie, cult movie.
La civilización usamericana del siglo XX se expandió sobre cuatro ruedas. Pistones y petróleo para moverlos. Cuando los soldados estadounidenses desembarcaron en las playas de Normandía, se sorprendieron de que los nativos tuvieran automóviles y salas de cine: los franceses tuvieron que explicarles la paternidad de ambos inventos. Motor y celuloide como propagador eficaz del american way of life. Ya no hace falta que el obrero viva a tiro de piedra de la fábrica porque puede (debe: hay que vender más coches, hay que vendérselos a los mismos que los fabrican: hay que crear la necesidad, para mantener la esquizofrenia del consumo febril) coger el coche cada mañana para ir a trabajar: prohibido caminar: la obesidad es signo de riqueza. Los núcleos de población se extienden en inmensos suburbios de interminables hileras de casitas, todas iguales, todas separadas, con valla blanca, trocito de césped y mástil para la bandera (ver la casa de Walt Kowalski en "Gran Torino" de Clint Eastwood: película de la nostalgia por una industria automovilística en extinción). Todas iguales: reminiscencias comunistas en el seno del capitalismo. El coche termina siendo imprescindible, como un segundo hogar. Así que se inventa el centro comercial dotado de un gran aparcamiento, y el cine que se ve sin salir del coche y el restaurante en el que te atienden bajando la ventanilla. Y el cierre del comercio tradicional, la crisis energética y el fast food: todo va junto. Deprisa, deprisa.
El chevy del 55 debe seguir en marcha a toda costa: si se para se muere, como si se tratara de un tiburón blanco. Y da igual hacia donde, porque el asfalto es el hábitat único y tiene dos direcciones, para poder elegir. Competir con otros coches para sacar pasta para arreglar el coche, para llenarlo de gasolina y seguir conduciendo. El movimiento continuo en nómadas de la era postindustrial, que buscan competiciones en las afueras de los pueblos igual que los indios de las praderas buscaban las zonas de pasto del bisonte americano. El conductor y el mecánico, la pureza nihilista de su camino, encuentran su contraste en el dueño del Pontiac GTO, el personaje interpretado por Warren Oates (actor de culto), un piloto fanfarrón y mentiroso que envidia la despreocupación juvenil y libertaria de los chicos del Chevrolet. Una chica, una autoestopista (Laurie Bird), será la única que amenace con quitarles las llaves del contacto. Punto muerto.
El fotograma final arde como un meteorito atravesando la estratosfera.

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